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I
La
ciencia de la deducción
Sherlock Holmes extrajo un frasco de un anaquel y la
jeringa hipodérmica de su estuche. Con sus dedos largos, blancos y nerviosos,
ajustó la delicada aguja y se enrolló la manga izquierda de su camisa. Durante
un momento sus ojos se apoyaron pensativamente en su brazo nervudo, lleno de
manchas y con innumerables cicatrices, causadas por las frecuentes inyecciones.
Finalmente se introdujo la aguja delgada, presionó el pequeño pistón, se la
sacó, y se dejó caer en un sillón forrado de terciopelo, con un profundo suspiro
de satisfacción.
Tres veces al día, durante muchos meses, había sido yo
testigo de este espectáculo, pero, a pesar de ello, no me resignaba a seguir
viéndolo. Por el contrario, día con día me sentía más irritado a su vista. El
remordimiento me quitaba el sueño al pensar que me faltaba valor suficiente para
protestar. Una y otra vez me había prometido abordar aquel tema escabroso, pero
había algo en el aire frío y tranquilo de mi compañero, que me impedía decidirme
a hacerlo. Sus facultades casi adivinatorias, su disciplina mental y sus
cualidades extraordinarias, me inhibían y me hacían sentir inferior y torpe.
Sin embargo, aquella tarde, sea a causa del vino que
había tomado en el almuerzo, o a la exasperación que me produjo su actitud
exageradamente deliberada, sentí que no podía resistir más tiempo.
-¿Qué es ahora? -pregunté-. ¿Morfina o cocaína?
Levantó los ojos lánguidamente del viejo volumen
recubierto de negro que había abierto.
-Es cocaína -me dijo-, una solución al 7 por ciento.
¿Quiere usted probarla?
-No, gracias -contesté por brusquedad-. Aún no me
repongo por completo de la campaña de Afganistán. No puedo darme el lujo de dar
a mi constitución una nueva carga.
Sonrió de mi tono vehemente.
-Quizá tenga razón, Watson -dijo-. Supongo que la
cocaína es perjudicial. Sin embargo, la he encontrado tan estimulante y benéfica
para la mente, que su acción secundaria carece de importancia para mí.
-¡Pero, considere usted las consecuencias! -dije con
pesar-. ¡Calcule lo que va a costarle a la larga! Su cerebro puede ser
despertado y excitado como usted dice, pero mediante un proceso patológico y
morboso, que entraña un creciente cambio de los tejidos y puede producir una
debilidad mental permanente. Usted sabe, también, la reacción terrible que
sucede a los momentos de excitación. No creo que éstos valgan la pena. ¿Por qué
arriesga por un simple placer pasajero la pérdida de las grandes facultades con
que fue usted dotado? Recuerde que no le hablo sólo como amigo, sino como médico
que se siente hasta cierto punto responsable de su salud.
No pareció ofenderse por mis palabras. Por el
contrario, unió las puntas de sus dedos y apoyó los codos en los brazos del
sillón, como quien se dispone a enfrascarse, de buena gana, en una larga y
agradable conversación.
-Mi mente -dijo- se rebela a estar ociosa. Déme
problemas, déme trabajo, déme el más complicado de los criptogramas, o el
análisis más intrincado, y me sentiré en mi atmósfera natural. Entonces puedo
pasármela sin estimulantes artificiales. Pero aborrezco la rutina monótona de la
existencia. Tengo hambre de exaltación mental. Por eso he escogido esta
profesión particular... o más bien, la he creado... porque soy el único en el
mundo que la practica.
-¿El único detective que no pertenece a la policía?
-El único detective que no sólo no pertenece a la
policía sino que además es detective consultor -me contestó-. Yo soy la última y
más alta corte de apelaciones en la materia. Cuando Gregson, o Lestrade, o
Athelney fracasan, lo cual, dicho sea de paso, les sucede casi siempre, me
someten el asunto a mí. Entonces yo, en mi calidad de perito, examino los datos,
y emito mi opinión de especialista, sin siquiera pedir que se reconozca mi
intervención en el asunto; mi nombre no figura en ningún periódico. La obra en
sí misma, el placer de encontrar un terreno propicio donde ejercitar mis
facultades, constituyen mi mayor premio; usted me ha visto operar en el caso de
Jefferson Hope.
-Sí, cierto -exclamé con entusiasmo-. Nada en la vida
me ha llamado tanto la atención, y no he podido menos que referir el asunto en
un folleto que publiqué con el título de Estudio en escarlata.
Mi amigo movió tristemente la cabeza.
-He hojeado el folleto -dijo-, y, francamente, no puedo
felicitarlo. El detectivismo es, o debería ser, una ciencia exacta, y hay que
ocuparse de ella con la frialdad y ausencia de emociones con que se tratan las
ciencias exactas; usted ha intentado darle un tinte de romanticismo, lo que
equivale a mezclar una historia de amor o una fuga de enamorados con la quinta
proposición de Euclides.
-Pero en el hecho había una novela -observé- y no podía
desfigurar lo sucedido.
-Hay hechos que deben ser suprimidos o, por lo menos,
reducidos a proporciones justas al referirlos. Lo único del asunto que merecía
ser mencionado era el curioso razonamiento analítico de causas y efectos, con el
que conseguí descubrir el misterio.
Esta crítica de una obra que yo había escrito con el
especial objeto de serle agradable a él mismo, me desagradó bastante; y confieso
también que me irritaba el egoísmo con que parecía pretender que cada línea de
mi folleto estuviera dedicada únicamente a sus propios y particulares actos. En
más de una ocasión, durante los años que hacía vivíamos en Baker Street, había
tenido oportunidad de observar que, bajo las tranquilas y didácticas maneras de
mi compañero, se escondía una pequeña dosis de vanidad. Con todo, no le contesté
nada, me senté, y me puse a frotar mi pierna herida. Una bala de Jezail me la
había atravesado tiempo atrás, y aunque la herida no me impedía andar, los
cambios de temperatura me causaban agudos dolores.
-Mi clientela se ha extendido ya hasta el continente
-repuso Holmes al cabo de un rato, llenando de tabaco su antigua pipa de palo de
rosa-. La semana pasada recibí una consulta de François Le Villard, quien, tal
vez usted lo sepa, ha llegado en los últimos tiempos a ser el mejor agente de la
policía secreta de Francia. Posee, por entero, la rápida intuición, facultad
propia de la raza céltica, pero tiene deficiencia en el amplio campo del
conocimiento exacto, esencial para el desarrollo elevado de su arte. El asunto
que me consultó fue el de un testamento, y presentaba algunas fases
interesantes; le fui útil haciéndole conocer dos casos semejantes: uno,
acontecido en Riga en 1857 y, el otro, en Saint Louis en 1871. Por ellos
encontró la verdadera solución. Aquí tengo una carta suya que recibí esta
mañana, y en la que me habla de la ayuda que le presté.
Me alargó la carta, toda arrugada. Eché una ojeada
sobre el papel, y al vuelo encontré una profusión de términos elogiosos, como
magnifiques, coup-de-maîtres, tours-de-force,2 que atestiguaban la ardiente
admiración del detective francés.
-Habla como un discípulo a su maestro -observé.
-¡Oh! Le Villard exagera mi ayuda -contestó Sherlock
Holmes-, cuando él mismo posee virtudes muy apreciables; tiene dos de las tres
cualidades necesarias para ser un detective ideal: el poder de observación y el
de deducción. Lo único que le falta es el conocimiento, que con el tiempo, puede
llegar a adquirir. Ahora está traduciendo unos pequeños trabajos míos al
francés. ¡Ah! ¿No lo sabía usted? -exclamó Holmes riéndose-. Pues sí, me
confieso "culpable" de algunas monografías, todas sobre asuntos técnicos. Aquí
tiene usted, por ejemplo, una sobre la diferencia entre las cenizas de los
distintos tabacos, en la cual enumero ciento cuarenta formas de cigarros,
cigarrillos y tabaco de pipa, con grabados a colores, ilustrativos de la
diferencia de las cenizas. Es éste un punto que se presenta continuamente como
tema de estudio en los juicios criminales, y a veces tiene una importancia
decisiva. Si, por ejemplo, usted puede establecer de una manera definitiva que
un asesinato ha sido cometido por un hombre que fumaba tabaco indio lukah, es
obvio que el terreno de las pesquisas queda reducido con esa sola observación.
Para un ojo ejercitado hay tanta diferencia entre la negra ceniza de un
Trichinopolis y la blanca ceniza de un Ojo de Pájaro, como la puede haber entre
un repollo y una patata.
-Usted posee un genio extraordinario para las
minuciosidades -le dije.
-Aprecio la importancia que tienen. Esta otra
monografía trata de las huellas de los pies, con algunas observaciones sobre el
empleo de la pasta de París para conservar intactas las huellas. Y aquí tiene
usted también una curiosa obrita sobre la manera como los diferentes oficios
configuran las manos, con litografías de manos de pizarreros, tejedores y
pulidores de diamantes. El asunto es de gran interés práctico para el detective
científico, especialmente cuando se trata de cadáveres que nadie reclama o para
descubrir los antecedentes de los criminales. Pero estoy cansándolo a usted con
mi charla.
-De ninguna manera -le contesté con ardor-. Estas cosas
me interesan muchísimo, en especial desde que he tenido la oportunidad de
observar la aplicación práctica que usted les da. Pero hace un momento hablaba
usted de observación y deducción. En cierta medida, una implica a la otra.
-¿Por qué? ¡Difícilmente! -replicó Holmes, recostándose
con pereza en su sillón y despidiendo azules y espesas volutas de humo-. Por
ejemplo, la observación me demuestra que usted ha estado esta mañana en la
oficina de correos de la calle Wingmore; y la deducción me permite saber que
usted fue a esa oficina a expedir un telegrama.
-¡Justo! -exclamé-. ¡Justo en ambas cosas! Pero,
confieso que no alcanzo a ver cómo ha llegado usted a adivinarlo. La idea de ir
al correo se me ocurrió de súbito, y a nadie he hablado de eso.
-La cosa es sencillísima -me contestó sonriendo al ver
mi sorpresa- tan absurdamente sencilla que su explicación es superflua, pero voy
a hacérsela a usted, porque va a servirme para definir los límites entre la
observación y la deducción. La observación me hace ver que usted tiene un poco
de barro de color rojizo adherido a su zapato, y precisamente delante de la
oficina de correos de la calle Wingmore ha sido removido el pavimento y extraída
la tierra de tal manera que es difícil entrar en la oficina sin pisarla. Esa
tierra tiene un peculiar color rojizo que, a mi parecer, no existe en ningún
otro lugar de nuestro barrio. He aquí la observación; el resto es deducción.
-¿Y cómo deduce usted lo del telegrama?
-Desde luego sé que usted no ha escrito carta alguna,
pues toda la mañana hemos estado sentados frente a frente. Después he visto que
en su escritorio, que está abierto, tiene usted una hoja entera de estampillas y
un grueso paquete de tarjetas postales. ¿A qué iría usted, pues, a la oficina de
correos, si no fuese a enviar un telegrama? Eliminando factores, el que queda
tiene que ser verdadero.
-En este caso así es -contesté, después de reflexionar
un instante-. Y además estoy de acuerdo en que la cuestión es de las más
sencillas. ¿Me calificaría usted de impertinente si quisiera someter sus teorías
a una prueba más severa?
-Al contrario -me contestó-. Eso me impedirá tomar una
segunda dosis de cocaína. Tendré muchísimo gusto en estudiar cualquier problema
que usted someta a mi consideración.
-Le he oído decir que es difícil que un hombre use
diariamente un objeto sin dejarle impresa su individualidad, hasta el punto de
que un observador ejercitado puede leerla en el objeto. Pues bien; aquí tengo un
reloj que llegó a mi poder hace poco. ¿Tendría usted la amabilidad de darme su
opinión respecto al carácter y costumbres de su anterior dueño?
Le entregué el reloj, ocultando un ligero sentimiento
de burla, pues, en mi opinión, la prueba era imposible y la había propuesto como
una lección contra el tono, en cierto modo dogmático, que Holmes asumía a veces.
Mi amigo volvió el reloj de un lado a otro, miró fijamente la esfera, abrió las
tapas de atrás, y examinó la máquina, primero a simple vista y luego con un
poderoso lente convexo. Trabajo me costó no reírme al ver la expresión de su
rostro, cuando por fin cerró las tapas y me devolvió el reloj.
-Apenas si he encontrado algo -observó-. Ese reloj ha
sido limpiado recientemente y sustrae de mi vista los hechos más sugerentes.
-Tiene usted razón -le contesté-. Antes de enviármelo
lo limpiaron.
En el fondo de mi corazón yo acusaba a mi compañero de
invocar una cómoda excusa para ocultar su fracaso. ¿Qué datos habría podido
proporcionarle el reloj aun cuando no hubiera sido limpiado?
-Si bien insatisfactoria, mi investigación no ha sido
completamente inútil -agregó Holmes, fijando en el techo sus ojos soñadores y
apagados-. Salvo rectificaciones que usted pueda hacer, me parece que ese reloj
ha pertenecido a su hermano mayor, quien lo heredó de su padre.
-Eso lo calcula usted sin duda por las iniciales H. W.
grabadas atrás.
-Así es; la W es el apellido de usted. El reloj ha sido
fabricado hace unos cincuenta años y las iniciales son tan antiguas como el
reloj mismo, lo que quiere decir que éste fue hecho para la generación anterior
a la nuestra. Las joyas pasan generalmente a poder del hijo mayor, y éste tiene
casi siempre el mismo nombre de su padre. Si mal no recuerdo, el padre de usted
murió hace años, y por consiguiente, el reloj ha estado en manos de su hermano
mayor.
-Hasta ahí, todo es exacto -contesté.
-El hermano de usted era de costumbres desordenadas;
sí, muy descuidado y negligente. Cuando murió su padre, quedó en buenas
condiciones, pero desperdició todas las oportunidades de progresar, y por algún
tiempo vivió en la pobreza, con raros intervalos de prosperidad, hasta que se
dio a beber y, por fin, murió. Eso es todo cuanto he podido saber.
De un salto me levanté de la silla y comencé a pasearme
impacientemente por el cuarto, con el corazón lleno de amargura.
-Esto no es digno de usted, Holmes -exclamé-. Nunca
hubiera podido creer que usted descendiera hasta eso. Usted ha hecho
averiguaciones sobre la historia de mi infeliz hermano, y ahora pretende usted
deducir de manera fantástica lo que ya sabía. ¡No piense usted que voy a creer
que todo eso lo ha leído en un reloj viejo! El proceder es poco amistoso, y,
para hablar claro, tiene sus ribetes de charlatanismo.
-Mi querido doctor -me respondió amablemente Holmes-,
le ruego acepte mis excusas. Consideraba el asunto como un problema abstracto, y
olvidaba que, tocándole a usted personalmente tan de cerca, le sería doloroso.
Pero le aseguro que hasta el momento en que puso en mis manos ese reloj, no
sabía que usted hubiera tenido un hermano.
-Y entonces, por vida de cuanto puede ser maravilloso,
¿de qué manera ha podido usted conocer los hechos que acaba de citar? Todos
ellos son absolutamente correctos hasta en sus más mínimos detalles.
-¡Ah!, veo que he tenido suerte, pues tenía un
cincuenta por ciento de probabilidades de acertar y no creí ser tan exacto.
-¿Pero cómo ha procedido usted? ¿Por simple
adivinación?
-No, no; yo nunca trato de adivinar. Esa costumbre es
perniciosa, destructiva de la facultad lógica. La extrañeza de usted proviene de
que no sigue el curso de mis pensamientos ni observa los pequeños hechos de que
pueden derivarse ambas consecuencias. Yo principié, por ejemplo, por asegurar
que su hermano era descuidado; si usted observa con detenimiento el reloj, verá
que no sólo está abollado en dos partes, sino también todo rayado y marcado,
porque lo han tenido en el mismo bolsillo con otros objetos duros, como llaves o
monedas; y no es seguramente una hazaña suponer que el hombre que trata con
tanto desenfado un reloj que cuesta cincuenta guineas, es muy descuidado.
Con un movimiento de cabeza le hice ver que seguía su
razonamiento.
-Es costumbre general entre los prestamistas ingleses,
cada vez que reciben un reloj en empeño, trazar el número de la papeleta con un
alfiler en la parte inferior de la tapa; esto es más cómodo que ponerle un
letrero, pues así no hay riesgo de que el número se pierda o extravíe. Pues
bien, en el interior de la tapa de ese reloj hay no menos de cuatro de esos
números, visibles con la ayuda de mi lente. Primera conclusión: su hermano se
veía frecuentemente en aguas muy bajas. Segunda conclusión: tenía a veces sus
ráfagas de prosperidad, sin lo cual no hubiera podido reunir recursos con que
rescatar la prenda. Por último, le ruego que mire usted la tapa interior, en la
que está el agujero de la llave. ¿Qué manos de un hombre que no hubiera bebido
podrían haber hecho todas esas marcas con la llave? En cambio, nunca verá usted
un reloj de borracho que no las tenga; el borracho da cuerda por la noche a su
reloj y deja en él los rastros de la inseguridad de su mano. ¿Dónde está el
misterio de esto?
-Es tan claro como la luz del día -contesté-. Siento la
injusticia que le hice. Debería tener más fe en sus extraordinarias facultades.
¿Puedo preguntarle si tiene en la actualidad alguna investigación profesional en
mente?
-Ninguna. Por eso es que recurro a la cocaína. No puedo
vivir sin que mi cerebro funcione intensamente. ¿Qué otra razón hay para vivir?
Asómese aquí a la ventana. ¿Vio jamás un mundo más pesado, más aburrido y más
soso? Vea cómo la niebla amarillenta cubre las casas incoloras. ¿Puede haber
algo más desesperadamente prosaico? ¿Qué objeto tiene poseer facultades
extraordinarias, doctor, si no se tiene ningún campo en que ejercerlas? El
crimen es vulgar, la existencia es vulgar. Ninguna cualidad, excepto las
vulgares, tiene función sobre la tierra.
Había abierto la boca para contestar cuando nuestra
patrona entró llevando una tarjeta sobre una bandeja de latón.
-Una joven quiere verlo, señor -dijo dirigiéndose a mi
compañero.
-Señorita Mary Morstan -leyó-. ¡Hum! No recuerdo ese
nombre. Dígale a la joven que suba, señora Hudson. No se vaya, doctor. Prefiero
que se quede aquí.
II
La exposición del caso
La señorita Morstan entró a la habitación con paso
firme y gran compostura. Era una joven rubia, pequeña, muy limpia, y vestida con
un gusto exquisito. Había, sin embargo, una sencillez y una simplicidad en su
vestido que demostraban medios económicos limitados. Su vestido era de color
gris, sin bordados ni adornos, y llevaba sobre la cabeza un pequeño turbante de
la misma tela, cuyo único adorno consistía en una pluma blanca a un lado. Su
rostro no tenía regularidad de facciones ni era de una belleza excepcional, pero
su expresión era dulce y amable, y sus grandes ojos azules reflejaban una gran
bondad. En mi experiencia con las mujeres, que se extiende a muchas naciones y a
tres continentes diferentes, nunca había visto un rostro que revelara con tanta
claridad una naturaleza refinada y sensible. No pude menos de observar que al
tomar el asiento que Sherlock Holmes le ofrecía, sus labios pequeños temblaban y
su mano se estremecía. Parecía presa de una intensa agitación interior.
-He recurrido a usted, señor Holmes -dijo-, porque una
vez ayudó a la señora con quien trabajo, cuyo nombre es Cecil Forrester, a
desembrollar un pequeno problema doméstico. Quedó muy bien impresionada de su
bondad y de su habilidad...
-¿La señora Cecil Forrester? -repitió mi amigo con aire
pensativo-. Creo que le fui de poca utilidad. El caso, según recuerdo, era muy
simple.
-A ella no le pareció así. Pero, cuando menos, no podrá
decir lo mismo del mío. Difícilmente puedo imaginar algo más extraño, más
terriblemente inexplicable, que la situación en que me encuentro.
Holmes se frotó las manos y sus ojos brillaron de
entusiasmo.
-Explique su caso -dijo en serio tono profesional.
Yo sentí que mi posición era un tanto desagradable.
-Estoy seguro de que ustedes me perdonarán si me retiro
-dije, levantándome de mi silla.
Para mi sorpresa, la joven extendió su mano enguantada
para detenerme.
-Si su amigo -dijo dirigiéndose a Holmes- tuviera la
bondad de quedarse, creo que me sería de inestimable ayuda.
Me dejé caer en mi silla de nuevo.
-En síntesis -continuó ella-, el caso es el siguiente:
mi padre era oficial en un regimiento de la India, de donde me envió a
Inglaterra cuando era muy niña. Mi madre había muerto y yo no tenía familiares
en Inglaterra. Conseguí colocación, sin embargo, en un buen internado en
Edimburgo, y allí permanecí hasta que tuve diecisiete años de edad. En el año
1878 mi padre, que era capitán de su regimiento, obtuvo una licencia de doce
meses y volvió a Inglaterra. Me telegrafió desde Londres que había llegado sin
novedad y me pedía que fuera de inmediato a la capital, dándome como su
domicilio el hotel Langham. Su mensaje, según recuerdo, estaba concebido en
frases plenas de bondad y de cariño. Al llegar a Londres me dirigí al Langham.
Me informaron que efectivamente el capitán Morstan estaba alojado allí, pero que
había salido la noche anterior y que aún no volvía. Esperé todo el día, sin
recibir noticias de él. Esa noche, por sugestión del gerente del hotel, me
comuniqué con la policía y al día siguiente todos los periódicos publicaron su
desaparición. Nuestras pesquisas no produjeron ningún resultado. Hasta la fecha
no he vuelto a tener noticias de mi infortunado padre. Volvía a su patria con el
corazón henchido de esperanzas, buscando un poco de paz y de comodidad, y en
lugar de eso... -se llevó la mano a la garganta y un sollozo ahogado interrumpió
la frase.
-¿La fecha? -preguntó Holmes, abriendo su libro de
apuntes.
-La desaparición ocurrió el 3 de diciembre de 1878,
hace unos diez años.
-¿Su equipaje?
-Se quedó en el hotel. Nada había en él que pudiera
servir de pista: algunas ropas, algunos libros y una considerable cantidad de
curiosidades de las islas Andaman, en las que había estado, con otros oficiales,
encargado de la custodia de los presidiarios.
-¿Tenía algunos amigos en Londres?
-|Solamente sé de uno: el mayor Sholto, de su mismo
regimiento, el 34º de Infantería de Bombay. Se había retirado del servicio un
poco antes, y vivía en Upper Norwood. Naturalmente, nos dirigimos a él, pero nos
contestó que ni siquiera sabía que su compañero de armas estuviera en
Inglaterra.
-Caso singular -observó Holmes.
-Todavía no le he referido a usted la parte más
singular. Hace unos seis años, para hablar con exactitud, el 4 de mayo de 1882,
apareció en el Times un aviso en que se pedía la dirección de la señorita Mary
Morstan, advirtiéndose que era en interés de ella proporcionar su domicilio. El
aviso no mencionaba el nombre ni la dirección del que lo había puesto. Yo
acababa de entrar por ese entonces, en la casa de la señora Cecil Forrester como
aya. Por consejo de esta señora publiqué mi dirección en la columna de avisos.
El mismo día llegaba por correo una cajita de cartón dirigida a mi nombre,
dentro de la cual encontré una perla muy grande y lustrosa. No había ni una
palabra escrita. Desde entonces, todos los años en la misma fecha recibo una
perla igual a ésa, dentro de una cajita semejante, sin dato alguno sobre la
persona que la envía. Un perito ha declarado que las perlas pertenecen a una
clase muy rara y tienen un considerable valor. Usted podrá ver, por sí mismo,
que son muy hermosas.
Abrió, mientras hablaba, una caja chata, mostrando seis
perlas finísimas como nunca antes había visto.
-Lo que usted dice es muy interesante -exclamó Sherlock
Holmes-. ¿Le ha ocurrido algo más?
-Sí, precisamente hoy. Por eso he venido a verlo. Esta
mañana recibí esta carta, que quiero que mejor la lea usted por sí mismo.
-Gracias -dijo Holmes-. Hágame usted el favor de darme
también el sobre. Timbre del correo: Londres. Sudoeste. Fecha: julio 7. ¡Hum! La
marca de un dedo en una esquina, probablemente del cartero. Papel de la mejor
calidad; sobre de seis peniques el paquete: hombre escrupuloso para comprar sus
útiles de escritorio. Ninguna dirección.
La espero esta noche, a las siete, en el tercer pilar
del costado izquierdo del teatro Lyceum. Si tiene desconfianza, vaya con dos
amigos. No lleve gente de la policía. Si la lleva, todo quedará en nada. Su
amigo desconocido.
-¡Bueno! Pues realmente el misterio es de lo más
interesante. ¿Qué piensa usted hacer, señorita Morstan?
-Eso es exactamente lo que yo deseaba preguntarle a
usted.
-Si es así, iremos, seguramente, usted y yo... Sí, ¿por
qué no...?, el doctor Watson es el hombre preciso. La persona que le escribe a
usted dice dos amigos, y el doctor me ha acompañado ya antes.
-Pero ¿querrá venir? -preguntó la joven con expresión
de súplica en la voz y en la mirada.
-Para mí será motivo de especial placer -dije con
fervor- poder servir a usted en algo.
-Son ustedes muy buenos -contestó la joven-. Siempre he
vivido retirada y no tengo amigos a quienes recurrir. Supongo que con volver a
las seis será suficiente.
-No vaya usted a venir más tarde -le previno Holmes-.
Pero aclaremos otro punto. ¿La letra de esta carta es la misma con que rotularon
las cajitas con las perlas?
-Aquí tengo las direcciones -contestó la señorita
Morstan, sacando seis pedazos de papel.
-Es usted un cliente modelo; posee una intuición
correcta de las cosas. Veamos.
Holmes extendió los papeles sobre la mesa y comenzó a
recorrerlos rápidamente con la mirada.
-Todos han sido escritos desfigurando la letra, lo que
no sucede con la carta -dijo al cabo de un momento-. Miren ustedes como la
irreprochable y griega no se abre siempre igual; fíjense además en el gancho de
la s final. Son de la misma persona, no hay que dudarlo. No quisiera alentar en
usted falsas esperanzas, señorita Morstan, pero, ¿hay algún parecido entre esta
letra y la de su padre?
No puede haber dos que se parezcan menos.
-Estaba seguro de que ésa iba a ser la respuesta de
usted. Entonces, a las seis la esperamos. Haga usted el favor de dejarme estos
papeles, para examinarlos mientras tanto. No son más que las tres y media. Au
revoir, pues.
-Au revoir -contestó nuestra visitante, diigiéndonos
una mirada viva y amable. Se guardó en el pecho la cajita con las perlas
finísimas como nunca antes las había visto.
Yo me acerqué a la ventana y desde allí la vi alejarse
calle abajo, con paso ligero. Hasta que el turbante gris y la pluma blanca
desaparecieron entre la oscura multitud, no me retiré de la ventana.
-¡Qué mujer tan simpática! -exclamé, volviéndome hacia
mi compañero.
Éste había encendido otra vez su pipa y estaba
recostado en un sillón, con los ojos medio cerrados.
-¿Es simpática? -preguntó lánguidamente- no lo había
observado.
-Es verdad que usted no es más que un autómata, una
máquina de calcular -exclamé-. Hay veces que noto en usted algo positivamente
ajeno a los sentimientos del resto de la humanidad.
Holmes sonrió con amabilidad.
-Es condición de importancia primordial -dijo- impedir
que nuestro criterio sea extraviado por las cualidades personales de alguien. Un
cliente es para mí una simple unidad, un factor en un problema. Las cualidades
que conmueven son antagónicas al razonamiento claro. Sepa usted que la mujer más
encantadora que he conocido en mi vida fue ahorcada por haber envenenado a tres
niñitos con el objeto de cobrar los seguros de vida de los tres, y el hombre más
repelente que he visto hasta ahora es un filántropo que ha gastado cerca de un
cuarto de millón en los pobres de Londres.
-Sin embargo, en este caso...
-Yo nunca hago excepciones. Una excepción basta para
destruir la regla. ¿Ha tenido usted ocasión de estudiar el carácter de las
personas por la letra? ¿Qué piensa usted de la de este sujeto?
-Que es legible y regular -contesté-. Hombre
acostumbrado a los negocios y que tiene carácter.
Holmes movió la cabeza.
-Mire usted las letras largas -dijo-. Rara es la que se
eleva más allá de la altura común. Esa d podría ser una a y esa l una i. Los
hombres de carácter siempre diferencian las letras largas de las cortas, por
ilegible que sea su escritura. Hay vacilación en estas letras, aunque orgullo en
las mayúsculas. Voy a salir ahora. Tengo que hacer unas cuantas investigaciones.
Permítame recomendarle este libro, uno de los más notables que se han escrito.
Es El martirio del hombre, de Winwood Reade. Estaré de vuelta en una hora.
Me senté en la ventana, con el volumen en la mano, pero
mis pensamientos estaban muy distantes de las atrevidas especulaciones del
escritor. Mi mente insistía en correr hacia nuestra visitante... su sonrisa, el
tono profundo de su voz, el extraño misterio que pendía sobre su vida. Si tenía
diecisiete años cuando desapareció su padre, debía tener veintisiete ahora...
una edad perfecta, cuando la juventud ha perdido su timidez y la experiencia la
ha vuelto serena. Así me quedé sentado pensando, hasta que me embargaron
pensamientos tan peligrosos que corrí hacia mi escritorio y me enfrasqué
furiosamente en el tratado de patología más reciente. ¿Qué era yo sino un
modesto cirujano del ejército, con una pierna débil y una cuenta bancaria más
débil aun, para atreverme a pensar en tales cosas? Ella debía ser para mí una
unidad, un factor... nada más. Si mi futuro era oscuro, más valía enfrentarse a
él como hombre, que tratar de iluminarlo con fantasías de la imaginación.
III
En busca de una solución
Holmes regresó poco después de las cinco y media. Venía
alegre, entusiasmado, de humor excelente... en ese estado de ánimo que siempre
alternaba con accesos de la más negra depresión.
-No hay gran misterio en este asunto -dijo, tomando la
taza de té que le había servido-. Los hechos parecen admitir sólo una
explicación.
-¡Qué! ¿Ya ha resuelto el caso?
-Bueno, eso sería mucho decir. He descubierto un hecho
importante, eso es todo. Es, sin embargo, muy importante. Necesitan añadirse
algunos detalles todavía. Acabo de descubrir, consultando los archivos del Time,
que el mayor Sholto de Upper Norwood, que formara parte del 34º Regimiento de
Infantería de Bombay, murió el 28 de abril de 1882.
-Debo ser muy tonto, Holmes, pero no veo qué
importancia puede tener eso en el caso.
-¿No? Me sorprende. Estudie las cosas en esta forma. El
capitán Morstan desaparece. La única persona en Londres a quien pudo haber
visitado fue al mayor Sholto. El mayor Sholto negó saber que su amigo estaba en
Londres. Cuatro años más tarde muere Sholto. A la semana siguiente a su muerte,
la hija del capitán Morstan recibe un valioso presente, que se repite año tras
año y que ahora culmina con una carta que la trata como víctima. ¿A qué daño
puede referirse excepto a la pérdida de su padre? ¿Y por qué habrían de
iniciarse los regalos inmediatamente después de la muerte de Sholto, a menos que
el heredero de éste sepa algo del misterio y desee realizar con ella una especie
de compensación? ¿Tiene usted alguna otra teoría que pudiera explicar lo que
sucede?
-¡Pero qué extraña compensación! ¡Y qué forma tan rara
de hacerlo! Además, ¿por qué se escribió la carta hasta ahora, en lugar de que
se hubiera hecho hace seis años? Por otro lado, la carta habla de hacerle
justicia. ¿Qué justicia se le puede hacer? Es demasiado suponer que su padre
esté vivo aún. Y hasta donde sabemos no se ha cometido ninguna otra injusticia
con ella.
-Hay dificultades; ciertamente las hay -dijo Sherlock
Holmes, pensativamente-. Pero nuestra expedición de esta noche las resolverá
todas. ¡Ah, aquí llega un carruaje y la señorita Morstan viene en su interior!
¿Está usted listo? Será mejor que bajemos, porque casi se ha pasado la hora.
Tomé mi sombrero y mi bastón más pesado. Observé que
Holmes tomaba su revólver de un cajón y lo deslizaba en su bolsillo. Saltaba a
la vista que consideraba muy seria nuestra tarea de esa noche.
La señorita Morstan estaba envuelta en una capa oscura.
Tenía el rostro tranquilo, pero pálido. Se necesitaba ser muy valiente para no
sentir inquietud por la extraña empresa en que nos habíamos embarcado. Sin
embargo, su control era perfecto y contestó de buena gana las preguntas que
Sherlock Holmes le hizo.
-El mayor Sholto fue amigo íntimo de mi padre -dijo-.
Sus cartas estaban llenas de alusiones al mayor. Los dos comandaron las tropas
en las islas Andaman y anduvieron juntos mucho tiempo. Por cierto, en el
escritorio de mi padre se encontró un curioso papel que nadie ha podido
comprender. No creo que tenga la menor importancia, pero pensé que quizá
querrían verlo, y lo traje conmigo. Aquí está.
Holmes desdobló cuidadosamente el papel, extendiéndolo
sobre sus rodillas. Enseguida, empezó a examinarlo minuciosamente con su lente
doble.
-El papel ha sido fabricado en la India -observó- y ha
estado por algún tiempo clavado en una tabla. Este diagrama parece ser el plano
de una parte de un extenso edificio con numerosos patios, corredores y pasajes.
Hay una pequeña cruz hecha con tinta roja, y encima de ella, a pesar de que casi
ya está borrado, escrito a lápiz, se puede leer: "3, 37 por la izquierda". En el
lado izquierdo hay un curioso jeroglífico, algo que parece como cuatro cruces en
línea; los brazos de estas cruces se tocan entre sí; a un lado, en caracteres
groseros y mal hechos, han escrito: "El signo de los cuatro: Jonathan Small,
Mahomet Singh, Abdullah Khan, Dosk Akbar". No; confieso que no veo en esto nada
que se relacione con nuestro asunto, pero de todos modos, este documento es
importante. Se ve que ha estado cuidadosamente guardado en una cartera, pues
está tan limpio por un lado como por el otro.
-Lo encontramos en la cartera de papá.
-Consérvelo usted cuidadosamente, señorita, pues podría
sernos útil. Comienzo a sospechar que nuestro asunto puede ser mucho más
profundo y difícil de lo que yo suponía al principio. Tengo que ordenar mis
ideas.
Diciendo esto se recostó contra el respaldo del asiento
del carruaje. Por sus cejas fruncidas y por la expresión fija de los ojos, me di
cuenta de que se abandonaba completamente a sus pensamientos. Nuestra compañera
y yo nos pusimos a conversar en voz baja respecto a nuestra expedición y su
posible resultado; pero Holmes se mantuvo en su impenetrable reserva durante
todo el trayecto.
Estábamos en septiembre, y todavía no eran las siete;
pero el día había sido muy oscuro, y una densa y pesada neblina envolvía la
ciudad. Nubes de color de lodo se cernían tristemente sobre las fangosas calles.
Las luces de gas del Strand, que parecían manchas de
difusa claridad, arrojaban un débil resplandor sobre el resbaloso pavimento. La
amarillenta iluminación de las vidrieras se esparcía en el aire lleno de vapor,
y sus melancólicos rayos pugnaban por extenderse a través de la concurrida vía.
Había algo de fantástico en la interminable procesión
de caras que cruzaban los angostos haces luminosos; rostros alegres o tristes,
contentos o miserables. Así como sucede con la humanidad misma, las cosas
pasaban de la oscuridad a la luz, para volver después de la luz a la oscuridad.
No soy hombre impresionable, pero aquel sombrío y pesado anochecer, unido al
extraño asunto en que me encontraba comprometido, me ponía nervioso e inquieto.
Mirando a la señorita Morstan, pude notar que ella también era presa de la misma
intranquilidad. Holmes era el único que podía elevarse por encima de las
inquietudes que nos sacudían; tenía su libro de apuntes abierto sobre las
rodillas, y de vez en cuando anotaba algunos números o escribía alguna
observación, a la luz de una linterna de bolsillo.
Cuando llegamos al teatro Lyceum, ya había una compacta
multitud en cada una de las puertas laterales. Un continuo flujo de cabriolés
desfilaba por delante de la puerta principal, depositando allí su carga de
hombres con blancas pecheras y mujeres luciendo alhajas y cubiertas con lujosos
abrigos. Apenas nos habíamos acercado al tercer pilar, lugar de la cita, cuando
se nos aproximó un individuo de baja estatura, moreno y delgado, vestido de
cochero.
-¿Ustedes son los que vienen con la señorita Morstan?
-preguntó.
-Yo soy la señorita Morstan y estos dos caballeros son
mis amigos -contestó la joven.
El hombre nos miró con ojos inquisidores y penetrantes.
-Perdone usted, señorita -replicó en tono algo brusco-,
pero tiene que darme su palabra de que ninguno de sus compañeros pertenece a la
policía.
-Le doy a usted mi palabra -fue la respuesta.
El hombre silbó fuertemente, y en el acto se acercó un
muchacho conduciendo un cupé cuya portezuela abrió. El hombre subió al pescante
y nosotros entramos al vehículo. No acabábamos de sentarnos cuando el cochero
azotó los caballos, que partieron con furioso trote por las nubladas calles.
Era curiosa nuestra situación. Nos encaminábamos hacia
un lugar desconocido, con un objeto también desconocido, pero si la invitación
que nos había hecho no era una completa burla -hipótesis inconcebible- podíamos
esperar, con fundamento, que nuestra excursión tuviera importantes resultados.
La actitud de la señorita Morstan era tan resuelta y tranquila como siempre. Yo
traté de distraerla contándole algunas de mis aventuras en Afganistán; pero, si
he de decir la verdad, me sentía tan excitado por nuestra situación y tenía tal
curiosidad por conocer el lugar adonde íbamos, que apenas podía coordinar mi
relato. Al principio tenía alguna idea de la dirección que llevábamos, pero la
rapidez de la marcha, la niebla, y mis limitados conocimientos de Londres, me
hicieron perder luego toda orientación; sólo me di cuenta de que nos dirigíamos
a algún punto muy distante. Pero Sherlock Holmes jamás se desorientó. A medida
que el cupé iba cruzando plazas y pasando por tortuosas calles, él mencionaba
entre dientes el nombre de cada paraje.
-Rochester Row -dijo-. Ahora Vincent Square. Ahora
bajamos por Vauxhall Bridge Road. Al parecer nos dirigimos hacia el lado de
Surrey. Sí, ya me lo imaginaba. Ahora estamos sobre el puente. Pueden ustedes
mirar el río.
A nuestros ojos se asomó el imponente Támesis con sus
aguas caudalosas y tranquilas, pero nuestro coche continuó su camino y pronto
nos perdimos en un laberinto de callejuelas, cuyos nombres mi compañero seguía
repitiendo de modo extraordinario.
-Nuestra misión no parece llevarnos a regiones muy
elegantes.
En efecto, habíamos llegado a un barrio pobre. La
oscuridad de las largas hileras de casas de ladrillo era sólo interrumpida de
vez en cuando por el brillo de las tabernas que había en las esquinas. A estas
casas de ladrillo siguió una larga fila de villas de dos pisos, cada una con un
jardincillo enfrente y, luego, otra vez, nuevas e interminables hileras de
edificios de ladrillo. Aquella colonia era uno más de los tentáculos que el
gigantesco monstruo de Londres extendía hacia el campo. Por fin, el coche se
detuvo ante una casa que parecía tan deshabitada y oscura como sus vecinas,
salvo por una leve lucecilla que brillaba en una ventana. A nuestro llamado, sin
embargo, la puerta fue instantáneamente abierta por un criado hindú vestido con
un turbante amarillo, ropas blancas muy sueltas y una chaqueta también amarilla.
-El sahib los espera -dijo. En seguida oímos una voz
aguda procedente de una habitación del interior.
-Hazlos pasar, khitmutgar -gritó-. Tráelos directamente
acá.
IV
La historia del hombre calvo
Seguimos al hindú por un pasadizo sórdido y vulgar, mal
iluminado y peor amueblado, hasta que llegamos a una puerta colocada a la
derecha, y entramos. Una cascada de luz amarillenta cayó sobre nosotros y en el
centro de ella apareció un hombrecillo de cabeza prominente, con una angosta
franja de cabello rojizo alrededor de ella. El cuero cabelludo, calvo y
reluciente, parecía surgir como una montaña en el centro de un bosque de árboles
tostados por el sol. Se frotaba las manos frecuentemente y sus facciones estaban
en perpetuo movimiento: ya sonrientes, ya disgustadas, pero nunca, ni por un
instante, en reposo. La naturaleza le había dado un labio inferior demasiado
prominente, que dejaba visible una línea de dientes amarillentos e irregulares.
Trataba de disimular este defecto pasándose la mano por la parte inferior del
rostro. A pesar de su notable calvicie, se veía joven. En realidad, acababa de
cumplir treinta años.
-Soy vuestro servidor, señorita Morstan -dijo con voz
chillona-. Soy vuestro servidor, caballeros. Tengan la bondad de pasar a mi
pequeño refugio. Es un lugar pequeño, pero amueblado a mi gusto: un oasis de
arte en el deprimente desierto del sur de Londres.
Todos nos sentimos asombrados del aspecto de la
habitación a la que nos había invitado a pasar. La pieza parecía tan fuera de
lugar en aquella sórdida casa, como un diamante de primera engarzado en cobre.
Espesas y brillantes cortinas, y ricos gobelinos, recubrían las paredes. Los
cortinajes estaban corridos en algunos sitios para exponer algunos cuadros
encerrados en elegantes marcos, o algún fino jarrón oriental. La alfombra era de
color ámbar y negro. Era tan gruesa y tan suave que los pies se hundían
agradablemente, como en un lecho de musgos. Dos grandes pieles de tigre,
tendidas sobre ella, aumentaban la impresión de lujo oriental, al igual que una
enorme pipa hookah, colocada sobre una esterilla en un rincón. Una lámpara de
plata, en forma de paloma, colgaba de un alambre dorado casi invisible, en el
centro de la habitación. A medida que ardía iba llenando el aire de un olor
sutil y aromático.
-Mi nombre es Thaddeus Sholto -dijo el hombrecillo,
sonriendo y haciendo gesticulaciones-. Usted es la señorita Morstan, desde
luego. Y estos caballeros...
-Son el señor Sherlock Holmes y el doctor Watson.
-Un doctor, ¿eh? -gritó muy excitado-. ¿Trae usted su
estetoscopio? ¿Puedo pedirle algo? Tengo serias dudas respecto a mi válvula
mitral. ¿Tendría usted la amabilidad de verme? Tengo bastante confianza en la
aórtica, pero me agradaría su opinión sobre la mitral.
Escuché su corazón como me lo pedía, pero no encontré
nada anormal, salvo un pánico cerval, que lo hacía temblar de pies a cabeza.
-Parece normal -dije-. No tiene motivo para
inquietarse.
-Usted perdonará mi ansiedad, señorita Morstan
-comentó-. Mi salud es muy delicada y desde hace tiempo tengo sospechas respecto
a esa válvula. Me alegra mucho oír que no tengo motivo de temor. Si su padre,
señorita Morstan, hubiera tenido la precaución de no someter su corazón a
tensiones intensas, estaría vivo para estas fechas.
La inesperada y cruel referencia a cosa tan delicada me
molestó tanto que sentí deseos de abofetearlo. La señorita Morstan se dejó caer
en una silla y se puso intensamente pálida.
-Mi corazón me decía que mi padre había muerto
-murmuró.
-Yo le puedo dar a usted toda clase de datos al
respecto -continuó Sholto-, y además, puedo hacerle justicia. Y la haré, sí,
diga lo que quiera mi hermano Bartholomew. Me ha agradado que haya venido usted
con sus amigos, no sólo porque estará bien cuidada, sino porque así serán
testigos de lo que voy a hacer y decir. Entre los tres podremos enfrentarnos a
mi hermano Bartholomew.
Se sentó en un taburete rojo, y nos miró a los tres,
curiosamente, con sus débiles y azules ojos.
-Por mi parte -dijo Holmes-, cualquier cosa que usted
diga no pasará de mí.
Yo aprobé con un movimiento de cabeza.
-¡Está bien, está bien! -exclamó el hombrecito-. ¿Puedo
obsequiarla con una copa de chianti, señorita Morstan? ¿O de tokay? No tengo
otra clase de vino. ¿Abro una botella? ¿No? Bueno, pero confío en que no la
incomodará el olor del tabaco. El balsámico olor del tabaco es para mí un
sedativo inapreciable.
Acercó un fósforo a la gran taza de la hookah, y el
humo empezó a correr alegremente por el agua rosada. Los tres estábamos sentados
en semicírculo, la cabeza echada hacia adelante y la barba entre las manos,
mientras que el extraño y agitado hombrecito, que se había acurrucado en el
centro, movía sin cesar su abultada y reluciente calva.
-Cuando resolví hablar con usted -dijo Sholto-, pensé
en enviarle mi dirección, pero temí que, desatendiendo mi súplica, se presentara
con gente desagradable. Por eso me tomé la libertad de fijar la cita de tal
manera que mi criado Williams pudiera verlos a ustedes antes de conducirlos
aquí. Le tengo entera confianza y le di la orden de abandonar el asunto si,
después de observarlos, así lo consideraba conveniente.
"Ustedes me perdonarán estas precauciones, pero soy
hombre de gusto poco vulgar, refinado podría decir, y nada hay para mí menos
estético que un vigilante. Tengo natural aversión a todas las formas del
materialismo ordinario. Pocas veces me pongo en contacto con la muchedumbre
grosera, y como ustedes ven, vivo rodeado de una pequeña atmósfera de elegancia.
Puedo darme el título de protector de las artes; éste es mi lado débil. El
paisaje aquel es un Corot genuino, y si acaso un conocedor pudiese abrigar dudas
respecto a aquel otro cuadro de Salvador Rosa, nadie vacilaría respecto a ese
Rouguereu. Yo soy partidario de la escuela moderna francesa..."
-Usted dispensará, señor Sholto -cortó la señorita
Morstan-, pero he venido aquí, a petición suya, con el objeto de saber lo que
tiene que decirme, y como ya es tarde desearía que la conversación durase lo
menos que fuese posible.
-De todos modos, nuestra entrevista tendrá que durar
algún tiempo -contestó el calvo-, pues debemos ir a Norwood, a ver a mi hermano
Bartholomew. Iremos todos juntos y trataremos de sacar el mejor partido posible.
Está muy enojado conmigo porque he seguido el camino que me parecía más justo.
Anoche tuvimos un cambio de palabras bastante fuertes. Ustedes no pueden
imaginarse qué terrible es cuando se pone colérico.
-Si tenemos que ir hasta Norwood, lo mejor será
ponernos en camino en el acto -me aventuré a observar.
El hombrecito se echó a reír con tanta fuerza, que
enrojeció hasta las orejas.
-Difícilmente conseguiríamos nada con eso. No sé lo que
diría él si yo me presentase con ustedes así, tan de improviso. No, tengo que
prepararlos primero, enseñándoles la manera como debemos proceder. En primer
lugar, debo decirles que hay varios puntos de la historia acerca de los cuales
yo mismo permanezco ignorante. Lo único que puedo hacer es presentarles los
hechos tal como los conozco.
"Como ustedes deben haber supuesto, soy hijo del mayor
John Sholto, del ejército de la India. Hace unos once años que mi padre se
retiró del servicio, y se vino a vivir a Pondicherry Lodge, en Upper Norwood. En
la India había prosperado, y trajo una considerable suma de dinero, una numerosa
colección de valiosas curiosidades, y un séquito de criados indígenas. Con sus
riquezas compró una casa y se estableció en ella rodeado de lujo. Mi hermano
gemelo Bartholomew y yo somos sus únicos hijos.
"Recuerdo perfectamente la sensación que causó la
desaparición del capitán Morstan. Mi hermano y yo leíamos los pormenores en los
diarios, y sabiendo que el desaparecido era amigo de nuestro padre, llegamos a
hablar del asunto muchas veces en su presencia. Éste nos ayudaba, con
frecuencia, a hacer cálculos sobre lo que podía haber acontecido. Nunca
sospechamos ni por un instante que nuestro padre ocultase en su pecho el secreto
con todos sus detalles; que él fuese el único conocedor de la suerte de Arthur
Morstan.
"Sin embargo, nos dábamos cuenta de que un peligro se
cernía sobre su cabeza.. Temía salir solo de la casa, y empleaba como porteros,
en Pondicherry Lodge. a dos pugilistas. Williams, el mismo que los trajo aquí a
ustedes esta noche, era uno de ellos; en un tiempo fue campeón de peso ligero de
Inglaterra. Nuestro padre nunca nos dijo qué era lo que le inspiraba esos
temores, aunque le habíamos notado una pronunciadísima aversión a los cojos con
pata de palo. Una vez disparó su revólver sobre uno de ellos, que resultó
después ser un hombre inofensivo, solicitante de pedidos para una casa de
comercio. Tuvimos que pagar una fuerte suma para que el asunto no se hiciera
público. Mi hermano y yo creíamos, al principio, que se trataba de una manía;
pero después los sucesos se encargaron de hacernos cambiar de opinión.
"A principios de 1882 nuestro padre recibió una carta
de la India, que le produjo una violenta impresión. Cuando la abrió estábamos
almorzando, y cuando se enteró de su contenido estuvo a punto de desmayarse. Ese
mismo día cayó enfermo, y nunca recuperó la salud. Jamás pudimos descubrir lo
que la carta contenía, y lo único que me fue dado saber mientras mi padre la
tenía en la mano, es que era breve y estaba escrita con letra muy confusa. La
hinchazón del brazo, que mi padre había padecido durante los últimos años, se
agravó, y a fines de abril del mismo año nos informó que estaba desahuciado y
deseaba comunicarnos sus últimos deseos.
"Cuando entramos en el cuarto lo encontramos medio
incorporado, sostenido por varias almohadas y respirando con dificultad. Nos
dijo que cerráramos la puerta y que nos pusiéramos uno a cada lado de la cama.
Luego, tomándonos las manos, nos hizo un extraordinario relato. Voy a tratar de
reproducirlo con sus propias palabras:
"Sólo hay una cosa -nos dijo- que pesa sobre mi ánimo
en este momento supremo: la manera como me he portado con la huérfana del pobre
Morstan. Tal conducta, que ha amargado el resto de mi vida, ha privado a esa
niña de un tesoro del que, por lo menos, la mitad es suya. Y sin embargo, yo
mismo no me he servido de él, tan ciega e insensata es la avaricia. La simple
posesión del tesoro era tan dulce para mí, que se me hacía insoportable la idea
de compartirlo con otro. ¿Ven ustedes ese rosario de perlas que está allí, junto
al frasco de quinina? Ni siquiera de eso he podido desprenderme, a pesar de que
lo había sacado con el propósito de enviárselo a ella. Ustedes, hijos míos, la
pondrán en posesión de una parte del tesoro de Agra; pero no vayan a enviarle
nada, ni siquiera el rosario, hasta que yo haya muerto. Después de todo, hombres
ha habido que estando tan graves como yo ahora, se han restablecido después.
"Voy a decirles a ustedes cómo murió Morstan
-continuó-. Estaba débil del corazón, pero ocultaba su enfermedad a todo el
mundo; yo era el único que la conocía. Durante nuestra permanencia en la India
entramos ambos en posesión de un tesoro, por medio de una extraordinaria serie
de circunstancias. Yo me traje todo el tesoro a Inglaterra, y Morstan vino
directamente a verme el mismo día de su llegada, para reclamarme su parte. De la
estación vino a pie hasta aquí, y fue recibido en la puerta por mi fiel y
antiguo criado Lal Chowdar, que ya murió. Morstan y yo no nos pusimos de acuerdo
sobre la división del tesoro, y llegamos a cambiar palabras violentas. Hubo un
momento en que él, en el paroxismo de la cólera, saltó de su silla hacia mí,
pero en ese mismo instante se llevó la mano al costado, se puso color de tierra,
y luego cayó de espaldas, rompiéndose la cabeza contra una esquina del cofre que
encerraba el tesoro. Cuando corrí a auxiliarlo, vi con horror que estaba muerto.
"'Durante largo rato permanecí sentado, medio atontado,
pensando en lo que haría. Mi primer impulso fue, naturalmente, pedir socorro;
pero no pude menos que reconocer que las circunstancias harían pensar que lo
había asesinado. Su muerte, ocurrida en el momento de una disputa, y la herida
de la cabeza, serían pruebas abrumadoras en mi contra. Además, una investigación
llevada a cabo por las autoridades, esclarecería algunos hechos relativos al
tesoro, que yo tenía particular empeño en conservar en secreto. Morstan me había
dicho que ni un alma viviente sabía dónde estaba, y pensaba que tampoco había
necesidad de que persona alguna lo supiera en adelante.
"'Todavía estaba sumido en mis reflexiones, cuando al
levantar la cabeza, vi en la puerta a Lal Chowdar, mi sirviente, que entró
rápidamente y cerró en seguida. «No tenga usted miedo, sahib -me dijo- nadie
sabrá que usted lo mató. Escondamos el cadáver. ¿Quién va a adivinar después?»
Yo no lo he matado -le contesté. Lal Chowdar movió la cabeza y se sonrió. «Todo
lo he oído, sahib -me replicó-. Oí la disputa, y oí el golpe. Pero mis labios
están sellados. En la casa todos duermen. Vamos a sacar el cadáver.»
"'Esto fue suficiente para decidirme; si mi propio
sirviente no creía en mi inocencia, ¿qué esperanzas podían quedarme de probarla
ante un jurado compuesto de doce comerciantes tontos? Entre Lal Chowdar y yo
escondimos el cadáver esa noche. Pocos días después, en los diarios de Londres
aparecía la noticia de la misteriosa desaparición del capitán Morstan.
"'Por lo que acabo de referirles, verán ustedes que
sería injusto acusarme de su muerte. Mi falta consiste en que no sólo oculté el
cadáver, sino, también, el tesoro, y en que me he aferrado a la parte que tocaba
a Morstan con tanto interés como a la mía. Deseo por consiguiente que ustedes
lleven a cabo la restitución. Aproxímense más. El tesoro está escondido en...'
"En ese mismo instante el rostro se le contrajo en una
horrible mueca; con el pavor pintado en los ojos y con la mandíbula inferior
desprendida, casi colgando, lanzó un grito que nunca podré olvidar: '¡Quítenlo
de allí! ¡Por el amor de Dios, quítenlo de allí!' Mi hermano y yo volvimos
rápidamente el rostro hacia la ventana en la que mi padre había clavado la
vista. Destacándose en la oscuridad, una cara nos miraba; vimos perfectamente la
mancha blanca que hacía la nariz al apretarse contra el vidrio. Era una cara
barbuda. Los ojos, crueles y salvajes, brillaban con una expresión maligna. Mi
hermano y yo nos precipitamos hacia la ventana, pero el hombre desapareció en
seguida. Cuando volvimos al lado de nuestro padre, lo encontramos inmóvil y el
pulso ya le había cesado de latir.
"Esa noche buscamos por todo el jardín. No encontramos
ningún rastro, salvo la huella de un pie, precisamente debajo de la misma
ventana. De no ser por esa huella, habríamos creído que todo era producto de
nuestra imaginación. Sin embargo pronto tuvimos otra prueba, más convincente
todavía, de que alguna mano secreta operaba en nuestro derredor. La ventana del
cuarto de nuestro padre fue encontrada abierta a la mañana siguiente. Los
cajones de la cómoda habían sido registrados y sobre el pecho del cadáver
pudimos ver un pedazo de papel, escrito con mala letra, con las siguientes
palabras: 'El signo de los cuatro'. Nunca supimos lo que significaba esa frase,
ni quién podía haber sido el secreto visitante. Según pude juzgar, ninguno de
los objetos pertenecientes a mi padre desapareció del cuarto, por más que todo
había sido revuelto. Naturalmente, mi hermano y yo pensamos que tenía que
existir alguna vinculación entre el incidente y el temor con que había vivido mi
padre, pero hasta ahora todo sigue sumido en el más profundo de los misterios."
El hombrecito cesó de hablar para encender otra vez su
hookah, y durante unos instantes siguió fumando en silencio, pensativo. Los tres
habíamos escuchado inmóviles la extraordinaria narración. En la parte referente
a la muerte de su padre, la señorita Morstan se puso pálida como un cadáver, y
yo temí que se desmayara; pero el malestar se le pasó después de apurar un vaso
de agua que le serví de un frasco veneciano colocado en una mesita. Sherlock
Holmes se había echado hacia atrás en su silla, con expresión abstraída, las
pestañas caídas sobre los chispeantes ojos. Al mirarlo, no pude menos que
recordar las amargas quejas que le había oído proferir ese día con respecto a la
vulgaridad de la vida: allí tenía, pues, un problema que iba a someter su
sagacidad a una prueba decisiva. El señor Thaddeus Sholto paseaba sus miradas
sobre nosotros, con visible orgullo por el efecto que su historia había
producido; a poco, prosiguió su relato, entrecortado por las chupadas que daba a
su pipa.
-Tanto mi hermano como yo nos sentimos, como ustedes
imaginarán, bastante preocupados por lo del tesoro. Durante semanas y meses
excavamos y revolvimos por todas las partes del jardín, sin descubrir su
paradero.
"Era para volverse loco al pensar en que nuestro padre
había estado a punto de mencionarnos el escondrijo, precisamente en el momento
en que la muerte le sobrevino. Por el rosario podíamos juzgar del esplendor de
las ocultas riquezas. Ese rosario fue causa de algunas pequeñas discusiones
entre mi hermano y yo. Las perlas eran evidentemente de gran valor, y a él se le
hacía duro deshacerse de ellas, pues, aquí entre nosotros, mi hermano se inclina
algo al defecto de que padeció mi padre. Además, decía que si enviábamos el
rosario, ello podría dar lugar a habladurías y causarnos trastornos. Todo lo que
conseguí fue persuadirlo de que debía dejarme averiguar la dirección de la
señorita Morstan y enviarle una a una las perlas desprendidas del rosario, con
intervalos fijos, para que así, por lo menos, estuviera al abrigo de la
miseria."
-Bondadosa idea -dijo con acento de gratitud nuestra
compañera- fue usted muy bueno al pensar· de esa manera.
El hombrecito hizo ademán, más bien, de pedir excusas.
-Nosotros éramos depositarios de los bienes de usted
-dijo- ésa fue mi manera de ver el asunto, aunque mi hermano Bartholomew no se
decidía a contemplarlo bajo la misma luz. Nosotros teníamos ya mucho dinero, y
yo no sentía deseos de enriquecerme más. Por otra parte, habría sido de muy mal
gusto tratar a una señorita de manera tan poco delicada. Le mauvais goût mène au
crime.3 Los franceses saben expresar estas cosas con mucha claridad. Nuestra
diferencia de opiniones sobre el particular fue tan lejos, que pensé que lo
mejor sería poner casa aparte. Abandoné Pondicherry Lodge, trayéndome al viejo
khitmutgar y a Williams. Pero ayer ocurrió un acontecimiento de la mayor
importancia; el tesoro fue encontrado; en el acto, le escribí a usted, señorita
Morstan. Ahora no nos queda más que ir a Norwood y pedir la parte que nos
corresponde. Anoche hice saber a Bartholomew mis ideas al respecto, así es que
aunque no nos recibirá muy bien, por lo menos nos espera.
El señor Thaddeus Sholto dejó de hablar, pero continuó
agitándose en su lujoso asiento. Todo fue silencio durante un rato. Estábamos
embargados por el nuevo giro que el misterioso asunto había tomado. Holmes fue
el primero en ponerse de pie.
-Usted ha procedido bien, señor -le dijo-, desde el
principio hasta el fin. Es posible que nosotros podamos retribuirle su buen
comportamiento, arrojando alguna luz sobre aquello que para usted está todavía
en la oscuridad. Pero, como la señorita Morstan hacía notar hace poco, ya es
tarde, y lo mejor sería terminar cuanto antes con el asunto.
El hombrecito colgó con el mayor cuidado el tubo de su
hookah, y de atrás de una cortina sacó un larguísimo y pesado abrigo con puños y
cuello de astracán. Se lo abotonó tan arriba como pudo, no obstante que, con una
noche tan oscura, nadie habría de verlo. Concluyó sus preparativos poniéndose
una gorra de piel de conejo con orejeras que le caían hasta el cuello, de modo
que lo único que quedaba visible de su persona era su movible y picada cara.
-Soy algo débil de salud -replicó, caminando hacia la
calle-, y me veo obligado a tratarme como un valetudinario.
El cupé esperaba en la puerta. El programa había sido
probablemente arreglado de antemano, pues apenas entramos en el carruaje, echó a
andar con paso rapidísimo. Thaddeus Sholto hablaba sin cesar, en voz tan alta
que dominaba el ruido de las ruedas.
-Bartholomew es un mozo inteligente -nos dijo-.
¿Cómo creen ustedes que descubrió el lugar en que se
encontraba el tesoro? Persuadido, por fin, de que el escondrijo se hallaba
puertas adentro, revolvió cada metro cúbico de la casa, y midió el terreno por
todas partes, para que no se le escapara una sola pulgada sin registrar. Entre
otras cosas, observó que el edificio tenía setenta y cuatro pies de alto, y que
sumando el alto de todas las habitaciones y teniendo en cuenta los espacios que
hay entre ellas, explorados por él mediante varios sondajes, apenas llegaba a un
total de setenta pies. Había, pues, un espacio de cuatro pies no examinados
todavía, el cual no podía estar sino en la parte superior del edificio. Entonces
abrió un agujero en el techo del cuarto más elevado, y se encontró con que
encima de éste había una especie de cuartito, herméticamente cerrado y
desconocido para todos. En el centro se levantaba el cofre del tesoro, apoyado
sobre dos vigas. Lo bajó a través del agujero y allí sigue. Calcula el valor de
las joyas en no menos de medio millón de libras esterlinas.
A la mención de esta suma gigantesca, todos nos miramos
con ojos asombrados. La señorita Morstan, si podíamos poner en vigor sus
derechos, se convertiría de una humilde institutriz en una de las mujeres más
ricas de Inglaterra. Lo lógico hubiera sido que un amigo fiel se alegrara de
aquella noticia; sin embargo, me avergüenza confesarlo, me dominó el egoísmo y
sentí que el corazón me pesaba como un plomo. Tartamudeé algunas palabras de
felicitación y me quedé sentado, inmóvil, con la cabeza caída sobre el pecho,
sordo a la charla de nuestro nuevo conocido. Éste era un hipocondriaco
confirmado y yo escuchaba, a distancia, una cadena interminable de síntomas y de
preguntas suplicantes sobre la composición y acción de innumerables medicinas,
algunas de las cuales llevaba en el bolsillo, en un estuche de piel. Confío en
que no recuerde ninguna de las respuestas que le di esa noche. Holmes me
aseguró, posteriormente, que me había oído prevenirlo contra el peligro terrible
de tomar más de dos gotas de aceite de castor, mientras le recomendaba la
estricnina en grandes dosis, como sedante. Sin importar lo que pueda haber
dicho, me sentí ciertamente aliviado cuando nuestro coche se detuvo, por fin, y
el cochero saltó hacia el suelo para abrir la portezuela.
-Éste es Pondicherry Lodge, señorita Morstan -dijo
Thaddeus Sholto, ofreciéndole la mano para bajar.
V
La tragedia de Pondicherry Lodge
Eran cerca de las once de la noche cuando llegamos a la
casa de Bartholomew. Habiendo dejado tras nosotros la neblina húmeda de la gran
ciudad, la noche tenía, ahora, un aspecto agradable y claro. Un viento tibio
soplaba del oeste y pesadas nubes cabalgaban lentamente por el cielo, con la
media luna espiando ocasionalmente hacia la tierra, a través de las rendijas que
aquéllas dejaban. El tiempo era lo bastante claro como para ver a cierta
distancia, pero Thaddeus Sholto bajó uno de los faroles laterales del carruaje
para alumbrarnos el camino.
Pondicherry Lodge se levantaba en el centro de un
amplio terreno que lo circundaba. Sobre el terreno se había levantado una alta
barda de piedra rematada con vidrios rotos. Una sola puerta, angosta y
recubierta de hierro, daba acceso al interior. Al llegar a ella, nuestro guía se
detuvo y llamó de un modo peculiar, semejante al que emplean los carteros.
-¿Quién es? -gritó una voz áspera desde el interior.
-Soy yo, McMurdo. A estas alturas ya deberías conocer
mi modo de tocar.
Se escuchó un gruñido, y después, el sonido de un
manojo de llaves. Por último, el chirrido de una cerradura al ser abierta. La
pesada puerta giró hacia adentro y un hombre bajito y robusto se colocó en la
parte entreabierta. La luz amarillenta de la linterna iluminó un rostro
abotagado y unos ojillos parpadeantes y desconfiados.
-¿Es usted, señor Thaddeus? ¿Y quiénes son los demás?
El amo no me dio órdenes de dejarlos pasar.
-¿No, McMurdo? ¡Me sorprendes! Dije anoche a mi hermano
que traería algunos amigos.
-No ha salido de su cuarto en todo el día, señor
Thaddeus, y no tengo órdenes. Usted sabe muy bien que debo apegarme a lo que me
dicen. Puedo dejar entrar a usted; pero sus amigos deben quedarse donde están.
¡Aquél era un obstáculo inesperado! Thaddeus Sholto
miró a su alrededor con expresión perpleja y desolada.
-¡Ésta es una maldad de tu parte, McMurdo! -dijo-. Si
yo respondo por ellos eso debe bastarte. Viene con nosotros una joven, además.
No puede quedarse en la calle a estas horas de la noche.
-Lo siento mucho, señor Thaddeus -dijo el portero en
tono inexorable-. La gente puede ser amiga de usted y no ser amiga del amo. Y él
me paga para que cumpla con mi deber y lo cumpliré. Yo no conozco a los amigos
de usted.
-¡Oh, te equivocas, McMurdo! -exclamó Sherlock Holmes
repentinamente-. No creo que me hayas olvidado. ¿No recuerdas al aficionado que
peleó contigo tres rounds en la noche de tu beneficio, hace cuatro años?
-¿El señor Sherlock Holmes? -gritó el exboxeador-.
¡Bendito sea Dios! ¿Cómo pude haberle confundido? Si en lugar de quedarse allí
tan quieto, se hubiera acercado y me hubiera colocado ese izquierdazo tan suyo,
lo habría reconocido de inmediato. ¡Ah, usted es un hombre que ha desperdiciado
sus talentos, sí, señor! Usted habría ido muy lejos, si se hubiera dedicado al
box.
-Ya ve, Watson, si todo lo demás me fracasa, aún tengo
la probabilidad de triunfar en una profesión científica -dijo Holmes echándose a
reír-. Estoy seguro de que mi amigo boxeador no va a dejarnos aquí, en el frío.
-Pase usted, señor; pase usted... usted y sus amigos
pueden pasar. Lo siento mucho, señor Thaddeus, pero las órdenes son muy
estrictas. Tenía que asegurarme de quiénes eran sus amigos antes de dejarles
entrar.
Entramos. Un caminito de arena, trazado en medio del
terreno desolado, conducía a la enorme casa cuadrada, envuelta entre las
sombras. Sólo el reflejo de la luna hacía brillar el vidrio de una de las
ventanas. Las vastas dimensiones del edificio, su aspecto sombrío y su mortal
silencio, oprimían el corazón. El mismo Thaddeus Sholto parecía sentir cierto
malestar y el farol vacilaba en su mano.
-No sé qué signifique esto -decía- debe haber alguna
equivocación. Anoche le dije a Bartholomew bien claro que esta noche vendríamos,
y sin embargo, no veo luz en su ventana. No sé qué pensar.
-¿Y siempre tiene la casa en esta oscuridad?
-Sí; en eso ha seguido la costumbre de mi padre. A
veces sospecho que éste debe haberle dicho muchas más cosas que a mí. La ventana
del cuarto de Bartholomew es aquella donde da la luna. Los vidrios brillan, pero
no me parece que haya luz en el interior.
-No la hay -dijo Holmes- pero por aquella otra
ventanita, cercana a la puerta, veo salir un rayo de luz.
-¡Ah! Ése es el cuarto del ama de llaves... el de la
señora Bernstone. Ella nos dirá lo que hay. Tal vez ustedes no tengan
inconveniente en esperar aquí uno o dos minutos, pues si entramos todos juntos,
como ella tampoco sabía que íbamos a venir, la presencia de ustedes podría
alarmarla. Pero, ¡chist! ¿Qué es eso?
Levantó el farol y lo agitó formando círculos de luz en
derredor nuestro. La señorita Morstan me tomó del brazo, y todos permanecimos
silenciosos, con los corazones sobresaltados y el oído al acecho. Del enorme,
negruzco edificio se escapaban, en el silencio de la noche, tristes y lastimeros
lamentos; era el continuo ¡ay! entrecortado y agudo de una mujer presa del
terror.
-Ésa es la señora Bernstone -dijo Sholto-. No hay más
mujer que ella en la casa. Espérenme aquí. Vuelvo al instante.
Se dirigió apresuradamente hacia la puerta y llamó a
ella con su toque especial. Desde donde estábamos pudimos ver que una mujer alta
y entrada en años le abría y manifestaba el placer que le causaba su visita.
-¡Oh! ¡Señor Thaddeus! ¡Qué gusto me da que haya
venido...!
Alcanzamos a escuchar otras expresiones semejantes
hasta que, al cerrarse la puerta, la voz se perdió en un murmullo monótono.
Nuestro guía nos había dejado el farol. Holmes lo
levantó, lo dirigió en distintas direcciones y examinó atentamente la casa y los
montones de escombros que cubrían el terreno por todas partes. La señorita
Morstan y yo estábamos uno al lado del otro; teníamos las manos entrelazadas.
¡Qué cosa tan maravillosamente sutil es el amor! Dos personas que nunca se
habían visto hasta ese mismo día, entre las cuales no había existido un cambio
de palabras cariñosas, ni siquiera la más leve mirada de afecto, y en un momento
las manos de una y otra se buscaban y se unían. El fenómeno me ha maravillado
después, pero entonces me pareció la cosa más natural acercarme a ella, y ella,
por su parte, me ha dicho que desde que me vio se sintió instintivamente
impulsada a volverse hacia mí en demanda de consuelo y protección. Permanecimos
con las manos enlazadas, como dos niños, y nuestros corazones se sintieron
tranquilos a pesar de las sombras que nos rodeaban.
-¡Qué lugar tan extraño! -exclamó mi compañera, mirando
de un lado a otro.
-Tal parece que en este sitio hubieran soltado a todos
los topos de Inglaterra. Algo parecido he visto en la falda de un cerro, cerca
de Ballarat, donde los buscadores de minas habían hecho sus exploraciones.
-Y la causa es la misma -dijo Holmes-. Éstos son los
rastros de los buscadores del tesoro. Recuerden ustedes que han estado más de
seis años buscándolo. No hay que maravillarse de que el terreno parezca una
criba.
La puerta de la casa se abrió con estrépito en ese
momento y Thaddeus Sholto salió corriendo con las manos extendidas hacia
adelante y con el terror retratado en los ojos.
-¡A Bartholomew le pasa algo raro! -gritó-. ¡Yo tengo
miedo! Mis nervios no pueden soportar esto.
Estaba en realidad tembloroso y balbuciente; su cara
movible y puntiaguda parecía querer salirse por entre el gran cuello de
astracán, con la expresión desconsolada y suplicante de un niño aterrado.
-Entremos todos a la casa -dijo Holmes en tono seco y
decidido.
-¡Sí, vamos! -suplicó Thaddeus Sholto-. Yo no me siento
capaz de tomar esa resolución.
Entramos al cuarto del ama de llaves, situado en el
lado izquierdo del corredor. La anciana se paseaba de un extremo a otro de la
habitación, mirando asustada a un lado y a otro, apretándose los dedos; pero la
presencia de la señorita Morstan pareció producir en ella el efecto de un
calmante.
-¡Bendiga Dios esa cara tan cariñosa y tranquila!
-exclamó en medio de un histérico sollozo-. ¡Cuánto bien me produce su
presencia! ¡Oh! ¡Y cuánto he sufrido hoy!
Nuestra compañera le tomó la mano, una mano delgada y
maltratada por el trabajo, y murmuró algunas palabras de consuelo, amables y
cariñosas, que en el acto devolvieron el color a las mejillas de la anciana.
-El patrón se ha encerrado con llave y no contesta
-explicó el ama de llaves-. Todo el día estuve esperando que me llamara sin
atreverme a subir, pues con frecuencia desea estar enteramente solo; pero hace
como una hora, comprendiendo por fin que pasaba algo extraño, subí y miré por el
ojo de la cerradura. Vaya usted, señor Thaddeus; vaya usted y mire por sí mismo.
Durante diez años seguidos he visto diariamente al señor Bartholomew Sholto,
unas veces alegre, otras triste; pero nunca le vi una cara como la que tiene
hoy.
Sherlock Holmes tomó la lámpara y encabezó la marcha,
pues Thaddeus Sholto estaba tan nervioso que los dientes parecían bailarle
dentro de la boca. Temblaba de tal modo, que para subir las escaleras tuve que
sostenerlo. Las rodillas se le doblaban. Dos veces, durante nuestra ascensión,
Holmes sacó su lupa y examinó cuidadosamente ciertas manchas de la estera que
cubría el centro de la escalera. A mí me parecieron simples manchas de barro,
sin forma alguna. Mi amigo subía lentamente, escalón por escalón, manteniendo la
lámpara bien baja y dirigiendo la mirada a derecha e izquierda. La señorita
Morstan había quedado atrás con la asustada ama de llaves.
La tercera escalera terminaba en un corredor recto y
bastante largo, a cuyo lado derecho había un gran cuadro pintado en tela de la
India, y al izquierdo, tres puertas. Holmes seguía avanzando con la misma manera
lenta y metódica y mi compañera y yo lo seguíamos de cerca; nuestras sombras,
altas y negras, se balanceaban por el corredor. La puerta hacia la que nos
dirigíamos era la tercera. Holmes llamó sin obtener respuesta, y entonces trató
de dar vueltas al picaporte. Estaba cerrado por dentro y el pestillo era ancho y
sólido, como pudimos ver acercando la lámpara. La llave estaba puesta, aunque
ladeada, de manera que el agujero no quedaba enteramente cubierto. Sherlock
Holmes se inclinó a mirar por él e inmediatamente volvió a levantarse,
respirando con dificultad.
-Algo diabólico hay en esto, Watson -dijo, conmovido
como jamás lo había visto-. ¿Qué piensa usted que pueda haber allí?
Me incliné hacia el agujero y retrocedí horrorizado. La
luna alumbraba plenamente el cuarto, con luz vaga pero clara. Frente a la puerta
había visto una cara idéntica a la de nuestro compañero Thaddeus Sholto. Era la
misma cabeza prominente y lustrosa, el mismo fleco de cabellos rojos, el mismo
rostro incoloro. Pero las facciones se contraían en una horrible sonrisa, en una
mueca fija y sobrenatural, que en aquella habitación alumbrada por la luna
impresionaba más los nervios que cualquier espasmo o contorsión. Tanto se
parecía esa cara a la de nuestro diminuto amigo, que involuntariamente miré
hacia atrás, para ver si éste estaba todavía allí. Luego recordé que Thaddeus
nos había dicho que él y su hermano eran gemelos.
-¡Qué cosa tan terrible! -dije dirigiéndome a Holmes-.
¿Y qué vamos a hacer ahora?
-Echar la puerta abajo -contestó; y recostándose sobre
ella, cargó todo el peso de su cuerpo contra la cerradura.
La puerta crujió y gruñó, pero no cedió. Entonces nos
pusimos los tres a empujarla, y por fin se abrió bruscamente, dejándonos libre
la entrada.
La habitación parecía un laboratorio químico. En la
pared que quedaba exactamente enfrente de la puerta había dos hileras de frascos
de cristal y una mesa cubierta con quemadores Bunsen, probetas y retortas. En
los rincones había cestas de mimbre con toda clase de ácidos. Una de ellas
parecía estar rota, porque un chorro de líquido oscuro se había desprendido de
ella y la atmósfera estaba saturada de un olor parecido al del alquitrán, muy
nauseabundo y penetrante. Una escala colgaba de un lado del cuarto, entre una
pila de tablones y yeso. Arriba de ella, en el techo, se veía un agujero lo
suficientemente grande como para permitir el paso de un hombre. Al pie de la
escala había sido arrojado descuidadamente un trozo de cuerda.
Junto a la mesa, en un sillón de madera, el amo de la
casa se encontraba sentado, encogido, con la cabeza sumida en el hombro
izquierdo y con aquella horrible e inescrutable sonrisa en el rostro. Estaba
rígido y frío. Era notorio que tenía varias horas de haber muerto. Me dio la
impresión de que no sólo sus facciones, sino todos sus miembros estaban
retorcidos de un modo, por demás, fantástico. Cerca de una de sus manos, sobre
la mesa, se veía un instrumento peculiar. Era un bastón color marrón, con un
puño de piedra semejante a la cabeza de un martillo, asegurado burdamente con
cáñamo áspero y corriente. A un lado se encontraba una hoja de papel, arrancada
de algún cuaderno de apuntes, y en ella se veían garabateadas algunas palabras.
Holmes las leyó y me extendió el papel.
-Vea usted -dijo levantando las cejas
significativamente.
A la luz de la linterna leí estremeciéndome de horror:
"El signo de los cuatro".
-En nombre sea de Dios, ¿qué significa esto? -exclamé.
-Significa asesinato -contestó él, inclinándose sobre
el muerto-. ¡Ah, ya me lo esperaba! ¡Mire acá! -Señaló hacia lo que parecía una
gran espina oscura, clavada en la piel, exactamente arriba de la oreja del
muerto.
-Parece una espina -comenté.
-Es una espina. Puede usted extraerla. Pero tenga
cuidado porque está envenenada.
La tomé entre el dedo índice y el pulgar. Salió tan
fácilmente que casi no dejó ninguna señal. Sólo quedó una gota de sangre en la
perforación que había hecho.
-Éste es un misterio absolutamente indescifrable para
mí -dije-. Me parece que se va oscureciendo, en lugar de aclararse.
-Por el contrario, se aclara a cada instante. Sólo me
faltan unos cuantos eslabones para tener un caso perfectamente completo.
Thaddeus Sholto, cuya presencia casi habíamos olvidado
desde el momento en que entramos a la habitación, estaba de pie, en el umbral,
convertido en la imagen misma del terror, retorciéndose las manos y gimiendo sin
cesar. De pronto, sin embargo, estalló en un grito agudo y lastimero.
-¡El tesoro ha desaparecido! -gritó-. ¡Robaron el
tesoro! Allí está el agujero a través del cual lo bajamos. ¡Yo le ayudé a
hacerlo! ¡Fui la última persona que lo vio! Lo dejé aquí anoche y le oí cerrar
la puerta con llave mientras yo descendía las escaleras.
-¿A qué hora fue eso?
-A las diez en punto de la noche. Y ahora está muerto.
Llamarán a la policía y sospecharán que yo tuve alguna intervención en esta
horrible tragedia. ¡Oh, sí, estoy seguro de que sospecharán de mí! Pero,
¿ustedes no me creen culpable, verdad, caballeros? Seguramente ustedes no
pensarán que yo fui. ¿Creen que los habría traído si hubiera sido yo? ¡Oh, Dios!
¡Creo que me voy a volver loco! -sacudió los brazos y dio de patadas en el
suelo, como quien está sufriendo un frenético acceso de locura.
-No tiene razón para ponerse así, señor Sholto -dijo
Holmes bondadosamente, poniéndole la mano sobre el hombro-. Siga mi consejo.
Vaya a la estación de policía e informe de lo que ha sucedido. Ofrézcase a
ayudar y a cooperar en todo lo posible. Nosotros esperaremos aquí hasta que
usted vuelva.
El hombrecillo obedeció, semiatontado, y lo oímos bajar
la escalera.
VI
Sherlock Holmes hace una demostración
-Ahora, Watson -dijo Holmes frotándose las manos-,
disponemos de media hora de libertad. Hagamos buen uso de ella. El caso está,
como ya le he dicho, casi completo; pero no debemos fracasar por exceso de
confianza. Por simple que ahora parezca el asunto, puede tener implicaciones más
profundas.
-¿Simple? -grité yo.
-Claro que sí -insistió Sherlock con el aire del
profesor que explica a sus alumnos un caso que le parece sencillo-. Siéntese en
ese rincón, para que las huellas de sus pies no compliquen la cuestión. ¡Ahora,
a trabajar! En primer lugar, ¿cómo entraron esos tipos, y cómo salieron? La
puerta no ha sido abierta desde anoche. ¿Qué me dice de la ventana? -tomó la
lámpara y se acercó a ella, explicando en voz alta sus observaciones. Más que
dirigirse a mí, monologaba-. La ventana se cierra por dentro. El marco es
sólido. No hay goznes a los lados. Vamos a abrirla. No hay ninguna cañería
cerca. El techo está bastante fuera del alcance de cualquier persona. Sin
embargo, un hombre ha entrado por la ventana. Anoche llovió un poco. Aquí está
la huella de un pie, marcada por el lodo, sobre el alféizar. Y aquí hay una
señal circular de lodo, y otra en el suelo, y otra más, cercana a la mesa. ¡Mire
acá, Watson! Ésta es realmente una demostración preciosa.
Miré los discos de lodo, redondos y perfectamente
definidos.
-Ésta no es la huella de un pie -dije.
-Es algo mucho más valioso para nosotros. Es la
impresión de una pata de palo. Mire aquí, en el alféizar, la marca de una bota
gruesa, con un ancho tacón de metal. Cerca de ella está la huella de la pata de
palo.
-Entonces, se trata de un cojo.
-Exactamente. Pero hay alguien más... un aliado muy
hábil y eficiente. ¿Podría usted escalar este muro, doctor?
Me asomé por la ventana abierta. La luna todavía
brillaba intensamente, iluminando aquel ángulo de la casa. Estábamos a unos
veinte metros arriba del suelo y a pesar de que mis ojos hurgaron
cuidadosamente, no pude encontrar un solo sitio en que pudieran encontrar apoyo
los pies de un hombre en aquel muro liso de ladrillo.
-Es absolutamente imposible -exclamé.
-No cabe duda de que es imposible. Pero suponga usted
que un amigo le arrojase desde aquí un extremo de aquella gruesa cuerda que veo
en el rincón y amarrase el otro en este enorme gancho de la pared. Creo que
entonces, siendo usted un hombre ágil, subiría fácilmente hasta aquí, aun
teniendo una pata de palo. Después, naturalmente, bajaría del mismo modo y su
amigo recogería la cuerda, la desprendería del gancho, cerraría la ventana,
echaría el pestillo por dentro, y saldría de la habitación en la forma en que
entró. Como cosa de importancia secundaria hay que hacer notar -y señaló con el
dedo hacia la cuerda- que el amigo de la pierna de palo, aunque parece hábil
para trepar, no ha sido nunca marinero, ni tiene las manos callosas. Con mi
lente descubro más de una mancha de sangre en la cuerda, especialmente cerca del
extremo, lo que me hace suponer que nuestro hombre descendió con tanta velocidad
que se le desprendió un pedazo de piel.
-Todo está muy bien -dije yo-, pero el asunto se va
volviendo más misterioso cada vez. ¿Y qué me dice del cómplice? ¿Cómo entró al
cuarto?
-¡Sí, el cómplice! -repitió Holmes en actitud
meditativa-. Todo lo que se refiera a ese sujeto es interesante. El tal auxiliar
abre una mala página en los anales del crimen de nuestro país, pero en la India,
si mi memoria no me es infiel, en Senegambia, se han presentado casos parecidos.
-¿Cómo habrá entrado? -repetí-. La puerta estaba
cerrada con llave, la ventana era inaccesible. ¿Y la chimenea?
-La parte inferior de la chimenea es demasiado pequeña
-contestó Holmes-. Ya había pensado en eso, pero tuve que descartarlo.
-¿Y entonces cómo?
-Usted no quiere aplicar mis preceptos -me observó
Sherlock-. ¿Cuántas veces le he dicho que una vez eliminado lo imposible, lo que
queda debe ser la verdad, por improbable que parezca? Sabemos que no ha podido
venir por la ventana, ni por la puerta, ni por la chimenea. Sabemos también que
no ha podido estar oculto en el cuarto, pues aquí no hay dónde esconderse. ¿Por
dónde penetró, entonces?
-¡Por el agujero del techo! -exclamé.
-Evidentemente. Ése es el único camino. Le agradecería
me tuviera la lámpara. Vamos a extender nuestras pesquisas hasta el cuarto de
arriba, el cuarto secreto en que estaba el tesoro.
Holmes subió por la escala, y poniendo una mano a cada
lado del agujero, se introdujo por éste. Luego se inclinó desde arriba, tomó la
lámpara y la sostuvo mientras yo subía.
El recinto en que nos encontrábamos, tenía unos tres
metros de largo por dos de ancho. El piso estaba formado de frágiles tablones,
lo que nos obligaba a tener que caminar con cuidado. El techo, en punta, no era,
visiblemente, más que la cubierta interior de la verdadera techumbre de la casa.
No había muebles ni objeto alguno, y el polvo acumulado durante años formaba en
el suelo una espesa capa.
-¡Aquí tiene usted! -exclamó Sherlock Holmes poniendo
su mano en la pared inclinada-. ¿Y ve usted? Ésta es una claraboya que conduce
afuera. Con empujarla encuentra uno por dónde ha entrado el criminal número uno.
Veamos si podemos encontrar otras huellas de su personalidad.
Acercó la lámpara al suelo y al instante vi, por
segunda vez en aquella noche, que su rostro adquiría una expresión de sorpresa y
horror. En cuanto a mí, al bajar la vista, sentí frío hasta en los huesos. En el
piso se veían las huellas de un pie desnudo, perfectamente definido y formado,
pero de dimensiones que apenas alcanzarían la mitad del tamaño ordinario del pie
humano.
-¡Holmes! -murmuré a su oído-. ¡Esta horrible cosa ha
sido hecha por un niño!
-Yo también me sentí horrorizado en el primer momento
por la misma idea -me contestó- pero la cosa es muy natural. La memoria me ha
fallado, porque, de lo contrario, habría podido explicar en el acto lo que
acabamos de ver. Bajemos, pues nada tenemos ya que hacer aquí.
-¿Cuál es, entonces, su teoría respecto a esas huellas?
-le pregunté cuando estuvimos abajo.
-Mi querido Watson, trate usted de hacer un pequeño
análisis por sí mismo -me contestó impacientándose ligeramente-. Usted conoce
mis métodos: aplíquelos, y la comparación de los resultados será digna de
estudio.
-No concibo nada que explique los hechos -fue mi
respuesta.
-Pues muy pronto lo verá usted -me dijo con
indiferencia-. Ahora, aunque creo que ya no hay ninguna cosa de importancia que
observar aquí, voy a buscar otra vez.
Sacó su lente y una cinta de medir, y se puso a
recorrer el cuarto a gatas, midiendo, comparando y examinando. Su larga y
afilada nariz apenas despegaba unas cuantas pulgadas del suelo. Los escrutadores
ojos brillaban como los de un pájaro. Tan silenciosos y furtivos eran sus
movimientos, parecidos a los de un perro de caza que sigue una pista, que al
verlo así no pude menos de pensar en el terrible criminal que habría sido si en
vez de poner su energía y sagacidad al servicio de la ley, las hubiera ejercido
en contra de ésta. Mientras husmeaba, profería gruñidos, hablando consigo mismo.
De pronto, soltó una ruidosa exclamación de alegría.
-Decididamente estamos de buenas -dijo-. Ahora ya no
nos queda mucho por hacer. El criminal Número Uno ha tenido la desgracia de
meter el pie en la creosota. Puede usted ver el talón de su pequeño pie marcado
aquí en esta parte del pestilente charco. ¿Ve usted? El liquido ha corrido en
abundancia.
-Bueno, ¿y qué?
-Pues ya tenemos al individuo. ¿Le parece poco? Conozco
un perro que seguiría este rastro hasta el fin del mundo. Si un gato puede
descubrir un arenque en estado de descomposición en la despensa mejor cerrada,
¿cómo no ha de poder un sabueso entrenado especialmente seguir un olor tan
penetrante como éste? La respuesta no es difícil y... Pero, vaya, aquí están los
representantes titulares de la ley.
Del piso bajo subía el ruido de fuertes pisadas y el
clamor de sonoras voces. La puerta del vestíbulo se cerró con estrépito.
-Antes de que suban, ponga usted su mano aquí, en el
brazo de este pobre diablo, y después en la pierna. ¿Qué siente usted?
-Los músculos están tan duros como si fueran de madera
-contesté.
-Así es. Se encuentran en un estado de extrema
contracción, muy diferente del usual rigor mortis.4 Combinando eso con la
contorsión de la cara y con la sarcástica sonrisa, o sea la risus sardonica,5
como la llamaban los escritores antiguos, ¿a qué conclusión llegaría usted?
-Muerte producida por algún poderoso alcaloide vegetal
-contesté-. Alguna sustancia parecida a la estricnina, que produce el tétano.
-Esa misma idea se me ocurrió apenas vi la tirantez de
los músculos de la cara. Al entrar en el cuarto, traté inmediatamente de
encontrar el instrumento con que se introdujo el veneno al organismo. Como usted
vio, pronto descubrí la espina clavada en la piel probablemente disparada de
lejos, aunque no con gran fuerza. Examine usted la espina.
Tomándola cuidadosamente, la acerqué al farol. Era
larga, puntiaguda y negra, y cerca de la punta parecía haber sido untada con
alguna sustancia gomosa que se hubiese secado rápidamente. El extremo posterior
había sido recortado y redondeado con un cuchillo.
-¿Cree usted que esa espina sea de madera inglesa?
-No, seguramente que no.
-Pues con todos esos datos debería usted estar en
aptitud de sacar alguna conclusión precisa. Pero aquí vienen las fuerzas
regulares y las auxiliares deben batirse en retirada.
Mientras Sherlock Holmes hablaba, se oyeron los pasos
de personas que se acercaban por el corredor. Un hombre alto y corpulento,
vestido con un traje gris, entró al cuarto con andar pesado. Tenía la cara
colorada, grasosa e hinchada; sus ojos, muy pequeños y vivos, miraban de modo
muy penetrante desde las profundidades de sus gruesos párpados. Tras él entraron
un inspector de policía uniformado y Thaddeus Sholto, todavía palpitante.
-¡Este es un asunto fantástico! -exclamó el hombre
corpulento-. ¡Un asunto que vale la pena! ¿Quiénes son esos dos? ¿Cuál es la
razón de que la casa esté tan poblada como una conejera?
-Me parece que usted debe recordar quién soy, señor
Athelney Jones -dijo Holmes con acento tranquilo.
-¡Ya lo creo que sí! -gruñó el otro-. Usted es el señor
Sherlock Holmes, el teórico. ¡Cómo no voy a acordarme de usted! Nunca olvidaré
las lecciones que nos dio a todos nosotros sobre las causas, consecuencias y
efectos, en relación con el asunto de las joyas de Bishopgate. Ahora bien, usted
nos puso sobre el rastro, pero convendrá en que más que el raciocinio lo que le
ayudó en ese caso fue su buena suerte.
-Pues fue un caso de simple razonamiento.
-¡Vamos, vamos! ¡Nunca se avergüence usted de reconocer
la verdad! ¿Y qué me dice usted de este asunto? ¡Mal negocio, mal negocio!
Hechos descarnados, ningún lugar para las teorías. ¡Qué suerte para mí haberme
encontrado hoy en Norwood, para hacerme cargo de este caso! Estaba en el puesto
de policía cuando llegó el aviso. ¿De qué cree usted que ha muerto este hombre?
-¡Oh! Este es un asunto en que me sería difícil
teorizar -contestó Holmes secamente.
-No, no. Nosotros no podemos negar que usted a veces da
en el clavo. ¡Qué lío éste! La puerta cerrada, según entiendo. Joyas por valor
de medio millón, desaparecidas. ¿Cómo estaba la ventana?
-Cerrada por dentro, pero en el antepecho hay rastros
de pisadas.
-Bien, bien. Si la ventana estaba cerrada por dentro,
las pisadas nada tienen que ver en el asunto. Eso lo indica el sentido común. El
hombre puede haber muerto de un accidente, pero la cuestión es que las joyas no
están aquí. ¡Ah! Se me ocurre una teoría. A veces me asaltan ideas geniales.
Salga usted al corredor, sargento, y usted también, señor Sholto. El señor puede
quedarse. ¿Qué piensa usted de esto que le voy a decir, Holmes? Según su propia
confesión, Sholto estuvo anoche con su hermano. El hermano murió por efecto de
un accidente, y Sholto se llevó el tesoro. ¿Qué le parece a usted?
-Sin duda, el muerto se levantó después y echó llave a
la puerta.
-¡Hum! La cosa falla ahí. Apliquemos el sentido común.
Este Thaddeus Sholto estuvo con su hermano; entre ellos hubo una disputa, cosa
que sabemos. El hermano está muerto y las joyas no aparecen. También esto lo
sabemos. Nadie ha visto al hermano desde que Thaddeus se separó de él. La cama
demuestra que el hermano no se acostó. Thaddeus está visiblemente trastornado.
No tiene una apariencia muy atractiva que digamos. Ya ve usted que voy tendiendo
mi red en torno de Thaddeus, y las mallas comienzan a apretarlo ya.
-Usted no está todavía en completa posesión de los
hechos -dijo Holmes-. Esta astilla de madera, que tengo muchas razones para
creer envenenada, estaba allí, en esa parte de la piel donde todavía puede usted
ver la marca; este papel, escrito como ve, estaba en la mesa, y a su lado, este
curioso bastón con puño de piedra. ¿Encaja todo eso en su teoría?
-La confirma en todos los aspectos -dijo pomposamente
el obeso detective-. La casa está llena de curiosidades de la India. Thaddeus
trajo eso acá y si la astilla estaba envenenada pudo haber hecho uso de ella al
igual que cualquier otro hombre con intenciones asesinas. Ese papel tiene el
exclusivo objeto de despistarnos, estoy seguro. La única cuestión que queda por
resolver es cómo escapó. ¡Ah!, desde luego... aquí hay un agujero en el techo
-con gran agilidad, tomando en cuenta su corpulencia, subió la escala y se
introdujo por el agujero. Inmediatamente después oímos su voz, alegre y
entusiasta, proclamando el feliz hallazgo de la claraboya.
-Puede descubrir algo -comentó Holmes irónicamente,
encogiéndose de hombros-. Tiene chispazos ocasionales. Il n'y a pas des sots si
incommodes que ceux qui ont de l'esprit! 6
-¡Vea usted! -exclamó Athelney Jones, descendiendo por
la escala-. Los hechos son mejores que las simples teorías, después de todo. Mi
punto de vista del caso ha sido confirmado. Hay una claraboya que se comunica
con el techo y está parcialmente abierta.
-Yo fui quien la abrió.
-¡Oh, ya veo! Entonces, ¿usted la notó también? -dijo
medio decepcionado-. Bueno, haciendo caso omiso de quién la vio primero, lo
importante es que demuestra la manera como huyó nuestro caballero. ¡Inspector!
-gritó.
-¡Sí, señor! -contestó la voz desde el corredor.
-Diga usted al señor Sholto que entre. ¡Ah! Ya está
aquí. Señor Sholto, es mi deber prevenirle que cualquier cosa que usted diga
ahora puede ser utilizada en su contra. En nombre de la justicia queda usted
arrestado en relación con la muerte de su hermano.
-¡Ya está! ¿No decía yo? -gimió el pobre hombrecito,
levantando las manos y mirándonos asustado.
-No tenga temor, señor Sholto -le dijo Holmes Muy
pronto lo libraré de esa acusación.
-¡No prometa usted demasiado, señor "teorizador", no
prometa usted demasiado! -le previno el detective en tono amenazador-. Puede ser
que el asunto le resulte mucho más difícil de lo que piensa.
-No sólo estoy seguro de librar al señor Sholto, sino
que voy a obsequiarlo a usted, sin el menor interés, con el nombre y señas de
una de las dos personas que estuvieron anoche en este cuarto. Se llama Jonathan
Small, es hombre de escasa educación, pequeño de estatura, activo, y con una
pata de palo algo gastada en la parte inferior. El pie izquierdo lo lleva
calzado con un botín de suela ordinaria, cuadrado en la punta, y el tacón tiene
un ribete de hierro. Es hombre de cierta edad, tiene la cara y las manos
quemadas por el sol, y ha estado en presidio. Estas pocas indicaciones pueden
servirle a usted, y agrégueles: el sujeto debe tener en este momento la palma de
la mano desgarrada, sin buena parte de la piel. La otra persona...
-¡Ah! ¿La otra persona? -preguntó Athelney Jones con
voz burlona, a pesar de que estaba impresionado por la exactitud con que Holmes
hablaba.
-Es una persona bastante rara -contestó éste, girando
sobre sus talones-. Espero muy pronto poder presentarle a usted el par. Una
palabra, Watson...
Y me llevó afuera, hasta cerca de la escalera.
-Este inesperado acontecimiento -dijo- nos ha hecho
perder de vista el propósito original de nuestro viaje.
-Estaba pensando en eso precisamente -contesté-. No es
justo que la señorita Morstan permanezca en este desagradable sitio.
-No. Debe usted acompañarla a su casa. Vive con la
señora Cecil Forrester en Lower Camberwell; así que no está muy lejos. Lo
esperaré aquí, si es que quiere volver. ¿No está demasiado cansado?
-De ningún modo. No creo que pueda descansar hasta
saber más acerca de este fantástico asunto. Durante mi existencia he presenciado
muchas cosas, pero le doy mi palabra de que esta rápida sucesión de extrañas
sorpresas ha destrozado completamente mis nervios. Sin embargo, me gustaría
llegar con usted hasta el fin del asunto.
-Su presencia me será de gran utilidad -contestó-.
Resolveremos el caso de modo independiente y dejaremos que este tipo Jones se
regocije con esos castillos de naipes que tanto le gusta construir. Cuando haya
dejado a la señorita Morstan, quiero que vaya al número 3 de Pinchin Lane, cerca
del río, en Lambeth. La tercera casa del lado derecho es de un taxidermista
apellidado Sherman. Verá usted en la vitrina una comadreja sosteniendo un
conejillo. Levante al viejo Sherman y dígale, con mis cumplidos, que necesito a
Toby inmediatamente. Traiga a Toby en el coche.
-Es un perro, supongo.
-Sí, un perro de raza indefinida, con un asombroso
olfato. Prefiero tener la ayuda de Toby que la de toda la fuerza policiaca de
Londres.
-Lo traeré -le contesté-. Ahora es la una. Estaré de
vuelta antes de las tres, si logro conseguir un caballo fresco.
-Y yo veré qué puedo averiguar de la señora Bernstone y
del criado indio. Este último, según me dijo el señor Thaddeus, duerme en la
buhardilla contigua. Después estudiaré los métodos del gran Jones y escucharé
sus nada delicados sarcasmos.
Goethe siempre tiene razón: Wir sind gewohnt, dass
die Menschen verhöhnen was sie nicht verstehen.
VII
El episodio del barril
La policía había traído un coche y en él llevé a la
señorita Morstan de regreso a su casa. Con un espíritu angelicalmente femenino,
había resistido toda aquella tragedia con aparente tranquilidad porque había
alguien más débil que ella a quien ayudar. Por eso, cuando fui a buscarla, la
encontré amable y sosegada, al lado del ama de llaves. Ya en el coche, sin
embargo, palideció y estuvo a punto de desmayarse; después le sobrevino un
llanto nervioso, producido por las emociones a que había estado expuesta. En
otra ocasión, posteriormente, me confesó que durante el trayecto me sintió frío
y distante. No comprendía la lucha que se realizaba dentro de mi pecho, ni la
fuerza de voluntad tan terrible a la que tuve que recurrir para controlarme. Mi
corazón la amó apasionadamente desde aquel instante en que sentí su mano en la
mía, en el jardín. Comprendí que ni aun muchos años de vida convencional y
normal me podían haber mostrado mejor su naturaleza· dulce y valiente, como lo
habían hecho las extrañas experiencias de ese solo día. Sin embargo, había dos
pensamientos que sellaban mis labios y que impedían que brotaran las palabras de
cariño y de consuelo que hubiera querido decirle. Era una mujer débil y
desamparada, sacudida física y mentalmente por las emociones. Hablarle de amor
en aquellos momentos hubiera equivalido a aprovecharse de las circunstancias.
Pero, lo que resultaba peor, Mary estaba a punto de llegar a ser una mujer rica.
Si las investigaciones de Holmes tenían éxito, se convertiría en heredera de una
fortuna. ¿Era justo, era decente que un miserable cirujano del ejército, con un
ingreso por igual miserable, se aprovechara de una intimidad que sólo
circunstancias fortuitas habían establecido? ¿No me consideraría ella, entonces,
como un vulgar cazador de fortunas? La sola idea de que ese pensamiento cruzara
por su mente me ataba. Aquel tesoro de Agra se interponía entre nosotros como
una barrera infranqueable.
Eran cerca de las dos de la madrugada cuando llegamos a
la casa de la señora Cecil Forrester. La servidumbre se había retirado desde
hacía varias horas, pero la señora Forrester se había interesado tanto en el
extraño mensaje que recibiera la señorita Morstan, que decidió esperarla. Ella
misma nos abrió la puerta. Era una mujer simpática y de edad madura. Me
impresionó la ternura con que abrazó a mi compañera y el tono maternal de su voz
al saludarla. Saltaba a la vista que no la trataba como a una simple persona a
sueldo, sino como a una verdadera amiga. Mary se apresuró a presentarme y la
señora Forrester me invitó a pasar, suplicándome que le contara todas nuestras
aventuras. Me excusé, explicándole la importancia de la misión que me habían
confiado, pero le prometí visitarla después para informarle de los progresos que
hubiéramos logrado en el caso. Al dirigirme hacia la puerta volví atrás y aún me
parece ver el cuadro encantador que formaban las dos mujeres, cariñosamente
abrazadas en el vestíbulo, bañadas por la luz de la lámpara. Era estimulante
poder gozar de la contemplación de un hogar británico tranquilo, en medio de
aquel loco, macabro y oscuro asunto en que estábamos enfrascados.
Entre más pensaba en lo que había sucedido, más me
desorientaba. Repasé toda la extraordinaria secuencia de acontecimientos,
mientras mi carruaje avanzaba por las silenciosas calles alumbradas por el gas
de los faroles. Estaba el problema original. Pero eso, al menos, era
perfectamente claro ahora. La muerte del capitán Morstan, el envío de las
perlas, el anuncio, la carta... habíamos logrado hacer la luz sobre todos esos
acontecimientos. Pero sólo nos habían conducido a un misterio más profundo y más
trágico. El tesoro hindú; el curioso plano encontrado entre el equipaje de
Morstan; la extraña escena de la muerte del mayor Sholto; el descubrimiento del
tesoro, seguido inmediatamente por el asesinato del descubridor; las singulares
circunstancias del crimen: las pisadas, las armas notables, las palabras del
papel, iguales a las encontradas también en poder del capitán Morstan... era un
verdadero laberinto en el que un hombre menos notablemente dotado que mi
compañero se habría dado por vencido.
Pinchin Lane se componía de una hilera de casas de
ladrillo de dos pisos y aspecto miserable, en el barrio más bajo de Lambeth.
Tuve que llamar algún tiempo en el número 3 antes de obtener algún resultado.
Por fin, noté el brillo de la luz de una vela tras el cristal de la ventana y un
rostro apareció en ésta.
-¡Lárguese, borracho vagabundo! -gritó el rostro-. Si
sigue armando bulla abriré las jaulas y le echaré cuarenta y tres perros encima.
-Todo lo que necesito es que deje salir uno -contesté.
-¡Lárguese! -gritó la voz-. ¡Malhaya sea, tengo un
vampiro en esta maleta y se lo dejaré caer encima como no se marche de aquí!
-Pero lo que yo quiero es un perro -insistí.
-¡No voy a discutir con usted! -exclamó el señor
Sherman-. Ahora, siga su camino; cuando cuente tres, soltaré el vampiro.
-El señor Sherlock Holmes... -empecé a decir; pero las
palabras tuvieron un efecto mágico, pues la ventana se cerró de golpe y un
instante después se abría la puerta.
El señor Sherman era un viejo alto y desgarbado, de
hombros caídos, cuello largo y anteojos azules.
-Un amigo del señor Sherlock Holmes es siempre
bienvenido a esta casa -dijo-. Pase usted, señor. Cuidado con el tejón porque
muerde. ¡Ah, grosero, grosero! ¿Tienes deseos de probar el sabor de la carne de
mi visitante? -se dirigía a un armiño de prominentes ojos rojizos, que asomaba
la cabeza entre los barrotes de una jaula-. No se fije usted en eso, señor...
esa culebra no hace nada... le extraje el veneno, por lo que anda por el cuarto
sin peligro. Acaba con toda clase de sabandijas. Perdone que haya sido brusco
con usted al principio, pero los chiquillos del barrio me fastidian que da gusto
y con frecuencia me levantan a medianoche. ¿Qué es lo que deseaba el señor
Sherlock Holmes?
-Quiere un perro.
-¡Ah, me supongo que necesita a Toby!
-Sí, así dijo que se llamaba.
-Toby vive en el número siete, a la izquierda.
El hombre avanzó lentamente, alumbrando con la vela la
extraña familia de animales de que se había rodeado. A la luz incierta y
vacilante de la vela pude percibir vagamente los ojos brillantes que nos
contemplaban con curiosidad desde todos los rincones.
Toby era un perro feo, de pelo largo y orejas caídas,
mezcla de no sé qué razas, de piel blanca y castaña y de aspecto ordinario y
antipático. Después de alguna vacilación aceptó el terrón de azúcar que el
naturalista me había entregado para que le diera. Una vez que hubimos sellado de
esa manera nuestra amistad, me siguió al carruaje sin la menor dificultad.
Acababan de dar las tres cuando llegué a Pondicherry
Lodge. El expugilista McMurdo había sido arrestado como cómplice y ya estaba en
la estación de policía, junto con el señor Sholto.
Dos vigilantes cuidaban la entrada de la casa, pero con
sólo mencionar el nombre del detective me dejaron pasar con todo y perro.
Holmes estaba en la puerta de la casa, con las manos en
los bolsillos y fumando su pipa.
-¡Ah! ¡Lo ha traído usted! -dijo-. ¡Verá usted qué
perro! Athelney Jones ha salido. Durante la ausencia de usted he presenciado un
gran despliegue de energía. Ha arrestado no solamente al amigo Thaddeus, sino
también al portero, al ama de llaves y al sirviente indio. Ahora la casa nos
pertenece, pues la única persona que ha quedado en ella es un sargento de
policía que está arriba. Deje usted el perro aquí, y suba conmigo.
Atamos a Toby a la mesa del vestíbulo y subimos las
escaleras. El cuarto estaba como lo habíamos dejado. El único cambio consistía
en que el cadáver había sido cubierto con una sábana. Un sargento de policía,
visiblemente aburrido, estaba recostado en un rincón.
-Présteme usted su linterna, sargento -dijo mi
compañero-. Ahora, áteme usted este pedazo de cartón al cuello, de modo que
quede colgando por delante. Gracias. Y ahora, tengo que quitarme los botines y
las medias. Hágase usted cargo de ellos, Watson. Yo voy a tener necesidad de
andar descalzo. Moje usted un pañuelo en la creosota: así. Ahora, venga usted
arriba un momento conmigo.
Pasamos por el agujero del techo y Holmes proyectó otra
vez la luz sobre las huellas de las pisadas impresas en el polvo.
-Hágame usted el favor de fijarse bien en esas huellas
-me dijo-. ¿Observa usted algo de particular en ellas?
-Son de un pie de niño o de una mujer diminuta.
-No hablo del tamaño. ¿No nota nada más?
-Se parecen a todas las huellas de pisadas.
-¡De ninguna manera! Mire usted. Esta es la marca
dejada por el pie derecho. Ahora voy a imprimir a un lado la marca de mi pie.
¿Qué diferencia nota usted?
-Que sus dedos están juntos y apretados, mientras que
en la otra huella están separados uno de otro.
-Exactamente. Ese es el punto, no lo olvide usted.
Ahora ¿quiere hacerme el favor de subir a esa claraboya
y oler el marco de madera? Yo me quedo aquí, porque tengo este pañuelo en la
mano.
Hice lo que me indicaba, y en el acto sentí un fuerte
olor parecido al alquitrán.
-Quiere decir que para salir apoyó el pie allí. Si
usted ha podido descubrir el rastro me parece que Toby lo hará también, y sin
dificultad. Ahora, corra usted abajo, suelte el perro y fíjese en lo que va a
hacer.
Cuando llegué al jardín, ya Sherlock Holmes estaba en
el techo y desde abajo le vi deslizarse lentamente, como una culebra, por el
borde del tejado. Pronto se perdió de vista detrás de un grupo de chimeneas,
pero luego reapareció para desaparecer otra vez, hacia el otro lado del techo.
Di la vuelta a la esquina de la casa, y lo vi sentado en la punta de una viga.
-¿Es usted, Watson? -me gritó.
-Sí.
-Éste es el sitio. ¿Qué es eso negro que hay allí?
-Un barril con agua.
-¿Lleno hasta el tope?
-Sí.
-¿No hay señas por allí de alguna escalera?
-No.
-¡Demonio de hombre! Este sitio es bastante peligroso,
pero yo debo poder bajar por donde él subió. El tubo de agua parece sólido. Allá
vamos, de todos modos.
Oí el roce de sus pies, la linterna comenzó a descender
lentamente por la pared, hasta que Holmes saltó sobre la tapa del barril y de
allí al suelo.
-Fue cosa fácil seguirle los pasos. Las tejas estaban
flojas en todo el trayecto y el hombre, en su precipitación, dejó caer esto que
confirma mi diagnóstico, como dicen ustedes los doctores.
El objeto que me enseñaba era una pequeña bolsa tejida
con paja de colores, parecida por su forma y tamaño a una pitillera. Dentro de
ella había media docena de espinas de madera oscura, puntiagudas en un extremo y
redondas en el otro, iguales a la que había matado a Bartholomew Sholto.
-¡Son armas infernales! ¡Tenga usted cuidado, no se
vaya a pinchar con ellas! Me complace mucho haberlas encontrado, pues éstas eran
probablemente las únicas que le quedaban, y ya no corremos el peligro de
meternos una en el pellejo. Por mi parte, preferiría enfrentarme a una bala
Martini que a una de estas espinas. ¿Se cree usted capaz de emprender una
caminata de seis millas, Watson?
-Ya lo creo.
-¿Lo soportará su pierna herida?
-¡Oh, sí!
-¡Ya estás aquí, tú! ¡Valiente Toby! ¡Huele, Toby,
huele! -dijo acercando al hocico del perro el pañuelo mojado en creosota: el
animal se quedó parado, con las piernas abiertas y la cabeza en actitud
semejante a la del catador que huele el bouquet de un famoso vino.
Holmes arrojó el pañuelo, amarró una fuerte cuerda al
collar del perro, y condujo a éste hasta el pie del barril. El animal prorrumpió
en una serie de aullidos agudos y trémulos, y con la nariz en el suelo y la cola
al aire, partió siguiendo el rastro, a un paso que mantenía tirante la cuerda y
que nos obligaba a caminar a gran velocidad.
El horizonte había ido aclarando hacia el este y ya
podíamos distinguir hasta cierta distancia, a la luz de la fría y gris mañana.
La casa, cuadrada y maciza, se destacaba detrás de nosotros con sus negruzcas
ventanas herméticamente cerradas y sus paredes altas y desnudas. El perro nos
llevaba a través de los terrenos de la casa, subiendo y bajando por los
montículos. Todo el lugar, con sus montones de tierra y sus huecos sombríos,
presentaba un aspecto que armonizaba con la horrible tragedia sucedida en la
casa.
Llegamos al muro exterior y Toby siguió corriendo a lo
largo de éste, olfateando precipitadamente, medio oculto entre la sombra, hasta
que por fin se detuvo en un rincón, detrás de un pequeño arbusto. En el punto de
unión de las dos paredes faltaban varios ladrillos y los huecos que habían
dejado estaban gastados en su parte inferior, como si con frecuencia hubieran
servido de escalera. Holmes trepó por allí, levantó al perro y lo dejó caer al
otro lado.
-Aquí hay señales del hombre de la pata de palo
-comentó Holmes cuando me reuní con él-. Mire esta mancha de sangre que hay en
el yeso blanco. ¡Es una gran fortuna que no haya llovido con fuerza desde ayer!
El olor debe permanecer en el camino a pesar de las veintiocho horas de ventaja
que nos llevan.
Confieso que yo tenía mis dudas al respecto, al
reflexionar en el gran tránsito que debía haber cruzado aquel camino de Londres
en el intervalo. Sin embargo, mis temores se calmaron rápidamente. Toby no
vaciló ni mostró desconcierto un instante, sino que continuó avanzando con
absoluta seguridad, con sus pasos oscilantes tan peculiares. Era notorio que el
penetrante olor de la creosota se elevaba por sobre todos los otros olores del
camino.
-No vaya a creer -me dijo Holmes- que todo el éxito en
este caso depende de la simple casu |