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Entre todos los problemas presentados a mi amigo el
señor Sherlock Holmes para que les diera solución, durante los años de nuestra
relación, hubo sólo dos en los que yo fui el medio de introducción: el del
pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. De ellos, el
último pudo haber proporcionado mejor campo para un observador agudo y dotado de
originalidad, pero el otro fue tan extraño en su comienzo y tan dramático en sus
detalles, que bien puede ser el más merecedor de quedar registrado por escrito,
aunque diera a mi amigo menos oportunidades para practicar aquellos métodos
deductivos de razonamiento con los que conseguía tan notables resultados. Según
creo, la historia ha sido explicada más de una vez en los periódicos, pero, como
ocurre con todas estas narraciones, su efecto es mucho menos chocante cuando se
presenta en bloque, en una sola media columna de letra impresa, que cuando los
hechos se desenvuelven lentamente ante nuestros ojos y el misterio se aclara de
manera gradual, a medida que cada nuevo descubrimiento representa un caso más
que conduce a la completa verdad. En su momento, las circunstancias me causaron
una profunda impresión, y el paso de dos años apenas ha podido debilitar sus
efectos.
En el verano de 1889, poco después de
mi matrimonio, ocurrieron los acontecimientos que ahora me dispongo a resumir.
Yo había vuelto a practicar la medicina civil y había abandonado finalmente a
Holmes en sus habitaciones de Baker Street, aunque le visitaba continuamente y a
veces incluso le persuadía para que abandonara sus hábitos bohemios hasta el
punto de venir él a visitarnos. Mi clientela había aumentado con toda
regularidad y, puesto que yo vivía a poca distancia de la estación de
Paddington, conseguí unos cuantos pacientes entre sus empleados. Uno de éstos,
al que le había curado una enfermedad tan dolorosa como persistente, no se
cansaba de pregonar mis talentos, ni de procurar enviarme todo enfermo sobre el
cual él tuviera alguna influencia.
Una mañana, poco antes de las siete, me
despertó la sirvienta al golpear mi puerta, para anunciarme que habían llegado
de Paddington dos hombres y que esperaban en la sala de consulta. Me vestí
apresuradamente, pues sabía por experiencia que los casos que afectaban a
usuarios del ferrocarril rara vez eran triviales, y me apresuré a bajar. Aún me
encontraba en la escalera cuando mi fiel aliado, el guarda, salió de la sala de
consulta y cerró con cuidado la puerta tras él.
-Lo tengo aquí -susurró, señalando con
su pulgar por encima del hombro-. Está bien.
-¿De que se trata? -pregunté, pues su
actitud sugería que hablaba de alguna extraña criatura a la que hubiera
encerrado en la sala.
-Es un nuevo paciente -murmuró-. He
pensado que lo mejor era traerlo yo mismo, ya que de este modo no podría
escabullirse. Y aquí está, totalmente sano y salvo. Ahora debo marcharme,
doctor, pues yo tengo mis obligaciones, lo mismo que usted.
Y diciendo esto, aquel fiable individuo
se retiró, sin darme tiempo siquiera para expresarle mi agradecimiento.
Entré en mi gabinete de consulta y
encontré un caballero sentado ante la mesa. Iba vestido discretamente con un
traje de mezclilla de lana y había dejado sobre mis libros una gorra de tela. Un
pañuelo, todo él manchado de sangre, envolvía su mano. Era un hombre joven, de
no más de veinticinco años, hubiera asegurado yo, con un rostro enérgico y
varonil, pero estaba muy pálido.
Me dio la impresión de ser víctima de
una intensa agitación que sólo dominaba recurriendo a toda su energía.
-Siento haberle hecho levantar tan
temprano, doctor -dijo-, pero durante la noche he sufrido un accidente muy
grave. He llegado esta mañana en tren y, al preguntar en Paddington dónde podía
encontrar un médico, un buen hombre me ha acompañado hasta aquí. He dado una
tarjeta a la criada, pero veo que la ha dejado sobre la mesita.
La tomé para examinarla. «Víctor
Hatherley. Ingeniero de obras hidráulicas. Victoria Street, 16 A, 3er. Piso.»
Tales eran el nombre, la profesión y el
domicilio de mi visitante matinal.
-Lamento haberle hecho esperar -le
dije, sentándome en el sillón de mi biblioteca-. Acaba usted de realizar un
viaje nocturno, por lo que tengo entendido, y esto no deja de ser obviamente una
ocupación monótona.
-¡Pero es que a mi noche nadie puede
calificarla de monótona! -respondió él, y se echó a reír.
Se rió con ganas, con una nota aguda y
penetrante, repantigándose en su silla y estremeciéndose de la cabeza a los
pies. Todo mi instinto médico se alzó contra esta risa.
-¡Basta! -grité-. ¡Domínese!
Le serví un poco de agua de una
garrafa, pero de nada sirvió. Era presa de uno de aquellos arrebatos histéricos
que se apoderan de una naturaleza vigorosa cuando acaba de pasar por una fuerte
crisis. Finalmente, volvió a recuperar el control sobre sí mismo, pero se mostró
muy fatigado y al mismo tiempo se sonrojó intensamente.
-Me he puesto en ridículo -jadeó.
-En absoluto. ¡Bébase esto!
Añadí un poco de brandy al agua y
empezó a reaparecer el color en sus mejillas exangües.
-¡Ya me encuentro mejor! -dijo-. Y
ahora, doctor, quizá tenga usted la bondad de echar un vistazo a mi pulgar, o,
mejor dicho, al lugar donde estaba antes.
Retiró el pañuelo y extendió la mano.
Incluso mis nervios endurecidos notaron un escalofrío cuando la miré. Había
cuatro dedos extendidos y una horrible superficie roja y esponjosa allí donde
había estado el pulgar. Éste había sido seccionado o arrancado directamente
desde sus raíces.
-¡Cielo santo! -exclamé-. Esto es una
herida terrible. Ha de haber sangrado muchísimo.
-Ya lo creo. Me desmayé al hacérmela, y
creo que permanecí largo tiempo sin sentido. Cuando volví en mí, descubrí que
todavía sangraba, por lo que até un extremo de mi pañuelo estrechamente en torno
a la muñeca y lo aseguré con un palito.
-¡Excelente! Usted hubiera podido ser
cirujano.
-Es cuestión de hidráulica, como usted
sabe, y entraba en mi especialidad.
-Esto lo ha hecho -dije, examinando la
herida- un instrumento muy pesado y afilado.
-Algo así como un cuchillo de carnicero
-repuso.
-¿Un accidente, supongo?
-En modo alguno.
-¿Cómo, una agresión criminal?
-Y tan criminal.
-Me horroriza usted.
Apliqué una esponja a la herida, la
limpié, la curé y, finalmente, la cubrí con una almohadilla de algodón y
vendajes tratados con ácido carbólico. Él lo aguantó sin parpadear, aunque de
vez en cuando se mordiera el labio.
-¿Qué tal? -le pregunté cuando hube
terminado.
-¡Magnífico! Entre su brandy y su
vendaje, me siento como nuevo. Estaba muy débil, pero tengo que hacer muchas
cosas.
-Tal vez sea mejor que no hable del
asunto. Es evidente que pone a prueba sus nervios.
-Oh, no, nada de esto ahora. Tendré que
contar lo sucedido a la policía, pero le diré, entre nosotros, que si no fuera
por la convincente evidencia de esta herida, me sorprendería que dieran crédito
a mi declaración, pues es realmente extraordinaria y, como pruebas, no dispongo
de gran cosa con que respaldarla. Y aunque lleguen a creerme, las pistas que yo
pueda darles son tan vagas que dudo de que llegue a hacerse justicia.
-¡Ajá! -exclamé-. Si se trata de algo
así como un problema que usted desea ver resuelto, debo recomendarle
encarecidamente que vea a mi amigo el señor Sherlock Holmes antes de ir a la
policía oficial.
-He oído hablar de ese señor -contestó
mi visitante-. Mucho me alegraría que se hiciera cargo del asunto, aunque, desde
luego, debo hacer uso también de la policía oficial. ¿Me dará una carta de
presentación para él?
-Haré algo mejor. Yo mismo le
acompañaré a visitarlo.
-Le quedaré inmensamente reconocido por
ello.
-Llamaremos un coche de alquiler e
iremos juntos. Llegaremos justo a tiempo para compartir con él un ligero
desayuno. ¿Se siente usted con ánimos?
-Si, y no me consideraré tranquilo
hasta haber contado mi historia.
-Entonces mi criada llamará un coche y
yo estaré con usted al instante.
Subí apresuradamente al primer piso,
expliqué el asunto a mi esposa, en pocas palabras, y cinco minutos después me
instalé en el interior de un coche de alquiler que me condujo, junto con mi
nuevo conocido, a Baker Street.
Como yo me había figurado, Sherlock
Holmes se encontraba en su sala de estar, en bata, entregado a la lectura de la
columna de anuncios de personas desaparecidas en The Times, y fumando su pipa
anterior al desayuno, que se componía de todos los residuos que habían quedado
de las pipas fumadas el día anterior, cuidadosamente secados y reunidos en una
esquina de la repisa de la chimenea. Nos recibió con su actitud discreta pero
cordial, pidió más huevos y lonchas de tocino ahumado, y se unió a nosotros en
un copioso refrigerio. Una vez concluido el mismo, instaló a nuestro nuevo
cliente en un sofá, le puso un cojín debajo de la cabeza y colocó un vaso con
agua y brandy a su alcance.
-Es fácil ver que su experiencia no ha
tenido nada de vulgar, señor Hatherley -le dijo-. Por favor, siga echado aquí y
considérese absolutamente en su casa. Díganos lo que pueda, pero deténgase
cuando esté fatigado y reponga sus fuerzas con un poco de estimulante.
-Gracias -dijo mi paciente-, pero me
siento otro hombre desde que el doctor me hizo la cura, y creo que su desayuno
ha completado el restablecimiento. Le robaré tan poco como sea posible de su
valioso tiempo, por lo que pasaré a explicarle en seguida mi peculiar
experiencia.
Holmes se acomodó en su butacón, con
los párpados caídos y la expresión de cansancio que velaban su carácter vivo y
fogoso, mientras yo me sentaba ante él, y escuchamos en silencio la extraña
historia que nuestro visitante procedió a referirnos.
-Deben saber -dijo- que soy huérfano y
soltero, y que vivo solo en una pensión de Londres. Tengo la profesión de
ingeniero especializado en hidráulica, y conseguí una experiencia considerable
en mi trabajo con mis siete años de aprendizaje en Venner and Matheson, la
reputada empresa de Greenwich. Hace dos años, cumplido mi periodo de prácticas y
tras haber conseguido una sustanciosa suma de dinero debido a la muerte de mi
pobre padre, decidí establecerme por mi cuenta y alquilé un despacho profesional
en Victoria Street.
»Supongo que todo el que da sus
primeros pasos, como independiente en el mundo de los negocios, pasa por una
dura experiencia. Para mí lo ha sido y con carácter excepcional. Durante tres
años, me han hecho tres consultas y se me ha confiado un trabajo de poca monta,
y esto es absolutamente todo lo que me ha aportado mi profesión. Mis ingresos
brutos ascienden a veintisiete libras con diez chelines. Cada día, de las nueve
de la mañana hasta las cuatro de la tarde, esperaba en mi pequeña oficina, hasta
que finalmente empecé a perder el ánimo y llegué a creer que jamás conseguiría
hacerme una clientela.
»Ayer, sin embargo, precisamente cuando
pensaba abandonar el despacho, entró mi dependiente para anunciarme que esperaba
un caballero que deseaba verme por cuestiones de negocio. Me entregó también una
tarjeta con el nombre «Coronel Lysander Stark» grabado en ella. Pisándole
los talones entró el propio coronel, un hombre de talla más que mediana pero de
una excesiva delgadez. No creo haber visto nunca un hombre tan flaco. Toda su
cara se afilaba para formar nariz y barbilla, y la piel de sus mejillas se
tensaba con fuerza sobre sus huesos prominentes. No obstante, este
enflaquecimiento parecía cosa natural en él, sin que se debiera a enfermedad
alguna, pues tenía los ojos brillantes, su paso era firme y su oído muy fino.
Vestía con sencillez pero pulcramente, y su edad, diría yo, se acercaba más a
los cuarenta que a los treinta.
»-¿El señor Hatherley? -dijo con un
vestigio de acento alemán-. Usted me ha sido recomendado, señor Hatherley, como
un hombre que no sólo es eficiente en su profesión, sino además discreto y capaz
de guardar un secreto.
»Me sentí tan halagado como podría
sentirse cualquier joven ante semejante introducción.
»-¿Puedo preguntarle quién le ha dado
tan buenas referencias? -inquirí.
»-Tal vez sea mejor que de momento no
le diga esto. Sé, a través de la misma fuente, que es usted a la vez huérfano y
soltero, y que vive solo en Londres.
»-Es exacto -respondí-, pero me
excusará si le digo que no acierto a distinguir qué tiene que ver todo esto con
mis calificaciones profesionales. Me ha parecido entender que usted deseaba
hablar conmigo acerca de una cuestión profesional.
»-Indudablemente, pero comprobará que
todo lo que yo digo tiene algo que ver con el asunto. Reservo para usted un
encargo profesional, pero es esencial que usted guarde absoluto secreto, ¿me
entiende? Como es lógico, esto lo podemos esperar más bien de un hombre que vive
solo que de otro que viva en el seno de su familia.
»-Si yo prometo guardar un secreto
-dije-, pueden estar totalmente seguros de que así lo haré.
»Me miró con gran fijeza mientras yo
hablaba, y a mí me pareció que nunca había visto unos ojos tan suspicaces e
inquisitivos.
»-¿Lo promete, pues?
»-Sí, lo prometo.
»-¿Un silencio absoluto, completo,
antes, durante y después? ¿Ninguna referencia al asunto, tanto oral como por
escrito?
»-Ya le he dado mi palabra.
»-Muy bien.
»Se levantó de pronto y, cruzando como
un rayo la pequeña oficina, abrió la puerta de par en par. Afuera, el pasillo
estaba vacío. Todo va bien -dijo al regresar-. Sé que los empleados se muestran
a veces curiosos con los asuntos de sus amos. Ahora podemos hablar con toda
seguridad. Colocó su silla muy cerca de la mía y empezó a contemplarme de nuevo
con la misma mirada interrogante y pensativa. Una sensación de repulsión, junto
con algo similar al temor, había empezado a surgir en mi interior ante la
extraña actitud de aquel hombre descarnado. Ni siquiera mi temor a perder un
cliente pudo impedirme que le mostrase mi impaciencia.
»-Le ruego que explique lo que desea,
caballero -le dije-. Mi tiempo es valioso.
»Que el cielo me perdone esta frase,
señor Holmes, pero así acudieron las palabras a mis labios.
»-¿Qué le parecerían cincuenta guineas
por una noche de trabajo? -preguntó el coronel Stark.
»-Me parecerían muy bien.
»-Digo una noche de trabajo, pero
hablar de una hora seria más exacto. Deseo simplemente su opinión sobre una
máquina estampadora hidráulica que no funciona como es debido. Si nos indica
dónde radica el defecto, pronto lo arreglaremos nosotros mismos. ¿Qué me dice de
un encargo como éste?
»-El trabajo parece llevadero y la paga
generosa.
»-Así es. Queremos que venga usted por
la noche, en el último tren.
»- ¿Adónde?
»-A Eyford, en el Berkshire. Es un
pueblecillo cercano a los límites del Oxfordshire y a siete millas de Reading.
Sale un tren desde Paddington que le dejará allí a eso de las once y cuarto.
»-Muy bien.
»-Vendré a buscarlo en un coche.
»-¿Hay qué hacer un trayecto en coche,
pues?
»-Sí, nuestro pueblecillo queda
adentrado en la campiña. Está a sus buenas siete millas de la estación de
Eyford.
»-Entonces dudo de que podamos llegar a
él antes de medianoche. Supongo que no habrá ningún tren de vuelta y me veré
obligado a pasar allí la noche.
»-Si, pero podemos improvisarle una
cama.
»-Esto resulta muy inconveniente. ¿No
podría acudir a una hora más oportuna?
»-Hemos considerado que llegue usted
tarde. Precisamente, para compensarle por cualquier inconveniente, le pagamos,
pese a ser un joven desconocido, unos honorarios como los que requeriría una
opinión por parte de algunas de las figuras más descollantes de su profesión. No
obstante, si prefiere retirarse del negocio, no es necesario decirle que hay
tiempo de sobra para hacerlo.
»Pensé en las cincuenta guineas y en lo
muy útiles que podían serme.
»-De ningún modo -contesté-. Con mucho
gusto me acomodaré a sus deseos, pero me agradaría comprender algo más
claramente lo que desea usted que haga.
»-Desde luego. Es muy natural que el
compromiso de secreto que hemos obtenido de usted haya suscitado su curiosidad.
No pretendo que se comprometa a nada antes de que lo haya visto todo ante sus
ojos. Supongo que aquí estamos totalmente a salvo de curiosos capaces de
escuchar detrás de las puertas, ¿no es así?
»-Totalmente.
»-Entonces he aquí el asunto. Usted
sabe probablemente que la tierra de batán es un producto valioso y que en
Inglaterra sólo se encuentra en uno o dos lugares.
»-He oído decirlo.
»-Hace algún tiempo compré una pequeña
propiedad, una finca pequeñísima, a diez millas de Reading, y tuve la suerte de
descubrir que en uno de mis campos había un filón de tierra de batán.
»Al examinarlo, sin embargo, observé
que ese filón era relativamente pequeño y que constituía un enlace entre dos
mucho más grandes a la derecha y a la izquierda, aunque ambos se encontraban en
terrenos de mis vecinos. Esa buena gente ignoraba totalmente que sus tierras
contenían lo que era tan valioso como una mina de oro. Como es natural, a mí me
interesaba comprar sus tierras antes de que descubriesen su auténtico valor,
pero desgraciadamente yo no disponía de capital que me permitiera hacerlo. No
obstante, revelé el secreto a unos pocos amigos y ellos me sugirieron que
explotáramos muy discretamente nuestro pequeño filón, y ello nos permitiría
adquirir los campos vecinos. Y esto es lo que hemos estado haciendo durante
algún tiempo, y con el fin de que nos ayudara en nuestras operaciones montamos
una prensa hidráulica. Como ya le he explicado, esta prensa se ha estropeado y
deseamos que usted nos aconseje al respecto. Pero nosotros guardamos celosamente
nuestro secreto, porque si llegara a saberse que vienen ingenieros a nuestra
propiedad, pronto se desataría la curiosidad y entonces, si se averiguase la
verdad, adiós a toda posibilidad de conseguir aquellos campos y llevar a la
práctica nuestros planes. Por esto yo le he hecho prometer que no dirá a nadie
que va a Eyford esta noche. Espero haberme explicado con toda claridad.
»-Le entiendo perfectamente -aseguré-.
El único punto que no acierto a comprender es qué servicio puede prestarles una
prensa hidráulica para excavar tierra de batán, que, según tengo entendido, se
extrae de un pozo, como la gravilla.
»-Si -repuso él con indiferencia-, pero
es que nosotros tenemos un proceso propio. Comprimimos la tierra en forma de
ladrillos a fin de sacarlos sin revelar lo que son. Pero esto es un mero
detalle. Acabo de hacerle objeto de toda mi confianza, señor Hatherley, y le he
demostrado hasta qué punto confío en usted. -Se levantó mientras hablaba-. Le
esperaré, pues, en Eyford a las once y cuarto.
»-No dude de que estaré allí.
»-Y ni una sola palabra a nadie -dijo,
dirigiéndome una última y prolongada mirada inquisitiva, y acto seguido, dando a
mi mano un húmedo y frío apretón, salió presuroso de la oficina.
»Bien, cuando pude recapacitar con
sangre fría me sentí estupefacto, como ustedes pueden pensar, ante aquel encargo
repentino que me había sido confiado. Por un lado, como es natural, me alegraba,
pues los honorarios eran como mínimo diez veces superiores a los que hubiera
pedido de haber fijado yo precio a mis servicios, y cabía la posibilidad de que
este encargo condujera a otros. Por otro lado, el rostro y la actitud de mi
cliente me habían causado una desagradable impresión, y no me parecía que sus
explicaciones sobre la tierra de batán bastaran para explicar la necesidad de
que yo llegara allí a medianoche ni su extrema ansiedad respecto a la
posibilidad de que yo hablara con alguien de mi misión. Sin embargo, deseché
todos mis temores, despaché una buena cena, tomé un coche de punto hasta
Paddington y di comienzo a mi viaje, tras haber obedecido al pie de la letra mi
compromiso de guardar silencio.
»En Reading tuve que cambiar, no sólo
de vagón, sino también de estación, pero llegué a tiempo para abordar el último
tren con destino a Eyford. Poco después de las once me personé en la pequeña y
mal iluminada estación. Fui el único pasajero que se apeó en ella y en el andén
no había más que un soñoliento mozo de equipajes con una linterna. Pero al
traspasar el portillo vi que mi visitante de la mañana me esperaba entre las
sombras al otro lado. Sin pronunciar palabra, aferró mi brazo y me hizo subir
apresuradamente a un carruaje cuya puerta había quedado abierta. Subió las
ventanillas de ambos lados, dio un golpecito en la estructura de madera y
partimos con toda la rapidez que podía conseguir el caballo.
-¿Un caballo? -intervino Holmes.
-Sí, sólo uno.
-¿Se fijó en el color?
-Si, lo vi a la luz de los faroles
laterales cuando yo subía al carruaje. Color castaño,
-¿Aspecto fatigado o fresco?
-Fresco y pelo reluciente.
-Gracias. Siento haberle interrumpido.
Le ruego que prosiga su interesantísíma narración.
-Emprendimos la marcha, pues, y
corrimos al menos durante una hora. El coronel Lysander Stark había dicho que el
trayecto sólo era de siete millas, pero yo creería, a juzgar por el promedio que
parecíamos llevar y por el tiempo que empleamos, que debían de ser más bien unas
doce. Sentado a mi lado, él guardó silencio en todo momento, y advertí más de
una vez, al mirar en su dirección, que tenía la vista clavada en mi con gran
intensidad. Las carreteras rurales no parecían muy buenas en aquella parte del
mundo, pues los baches imprimían un traqueteo terrible. Traté de mirar a través
de las ventanas para ver algo de los alrededores, pero eran cristales
esmerilados y sólo pude distinguir el resplandor borroso y ocasional de alguna
luz ante la que pasábamos. De vez en cuando, me aventuraba a hacer alguna
observación para quebrar la monotonía del viaje, pero el coronel sólo contestaba
con monosílabos y la conversación no tardaba en extinguirse. Finalmente, sin
embargo, las asperezas de la carretera se convirtieron en la crujiente
regularidad de un camino de grava, y el carruaje se detuvo. El coronel Lysander
Stark se apeó de un salto y, al seguirlo yo, me empujó en seguida hacia un
porche que se abría ante nosotros. De hecho, nos apeamos del coche para entrar
directamente en el vestíbulo, de modo que no me fue posible dirigir la menor
mirada a la fachada de la casa. Apenas hube cruzado el umbral, la puerta se
cerró pesadamente a nuestra espalda y oí el leve traqueteo de las ruedas al
alejarse el carruaje.
»Dentro de la casa reinaba una
oscuridad absoluta y el coronel buscó en vano cerillas, mientras rezongaba para
sus adentros, pero de pronto se abrió una puerta al otro lado del pasillo y una
larga y dorada franja de luz avanzó en nuestra dirección. La franja se ensanchó
y apareció una mujer que sostenía una lámpara encendida por encima de su cabeza
y avanzaba el cuello para mirarnos. Pude ver que era hermosa y, por el brillo
que la luz producía en su vestido oscuro, comprendí que éste era de un género de
gran calidad. Dijo unas palabras en un idioma extranjero y en el tono de quien
hace una pregunta, y cuando mi acompañante contestó con un brusco monosílabo,
ella experimentó tal sobresalto que la lámpara estuvo a punto de caérsele de la
mano. El coronel Stark se acercó a ella y le quitó la lámpara, murmurándole algo
al oído, y después, empujándola hacia el cuarto del que había salido, avanzó de
nuevo hacia mí con la lámpara en la mano.
»-Le ruego que tenga la bondad de
esperar unos minutos en esta habitación -me dijo, abriendo otra puerta. Era una
habitación pequeña, discreta, amueblada con sencillez, con una mesa redonda en
el centro, en la que había esparcidos varios libros en alemán. El coronel Stark
puso la lámpara sobre un armario que había junto a la puerta-. No le haré
esperar mucho tiempo -me aseguró, y se desvaneció en la oscuridad.
»Examiné los libros y, a pesar de mi
ignorancia del idioma alemán, pude ver que dos de ellos eran tratados
científicos y los otros volúmenes de poesía. Entonces me dirigí hacia la
ventana, esperando poder echar un vistazo al paisaje rural, pero la cubría un
porticón de madera de roble asegurado con recios barrotes. Era una casa
asombrosamente silenciosa. Un reloj antiguo dejaba oir un ruidoso tictac en
algún lugar del pasillo, pero aparte dc esto reinaba por doquier una quietud
mortal. Una vaga sensación de intranquilidad empezó a apoderarse de mí. ¿Quiénes
eran aquellos alemanes, y qué hacían en un lugar tan extraño y aislado? ¿Y dónde
estaba ese lugar? A unas diez millas de Eyford era todo lo que sabía yo, pero si
era al norte, al sur, al este o al oeste, no tenía la menor idea. En este
aspecto, Reading, y acaso otras poblaciones importantes, se encontraba dentro de
este radio, de modo que tal vez el lugar no estuviera tan aislado, después de
todo. No obstante, a juzgar por aquella quietud absoluta no cabía duda de que
estábamos en el campo. Paseé de un lado a otro de la habitación, entonando una
cancioncilla entre dientes para mantener el ánimo y pensando que me estaba
ganando cumplidamente las cincuenta guineas de mis honorarios.
»De pronto, y sin ningún sonido
preliminar en medio del profundo silencio, la puerta de mi habitación se abrió
lentamente. La mujer se perfiló en la abertura, con la oscuridad del vestíbulo
detrás de ella, mientras la luz amarillenta de mi lámpara iluminaba su bellísima
y angustiada cara. Pude ver en seguida que estaba aterrorizada, y esta visión
provocó también un escalofrío en mi corazón. Mantenía en alto un dedo tembloroso
para pedirme silencio y murmuró unas cuantas palabras entrecortadas en un inglés
vacilante, con unos ojos como los de un caballo asustado, mirando hacia atrás,
hacia las tinieblas a su espalda.
»-Yo me iría -dijo, procurando, según
me pareció, hablar con calma-. Yo me iría. Yo no me quedaría aquí. quedarse no
es bueno para usted.
»-Pero, señora -repuse-, todavía no he
hecho lo que me ha traído aquí. No puedo marcharme sin haber visto la máquina.
»-No merece la pena que espere
-insistió ella-. Puede salir por la puerta y nadie se lo impedirá.
»Entonces, al ver que yo sonreía y
meneaba la cabeza negativamente, abandonó toda compostura y dio un paso
adelante, con las manos entrelazadas.
»-¡Por el amor de Dios! -exclamó-.
¡Márchese de aquí antes de que sea demasiado tarde!
»Pero por naturaleza soy un tanto
obstinado y más me empeño en hacer algo cuando se tercia algún obstáculo. Pensé
en mis cincuenta guineas, en mi fatigoso viaje y en la desagradable noche que
parecía esperarme. ¿Iba a ser todo a cambio de nada? ¿Por qué tenía yo que
escabullirme sin haber realizado mi misión y sin cobrar lo que se me debía? Que
yo supiera, aquella mujer bien podía ser una monomaniaca. Con una firme postura,
por consiguiente, aunque la actitud de ella me había impresionado más de lo que
yo quisiera admitir, seguí denegando con la cabeza e insistí en mi intención de
quedarme. Estaba ella a punto de reanudar sus súplicas cuando arriba se cerró
ruidosamente una puerta y se oyeron los pasos de varias personas en la escalera.
Ella escuchó unos instantes, alzó las manos en un gesto de desesperación y
desapareció tan súbitamente como silenciosamente se había presentado.
»Los recién llegados eran el coronel
Lysander Stark y un hombre bajo y grueso, con una barba hirsuta que crecía en
los pliegues de su doble papada y que me fue presentado como el señor Ferguson.
»-Es mi secretario y administrador
-explicó el coronel-. A propósito, yo tenía la impresión de haber dejado la
puerta cerrada hace unos momentos. Temo que le haya molestado la corriente de
aire.
»-Al contrario -repliqué-, yo mismo la
he abierto, porque este cuarto me parecía un poco cerrado.
»Me lanzó una de sus miradas
suspicaces.
»-Pues tal vez sea mejor que pongamos
manos a la obra -dijo-. El señor Ferguson y yo le acompañaremos a ver la
máquina.
»-Entonces será mejor que me ponga el
sombrero.
»-No vale la pena, pues está aquí en la
casa.
»-¿Cómo? ¿Extraen tierra de batán en la
misma casa?
»-No, no. La máquina sólo se emplea
cuando comprimimos la tierra. ¡Pero esto poco importa!
Lo único que deseamos es que la examine
y nos diga qué le pasa.
»Subimos los tres, el coronel delante
con la lámpara y detrás el obeso administrador y yo. Era una casa vieja y
laberíntica, con corredores, pasillos, estrechas escaleras de caracol y puertas
pequeñas y bajas, cuyos umbrales mostraban la huella de las generaciones que los
habían cruzado. No había alfombras ni señales de mobiliario más arriba de la
planta baja y, en cambio, el estuco se estaba desprendiendo de las paredes y la
humedad se filtraba formando manchones de un feo color verdoso. Yo procuraba
mostrar una actitud tan despreocupada como me era posible, pero no había
olvidado las advertencias de la dama, aunque las dejara de lado, y mantenía una
mirada vigilante sobre mis dos acompañantes. Ferguson parecía ser un hombre
malhumorado y silencioso, pero, por lo poco que dijo, supe que era por lo menos
compatriota mío.
»El coronel Lysander Stark se detuvo
por fin ante una puerta baja, cuya cerradura abrió. Había al otro lado un cuarto
pequeño y cuadrado, en el que los tres difícilmente podíamos entrar al mismo
tiempo. Ferguson se quedó afuera y el coronel me hizo entrar.
»-De hecho -dijo-, nos encontramos
ahora dentro de la prensa hidráulica, y seria particularmente desagradable para
nosotros que alguien la pusiera en marcha. El techo de este cuartito es en
realidad el extremo del pistón descendente, y baja con la fuerza de muchas
toneladas sobre este suelo metálico. Afuera, hay unos pequeños cilindros
laterales de agua que reciben la presión y que la transmiten y multiplican de la
manera que a usted le es familiar. La máquina se pone en marcha, pero hay una
cierta rigidez en su funcionamiento y ha perdido algo de su potencia. Tenga la
bondad de examinarla y de explicarnos cómo podemos repararla.
»Me entregó su lámpara y yo inspeccioné
detenidamente la máquina. Era, desde luego, una prensa gigantesca, capaz de
ejercer una presión enorme. Cuando pasé al exterior, sin embargo, y accioné las
palancas que la controlaban, supe en seguida, por un ruido siseante, que había
una ligera fuga que permitía una regurgitación del agua a través de uno de los
cilindros laterales. Un examen mostró que una de las bandas de goma que rodeaban
el cabezal de una de las barras impulsoras se había encogido y no cubría por
completo el cilindro a lo largo del cual trabajaba. Tal era, claramente, la
causa de la pérdida de potencia, y así lo indiqué a mis acompañantes, que
escucharon muy atentamente mis observaciones e hicieron varias preguntas
concretas sobre lo que debían hacer para reparar la prensa. Una vez se lo hube
explicado, volví a la cámara principal de la máquina y le eché un buen vistazo
para satisfacer mi curiosidad.
»Al momento resultaba obvio que la
historia de la tierra de batán no era más que un embuste, pues resultaba absurdo
suponer que se pudiera destinar una máquina tan potente a una finalidad tan
inadecuada. Las paredes eran de madera, pero el suelo consistía en una gran
plancha de hierro, y cuando la examiné detenidamente pude ver sobre ella una
costra formada por un poso metálico. Me había agachado y la raspaba para saber
exactamente qué era, cuando oí una sorda exclamación en alemán y vi la faz
cadavérica del coronel que me miraba desde arriba.
»-¿Qué está haciendo aquí? -pregunto.
»Yo estaba indignado por haberme dejado
engañar por una historia tan rebuscada como la que me había contado.
»-Estaba admirando su tierra de batán
-repliqué-. Creo que podría aconsejarle mejor respecto a su máquina, si supiera
exactamente con qué propósito ha sido utilizada.
»Apenas había pronunciado estas
palabras, lamenté la franqueza de las mismas. El rostro del coronel pareció
endurecerse y una luz amenazadora bailó en sus ojos grises.
»-Muy bien -dijo-, pues va a saberlo
todo acerca de ella.
»Dio un paso atrás, cerró de golpe la
puertecilla y dio vuelta a la llave en la cerradura. Me precipité hacia ella y
forcejeé con la manija, pero era una puerta muy segura y no cedió en lo más
mínimo, pese a mis patadas y empujones.
»-¡Oiga! -grité-. ¡Oiga, coronel!
¡Déjeme salir!
»Y entonces, en el silencio, oyóse de
pronto un ruido que hizo agolpar la sangre en mi cabeza. Era el chasquido
metálico de las palancas y el silbido del escape en el cilindro. Había puesto la
máquina en marcha. La lámpara se encontraba todavía en el suelo metálico, donde
la había colocado al inspeccionarlo. Su luz me permitió ver que el negro techo
descendía sobre mí, lentamente y a sacudidas, pero, como nadie podía saber mejor
que yo, con una fuerza que al cabo de un minuto me habría reducido a una papilla
informe. Me abalancé, chillando, contra la puerta y forcejeé con la cerradura.
Imploré al coronel que me dejara salir, pero el implacable ruido de las palancas
sofocó mis gritos. El techo se encontraba tan sólo a tres o cuatro palmos de mi
cabeza; levanté la mano y pude palpar su dura y áspera superficie. Acudió
entonces a mi mente la idea de que la condición dolorosa de mi muerte dependería
muchísimo de la posición con la que yo la esperase; si me echaba boca abajo el
peso gravitaría sobre mi columna vertebral. Me estremecía al pensar en el
espantoso chasquido al romperse. Tal vez resultara más fácil hacerlo al revés,
pero ¿tendría la sangre fría necesaria para contemplar, echado, aquella mortal
sombra negra que descendía, oscilante, sobre mí? Ya no me era posible mantenerme
de pie, cuando mi vista captó algo que devolvió un soplo de esperanza a mi
corazón.
»He dicho que, aunque el suelo y el
techo eran de hierro, las paredes eran de madera. Al dar una última y apresurada
mirada a mí alrededor, vi una fina línea de luz amarilla entre dos de las
tablas, línea que se ensanchó más y más al correrse hacia atrás un pequeño
panel. Por un instante apenas pude creer que hubiese de veras una puerta que me
alejara de la muerte. Un momento después, me lancé a través de la abertura y me
desplomé, medio desmayado, al otro lado de ella. El panel se había cerrado de
nuevo detrás de mí, pero la rotura de la lámpara y, momentos después, el choque
entre las dos planchas metálicas, me indicaron bien a las claras que había
escapado por los pelos.
»Me hizo volver en mí un frenético
tirón en mi muñeca, y me encontré echado en el suelo de piedra de un estrecho
corredor, con una mujer agachada que tiraba de mí con la mano izquierda,
mientras sostenía una vela con la derecha. Era la misma buena amiga cuya
advertencia había despreciado con tanta imprudencia.
»-¡Vamos, vamos! -exclamó casi sin
aliento-. Estarán aquí dentro de un momento y descubrirán su ausencia. ¡Por
favor, no pierda un tiempo tan precioso y venga!
»Esta vez, al menos, no eché en saco
roto su consejo. Me levanté, tambaleándome, y corrí con ella a lo largo del
pasillo, para bajar después por una escalera de caracol. Esta conducía a otro
pasillo ancho y, apenas llegamos a él, oímos el ruido de pies que corrían y
gritos de dos voces -una que contestaba a la otra- desde la planta en que nos
encontrábamos y desde el piso de abajo. Mi guía se detuvo y miró a su alrededor,
como la persona que llega al término de sus recursos. Abrió entonces una puerta
que daba a un dormitorio, a través de cuya ventana la luna brillaba
espléndidamente.
»-Es su única posibilidad -dijo-. Es
alto, pero tal vez usted sea capaz de saltar.
»Mientras hablaba, se dejó ver una luz
en el extremo más distante del pasillo, y vi la magra silueta del coronel
Lysander Stark que corría hacia nosotros con una linterna en una mano y un arma
parecida a un cuchillo de carnicero en la otra. Crucé precipitadamente el
dormitorio, abrí de par en par la ventana y miré al exterior. El jardín no podía
parecer más tranquilo, agradable y acogedor a la luz de la luna, y la altura no
podía superar los quince pies. Trepé al alféizar pero vacilé antes de saltar,
hasta haber oído lo que pasaba entre mi salvadora y el malvado que me perseguía.
Si la maltrataba, yo estaba dispuesto, a cualquier precio, a correr en su ayuda.
Apenas acababa de imponerse este pensamiento en mi mente, cuando él ya se
encontraba en la puerta, forcejeando con la mujer para abrirse camino, pero ella
le rodeó con los brazos y trató de contenerlo.
»-¡Fritz! ¡Fritz! -gritó. Y en inglés
le dijo-: Recuerda lo que prometiste la última vez. Dijiste que no volvería a
pasar. ¡El no hablará! ¡Te digo que no hablará!
»-¡Estás loca, Elise! -gritó él a su
vez, luchando para desprenderse de ella-. Será nuestra ruina. Ha visto
demasiado. ¡Déjame pasar, te digo!
»La empujó a un lado y, precipitándose
hacia la ventana, me atacó con su pesada arma. Yo había atravesado la ventana y
me sujetaba con ambas manos, colgando del alféizar, cuando descargó su golpe.
Noté un dolor sordo, mis manos se distendieron y caí al jardín.
»Me sentí conmocionado pero no
lesionado por la caída, de modo que me levanté y eché a correr con todas mis
fuerzas a través de los matorrales, pues comprendía que todavía distaba mucho de
poder considerarme fuera de peligro. Sin embargo, mientras corría me invadió de
pronto una violenta sensación de mareo, acompañada de náuseas. Miré mi mano, que
experimentaba dolorosas pulsaciones, y vi entonces, por primera vez, que mi
pulgar había sido seccionado y que la sangre brotaba de mi herida. Me las
arreglé para atar mi pañuelo a su alrededor, pero noté un repentino zumbido en
mis oídos y un momento después yacía entre los rosales, víctima de un profundo
desmayo.
»No me es posible decir cuánto tiempo
permanecí inconsciente. Debió de ser mucho tiempo, pues al volver en mí la luna
se había puesto y despuntaba ya una radiante mañana. Mis ropas estaban empapadas
por el rocío y la manga de mi chaqueta manchada por la sangre procedente de mi
pulgar amputado. El dolor que sentía en la herida me recordó en un instante
todos los detalles de mi aventura nocturna, y me puse en pie con la sensación de
que muy difícilmente podía estar a salvo de mis perseguidores. Pero, con gran
asombro por mi parte, cuando me decidí a mirar a mi alrededor, no había ni casa
ni jardín a la vista. Había estado tumbado junto a un seto próximo a la
carretera; un poco más abajo había un edificio de construcción baja y alargada
que, al aproximarme, resultó ser la misma estación a la que yo había llegado la
noche anterior. De no ser por la fea herida en mi mano, todo lo ocurrido durante
aquellas terribles horas bien hubiera podido ser una pesadilla.
»Medio aturdido, entré en la estación y
pregunte por el tren de la mañana. Habría uno con destino a Reading antes de una
hora. Observé que estaba de servicio el mismo mozo de estación al que vi cuando
llegué yo, y le pregunté si había oído hablar del coronel Lysander Stark. El
nombre le era desconocido. ¿No había observado, la noche antes, un carruaje que
me estaba esperando? No, no lo había visto. ¿Había un puesto de policía cerca de
allí? Había uno, a unas tres millas de distancia.
»Era demasiado trecho para mí, débil y
enfermo como me sentía. Decidí esperar hasta volver a la ciudad antes de
contarle mi historia a la policía. Eran poco más de las seis cuando llegué, de
modo que lo primero que hice fue pedir que me curasen la herida y después el
doctor ha tenido la amabilidad de traerme aquí. Pongo el caso en sus manos y
haré exactamente lo que usted me aconseje.
Los dos permanecimos sentados y en
silencio un buen rato, después de oír su extraordinaria narración. Finalmente,
Sherlock Holmes extrajo de la estantería uno de los gruesos libros de aspecto
corriente en los que colocaba sus recortes.
-Hay aquí un anuncio que le interesará
-dijo-. Apareció en todos los periódicos hace cosa de un año. Escuche esto:
«Desaparecido, a partir del nueve del corriente, Jeremiah Haydling, de
veintiséis años, ingeniero de obras hidráulicas. Salió de su domicilio a las
diez de la noche y desde entonces no se ha sabido de él. Vestía... » ¡Ajá! Esto
indica la última vez, sospecho, que el coronel necesitó reparar su máquina.
-¡Cielos! -exclamó el paciente-.
Entonces, esto explica lo que dijo la joven.
-Indudablemente. Está bien claro que el
coronel es un hombre frío y desesperado, absolutamente decidido a que nada le
obstaculice el camino en su juego, como aquellos piratas encallecidos que no
dejaban ningún superviviente en el barco que capturaban. Bien, ahora cada
momento es precioso, por lo que, si usted se siente con fuerzas para ello,
iremos en seguida a Scotland Yard como preliminar a nuestra visita a Eyford.
Unas tres horas después nos
encontrábamos todos en el tren, en el trayecto desde Reading hasta el
pueblecillo de Berkshire. Éramos Sherlock Holmes, el ingeniero de obras
hidráulicas, el inspector Bradstreet de Scotland Yard, un agente de paisano y
yo. Bradstreet había desplegado un mapa del condado sobre el asiento y con un
compás se dedicaba a trazar un círculo con Eyford como centro.
-Ya ven ustedes -dijo-. Este círculo ha
sido trazado con un radio de diez millas respecto al pueblo. El lugar que nos
interesa debe de estar próximo a esta línea. ¿Dijo diez millas, verdad, señor?
-Fue una hora de trayecto bien larga.
-¿Y usted cree que le llevaron de nuevo
al punto de partida, cuando estaba inconsciente? -Tuvieron que hacerlo. Tengo
también el confuso recuerdo de haber sido levantado y conducido a alguna parte.
-Lo que no logro comprender -dije yo-
es por qué le respetaron la vida cuando lo encontraron desmayado en el jardín.
Tal vez el villano se ablandó ante las súplicas de la mujer.
-Esto no me parece nada probable. En
toda mi vida he visto un rostro más inexorable.
-Muy pronto aclararemos todo esto
-aseguró Bradstreet-. Bien, yo he dibujado mi circulo, y lo único que desearía
saber es en qué punto se puede encontrar a la gente que andamos buscando.
-Creo que yo podría señalarlo
-manifestó tranquilamente Holmes.
-¿De veras? -exclamó el inspector-. ¿De
modo que ya se ha formado su opinión? Vamos a ver quien está de acuerdo con
usted. Yo digo que está al sur, pues la campiña allí está más solitaria.
-Y yo digo al este -aventuró mi
paciente.
-Yo me inclino por el oeste -observó el
agente de paisano-. Hay allí unos cuantos pueblecillos muy tranquilos.
-Y yo por el norte -declaré-, porque
allí no hay colinas y nuestro amigo asegura que no notó que el coche subiera
ninguna cuesta.
-¡Vaya diversidad de opiniones!
-exclamó el inspector, riéndose-. Entre todos hemos agotado las posibilidades
del compás. ¿Y usted, a quien concede su voto decisorio?
-Todos ustedes están equivocados
-afirmó Holmes.
-¡Es imposible que lo estemos todos!
-Ya lo creo que sí. Este es mi punto.
-Puso el dedo en el centro del círculo-. Aquí es donde los encontraremos.
-Pero ¿y el trayecto de doce millas?
-dijo Hatherley estupefacto.
-Seis de ida y seis de vuelta. Nada
puede ser más simple. Antes ha dicho que, al subir usted al carruaje, observó
que el caballo estaba tranquilo y tenía el pelo reluciente. ¿Cómo se explicaría
esto, tras un recorrido de doce millas por caminos intransitables?
-Desde luego, es un truco que no deja
de ser probable -observó Bradstreet pensativo-. De lo que no puede haber duda es
acerca de la naturaleza de esta pandilla.
-Ni la menor duda -dijo Holmes-. Son
falsificadores de moneda a gran escala que utilizan la máquina para prensar la
aleación que sustituye la plata.
-Sabíamos desde hace tiempo que actuaba
una banda bien organizada -explicó el inspector-. Han estado acuñando monedas de
media corona a millares. Incluso les seguimos la pista hasta Reading, pero no
nos fue posible llegar más lejos, pues habían disimulado sus huellas de una
manera que indicaba su gran veteranía. Pero ahora, gracias a esta afortunada
oportunidad, creo que los tenemos bien atrapados.
Pero el inspector se equivocaba, pues
aquellos criminales no tenían como destino el de caer en manos de la policía. Al
entrar el tren en la estación de Eyford, vimos una gigantesca columna de humo
que ascendía por detrás de una pequeña arboleda cercana y se cernía sobre el
paisaje como una inmensa pluma de avestruz.
-¿Una casa incendiada? -preguntó
Bradstreet, mientras el tren proseguía su camino.
-Sí, señor -contestó el jefe de
estación.
-¿Cuándo se ha producido?
-He oído decir que ha sido durante la
noche, pero ha ido en aumento y todo el lugar es una hoguera.
-¿De quién es la casa?
-Del doctor Beecher.
-Dígame -intervino el ingeniero-, ¿el
doctor Beecher es alemán, un hombre muy delgado y con una nariz larga y
ganchuda?
El jefe de estación se rió con ganas.
-No, señor. El doctor Beecher es inglés
y no hay hombre en toda la parroquia que tenga mejor relleno bajo el chaleco.
Pero vive en su casa un señor, un paciente según tengo entendido, que es
extranjero y que da la impresión de que le convendría un buen bisté del
Berkshire.
No había terminado su explicación el
jefe de estación cuando ya nos dirigíamos todos, presurosos, hacia el fuego. La
carretera ascendía a lo alto de una colina y apareció ante nosotros un gran
edificio de paredes encaladas del que brotaban llamas por todas las ventanas y
aberturas, mientras en el jardín anterior tres coches de bomberos trataban en
vano de sofocar el incendio.
-¡Es aquí! -gritó Hatherley muy
excitado-. Allí está el camino de entrada, y allá los rosales donde yacía yo.
Aquella segunda ventana es la que utilicé para saltar.
-Al menos -dijo Holmes- se vengó usted
de ellos. No cabe la menor duda de que fue su lámpara de aceite la que, al ser
aplastada por la prensa, prendió fuego a las paredes de madera, aunque tampoco
cabe duda de que estaban demasiado excitados persiguiéndole a usted, para darse
cuenta de ello en aquel momento. Y ahora mantenga los ojos bien abiertos y
busque, entre esta multitud, a sus amigos de anoche, aunque mucho me temo que en
estos momentos se encontrarán a un buen centenar de millas de distancia.
Los temores de Holmes se hicieron
realidad, pues hasta el momento no se ha oído ni una sola palabra de la hermosa
mujer, el siniestro alemán o el huraño inglés. Aquella mañana, a primera hora,
un campesino había visto un carruaje en el que viajaban varias personas y que
transportaba unas cajas muy voluminosas, dirigirse con rapidez hacia Reading,
pero allí desaparecía toda traza de los fugitivos, y ni siquiera el ingenio de
Holmes fue capaz de averiguar la menor pista de su paradero.
Los bomberos se habían sentido muy
desconcertados ante la extraña disposición del interior de la casa, y todavía
más por el descubrimiento de un dedo pulgar humano, recientemente amputado, en
el alféizar de una ventana del segundo piso. Al atardecer, sin embargo, sus
esfuerzos se vieron por fin recompensados y lograron sofocar las llamas, pero no
antes de que se hubiera derrumbado el techado y de que todo el lugar hubiera
quedado reducido a una ruina tan absoluta que, con la excepción de unos
cilindros y unos tubos metálicos retorcidos, no quedaba ni el menor vestigio de
la maquinaria que tan cara le había costado a nuestro infortunado amigo. Se
descubrieron grandes cantidades de níquel y estaño en un edificio exterior, pero
no se encontraron monedas, lo que tal vez explicara la presencia de aquellas
voluminosas cajas que ya han sido citadas.
De cómo había sido trasladado nuestro
ingeniero especializado en hidráulica desde el jardín hasta el lugar donde
volvió en si, tal vez se hubiera mantenido como un misterio para siempre a no
ser por el blando musgo que nos contó una versión bien sencilla. Era evidente
que lo habían transportado dos personas, una de las cuales tenía unos pies
notablemente pequeños y la otra unos pies extraordinariamente grandes. En
resumidas cuentas, era lo más probable que el silencioso inglés, menos osado o
menos sanguinario que su compañero, hubiera ayudado a la mujer a transportar al
hombre inconsciente hasta un lugar menos comprometido para ellos.
-Bien -dijo nuestro ingeniero con una
sonrisa forzada, al ocupar nuestros asientos para regresar a Londres-, ¡yo sí
que he hecho un buen negocio! He perdido mi dedo pulgar y también unos
honorarios de cincuenta guineas. ¿Y qué he ganado?
-Experiencia -repuso Holmes, riéndose-.
Indirectamente, sepa que puede resultarle valiosa. Le basta con traducirla en
palabras para conseguir la reputación de ser un excelente conversador durante el
resto de su existencia. |