|
-Mi querido compañero -dijo Sherlock
Holmes estando él y yo sentados a uno y otro lado de la chimenea, en sus
habitaciones de Baker Street-, la vida es infinitamente más extraña que todo
cuanto la mente del hombre podría inventar. No osaríamos concebir ciertas cosas
que resultan verdaderos lugares comunes de la existencia. Si nos fuera posible
salir volando por esa ventana agarrados de la mano, revolotear por encima de
esta gran ciudad, levantar suavemente los techos, y asomarnos a ver las cosas
raras que ocurren, las coincidencias extrañas, los proyectos, los
contraproyectos, los asombrosos encadenamientos de circunstancias que laboran a
través de las generaciones y desembocando en los resultados más outré,
nos resultarían por demás trasnochadas e infructíferas todas las obras de
ficción, con sus convencionalismos y con sus conclusiones previstas de antemano.
-Pues yo no estoy convencido de ello
-le contesté-. Los casos que salen a la luz en los periódicos son, por regla
general, bastante sosos y bastante vulgares. En nuestros informes policíacos nos
encontramos con el realismo llevado a sus últimos límites, pero, a pesar de
ello, el resultado, preciso es confesarlo, no es ni fascinador ni artístico.
-Se requiere cierta dosis de selección
y de discreción al exhibir un efecto realista -comentó Holmes-. Esto se echa de
menos en los informes de la Policía, en los que es más probable ver subrayadas
las vulgaridades del magistrado que los detalles que encierran para un
observador la esencia vital de todo el asunto. Créame, no hay nada tan
antinatural como lo vulgar.
Me sonreí, moviendo negativamente la
cabeza, y dije:
-Comprendo perfectamente que usted
piense de esa manera. Sin duda que, dada su posición de consejero extraoficial,
que presta ayuda a todo aquél que se encuentra totalmente desconcertado, en toda
la superficie de tres continentes, entra usted en contacto con todos los hechos
extraordinarios y sorprendentes que ocurren. Pero aquí -y al decirlo recogí del
suelo el periódico de la mañana-... Hagamos una experiencia práctica. Aquí
tenemos el primer encabezamiento con que yo tropiezo: «Crueldad de un marido con
su mujer.» En total, media columna de letra impresa, que yo sé, sin necesidad de
leerla, que no encierra sino hechos completamente familiares para mí. Tenemos,
claro está, el caso de la otra mujer, de la bebida, del empujón, del
golpe, de las magulladuras, de la hermana simpática o de la patrona. Los
escritores más toscos no podrían inventar nada más vulgar.
-Pues bien: el ejemplo que usted pone
resulta desafortunado para su argumentación -dijo Holmes, echando mano al
periódico y recorriéndolo con la mirada-. Aquí se trata del caso de separación
del matrimonio Dundas; precisamente yo me ocupé de poner en claro algunos
detalles pequeños que tenían relación con el mismo. El marido era abstemio, no
había de por medio otra mujer y la queja que se alegaba era que el marido había
contraído la costumbre de terminar todas las comidas despojándose de su
dentadura postiza y tirándosela a su mujer, acto que, usted convendrá conmigo,
no es probable que surja en la imaginación del escritor corriente de novelas.
Tome usted un pellizco de rapé, doctor, y confiese que en el ejemplo que usted
puso me he anotado yo un tanto a mi favor.
Me alargó su caja de oro viejo para el
rapé, con una gran amatista en el centro de la tapa. Su magnificencia
contrastaba de tal manera con las costumbres sencillas y la vida llana de
Holmes, que no pude menos de comentar aquel detalle.
-Me había olvidado de que llevo varias
semanas sin verlo a usted -me dijo-. Esto es un pequeño recuerdo del rey de
Bohemia en pago de mi colaboración en el caso de los documentos de Irene Adler.
-¿Y el anillo? -le pregunté, mirando al
precioso brillante que centelleaba en uno de sus dedos.
-Procede de la familia real de Holanda,
pero el asunto en que yo le serví es tan extraordinariamente delicado que no
puedo confiárselo ni siquiera a usted, que ha tenido la amabilidad de hacer la
crónica de uno o dos de mis pequeños problemas.
-¿Y no tiene en este momento a mano
ninguno? -le pregunté con interés.
-Tengo diez o doce, pero ninguno de
ellos presenta rasgos que lo hagan destacar. Compréndame, son de importancia,
sin ser interesantes. Precisamente he descubierto que, de ordinario, suele ser
en los asuntos sin importancia donde se presenta un campo mayor de observación,
propicio al rápido análisis de causa y efecto, que es lo que da su encanto a las
investigaciones. Los grandes crímenes suelen ser los más sencillos, porque,
cuanto más grande es el crimen, más evidente resulta, por regla general, el
móvil. En estos casos de que le hablo no hay nada que ofrezca rasgo alguno de
interés, con excepción de uno bastante intrincado que me ha sido enviado desde
Marsella. Sin embargo, bien pudiera ser que tuviera alguna cosa mejor antes que
transcurran unos pocos minutos, porque, o mucho me equivoco, o ahí llega uno de
mis clientes.
Holmes se había levantado de su sillón,
y estaba en pie entre las cortinas separadas, contemplando la calle londinense,
tristona y de color indefinido. Mirando por encima de su hombro, pude ver yo en
la acera de enfrente a una mujer voluminosa que llevaba alrededor del cuello una
boa de piel tupida, y una gran pluma rizada sobre el sombrero de anchas alas,
ladeado sobre la oreja según la moda coquetona "Duquesa de Devonshire". Esa
mujer miraba por debajo de esta gran panoplia hacia nuestras ventanas con gesto
nervioso y vacilante, mientras su cuerpo oscilaba hacia adelante y hacia atrás,
y sus dedos manipulaban inquietos con los botones de su guante. Súbitamente, en
un arranque parecido al del nadador que se tira desde la orilla al agua, cruzó
apresuradamente la calzada, y llegó a nuestros oídos un violento resonar de la
campanilla de llamada.
-Antes de ahora he presenciado yo esos
síntomas -dijo Holmes, tirando al fuego su cigarrillo-. El oscilar en la acera
significa siempre que se trata de un affaire du coeur. Querría que la
aconsejase, pero no está segura de que su asunto no sea excesivamente delicado
para confiárselo a otra persona. Pues bien: hasta en esto podemos hacer
distinciones. La mujer que ha sido gravemente perjudicada por un hombre, ya no
vacila, y el síntoma corriente suele ser la ruptura del alambre de la campanilla
de llamada. En este caso, podemos dar por supuesto que se trata de un asunto
amoroso, pero que la joven no se siente tan irritada como perpleja o dolida.
Pero aquí se acerca ella en persona para sacarnos de dudas.
Mientras Holmes hablaba, dieron unos
golpes en la puerta, y entró el botones para anunciar a la señorita Mary
Sutherland, mientras la interesada dejaba ver su pequeña silueta negra detrás de
aquél, a la manera de un barco mercante con todas sus velas desplegadas detrás
del minúsculo bote piloto. Sherlock Holmes la acogió con la espontánea
amabilidad que lo distinguía. Una vez cerrada la puerta y después de indicarle
con una inclinación que se sentase en un sillón, la contempló de la manera
minuciosa, y sin embargo discreta, que era peculiar en él.
-¿No le parece -le dijo Holmes- que es
un poco molesto para una persona corta de vista como usted el escribir tanto a
máquina?
-Lo fue al principio -contestó ella-,
pero ahora sé dónde están las letras sin necesidad de mirar.
De pronto, dándose cuenta de todo el
alcance de sus palabras, experimentó un violento sobresalto, y alzó su vista
para mirar con temor y asombro a la cara ancha y de expresión simpática.
-Usted ha oído hablar de mí, señor
Holmes -exclamó-. De otro modo, ¿cómo podía saber eso?
-No le dé importancia -le dijo Holmes,
riéndose-, porque la profesión mía consiste en saber cosas. Es posible que yo me
haya entrenado en fijarme en lo que otros pasan por alto. Si no fuera así, ¿qué
razón tendría usted para venir a consultarme?
-Vine a consultarle, señor, porque me
habló de usted la señora Etherege, el paradero de cuyo esposo descubrió usted
con tanta facilidad cuando la Policía y todo el mundo lo había dado por muerto.
¡Ay señor Holmes, si usted pudiera hacer eso mismo para mí! No soy rica, pero
dispongo de un centenar de libras al año de renta propia, además de lo poco que
gano con la máquina de escribir, y daría todo ello por saber qué ha sido del
señor Hosmer Angel.
-¿Por qué salió a la calle con tal
precipitación para consultarme? -preguntó Sherlock Holmes, juntando unas con
otras las yemas de los dedos de sus manos, y con la vista fija en el techo.
También ahora pasó una mirada de
sobresalto por el rostro algo inexpresivo de la señorita Mary Sutherland, y dijo
ésta:
-En efecto, me lancé fuera de casa,
como disparada, porque me irritó el ver la tranquilidad con que lo tomaba todo
el señor Windibank, es decir, mi padre. No quiso ir a la Policía, ni venir a
usted y, por último, en vista de que él no hacía nada y de que insistía en que
nada se había perdido, me salí de mis casillas, me vestí de cualquier manera y
vine derecha a visitar a usted.
-¿El padre de usted? -dijo Holmes-. Se
referirá, seguramente, a su padrastro, puesto que los apellidos son distintos.
-Sí, es mi padrastro. Le llamo padre,
aunque suena a cosa rara; porque sólo me lleva cinco años y dos meses de edad.
-¿Vive la madre de usted?
-Sí; mi madre vive y está bien. No me
gustó mucho, señor Holmes, cuando ella contrajo matrimonio, muy poco después de
morir papá, y lo contrajo con un hombre casi quince años más joven que ella. Mi
padre era fontanero en la Tottenhan Court Road, y dejó al morir un
establecimiento próspero, que mi madre llevó adelante con el capataz, señor
Hardy; pero, al presentarse el señor Windibank, lo vendió, porque éste se
consideraba muy por encima de aquello, pues era viajante en vinos. Les pagaron
por el traspaso e intereses cuatro mil setecientas libras, mucho menos de lo que
papá habría conseguido, de haber vivido.
Yo creía que Sherlock Holmes daría
muestras de impaciencia ante aquel relato inconexo e inconsecuente; pero, por el
contrario, lo escuchaba con atención reconcentrada.
-¿Proviene del negocio la pequeña renta
que usted disfruta? -preguntó Holmes.
-De ninguna manera, señor; se trata de
algo en absoluto independiente, y que me fue legado por mi tío Ned, de Auckland.
El dinero está colocado en valores de Nueva Zelanda, al cuatro y medio por
ciento. El capital asciende a dos mil quinientas libras; pero sólo puedo cobrar
los intereses.
-Lo que usted me dice me resulta en
extremo interesante -le dijo Holmes-. Disponiendo de una suma tan importante
como son cien libras al año, además de lo que usted misma gana, viajará usted,
sin duda, un poco y se concederá toda clase de caprichos. En mi opinión, una
mujer soltera puede vivir muy decentemente con un ingreso de sesenta libras.
-Yo podría hacerlo con una cantidad muy
inferior a ésa, señor Holmes; pero ya comprenderá que, mientras viva en casa, no
deseo ser una carga para ellos, y son ellos quienes invierten el dinero mío.
Naturalmente, eso ocurre sólo por ahora. El señor Windibank es quien cobra todos
los trimestres mis intereses, él se los entrega a mi madre y yo me las arreglo
muy bien con lo que gano escribiendo a máquina. Me pagan dos peniques por hoja,
y hay muchos días en que escribo de quince a veinte hojas.
-Me ha expuesto usted su situación con
toda claridad -le dijo Holmes-. Este señor es mi amigo el doctor Watson, y usted
puede hablar en su presencia con la misma franqueza que delante de mí. Tenga,
pues, la bondad de contarnos todo lo que haya referente a sus relaciones con el
señor Hosmer Angel.
La cara de la señorita Sutherland se
cubrió de rubor, y sus dedos empezaron a pellizcar nerviosamente la orla de su
chaqueta.
-Lo conocí en el baile de los gasistas
-nos dijo-. Acostumbraban enviar entradas a mi padre en vida de éste y siguieron
acordándose de nosotros, enviándoselas a mi madre. El señor Windibank no quiso
ir, nunca quería ir con nosotras a ninguna parte. Bastaba para sacarlo de sus
casillas el que yo manifestase deseos de ir, aunque sólo fuese a una fiesta de
escuela dominical. Sin embargo, en aquella ocasión me empeñé en ir, y dije que
iría porque, ¿qué derecho tenía él a impedírmelo? Afirmó que la gente que
acudiría no era como para que nosotros alternásemos con ella, siendo así que se
hallarían presentes todos los amigos de mi padre. Aseguró también que yo no
tenía vestido decente, aunque disponía del de terciopelo color púrpura, que ni
siquiera había sacado hasta entonces del cajón. Finalmente, viendo que no se
salía con la suya, marchó a Francia para negocios de su firma, y nosotras, mi
madre y yo, fuimos al baile, acompañadas del señor Hardy, el que había sido
nuestro encargado, y allí me presentaron al señor Hosmer Angel.
-Me imagino -dijo Holmes- que, cuando
el señor Windibank regresó de Francia, se molestó muchísimo por que ustedes
hubiesen ido al baile.
-Pues, verá usted; lo tomó muy a bien.
Recuerdo que se echó a reír, se encogió de hombros, y afirmó que era inútil
negarle nada a una mujer, porque ésta se salía siempre con la suya.
-Comprendo. De modo que en el baile de
los gasistas conoció usted a un caballero llamado Hosmer Angel.
-Sí, señor. Lo conocí esa noche, y al
día siguiente nos visitó para preguntar si habíamos regresado bien a casa.
Después de eso nos entrevistamos con él; es decir, señor Holmes, me entrevisté
yo con él dos veces, en que salimos de paseo; pero mi padre regresó a casa, y el
señor Hosmer Angel ya no pudo venir de visita a ella.
-¿No?
-Verá usted, mi padre no quiso ni oír
hablar de semejante cosa. No le gustaba recibir visitas, si podía evitarlas, y
acostumbraba decir que la mujer debería ser feliz dentro de su propio círculo
familiar. Pero, como yo le decía a mi madre, la mujer necesita empezar por
crearse su propio círculo, cosa que yo no había conseguido todavía.
-¿Y qué fue del señor Hosmer Angel? ¿No
hizo intento alguno para verse con usted?
-Pues verá, mi padre iba a marchar a
Francia otra vez una semana más tarde, y Hosmer me escribió diciendo que sería
mejor y más seguro el que no nos viésemos hasta que hubiese emprendido viaje.
Mientras tanto, podíamos escribirnos, y él lo hacía diariamente. Yo recibía las
cartas por la mañana, de modo que no había necesidad de que mi padre se
enterase.
-¿Estaba usted ya entonces comprometida
a casarse con ese caballero?
-Claro que sí, señor Holmes. Nos
prometimos después del primer paseo que dimos juntos. Hosmer, el señor Angel,
era cajero en unas oficinas de Leadenhall Street, y...
-¿En qué oficinas?
-Eso es lo peor del caso, señor Holmes,
que lo ignoro.
-¿Dónde residía en aquel entonces?
-Dormía en el mismo local de las
oficinas.
-¿Y no tiene usted su dirección?
-No, fuera de que estaban en Leadenhall
Street.
-¿Y adónde, pues, le dirigía usted sus
cartas?
-A la oficina de Correos de Leadenhall,
para ser retiradas personalmente. Me dijo que si se las enviaba a las oficinas,
los demás escribientes le embromarían por recibir cartas de una dama; me brindé,
pues, a escribírselas a máquina, igual que hacía él con las suyas, pero no quiso
aceptarlo, afirmando que cuando eran de mi puño y letra le producían, en efecto,
la impresión de que procedían de mí, pero que si se las escribía a máquina le
daban la sensación de que ésta se interponía entre él y yo. Por ese detalle
podrá usted ver señor Holmes, cuánto me quería, y en qué insignificancias se
fijaba.
-Sí, eso fue muy sugestivo -dijo
Holmes-. Desde hace mucho tiempo tengo yo por axioma el de que las cosas
pequeñas son infinitamente las más importantes. ¿No recuerda usted algunas otras
pequeñeces referentes al señor Hosmer Angel?
-Era un hombre muy vergonzoso, señor
Holmes. Prefería pasearse conmigo ya oscurecido, y no durante el día, afirmando
que le repugnaba que se fijasen en él. Sí; era muy retraído y muy caballeroso.
Hasta su voz tenía un timbre muy meloso. Siendo joven sufrió, según me dijo, de
anginas e hinchazón de las glándulas, y desde entonces le quedó la garganta
débil y una manera de hablar vacilante y como si se expresara cuchicheando.
Vestía siempre muy bien, con mucha pulcritud y sencillez, pero padecía, lo mismo
que yo, debilidad de la vista, y usaba cristales de color para defenderse de la
luz.
-¿Y qué ocurrió cuando regresó a
Francia su padrastro el señor Windibank?
-El señor Hosmer Angel volvió de visita
a nuestra casa, y propuso que nos casásemos antes del regreso de mi padre. Tenía
una prisa terrible, y me hizo jurar, con las manos sobre los Evangelios que,
ocurriese lo que ocurriese, le sería siempre fiel. Mi madre dijo que tenía razón
en pedirme ese juramento, y que con ello demostraba la pasión que sentía por mí.
Mi madre se puso desde el primer momento de su parte, y mostraba por él mayor
simpatía aún que yo. Pero cuando empezaron a hablar de celebrar la boda aquella
misma semana, empecé yo a preguntar qué le parecería a mi padre; pero los dos me
dijeron que no me preocupase de él, que ya se lo diríamos después, y mi madre
afirmó que ella lo conformaría. Señor Holmes, eso no me gustó del todo. Me
producía un efecto raro el tener que solicitar su autorización, siendo como era
muy poco más viejo que yo; pero no quise hacer nada a escondidas, y escribí a mi
padre a Burdeos, donde la compañía en que trabaja tiene sus oficinas de Francia,
pero la carta me llegó devuelta la misma mañana de la boda.
-¿No coincidió con él, verdad?
-No, porque se había puesto en camino
para Inglaterra poco antes que llegase.
-¡Mala suerte! De modo que su boda
quedó fijada para el viernes. ¿Iba a celebrarse en la iglesia?
-Sí, señor, pero muy calladamente. Iba
a celebrarse en St. Saviour, cerca de King’s Cross, y después de la ceremonia
nos íbamos a desayunar en el St. Pancras Hotel. Hosmer vino a buscarnos en un
hansom, pero como nosotras éramos sólo dos, nos metió en el mismo coche, y
él tomó otro de cuatro ruedas, porque era el único que había en la calle.
Nosotros fuimos las primeras en llegar a la iglesia, y cuando lo hizo el coche
de cuatro ruedas esperábamos que Hosmer se apearía del mismo; pero no se apeó, y
cuando el cochero bajó del pescante y miró al interior, ¡allí no había nadie! El
cochero manifestó que no acertaba a imaginarse qué había podido hacerse del
viajero, porque lo había visto con sus propios ojos subir al coche. Eso ocurrió
el viernes pasado, señor Holmes, y desde entonces no he tenido ninguna noticia
que pueda arrojar luz sobre su paradero.
-Me parece que se han portado con usted
de una manera vergonzosa -dijo Holmes.
-¡Oh, no señor! Era un hombre demasiado
bueno y cariñoso para abandonarme de ese modo. Durante toda la mañana no hizo
otra cosa que insistir en que, ocurriese lo que ocurriese, tenía yo que seguir
siéndole fiel; que aunque algo imprevisto nos separase al uno del otro, tenía yo
que acordarme siempre de que me había comprometido a él, y que más pronto o más
tarde se presentaría a exigirme el cumplimiento de mi promesa. Eran palabras que
resultaban extrañas para dichas la mañana de una boda, pero adquieren sentido
por lo que ha ocurrido después.
-Lo adquieren, con toda evidencia.
¿Según eso, usted está en la creencia de que le ha ocurrido alguna catástrofe
imprevista?
-Sí, señor. Creo que él previó algún
peligro, pues de lo contrario no habría hablado como habló. Y pienso, además,
que ocurrió lo que él había previsto.
-¿Y no tiene usted idea alguna de qué
pudo ser?
-Absolutamente ninguna.
-Otra pregunta más: ¿Cuál fue la
actitud de su madre en el asunto?
-Se puso furiosa, y me dijo que yo no
debía volver a hablar jamás de lo ocurrido.
-¿Y su padre? ¿Se lo contó usted?
-Sí, y pareció pensar, al igual que yo,
que algo le había sucedido a Hosmer, y que yo volvería a tener noticias de él.
Porque, me decía, ¿qué interés podía tener nadie en llevarme hasta las puertas
de la iglesia, y abandonarme allí? Si él me hubiese pedido dinero prestado, o
si, después de casarse conmigo, hubiese conseguido poner mi capital a nombre
suyo, pudiera haber una razón; pero Hosmer no quería depender de nadie en
cuestión de dinero, y nunca quiso aceptar ni un solo chelín mío. ¿Qué podía,
pues, haber ocurrido? ¿Y por qué no puede escribir? Sólo de pensarlo me pongo
medio loca. Y no puedo pegar ojo en toda la noche.
Sacó de su manguito un pañuelo, y
empezó a verter en él sus profundos sollozos. Sherlock Holmes le dijo,
levantándose:
-Examinaré el caso en interés de usted,
y no dudo de que llegaremos a resultados concretos. Descargue desde ahora sobre
mí el peso de este asunto, y desentienda por completo su pensamiento del mismo.
Y sobre todo, procure que el señor Hosmer Angel se desvanezca de su memoria, de
la misma manera que él se ha desvanecido de su vida.
-¿Cree usted entonces que ya no volveré
a verlo más?
-Me temo que no.
-¿Qué le ha ocurrido entonces?
-Deje a mi cargo esa cuestión. Desearía
poseer una descripción exacta de esa persona, y cuantas cartas del mismo pueda
usted entregarme.
-El sábado pasado puse un anuncio
pidiendo noticias suyas en el Chronicle -dijo la joven-. Aquí tiene el
texto, y aquí tiene también cuatro cartas suyas.
-Gracias. ¿La dirección de usted?
-Lyon Place, número treinta y uno,
Camberwell.
-Por lo que he podido entender, el
señor Angel no le dio nunca su dirección. ¿Dónde trabaja el padre de usted?
-Es viajante de Westhouse & Marbank,
los grandes importadores de clarete, de Fenchurch Street.
-Gracias. Me ha expuesto usted su
problema con gran claridad. Deje aquí los documentos, y acuérdese del consejo
que le he dado. Considere todo el incidente como un libro cerrado, y no permita
que ejerza influencia sobre su vida.
-Es usted muy amable, señor Holmes,
pero yo no puedo hacer eso. Permaneceré fiel al señor Hosmer. Me hallará
dispuesta cuando él vuelva.
A pesar de lo absurdo del sombrero y de
su cara inexpresiva, tenía algo de noble, que imponía respeto, la fe sencilla de
nuestra visitante. Depositó encima de la mesa su pequeño lío de papeles, y
siguió su camino con la promesa de presentarse siempre que la llamase el señor
Holmes.
Sherlock Holmes permaneció silencioso
durante algunos minutos, con las yemas de los dedos juntas, las piernas
alargadas hacia adelante y la mirada dirigida hacia el techo. Cogió luego del
colgadero la vieja y aceitosa pipa de arcilla, que era para él como su consejera
y, una vez encendida, se recostó en la silla, lanzando de sí en espirales las
guirnaldas de una nube espesa de humo azul, con una expresión de languidez
infinita en su cara.
-Esta moza constituye un estudio muy
interesante -comentó-. Ella me ha resultado más interesante que su pequeño
problema, el que, dicho sea de paso, es bastante trillado. Si usted consulta mi
índice, hallará casos paralelos: en Andover, el año setenta y siete, y algo que
se le parece ocurrió también en La Haya el año pasado. Sin embargo, por vieja
que sea la idea, contiene uno o dos detalles que me han resultado nuevos. Pero
la persona de la moza fue sumamente aleccionadora.
-Me pareció que observaba usted en ella
muchas cosas que eran completamente invisibles para mí -le hice notar.
-Invisibles no, Watson, sino
inobservadas. Usted no supo dónde mirar, y por eso se le pasó por alto todo lo
importante. No consigo convencerle de la importancia de las mangas, de lo
sugeridoras que son las uñas de los pulgares, de los problemas cuya solución
depende de un cordón de los zapatos. Veamos. ¿Qué dedujo usted del aspecto
exterior de esa mujer? Descríbamelo.
-Llevaba un sombrero de paja, de alas
anchas y de color pizarra, con una pluma de color rojo ladrillo. Su chaqueta era
negra, adornada con abalorios negros y con una orla de pequeñas cuentas de
azabache. El vestido era color marrón, algo más oscuro que el café, con una
pequeña tira de felpa púrpura en el cuello y en las mangas. Sus guantes tiraban
a grises, completamente desgastados en el dedo índice de la mano derecha. No me
fijé en sus botas. Ella es pequeña, redonda, con aros de oro en las orejas y un
aspecto general de persona que vive bastante bien, pero de una manera vulgar,
cómoda y sin preocupaciones.
Sherlock Holmes palmeó suavemente con
ambas manos y se rió por lo bajo.
-Por vida mía, Watson, que está usted
haciendo progresos. Lo ha hecho usted pero que muy bien. Es cierto que se le ha
pasado por alto todo cuanto tenia importancia, pero ha dado usted con el método,
y posee una visión rápida del color. Nunca se confíe a impresiones generales,
muchacho, concéntrese en los detalles. Lo primero que yo miro son las mangas de
una mujer. En el hombre tiene quizá mayor importancia la rodillera del pantalón.
Según ha podido usted advertir, esta
mujer lucía felpa en las mangas, y la felpa es un material muy útil para
descubrir rastros. La doble línea, un poco más arriba de la muñeca, en el sitio
donde la mecanógrafa hace presión contra la mesa, estaba perfectamente marcada.
Las máquinas de coser movidas a mano dejan una señal similar, pero sólo sobre el
brazo izquierdo y en la parte más alejada del dedo pulgar, en vez de marcarla
cruzando la parte más ancha, como la tenía ésta. Luego miré a su cara, y
descubrí en ambos lados de su nariz la señal de unas gafas a presión, todo lo
cual me permitió aventurar mi observación sobre la cortedad de vista y la
escritura, lo que pareció sorprender a la joven.
-También me sorprendió a mi.
-Sin embargo, era cosa que estaba a la
vista. Me sorprendió mucho, después de eso, y me interesó, al mirar hacia abajo,
el observar que, a pesar de que las botas que llevaba no eran de distinto
número, sí que eran desparejas, porque una tenía la puntera con ligeros adornos,
mientras que la otra era lisa. La una tenía abrochados únicamente los dos
botones de abajo (eran cinco), y la otra los botones primero, tercero y quinto.
Pues bien: cuando una señorita joven, correctamente vestida en todo lo demás, ha
salido de su casa con las botas desparejas y a medio abrochar, no significa gran
cosa el deducir que salió con mucha precipitación.
-¿Y qué más? -le pregunté, vivamente
interesado, como siempre me ocurría, con los incisivos razonamientos de mi
amigo.
-Advertí, de pasada, que había escrito
una carta antes de salir de casa, pero cuando estaba ya completamente vestida.
Usted se fijó en que el dedo índice de la mano derecha de su guante estaba roto,
pero no se fijó, por lo visto, en que tanto el guante como el dedo estaban
manchados de tinta violeta. Había escrito con mucha prisa, y había metido
demasiado la pluma en el tintero. Eso debió de ocurrir esta mañana, pues de lo
contrario la mancha de tinta no estaría fresca en el dedo. Todo esto resulta
divertido, aunque sea elemental, Watson, pero es preciso que vuelva al asunto.
¿Tiene usted inconveniente en leerme la descripción del señor Hosmer Angel que
se da en el anuncio?
Puse de manera que le diese la luz el
pequeño anuncio impreso, que decía:
«Desaparecido la mañana del día 14 un
caballero llamado Hosmer Angel. Estatura, unos cinco pies y siete pulgadas; de
fuerte conformación, cutis cetrino, pelo negro, una pequeña calva en el centro,
hirsuto, con largas patillas y bigote; usa gafas con cristales de color y habla
con alguna dificultad. La última vez que se le vio vestía levita negra con
solapas de seda, chaleco negro, albertina de oro y pantalón gris de paño Harris,
con polainas oscuras sobre botas de elástico. Sábese que estaba empleado en una
oficina de la calle Leadenhall Street. Cualquiera que proporcione, etc.,
etcétera.»
-Con eso basta -dijo Holmes-. Por lo
que hace a las cartas -dijo pasándoles la vista por encima- son de lo más
vulgar. No existe en ellas pista alguna que nos conduzca al señor Angel, salvo
la de que cita una vez a Balzac. Sin embargo, hay un detalle notable, y que no
dudo le sorprenderá a usted.
-Que están escritas a máquina -hice
notar yo.
-No sólo eso, sino que incluso lo está
la firma. Fíjese en la pequeña y limpia inscripción de Hosmer Angel que
hay al pie. Tenemos, como usted ve, una fecha, pero no la dirección completa,
fuera de lo de Leadenhall Street, lo cual es bastante vago. Este detalle de la
firma es muy sugeridor; a decir verdad, pudiéramos calificarlo de probatorio.
-¿Y qué prueba?
-¿Es posible, querido compañero, que no
advierta usted la marcada dirección que da al caso éste?
-Mentiría si dijese que la veo, como no
sea la de que lo hacía para poder negar su firma en el caso de que fuera
demandado por ruptura de compromiso matrimonial.
-No, no se trataba de eso. Sin embargo,
voy a escribir dos cartas que nos sacarán de dudas a ese respecto. La una para
cierta firma comercial de la City y la otra al padrastro de esta señorita, el
señor Windibank, en la que le pediré que venga a vernos aquí mañana a las seis
de la tarde. Es igual que tratemos del caso con los parientes varones. Y ahora,
doctor, nada podemos hacer hasta que nos lleguen las contestaciones a estas dos
cartas, de modo que podemos dejar el asuntillo en el estante mientras tanto.
Tantas razones tenía yo por entonces de
creer en la sutil capacidad de razonamiento de mi amigo, y en su extraordinaria
energía para la acción, que experimenté el convencimiento de que debía de tener
alguna base sólida para tratar de manera tan segura y desenvuelta el extraño
misterio cuyo sondeo le habían encomendado. Tan sólo en una ocasión le había
visto fracasar, a saber: en la de la fotografía de Irene Adler y del rey de
Bohemia; pero al repasar en mi memoria el tan misterioso asunto del Signo de
los Cuatro y las circunstancias extraordinarias que rodearon al Estudio
en escarlata, tuve el convencimiento de que tendría que ser muy enrevesada
la maraña que él no fuese capaz de desenredar.
Me marché y lo dejé dando bocanadas en
su pipa de arcilla, convencido de que, cuando yo volviese por allí al día
siguiente por la tarde, me encontraría con que Holmes tenía en sus manos todas
las pistas que le conducirían a la identificación del desaparecido novio de la
señorita Mary Sutherland.
Ocupaba por aquel entonces toda mi
atención un caso profesional de extrema gravedad, y estuve durante todo el día
siguiente atareado junto al lecho del enfermo. No quedé libre hasta que ya iban
a dar las seis, y entonces salté a un coche hansom y me hice llevar a
Baker Street, medio asustado ante la posibilidad de llegar demasiado tarde para
asistir al denouément del pequeño misterio. Sin embargo, me encontré a
Sherlock Holmes sin compañía, medio dormido y con su cuerpo largo y delgado
hecho un ovillo en las profundidades de su sillón. Un formidable despliegue de
botellas y tubos de ensayo, y el inconfundible y acre olor del ácido
hidroclórico, me dijeron que se había pasado el día dedicado a las
manipulaciones químicas a que era tan aficionado.
-Qué, ¿lo resolvió usted? -le pregunté
al entrar.
-Sí. Era el bisulfato de barita.
-¡No, no! ¡El misterio! -le grité.
-¡Oh, eso! Creí que se refería a la sal
que había estado manipulando. Como le dije ayer, en este asunto no hubo nunca
misterio alguno, aunque si algunos detalles de interés. El único inconveniente
con que nos encontramos es el de que, según parece, no existe ley alguna que
permita castigar al granuja este.
-¿Y quién era el granuja, y qué se
propuso con abandonar a la señorita Sutherland?
No había apenas salido de mi boca la
pregunta, y aún no había abierto Holmes los labios para contestar, cuando oímos
fuertes pisadas en el pasillo y unos golpecitos a la puerta.
-Ahí tenemos al padrastro de la joven,
el señor Windibank -dijo Holmes-. Me escribió diciéndome que estaría aquí a las
seis... ¡Adelante!
El hombre que entró era corpulento y de
estatura mediana, de unos treinta años de edad, completamente rasurado, de cutis
cetrino, de maneras melosas e insinuantes y con un par de ojos asombrosamente
agudos y penetrantes. Disparó hacia cada uno de nosotros dos una mirada
interrogadora, puso su brillante sombrero de copa encima del armario y, después
de una leve inclinación de cabeza, se sentó en la silla que tenía más cerca, a
su lado mismo.
-Buenas tardes, señor James Windibank
-le dijo Holmes-. Creo que es usted quien me ha enviado esta carta escrita a
máquina, citándose conmigo a las seis, ¿no es cierto?
-En efecto, señor. Me temo que he
llegado con un pequeño retraso, pero tenga en cuenta que no puedo disponer de mi
persona libremente. Siento que la señorita Sutherland le haya molestado a usted
a propósito de esta minucia, porque creo que es mucho mejor no sacar a pública
colada estos trapos sucios. Vino muy contra mi voluntad, pero es una joven muy
excitable e impulsiva, como habrá usted podido darse cuenta, y no es fácil
frenarla cuando ha tomado una resolución. Claro está que no me importa tanto
tratándose de usted, que no tiene nada que ver con la Policía oficial, pero no
resulta agradable el que se airee fuera de casa un pequeño contratiempo familiar
como éste. Además, se trata de un gasto inútil, porque, ¿cómo va usted a
encontrar a este Hosmer Angel?
-Por el contrario -dijo tranquilamente
Holmes-, tengo toda clase de razones para creer que lograré encontrar a ese
señor.
El señor Windibank experimentó un
violento sobresalto, y dejó caer sus guantes, diciendo:
-Me encanta oír decir eso.
-Resulta curioso -comentó Holmes- el
que las máquinas de escribir den a la escritura tanta individualidad como cuando
se escribe a mano. No hay dos máquinas de escribir iguales, salvo cuando son
completamente nuevas. Hay unas letras que se desgastan más que otras, y algunas
de ellas golpean sólo con un lado. Pues bien: señor Windibank, fíjese en que se
da el caso en esta carta suya de que todas las letras e son algo
borrosas, y que en el ganchito de la letra erre hay un ligero defecto.
Tiene su carta otras catorce características, pero estas dos son las más
evidentes.
-Escribimos toda nuestra
correspondencia en la oficina con esta máquina, y por eso sin duda está algo
gastada -contestó nuestro visitante, clavando la mirada de sus ojillos
brillantes en Holmes.
-Y ahora, señor Windibank, voy a
mostrarle algo que constituye verdaderamente un estudio interesantísimo
-continuó Holmes-. Estoy pensando en escribir cualquier día de éstos otra
pequeña monografía acerca de la máquina de escribir y de sus relaciones con el
crimen. Es un tema al que he consagrado alguna atención. Tengo aquí cuatro
cartas que según parece proceden del hombre que buscamos. Todas ellas están
escritas a máquina, y en todas ellas se observa no solamente que las ees
son borrosas y las erres sin ganchito, sino que tienen también, si uno se
sirve de los lentes de aumento, las otras catorce características a las que me
he referido.
El señor Windibank saltó de su asiento
y echó mano a su sombrero, diciendo:
-Señor Holmes, yo no puedo perder el
tiempo escuchando esta clase de charlas fantásticas. Si usted puede apoderarse
de ese hombre, hágalo, y avíseme después.
-Desde luego -dijo Holmes, cruzando la
habitación y haciendo girar la llave de la puerta-. Por eso le notifico ahora
que lo he atrapado.
-¡Cómo! ¿Dónde? -gritó el señor
Windibank, y hasta sus labios palidecieron mientras miraba a todas partes igual
que rata cogida en la trampa.
-Es inútil todo lo que haga, es
verdaderamente inútil -le dijo con voz suave Holmes-. Señor Windibank, la cosa
no tiene vuelta de hoja. Es demasiado transparente, y no me hizo usted ningún
elogio cuando dijo que me sería imposible resolver un problema tan sencillo.
Bien, siéntese, y hablemos.
Nuestro visitante se desplomó en una
silla con el rostro lívido y un brillo de sudor por toda su frente, balbuciendo:
-No cae dentro de la ley.
-Mucho me lo temo; pero, de mí para
usted, Windibank, ha sido una artimaña cruel, egoísta y despiadada, que usted
llevó a cabo de un modo tan ruin como yo jamás he conocido. Y ahora, permítame
tan sólo repasar el curso de los hechos, y contradígame si en algo me equivoco.
Nuestro hombre estaba encogido en su
asiento, con la cabeza caída sobre el pecho, como persona que ha sido totalmente
aplastada. Holmes colocó sus pies en alto, apoyándolos en la repisa de la
chimenea, y echándose hacia atrás en su sillón, con las manos en los bolsillos,
comenzó a hablar, en apariencia para sí mismo más bien que para nosotros, y
dijo:
-El hombre en cuestión se casó con una
mujer mucho más vieja que él; lo hizo por su dinero y, además, disfrutaba del
dinero de la hija mientras ésta vivía con ellos. Esta última cantidad era de
importancia para gentes de su posición, y el perderla habría equivalido a una
diferencia notable. Valía la pena de realizar un esfuerzo para conservarla. La
hija era de carácter bondadoso y amable; cariñosa y sensible en sus maneras;
resultaba, pues, evidente que con sus buenas dotes personales y su pequeña
renta, no la dejarían permanecer soltera mucho tiempo. Ahora bien y como es
natural, su matrimonio equivalía a perder cien libras anuales y, ¿qué hizo
entonces para impedirlo el padrastro? Adoptó la norma fácil de mantenerla dentro
de casa, prohibiéndole el trato con otras personas de su misma edad. Pero pronto
comprendió que semejante sistema no sería eficaz siempre. La joven se sintió
desasosegada y reclamó sus derechos, terminando por anunciar su propósito
terminante de concurrir a determinado baile. ¿Qué hace entonces su hábil
padrastro? Concibe un plan que hace más honor a su cabeza que a su corazón. Se
disfrazó, con la complicidad y ayuda de su esposa, se cubrió sus ojos de aguda
mirada con cristales de color, enmascaró su rostro con un bigote y un par de
hirsutas patillas. Rebajó el timbre claro de su voz hasta convertirlo en
cuchicheo insinuante y, doblemente seguro porque la muchacha era corta de vista,
se presentó bajo el nombre de señor Hosmer Angel, y alejó a los demás
pretendientes, haciéndole el amor él mismo.
-Al principio fue sólo una broma -gimió
nuestro visitante-. Jamás pensamos que ella se dejase llevar tan adelante.
-Es muy probable que no. Fuese como
fuese, la muchacha se enamoró por completo, y estando como estaba convencida de
que su padrastro se hallaba en Francia, ni por un solo momento se le pasó por la
imaginación la sospecha de que fuese víctima de una traición. Las atenciones que
con ella tenía el caballero la halagaron, y la admiración, ruidosamente
manifestada por su madre, contribuyó a que su impresión fuese mayor. Acto
continuo, el señor Angel da comienzo a sus visitas, siendo evidente que si había
de conseguirse un auténtico efecto, era preciso llevar la cosa todo lo lejos que
fuese posible. Hubo entrevistas y un compromiso matrimonial, que evitaría que la
joven enderezase sus afectos hacia ninguna otra persona. Sin embargo, no era
posible mantener el engaño para siempre. Los supuestos viajes a Francia
resultaban bastante embarazosos. Se imponía claramente la necesidad de llevar el
negocio a término de una manera tan dramática que dejase una impresión
permanente en el alma de la joven, y que la impidiese durante algún tiempo poner
los ojos en otro pretendiente. Por eso se le exigieron aquellos juramentos de
fidelidad con la mano puesta en los Evangelios, y por eso también las alusiones
a la posibilidad de que ocurriese algo la mañana misma de la boda. James
Windibank quería que la señorita Sutherland se ligase a Hosmer Angel de tal
manera, que permaneciese en una incertidumbre tal acerca de su paradero, que
durante los próximos diez años al menos, no prestase oídos a otro hombre. La
condujo hasta la puerta de la iglesia, y entonces, como ya no podía llevar las
cosas más adelante, desapareció oportunamente, recurriendo al viejo truco de
entrar en el coche de cuatro ruedas por una portezuela y salir por la otra. Así
es, señor Windibank, como se encadenaron los hechos, según yo creo.
Mientras Holmes estuvo hablando,
nuestro visitante había recobrado en parte su aplomo, y al oír esas palabras se
levantó de la silla y dijo con frío gesto de burla en su pálido rostro:
-Quizá, señor Holmes, todo haya
ocurrido de esa manera, y quizá no; pero si usted es tan agudo, debería serlo lo
bastante para saber que es usted quien está faltando ahora a la ley, y no yo.
Desde el principio, yo no hice nada punible, pero mientras usted siga teniendo
cerrada esa puerta, incurre en una acusación por asalto y coacción ilegal.
-En efecto, dice usted bien; la ley no
puede castigar -dijo Holmes, haciendo girar la llave y abriendo la puerta de par
en par-. Sin embargo, nadie mereció jamás un castigo más que usted. Si la joven
tuviera un hermano o un amigo, él debería cruzarle las espaldas a latigazos.
¡Por Júpiter! -prosiguió, acalorándose al ver la expresión de mofa en la cara de
aquel hombre-. Esto no entra en mis obligaciones para con mi cliente, pero tengo
a mano un látigo de cazador, y me está pareciendo que voy a darme el gustazo
de...
Holmes dio dos pasos rápidos hacia el
látigo, pero antes que pudiera echarle mano, resonó en la escalera el ruido de
unos pasos desatinados, se cerró con un golpe estrepitoso la pesada puerta del
vestíbulo; y nosotros pudimos ver por la ventana al señor James Windibank que
corría calle adelante a todo lo que daban sus piernas.
-¡Ahí va un hombre que hace sus
canalladas a sangre fría! -exclamó Holmes riéndose, al mismo tiempo que se
dejaba caer otra vez en su sillón-. El individuo ese irá subiendo de categoría
en sus crímenes, y terminará realizando alguno muy grave, que lo llevará a la
horca. Desde algunos puntos de vista, no ha estado el caso actual desprovisto
por completo de interés.
-Todavía no veo totalmente las etapas
de su razonamiento -le hice notar yo.
-Pues verá usted, era evidente desde el
principio que este señor Hosmer Angel tenía que tener alguna finalidad
importante para su extraña conducta, y también lo era el que la única persona
que de verdad salía ganando con el incidente, hasta donde yo podía ver, era el
padrastro. También resultaba elocuente el que nunca coincidiesen los dos
hombres, sino que el uno se presentaba siempre cuando el otro se hallaba
ausente. También teníamos los detalles de los cristales de color y lo raro de la
manera de hablar, cosas ambas que apuntaban hacia un disfraz, lo mismo que las
hirsutas patillas. Mis sospechas se vieron confirmadas por el detalle
característico de escribir la firma a máquina, porque se deducía de ello que la
letra suya le era familiar a la joven, y que ésta la identificaría por poco que
él escribiese a mano. Comprenda usted que todos estos hechos aislados, unidos a
otros muchos más secundarios, coincidían en apuntar en la misma dirección.
-¿Y cómo se las arregló usted para
comprobarlos?
-Una vez localizado mi hombre,
resultaba fácil conseguir la confirmación. Yo sabía con qué casa comercial
trabajaba este hombre. Examinando la descripción impresa, eliminé todo aquello
que podía ser consecuencia de un disfraz: las patillas, los cristales, la voz, y
la envié a la casa en cuestión, pidiéndoles que me comunicasen si correspondía a
la descripción de alguno de sus viajantes. Me había fijado ya en las
características de la máquina de escribir y envié una carta a nuestro hombre,
dirigida a su lugar de trabajo, preguntándole si podría presentarse aquí. Su
respuesta, tal y como yo había esperado, estaba escrita a máquina, y en ella se
advertían los mismos defectos triviales pero característicos de la máquina. Por
el mismo correo me llegó una carta de Westhouse and Marbank, de Fenchurch
Street, comunicándome que la descripción respondía en todos sus detalles a la de
su empleado James Windibank. Voila tout!
-¿Y la señorita Sutherland?
-Si yo se lo cuento a ella, no me
creerá. Recuerde usted el viejo proverbio persa: "Es peligroso quitar su
cachorro a un tigre, y también es peligroso arrebatar a una mujer una ilusión."
Hay en Hafiz tanto buen sentido como en Horacio, e igual conocimiento del mundo. |