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Mi intención era que «La aventura de Abbey Grange»
hubiera sido la última de las aventura de mi amigo Sherlock Holmes que yo diera
a conocer al público. Esta decisión no se debía a la escasez de material, ya que
dispongo de notas acerca de varios centenares de casos que nunca he llegado a
mencionar, ni tampoco a que mis lectores hayan ido perdiendo interés por la
personalidad única y los métodos extraordinarios de este hombre inigualable. La
verdadera razón hay que buscarla en el poco entusiasmo demostrado por el propio
señor Holmes ante la continua publicación de sus experiencias. Mientras estuvo
ejerciendo su profesión, la relación de sus éxitos tenía para él una cierta
utilidad práctica; pero desde que se retiró definitivamente de Londres, para
dedicarse al estudio y la apicultura en las tierras bajas de Sussex, la
notoriedad le ha llegado a resultar aborrecible, y ha insistido de manera
terminante en que se respeten sus deseos en este aspecto. Sólo cuando le recordé
que yo había prometido que «La aventura de la segunda mancha» se publicaría
cuando llegase el momento adecuado, y le hice notar la conveniencia de que esta
larga serie de episodios culminara en el más importante caso internacional que
jamás se le encomendó, conseguí obtener su autorización para exponer al público
una versión del asunto que hasta ahora se ha mantenido celosamente oculta. Si en
algún momento del relato parece que soy algo inconcreto en ciertos detalles, el
lector sabrá comprender que existe una excelente razón para mi reticencia.
Sucedió, pues, que un martes de otoño por la mañana, en
un año y una década que quedarán sin precisar, recibimos en nuestros humildes
aposentos de Baker Street a dos visitantes famosos en toda Europa. Uno de ellos,
austero, solemne, dominante y con ojos de águila, era nada menos que el ilustre
lord Bellinger, dos veces primer ministro de Gran Bretaña. El otro, moreno,
elegante y de rasgos muy marcados, apenas entrado en la madurez y dotado de toda
clase de cualidades físicas y mentales, era el muy honorable Trelawney Hope,
ministro de Asuntos Europeos y el estadista más prometedor del país. Se sentaron
uno junto al otro en nuestro sofá lleno de papeles revueltos, y se notaba a
primera vista, por sus expresiones preocupadas y ansiosas, que el asunto que los
había traído era de la máxima importancia. Las manos delgadas del primer
ministro, surcadas por venas azules, apretaban con fuerza el puño de marfil de
su paraguas, y su rostro demacrado y ascético nos dirigía sombrías miradas,
primero a Holmes y después a mí. El ministro de Asuntos Europeos se tiraba,
nervioso, del bigote y jugueteaba con los dijes de la cadena de su reloj.
-Cuando descubrí la pérdida, señor Holmes, lo cual
sucedió a las ocho de esta mañana, informé inmediatamente al primer ministro. Ha
sido idea suya que vengamos a verle.
-¿Han informado ustedes a la policía?
-No, señor Holmes -respondió el primer ministro, con la
manera de hablar rápida y tajante que le había hecho famoso-. Ni lo hemos hecho
ni es posible hacerlo. Informar a la policía equivaldría, a la larga, a informar
al público, y esto deseamos evitarlo de manera muy especial.
-¿Y eso por qué, señor?
-Porque el documento en cuestión tiene una importancia
tan tremenda que su publicación podría provocar fácilmente..., yo diría que casi
con seguridad..., complicaciones de suma gravedad en el escenario europeo. No
exagero al decir que podrían estar en juego decisiones de guerra o de paz. Si no
podemos intentar recuperarlo en absoluto secreto, lo mismo da que no lo
recuperemos, porque lo que se proponen los que lo han robado es, precisamente,
dar a conocer su contenido.
-Comprendo. Y ahora, señor Trelawney Hope, le
agradecería mucho que me explicara con exactitud las circunstancias en que
desapareció este documento.
-Se puede decir en muy pocas palabras, señor Holmes. La
carta..., porque se trata de una carta de un dirigente extranjero..., se recibió
hace seis días. Era tan importante que ni siquiera la he querido dejar en mi
caja fuerte, sino que la he llevado todas las noches a mi casa de Whitehall
Terrace y la he tenido en mi habitación, dentro de un maletín cerrado con llave.
Anoche estaba allí, de eso estoy seguro, porque abrí el maletín mientras me
vestía para cenar y vi dentro el documento. Esta mañana va no estaba. El maletín
se quedó toda la noche sobre la mesa de¡ tocador, al lado del espejo. Yo tengo
el sueño muy ligero, y mi esposa también. Los dos estamos dispuestos a jurar que
nadie pudo entrar en nuestra habitación durante la noche. Y sin embargo, le
repito que el documento ha desaparecido.
-¿A qué hora cenó usted?
-A las siete v media.
-¿Cuánto tiempo tardó en irse a la cama?
-Mi esposa había salido al teatro, y yo me quedé
esperándola. No subimos a nuestra habitación hasta las once v media.
-¿Así que el maletín permaneció sin vigilancia durante
cuatro horas?
-A nadie se le permite entrar en esa habitación,
exceptuando a la mujer que la limpia por la mañana, y a mi ayuda de cámara y la
doncella de mi esposa durante el resto del día. Y los dos son servidores de
confianza, que llevan bastante tiempo con nosotros. Además, ninguno de ellos
podía saber que en el maletín hubiera nada más importante que el papeleo normal
del ministerio.
-¿Quién conocía la existencia de esa carta? -En mi
casa, nadie.
-¿Ni siquiera su esposa?
-No, señor; no le dije nada hasta esta mañana, cuando
eché en falta el documento.
El primer ministro asintió en señal de aprobación.
-Hace mucho que conozco su elevado sentido del deber en
cuestiones de su cargo, señor -dijo-. Estoy convencido de que, tratándose de un
secreto tan importante como éste, lo pondría por encima incluso de sus lazos
familiares más íntimos.
El ministro de Asuntos Europeos correspondió con una
inclinación de cabeza.
-Con eso no me hace usted más que justicia, señor.
Hasta esta mañana no le había dicho a mi esposa ni una palabra del asunto.
-¿No podría ella haberlo adivinado?
-No, señor Holmes, ni ella ni nadie podría haberlo
adivinado.
-¿Había perdido usted antes algún documento?
-No, señor.
-¿Quién conocía en Inglaterra la existencia de esa
carta?
-Ayer se informó a todos los ministros del Consejo.
Pero el juramento de secreto que rige en todas las reuniones del Gabinete se
reforzó ayer con una solemne advertencia del primer ministro. ¡Dios mío! ¡Y
pensar que a las pocas horas, yo mismo iba a perderlo! -su atractivo rostro se
contrajo en una mueca de desesperación, mientras se mesaba el cabello con las
manos. Por un momento, tuvimos una fugaz visión de cómo era aquel hombre por
dentro: impulsivo, ardiente, extremadamente sensible. Pero al instante había
adoptado de nuevo la máscara aristocrática y volvía a oírse su voz suave-.
Además de los miembros del Consejo de Ministros, hay dos, o tal vez tres, altos
funcionarios que están enterados de la existencia de la carta. Nadie más en toda
Inglaterra, señor Holmes, se lo aseguro.
-¿Y en el extranjero?
-Me inclino a creer que no la ha visto nadie más que la
persona que la escribió. Estoy convencido de que sus ministros..., de que no se
han utilizado los cauces oficiales habituales.
Holmes reflexionó durante unos momentos.
-Bien, señor, tengo que pedirle detalles más concretos
sobre ese documento, y saber por qué su desaparición puede acarrear tan graves
consecuencias.
Los dos estadistas intercambiaron una rápida mirada, y
las hirsutas cejas del primer ministro se contrajeron en un ceño fruncido.
-Verá, señor Holmes, está en un sobre largo y delgado,
de color azul claro. Tiene un sello de lacre rojo, con un león rampante
estampado. La dirección está escrita a mano, en letra grande y firme...
-Me temo -interrumpió Holmes- que, por muy interesantes
e incluso esenciales que sean esos detalles, mi pregunta debe llegar a la raíz
del asunto. ¿De qué trataba esa carta?
-Eso es un secreto de Estado de la máxima importancia,
y me temo que no puedo decírselo, y tampoco me parece que sea necesario. Si
usted, valiéndose de las facultades que se dice que posee, es capaz de encontrar
el sobre que le he descrito, con su contenido, habrá prestado un gran servicio a
su país y se habrá hecho merecedor de cualquier recompensa que esté en nuestra
mano concederle.
Sherlock Holmes se puso en pie, sonriente.
-Son ustedes dos de los hombres más ocupados del país
-dijo- y yo mismo, en mi modestia, también tengo mucho trabajo por hacer.
Lamento muchísimo no poder ayudarles en este asunto, y prolongar esta entrevista
sería una pérdida de tiempo.
El primer ministro se puso en pie de un salto, con
aquel mismo brillo rápido y feroz en sus ojos hundidos que acobardaba a los
consejos de ministros.
-¡No estoy acostumbrado...! -empezó a decir, pero logró
dominar su cólera y se sentó de nuevo. Durante un minuto, o más, todos
permanecimos en silencio. Por fin, el anciano estadista se encogió de hombros.
-Tendremos que aceptar sus condiciones, señor Holmes.
No cabe duda de que tiene usted razón y no podemos esperar que se ponga en
acción a menos que le otorguemos nuestra plena confianza.
-Estoy de acuerdo con usted, señor -dijo el estadista
más joven.
-En tal caso, se lo contaré, confiando por completo en
su honor y en el de su compañero, el doctor Watson. También podría apelar a su
patriotismo, ya que no se me ocurre una desgracia peor para nuestro país que la
que podría producirse si saliera a la luz este asunto.
-Puede usted confiar en nosotros.
-Pues bien, la carta es de cierto dirigente extranjero,
molesto por algunos sucesos coloniales en los que ha intervenido recientemente
nuestro país. La ha escrito en un arrebato y bajo su propia responsabilidad. Por
lo que hemos podido averiguar, sus ministros no saben nada del asunto. Lo malo
es que está redactada de un modo tan poco afortunado y algunas frases son tan
provocativas, que si se publicaran darían lugar, sin duda, a un estado de
opinión muy peligroso. Se produciría en el país una ebullición de tal calibre
que me atrevería a decir que, a la semana de publicarse la carta, este país se
vería envuelto en una terrible guerra.
Holmes escribió un nombre en una hoja de papel y se la
pasó al primer ministro.
-Exacto. Ha sido él. Y su carta, esta carta que puede
significar un gasto de miles de millones y la pérdida de cientos de miles de
vidas humanas, es la que se ha perdido de manera tan inexplicable.
-¿Han informado usted al remitente?
-Sí, señor; hemos enviado un telegrama en clave.
-Tal vez él desee que la carta se publique.
-No, señor; tenemos razones de peso para creer que él
se ha dado cuenta de que actuó de manera acalorada e imprudente. Para él y su
país, la publicación de esta carta supondría un golpe aún más duro que para
nosotros.
-En ese caso, ¿a quién le interesa que se publique la
carta? ¿Por qué puede desear alguien robarla o publicarla?
-Ahí, señor Holmes, nos metemos en el campo de la alta
política internacional. Pero si considera usted la situación en Europa, no le
resultará difícil comprender el motivo. Europa entera es un campamento armado.
Existen dos alianzas con una potencia militar bastante equilibrada. Gran Bretaña
se encuentra en condiciones de inclinar la balanza. Si se viera arrastrada a la
guerra contra una de las dos confederaciones, esto aseguraría la supremacía de
la otra, tanto si ésta entra en guerra como si no. ¿Me sigue usted?
-Con toda claridad. Así pues, a los enemigos de este
gobernante les interesaría apoderarse de la carta y publicarla, con el fin de
crear un enfrentamiento entre su país y el nuestro.
-Eso es.
-¿Y a quién se le enviaría este documento, en caso de
caer en manos enemigas?
-A cualquiera de las grandes cancillerías de Europa.
Probablemente, en estos instantes ya va camino de una de ellas, a toda la
velocidad a la que pueda llevarla un vehículo de vapor.
El señor Trelawney Hope dejó caer la cabeza sobre el
pecho y suspiró en voz alta. El primer ministro apoyó una mano consoladora en su
hombro.
-Ha tenido usted mala suerte, querido amigo. Nadie le
culpa de nada. No ha omitido usted ninguna precaución. Y ahora, señor Holmes, ya
dispone usted de todos los datos. ¿Qué medidas recomienda?
Holmes movió la cabeza con expresión triste.
-¿Está usted convencido, señor, de que si no se
recupera ese documento habrá guerra?
-Lo considero muy probable.
-Entonces, señor, prepárese para la guerra.
-Esas son palabras muy duras, señor Holmes.
-Considere los hechos, señor. Es completamente
imposible que lo robaran después de las once y media de la noche, ya que, según
he creído entender, el señor Hope y su esposa permanecieron en su habitación
desde esa hora hasta que se descubrió el robo. Así pues, lo tuvieron que robar
ayer, entre las siete y media y las once y media, probablemente más cerca de la
primera hora, ya que es obvio que quien se lo llevó sabía que estaba allí, y lo
más natural es que procurara apoderarse de él lo antes posible. Ahora bien, dada
la hora en que se robó y la importancia del documento, ¿dónde puede estar ahora?
Nadie tiene motivo alguno para retenerlo. Es preciso hacerlo llegar rápidamente
a manos de quienes lo necesitan. ¿Qué posibilidades tenemos a estas alturas de
alcanzarlos, ni siquiera de seguirles la pista? Ni la más mínima.
El primer ministro se levantó del sofá.
-Lo que dice es completamente lógico, señor Holmes. A
mí también me parece que el asunto está fuera de nuestras posibilidades.
-Supongamos, sólo a manera de hipótesis, que lo hubiera
robado la doncella o el ayuda de cámara.
-Los dos son sirvientes antiguos y de confianza.
-Me pareció entender que su habitación se encuentra en
la segunda planta, que no se puede entrar desde fuera de la casa, y que nadie
habría podido llegar desde dentro sin que le vieran. En tal caso, la carta tiene
que haberla robado alguien
de la casa. ¿A quién se la pudo entregar el ladrón? A
cualquiera de los varios espías internacionales y agentes secretos, con cuyos
nombres estoy relativamente familiarizado. Hay tres de ellos que podrían
considerarse como las estrellas de su profesión. Comenzaré mis indagaciones
intentado averiguar si todos ellos continúan en sus puestos. En caso de faltar
alguno de ellos, y sobre todo si falta desde anoche, dispondremos de algún
indicio sobre el lugar de destino del documento.
-,.Por qué no habría de continuar en su puesto?
-preguntó el ministro de Asuntos Europeos-. Podría perfectamente haberlo llevado
a alguna embajada en Londres.
-No creo que lo haya hecho. Estos agentes trabajan por
libre, y muchas veces sus relaciones con las embajadas son algo tirantes.
El primer ministro asintió en señal de aprobación.
-Creo que tiene usted razón, señor Holmes. Tratándose
de un botín tan valioso, lo llevaría personalmente. Su línea de acción me parece
excelente. Mientras tanto, Hope, no podemos descuidar nuestros otros deberes a
causa de esta desgracia. En caso de producirse alguna novedad durante el día de
hoy, nos pondremos en comunicación con usted. Y usted, naturalmente, nos tendrá
al corriente de los resultados de sus investigaciones.
Los dos estadistas hicieron una inclinación de cabeza y
salieron de la habitación con aire solemne.
Cuando nuestros ilustres visitantes se hubieron
marchado, Holmes encendió su pipa sin pronunciar palabra y se quedó un buen rato
sumido en profundas reflexiones. Yo me había puesto a hojear el periódico de la
mañana y me encontraba inmerso en un crimen sensacional que se había cometido en
Londres la noche antes, cuando mi amigo soltó una exclamación, se puso en pie de
un salto y dejó la pipa sobre la repisa de la chimenea.
-Sí -dijo-; no hay mejor manera de abordarlo. La
situación es muy grave, pero no desesperada. Si pudiéramos estar seguros de cuál
de ellos la tiene..., porque todavía es posible que no haya salido de sus manos.
Al fin y al cabo, estos tipos se mueven por dinero, y yo cuento con el respaldo
del Tesoro Nacional. Si está a la venta, puedo comprarla, aunque ello signifique
que todos paguemos un penique más de impuestos. Es perfectamente posible que
nuestro hombre esté aguardando a escuchar las ofertas de este bando antes de
probar suerte con el otro. Y sólo existen tres hombres capaces de jugar un juego
tan arriesgado: Oberstein, La Tothiere y Eduardo Lucas. Tendré que verlos a los
tres.
Yo eché un vistazo al periódico.
-¿Se refiere usted a Eduardo Lucas, de Godolphin Street?
-Sí.
-Pues a ése no lo verá usted.
-¿Por qué no?
-Esta noche ha sido asesinado en su casa.
Eran tantas las veces que mi amigo me había asombrado
en el transcurso de sus aventuras, que sentí verdadera satisfacción al darme
cuenta de que esta vez era yo quien le había dejado completamente atónito. Me
miró como alucinado y me arrebató el periódico de las manos. Esto era lo que
estaba leyendo cuando él se levantó de su asiento:
ASESINATO EN WESTMINSTER
La pasada noche se cometió un crimen en circunstancias
misteriosas en el número 16 de Godolphin Street, una vetusta y solitaria calle
de edificios del siglo XVIII, situada entre el río y la Abadía, casi a la sombra
de la gran torre del Parlamento. La pequeña pero señorial mansión llevaba varios
años habitada por el señor Eduardo Lucas, muy conocido en los círculos sociales
por su atractiva personalidad y por tener merecida fama de ser uno de los
mejores tenores aficionados del país. El señor Lucas era soltero, de treinta y
cuatro años, y su servicio estaba formado por la señora Pringle, su anciana ama
de llaves, y un ayuda de cámara llamado Mitton. La primera se retira pronto y
duerme en el piso alto. El ayuda de cámara había salido a visitar a un amigo que
reside en Hammersmith. Así pues, el señor Lucas se quedó solo en casa desde las
diez de la noche. Todavía no se sabe lo que ocurrió en ese tiempo, pero a las
doce menos cuarto, el agente de policía Barrett, que hacía la ronda por
Godolphin Street, observó que la puerta del número 16 se encontraba
entreabierta. Llamó sin obtener respuesta y, al advertir una luz en la
habitación delantera, avanzó por el pasillo y llamó de nuevo a la puerta de esta
habitación, con idéntico resultado negativo. Entonces abrió la puerta de un
empujón y penetró en la estancia. La habitación se encontraba en absoluto
desorden, con todos los muebles amontonados a un lado y una silla volcada en el
centro. Junto a esta silla, aferrado todavía a una de sus patas, yacía el
desdichado inquilino de la casa. Había recibido una puñalada en el corazón, que
debió producirle la muerte instantánea.
El cuchillo con el que se cometió el crimen es una daga
india de hoja curva, descolgada de una panoplia de armas orientales que adornaba
una de las paredes. En cuanto al móvil del crimen, no parece haber sido el robo,
ya que no falta ninguno de los objetos de valor que contenía la habitación. El
señor Eduardo Lucas era tan conocido y apreciado que su violenta y misteriosa
muerte ha provocado una gran consternación en su extenso círculo de amistades.
-Bien, Watson, ¿qué le parece esto?
-Una coincidencia asombrosa.
-¡Una coincidencia! Aquí tenemos a uno de los tres
hombres que habíamos señalado como posibles participantes en este drama, y
resulta que muere de una manera violenta durante las mismas horas en que el
drama se representaba. Las posibilidades de que se trate de una coincidencia son
tan ínfimas que no existen números para representarlas. No, querido Watson, los
dos sucesos están relacionados..., tienen que estar relacionados. A nosotros nos
toca descubrir la relación.
-Pero ahora la policía estará enterada de todo.
-Nada de eso. La policía sabe lo que ha visto en
Godolphin Street. No sabe, ni sabrá, nada de lo sucedido en Whitehall Terrace.
Sólo nosotros estamos al tanto de los dos sucesos, v podemos intentar descubrir
la relación entre ambos. De todas maneras, hay un detalle evidente que habría
bastado para orientar mis sospechas hacia Lucas. Godolphin Street está en
Westminster, a pocos minutos de Whitehall Terrace. Los otros dos agentes
secretos que he mencionado viven al extremo del West End. Por tanto, a Lucas le
resultaba más fácil que a los otros establecer un contacto o recibir un mensaje
de la casa del ministro de Asuntos Europeos. Es poca cosa, pero cuando los
hechos se concentran en tan pocas horas puede resultar esencial. ¡Caramba! ¿Qué
tenemos aquí?
Había aparecido la señora Hudson, trayendo en bandeja
una tarjeta de mujer. Holmes le echó un vistazo, levantó las cejas y me la pasó
a mí.
-Dígale a lady Hilda Trelawney Hope que tenga la bondad
de pasar -dijo.
Un momento después, nuestro humilde apartamento, que ya
se había visto honrado aquella mañana, se honró aún más con la entrada de la
mujer más encantadora de Londres. Yo había oído hablar con frecuencia de la
belleza de la hija menor del duque de Belminster, pero ni las descripciones ni
las fotografías en blanco y negro me había preparado para el sutil y delicado
encanto y el hermoso colorido de aquella cabeza exquisita. Sin embargo, tal como
nosotros la vimos aquella mañana de otoño, no era su belleza lo primero que
impresionaba al observador; el cutis era admirable, pero se veía pálido de
emoción; los ojos brillaban, pero su brillo era febril; la delicada boca se
apretaba y fruncía en un intento de mantener la calma. El terror, y no la
belleza, era lo primero que saltaba a la vista cuando nuestra hermosa visitante
quedó momentáneamente encuadrada en el marco de la puerta.
-¿Ha estado aquí mi marido, señor Holmes? -Sí, señora,
ha estado aquí.
-Señor Holmes, le suplico que no le diga que he venido.
Holmes respondió con una fría inclinación de cabeza y le ofreció un asiento.
-Señora, me coloca usted en una situación muy delicada.
Le ruego que se siente y me explique qué desea; pero me temo que no puedo
hacerle promesas incondicionales.
La dama cruzó la habitación y se sentó de espaldas a la
ventana. Verdaderamente, aquella mujer alta, elegante e intensamente femenina
tenía el porte de una reina.
-Señor Holmes -dijo mientras cruzaba y descruzaba las
manos, enfundadas en guantes blancos-, voy a hablarle con sinceridad, y confío
en que usted, a cambio, sea sincero conmigo. Entre mi marido y yo existe
absoluta confianza en todos los aspectos, excepto en uno: la política. Para este
tema, sus labios están sellados, no me cuenta nada. Ahora bien, me consta que
anoche ocurrió en nuestra casa un incidente sumamente deplorable. Sé que ha
desaparecido un documento. Pero como se trata de asunto político, mi esposo se
niega a contarme los detalles. Sin embargo, es esencial..., esencial, repito...,
que yo me entere de todo. Usted es la única persona, aparte de esos políticos,
que conoce los hechos. Le ruego, pues, señor Holmes, que me informe con
exactitud de lo sucedido y sus posibles consecuencias. Cuéntemelo todo, señor
Holmes. No se calle por consideración a los intereses de su cliente, porque le
aseguro que, aunque él no se dé cuenta, lo más conveniente para sus intereses
sería confiar plenamente en mí. ¿Qué papel es ése que han robado?
-Señora, lo que me pide es completamente imposible.
Ella dejó escapar un gemido y se cubrió el rostro con las manos.
-Tiene que comprenderlo, señora. Si su marido considera
que debe mantenerla al margen de este asunto, ¿cómo voy a contarle lo que él ha
decidido ocultar, habiendo conocido los hechos bajo promesa de secreto
profesional? No está bien que me lo pida. Tendría que preguntárselo a él.
-Ya se lo he preguntado. He acudido a usted como último
recurso. Pero aunque no me diga nada concreto, señor Holmes, puede usted hacerme
un gran servicio si me aclara un único detalle.
-¿Cuál, señora?
-¿Puede este incidente perjudicar la carrera política
de mi marido?
-Bueno, señora, desde luego, a menos que se resuelva
favorablemente, puede tener efectos muy lamentables.
-¡Ah! -exclamó ella, respirando hondo, como quien acaba
de ver resueltas sus dudas-. Una pregunta más, señor Holmes: por un comentario
que se le escapó a mi esposo bajo la primera impresión del desastre, he creído
entender que la pérdida de este documento podría acarrear terribles
consecuencias para la nación.
-Si él lo dijo, no seré yo quien lo niegue.
-¿Qué clase de consecuencias?
-Lo siento, señora, otra vez me pregunta usted más de
lo que yo puedo responder.
-En tal caso, no le haré perder más tiempo. No le
culpo, señor Holmes, por negarse a hablar más abiertamente, y estoy segura de
que usted, por su parte, no pensará mal de mí por intentar compartir los
problemas de mi marido, aun en contra de su voluntad. Una vez más, le ruego que
no le diga nada de mi visita.
Al llegar a la puerta se volvió para mirarnos y tuve
una última visión de aquel rostro hermoso y atormentado, con los ojos asustados
y la boca apretada. Un instante después se había ido.
-Bueno, Watson, el bello sexo es su especialidad -dijo
Holmes con una sonrisa cuando el ondulante frufrú de las faldas concluyó con un
portazo-. ¿A qué juega esta dama?
-Me parece que lo ha dicho bien claro, y su ansiedad es
muy natural.
-¡Hum! Piense en su aspecto, Watson, en su manera de
actuar, en su excitación contenida, su inquietud, su insistencia en hacer
preguntas. Recuerde que pertenece a una casta que no suele exteriorizar sus
emociones.
-Desde luego, venía muy alterada.
-Recuerde también el curioso convencimiento con que nos
aseguró que sería mejor para su marido que ella lo supiera todo. ¿Qué quería
decir con eso? Y se habrá fijado usted, Watson, en cómo se situó para tener la
luz a la espalda. No quería que leyésemos su cara.
-Sí, se sentó en la única silla de la habitación.
-Sin embargo, los motivos de las mujeres son tan
inescrutables... ¿Se acuerda de aquella mujer de Margate, de la que yo sospeché
por la misma razón? Y lo que sucedía era que no se había empolvado la nariz.
¿Cómo puedes construir algo sobre bases tan movedizas? Sus actos más triviales
pueden significar una inmensidad, y sus comportamientos más extraordinarios
pueden depender de una horquilla o un rizador de pelo. Buenos días, Watson.
-¿Va usted a salir?
-Sí; pienso pasar la mañana en Godolphin Street, en
compañía de nuestros amigos de la policía. La solución de nuestro problema
depende de Eduardo Lucas, aunque confieso que aún no tengo ni idea de la forma
que pueda adoptar. Es un error garrafal teorizar antes de conocer los hechos.
Quédese en guardia, Watson, por si llegan nuevas visitas. Si me es posible,
vendré a comer con usted.
Durante todo aquel día, el siguiente y el otro, Holmes
se mantuvo de un humor que sus amigos llamarían taciturno y los demás
malhumorado. Entraba y salía sin dejar de fumar, tocaba fragmentos de violín, se
sumía en ensoñaciones, devoraba bocadillos a horas intempestivas y apenas
respondía a las preguntas que yo le hacía de cuando en cuando. Era evidente que
su investigación no marchaba por buen camino. No decía ni palabra sobre el caso,
y tuve que enterarme por los periódicos de los detalles de la indagación y de la
detención y posterior puesta en libertad de John Mitton, el ayuda de cámara de
la víctima. El jurado de instrucción pronunció el evidente veredicto de
«homicidio intencionado», pero los autores seguían siendo desconocidos. No se
pudo hallar ningún móvil. La habitación estaba llena de objetos de valor, pero
no habían robado ninguno. Tampoco se habían tocado los papeles del muerto.
Dichos papeles fueron examinados minuciosamente, y demostraron que el fallecido
era un verdadero experto en política internacional, un chismoso incorregible, un
notable lingüista y un infatigable escritor de cartas. Conocía íntimamente a los
políticos más destacados de varios países. Pero no se pudo encontrar nada
sensacional entre los abundantes documentos que llenaban sus cajones. En cuanto
a sus relaciones con mujeres, parecían haber sido numerosas, pero superficiales.
Tenía muchas conocidas, pero pocas amigas, y no parecía haber amado a ninguna.
Era hombre de costumbres ordenadas y conducta inofensiva. Su muerte constituía
un absoluto misterio, y lo más probable era que continuara siéndolo.
En cuanto a la detención de John Mitton, el ayuda de
cámara, había sido una medida desesperada, como única alternativa a no hacer
nada. Pero no se pudo mantener la acusación. Aquella noche, Mitton había estado
visitando a unos amigos en Hammersmith y disponía de una coartada perfecta. Es
cierto que emprendió el regreso a casa con tiempo de sobra para llegar a
Westminster antes de la hora en que se descubrió el crimen, pero alegó que había
hecho parte del camino andando, lo cual parecía bastante probable, dado que
hacía una noche deliciosa. El caso es que llegó a casa a las doce de la noche, y
pareció quedar abrumado por la inesperada tragedia. Siempre se había llevado
bien con su señor. En sus cajones se habían encontrado varios artículos
pertenecientes a la víctima -entre ellos, un estuche con navajas de afeitar-,
pero él explicó que se trataba de regalos de la víctima, y el ama de llaves
corroboró esta versión. Mitton llevaba tres años trabajando al servicio de
Lucas. Llamaba la atención que éste nunca lo llevase con él al continente. Lucas
hacía ocasionales viajes a París, que podían durar hasta tres meses, pero Mitton
se quedaba al cuidado de la casa de Godolphin Street. En cuanto al ama de
llaves, no había oído nada la noche del crimen. Si su señor había recibido
alguna visita, tuvo que abrirle la puerta él mismo.
Así pues, por lo que yo pude leer en los periódicos, el
misterio llevaba durando ya tres días. Si Holmes sabía algo más, se lo guardaba
para sí mismo. No obstante, me había dicho que el inspector Lestrade le mantenía
informado del caso, así que me constaba que estaba al tanto de los detalles de
la investigación. Al cuarto día, el Daily Telegraph publicó un largo comunicado
de su corresponsal en París, que parecía resolver todo el asunto:
«La policía de París acaba de realizar un
descubrimiento que levanta el velo del misterio que envolvía la trágica muerte
de Eduardo Lucas, asesinado durante la noche del pasado lunes en Godolphin
Street, Westminster. Como recordarán nuestros lectores, el señor Lucas fue
encontrado apuñalado en su habitación, v se llegó a sospechar de su ayuda de
cámara, aunque éste disponía de una coartada que disipó toda sospecha. Ayer, en
París, la servidumbre de una mujer, identificada como la señora de Henri
Fournaye, que reside en una pequeña mansión de la Rue Austerlitz, comunicó a las
autoridades que su señora presentaba síntomas de locura. Tras someterla a un
examen, se comprobó que, efectivamente, padecía una manía de carácter peligroso
y permanente. La policía ha podido averiguar que la señora de Henri Fournaye
había llegado de Londres el martes, y existen indicios que la relacionan con el
crimen de Westminster. La comparación de fotografías ha demostrado de manera
concluyente que los señores Henri Fournaye y Eduardo Lucas eran una misma
persona y que, por alguna razón, el fallecido llevaba una doble vida entre
Londres y París. La señora Fournaye, que es de origen criollo, tiene un carácter
muy excitable, y en ocasiones ha sufrido ataques de celos de tipo histérico. Se
sospecha que durante uno de estos ataques cometió el crimen que tanta sensación
ha causado en Londres. No se han reconstruido aún sus movimientos durante la
noche del lunes, pero se sabe con certeza que una mujer que responde a su
descripción causó un gran revuelo el martes por la mañana en la estación de
Charing Cross con su aspecto enloquecido y sus gestos violentos. Así pues,
parece probable que cometiera el crimen en un ataque de locura, o que perdiera
el juicio a consecuencia de su acción. Por el momento, la infeliz mujer se ha
mostrado incapaz de hacer una declaración coherente, v los médicos no abrigan
esperanzas de que recupere la razón. Se ha sabido que la noche del lunes se vio
a una mujer, que bien podría haber sido madame Fournaye, vigilando durante
varias horas la casa de Godolphin Street.»
-¿Qué le parece esto, Holmes? -pregunté, después de
haberle leído el artículo en alta voz mientras él terminaba el desayuno.
-Querido Watson -respondió, levantándose de la mesa y
dando zancadas por la habitación-, va sé lo mucho que está usted sufriendo, pero
si no le he contado nada en estos tres días es porque no hay nada que contar. Y
tampoco este informe de París nos sirve de mucha ayuda.
-Pues parece que aclara de manera concluyente la muerte
de ese hombre.
-La muerte de ese hombre no es más que un mero
incidente, un episodio trivial en comparación con nuestra auténtica tarea, que
consiste en seguir la pista de ese documento y salvar a Europa de la catástrofe.
En estos tres días sólo ha ocurrido una cosa importante, y es que no ha ocurrido
nada. Recibo informes del gobierno casi cada hora, y en ninguna parte de Europa
se ha advertido señal alguna de agitación. En cambio, si esta carta estuviera
circulando..., no, no puede estar circulando, pero en ese caso, ¿dónde está?
¿Quién la tiene? ¿Por qué la mantiene oculta? Esa pregunta me golpea el cerebro
como un martillo. ¿Ha sido una coincidencia que Lucas muriera asesinado la misma
noche en que desapareció la carta? ¿Llegó la carta a sus manos? ¿Acaso se la
llevó esa esposa loca que resulta que tenía? Y si se la llevó ella, ¿estará en
su casa de París? ¿Cómo podría yo registrarla sin despertar las sospechas de la
policía francesa? Este es un caso, querido Watson, en el que la ley nos resulta
tan peligrosa como los propios criminales. Estamos solos contra todos, pero lo
que está en juego es tremendo. Si lograra resolverlo de manera satisfactoria, no
cabe duda de que este caso representaría el broche de oro a mi carrera. ¡Ah,
aquí llega el último parte de guerra! -echó un vistazo a la nota que acababan de
entregarle-. ¡Vaya! Parece que Lestrade ha descubierto algo interesante. Póngase
el sombrero, Watson, que vamos a dar un paseíto hasta Westminster.
Era mi primera visita al escenario del crimen: una casa
alta y estrecha, algo deslucida, cursi, correcta y sólida como el siglo que la
vio nacer. El rostro de bulldog de Lestrade nos miraba desde la ventana
delantera. Un corpulento policía de uniforme nos abrió la puerta y el inspector
nos salió a recibir efusivamente. Nos hizo pasar a la habitación en la que se
había cometido el crimen, pero ya no quedaba ninguna huella del mismo, con
excepción de una fea mancha de forma irregular sobre la alfombra. Dicha alfombra
era una pieza india, pequeña y cuadrada, situada en el centro de la habitación,
y rodeada por amplios márgenes de precioso entarimado antiguo, formado por
bloques cuadrados de madera muy pulimentados. Sobre la chimenea colgaba una
magnífica panoplia llena de armas, una de las cuales era la que se había
utilizado aquella trágica noche. Junto a la ventana había un suntuoso
escritorio, y todos los detalles de la habitación -cuadros, alfombras y
colgaduras- indicaban un gusto por lo fastuoso que rondaba los límites de la
afectación.
-¿Ha leído las noticias de París? -preguntó Lestrade.
Holmes asintió.
-Esta vez parece que nuestros amigos franceses han dado
en el clavo. No cabe duda de que ocurrió como ellos dicen. Supongo que ella
llamó a la puerta..., una visita sorpresa, porque el hombre mantenía sus dos
vidas en compartimentos estancos..., y él la dejó entrar, porque no podía
dejarla en la calle. Ella le explicó cómo había logrado dar con él, le reprochó
su conducta, una cosa llevó a la otra, y con esa daga tan al alcance de la mano
pasó lo que tenía que pasar. Sin embargo, no debió suceder de buenas a primeras,
porque todas estas sillas estaban corridas hasta allí, y el hombre tenía una en
las manos, como si con ella hubiera intentado mantener a la mujer a distancia.
Está todo tan claro como si lo hubiéramos visto.
Holmes arqueó las cejas.
-¿Y sin embargo, me ha hecho llamar?
-Ah, sí, es por otra cosa... Una pequeñez, pero de ésas
que a usted le interesan... Una cosa bastante rara, ¿sabe?, podríamos decir que
extravagante. No tiene nada que ver con el asunto principal..., nada que ver,
eso salta a la vista.
-¿Y de qué se trata, pues?
-Pues bien, ya sabe usted que cuando se comete un
crimen de este tipo ponemos mucho cuidado en dejarlo todo como estaba. No se ha
cambiado nada de sitio. Hay un agente de guardia día y noche. Esta mañana,
después de enterrar a la víctima y dar por terminadas las investigaciones en lo
que a este cuarto se refiere, se nos ocurrió adecentarlo un poco. ¿Ve esa
alfombra? Fíjese en que no está clavada al suelo, sólo colocada encima. Así que
pudimos levantarla. Y encontramos...
-¿Sí? ¿Qué encontraron?
El rostro de Holmes se estaba poniendo tenso de
ansiedad.
-Estoy seguro de que no lo adivinaría ni en cien años.
¿Ve usted esa mancha en la alfombra? Es de suponer que una buena parte debió de
atravesar la alfombra hasta el suelo, ¿no le parece?
-Desde luego que sí.
-Pues bien, le sorprenderá saber que no hay ninguna
mancha en la madera del suelo.
-¡Que no hay mancha! ¡Pero si tiene que haberla!
-Sí, eso pensaría cualquiera. Pero lo cierto es que no
hay mancha.
Agarró la punta de la alfombra y la levantó para
demostrar lo que decía.
-Sin embargo, la alfombra está tan manchada por debajo
como por encima. Tiene que haber dejado alguna marca.
Lestrade se rió por lo bajo, encantado de tener tan
desconcertado al famoso experto.
-Ahora verá la explicación. Sí que hay una segunda
mancha, pero no está debajo de la primera. Véalo usted mismo.
Y diciendo esto, levantó otra parte de la alfombra y,
efectivamente, allí había una gran mancha escarlata sobre la madera blanca del
antiguo entarimado.
-¿Qué le parece esto, señor Holmes?
-Bueno, es muy sencillo. Las dos manchas coincidían,
pero alguien ha girado la alfombra. Era fácil hacerlo, siendo cuadrada y no
estando sujeta al suelo.
-Hombre, señor Holmes, no hace falta que usted nos diga
que alguien ha girado la alfombra. Eso está clarísimo, ya que las manchas
coinciden a la perfección con sólo poner la alfombra de esta otra manera. Lo que
yo querría saber es quién giró la alfombra y por qué.
El rostro rígido de Holmes indicaba que mi amigo estaba
vibrando de excitación interna.
-Vamos a ver, Lestrade -dijo-. ¿Ese policía del pasillo
ha estado de guardia en la casa todo el tiempo?
-Pues sí.
-Bien, siga mi consejo. Interróguelo a fondo. No lo
haga delante de nosotros. Llévelo a la habitación de atrás y nosotros nos
quedaremos esperando aquí. Pregúntele cómo se ha atrevido a dejar que entrase
aquí gente y se quedara sola en esta habitación. No le pregunte si ha dejado
entrar a alguien. Délo por hecho. Dígale que usted sabe que aquí ha estado
alguien. Apriétele. Dígale que la única oportunidad que tiene de obtener el
perdón es haciendo una confesión completa. ¡Haga exactamente lo que le digo!
-¡Por San Jorge, que si sabe algo yo se lo sacaré!
-exclamó
Lestrade, saliendo disparado hacia el vestíbulo. A los
pocos segundos oímos su voz autoritaria, procedente de la habitación de atrás.
-¡Ahora, Watson, ahora! -gritó Holmes con ansia
frenética.
Toda la fuerza demoníaca que aquel hombre disimulaba
bajo su máscara de indiferencia estalló en un paroxismo de energía. Apartó de un
tirón la alfombra india, y un instante después estaba a cuatro patas, hurgando
con las uñas las tablillas del suelo. Una de ellas se movió hacia un lado al
introducir Holmes las uñas en la juntura, y giró hacia atrás como la tapa de una
caja, descubriendo una pequeña y negra cavidad bajo el suelo. Holmes introdujo
su ansiosa mano en el hueco y volvió a sacarla con un gruñido de disgusto y
decepción. Estaba vacío.
-¡Deprisa, Watson, deprisa! ¡Hay que volverla a
colocar!
Volvió a tapar el hueco y apenas habíamos tenido tiempo
de colocar en su sitio la alfombra cuando oímos la voz de Lestrade en el
pasillo. Al entrar, encontró a Holmes lánguidamente apoyado en la repisa de la
chimenea, con expresión resignada y paciente, como si le costara trabajo
disimular sus irreprimibles bostezos.
-Lamento haberle hecho esperar, señor Holmes. Ya veo
que se está muriendo de aburrimiento con este asunto. Bien, pues sí que ha
confesado. Acérquese, MacPherson, quiero que estos caballeros se enteren de su
inexcusable conducta.
El enorme policía, sonrojadísimo y muy arrepentido,
entró como arrastrándose en la habitación.
-Lo hice sin mala intención, señor, se lo aseguro. La
señorita llamó anoche a la puerta..., se había equivocado de casa, ¿sabe usted?
Y nos pusimos a hablar. Se siente uno muy solo cuando tiene que estar de guardia
todo el día.
-Bien, ¿y qué sucedió luego?
-Quería ver el lugar donde se había cometido el
crimen..., dijo que había leído la noticia en los periódicos. Era una señorita
muy respetable y muy bienhablada, señor, y no vi nada de malo en dejarla que
echara un vistazo. Cuando vio la mancha en la alfombra cayó desmayada al suelo y
se quedó como muerta. Corrí a la parte de atrás y traje un poco de agua, pero no
conseguí hacerla volver en sí. Entonces fui al «lvy Plant», el bar de la
esquina, para pedir un poco de brandy. Pero cuando regresé a la casa la joven
había vuelto en sí y se había marchado. Supongo que se sintió avergonzada y no
se atrevió a encararse conmigo.
-¿Y qué me dice de lo de mover esa alfombra?
-Verá, señor, desde luego estaba un poco arrugada
cuando yo volví. Como ella se cayó encima, y la alfombra está sobre un suelo
pulido, sin nada que la sujete... Así que la estiré un poco.
-Esto le enseñará que no puede usted engañarme, agente
MacPherson -dijo Lestrade, muy digno-. Seguro que pensaba que nunca se
descubriría que había faltado usted a su deber; pero ya ve que me ha bastado una
simple mirada a esa alfombra para saber, sin ningún género de dudas, que en esta
habitación había entrado alguien. Tiene usted suerte, joven, de que no falte
nada, pues de lo contrario las iba a pasar negras. Lamento haberle hecho venir
por una tontería como ésta, señor Holmes, pero pensé que podría interesarle el
hecho de que la segunda mancha no coincidiera con la primera.
-Ya lo creo, ha sido interesantísimo. Dígame, agente:
¿esa mujer sólo ha estado aquí una vez?
-Sí, señor, sólo una vez.
-¿Quién era?
-No sé cómo se llama, señor. Venía por un anuncio en el
que pedían una mecanógrafa, y se equivocó de número...
Era una señorita muy agradable y educada, señor.
-¿Alta? ¿Guapa?
-Sí, señor, era una joven muy crecidita. Y supongo que
se podría decir que era guapa. Quizás hubiera quien dijera que era muy guapa.
«¡Oh, agente, por favor, déjeme echar un vistazo! », me dijo. Era muy simpática
y, ¿cómo le diría?, persuasiva, y no me pareció que hubiera nada de malo en
dejarle asomar la cabeza por la puerta.
-¿Cómo iba vestida?
-Muy discreta, señor..., con una capa larga que le
llegaba a los pies.
-¿Qué hora era?
-Empezaba a oscurecer. Estaban encendiendo las farolas
cuando yo regresaba con el brandy.
-Muy bien -dijo Holmes-. Vamos, Watson, creo que
tenemos cosas más importantes que hacer en otra parte.
Lestrade se quedó en la habitación delantera mientras
el arrepentido agente nos abría la puerta para que saliéramos de la casa. En el
escalón de entrada, Holmes dio media vuelta v enseñó algo que tenía en la mano.
El policía lo miró y se quedó de piedra.
-¡Cielo santo, señor! -exclamó, con el asombro pintado
en el rostro.
Holmes se llevó el dedo a los labios, volvió a meterse
la mano en el bolsillo del pecho y estalló en carcajadas mientras nos alejábamos
calle abajo.
-¡Excelente! -dijo-. Vamos, amigo Watson, está a punto
de levantarse el telón para el último acto. Le tranquilizará saber que no habrá
guerra, que el muy honorable Trelawney Hope no verá truncada su brillante
carrera, que el indiscreto gobernante no será castigado por su indiscreción, que
el primer ministro no tendrá que enfrentarse a ningún conflicto en Europa, y que
con un poco de tacto y habilidad por nuestra parte nadie saldrá perjudicado por
lo que podría haber sido un incidente gravísimo.
Mi mente se llenó de admiración por aquel hombre
extraordinario.
-¡Lo ha resuelto usted! -exclamé.
-No del todo, Watson. Todavía hay algunos detalles que
continúan tan oscuros como antes. Pero tenemos ya tanto que será culpa nuestra
si no conseguimos el resto. Vamos derechos a Whitehall Terrace y pondremos fin
al asunto.
Cuando llegamos a la residencia del ministro de Asuntos
Europeos, Holmes preguntó por lady Hilda Trelawney Hope. Nos hicieron pasar a
una sala de estar.
-¡Señor Holmes! -dijo la señora, con el rostro
encendido de indignación-. Esto es muy indiscreto y desconsiderado por su parte.
Creí haberle explicado que deseaba mantener en secreto la visita que hice, para
que mi esposo no fuera a creer que me entrometo en sus asuntos. Y a pesar de
ello, me compromete usted viniendo aquí y dando a entender que existen
relaciones profesionales entre nosotros.
-Por desgracia, señora, no tenía alternativa. Se me ha
encomendado recuperar ese importantísimo documento v me veo obligado, señora, a
pedirle que tenga la amabilidad de entregármelo.
La dama se puso en pie de un salto v todo el color
desapareció de su hermoso rostro. Se le pusieron los ojos vidriosos, se tambaleó
y pensé que iba a desmayarse. Pero en seguida, con un tremendo esfuerzo, se
recuperó del golpe, v el asombro y la indignación más completos borraron
cualquier otra expresión de sus facciones.
-¡Eso..., eso es un insulto, señor Holmes!
-Vamos, vamos, señora, es inútil. Entrégueme la carta.
Ella se precipitó hacia la campanilla. -El mayordomo les indicará la salida.
-No le llame, lady Hilda. Si lo hace, frustrará mis
sinceros esfuerzos por evitar un escándalo. Entrégueme la carta y todo saldrá
bien. Si colabora conmigo, yo lo arreglaré todo. Si se me enfrenta, tendré que
descubrirla.
Ella se irguió desafiante, con la dignidad de una
reina, y clavó sus ojos en los de Holmes como si pretendiera leer en su alma.
Tenía la mano en la campanilla pero no se decidía a hacerla sonar.
-Está intentado asustarme. No es muy de hombres, señor
Holmes, eso de venir aquí a intimidar a una mujer. Dice que sabe algo. A ver,
¿qué es lo que sabe?
-Le ruego que se siente, señora. Si se cae, puede
hacerse daño. No hablaré hasta que se haya sentado. Gracias.
-Le concedo cinco minutos, señor Holmes.
-Con uno me bastará, lady Hilda. Estoy enterado de su
visita a Eduardo Lucas, de que usted le entregó el documento, de su ingenioso
regreso de ayer a la habitación de Lucas, y de cómo sacó la carta del escondrijo
que hay debajo de la alfombra.
Ella se le quedó mirando con el rostro ceniciento y
tragó saliva dos veces antes de poder hablar.
-Está usted loco, señor Holmes..., ¡loco! -consiguió
exclamar por fin.
Holmes sacó del bolsillo un trocito de cartulina. Era
el rostro de una mujer recortado de una fotografía.
-Llevaba esto encima porque me pareció que podría
resultarme útil -dijo-. El policía la ha reconocido.
Lady Hilda se quedó boquiabierta y dejó caer la cabeza
hacia atrás.
-Vamos, lady Hilda. Usted tiene la carta. Aún se puede
arreglar todo. No deseo causarle problemas. Mi misión habrá concluido cuando le
entregue la carta a su esposo. Siga mi consejo y sea sincera conmigo; es su
única oportunidad.
Había que descubrirse ante el valor de aquella dama. Ni
siquiera entonces se dio por vencida.
-Le repito, señor Holmes, que comete usted un error
absurdo.
Holmes se levantó de su asiento.
-Lo siento por usted, lady Hilda. He hecho lo que he
podido, pero ya veo que todo es en vano.
Hizo sonar la campanilla y entró el mayordomo.
-¿Está el señor Trelawney Hope en casa?
-Llegará a la una menos cuarto, señor.
Holmes consultó su reloj.
-Todavía falta un cuarto de hora -dijo-. Muy bien, le
esperaré.
Apenas había terminado el mayordomo de cerrar la puerta
cuando lady Hilda cavó de rodillas a los pies de Holmes, con las manos
extendidas 'y su bello rostro alzado e inundado de lágrimas.
-¡Tenga piedad de mí, señor Holmes! ¡Tenga piedad!
-suplicaba de manera frenética-. ¡Por amor de Dios, no se lo diga! ¡Usted no
sabe cómo quiero a mi marido! ¡Por nada del mundo querría verle sufrir, y sé que
esto le destrozará el corazón!
Holmes la hizo levantar.
-Gracias a Dios, señora, ha recuperado usted su buen
juicio, aunque haya sido en el último momento. No hay un instante que perder.
¿Dónde está la carta?
Ella corrió hacia un escritorio, lo abrió y sacó un
sobre azul y alargado.
-Aquí está, señor Holmes. ¡Ojalá no la hubiera visto
nunca!
-¿Cómo podemos devolverla? -murmuró Holmes-. ¡Pronto,
pronto, tenemos que encontrar la manera! ¿Dónde está el maletín de documentos?
-Sigue en el dormitorio.
-¡Qué buena suerte! Rápido, señora, tráigalo aquí.
Un momento después, la señora reaparecía con un maletín
rojo en la mano.
-¿Cómo lo abrió la otra vez? ¿Tiene una copia de la
llave? Sí, claro que la tiene. Ábralo.
Lady Hilda se había sacado del pecho una llavecita, con
la que abrió el maletín. Estaba repleto de papeles. Holmes metió el sobre azul
en medio del montón, entre las páginas de algún otro documento. Una vez cerrado,
el maletín regresó al dormitorio.
-Ya estamos preparados -dijo Holmes-. Todavía nos
quedan diez minutos. Lady Hilda, yo voy a hacer todo lo que esté de mi parte por
encubrirla. A cambio, usted puede emplear estos minutos en explicarme con
sinceridad qué significa todo este terrible embrollo.
-Se lo contaré todo, señor Holmes -gimió ella-. ¡Ay,
señor Holmes, yo me cortaría la mano derecha antes que darle un disgusto a mi
marido! No hay en todo Londres una mujer que ame a su esposo como yo amo al mío,
y sin embargo, si él supiera lo que he hecho.... lo que me he visto obligada a
hacer..., no me lo perdonaría nunca. Tiene un sentido del honor tan alto que no
es capaz de olvidar ni de perdonar un acto deshonroso de otra persona. ¡Ayúdeme,
señor Holmes! ¡Está en juego mi felicidad, su felicidad, nuestras mismas vidas!
-¡Dése prisa, señora, que se acaba el tiempo!
-Todo se debió a una carta mía, señor Holmes, una carta
imprudente que escribí antes de casarme. Una carta tonta, la carta de una
chiquilla impulsiva y enamorada. Yo la escribí de manera inocente, pero a mi
marido le habría parecido monstruosa. Si la hubiera leído, habría perdido para
siempre la confianza en mí. Hace años que la escribí y creía que el asunto
estaba olvidado. Pero entonces apareció este hombre, Lucas, y me dijo que la
carta había caído en sus manos y que se la iba a enseñar a mi marido. Le
supliqué que no lo hiciera, y él me dijo que me devolvería mi carta si yo le
proporcionaba cierto documento que, según él, había en el portafolios de mi
marido. Tenía algún espía en el ministerio, que le había informado de su
existencia. Me aseguró que mi marido no sufriría ningún perjuicio. Póngase en mi
lugar, señor Holmes. ¿Qué podía yo hacer?
-Contárselo todo a su marido.
-¡No podía, señor Holmes, no podía! Por un lado, la
catástrofe me parecía segura; por el otro, y aunque me resultara terrible
robarle papeles a mi marido, se trataba de un asunto de política y sus
consecuencias se me escapaban, mientras que en un asunto de amor y confianza las
consecuencias me parecían muy claras. ¡Lo hice, señor Holmes! Saqué un molde de
su llave y ese hombre, Lucas, me hizo una copia. Abrí el maletín, saqué el
documento y lo llevé a Godolphin Street.
-¿Y que sucedió allí, señora?
-Llamé a la puerta como habíamos convenido. Lucas
abrió. Lo seguí hasta su habitación, dejando entreabierta la puerta del
vestíbulo, porque me daba miedo quedarme a solas con aquel hombre. Recuerdo que
al entrar me fijé en una mujer que había en la calle. Nuestro negocio quedó
concluido en un instante: él tenía mi carta sobre el escritorio; yo le entregué
el documento; él me dio la carta. Y en aquel momento oímos un ruido en la puerta
y pasos en el pasillo. Lucas levantó a toda prisa la alfombra, metió el
documento en alguna especie de escondrijo que tenía allí, y lo tapó de nuevo.
»Lo que sucedió a continuación es como una espantosa
pesadilla. Conservo la visión de una cara morena y desencajada, y el sonido de
una voz de mujer que gritaba en francés: «¡Mi espera no ha sido en vano! ¡Por
fin te he encontrado con ella! » Se entabló una lucha feroz. Recuerdo que él
cogió una silla, y que en las manos de ella brillaba un cuchillo. Escapé
corriendo de aquella terrible escena, huí de la casa y no supe más hasta la
mañana siguiente, cuando leí en el periódico el terrible desenlace. Sin embargo,
aquella noche dormí feliz, porque había recuperado mi carta y no sabía aún lo
que me reservaba el futuro.
»A la mañana siguiente me di cuenta de que no había
hecho más que cambiar un problema por otro. La angustia de mi marido cuando
descubrió la desaparición de ese papel me llegó al alma. Tuve que contenerme
para no arrodillarme a sus pies allí mismo y confesarle lo que había hecho. Pero
aquello significaría tener que confesar también el pasado. Aquella mañana fui a
visitarle a usted para hacerme una idea del alcance de mis actos. Cuando
comprendí la enormidad del asunto, ya no pensé en otra que no fuera recuperar el
documento de mi marido. Tenía que seguir estando donde Lucas lo había dejado, ya
que lo guardó antes de que aquella terrible mujer entrara en la habitación. De
no haber sido por su repentina llegada, yo no me habría enterado de dónde estaba
el escondrijo. ¿Cómo podía volver a entrar en aquella habitación? Vigilé la casa
durante dos días, pero la puerta nunca se quedaba abierta. Anoche hice el último
intento. Ya sabe usted cómo me las arreglé para conseguir mi objetivo. Me traje
el documento a casa, y había pensado destruirlo, porque no se me ocurría ninguna
manera de devolverlo sin tener que confesárselo todo a mi marido. ¡Cielos, oigo
sus pasos en la escalera!
El ministro de Asuntos Europeos irrumpió muy nervioso
en la habitación.
-¿Alguna noticia, señor Holmes? ¿Alguna noticia?
-preguntó.
-Tengo algunas esperanzas.
-¡Ah, gracias a Dios! -se le iluminó el rostro-. El
primer ministro ha venido a comer conmigo. ¿Podemos hacerle partícipe de sus
esperanzas? A pesar de que tiene nervios de acero, me consta que apenas ha
dormido desde que ocurrió este terrible suceso. Jacobs, ¿quiere pedirle al
primer ministro que suba? Lo siento, querida, me temo que se trata de un asunto
político. Nos reuniremos contigo en el comedor dentro de unos minutos.
El primer ministro parecía tranquilo, pero por el
brillo de sus ojos y el temblor de sus huesudas manos se notaba que estaba tan
nervioso como su joven colega.
-Tengo entendido que dispone usted de alguna
información, señor Holmes.
-Puramente negativa, por el momento -respondió mi
amigo-. He investigado en todos los lugares donde podría encontrarse el
documento, y estoy seguro de que no hay peligro de que caiga en malas manos.
-Pero eso no es suficiente, señor Holmes. No podemos
seguir viviendo permanentemente sobre semejante volcán. Necesitamos algo
concreto.
-Tengo esperanzas de conseguirlo. Por eso estoy aquí.
Cuanto más pienso en este asunto, más convencido estoy de que la carta no ha
salido de esta casa.
-¡Señor Holmes!
-De haber salido, es indudable que a estas alturas ya
se habría publicado.
-Pero ¿por qué iba nadie a robarla sólo para dejarla en
esta casa?
-No estoy convencido de que haya sido robada.
-Entonces, ¿cómo pudo salir del portafolios?
-No estoy convencido de que haya salido del
portafolios.
-Señor Holmes, si es una broma, no tiene gracia. Puedo
asegurarle que salió del maletín.
-¿Ha examinado usted el maletín desde el martes por la
mañana?
-No; no hacía ninguna falta.
-Es posible que la haya pasado por alto.
-Eso es absolutamente imposible.
-Pues yo no estoy convencido. He visto casos parecidos.
Supongo que habrá otros papeles en ese maletín. Puede haberse mezclado con
ellos.
-Estaba encima de todos.
-Alguien puede haber movido el maletín, descolocando su
contenido.
-Le digo que no. Lo saqué todo.
-De todas maneras, es fácil comprobarlo, Hope
–intervino el primer ministro-. Que traigan aquí ese maletín.
El ministro hizo sonar la campanilla.
-Jacobs, tráigame el maletín de los documentos. Esto es
una ridícula pérdida de tiempo, pero si no se va a quedar satisfecho de otra
manera, haremos lo que dice. Gracias, Jacobs; déjelo ahí. Siempre llevo la llave
en la cadena del reloj. Mire, aquí están todos los papeles: carta de lord Merrow,
informe de sir Charles Hardy, memorándum de Belgrado, notas acerca de los
impuestos sobre los cereales en Rusia y Alemania, carta de Madrid, nota de Lord
Flowers... ¡Cielo santo! ¿Qué es esto? ¡Lord Bellinger! ¡Lord Bellinger!
El primer ministro le arrebató de la mano el sobre
azul. -¡Sí, es ésta! ¡Y la carta está intacta! Hope, le felicito. -¡Gracias!
¡Gracias! ¡Qué peso me he quitado de encima! ¡Pero esto es inconcebible..., es
imposible! Señor Holmes, es usted un mago..., ¡un brujo! ¿Cómo sabía que estaba
aquí?
-Porque sabía que no estaba en ninguna otra parte.
-¡No puedo creer lo que ven mis ojos! -corrió frenético
hacia la puerta-. ¿Dónde está mi mujer? ¡Hilda! ¡Hilda! -su voz se perdió por la
escalera.
El primer ministro miró a Holmes con un centelleo en
los ojos. -Vamos, vamos -dijo-. Aquí hay más de lo que salta a la vista. ¿Cómo
volvió la carta a meterse en el maletín?
Sonriendo, Holmes se volvió para eludir el intenso
escrutinio de aquellos ojos extraordinarios.
-También nosotros tenemos nuestros secretos
diplomáticos -dijo.
Y recogiendo su sombrero, se encaminó hacia la puerta. |