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-Desde el punto de vista del experto criminalista -dijo Sherlock Holmes-,
Londres se ha convertido en una ciudad particularmente aburrida desde la muerte
del llorado profesor Moriarty.
-No creo que encuentre usted muchos ciudadanos honrados que compartan su
opinión -respondí yo.
-Bien, bien, ya sé que no debo ser egoísta -dijo él, sonriendo, mientras
apartaba su silla de la mesa del desayuno-. Desde luego, la sociedad sale
ganando y nadie sale perdiendo, con excepción del pobre especialista sin trabajo
que ye desaparecer su oficio. Mientras aquel hombre se mantuvo activo, el
periódico de cada mañana ofrecía infinitas posibilidades. Muchas veces se
trataba tan sólo de una mínima huella, Watson, del indicio más leve, y, sin
embargo, bastaba para que yo supiera que por allí andaba aquel magnífico y
maligno cerebro, del mismo modo que el más ligero temblor en los bordes de la
telaraña nos recuerda la existencia de la repugnante araña que acecha en el
centro. Pequeños hurtos, asaltos violentos, agresiones sin objeto aparente...
Para quien conociera la clave, todo se podía encajar de un modo coherente. No
existía entonces una sola capital en Europa que ofreciera las oportunidades que
Londres ofrecía para el estudio científico de las altas esferas del crimen. Pero
ahora... -se encogió de hombros, en burlona desaprobación del estado de cosas al
que tanto había contribuido él mismo.
En la época de la que estoy hablando, hacía varios meses que Holmes había
reaparecido, y yo, a petición suya había traspasado mi consultorio y volvía a
compartir con él los antiguos aposentos de Baker Street. Un joven doctor
apellidado Verner había adquirido mi pequeño consultorio de Kensington, pagando
con asombrosa celeridad el precio más alto que yo me atreví a pedir, un asunto
que no quedó explicado hasta varios años más tarde, cuando descubrí que Verner
era pariente lejano de Holmes y que en realidad había sido mi amigo el que
aportó el dinero.
Nuestros meses de asociación no habían sido tan anodinos como Holmes
afirmaba, ya que, revisando mis notas, veo que este período incluye el caso de
los documentos del ex-presidente Murillo y también el escandaloso asunto del
vapor holandés Friesland, que estuvo a punto de costarnos la vida a los dos. Sin
embargo, su carácter frío y orgulloso rechazaba por sistema todo lo que se
pareciera al aplauso público y me hizo prometer, en los términos más estrictos,
que no diría una sola palabra sobre él, sus métodos o sus éxitos; una
prohibición que, como ya he explicado, no levantó hasta hace muy poco.
Tras expresar su excéntrica protesta, Sherlock Holmes se arrellanó en su
sillón, v estaba desplegando el periódico de la mañana con aire despreocupado
cuando a ambos nos sobresaltó un tremendo campanillazo en la puerta, seguido de
inmediato por un fuerte repiqueteo, como si alguien estuviera aporreando con los
puños la puerta de la calle. Cuando ésta se abrió, oímos una ruidosa carrera a
través del vestíbulo v unos pasos que subían a toda prisa las escaleras. Un
instante después, irrumpía en nuestra habitación un joven excitadísimo, con los
ojos desorbitados, desmelenado v jadeante. Nos miró primero al uno y luego al
otro, y al advertir nuestras miradas inquisitivas cayó en la cuenta de que debía
ofrecer algún tipo de excusas por su desaforada entrada.
-Lo siento, señor Holmes -exclamó-. Le ruego que no se ofenda. Estoy a punto
de volverme loco. Señor Holmes, soy el desdichado John Hector McFarlane.
Hizo esta presentación como si sólo con el nombre bastara para explicar su
visita y sus modales, pero por el rostro impasible de mi compañero me di cuenta
de que aquello le decía tan poco a él como a mí.
-Tome un cigarrillo, señor McFarlane -dijo Holmes, empujando su pitillera
hacia él-. Estoy seguro de que, a la vista de sus síntomas, mi amigo el doctor
Watson le recomendaría un sedante. Ha hecho tanto calor estos últimos días...
Ahora, si se siente usted más tranquilo, le agradecería que tomara asiento en
esa silla y nos contara muy despacio y con mucha calma quién es usted y qué
desea. Ha pronunciado usted su nombre como si yo tuviera necesariamente que
conocerlo, pero le aseguro que, aparte de los hechos evidentes de que es usted
soltero, procurador, masón y asmático, no sé nada en absoluto de usted.
Habituado como estaba a los métodos de mi amigo, no me resultó difícil seguir
sus deducciones y observar el atuendo descuidado, el legajo de documentos
legales, el amuleto del reloj y la respiración jadeante en que se había basado.
Sin embargo, nuestro cliente se quedó boquiabierto.
-Sí, señor Holmes, soy todas esas cosas, pero además soy el hombre más
desgraciado que existe ahora mismo en Londres. ¡Por amor de Dios, no me
abandone, señor Holmes! Si vienen a detenerme antes de que haya terminado de
contar mi historia, haga que me dejen tiempo de explicarle toda la verdad. Iría
contento a la cárcel sabiendo que usted trabaja para mí desde fuera.
-¡Detenerlo! -exclamó Holmes-. ¡Caramba, qué estupen..., qué interesante! ¿Y
bajo qué acusación espera que lo detengan? -Acusado de asesinar al señor Jonas
Oldacre, de Lower Norwood.
El expresivo rostro de mi compañero dio muestras de simpatía, que, mucho me
temo, no estaba exenta de satisfacción.
-¡Vaya por Dios! -dijo-. ¡Y yo que hace un momento, durante el desayuno, le
decía a mi amigo el doctor Watson que ya no aparecen casos sensacionales en los
periódicos!
Nuestro visitante extendió una mano temblorosa v recogió el Daily Telegraph
que aún reposaba sobre las rodillas de Holmes.
-Si lo hubiese leído, señor, habría sabido a primera vista qué es lo que me
ha traído a su casa esta mañana. Tengo la sensación de que mi nombre y mi
desgracia son la comidilla del día -desdobló el periódico para enseñarnos las
páginas centrales-.Aquí está y, con su permiso, se lo voy a leer. Escuche esto,
señor Holmes. Los titulares dicen: «Misterio en Lower Norwood. Desaparece un
conocido constructor. Sospechas de asesinato e incendio provocado. Se sigue la
pista del criminal.» Esta es la Dista que están siguiendo, señor Holmes, y sé
que conduce de manera infalible hacia mí. Me han seguido desde la estación del
Puente de Londres y estoy convencido de que sólo esperan que llegue el
mandamiento judicial para detenerme. ¡Esto le romperá el corazón a mi madre, le
romperá el corazón! -se retorció las manos, presa de angustiosos temores, y
comenzó a oscilar en su asiento, hacia delante y hacia atrás.
Examiné con interés a aquel hombre, acusado de haber cometido un crimen
violento. Era rubio y poseía un cierto atractivo, aunque fuera más bien del tipo
enfermizo. Tenía los ojos azules y asustados, el rostro bien afeitado y la boca
de una persona débil v sensible. Podría tener unos veintidós años; su vestimenta
v su porte eran los de un caballero. Del bolsillo de su abrigo de entretiempo
sobresalía un manojo de documentos sellados que delataban su profesión.
-Aprovecharemos el tiempo lo mejor que podamos -dijo Holmes-. Watson, ¿sería
usted tan amable de coger el periódico y leerme el párrafo en cuestión?
Bajo los sonoros titulares que nuestro cliente había citado, leí el siguiente
y sugestivo relato:
«A última hora de la noche pasada, o a primera hora de esta mañana, se ha
producido en Lower Norwood un incidente que induce a sospechar un grave crimen,
cometido en la persona del señor Jonas Oldacre, conocido residente de este
distrito, donde llevaba muchos años al frente de su negocio de construcción. El
señor Oldacre era soltero, de 52 años, y residía en Deep Dene House, en el
extremo más próximo a Sydenham de la calle del mismo nombre. Tenía fama de
hombre excéntrico, reservado y retraído. Llevaba algunos años prácticamente
retirado de sus negocios, con los cuales se dice que había amasado una
considerable fortuna. No obstante, todavía existe un pequeño almacén de madera
en la parte de atrás de su casa, y esta noche, a eso de las doce, se recibió el
aviso de que una de las pilas de madera estaba ardiendo. Los bomberos acudieron
de inmediato, pero la madera seca ardía de manera incontenible v resultó
imposible apagar la conflagración hasta que toda la pila quedó consumida por
completo. Hasta aquí, el suceso tenía toda la apariencia de un vulgar accidente,
pero nuevos datos parecen apuntar hacia un grave crimen. En un principio, causó
extrañeza la ausencia del propietario del establecimiento en el lugar del
incendio, y se inició una investigación que demostró que había desaparecido de
su casa. Al examinar su habitación, se descubrió que no había dormido en ella.
La caja fuerte estaba abierta, había un montón de papeles importantes esparcidos
por toda la habitación v, por último, se encontraron señales de una lucha
violenta, pequeñas manchas de sangre en la habitación y un bastón de roble que
también presentaba manchas de sangre en el puño. Se ha sabido que aquella noche,
a horas bastante avanzadas, el señor Jonas Oldacre recibió una visita en su
dormitorio, y se ha identificado el bastón encontrado como perteneciente a un
visitante, que es un joven procurador de Londres llamado John Hector McFarlane,
socio más joven del bufete Graham & McFarlane, con sede en el 426 de Gresham
Buildings, E.C. La policía cree disponer de pruebas que indican un móvil muy
convincente para el crimen, y no cabe duda de que muy pronto se darán a conocer
noticias sensacionales.
ÚLTIMA HORA.-A la hora de entrar en máquinas ha corrido el rumor de que John
Hector McFarlane ha sido detenido ya, acusado del asesinato de Mr. Jonas Oldacre.
Al menos, se sabe a ciencia cierta que se ha expedido una orden de detención. La
investigación en Norwood ha re velado nuevos y siniestros detalles. Además de
encontrarse señales de lucha en la habitación del desdichado constructor, se ha
sabido ahora que se encontraron abiertas las ventanas del dormitorio (situado en
la planta baja), y huellas que parecían indicar que alguien había arrastrado un
objeto voluminoso hasta la pila de madera. Por último, se dice que entre las
cenizas del incendio se han encontrado restos carbonizados. La policía maneja la
hipótesis de que se ha cometido un crimen, v supone que la víctima fue muerta a
golpes en su propia habitación, tras lo cual el asesino registró sus papeles y
luego arrastró el cadáver hasta la pila de madera, incendiándola para borrar
todas las huellas de su crimen. El trabajo de investigación policial se ha
encomendado en las expertas manos del inspector Lestrade, de Scotland Yard, que
sigue las pistas con su energía y sagacidad habituales.»
Sherlock Holmes escuchó este extraordinario relato con los ojos cerrados v
las puntas de los dedos juntos.
-Desde luego, el caso presenta algunos aspectos interesantes -dijo con su
acostumbrada languidez-. ¿Puedo preguntarle en primer lugar, señor McFarlane,
cómo es que todavía sigue en libertad, cuando parecen existir pruebas
suficientes para justificar su detención?
-Vivo en Torrington Lodge, Blackheath, con mis padres; pero anoche, como
tenía que entrevistarme bastante tarde con el señor Jonas Oldacre, me quedé en
un hotel de Norwood y fui a mi despacho desde allí. No supe nada de este asunto
hasta que subí al tren y leí lo que usted acaba de oír. Me di cuenta al instante
del terrible peligro que corría y me apresuré a poner el caso en sus manos. No
me cabe duda de que me habrían detenido en mi despacho de la City o en mi casa.
Un hombre me ha venido siguiendo desde la estación del Puente de Londres y estoy
seguro... ¡Cielo santo! ¿Qué es eso?
Era un campanillazo en la puerta, seguido al instante por fuertes pisadas en
la escalera. Al cabo de un momento, nuestro amigo Lestrade apareció en el
umbral. Por encima de su hombro pude advertir la presencia de uno o dos policías
de uniforme. -¿El señor John Hector McFarlane? -dijo Lestrade.
Nuestro desdichado cliente se puso en pie con el rostro descompuesto.
-Queda detenido por el homicidio intencionado del señor Jonas Oldacre, de
Lower Norwood.
McFarlane se volvió hacia nosotros con gesto de desesperación y se hundió de
nuevo en su asiento, como aplastado por un peso.
-Un momento, Lestrade -dijo Holmes-. Media hora más o menos no significa nada
para usted, v el caballero se disponía a darnos una información sobre este caso
tan interesante, que podría servirnos de ayuda para esclarecerlo.
-No creo que resulte nada difícil esclarecerlo -dijo Lestrade muy serio.
-A pesar de todo, y con su permiso, me interesaría mucho oír su explicación.
-Bueno, señor Holmes, me resulta muy difícil negarle nada, teniendo en cuenta
la ayuda que ha prestado al Cuerpo en una o dos ocasiones. Scotland Yard está en
deuda con usted -dijo Lestrade-. Pero al mismo tiempo debo permanecer junto al
detenido, v me veo obligado a advertirle que todo lo que diga puede utilizarse
como prueba en contra suya.
-No deseo otra cosa -dijo nuestro cliente-. Todo lo que les pido es que
escuchen v reconocerán la pura verdad.
Lestrade consultó su reloj.
-Le doy media hora -dijo.
-Antes que nada, debo explicar -dijo McFarlane- que yo no conocía de nada al
señor Jonas Oldacre. Su nombre sí que me era conocido, porque mis padres
tuvieron tratos con él durante muchos años, aunque luego se distanciaron. Así
pues, me sorprendió muchísimo que ayer se presentara, a eso de las tres de la
tarde, en mi despacho de la City. Pero todavía quedé más asombrado cuando me
explicó el objeto de su visita. Llevaba en la mano varias hojas de cuaderno,
cubiertas de escritura garabateada -son éstas-, que extendió sobre la mesa.
»-Este es mi testamento -dijo-, y quiero que usted, señor McFarlane, lo
redacte en forma legal. Me sentaré aquí mientras lo hace.
»Me puse a copiarlo, y pueden ustedes imaginarse mi asombro al descubrir que,
con algunas salvedades, me dejaba a mí todas sus propiedades. Era un hombrecillo
extraño, con aspecto de hurón y pestañas blancas, y cuando alcé la vista para
mirarlo encontré sus ojos grandes y penetrantes clavados en mí con una expresión
divertida. Al leer los términos del testamento, no di crédito a mis ojos. Pero
él me explicó que era soltero, que apenas le quedaban parientes vivos, que había
conocido a mis padres cuando era joven y que siempre había oído decir que yo era
un joven de muchos méritos, por lo que estaba seguro de que su dinero quedaría
en buenas manos. Por supuesto, no pude hacer otra cosa que balbucir algunos
agradecimientos. El testamento quedó debidamente redactado y firmado, con mi
escribiente respaldándolo como testigo. Es este papel azul, v estas hojas, como
va he explicado, son el borrador. A continuación el señor Oldacre me informó de
la existencia de una serie de documentos -contratos de arrendamiento, títulos de
propiedad, hipotecas, cédulas v esas cosas- que era preciso que Yo examinase.
Dijo que no se-sentiría tranquilo hasta que todo el asunto hubiera quedado
arreglado, y me rogó que acudiese aquella misma noche a su casa de Norwood,
llevando el testamento, para dejarlo todo a punto. "Recuerde, muchacho, no diga
ni una palabra de esto a sus padres hasta que todo quede arreglado. Entonces les
daremos una pequeña sorpresa." Insistió mucho en este detalle y me hizo
prometérselo solemnemente.
»Como podrá imaginar, señor Holmes, yo no estaba de humor para negarle nada
que me pidiera. Ante semejante benefactor, lo único que yo deseaba era cumplir
su voluntad hasta el menor detalle. Así que envié un telegrama a casa, diciendo
que tenía un trabajo importante y que me resultaba imposible saber a qué hora
podría regresar. El señor Oldacre me dijo que le gustaría que yo fuera a cenar
con él a las nueve, ya que antes de esa hora no se encontraría en su casa. Pero
tuve algunas dificultades para encontrar la casa y eran casi las nueve y media
cuando llegué. Lo encontré...
-¡Un momento! -interrumpió Holmes-. ¿Quién abrió la puerta?
-Una mujer madura, supongo que su ama de llaves.
-Y supongo que fue ella la que facilitó su nombre.
-Exacto -dijo McFarlane.
-Continúe, por favor.
McFarlane se enjugó el sudor de la frente y prosiguió con su relato:
-Esta mujer me hizo pasar a un cuarto de estar, donde ya estaba servida una
cena ligera. Después de cenar, el señor Oldacre me condujo a su habitación,
donde había una pesada caja de caudales. La abrió y sacó de ella un montón de
documentos, que empezamos a revisar juntos. Serían entre las once y las doce
cuando terminamos. Oldacre comentó que no debíamos molestar al ama de llaves y
me hizo salir por la ventana, que había permanecido abierta todo el tiempo.
-¿Estaba bajada la persiana? -preguntó Holmes.
-No estoy seguro, pero creo que sólo estaba medio bajada. Sí, recuerdo que él
la levantó para abrir la ventana de par en par. Yo no encontraba mi bastón, y él
me dijo: «No se preocupe, muchacho, a partir de ahora espero que nos veamos con
frecuencia, y guardaré su bastón hasta que venga a recogerlo.» Allí lo dejé, con
la caja abierta v los papeles ordenados en paquetes sobre la mesa. Era tan tarde
que no pude volver a Blackheath; así que pasé la noche en el «Anerley Arms» y no
supe nada más hasta que leí la horrible crónica del suceso por la mañana.
-¿Hay algo más que quiera usted preguntar, señor Holmes? -dijo Lestrade,
cuyas cejas se habían alzado una o dos veces durante la sorprendente narración.
-No, hasta que haya estado en Blackheath.
-Querrá usted decir en Norwood -dijo Lestrade.
-Ah, sí, seguramente eso es lo que quería decir -respondió Holmes, con su
sonrisa enigmática. Lestrade había aprendido, a lo largo de más experiencias que
las que le gustaba reconocer, que aquel cerebro afilado como una navaja podía
penetrar en lo que a él le resultaba impenetrable. Vi que miraba a mi compañero
con expresión de curiosidad.
-Creo que me gustaría cambiar unas palabras con usted ahora mismo, señor
Holmes -dijo-. Señor McFarlane, hay dos de rnis agentes en la puerta y un coche
aguardando.
El angustiado joven se puso en pie y, dirigiéndonos una última mirada
suplicante, salió de la habitación. Los policías lo condujeron al coche, pero
Lestrade se quedó con nosotros.
Holmes había recogido las hojas que formaban el borrador del testamento v las
estaba examinando, con el más vivo interés reflejado en su rostro.
-Este documento tiene su miga, ¿no cree usted, Lestrade? -dijo, pasándole los
papeles.
El inspector los miró con expresión de desconcierto.
-Las primeras líneas se leen bien, y también éstas del centro de la segunda
página, y una o dos al final. Tan claro como si fuera letra de imprenta -dijo-.
Pero entre medias está muy mal escrito, y hay tres partes donde no se entiende
nada.
-¿Y qué saca de eso? -preguntó Holmes.
-Bueno, ¿qué saca usted?
-Que se escribió en un tren; la buena letra corresponde a las estaciones, la
mala letra al tren en movimiento, y la malísima al paso por los cambios de
agujas. Un experto científico dictaminaría en el acto que se escribió en una
línea suburbana, ya que sólo en las proximidades de una gran ciudad puede haber
una sucesión tan rápida de cambios de agujas. Si suponemos que la redacción del
testamento ocupó todo el viaje, entonces se trataba de un tren expreso, que sólo
se detuvo una vez entre Norwood y el Puente de Londres.
Lestrade se echó a reír.
-Me abruma usted cuando empieza con sus teorías, señor Holmes -dijo-. ¿Qué
relación tiene esto con el caso?
-Para empezar, corrobora el relato del joven en lo referente a que Jonas
Oldacre redactó el testamento durante su viaje de ayer. Es curioso, ¿no le
parece?, que alguien redacte un documento tan importante de una forma tan a la
ligera. Parece dar a entender que el hombre no pensaba que aquello fuera a tener
mucha importancia práctica. Como si no pretendiera que el testamento se llevase
a efecto.
-Pues al mismo tiempo estaba redactando su sentencia de muerte -dijo Lestrade.
-¿Eso cree usted?
-¿Usted no?
-Bueno, es bastante posible; pero aún no veo claro el caso.
-¿Que no lo ve claro? Pues si esto no está claro, no sé qué puede estarlo.
Tenemos un joven que se entera de repente de que si cierto anciano fallece, él
heredará la fortuna. ¿Qué es lo que hace? No le dice nada a nadie v se las
arregla, con cualquier pretexto, para visitar a su cliente esa misma noche;
espera hasta que se haya acostado la única otra persona de la casa y entonces,
en la soledad de la habitación, asesina al viejo, quema el cadáver en la pila de
madera v se marcha a dormir a un hotel cercano. Las manchas de sangre
encontradas en la habitación y en el bastón son muy ligeras. Es probable que
creyera que el crimen no había derramado sangre, y confiara en que si el cuerpo
quedaba consumido desaparecerían todas las huellas del método empleado, huellas
que por una u otra razón lo señalarían a él. ¿No resulta evidente todo esto?
-Mi buen Lestrade, para mi gusto es un pelín demasiado evidente -dijo
Holmes-. La imaginación no figura entre sus grandes cualidades, pero si pudiera
por un momento ponerse en el lugar de este joven, ¿habría usted escogido para
cometer el crimen precisamente la primera noche después de redactar el
testamento? ¿No le habría parecido peligroso establecer una relación tan próxima
entre los dos hechos? Y lo que es más: ¿habría usted elegido una ocasión en la
que se sabía que estaba usted en la casa, ya que un sirviente le ha abierto la
puerta? Y por último: ¿se tomaría usted tantas molestias para hacer desaparecer
el cuerpo, dejando al mismo tiempo su bastón para que todos supieran que es
usted el asesino? Confiese, Lestrade, todo eso es muy improbable.
-En cuanto al bastón, señor Holmes, usted sabe tan bien como yo que los
criminales a veces se ofuscan y hacen cosas que un hombre sereno no haría.
Probablemente, le dio miedo entrar otra vez en la habitación. A ver si puede
presentarme otra teoría que encaje con los hechos.
-Podría presentarle media docena con toda facilidad -respondió Holmes-. Aquí
tiene, por ejemplo, una muy posible, e incluso probable. Se la ofrezco gratis,
como regalo. Un vagabundo que pasa por allí los ve a través de la ventana, que
sólo tiene la persiana medio bajada. El abogado se marcha. El vagabundo entra.
Coge un bastón que encuentra por ahí, mata a Oldacre v se larga después de
quemar el cadáver.
-¿Para qué iba el vagabundo a quemar el cadáver?
-¿Y para qué iba a quemarlo McFarlane?
-Para hacer desaparecer alguna prueba.
-Puede que el vagabundo quisiera ocultar el hecho mismo de que se había
cometido un asesinato.
-¿Y cómo es que el vagabundo no se llevó nada?
-Porque se trataba de documentos no negociables. Lestrade sacudió la cabeza,
aunque me pareció que ya no sentía la misma seguridad absoluta que antes.
-Bien, señor Sherlock Holmes, puede usted buscar a su vagabundo, v mientras
lo busca nosotros nos quedaremos con nuestro hombre. El futuro dirá quién tiene
razón. Pero fíjese tan sólo en esto, señor Holmes: hasta donde sabemos, no falta
ninguno de los papeles, y el detenido es la única persona del
mundo que no tenía ningún motivo para llevárselos, va que, como heredero
legal, pasarían a su poder de todas formas.
Mi amigo pareció impresionado por este comentario.
-No pretendo negar que, en algunos aspectos, las pruebas se inclinan hacia su
teoría -dijo-. Lo único que quiero hacer ver es que existen otras teorías
posibles. Como usted ha dicho, el futuro decidirá. Buenos días. Creo poder
asegurar que en el transcurso de la jornada me dejaré caer por Norwood para ver
cómo le va.
Cuando el policía se hubo marchado, mi amigo se puso en pie y comenzó sus
preparativos para la jornada de trabajo, con el aire animado de quien tiene por
delante una tarea que le encanta.
-Mi primer movimiento, Watson -dijo mientras se enfundaba en su levita-,
será, como va he dicho, en dirección a Blackheath.
-¿Y por qué no a Norwood?
-Porque en este caso tenemos un suceso muy curioso que viene pisándole los
talones a otro suceso igualmente curioso. La policía está cometiendo el error de
concentrar su atención en el segundo, porque da la casualidad de que es el único
verdaderamente criminal. Pero para mí resulta evidente que la única manera
lógica de abordar el caso es comenzando por arrojar alguna luz sobre el primer
suceso: ese extraño testamento, redactado tan aprisa y con un heredero tan
inesperado. Eso podría contribuir a aclarar lo que sucedió después. No, querido
amigo, no creo que pueda usted ayudar. No se vislumbra ningún peligro; de lo
contrario, ni se me ocurriría dar un paso sin usted. Confío en que, cuando nos
veamos esta tarde, pueda comunicarle que he conseguido hacer algo en favor de
este desdichado joven que ha venido a ponerse bajo mi protección.
Era ya tarde cuando regresó mi amigo, y se notaba a primera vista, por su
expresión preocupada y ansiosa, que las grandes esperanzas con que había salido
de casa no se habían cumplido. Se pasó una hora sacándole sonidos al violín, en
un intento de apaciguar sus excitados ánimos. Por último, dejó a un lado el
instrumento v me soltó un relato detallado de sus desventuras.
-Todo va mal, Watson. No podría ir peor. Mantuve el tipo ante Lestrade, pero
por mi alma que parece que, por una vez, el tipo anda por buen camino v nosotros
por el malo. Todos mis instintos apuntan en una dirección v todos los hechos en
la otra, v mucho me temo que los jurados británicos aún no han alcanzado el
nivel de inteligencia necesario para que den preferencia a mis teorías sobre los
hechos de Lestrade.
-¿Ha estado usted en Blackheath?
-Sí, Watson, estuve allí y no tardé en averiguar que el difunto v llorado
Oldacre era un pájaro de mucho cuidado. El padre había salido a ver a su hijo.
La madre estaba en casa: una mujercita tierna, de ojos azules, que temblaba de
miedo e indignación. Naturalmente, se negaba a admitir la mera posibilidad de
que su hijo fuera culpable, pero tampoco manifestó ni sorpresa ni pena por la
suerte de Oldacre. Por el contrario, habló de él con tal rabia que, sin darse
cuenta, estaba reforzando considerablemente la hipótesis de la policía, ya que
si su hijo la hubiera oído hablar del muerto en semejantes términos, no cabe
duda de que se habría sentido predispuesto al odio v a la violencia. «Más que un
ser humano, era un mono astuto v maligno -dijo-, y siempre lo fue, desde que era
joven.»
»-¿Lo conoció usted entonces? -pregunté yo.
»-Sí, lo conocí muy bien; en realidad, fue pretendiente mío. Gracias a Dios
que tuve el buen sentido de dejarlo y casarme con un hombre mejor, aunque fuera
más pobre. Estábamos prometidos, señor Holmes, pero entonces me contaron una
historia espantosa sobre él: que había soltado un gato dentro de una pajarera, v
aquella crueldad tan brutal me horrorizó tanto que no quise saber nada más de él
-se puso a rebuscar en un escritorio y por fin sacó una fotografía de una mujer,
toda cortada y apuñalada con un cuchillo-. Esta fotografía es mía, dijo. Él me
la envió en este estado, junto con una maldición, la mañana de mi boda.
»-Bueno -dije yo-, al menos parece que al final la perdonó, puesto que le
dejó a su hijo todo lo que poseía.
-Ni mi hijo ni yo queremos nada de Jonas Oldacre, ni vivo ni muerto -exclamó
ella con mucha dignidad-. Hay un Dios en los cielos, señor Holmes, y ese mismo
Dios, que ha castigado a ese malvado, demostrará a su debido tiempo que las
manos de mi hijo no se han manchado con su sangre.
»Procuré seguir una o dos pistas, pero no encontré nada a favor de nuestra
hipótesis, y sí varios detalles en contra. Por último, me rendí y me dirigí a
Norwood.
»La casa en cuestión, Deep Dene House, es una residencia grande y moderna, de
ladrillo descubierto, con terrenos propios y un césped delante, en el que hay
plantados varios grupos de laureles. A la derecha, y a cierta distancia de la
carretera, se encuentra el almacén de madera donde se produjo el incendio. Aquí
tiene un plano aproximado, en esta hoja de mi cuaderno. Esta ventana de la
izquierda es la de la habitación de Oldacre. Como puede ver, la habitación se ve
perfectamente desde la carretera. Es el único detalle consolador que he obtenido
en todo el día. Lestrade no estaba allí, pero un cabo de la policía me hizo los
honores. Acababan de hacer un gran descubrimiento. Se habían pasado la mañana
hurgando entre las cenizas de madera quemada v, además de los restos orgánicos
carbonizados que a tenían, encontraron varios discos metálicos desconocidos. Los
examiné con atención v no cabía la menor duda de que se trataba de botones de
pantalón. Hasta se distinguía en uno de ellos la marca “Hyams”, que es el nombre
del sastre de Oldacre. A continuación, examiné minuciosamente el césped, en
busca de rastros y huellas, pero esta sequía lo ha dejado todo duro como el
hierro. No se veía nada, exceptuando que un cuerpo o un bulto grande había sido
arrastrado a través de un seto bajo de aligustre que hay delante de la pila de
madera. Todo eso, por supuesto, concuerda con la teoría oficial. Me arrastré por
el césped bajo el sol de agosto. Pero al cabo de una hora tuve que levantarme,
sin haber sacado nada en limpio.
»Después de este fracaso, pasé al dormitorio v lo inspeccioné también. Las
manchas de sangre eran muy ligeras, meras gotitas borrosas, pero recientes sin
lugar a dudas. Se habían llevado el bastón, pero sabemos que también en él las
manchas eran pequeñas. No hay duda de que el bastón pertenece a nuestro cliente.
Él mismo lo reconoce. En la alfombra se advertían las pisadas de los dos
hombres, pero no había ni rastro de una tercera persona; otra baza para la parte
contraria. Ellos no paran de anotarse tantos y nosotros seguimos parados.
»Sólo vislumbré una chispita de esperanza, y aun así se quedó en nada.
Examiné el contenido de la caja fuerte, que estaba casi todo sacado y colocado
sobre la mesa. Los papeles se habían distribuido en sobres lacrados, uno o dos
de los cuales habían sido abiertos por la policía. Por lo que pude apreciar, no
tenían mucho valor, y tampoco la cuenta bancaria indicaba que el señor Oldacre
se encontrara en una situación muy boyante. Sin embargo, me dio la impresión de
que allí faltaban documentos. Encontré alusiones a ciertas escrituras
-posiblemente las más valiosas- que no aparecían por ninguna parte.
Naturalmente, si pudiéramos demostrar esto, volveríamos el argumento de Lestrade
en contra suya, porque ¿quién iba a robar una cosa que sabe que no tardará en
heredar?
»Por último, tras husmear por todas partes sin llegar a olfatear nada, probé
suerte con el ama de llaves, la señora Lexington, una mujer pequeña, morena v
callada, de ojos recelosos y mirada torva. Si quisiera, podría decirnos algo,
estoy convencido de ello. Pero se cerró como una tumba. Sí, había abierto la
puerta al señor McFarlane a las nueve y media. Ojalá se le hubiera secado la
mano antes de hacerlo. Se había ido a la cama a las diez v media. Su habitación
está al otro extremo de la casa v no ovó nada de lo que ocurría. El señor
McFarlane había dejado en el vestíbulo su sombrero y, según creía recordar,
también su bastón. Se había despertado al oír la alarma de incendio. Era
indudable que su pobre y querido señor había sido asesinado. ¿Tenía Oldacre
algún enemigo? Bueno, todo el mundo tiene algún enemigo, pero el señor Oldacre
sólo se ocupaba de sus asuntos v no se trataba con nadie más que por cuestiones
de negocios. Había visto los botones y estaba segura de que pertenecían a la
ropa que Oldacre llevaba puesta aquella noche. La madera estaba muy seca, porque
llevaba un mes sin llover. Ardió como la estopa, y cuando ella llegó al almacén
no se veían más que llamas. Tanto ella como los bomberos habían notado el olor a
carne quemada. No sabía nada de los documentos, ni de los asuntos privados del
señor Oldacre.
»Y aquí tiene, querido Watson, el informe completo de mi fracaso. Y sin
embargo..., y sin embargo... -apretó sus huesudas manos en un paroxismo de
convicción-, yo sé que todo es un error. Lo siento en los huesos. Hay algo que
no ha salido a la luz, y esa ama de llaves está enterada de ello. Había en sus
ojos una especie de desafío rencoroso que siempre acompaña al sentimiento de
culpa. Sin embargo, de nada sirve seguir hablando de ello, Watson; como no
tengamos un golpe de suerte, mucho me temo que el Caso de la Desaparición de
Norwood no figurará en esta futura crónica de nuestros éxitos que el paciente
público tendrá que soportar tarde o temprano.
-Supongo -dije yo- que el aspecto del joven influirá favorablemente en
cualquier jurado.
-Ese argumento es muy peligroso, querido Watson. Acuérdese de Bert Stevens,
aquel terrible asesino que pretendió que le sacásemos de apuros en el 87. ¿Ha
conocido a algún hombre de modales tan suaves, tan de catequesis, como aquél?
-Es cierto.
-A menos que consigamos establecer una hipótesis alternativa, nuestro hombre
está perdido. Resulta difícil encontrar un punto flaco en la acusación que ahora
mismo puede presentarse contra él, v todas las investigaciones realizadas han
servidlo para reforzarla. Por cierto, existe un detalle curioso en esos papeles
que quizás podría servirnos de punto de partida para nuestras pesquisas. Al
examinar la cuenta bancaria, descubrí que el saldo tan bajo que presenta se debe
principalmente a una serie de cheques por cantidades importantes que se han
librado durante el último año a favor de un tal Cornelius. Confieso que me
gustaría mucho saber quién puede ser este señor Cornelius al que un constructor
retirado transfiere sumas tan elevadas. ¿Es posible que tenga algo que ver en el
asunto? Podría tratarse de un agente de bolsa, pero no hemos encontrado ningún
título que corresponda a dichos pagos. Mucho me temo, querido camarada, que
nuestro caso tenga un final poco glorioso, con Lestrade ahorcando a nuestro
cliente, lo cual, sin duda, constituirá un triunfo para Scotland Yard.
Ignoro si Sherlock Holmes llegó a dormir algo aquella noche, pero cuando bajé
a desayunar me lo encontré, pálido e inquieto, con sus brillantes ojos aún más
brillantes a causa de las oscuras ojeras que los rodeaban. Alrededor de su
silla, la alfombra estaba cubierta de colillas y de las primeras ediciones de
los periódicos de la mañana. Sobre la mesa había un telegrama abierto.
-¿Qué le parece esto, Watson? -preguntó, extendiéndomelo.
Venía de Norwood y decía lo siguiente:
«Nuevas e importantes pruebas. Culpabilidad McFarlane demostrada
definitivamente. Aconsejo abandone caso. -LESTRADE.»
-Parece que va en serio -dije.
-Es el cacareo de victoria de Lestrade -respondió Holmes con una sonrisa
amarga-. Sin embargo, sería prematuro abandonar el caso. Al fin y al cabo, las
pruebas nuevas e importantes son un arma de doble filo, y bien pudiera ser que
cortaran en dirección muy diferente a la que Lestrade imagina. Tómese el
desayuno, Watson, e iremos juntos a ver qué podemos hacer. Me parece que hoy voy
a necesitar su compañía y su apoyo moral.
Mi amigo no había desayunado, porque una de sus manías era la de no tomar
alimento alguno en los momentos de más tensión, y alguna vez lo he visto confiar
en su resistencia de hierro hasta caer desmayado por pura inanición. «En estos
momentos no puedo malgastar energías y fuerza nerviosa en una digestión», solía
decir en respuesta a mis recriminaciones médicas. Así pues, no me sorprendió que
aquella mañana dejara el desayuno sin tocar y saliera conmigo hacia Norwood.
Todavía había un montón de mirones morbosos en torno a Deep Dene House, que era
una típica residencia suburbana, tal como yo me la había imaginado. Lestrade
salió a recibirnos nada más cruzar la puerta, con la victoria reflejada en el
rostro y los moda; les agresivos de un triunfador.
-Y bien, señor Holmes, ¿ha demostrado ya lo equivocados que estamos?
¿Encontró va a su vagabundo? -exclamó.
-Todavía no he llegado a ninguna conclusión -respondió mi compañero.
-Pero nosotros ya llegamos a la nuestra ayer, v ahora se ha demostrado que
era la acertada. Tendrá que reconocer que esta vez le hemos sacado un poco de
delantera, señor Holmes.
-Desde luego, da usted la impresión de que ha ocurrido algo extraordinario
-dijo Holmes.
Lestrade se echó a reír ruidosamente.
-No le gusta que le venzan, como a cualquiera -dijo-. Pero
uno no puede esperar salirse siempre con la suya, ¿no cree, doctor Watson?
Pasen por aquí, por favor, caballeros, y creo que podré convencerles de una vez
por todas de que fue John McFarlane quien cometió este crimen.
Nos guió a través de un pasillo que desembocaba en un oscuro vestíbulo.
-Por aquí debió venir el joven McFarlane a recoger su sombrero después de
cometer el crimen -dijo-. Y ahora, fíjese en esto.
Con un gesto dramático, encendió una cerilla e iluminó con su llama una
mancha de sangre en la pared encalada. Era la huella inconfundible de un dedo
pulgar.
-Examínela con su lupa, señor Holmes.
-Sí, eso hago.
-Estará usted al corriente de que no existen dos huellas dactilares iguales.
-Algo de eso he oído decir .
-Muy bien, pues entonces haga el favor de comparar esta huella con esta
impresión en cera del pulgar derecho del joven McFarlane, tomada por orden mía
esta mañana.
Colocó la impresión en cera junto a la mancha de sangre, y no hacía falta
ninguna lupa para darse cuenta de que las dos marcas estaban hechas, sin lugar a
dudas, por el mismo pulgar. Tuve la seguridad de que nuestro desdichado cliente
estaba perdido.
-Esto es definitivo -dijo Lestrade.
-Sí, es definitivo -repetí yo, casi sin darme cuenta.
-Es definitivo -dijo Holmes.
Creí percibir algo raro en su tono y me volví para mirarlo. En su rostro se
había producido un cambio extraordinario. Estaba temblando de regocijo
contenido.
Sus ojos brillaban como estrellas. Me pareció que hacía esfuerzos
desesperados por contener un ataque convulsivo de risa.
-¡Caramba, caramba! -exclamó por fin-. ¡Vaya, vaya! ¿Quién lo iba a pensar?
¡Qué engañosas pueden ser las apariencias, ya lo creo! ¡Un joven de aspecto tan
agradable! Debe servirnos de lección para que no nos fiemos de nuestras
impresiones, ¿no cree, Lestrade?
-Pues sí, hay gente que tiende a creerse infalible, señor Holmes -dijo
Lestrade. Su insolencia resultaba insufrible, pero no podíamos darnos por
ofendidos.
-¡Qué cosa más providencial que el joven fuera a apretar el pulgar derecho
contra la pared al coger su sombrero de la percha! ¡Una acción tan natural, si
nos ponemos a pensar en ello! -Holmes estaba tranquilo por fuera, pero todo su
cuerpo se estremecía de emoción reprimida mientras hablaba-. Por cierto,
Lestrade, ¿quién hizo este sensacional descubrimiento?
-El ama de llaves, la señora Lexington, fue quien se lo hizo notar al policía
que hacía la guardia de noche.
-¿Dónde estaba el policía de noche?
-Se quedó de guardia en el dormitorio donde se cometió el crimen, para que
nadie tocase nada.
-¿Y cómo es que la policía no vio esta huella ayer? -Bueno, no teníamos
ningún motivo especial para examinar con detalle el vestíbulo. Además, no está
en un lugar muy visible, como puede apreciar.
-No, no, claro que no. Supongo que no hay ninguna duda de que la huella
estaba aquí ayer.
Lestrade miró a Holmes como si pensara que éste se había vuelto loco.
Confieso que yo mismo estaba sorprendido, tanto de, su comportamiento jocoso
como de aquel extravagante comentario.
-A lo mejor piensa usted que McFarlane salió de su celda en el silencio de la
noche con objeto de reforzar la evidencia en su contra -dijo Lestrade-. Emplazo
a cualquier especialista del mundo a que diga si ésta es o no la huella de su
pulgar.
-Es la huella de su pulgar, sin lugar a discusión.
-Bien, pues con eso me basta -dijo Lestrade-. Soy un hombre práctico, señor
Holmes, y cuando reúno mis pruebas saco mis conclusiones. Si tiene usted algo
que decir, me encontrará en el cuarto de estar, redactando mi informe.
Holmes había recuperado su ecuanimidad, aunque todavía me parecía detectar en
su expresión destellos de regocijo.
-Vaya por Dios, qué mal se ponen las cosas, ¿no cree, Watson? -dijo-. Y sin
embargo, existen algunos detalles que parecen ofrecer alguna esperanza a nuestro
cliente.
-Me alegra mucho saberlo -dije yo, de todo corazón-. Me temía ya que todo
había terminado para él.
-Pues yo no diría tanto, querido Watson. Lo cierto es que existe un fallo verdaderamente grave en esta evidencia a la que nuestro amigo
atribuye tanta importancia.
-¿De verdad, Holmes? ¿Y cuál es?
-'Tan sólo esto: que me consta que esa huella no estaba ahí cuando yo examiné
esta pared ayer. Y ahora, Watson, salgamos a dar un paseíto al sol.
Con la mente confusa, pero sintiendo renacer en el corazón una llama de
esperanza, acompañé a mi amigo en su paseo por el jardín. Holmes examinó una a
una y con gran interés todas las fachadas de la casa. A continuación, entró en
ella e inspeccionó todo el edificio, desde el sótano a los áticos. La mayoría de
las habitaciones estaban desamuebladas, pero aun así, Holmes las examinó
minuciosamente. Por último, en el pasillo del piso superior, al que daban tres
habitaciones deshabitadas, volvió a acometerle el espasmo de risa.
-Desde luego, esta casa tiene aspectos muy curiosos, Watson -dijo-. Creo que
va siendo hora de que pongamos al corriente a nuestro amigo Lestrade. Él ha
pasado un buen rato a costa nuestra, v puede que nosotros lo pasemos a costa
suya, si mi interpretación del problema resulta ser correcta. Sí, sí, creo que
va sé cómo tenemos que hacerlo.
El inspector de Scotland Yard estaba aún escribiendo en la salita cuando
llegó Holmes a interrumpirle.
-Tengo entendido que está usted redactando un informe sobre este caso -dijo.
-Así es.
-¿No le parece que quizá sea un poco prematuro? No puedo dejar de pensar que
sus pruebas no son concluyentes.
Lestrade conocía demasiado bien a mi amigo para no hacer caso de sus
palabras. Dejó la pluma y le miró con gesto de curiosidad.
-¿Qué quiere usted decir, señor Holmes?
-Sólo que hay un testigo muy importante, al que usted todavía no ha visto.
-¿Puede usted presentármelo?
-Creo que sí.
-Pues hágalo.
-Haré lo que pueda. ¿Cuántos policías tiene usted aquí?
-Hay tres al alcance de mi voz.
-¡Excelente! -dijo Holmes-. ¿Puedo preguntar si son todos hombres grandes y
fuertes, con voces potentes?
-Estoy seguro de que sí, aunque no sé qué tienen que ver sus voces con esto.
-Tal vez yo pueda ayudarle a comprender eso, y una o dos cosillas más -dijo
Holmes-. Haga el favor de llamara sus hombres y lo intentaré.
Cinco minutos más tarde, los tres policías estaban reunidos en el vestíbulo.
-En el cobertizo de fuera encontrarán una considerable cantidad de paja -dijo
Holmes-. Les ruego que traigan un par de brazadas. Creo que resultarán de suma
utilidad para convocar al testigo que necesitamos. Muchas gracias. Watson, creo
que lleva usted cerillas en el bolsillo. Y ahora, señor Lestrade, le ruego que
me acompañe al piso de arriba.
Como ya he dicho, en aquel piso había un amplio pasillo al que daban tres
habitaciones vacías. Sherlock Holmes nos condujo hasta un extremo de dicho
pasillo. Los policías sonreían y Lestrade miraba a mi amigo con una expresión en
la que se alternaban el asombro, la impaciencia y la burla. Holmes se plantó
ante nosotros con el aire de un mago que se dispone a ejecutar un truco.
-¿Haría el favor de enviar a uno de sus agentes a por dos cubos de agua?
Pongan la paja aquí en el suelo, separada de las paredes. Bien, creo que todo
está listo.
La cara de Lestrade había empezado a ponerse roja de irritación.
-¿Es que pretende jugar con nosotros, señor Sherlock Holmes? -dijo-. Si sabe
algo, podría decirlo sin tanta payasada.
-Le aseguro, mi buen Lestrade, que tengo excelentes razones para todo lo que
hago. Tal vez recuerde usted el pequeño pitorreo que se corrió a costa mía
cuando el sol parecía dar en su lado de la valla, así que no debe reprocharme
ahora que yo le eche un poco de pompa y ceremonia. ¿Quiere hacer el favor,
Watson, de abrir la ventana v luego aplicar una cerilla al borde de la paja?
Hice lo que me pedía, y pronto se levantó una columna de humo gris, que la
corriente hizo girar a lo largo del pasillo mientras la paja seca ardía v
crepitaba.
-Ahora, veamos si logramos encontrar a su testigo, Lestrade. Hagan todos el
favor de gritar «fuego». Vamos allá: uno, dos, tres...
-¡Fuego! -gritamos todos a coro.
-Gracias. Por favor, otra vez.
-¡Fuego!
-Sólo una vez más, caballeros, todos a una. -¡¡Fuego!! -el grito debió
resonar en todo Norwood.
Apenas se habían extinguido sus ecos cuando sucedió algo
asombroso. De pronto se abrió una puerta en lo que parecía ser una pared
maciza al extremo del pasillo, y un hombrecillo arrugado salió corriendo por
ella, como un conejo de su madriguera.
-¡Perfecto! -dijo Holmes muy tranquilo-. Watson, eche un cubo de agua sobre
la paja. Con eso bastará. Lestrade, permita que le presente al testigo
fundamental que le faltaba: el señor Jonas Oldacre.
El inspector miraba al recién llegado mudo de asombro. Éste, a su vez,
parpadeaba a causa de la fuerte luz del pasillo y nos miraba a nosotros y al
fuego a punto de apagarse. Tenía una cara repugnante, astuta, cruel, maligna,
con ojos grises e inquietos y pestañas blancas.
-¿Qué significa esto? -dijo por fin Lestrade-. ¿Qué ha estado usted haciendo
todo este tiempo, eh?
Oldacre dejó escapar una risita nerviosa, retrocediendo ante el rostro
furioso v enrojecido del indignado policía.
-No he causado ningún daño.
-¿Qué no ha causado daño? Ha hecho todo lo que ha podido para que ahorquen a
un inocente. Y de no ser por este caballero, no estoy seguro de que no lo
hubiera conseguido.
La miserable criatura se puso a gimotear.
-Se lo aseguro, señor, no era más que una broma.
-¿Conque una broma, eh? Pues le prometo que no será usted quien se ría.
Llévenselo abajo y ténganlo en la salita hasta que yo llegue. Señor Holmes
-continuó cuando los demás se hubieron ido-, no podía hablar delante de los
agentes, pero no me importa decir, en presencia del doctor Watson, que esto ha
sido lo más brillante que ha hecho usted en su vida, aunque para mí sea un
misterio cómo lo ha logrado. Ha salvado la vida de un inocente v ha evitado un
escándalo gravísimo, que habría arruinado mi reputación en el Cuerpo.
Holmes sonrió y palmeó a Lestrade en el hombro.
-En lugar de verla arruinada, amigo mío, va usted a ver enormemente
acrecentada su reputación. Basta con que introduzca unos ligeros cambios en ese
informe que estaba redactando, y todos comprenderán lo difícil que es pegársela
al inspector Lestrade.
-¿No desea usted que aparezca su nombre?
-De ningún modo. El trabajo lleva consigo su propia recompensa. Quizás yo
también reciba algún crédito en un día lejano, cuando permita que mi leal
historiador vuelva a emborronar cuartillas, ¿eh, Watson? I ahora, veamos cómo
era el escondrijo de esa rata.
A unos dos metros del extremo del pasillo se había levantado un tabique de
listones y yeso, con una puerta hábilmente disimulada. El interior recibía la
luz a través de ranuras abiertas bajo los aleros. Dentro del escondrijo había
unos pocos muebles, provisiones de comida y agua y una buena cantidad de libros
y documentos.
-Estas son las ventajas de ser constructor -dijo Holmes al salir-. Uno puede
arreglarse un escondite sin necesidad de ningún cómplice..., exceptuando, por
supuesto, a esa alhaja de ama de llaves, a la que yo metería también al saco sin
pérdida de tiempo, Lestrade.
-Seguiré su consejo. Pero ¿cómo descubrió usted este lugar, señor Holmes?
-Llegué a la conclusión de que el tipo estaba escondido en la casa. Y cuando
medí este pasillo, contando los pasos, y descubrí que era dos metros más corto
que el del piso de abajo, me resultó evidente dónde se encontraba. Pensé que le
faltarían agallas para quedarse quieto al oír la alarma de fuego. Naturalmente,
podríamos haber irrumpido por las buenas v detenerlo, pero me pareció divertida
la idea de hacer que se descubriera él mismo. Y además, Lestrade, le debía a
usted una pequeña mascarada por sus chuflas de esta mañana.
-Pues la verdad, señor, ahora hemos quedado en paz. Pero ¿cómo demonios sabía
que ese individuo estaba en la casa?
-La huella del pulgar, Lestrade. Usted mismo dijo que era definitiva, v va lo
creo que lo era, aunque en otro sentido. Yo sabía que el día anterior no estaba
ahí. Presto mucha atención a los detalles, como quizás haya observado, v había
examinado la pared. Me constaba que el día anterior estaba limpia. Por tanto, la
huella se había dejado durante la noche.
-Pero, ¿cómo?
-Muy sencillo. Cuando estuvieron lacrando esos paquetes, Jonas Oldacre hizo
que McFarlane sujetara uno de los sellos colocando el dedo pulgar sobre el lacre
aún caliente. Debió de suceder de manera tan rápida y natural que me atrevería a
decir que el joven ni se dio cuenta. Lo más probable es que ocurriera como le
digo, y que ni el mismo Oldacre pensara en sacarle partido. Pero luego, mientras
le daba vueltas al asunto en esa madriguera suya, se le debió ocurrir de pronto
que la huella del pulgar podía servirle para aportar una prueba absolutamente
condenatoria contra McFarlane. Era la cosa más fácil del mundo sacar una
impresión en cera del sello, humedecerla con la sangre que saliera de un
pinchazo y aplicar la marca a la pared durante la noche, bien por su propia
mano, bien por la de su ama de llaves. Si examina estos documentos que se llevó
a su refugio, le apuesto lo que quiera a que encuentra el sello con la huella
del pulgar.
-¡Maravilloso! -exclamó Lestrade-. ¡Maravilloso! Tal como usted lo expone,
está claro como el agua. Pero ¿qué objeto tenía este siniestro engaño, señor
Holmes?
Resultaba divertidísimo ver cómo los modales presuntuosos del inspector se
habían transformado de pronto en los de un niño que hace preguntas a su maestro.
-Bueno, no creo que sea difícil de explicar. Ese caballero que nos aguarda
abajo es una persona de lo más astuta, maligna y vengativa. ¿Sabía usted que la
madre de McFarlane lo rechazó hace tiempo? ¡Claro que no! Ya le dije que primero
había que ir a Blackheath y luego a Norwood. Pues bien, aquel insulto, que es
como él lo consideraba, quedó enquistado en su mente malvada v calculadora. Toda
su vida ha anhelado vengarse, pero nunca se le presentó la oportunidad. Durante
los últimos años, las cosas no le han ido bien -especulaciones secretas,
supongo- y se encontraba en situación apurada. Entonces decidió defraudar a sus
acreedores, y para ello pagó fuertes cantidades a un tal señor Cornelius, que
sospecho que es él mismo con otro nombre. Aún no he seguido la pista de estos
cheques, pero estoy seguro de que el propio Oldacre los cobró en algún pueblo de
provincias donde, de cuando en cuando, lleva una doble vida. Se proponía cambiar
definitivamente de nombre, recoger el dinero v desaparecer, para iniciar una
nueva vida en otra parte.
-Parece bastante verosímil.
-Debió ocurrírsele que desapareciendo se libraba para siempre de sus
acreedores v, al mismo tiempo, podría disfrutar de una cumplida y demoledora
venganza contra su antigua novia, si conseguía dar la impresión de que el hijo
de ésta lo había asesinado. Como canallada, era una obra maestra v la ha llevado
a cabo como un auténtico maestro. La idea del testamento, que aportaría un móvil
convincente para el crimen, la visita secreta sin que los padres lo supieran, el
escamoteo del bastón, la sangre, los restos de animales v los botones
encontrados entre las cenizas... todo ha sido admirable. Pero le ha faltado el
don supremo del artista, el de saber cuándo hay que pararse. Quiso mejorar lo
que ya era perfecto, estrechar aún más el lazo en torno al cuello de su
desgraciada víctima... y lo echó todo a perder. Bajemos, Lestrade, hay una o dos
preguntas que me gustaría hacerle a ese tipo.
La maligna criatura estaba sentada en su propia sala, con un policía a cada
lado.
-Era una broma, señor, nada más que una broma -gemía sin cesar-. Le aseguro,
señor, que me escondí sólo para ver qué efecto producía mi desaparición, y estoy
seguro de que no cometerá usted la injusticia de imaginar que yo habría
permitido que le ocurriese nada malo al pobre joven McFarlane.
-Eso lo decidirá el jurado -dijo Lestrade-. En cualquier caso, vamos a
detenerlo bajo la acusación de conspiración, si es que no le acusamos de
asesinato frustrado.
-Y es muy probable que se encuentre con que sus acreedores embargan la cuenta
bancaria del señor Cornelius -dijo Holmes.
El hombrecillo dio un respingo y clavó sus malignos ojos en mi amigo.
-Tengo mucho que agradecerle -dijo-. Puede que algún día ajustemos cuentas.
Holmes sonrió con aire indulgente.
-Me temo que durante unos cuantos años va a estar muy ocupado -dijo-. Por
cierto, ¿qué es lo que metió en la pila de madera, junto a sus pantalones
viejos? ¿Un perro muerto, conejos o qué? ¿No quiere decirlo? ¡Vaya por Dios, qué
poco amable es usted! En fin, me atrevería a decir que con un par de conejos
bastaría para explicar la sangre y los restos calcinados. Si alguna vez escribe
usted un pequeño relato de esto, Watson, puede apañarse con los conejos. |