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Estoy viendo, Watson, que no tendré más remedio que ir -me dijo Holmes,
cierta mañana, cuando estábamos desayunándonos juntos.
-¡Ir! ¿Adónde?
-A Dartmoor..., a King’s Pyland.
No me sorprendió. A decir verdad, lo único que me sorprendía era que no se
encontrase mezclado ya en aquel suceso extraordinario, que constituía tema único
de conversación de un extremo a otro de toda la superficie de Inglaterra Mi
compañero se había pasado un día entero yendo y viniendo por la habitación, con
la barbilla caída sobre el pecho y el ceño contraído, cargando una y otra vez su
pipa del tabaco negro más fuerte, sordo por completo a todas mis preguntas y
comentarios. Nuestro vendedor de periódicos nos iba enviando las ediciones de
todos los periódicos a medida que salían, pero Holmes los tiraba a un rincón
después de haberles echado una ojeada Sin embargo, a pesar de su silencio, yo
sabía perfectamente cuál era el tema de sus cavilaciones. Sólo había un problema
pendiente de la opinión pública que podía mantener en vilo su capacidad de
análisis, y ese problema era el de la extraordinaria desaparición del caballo
favorito de la Copa Wessex y del trágico asesinato de su entrenador.
Por eso, su anuncio repentino de que iba a salir para el escenario del drama
correspondió a lo que yo calculaba y deseaba.
-Me seria muy grato acompañarle hasta allí, si no le estorbo -le dije.
-Me haría usted un gran favor viniendo conmigo, querido Watson. Y opino que
no malgastará su tiempo, porque este suceso presenta algunas características que
prometen ser únicas. Creo que disponemos del tiempo justo para tomar nuestro
tren en la estación de Paddington. Durante el viaje entraré en más detalles del
asunto. Me haría usted un favor llevando sus magníficos gemelos de campo.
Así fue como me encontré yo, una hora más tarde, en el rincón de un coche de
primera clase, en route hacia Exeter, a toda velocidad, mientras Sherlock
Holmes, con su cara, angulosa y ávida, enmarcada por una gorra de viaje con
orejeras, se chapuzaba rápidamente, uno tras otro, en el paquete de periódicos
recién puestos a la venta, que había comprado en Paddington. Habíamos dejado ya
muy atrás a Reading cuando tiró el último de todos debajo del asiento, y me
ofreció su petaca.
-Llevamos buena marcha -dijo, mirando por la ventanilla y fijándose en su
reloj-. En este momento marchamos a cincuenta y tres millas y media por hora.
-No me he fijado en los postes que marcan los cuartos de milla
-le contesté.
-Ni yo tampoco. Pero en esta línea los del telégrafo están espaciados a
sesenta yardas el uno del otro, y el cálculo es sencillo. ¿Habrá leído ya usted
algo, me imagino, sobre ese asunto del asesinato de John Straker y de la
desaparición de Silver Blaze?
-He leído lo que dicen el Telegraph y el Chronicle.
-Es éste uno de los casos en que el razonador debe ejercitar su destreza en
tamizar los hechos conocidos en busca de detalles, más bien que en descubrir
hechos nuevos. Ha sido ésta una tragedia tan fuera de lo corriente, tan completa
y de tanta importancia, personal para muchísima gente, que nos vemos sufriendo
de plétora de inferencias, conjeturas e hipótesis. Lo difícil aquí es desprender
el esqueleto de los hechos..., de los hechos absolutos e indiscutibles..., de
todo lo que no son sino arrequives de teorizantes y de reporteros. Acto
continuo, bien afirmados sobre esta sólida base, nuestra obligación consiste en
ver qué consecuencias se pueden sacar y cuáles son los puntos especiales que
constituyen el eje de todo el misterio. El martes por la tarde recibí sendos
telegramas del coronel Ross, propietario del caballo, y del inspector Gregory,
que está investigando el caso. En ambos se pedía mi colaboración.
-¡Martes por la tarde! -exclamé yo-. Y estamos a jueves por la mañana... ¿Por
qué no fue usted ayer?
-Pues porque cometí una torpeza, mi querido Watson..., y me temo que esto me
ocurre con mucha mayor frecuencia de lo que creerán quienes sólo me conocen por
las memorias que usted ha escrito. La verdad es que me pareció imposible que el
caballo más conocido de Inglaterra pudiera permanecer oculto mucho tiempo,
especialmente en una región tan escasamente poblada como esta del norte de
Dartmoor. Ayer estuve esperando de una hora a otra la noticia de que había sido
encontrado, y de que su secuestrador era el asesino de John Straker. Sin
embargo, al amanecer otro día y encontrarme con que nada se había hecho, fuera
de la detención del joven Fitzroy Sirnpson, comprendí que era hora de que yo
entrase en actividad. Pero tengo la sensación de que, en ciertos aspectos, no se
ha perdido el día de ayer.
-¿Tiene usted, según eso, formada ya su teoría?
-Tengo por lo menos dentro del puño los hechos esenciales de este asunto. Voy
a enumerárselos. No hay nada que aclare tanto un caso como el exponérselo a otra
persona, y si he de contar con la cooperación de usted, debo por fuerza
señalarle qué posición nor sirve de punto de partida
Me arrellané sobre los cojines del asiento, dando chupadas a mi cigarro,
mientras que Holmes, con el busto adelantado y marcando con su largo y delgado
dedo índice sobre la planta de la mano los puntos que me detallaba, me esbozó
los hechos que habían motivado nuestro viaje.
-Silver Blaze -me dijo- lleva sangre de Isonomv, y su historial en las pistas
es tan lucido como el de su famoso antepasado. Está en sus cinco años de edad, y
ha ido ganando sucesivamente todos los premios de carreras para su afortunado
propietario, el coronel Ross. Hasta el momento de la catástrofe era el favorito
de la Copa Wessex, estando las apuestas a tres contra uno a favor suyo. Es
preciso tener en cuenta que este caballo fue siempre el archifavorito de los
aficionados a las carreras, sin que nunca los haya defraudado; por eso se han
apostado siempre sumas enormes a su favor, aun dando primas. De ello se deduce
que muchísima gente estaba interesadísima en evitar que Silver Blaze se halle
presente el martes próximo cuando se dé la señal de partida.
Como es de suponer, en King’s Pyland, lugar donde se hallan situadas las
cuadras de entrenamiento del coronel, se tenía en cuenta ese hecho. Tomáronse
toda clase de precauciones para guardar al favorito. John Straker, el
entrenador, era un jokey retirado, que había corrido con los colores del coronel
Ross antes que el excesivo peso le impidiese subir a la báscula. Cinco años
sirvió al coronel como jokey, y siete de entrenador, mostrándose siempre un
servidor leal y celoso. Tenía a sus órdenes tres hombres, porque se trata de
unas cuadras pequeñas, en las que sólo se cuidaban en total cuatro caballos.
Todas las noches montaba guardia en la cuadra uno de los hombres, mientras los
otros dos dormían en el altillo. De los tres hay los mejores informes. John
Straker, que era casado, vivía en un pequeño chalé situado a unas doscientas
yardas de las cuadras. No tenía hijos, tenía un buen pasar y una criada. Las
tierras circundantes no están habitadas; pero a cosa de media milla hacia el
Norte se alza un pequeño grupo de chalés que han sido edificados por un
contratista de Tavistok para cuantos, enfermos no, deseen disfrutar de los aires
puros de Dartmoor. El pueblo mismo de Tavistok se halla situado a unas dos
millas al Oeste; también a cosa de dos millas, pero cruzando los marjales, está
la finca de entrenamiento de caballos de Capleton, propiedad de lord Backwater,
regentada por Silas Brown. En todas las demás direcciones la región de marjales
está completamente deshabitada, y sólo la frecuentan algunos gitanos
trashumantes. Ahí tiene cuál era la situación el pasado lunes al ocurrir la
catástrofe. Esa tarde, después de someterse a los caballos a ejercicio y de
abrevarlos, como de costumbre, se cerraron las cuadras con llave, a las nueve.
Dos de los peones se dirigieron entonces a la casa del entrenador, y allí
cenaron en la cocina, mientras que el tercero, llamado Ned Hunter, se quedaba de
guardia. Pocos minutos después de las nueve, la criada, Edith Baxter, le llevó a
la cuadra su cena, que consistía en un plato de cordero con salsa fuerte. No le
llevó líquido alguno para beber, porque en los establos había agua corriente y
le estaba prohibido al hombre de guardia tomar ninguna otra bebida. La muchacha
se alumbró con una linterna, porque la noche era muy oscura y tenía que cruzar
por campo abierto.
Ya estaba Edith Baxter a menos de treinta yardas de las cuadras, cuando
surgió de entre la oscuridad un hombre, que le dijo que se detuviese. Cuando el
tal quedó enfocado por el círculo de luz amarilla de la linterna, vio la
muchacha que se trataba de una persona de aspecto distinguido, y que vestía
terno de mezclilla gris con gorra de paño. Llevaba polainas y un pesado bastón
con empuñadura de bola Pero lo que impresionó muchísimo a Edith Baxter fue la
extraordinaria palidez de su cara y lo nervioso de sus maneras. Su edad andaría
por encima de los treinta, más bien que por debajo.
-¿Puede usted decirme dónde me encuentro? -preguntó él-. Estaba ya casi
resuelto a dormir en el páramo, cuando distinguí la luz de su linterna.
-Se encuentra usted próximo a las cuadras de entrenamiento de King’s Pyland
-le contestó ella.
-¿De veras? ¡Qué suerte la mía! -exclamó---. Me han informado de que en ellas
duerme solo todas las noches uno de los mozos. ¿Es que acaso le lleva usted la
cena? Dígame: ¿será usted tan orgullosa que desdeñe el ganarse lo que vale un
vestido nuevo? --sacó del bolsillo del chakto un papel blanco, doblado, y
agregó-: Haga usted que ese mozo reciba esto esta noche, y le regalaré el
vestido más bonito que se puede comprar con dinero.
La mujer se asustó viendo la ansiedad que mostraba en sus maneras, y se alejó
a toda prisa, dejándolo atrás, hasta la ventana por la que tenía la costumbre de
entregar las comidas. Estaba ya abierta, y Hunter se hallaba sentado a la mesa
pequeña que había dentro. Empezó a contarle lo que le había ocurrido, y en ese
instante se presentó otra vez el desconocido.
-Buenas noches -dijo éste, asomándose a la ventana-. Deseo hablar con usted
unas palabras.
La muchacha ha jurado que, mientras el hombre hablaba, vio que de su mano
cerrada salía una esquina del paquetito de papel.
-¿A qué viene usted aquí? -le preguntó el mozo.
-A un negocio que le puede llenar con algo el bolsillo -le contestó el otro-.
Usted tiene dos caballos que figuran en la Copa Wessex... Silver Blaze y Bayard.
Déme datos exactos acerca de ellos, y nada perderá con hacerlo. ¿Es cierto que,
a igualdad de peso, Bayard podría darle al otro cien yardas de ventaja en las
mil doscientas, y que la gente de estas cuadras ha apostado su dinero a su
favor?
-De modo que es usted uno de esos condenados individuos que venden informes
para las carreras -exclamó el mozo de cuadra-. Le voy a enseñar de qué manera
les servimos en King’s Pyland -se puso en pie y echo a correr hacia donde estaba
el perro, para soltarlo.
La muchacha escapó a la casa; pero durante su carrera se volvió para mirar, y
vio que el desconocido estaba apoyado en la ventana. Sin embargo, un instante
después, cuando Hunter salió corriendo con el perro sabueso, el desconocido ya
no estaba allí, y aunque el mozo de cuadra corrió alrededor de los edificios, no
logró descubrir rastro alguno del mismo.
-¡Un momento! -dije yo-. ¿No dejaría el mozo de cuadra sin cerrar la puerta
cuando salió corriendo con el perro?
-¡Muy bien preguntado, Watson, muy bien preguntado! -murmuró mi compañero-.
Ese detalle me pareció de una importancia tal, que ayer envié un telegrama a
Dartmoor con el exclusivo objeto de ponerlo en claro. El mozo cerró con llave la
puerta antes de alejarse. Puedo agregar que la ventana no tiene anchura
suficiente para que pase por ella un hombre.
Hunter esperó a que volviesen los otros mozos de cuadra, y entonces envió un
mensaje al entrenador, enterándole de lo ocurrido. Straker se sobresaltó al
escuchar el relato, aunque, por lo visto, no se dio cuenta exacta de su
verdadero alcance. Sin embargo, quedó vagamente impresionado, y cuando la señora
Straker se despertó, a la una de la madrugada, vio que su marido se estaba
vistiendo. Contestando a las preguntas de la mujer, le dijo que no podía dormir,
porque se sentía intranquilo acerca de los caballos, y que tenía el propósito de
ir hasta las cuadras para ver si todo seguía bien. Ella le suplicó que no
saliese de casa, porque estaba oyendo el tamborileo de la lluvia en las
ventanas; pero no obstante las súplicas de la mujer, el marido se echó encima su
amplio impermeable y abandonó la casa.
La señora Straker despertose a las siete de la mañana, y se encontró con que
aún no había vuelto su marido. Se vistió a toda prisa, llamó a la criada y
marchó a los establos. La puerta de éstos se hallaba abierta: en el interior,
todo hecho un ovillo, se hallaba Hunter en su sillón, sumido en un estado de
absoluto atontamiento. El establo del caballo favorito se hallaba vacío, y no
había rastro alguno del entrenador.
Los dos mozos de cuadra que dormían en el altillo de la paja, encima del
cuarto de los atalajes, se levantaron rápidamente. Nada habían oído durante la
noche, porque ambos tienen el sueño profundo. Era evidente que Hunter sufría los
efectos de algún estupefaciente enérgico. Y como no se logró que razonase, le
dejaron dormir hasta que la droga perdiese fuerza, mientras los dos mozos y las
dos mujeres salían corriendo a la busca de los que faltaban. Aún les quedaban
esperanzas de que, por una razón o por otra, el entrenador hubiese sacado al
caballo para un entrenamiento de primera hora. Pero al subir a una pequeña
colina próxima a la casa, desde la que se abarcaba con la vista los páramos
próximos, no solamente no distinguieron por parte alguna al caballo favorito,
sino que vieron algo que fue para ellos como una advertencia de que se hallaban
en presencia de una tragedia.
A cosa de un cuarto de milla de las cuadras, el impermeable de Job Straker
aleteaba encima de una mata de aliagas. Al otro lado de las aliagas, el páramo
formaba una depresión a modo de cuenco, y en el fondo de ella fue encontrado el
cadáver del desdichado entrenador. Tenía la cabeza destrozada por un golpe
salvaje dado con algún instrumento pesado, presentando además una herida en el
muslo, herida cuyo corte largo y limpio, había sido evidentemente infligida con
algún instrumento muy cortante. Sin embargo, veíase con claridad que Straker se
había defendido vigorosamente contra sus asaltantes, porque tenía en su mano
derecha un cuchillo manchado de sangre hasta la empuñadura, mientras que su mano
izquierda aferraba una corbata de seda roja y negra, que la doncella de la casa
reconoció como la que llevaba la noche anterior el desconocido que había
visitado los establos.
Al volver en sí de su atontamiento. Hunter se expresó también de manera
terminante en cuanto a quién era el propietario de la corbata. Con la misma
certidumbre aseguró que había sido el mismo desconocido quien, mientras se
apoyaba en la ventana, había echado alguna droga en su plato de cordero en salsa
fuerte, privando de ese modo a las cuadras de su guardián.
Por lo que se refiere al caballo desaparecido, veíanse en el barro del fondo
del cuenco fatal pruebas abundantes de que el animal estaba allí cuando tuvo
lugar la pelea. Pero desde aquella mañana no se ha visto al caballo; y aunque se
ha ofrecido una gran recompensa, y todos los gitanos de Dartmoor andan
buscándolo, nada se ha sabido del mismo. Por último, el análisis de los restos
de la cena del mozo de cuadras ha demostrado que contenían una cantidad notable
de opio en polvo, dándose el caso de que los demás habitantes de la casa que
comieron ese guiso aquella misma noche, no experimentaron ninguna mala
consecuencia.
Esos son los hechos principales del caso, una vez despojados de toda clase de
suposiciones y expuestos de la peor manera posible. Voy a recapitular ahora las
actuaciones de la Policía en el asunto.
El inspector Gregory, a quien ha sido encomendado el caso, es un funcionario
extremadamente competente. Si estuviera dotado de imaginación, llegaría a
grandes alturas en su profesión. Llegado al lugar del suceso, identificó pronto,
y detuvo, al hombre sobre quien recaían, naturalmente, las sospechas. Poca
dificultad hubo en dar con él, porque era muy conocido en aquellos alrededores.
Se llama, según parece, Fitzroy Simpson. Era hombre de excelente familia y muy
bien educado, había dilapidado una fortuna en las carreras, y vivía ahora
realizando un negocio callado y elegante de apuestas en los clubs deportivos de
Londres. El examen de su cuaderno de apuestas demuestra que él las había
aceptado hasta la suma de cinco mil libras en contra del caballo favorito.
Al ser detenido, hizo espontáneamente la declaración de que había venido a
Dartrnoor con la esperanza de conseguir algunos informes acerca de los caballos
de la cuadra de King’s Pyland, y también acerca de Deshoroiigh, segundo
favorito, que está al cuidado de Silas Brown, en las cuadras de Capleton. No
intentó negar que había actuado la noche anterior en la forma que se ha
descrito, pero afirmó que no llevaba ningún propósito siniestro, y que su único
deseo era obtener datos de primera mano. Al mostrársele la corbata se puso muy
pálido, y no pudo, en manera alguna, explicar cómo era posible que estuviese en
la mano del hombre asesinado. Sus ropas húmedas demostraban que la noche
anterior había estado a la intemperie durante la tormenta, y su bastón, que es
de los que llaman abogado de Penang, relleno de plomo, era arma que bien podía,
descargando con el mismo repetidos golpes, haber causado las heridas terribles a
que había sucumbido el entrenador.
Por otro lado, no mostraba el detenido en todo su cuerpo herida alguna,
siendo así que el estado del cuchillo de Straker podía indicar que uno por lo
menos de sus atacantes debía de llevar encima la señal del arma. Ahí tiene usted
el caso, expuesto concisamente, Watson, y le quedaré sumamente agradecido si
usted puede proporcionarme alguna luz.
Yo había escuchado la exposición que Holmes me había hecho con la claridad
que es en él característica. Aunque muchos de los hechos me eran familiares, yo
no había apreciado lo bastante su influencia relativa ni su mutua conexión.
-¿ Y no será posible -le dije- que el tajo que tiene Straker se lo haya
producido con su propio cuchillo en los forcejeos convulsivos que suelen
seguirse a las heridas en el cerebro?
-Es más que posible; es probable -dijo Holmes-. En tal caso, desaparece uno
de los puntos principales que favorecen al acusado.
-Pero, aun con todo eso, no llego a comprender cuál puede ser la teoría que
sostiene la Policía.
-Mucho me temo que cualquier hipótesis que hagamos se encuentre expuesta a
objeciones graves -me contestó mi compañero-. Lo que la Policía supone, según yo
me imagino, es que Fitzroy Simpson, después de suministrar la droga al mozo de
cuadras, y de haber conseguido de un modo u otro una llave duplicada, abrió la
puerta del establo y sacó fuera al caballo con intención, en apariencia, de
mantenerlo secuestrado. Falta la brida del animal, de modo que Simpson debió de
ponérsela. Hecho esto, y dejando abierta la puerta, se alejaba con el caballo
por la paramera, cuando se tropezó o fue alcanzado por el entrenador. Se
trabaron, como es natural, en pelea, y Simpson le saltó la tapa de los sesos con
su bastón, sin recibir la menor herida producida por el cuchillito que Straker
empleó en propia defensa; y luego, o bien el ladrón condujo el animal a algún
escondite que tenía preparado, o bien aquel se escapó durante la pelea, y anda
ahora vagando por los páramos. Así es como ve el caso la Policía, y por
improbable que ésta parezca, lo son aún más todas las demás explicaciones. Sin
embargo, yo pondré a prueba su veracidad así que me encuentre en el lugar de la
acción. Hasta entonces, no veo que podamos adelantar mucho más de la posición en
que estamos.
Iba ya vencida la tarde cuando llegamos a la pequeña población de Tavistock,
situada, como la protuberancia de un escudo, en el centro de la amplia
circunferencia de Dartmoor. Dos caballeros nos esperaban en la estación: era el
uno hombre alto y rubio, de pelo y barba leonados y de ojos de un azul claro, de
una rara viveza; el otro, un hombre pequeño y despierto, muy pulcro y activo, de
levita y botines, patillitas bien cuidadas y monóculo. Este último era el
coronel Ross, sportrnau muy conocido, y el otro, el inspector Gregorv, apellido
que estaba haciéndose rápidamente famoso en la organización detectivesca
inglesa.
-Me encanta que haya venido usted, señor Holmes -dijo el coronel-. El
inspector aquí presente ha hecho todo lo imaginable; pero yo no quiero dejar
piedra sin mover en el intento de vengar al pobre Straker y de recuperar mi
caballo.
-¿No ha surgido ninguna circunstancia nueva? -preguntó Holmes.
-Siento tener que decirle que es muy poco lo que hemos adelantado -dijo el
inspector-. Tenemos ahí fuera un coche descubierto, y como usted querrá, sin
duda, examinar el terreno antes que oscurezca, podemos hablar mientras vamos
hacia allí.
Un minuto después nos hallábamos todos sentados en un cómodo landó y
rodábamos por la curiosa y vieja población del Devonshire. El inspector Gregory
estaba pletórico de datos, y fue soltando un chorro de observaciones, que Holmes
interrumpía de cuando en cuando con una pregunta o con una exclamación. El
coronel Ross iba recostado en su asiento, con el sombrero echado hacia adelante,
y yo escuchaba con interés el diálogo de los dos detectives. Gregory formulaba
su teoría, que coincidía casi exactamente con la que Holmes había predicho en el
tren.
-La red se va cerrando fuertemente en torno a Fitzroy Simpson
-dijo a modo de comentario-, y yo creo que él es nuestro hombre. No dejo por
eso de reconocer que se trata de pruebas puramente circunstanciales, y que puede
surgir cualquier nuevo descubrimiento que eche todo por tierra.
-¿Y qué me dice del cuchillo, de Straker?
-Hemos llegado a la conclusión de que se hirió él mismo al caer.
-Eso me sugirió mi amigo, el doctor Watson, cuando veníamos. De ser así,
influiría en contra de Simpson.
-Sin duda alguna. A él no se le ha encontrado ni cuchillo ni herida alguna.
Las pruebas de su culpabilidad son, sin duda, muy fuertes: tenía gran interés en
la desaparición del favorito; recae sobre él la sospecha de haber narcotizado al
mozo de cuadra; no hay duda de que anduvo a la intemperie durante la tormenta;
iba armado de un pesado bastón, y se encontró su corbata en las manos del
muerto. La verdad es que creo que poseemos material suficiente para presentarnos
ante el Jurado.
Holmes movió negativamente la cabeza, y dijo:
-Un defensor hábil lo haría todo pedazos. ¿Para qué iba a sacar al caballo
del establo? Si pretendía algún daño, ¿por qué no lo iba a hacer allí mismo? ¿Se
le ha encontrado una llave duplicada? ¿Qué farmacéutico le vendió el opio en
polvo? Sobre todo, ¿en qué sitio pudo esconder un caballo como éste, él,
forastero en esta región? ¿Qué explicación ha dado acerca del papel que deseaba
que la doncella hiciese llegar al mozo de cuadra?
-Asegura que se trataba de un billete de diez libras. Se le encontró en el
billetero uno de esa suma. Pero las demás objeciones que usted hace no son tan
formidables como parecen. Ese hombre no es ajeno a la región. Se ha hospedado
por dos veces en Tavistock durante el verano. El opio se lo trajo probablemente
de Londres. La llave, una vez que le sirvió para sus propósitos, la tiraría
lejos. Quizá se encuentre el caballo en el fondo de alguno de los antiguos pozos
de mina que hay en el páramo.
-¿Y qué me dice a propósito de la corbata?
-Confiesa que es suya, y afirma que la perdió. Pero ha surgido en el caso un
factor nuevo, que quizá explique el que sacara al caballo del establo.
Holmes aguzó los oídos.
-Hemos encontrado huellas que demuestran que la noche del lunes acampó una
cuadrilla de gitanos a una milla del sitio en donde tuvo lugar el asesinato. Los
gitanos habían desaparecido el martes. Ahora bien: partiendo del supuesto de que
entre los gitanos y Simpson existía alguna clase de concierto, ¿no podría ser
que cuando fue alcanzado llevase el caballo a los gitanos, y no podría ser que
lo tuviesen éstos?
-Desde luego que cabe en lo posible.
-Se está explorando el páramo en busca de estos gitanos. He hecho revisar
también todas las cuadras y edificios aislados en Tavistock, en un radio de diez
millas.
-Tengo entendido que muy cerca de allí hay otras cuadras de entrenamiento.
-Sí, y es ése un factor que no debemos menospreciar en modo alguno. Como su
caballo Desborough es el segundo en las apuestas, tenían interés en la
desaparición del favorito. Se sabe que Silas Brown, el entrenador, lleva
apostadas importantes cantidades en la prueba, y no era, ni mucho menos, amigo
del pobre Straker. Sin embargo, hemos registrado las cuadras, sin encontrar nada
que pueda relacionarlo con los sucesos.
-¿Tampoco se ha descubierto nada que relacione a este Simpson con los
intereses de las cuadras de Capleton?
-Absolutamente nada.
Holmes se recostó en el respaldo, y la conversación cesó. Unos minutos
después nuestro cochero hizo alto junto a un lindo chalé de ladrillo rojo, de
aleros salientes, que se alzaba junto a la carretera. A cierta distancia,
después de cruzar un prado, vejase un largo edificio anexo de tejas grises. En
todas las demás direcciones el páramo, de suaves ondulaciones y bronceado por
los helechos en trance de mustiarse, dilatábase hasta la línea del horizonte,
sin más interrupción que los campanarios de Tavistock y un racimo de casas, allá
hacia el Oeste, que señalaba la situación de las cuadras de Capleton. Saltamos
todos fuera del coche, a excepción de Holmes, que siguió recostado, con la
mirada fija en el cielo que tenía delante, completamente absorto en sus
pensamientos. Sólo cuando yo le toqué en el brazo dio un violento respingo y se
apeó.
-Perdone -dijo, volviéndose hacia el coronel Ross, que se había quedado
mirándole, algo sorprendido-. Estaba soñando despierto
-había en sus ojos cierto brillo y en sus maneras una contenida excitación
que me convencieron, acostumbrado como estaba yo a sus actitudes, de que se
había puesto sobre alguna pista, aunque no podía imaginar si la habría
alcanzado.
-Quizá prefiera usted, señor Holmes, seguir directamente hasta la escena del
crimen -dijo Gregory.
-Opto por quedarme unos momentos más aquí mismo y abordar una o dos
cuestiones de detalle. Supongo que traerían aquí a Straker, ¿verdad?
-Sí, su cadáver está en el piso de arriba. Mañana tendrá lugar la
investigación judicial.
-Llevaba algunos años a su servicio, ¿no es cierto, coronel Ross?
-Siempre vi en él a un excelente servidor.
-Dígame, inspector, harían ustedes, me imagino, un inventarío de todo cuanto
tenía en los bolsillos al morir, ¿verdad?
-Si desea usted ver lo que se le encontró, tengo los objetos en el cuarto de
estar.
-Me gustaría mucho.
Entramos en fila en la habitación delantera, y tomamos asiento en torno a una
mesa central, redonda, mientras el inspector abría con llave un cofre cuadrado
de metal y colocaba delante de nosotros un montoncito de objetos. Había una caja
de cerillas vestas, un cabo de dos pulgadas de vela de sebo, una pipa A. D. P.
de raíz de eglantina, una tabaquera de piel de foca que contenía media onza de
Cavendish en hebra larga, un reloj de plata con cadena de oro, un lapicero de
aluminio, algunos papeles y un cuchillo de mango de marfil y hoja finísirna,
recta, con la marca «Weiss and Co. Londres».
-Este es un cuchillo muy especial -dijo Holmes, cogiéndolo y examinándolo
minuciosamente-. Como advierto en él manchas de sangre, supongo que se trata del
que se encontró en la mano del difunto. Watson, con seguridad que este cuchillo
es de los de su profesión.
-Es de la clase que llamamos para cataratas -le contesté.
-Eso me pareció. Una hoja muy fina destinada a un trabajo muy delicado.
Artefacto raro para ser llevado por un hombre que había salido a una expedición
peligrosa, especialmente porque no podía meterlo cerrado en el bolsillo.
-La punta estaba defendida por un disco de corcho, que fue hallado junto al
cadáver -dijo el inspector-. La viuda nos dijo que el cuchillo llevaba ya varios
días encima de la mesa de tocador y que lo cogió al salir de la habitación. Como
arma, valía poca cosa; pero fue quizá lo mejor de que pudo echar mano en ese
momento.
-Es muy posible. ¿Y qué papeles son ésos?
-Tres de ellos son cuentas de vendedores de heno, con su recibí. Otro es una
carta con instrucciones del coronel Ross. Y éste otro es una factura de un
modista por valor de treinta y siete libras y quince chelines, extendida por
madame "Lesurier" de Bond Street, a nombre de Wiliam Darbyshire. La señora
Straker nos ha informado de que el tal Darbyshire era un amigo de su marido, y
que a veces le dirigían aquí las cartas.
-Esta madame Darbyshire era mujer de gustos algo caros -comentó Holmes,
mirando de arriba abajo la cuenta-. Veintidós guineas es un precio bastante
elevado para un solo vestido ¡Ea!, por lo visto, ya no hay nada más que ver
aquí, y podemos marchar hasta el lugar del crimen.
Cuando salíamos del cuarto de estar, se adelantó una mujer que había estado
esperando en el pasillo, y puso su mano sobre la manga del inspector. Tenía el
rostro macilento, delgado, ojeroso, con el sello de un espanto reciente.
-¿Les han echado ustedes ya mano? ¿Los han descubierto ustedes? -exclamó
jadeante.
-No, señora Straker; pero el señor Holmes, aquí presente, ha venido de
Londres para ayudarnos, y haremos todo cuanto esté a nuestro alcance.
Holmes le dijo:
-Señora Straker, estoy seguro de haber sido presentado a usted hará algún
tiempo en Plymouth, durante una garden party.
-No, señor. Está usted equivocado.
-iVálgame Dios! Pues yo lo habría jurado. Llevaba usted un vestido de seda
color tórtola, con guarniciones de pluma de avestruz.
-En mi vida he usado un vestido así -contestó la señora.
-Entonces ya no cabe duda -dijo Holmes.
Se disculpó y salió de la casa del inspector. Un. corto paseo a través del
páramo nos llevó a la hondonada en que fue hallado el cadáver. Las aliagas de
las que había sido colgado el impermeable se hallaban al borde mismo del hoyo.
-Tengo entendido que esa noche no hacía viento -dijo Holmes.
-En absoluto; pero llovía fuerte.
-En ese caso, el impermeable no fue arrastrado por el viento, sino colocado
ahí deliberadamente.
-Sí; estaba extendido sobre las aliagas.
-Eso me interesa vivamente. Veo que el suelo está lleno de huellas. Sin duda
que habrán pasado por aquí muchos pies desde la noche del lunes.
-Colocamos aquí al lado un trozo de estera, y ninguno de nosotros pisó fuera
de ella.
-Magnífico.
-Traigo en este maletín una de las botas que calzaba ‘Straker, uno de los
zapatos de Fitzroy Simpson y una herradura vieja de Silver Blaze.
-¡Mi querido inspector, usted se está superando a sí mismo! Holmes echó mano
del maletín, bajó a la hondonada y colocó la estera más hacia el centro.
Después, tumbado boca abajo, y apoyando la barbilla en las manos, escudriñó
minuciosamente el barro pataleado que tenía delante.
-¡Hola! -dijo de pronto-. ¿Qué es esto?
Era una cerilla vesta, medio quemada y tan embarrada que a primera vista
parecía una astillita de madera.
-No me explico cómo se me pasó por alto -dijo el inspector, con expresión de
fastidio.
-Era invisible, porque estaba sepultada en el barro. Si yo la he descubierto,
ha sido porque la andaba buscando.
-¡Cómo! ¿Que esperaba usted encontrarla?
-Creí que no era improbable.
Holmes sacó del maletín la bota y el zapato comparó las impresiones de ambos
con las huellas que había en el barro. Trepó acto continuo al borde de la
hondonada y anduvo a gatas por entre los helechos y los matorrales.
-Sospecho que no hay más huellas -dijo el inspector-. Yo he examinado muy
minuciosamente el suelo en cien yardas a la redonda.
-¡De veras! -dijo Holmes, levantándose-. No habría cometido yo la
impertinencia de volver a examinarlo, si usted me lo hubiese dicho. Pero, antes
de que oscurezca, quiero darme un paseíto por los páramos, a fin de poder
orientarme mañana, y me voy a meter esta herradura en el bolsillo, a ver si me
da buena suerte.
El coronel Ross, que había dado algunas muestras de impaciencia ante el
método tranquilo y sistemático de trabajar que tenía mi compañero, miró su
reloj.
-Inspector, yo desearía que regresase usted conmigo -dijo-. Quisiera
consultarle acerca de varios detalles, y especialmente sobre si no deberíamos
borrar a nuestro caballo de la lista de inscripciones para la copa, mirando por
las conveniencias del público.
-No haga semejante cosa -exclamó Holmes con resolución-. Yo, en su caso,
dejaría el nombre en la lista.
El coronel se inclinó, y dijo:
-Me alegro muchísimo de que me haya dado su opinión. Cuando haya terminado su
labor, nos encontrará en la casa del pobre Straker, y podremos ir juntos en
coche a Tavistock.
Regresó con el inspector, mientras Holmes y yo avanzábamos despacio por el
páramo. El sol empezaba a hundirse detrás de los edificios de las cuadras de
Capleton, y la dilatada llanura que se extendía ante nosotros estaba como teñida
de oro, que se ensombrecía, convirtiéndose en un vivo y rojizo color marrón, en
los sitios donde los helechos y los zarzales captaban la luminosidad del
atardecer.
-Por este lado, Watson -dijo, por fin, Holmes-. Dejemos de lado por el
momento la cuestión de quién mató a Straker, y ciñámonos a descubrir el paradero
del caballo. Pues bien; suponiendo que se escapó durante la tragedia o después
de ésta, ¿hacia dónde pudo ir? Los caballos son animales de índole muy gregaria.
Abandonado este nuestro a sus instintos, o bien regresaría a King’s Pyland o se
dirigiría a Capleton. ¿Qué razón puede haber parra que lleve una vida selvática
por los páramos? De haberlo hecho, con seguridad que alguien lo habría visto a
estas horas. ¿Y qué razón hay también para que lo secuestren los gitanos? Esta
gente se larga siempre de los lugares donde ha habido algún asunto feo, porque
no quieren que la Policía les caiga encima con toda clase de molestias. Ni por
asomos podían pensar en vender un caballo como éste. Correrían, pues, un grave
peligro y no ganarían nada llevándoselo. Eso es evidente.
-¿Dónde está, pues, el caballo?
-He dicho ya que con seguridad marchó a King’s Pyland o a Capleton. Al no
estar en King’s Pyland, tiene que estar en Capleton. Tomemos esto como hipótesis
de trabajo, y veamos adónde nos lleva En esta parte del páramo, según hizo notar
el inspetor, el suelo es muy duro y seco; pero forma pendiente en dirección a
Capleton, y desde aquí mismo se distingue que hay, allá lejos, una hondonada
alargada, que quizá estaba muy húmeda la noche del lunes. Si nuestra hipótesis
es correcta, el caballo tuvo que cruzar esa hondonada, y es en ésta donde
debemos buscar sus huellas.
Mientras hablábamos, habíamos ido caminando a buen paso, y sólo invertimos
algunos minutos en llegar a la hondonada en cuestión. Yo, a petición de Holmes,
tiré hacia la derecha, siguiendo citalud, y él tiró hacia la izquierda; no
habría andado yo cincuenta pasos cuando le oí lanzar un grito, y vi que me
llamaba con la mano. Las huellas del caballo se dibujaban con claridad en la
tierra blanduzca que él tenía delante, y la herradura que sacó del bolsillo
ajustaba exactamente en ellas.
-Vea usted qué valor tiene la imaginación -me dijo Holmes-. Es la única
cualidad que le falta a Gregory. Nosotros nos imaginamos lo que pudo haber
ocurrido, hemos actuado siguiendo esa suposición, y resultó que estábamos en lo
cierto. Sigamos adelante.
Cruzamos el fondo pantanoso y entramos en un espacio de un cuarto de milla de
césped seco y duro. Otra vez el terreno descendió en declive, y otra vez
tropezamos con las huellas. Perdimos éstas por espacio de media milla, pero fue
para volver a encontrarlas muy cerca ya de Capleton. El primero en verlas fue
Holmes, y se detuvo para señalármelas con expresión de triunfo en el rostro.
Paralelas a las huellas del caballo, veíanse las de un hombre.
-Hasta aquí el caballo venía solo -exclamó.
-Así es. El caballo venía solo hasta aquí. ¡Hola! ¿Qué es esto?
Las dobles huellas cambiaron de pronto de dirección, tomando la de King’s
Pyland. Holmes dejó escapar un silbido, y los dos fuimos siguiéndolas. Los ojos
de Holmes no se apartaban de las pisadas, pero yo levanté la vista para mirar a
un lado, y vi con sorpresa esas mismas dobles huellas que volvían en dirección
contraria.
-Un tanto para usted, Watson -dijo Holmes, cuando yo le hice ver aquello-.
Nos ha ahorrado una larga caminata que nos habría traído de vuelta sobre
nuestros propios pasos. Sigamos esta huella de retorno.
No tuvimos que andar mucho. La doble huella terminaba en la calzada de
asfalto que conducía a las puertas exteriores de las cuadras de Capleton. Al
ácercarnos, salió corriendo de las mismas un mozo de cuadra.
-Aquí no queremos ociosos -nos dijo.
-Sólo deseo hacer una pregunta -dijo Holmes, metiendo en el bolsillo del
chaleco los dedos índice y pulgar-. ¿Será demasiado temprano para que hablemos
con tu jefe, el señor Silas Brown, si acaso venimos mañana a las cinco de la
mañana?
-¡Válgame Dios, caballero! Si alguno anda a esa hora por aquí, será él,
porque es siempre el primero en levantarse. Pero, ahí lo tiene usted
precisamente, y él podrá darle en persona la respuesta. De ninguna manera,
señor, de ninguna manera; me jugaría el puesto si él me ve recibir dinero de
usted. Si lo desea, démelo más tarde.
En el momento en que Sherlock Holmes metía de nuevo en el bolsillo la media
corona que había sacado del mismo, avanzó desde la puerta un hombre entrado en
años y de expresión violenta, que empuñaba en la mano un látigo de caza.
-¿Qué pasa, Dawson? -gritó- No quiero chismorreos. Vete a tu obligación.
Ustedes..., ¿qué diablos quieren ustedes por acá?
-Hablar diez minutos con usted, mi buen señor -le contestó Holmes con la más
meliflua de las voces.
-No tengo tiempo para hablar con todos los ociosos que aquí se presentan.
Lárguense, si no quieren salir perseguidos por un perro.
Holmes se inclinó hacia adelante y cuchicheó algo al oído del entrenador.
Este dio un respingo y se sonrojó hasta las sienes.
-¡Eso es un embuste! -gritó--. ¡Un embuste infernal!
-Perfectamente, pero ¿quiere que discutamos acerca de ello en público, o
prefiere que lo hagamos en la sala de su casa?
-Bueno, venga conmigo, si así lo desea.
Holmes se sonrió, y me dijo:
-No le haré esperar más que unos minutos, Watson. ¡Ea! señor Brown, estoy a
su disposición.
Antes de que Holmes y el entrenador reapareciesen pasaron sus buenos veinte
minutos, y los tonos rojos se habían ido desvaneciendo hasta convertirse en
grises. Jamás he visto cambio igual al que había tenido lugar en Silas Brown
durante tan breve plazo. El color de su cara era cadavérico, brillaban sobre sus
cejas gotitas de sudor, y le temblaban las manos de tal manera que el látigo de
caza se agitaba lo mismo que una rama sacudida por el viento. Sus maneras
valentonas y avasalladoras habían desaparecido por completo, y avanzaba al
costado de mi compañero con las mismas muestras de zalamería de un perro a su
amo.
-Serán cumplidas sus instrucciones. Serán cumplidas -le decía.
-No quiero equivocaciones -dijo Holmes, volviéndose a mirar; y el entrenador
parpadeó al encontrarse con la mirada amenazadora de mi compañero.
-¡Oh, no, no las habrá! Estaré allí. ¿Quiere que lo cambie antes o después?
Holmes meditó un momento y de pronto rompió a reír.
-No, no lo cambie -dijo-. Le daré instrucciones por escrito a este respecto.
Nada de trampas, o...
-¡Puede usted confiar en mí, puede usted confiar en mí!
-Usted actuará en ese día igual que si fuera suyo.
-Puede usted descansar en mí.
-Sí, creo que puedo hacerlo. Bueno, mañana sabrá usted de mí.
Holmes dio media vuelta, sin hacer caso de la mano temblorosa que el otro le
tendió, y nos pusimos en camino para King’s Pyland.
-Rara vez he tropezado con una mezcla de fanfarrón, cobarde y reptil, como
este maese Silas Brown -comentó Holmes, mientras caminábamos juntos a paso
largo.
-Entonces es que el caballo lo tiene él, ¿verdad?
-Me vino con fanfarronadas queriendo hurtar el cuerpo, pero yo le hice una
descripción tan exacta de todos los pasos que había dado aquella mañana, que ha
acabado convenciéndose de que le estuve mirando. Usted, como es natural, se
fijaría en que la puntera de las huellas tenía una forma cuadrada muy especial,
y también se fijaría en que las de sus botas correspondían exactamente a la de
las huellas. Además, como es natural, ningún subalterno se habría atrevido a
semejante cosa. Le fui relatando cómo él, al levantarse el primero, según tenía
por costumbre, vio que por el páramo vagaba un caballo solitario; que se dirigió
hasta el lugar en que estaba el animal, y que reconoció con asombro, por la
mancha blanca de la frente que dio al caballo favorito su nombre, que la
casualidad ponía en sus manos el único caballo capaz de vencer al otro, por el
que él había apostado su dinero. Acto continuo, le conté que su primer impulso
había sido devolverlo a King’s Pyland, pero que el demonio le había hecho ver
cómo podía ocultar el caballo hasta después de la carrera, y que entonces había
vuelto sobre sus pasos y lo había escondido en Capleton. Al oír cómo yo le
contaba todos los detalles, se dio por vencido, y solo pensó ya en salvar la
piel.
-Pero se había realizado un registro en sus establos.
-Bueno, un viejo disfrazacaballos, como él, tiene muchas artimañas.
-Pero ¿no le da a usted miedo dejar el caballo en poder suyo, teniendo como
tiene toda clase de intereses en hacerle daño?
-Mi querido compañero, ese hombre lo conservará con el mismo cuidado que a
las niñas de sus ojos. Sabe que su única esperanza de que le perdonen es el
presentarlo en las mejores condiciones.
-A mí no me dio el coronel Ross la impresión de hombre capaz de mostrarse
generoso, haga él lo que haga.
-La decisión no está en manos del coronel Ross. Yo sigo mis propios métodos,
y cuento mucho o cuento poco, según me parece. Es la ventaja de no actuar como
detective oficial. No sé si usted habrá reparado en ello, Watson; pero la manera
de tratarme el coronel fue un poquitín altanera. Estoy tentado en divertirme un
poco a costa suya. No le hable usted nada acerca del caballo.
-Desde luego que no lo haré sin permiso de usted.
-Además, esto resulta un hecho subalterno si se compara con el problema de
quién mató a John Straker. ¿A ese problema al que usted se va a dedicar?
-Todo lo contrario, ambos regresamos a Londres con el tren de la noche.
Las palabras de mi amigo me dejaron como fulminado. Llevábamos sólo algunas
horas en Devonshire, y me resultaba totalmente incomprensible que suspendiese
una investigación que tan brillante principio había tenido.
Ni una sola palabra más conseguí sacarle hasta que estuvimos de regreso en
casa del entrenador. El coronel y el inspector nos esperaban en la sala.
-Mi amigo y yo regresamos a la capital con el expreso de medianoche -dijo
Holmes-. Hemos podido respirar durante un rato el encanto de sus magníficos
aires de Dartmoor.
El inspector puso tamaño ojos, el coronel torció desdeñosamente el labio.
-Veo que usted desespera de poder detener al asesino del pobre Straker -dijo
el coronel.
Holmes se encogió de hombros, y dijo:
-Desde luego, existen graves dificultades para conseguirlo. Sin embargo,
tengo toda clase de esperanzas de que su caballo tomará el martes la partida en
la carrera, y yo le suplico tenga para ello listo a su jokey. ¿Podría pedir una
fotografía del señor John Straker?
El inspector sacó una de un sobre que tenía en el bolsillo, y se la entregó a
Holmes.
-Querido Gregory, usted se adelanta a todo lo que yo necesito. Si ustedes
tienen la amabilidad de esperar aquí unos momentos, yo quisiera hacer una
pregunta a la mujer de servicio.
-No tengo más remedio que decir que me ha defraudado bastante su asesor
londinense -dijo el coronel Ross, ásperamente, cuando mi amigo salió de la
habitación-. No veo que hayamos adelantado nada desde que él vino.
-Tiene usted por lo menos la seguridad que le ha dado de que su caballo
tomará parte en la carrera.
-Sí, tengo la seguridad que él me ha dado -dijo el coronel, encogiéndose de
hombros-. Preferiría tener mi caballo.
Iba yo a contestar algo en defensa de mi amigo, cuando éste volvió a entrar
en la habitación.
-Y ahora, caballeros, estoy listo para ir a Tavistock -les dijo. Al subir al
coche, uno de los mozos de cuadra mantuvo abierta la portezuela. De pronto
pareció ocurrírsele a Holmes una idea, porque se echó hacia adelante y dio un
golpecito al mozo en el brazo, diciéndole:
-Veo ahí, en el prado, algunas ovejas. ¿Quién las cuida?
-Yo las cuido, señor.
-¿No les ha pasado nada malo a estos animales durante los últimos tiempos?
-Verá usted, señor no ha sido cosa muy grave, pero el hecho es que tres de
los animales han quedado mancos.
Me fijé en que la contestación complacía muchísimo a Holmes, porque se rió
por lo bajo y se frotó las manos.
-¡Ahí tiene, Watson, un tiro de largo alcance, de alcance muy largo! -me
dijo, pellizcándome el brazo-. Gregorv, permítame llamarle la atención sobre
esta extraña epidemia de las ovejas. ¡Adelante, cochero!
El coronel Ross seguía mostrando en la expresión de su cara la pobre opinión
que se había formado de las habilidades de mi compañero; pero en la del
inspector pude ver que su interés se había despertado vivamente.
-¿Da usted importancia a ese asunto? -preguntó.
-Extraordinaria.
-¿Existe algún otro detalle acerca del cual desearía usted llamar mi
atención?
-Sí, acerca del incidente curioso del perro aquella noche.
-El perro no intervino para nada.
-Ese es precisamente el incidente curioso -dijo como comentario Sherlock
Holmes.
Cuatro días después estábamos de nuevo, Holmes y yo, en el tren, camino de
Winchester, para presenciar la carrera de la Copa de Wessex. El coronel Ross
salió a nuestro encuentro, de acuerdo con la cita que le habíamos dado, fuera de
la estación, y marchamos en su coche de sport de cuatro caballos hasta el campo
de carreras, situado al otro lado de la ciudad. La expresión de su rostro era de
seriedad, y, sus maneras, en extremo frías.
-No he visto por parte alguna a mi caballo -nos dijo.
-Será usted capaz de conocerlo si lo ve, ¿no es así? -le preguntó Holmes.
Esto irritó mucho al coronel, que le contestó:
-Llevo veinte años dedicado a las carreras de caballos, y nadie me había
hecho hasta ahora pregunta semejante. Cualquier niño seria capaz de reconocer a
Silver Blaze por la mancha blanca de la frente y su pata delantera jaspeada.
-¿Y cómo van las apuestas?
-Ahí tiene usted lo curioso del caso. Ayer podía usted tomar apuestas a
quince por uno, pero esta diferencia se ha ido reduciendo cada vez más y
actualmente apenas se ofrece el dinero tres a uno.
-¿Ejem! -exclamó Holmes-. Es evidente que hay alguien que sabe algo.
Cuando nuestro coche se detuvo en el espacio cerrado, cerca de la tribuna
grande, miré el programa para ver las inscripciones. Decía así:
COPA WESSEX
52 soberanos c. u., con 1.000 soberanos más, para caballos de cuatro y de
cinco años. Segundo, 300 libras. Tercero, 200 libras.
Pista nueva (una milla y mil cien yardas).
1. The Negro, del señor Heath Newton (gorra encamada, chaquetilla canela).
2. Pugilist, del coronel Wardlaw (gorra rosa, chaquetilla azul y negra).
3. Desborouglz de lord Backwater (gorra amarilla y mangas ídem).
4. Silver Blaze, del coronel Ross (gorra negra y chaquetilla roja).
5. Iris, del duque de Balmoral (franjas amarillas y negras).
6. Rasper, de lord Singleford (gorra púrpura y mangas negras).
-Borramos al otro caballo nuestro y hemos puesto todas nuestras esperanzas en
la palabra de usted -dijo el coronel-. ¿Cómo? ¿Qué ocurre? ¿Silver Blaze
favorito?
-Cinco a cuatro contra Silver Blaze -bramaba el ring-. ¡Cinco a cuatro contra
Silver Blaze! ¡Quince a cinco contra Desborough! ¡Cinco a cuatro por cualquiera
de los demás!
-Ya han levantado los números -exclamé---. Figuran allí los seis.
-¡Los seis! Entonces es que mi caballo corre -exclamó el coronel, presa de
gran excitación-. Pero yo no lo veo. Mis colores no han pasado.
-Sólo han pasado hasta ahora cinco caballos. Será ese que viene ahí.
Mientras yo hablaba salió del pesaje un fuerte caballo bayo y cruzó por
delante de nostros al trotecito, llevando a sus espaldas los bien conocidos
colores negro y rojo del coronel.
-Ese no es mi caballo -gritó el propietario-. Ese animal no tiene en el
cuerpo un solo cabello blanco. ¿Qué es lo que usted ha hecho, señor Holmes?
-Bueno, bueno; vamos a ver cómo se porta -contestó mi amigo, imperturbable.
Estuvo mirando al animal durrante algunos minutos con mis gemelos de campo. De
pronto gritó-: ¡Estupendo! ¡Magnífico arranque! Ahí los tenemos, doblando la
curva.
Desde nuestro coche de sport los divisamos de manera magnífica cuando
avanzaban por la recta. Los seis caballos marchaban tan juntos y apareados que
habría bastado una alfombra para cubrirlos a todos; pero a mitad de la recta la
saeta de Desborough perdió su fuerza, y el caballo del coronel, surgiendo al
frente a galope, cruzó el poste de llegada, a unos eis cuerpos delante de su
rival, mientras que Iris, del duque de Balmoral, llegaba tercero, muy rezagado.
-Sea como sea, la carrera es mía -jadeó el coronel, pasándose la mano por los
ojos-. Confieso que no le veo al asunto ni pies ni cabeza. ¿No le parece, señor
Holmes, que es hora ya de que usted desvele su misterio?
-Desde luego, coronel. Lo sabrá usted todo. Vamos juntos a echar un vistazo
al caballo. Aquí lo tenemos -agregó cuando penetrábamos en el pesaje, recinto al
que sólo tienen acceso los propietarios y sus amigos-. No tiene usted sino
lavarle la cara y la pata con alcohol vínico, y verá cómo se trata del mismo
querido Silver Blaze de siempre.
-¡Me deja usted sin aliento!
-Me lo encontré en poder de un simulador, y me tomé la libertad de hacerle
correr tal y como me fue enviado.
-Mi querido señor, ha hecho usted prodigios. El aspecto del caballo es muy
bueno. En su vida corrió mejor. Le debo a usted mil excusas por haber puesto en
duda su habilidad. Me ha hecho un gran favor recuperando mi caballo. Me lo haría
usted todavía mayor si pudiera echarle el guante al asesino de John Straker.
-Lo hice ya -contestó con tranquilidad Holmes.
El coronel y yo le miramos atónitos:
-¡Que le ha echado usted el guante! ¿Y dónde está?
-Está aquí.
-¡Aquí! ¿Dónde?
-En este instante está en mi compañía.
El coronel se puso colorado e irritado, y dijo:
-Señor Holmes, confieso cumplidamente que he contraído obligaciones con
usted; pero eso que ha dicho tengo que mirarlo o como un mal chiste o como un
insulto.
Sherlock Holmes se echó a reír, y contestó:
-Coronel, le aseguro que en modo alguno he asociado el nombre de usted con el
crimen. ¡El verdadero asesino está detrás mismo de usted!
Holmes avanzó y puso su mano sobre eL reluciente cuello del pura sangre.
-¡E] caballo! -exclamarnos a una el coronel y yo.
-Sí, el caballo. Quizá aminore su culpabilidad si les digo que lo hizo en
defensa propia, y que John Straker era un hombre totalmente indigno de la
confianza de usted. Pero ahí suena la campana, y como yo me propongo ganar algún
dinerillo en la próxima carrera, diferiré una explicación más extensa para otro
momento más adecuado.
Aquella noche, al regresar en tren a Londres, dispusimos del rincón de un
pullman para nosotros solos; creo que el viaje fue tan breve para el coronel
Ross como para mí, porque lo pasamos escuchando el relato que nuestro compañero
nos hizo de lo ocurrido en las cuadras de entrenamiento a Dartmoor, el lunes por
la noche, y de los medios de que se valió para aclararlo.
-Confieso -nos dijo- que todas las hipótesis que yo había formado a base de
las noticias de los periódicos resultaron completamente equivocadas. Sin
embargo, había en esos relatos determinadas indicaciones, de no haber estado
sobrecargadas con otros detalles que ocultaron su verdadero significado. Marché
a Devonshire convencido de que Fitzroy Simpson era el verdadero culpable,
aunque, como es natural, me daba cuenta de que las pruebas contra él no eran, ni
mucho menos, completas.
Mientras íbamos en coche, y cuando ya estábamos a punto de llegar a la casa
del entrenador, se me ocurrió de pronto lo inmensamente significativo del
cordero en salsa fuerte. Quizá ustedes recuerden que yo estaba distraído, y que
me quedé sentado cuando ya ustedes se apeaban. En ese instante me asombraba, en
mi mente, de que hubiera yo podido pasar por alto una pista tan clara.
-Pues yo -dijo el coronel- confieso que ni aun ahora comprendo en qué puede
servirnos.
-Fue el primer eslabón de mi cadena de razonamientos. El opio en polvo no es,
en modo alguno. sustancia insípida. Su sabor no es desagradable, pero sí
perceptible. De haberlo mezclado con cualquier otro plato, la persona que lo
hubiese comido lo habría descubierto sin la menor duda, y es probable que no
hubiese seguido comiendo. La salsa fuerte era exactamente el medio de disimular
ese sabor. Este hombre desconocido, Fitzroy Simpson, no podía en modo alguno
haber influido con la familia del entrenador para que se sirviese aquella noche
esa clase de salsa, y llegaría a coincidencia monstruosa el suponer que ese
hombre había ido, provisto de opio en polvo, la noche misma en que comían un
plato capaz de disimular su sabor. Semejante caso no cabe en el pensamiento. Por
consiguiente, Simpson queda eliminado del caso, y nuestra atención se centra
sobre Straker y su esposa, que son las dos personas de cuya voluntad ha podido
depender el que esa noche se haya cenado en aquella casa cordero con salsa
fuerte. El opio fue echado después que se apartó la porción destinada al mozo de
cuadra que hacía la guarda, porque los demás de la casa comieron el mismo plato
sin que sufrieran las malas consecuencias. ¿Quién, pues, de los dos tuvo acceso
al plato sin que la criada le viera?
Antes de decidir esta cuestión, había yo comprendido todo el significado que
tenía el silencio del perro, porque siempre ocurre que una deducción exacta
sugiere otras. Por el incidente de Simpson me había enterado de que en la casa
tenían un perro, y, sin embargo, ese perro no había ladrado con fuerza
suficiente para despertar a los dos mozos que dormían en el altillo, a pesar de
que alguien había entrado y se había llevado un caballo. Era evidente que el
visitante nocturno era persona a la que el perro conocía mucho.
Yo estaba convencido va, o casi convencido, de que John Straker había ido a
las cuadras en lo más profundo de la noche y había sacado de ellas a Silver
Blaze. ¿Con qué finalidad? Sin duda alguna que con una finalidad turbia, porque,
de otro modo, ¿para qué iba a suministrar una droga estupefaciente a su propio
mozo de cuadras? Pero yo no atinaba con qué finalidad podía haberlo hecho. Antes
de ahora se han dado casos de entrenadores que han ganado importantes sumas de
dinero apostando contra sus propios caballos, por medio de agentes y recurriendo
a fraudes para impedirles luego que ganasen la carrera. Unas veces valiéndose
del jockey, que sujetaba el caballo. Otras veces recurriendo a medios más
seguros y más sutiles. ¿De qué medio pensaba servirse en esta ocasión? Yo
esperaba encontrar en sus bolsillos algo que me ayudase a formar una conclusión.
Eso fue lo que ocurrió. Seguramente que ustedes no han olvidado el extraño
cuchillo que se encontró en la mano del difunto, un cuchillo que ningún hombre
en su sano juicio habría elegido para arma. Según el doctor Watson nos dijo, se
trataba de una forma de cuchillo que se emplea en cirugía para la más delicada
de las operaciones conocidas. También esa noche iba a ser empleado para realizar
una operación delicada. Usted, coronel Ross, con la amplia experiencia que posee
en asuntos de carreras de caballos, tiene que saber que es posible realizar una
leve incisión en los tendones de la corva de un caballo, y que esa incisión se
puede hacer subcutánea, sin que quede absolutamente ningún rastro. El caballo
así operado sufre una pequeñísima cojera, que se atribuiría a un mal paso
durante los entrenamientos o a un ataque de reumatismo, pero nunca a una acción
delictiva.
-¡Canalla y miserable! -exclamó el coronel.
-Ahí tenemos la explicación de por qué John Straker quiso llevar el caballo
al páramo. Un animal de tal vivacidad habría despertado seguramente al más
profundo dormilón en el momento en que sintiese el filo del cuchillo. Era
absolutamente necesario operar al aire libre.
-¡He estado ciego! -exclamó el coronel-. Naturalmente que para eso era para
lo que necesitaba el trozo de vela, y por lo que encendió una cerilla.
-Sin duda alguna. Pero al hacer yo inventarío de las cosas que tenía en los
bolsillos, tuve la suerte de descubrir, no sólo el método empleado para el
crimen, sino también sus móviles.
Como hombre de mundo que es, coronel, sabe que nadie lleva en sus bolsillos
las facturas pertenecientes a otras personas. Bastante tenemos la mayor parte de
nosotros con pagar las nuestras propias. Deduje en el acto que Straker llevaba
una doble vida, y que sostenía una segunda casa. La índole de la factura me
demostró que andaba de por medio una mujer, - una mujer que tenía gustos caros.
Aunque es usted generoso con su servidumbre, dificilmente puede esperarse que un
empleado suyo esté en condiciones de comprar a su mujer vestidos para calle de
veinte guineas. Interrogué a la señor Straker, sin que ella se diese cuenta,
acerca de ese vestido. Seguro ya de que ella no lo había tenido nunca, tomé nota
de la dirección de la modista, convencido de que visitándola con la fotografía
de Straker podría desembarazarme fácilmente de aquel mito del señor Darbyshire.
Desde ese momento quedó todo claro. Straker había sacado el caballo y lo
había llevado a una hondonada en la que su luz resultaría invisible para todos.
Simpson, al huir, había perdido la corbata, y Straker la recogió con alguna
idea, quizá con la de atar la pata del animal. Una vez dentro de la hondonada,
se situó detrás del caballo, y encendió la luz; pero aquél, asustado por el
súbito resplandor, y con el extraordinario instinto, propio de los animales, de
que algo malo se le quería hacer, largó una coz, y la herradura de acero golpeó
a Straker en plena frente. A pesar de la lluvia, Straker se había despojado ya
de su impermeable para llevar a cabo su delicada tarea, y, al caer, su mismo
cuchillo le hizo un corte en el muslo. ¿Me explico con claridad?
-¡Asornbroso! -exclamó el coronel-. ¡Asombroso! Parece que hubiera estado
usted allí presente.
-Confieso que mi último tiro fue de larguísimo alcance. Se me ocurrió que un
hombre tan astuto como Straker no se lanzaría a realizar esa delicada incisión
de tendones sin un poco de práctica previa. ¿En qué animales podía ensayarse? Me
fijé casualmente en las ovejas, e hice una pregunta que, con bastante sorpresa
mía, me demostró que mi suposición era correcta.
-Señor Holmes, ha dejado usted las cosas completamente claras.
-Al regresar a Londres, visité a la modista, y ésta reconoció en el acto a
Straker corno uno de sus buenos clientes, llamado Darbyshire, que tenía una
esposa muy llamativa y muy aficionada a los vestidos caros. Estoy seguro de que
esta mujer lo metió a él en deudas hasta la coronilla, y que por eso se lanzó a
este miserable complot.
-Una sola cosa no nos ha aclarado usted todavía -exclamó el coronel-. ¿Dónde
estaba el caballo?
-¡Ah! El caballo se escapó, y uno de sus convecinos cuidó de él. Creo que por
ese lado debernos conceder una amnistía. Pero, si no estoy equivocado, estarnos
ya en el empalme de Clapham, y llegaremos a la estación Victoria antes de diez
minutos. Coronel, si usted tiene ganas de fumar un cigarro en nuestras
habitaciones, yo tendré mucho gusto en proporcionarle cualquier otro detalle que
pueda despertar su interés. |