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Cuando reviso mis notas y memorias de
los casos de Sherlock Holmes en el intervalo del 82 al 90, me encuentro con que
son tantos los que presentan características extrañas e interesantes, que no
resulta fácil saber cuáles elegir y cuáles dejar de lado. Pero hay algunos que
han conseguido ya publicidad en los periódicos, y otros que no ofrecieron campo
al desarrollo de las facultades peculiares que mi amigo posee en grado tan
eminente, y que estos escritos tienen por objeto ilustrar.
Hay también algunos que escaparon a su
capacidad analítica, y que, en calidad de narraciones, vendrían a resultar
principios sin final, mientras que hay otros que fueron aclarados sólo
parcialmente, estando la explicación de los mismos fundada en conjeturas y
suposiciones, más bien que en una prueba lógica absoluta, procedimiento que le
era tan querido. Sin embargo, hay uno, entre estos últimos, tan extraordinario
por sus detalles y tan sorprendente por sus resultados, que me siento tentado a
dar un relato parcial del mismo, no obstante el hecho de que existen en relación
con él determinados puntos que no fueron, ni lo serán jamás, puestos en claro.
El año 87 nos proporciona una larga
serie de casos de mayor o menor interés y de los que conservo constancia. Entre
los encabezamientos de los casos de estos doce meses me encuentro con un relato
de la aventura de la habitación Paradol, de la Sociedad de Mendigos Aficionados,
que se hallaba instalada en calidad de club lujoso en la bóveda inferior de un
guardamuebles; con el de los hechos relacionados con la pérdida del velero
británico Sophy Anderson; con el de las extrañas aventuras de los Grice
Patersons, en la isla de Ufa, y, finalmente, con el del envenenamiento ocurrido
en Camberwell. Se recordará que en este último caso consiguió Sherlock Holmes
demostrar que el muerto había dado cuerda a su reloj dos horas antes, y que, por
consiguiente, se había acostado durante ese tiempo..., deducción que tuvo la
mayor importancia en el esclarecimiento del caso. Quizá trace yo, más adelante,
los bocetos de todos estos sucesos, pero ninguno de ellos presenta
características tan sorprendentes como las del extraño cortejo de circunstancias
para cuya descripción he tomado la pluma.
Nos encontrábamos en los últimos días
de septiembre y las tormentas equinocciales se habían echado encima con
violencia excepcional. El viento había bramado durante todo el día, y la lluvia
había azotado las ventanas, de manera que, incluso aquí, en el corazón del
inmenso Londres, obra de la mano del hombre, nos veíamos forzados a elevar, de
momento, nuestros pensamientos desde la diaria rutina de la vida, y a reconocer
la presencia de las grandes fuerzas elementales que ladran al género humano por
entre los barrotes de su civilización, igual que fieras indómitas dentro de una
jaula. A medida que iba entrando la noche, la tormenta fue haciéndose más y más
estrepitosa, y el viento lloraba y sollozaba dentro de la chimenea igual que un
niño. Sherlock Holmes, a un lado del hogar, sentado melancólicamente en un
sillón, combinaba los índices de sus registros de crímenes, mientras que yo, en
el otro lado, estaba absorto en la lectura de uno de los bellos relatos
marineros de Clark Rusell. Hubo un momento en que el bramar de la tempestad del
exterior pareció fundirse con el texto, y el chapoteo de la lluvia se alargó
hasta dar la impresión del prolongado espumajeo de las olas del mar. Mi esposa
había ido de visita a la casa de una tía suya, y yo me hospedaba por unos días,
y una vez más, en mis antiguas habitaciones de Baker Street.
-¿Qué es eso?-dije, alzando la vista
hacia mi compañero-. Fue la campanilla de la puerta, ¿verdad? ¿Quién puede venir
aquí esta noche? Algún amigo suyo, quizá.
-Fuera de usted, yo no tengo ninguno
-me contestó-. Y no animo a nadie a visitarme.
-¿Será entonces un cliente?
-Entonces se tratará de un asunto
grave. Nada podría, de otro modo, obligar a venir aquí a una persona con
semejante día y a semejante hora. Pero creo que es más probable que se trate de
alguna vieja amiga de nuestra patrona.
Se equivocó, sin embargo, Sherlock
Holmes en su conjetura, porque se oyeron pasos en el corredor, y alguien golpeó
en la puerta. Mi compañero extendió su largo brazo para desviar de sí la lámpara
y enderezar su luz hacia la silla desocupada en la que tendría que sentarse
cualquiera otra persona que viniese. Luego dijo:
-¡ Adelante!
El hombre que entró era joven, de unos
veintidós años, a juzgar por su apariencia exterior; bien acicalado y
elegantemente vestido, con un no sé qué de refinado y fino en su porte. El
paraguas, que era un arroyo, y que sostenía en la mano, y su largo impermeable
brillante, delataban la furia del temporal que había tenido que aguantar en su
camino. Enfocado por el resplandor de la lámpara, miró ansiosamente a su
alrededor, y yo pude fijarme en que su cara estaba pálida y sus ojos cargados,
como los de una persona a quien abruma alguna gran inquietud.
-Debo a ustedes una disculpa -dijo,
subiéndose hasta el arranque de la nariz las gafas doradas, a presión-. Espero
que mi visita no sea un entretenimiento. Me temo que haya traído hasta el
interior de su abrigada habitación algunos rastros de la tormenta.
-Deme su impermeable y su paraguas
-dijo Holmes-. Pueden permanecer colgados de la percha, y así quedará usted
libre de humedad por el momento. Veo que ha venido usted desde el Sudoeste.
-Sí, de Horsham.
-Esa mezcla de arcilla y de greda que
veo en las punteras de su calzarlo es completamente característica.
-Vine en busca de consejo.
-Eso se consigue fácil.
-Y de ayuda.
-Eso ya no es siempre tan fácil.
-He oído hablar de usted, señor Holmes.
Le oí contar al comandante Prendergast cómo le salvó usted en el escándalo de
Tankerville Club.
-Sí, es cierto. Se le acusó
injustamente de hacer trampas en el juego.
-Aseguró que usted se dio maña para
poner todo en claro.
-Eso fue decir demasiado.
-Que a usted no lo vencen nunca.
-Lo he sido en cuatro ocasiones: tres
veces por hombres, y una por cierta dama.
-Pero ¿qué es eso comparado con el
número de sus éxitos?
-Es cierto que, por lo general, he
salido airoso.
-Entonces, puede salirlo también en el
caso mío.
-Le suplico que acerque su silla al
fuego, y haga el favor de darme algunos detalles del mismo.
-No se trata de un caso corriente.
-Ninguno de los que a mí llegan lo son.
Vengo a ser una especie de alto tribunal de apelación.
-Yo me pregunto, a pesar de todo,
señor, si en el transcurso de su profesión ha escuchado jamás el relato de una
serie de acontecimientos más misteriosos e inexplicables que los que han
ocurrido en mi propia familia.
-Lo que usted dice me llena de interés
-le dijo Holmes-. Por favor, explíquenos desde el principio los hechos
fundamentales, y yo podré luego interrogarle sobre los detalles que a mí me
parezcan de la máxima importancia.
El joven acercó la silla, y adelantó
sus pies húmedos hacia la hoguera.
-Me llamo John Openshaw -dijo-, pero,
por lo que a mí me parece, creo que mis propias actividades tienen poco que ver
con este asunto espantoso. Se trata de una cuestión hereditaria, de modo que,
para darles una idea de los hechos, no tengo más remedio que remontarme hasta el
comienzo del asunto. Deben ustedes saber que mi abuelo tenía dos hijos: mi tío
Elías y mi padre José. Mi padre poseía, en Coventry, una pequeña fábrica, que
amplió al inventarse las bicicletas. Poseía la patente de la llanta irrompible
Openshaw, y alcanzó tal éxito en su negocio, que consiguió venderlo y retirarse
con un relativo bienestar. Mi tío Elías emigró a América siendo todavía joven, y
se estableció de plantador en Florida, de donde llegaron noticias de que había
prosperado mucho. En los comienzos de la guerra peleó en el ejército de Jackson,
y más adelante en el de Hood, ascendiendo en éste hasta el grado de coronel.
Cuando Lee se rindió, volvió mi tío a su plantación, en la que permaneció por
espacio de tres o cuatro años. Hacia el mil ochocientos sesenta y nueve o mil
ochocientos setenta, regresó a Europa y compró una pequeña finca en Sussex,
cerca de Horsham. Había hecho una fortuna muy considerable, y si abandonó
Norteamérica fue movido de su antipatía a los negros, y de su desagrado por la
política del partido republicano de concederles la liberación de la esclavitud.
Era un hombre extraño, arrebatado y violento, muy mal hablado cuando le dominaba
la ira, y por demás retraído. Dudo de que pusiese ni una sola vez los pies en
Londres durante los años que vivió en Horsham. Poseía alrededor de su casa un
jardín y tres o cuatro campos de deportes, y en ellos se ejercitaba, aunque con
mucha frecuencia no salía de la habitación durante semanas enteras. Bebía
muchísimo aguardiente, fumaba por demás, pero no quería tratos sociales, ni
amigos, ni aun siquiera que le visitase su hermano. Contra mí no tenía nada,
mejor dicho, se encaprichó conmigo, porque cuando me conoció era yo un jovencito
de doce años, más o menos. Esto debió de ocurrir hacia el año mil ochocientos
setenta y ocho, cuando llevaba ya ocho o nueve años en Inglaterra. Pidió a mi
padre que me dejase vivir con él, y se mostró muy cariñoso conmigo, a su manera.
Cuando estaba sereno, gustaba de jugar conmigo al chaquete y a las damas, y me
hacía portavoz suyo junto a la servidumbre y con los proveedores, de modo que
para cuando tuve dieciséis años era yo el verdadero señor de la casa.
Yo guardaba las llaves y podía ir a
donde bien me pareciese y hacer lo que me diese la gana, con tal que no le
molestase cuando él estaba en sus habitaciones reservadas. Una excepción me
hizo, sin embargo; había entre los áticos una habitación independiente, un
camaranchón que estaba siempre cerrado con llave, y al que no permitía que
entrásemos ni yo ni nadie. Llevado de mi curiosidad de muchacho, miré más de una
vez por el ojo de la cerradura, sin que llegase a descubrir dentro sino lo
corriente en tales habitaciones, es decir, una cantidad de viejos baúles y
bultos. Cierto día, en el mes de marzo de mil ochocientos ochenta y tres, había
encima de la mesa, delante del coronel, una carta cuyo sello era extranjero. No
era cosa corriente que el coronel recibiese cartas, porque todas sus facturas se
pagaban en dinero contante, y no tenía ninguna clase de amigos. Al coger la
carta, dijo: «¡Es de la India! ¡Trae la estampilla de Pondicherry! ¿Qué podrá
ser?».
Al abrirla precipitadamente saltaron
del sobre cinco pequeñas y resecas semillas de naranja, que tintinearon en su
plato. Yo rompí a reír, pero, al ver la cara de mi tío, se cortó la risa en mis
labios. Le colgaba la mandíbula, se le saltaban los ojos, se le había vuelto la
piel del color de la masilla, y miraba fijamente el sobre que sostenía aún en
aun manos temblorosas. Dejó escapar un chillido, y exclamó luego: «K. K. K. ¡
Dios santo, Dios santo, mis pecados me han dado alcance!». «¿Qué significa eso,
tío?», exclamé. «Muerte», me dijo, y levantándose de la mesa, se retiró a su
habitación, dejándome estremecido de horror. Eché mano al sobre, y vi
garrapateada en tinta roja, sobre la patilla interior, encima mismo del
engomado, la letra K, repetida tres veces. No había nada más, fuera de las cinco
semillas resecas. ¿Qué motivo podía existir para espanto tan excesivo? Me alejé
de la mesa del desayuno y, cuando yo subía por las escaleras, me tropecé con mi
tío, que bajaba por ellas, trayendo en una mano una vieja llave roñosa, y en la
otra, una caja pequeña de bronce, por el estilo de las de guardar el dinero.
«Que hagan lo que les dé la gana, pero yo los tendré en jaque una vez más. Dile
a Mary que necesito que encienda hoy fuego en mi habitación, y envía a buscar a
Fordham, el abogado de Horsham.» Hice lo que se me ordenaba y, cuando llegó el
abogado, me pidieron que subiese a la habitación. Ardía vivamente el fuego, y en
la rejilla del hogar se amontonaba una gran masa de cenizas negras y sueltas,
como de papel quemado, en tanto que la caja de bronce estaba muy cerca y con la
tapa abierta. Al mirar yo la caja, descubrí, sobresaltado, en la tapa la triple
K, que había leído aquella mañana en el sobre.
«John -me dijo mi tío-, deseo que
firmes como testigo mi testamento. Dejo la finca, con todas sus ventajas e
inconvenientes, a mi hermano, es decir, a tu padre, de quien, sin duda, vendrá a
parar a ti. Si conseguís disfrutarla en paz, santo y bueno. Si no lo conseguís,
seguid mi consejo, muchacho, y abandonadla a vuestro peor enemigo. Lamento
dejaros un arma así, de dos filos, pero no sé qué giro tomarán las cosas. Ten la
bondad de firmar este documento en el sitio que te indicar, el señor Fordham.»
Firmé el documento dónde se me indicó,
y el abogado se lo llevó con él. Como ustedes se imaginarán, aquel extraño
incidente me produjo la más profunda impresión: lo sopesé en mi mente, y le di
vueltas desde todos los puntos de vista, sin conseguir encontrarle explicación.
Pero no conseguí librarme de un vago sentimiento de angustia que dejó en mí,
aunque esa sensación fue embotándose a medida que pasaban semanas sin que
ocurriese nada que túrbase la rutina diaria de nuestras vidas. Sin embargo, pude
notar un cambio en mi tío. Bebía más que nunca, y se mostraba todavía menos
inclinado al trato con nadie. Pasaba la mayor parte del tiempo metido en su
habitación, con la llave echada por dentro, pero a veces salía como poseído de
un furor de borracho, se lanzaba fuera de la casa, y se paseaba por el jardín
impetuosamente, esgrimiendo en la mano un revólver y diciendo a gritos que a él
no le asustaba nadie y que él no se dejaba enjaular, como oveja en el redil, ni
por hombres ni por diablos. Pero una vez que se le pasaban aquellos arrebatos,
corría de una manera alborotada a meterse dentro, y cerraba con llave y
atrancaba la puerta, como quien ya no puede seguir haciendo frente al espanto
que se esconde en el fondo mismo de su alma. En tales momentos, y aun en tiempo
frío, he visto yo relucir su cara de humedad, como si acabase de sacarla del
interior de la jofaina. Para terminar, señor Holmes, y no abusar de su
paciencia, llegó una noche en que hizo una de aquellas salidas suyas de
borracho, de la que no regresó. Cuando salimos a buscarlo, nos lo encontramos
boca abajo, dentro de una pequeña charca recubierta de espuma verdosa que había
al extremo del jardín. No presentaba señal alguna de violencia, y la profundidad
del agua era sólo de dos pies, y por eso el Jurado, teniendo en cuenta sus
conocidas excentricidades, dictó veredicto de suicidio. Pero a mí, que sabía de
qué modo retrocedía ante el solo pensamiento de la muerte, me costó mucho
trabajo convencerme de que se había salido de su camino para ir a buscarla. Sin
embargo, la cosa pasó, entrando mi padre en posesión de la finca y de unas
catorce mil libras que mi tío tenía a su favor en un Banco.
-Un momento-le interrumpió Holmes-.
Preveo ya que su relato es uno de los más notables que he tenido ocasión de oír
jamás. Hágame el favor de decirme la fecha en que su tío recibió la carta y la
de su supuesto suicidio.
-La carta llegó el día diez de marzo de
mil ochocientos ochenta y tres. Su muerte tuvo lugar siete semanas más tarde, en
la noche del día dos de mayo.
-Gracias. Puede usted seguir.
-Cuando mi padre se hizo cargo de la
finca de Horsham, llevó a cabo, a petición mía, un registro cuidadoso del ático
que había permanecido siempre cerrado. Encontramos allí la caja de bronce,
aunque sus documentos habían sido destruidos. En la parte interior de la tapa
había una etiqueta de papel, en la que estaban repetidas las iniciales, y debajo
de éstas, la siguiente inscripción: «Cartas, memoranda, recibos y registro.»
Supusimos que esto indicaba la naturaleza de los documentos que había destruido
el coronel Openshaw. Fuera de esto, no había en el ático nada de importancia,
aparte de gran cantidad de papeles y cuadernos desparramados que se referían a
la vida de mi tío en Norteamérica. Algunos de ellos pertenecían a la época de la
guerra, y demostraban que él había cumplido bien con su deber, teniendo fama de
ser un soldado valeroso. Otros llevaban la fecha de los tiempos de la
reconstrucción de los estados del Sur, y se referían a cosas de política, siendo
evidente que mi tío había tomado parte destacada en la oposición contra los que
en el Sur se llamaron políticos hambrones, que habían sido enviados desde
el Norte. Mi padre vino a vivir en Horsham a principios del ochenta y cuatro, y
todo marchó de la mejor manera que podía desearse hasta el mes de enero del
ochenta y cinco. Estando mi padre y yo sentados en la mesa del desayuno el
cuarto día después del de Año Nuevo, oí de pronto que mi padre daba un agudo
grito de sorpresa. Y lo vi sentado, con un sobre recién abierto en una mano y
cinco semillas secas de naranja en la palma abierta de la otra. Se había reído
siempre de lo que calificaba de fantástico relato mío acerca del coronel, pero
ahora veía con gran desconcierto y recelo que él se encontraba ante un hecho
igual. «¿Qué diablos puede querer decir esto, John?», tartamudeó. A mí se me
había vuelto de plomo el corazón, y dije: «Es el K. K. K.» Mi padre miró en el
interior del sobre y exclamó: «En efecto, aquí están las mismas letras. Pero
¿qué es lo que hay escrito encima de ellas?» Yo leí, mirando por encima de su
hombro: «Coloque los documentos encima de la esfera del reloj de sol<» «¿Qué
documentos y qué reloj de sol?», preguntó él. «El reloj de sol está en el
jardín. No hay otro -dije yo-. Pero los documentos deben de ser los que fueron
destruidos», «¡Puf! -dijo él, aferrándose a su valor-. Vivimos aquí en un país
civilizado en el que no caben esta clase de idioteces. ¿De dónde procede la
carta?» «De Dundee», contesté, examinando la estampilla de Correos. «Algún
bromazo absurdo -dijo mi padre-. ¿Qué me vienen a mí con relojes de sol y con
documentos? No haré caso alguno de semejante absurdo.» «Yo, desde luego, me
pondría en comunicación con la Policía», le dije. «Para que encima se me riesen.
No haré nada de eso.» «Autoríceme entonces a que lo haga yo.» «De ninguna
manera. Te lo prohíbo. No quiero que se arme un jaleo por semejante tontería.»
De nadó valió el que yo discutiese con él, porque mi padre era hombre por demás
terco. Sin embargo, viví esos días con el corazón lleno de presagios ominosos.
El tercer día, después de recibir la
carta, marchó mi padre a visitar a un viejo amigo suyo, el comandante Freebody,
que está al mando de uno de los fuertes que hay en los altos de Portsdown Hill.
Me alegré de que se hubiese marchado, pues me parecía que hallándose fuera de
casa estaba más alejado del peligro. En eso me equivoqué, sin embargo. Al
segundo día de su ausencia recibí un telegrama del comandante en el que me
suplicaba que acudiese allí inmediatamente. Mi padre había caído por la boca de
uno de los profundos pozos de cal que abundan en aquellos alrededores, y yacía
sin sentido, con el cráneo fracturado. Me trasladé hasta allí a toda prisa, pero
mi padre murió sin haber recobrado el conocimiento. Según parece, regresaba, ya
entre dos luces, desde Fareham, y como desconocía el terreno y la boca del pozo
estaba sin cercar, el Jurado no titubeó en dar su veredicto de muerte
producida por causa accidental. Por mucho cuidado que yo puse en examinar
todos los hechos relacionados con su muerte, nada pude descubrir que sugiriese
la idea de asesinato. No mostraba señales de violencia, ni había huellas de
pies, ni robo, ni constancia de que se hubiese observado por las carreteras la
presencia de extranjeros. No necesito, sin embargo, decir a ustedes que yo
estaba muy lejos de tenerlas todas conmigo, y que casi estaba seguro de que se
había tramado a su alrededor algún complot siniestro. De esa manera tortuosa fue
como entré en posesión de mi herencia. Ustedes me preguntarán por qué no me
desembaracé de la misma. Les contestaré que no lo hice porque estaba convencido
de que nuestras dificultades se derivaban, de una manera u otra, de algún
incidente de la vida de mi tío, y que el peligro sería para mí tan apremiante en
una casa como en otra. Mi pobre padre halló su fin durante el mes de enero del
año ochenta y cinco, y desde entonces han transcurrido dos años y ocho meses.
Durante todo ese tiempo yo he vivido feliz en Horsham, y ya empezaba a tener la
esperanza de que aquella maldición se había alejado de la familia, y que había
acabado en la generación anterior. Sin embargo, me apresuré demasiado a
tranquilizarme; ayer por la mañana cayó el golpe exactamente en la misma forma
que había caído sobre mi padre.
El joven sacó del chaleco un sobre
arrugado, y volviéndolo boca abajo encima de la mesa, hizo saltar del mismo
cinco pequeñas semillas secas de naranja.
-He aquí el sobre -prosiguió-. El
estampillado es de Londres, sector del Este. En el interior están las mismas
palabras que traía el sobre de mi padre: «K. K. K.», y las de «Coloque los
documentos encima de la esfera del reloj de sol».
-¿Qué ha hecho usted?-preguntó Holmes.
-Nada.
-¿Nada?
-A decir verdad -y hundió el rostro
dentro de sus manos delgadas y blancas- me sentí perdido. Algo así como un pobre
conejo cuando la serpiente avanza retorciéndose hacia él. Me parece que estoy
entre las garras de una catástrofe inexorable e irresistible, de la que ninguna
previsión o precaución puede guardarme.
-¡Vaya, vaya! -exclamó Sherlock
Holmes-. Es preciso que usted actúe, hombre, o está usted perdido. Únicamente su
energía le puede salvar. No son momentos éstos de entregarse a la desesperación.
-He visitado a la Policía.
-¿y qué?
-Pues escucharon mi relato con una
sonrisa. Estoy seguro de que el inspector ha llegado a la conclusión de que las
cartas han sido otros tantos bromazos, y que las muertes de mis parientes se
deben a simples accidentes, según dictaminó el Jurado, y no debían ser
relacionadas con las cartas de advertencia.
Holmes agitó violentamente sus puños
cerrados en el aire, y exclamó
-¡Qué inaudita imbecilidad!
-Sin embargo, me han otorgado la
protección de un guardia, al que han autorizado para que permanezca en la casa.
Otra vez Holmes agitó furioso los cuños
en el aire, y dijo:
-¿Cómo ha sido el venir usted a verme?
Y sobre todo, ¿cómo ha sido el no venir inmediatamente?
-Nada sabía de usted. Ha sido hoy
cuando hablé al comandante Prendergast sobre el apuro en que me hallo, y él me
aconsejó que viniese a verle a usted.
-En realidad han transcurrido ya dos
días desde que recibió la carta. Deberíamos haber entrado en acción antes de
ahora. Me imagino que no poseerá usted ningún otro dato fuera de los que nos ha
expuesto, ni ningún detalle sugeridor que pudiera servirnos de ayuda.
-Sí, tengo una cosa más -dijo John
Openshaw. Registró en el bolsillo de su chaqueta, y, sacando un pedazo de papel
azul descolorido, lo extendió encima de la mesa, agregando-: Conservo un vago
recuerdo de que los estrechos márgenes que quedaron sin quemar entre las cenizas
el día en que mi tío echó los documentos al fuego eran de éste mismo color.
Encontré esta hoja única en el suelo de su habitación, y me inclino a creer que
pudiera tratarse de uno de los documentos, que quizá se le voló de entre los
otros, salvándose de ese modo de la destrucción. No creo que nos ayude mucho,
fuera de que en él se habla también de las semillas. Mi opinión es que se trata
de una página que pertenece a un diario secreto. La letra es indiscutiblemente
de mi tío.
Holmes cambió de sitio la lámpara, y él
y yo nos inclinamos sobre la hoja de papel, cuyo borde irregular demostraba que
había sido, en efecto, arrancada de un libro. El encabezamiento decía
«Marzo, 1869», y debajo del mismo las
siguientes enigmáticas noticias
«4. Vino Hudson. El mismo programa de
siempre.
»7. Enviadas las semillas a McCauley,
Paramore, y Swain, de St. Augustine.
»9. McCauley se largó.
»10. John Swain se largó.
»12. Visitado Paramore. Todo bien.»
-Gracias-dijo Holmes, doblando el
documento y devolviéndoselo a nuestro visitante-. Y ahora, no pierda por nada
del mundo un solo instante. No disponemos de tiempo ni siquiera para discutir lo
que me ha relatado. Es preciso que vuelva usted a casa ahora, mismo, y que
actúe.
-¿Y qué tengo que hacer?
-Sólo se puede hacer una cosa, y es
preciso hacerla en el acto. Ponga usted esa hoja de papel dentro de la caja de
metal que nos ha descrito. Meta asimismo una carta en la que les dirá, que todos
los demás papeles fueron quemados por su tío, siendo éste el único que queda.
Debe usted expresarlo en una forma que convenga. Después de hecho eso, colocará
la caja encima del reloj de sol, de acuerdo con las indicaciones. ¿Me comprende?
-Perfectamente.
-No piense por ahora en venganzas ni en
nada por ese estilo. Creo que eso lo lograremos por el intermedio de la ley;
pero tenemos que tejer aún nuestra tela de araña, mientras que la de ellos está
ya tejida. Lo primero en que hay que pensar es en apartar el peligro apremiante
que le amenaza. Lo segundo consistirá en aclarar el misterio y castigar a los
criminales.
-Le doy a usted las gracias -dijo el
joven, levantándose y echándose encima el impermeable. Me ha dado usted nueva
vida y esperanza. Seguiré, desde luego, su consejo.
-No pierda un solo instante. Y, sobre
todo, cuídese bien entre tanto, porque yo no creo que pueda existir la menor
duda de que está usted amenazado por un peligro muy real e inminente. ¿Cómo va a
hacer el camino de regreso?
-Por tren, desde la estación Waterloo.
-Aún no son las nueve. Las calles
estarán concurridas, y por eso confío en que no corre usted peligro. Pero, a
pesar de todo, por muy en guardia que esté usted, nunca lo estará bastante.
-Voy armado.
-Bien está. Mañana me pondré yo a
trabajar en su asunto.
-¿Le veré, pues, en Horsham?
-No, porque su secreto se oculta en
Londres, y en Londres será donde yo lo busque.
-Entonces. yo vendré a visitarle a
usted dentro de un par de días, y le traeré noticias de lo que me haya ocurrido
con los papeles y la caja. Lo consultaré en todo.
Nos estrechó las manos y se retiró. El
viento seguía bramando fuera, y la lluvia tamborileaba y salpicaba las ventanas.
Aquel relato tan desatinado y extraño parecía habernos llegado de entre los
elementos desencadenados, como si la tempestad lo hubiese arrojado sobre
nosotros igual que un tallo de alga marina, y que esos mismos elementos se lo
hubiesen tragado luego otra vez.
Sherlock Holmes permaneció algún tiempo
en silencio, con la cabeza inclinada y los ojos fijos en el rojo resplandor del
fuego. Luego encendió su pipa, se recostó en el respaldo de su asiento, y se
quedó contemplando los anillos de humo azul que se perseguían los unos a los
otros en su ascenso hacia el techo.
-Creo Watson -dijo, por fin, como
comentario-, que no hemos tenido entre todos nuestros casos ninguno más
fantástico que éste.
-Con excepción, quizá, del Signo
de los Cuatro.
-Bien, sí. Con excepción, quizá, de
ése. Sin embargo, creo que este John Openshaw se mueve entre peligros todavía
mayores que los que rodeaban a los Sholtos.
-Pero ¿no ha formado usted ninguna
hipótesis concreta sobre la naturaleza de estos peligro?
-Sobre su naturaleza no caben ya
hipótesis -me contestó.
-¿Cuál es, pues? ¿Quién es este K.
K. K., y por qué razón persigue a esta desdichada familia?
Sherlock Holmes cerró los ojos, y apoyó
los codos en los brazos del sillón, juntando las yemas de los dedos de las
manos.
-Al razonador ideal -comentó-debería
bastarle un solo hecho, cuando lo ha visto en todas sus implicaciones, para
deducir del mismo no sólo la cadena de sucesos que han conducido hasta él, sino
también los resultados que habían de seguirse. De la misma manera que Cuvier
sabía hacer la descripción completa de un animal con el examen de un solo hueso,
de igual manera el observador que ha sabido comprender por completo uno de los
eslabones de toda una serie de incidentes, debe saber explicar con exactitud
todos los demás, los anteriores y los posteriores. No nos hacemos todavía una
idea de los resultados que es capaz de conseguir la razón por sí sola. Podríamos
resolver mediante el estudio ciertos problemas cuya solución ha desconcertado
por completo a quienes la buscaron por medio de los sentidos. Sin embargo, para
alcanzar en este arte la cúspide, necesitaría el razonador saber manejar todos
los hechos que han llegado a conocimiento suyo. Esto implica, como fácilmente
comprenderá usted, la posesión de todos los conocimientos a que muy pocos
llegan, incluso en estos tiempos de libertad educativa y de enciclopedias. Sin
embargo, lo que no resulta imposible es el que un hombre llegue a poseer todos
los conocimientos que le han de ser probablemente útiles en su labor, esto es lo
que yo me he esforzado por hacer en el caso mío. Usted, si mal no recuerdo,
concretó, en los primeros días de nuestra amistad, los límites precisos de esos
conocimientos míos.
-Sí -le contesté, echándome a reír-.
Hice un documento curioso. En filosofía, astronomía y política le puse a usted
cero, lo recuerdo. En botánica, irregular; en geología, profundo en lo que toca
a manchas de barro cogidas en una zona de cincuenta millas alrededor de Londres;
en química, excéntrico; en anatomía, asistemático; en literatura,
sensacionalista, y en historia de crímenes, único; y además, violinista,
boxeador, esgrimista, abogado y autoenvenenador por medio de la cocaína y del
tabaco. Esos eran, si mal no recuerdo, los puntos más notables de mi análisis.
Holmes se sonrió al escuchar la última
calificación, y dijo
-Digo ahora, como dije entonces, que
toda persona debería tener en el ático de su cerebro el surtido de mobiliario
que es probable que necesite, y que todo lo demás puede guardarlo en el desván
de su biblioteca, donde puede echarle mano cuando tenga precisión de algo. Ahora
bien: al enfrentarnos con un problema como el que nos ha sido sometido esta
noche, necesitamos dominar todos nuestros recursos. Tenga usted la bondad de
alcanzarme la letra K de esta enciclopedia norteamericana que hay en ese
estante que tiene a su lado. Gracias. Estudiemos ahora la situación y veamos lo
que de la misma puede deducirse. Empezaremos con la firme presunción de que el
coronel Openshaw tuvo algún motivo importante para abandonar Norteamérica. Los
hombres, a su edad, no cambian todas, sus costumbres, ni cambian por gusto suyo
el clima encantador de Florida por la vida solitaria en una ciudad inglesa de
provincias. El extraordinario apego a la soledad que demostró en Inglaterra
sugiere la idea de que sentía miedo de alguien o de algo; de modo, pues, que
podemos aceptar como hipótesis de trabajo la de que fue el miedo lo que le
empujó fuera de Norteamérica. En cuanto a lo que él temía, sólo podemos
deducirlo por el estudio de las tremendas cartas que él y sus herederos
recibieron. ¿Se fijó usted en las estampillas que señalaban el punto de
procedencia?
-La primera traía el de Pondicherry; la
segunda, el de Dundee, y la tercera, el de Londres.
-La del este de Londres. ¿Qué saca
usted en consecuencia de todo ello?
-Pues que se trata de puertos de mar,
es decir, que el que escribió las cartas se hallaba a bordo de un barco.
-Muy bien. Ya tenemos, pues, una pista.
No puede caber duda de que, según toda probabilidad, una fuerte probabilidad, el
remitente se encontraba a bordo de un barco. Pasemos ahora a otro punto. En el
caso de la carta de Pondicherry transcurrieron siete semanas entre la amenaza y
su cumplimiento, en el de Dundee fueron sólo tres o cuatro días. ¿Nada le indica
eso?
-Que la distancia sobre la que había de
viajar era mayor.
-Pero también la carta venía desde una
distancia mayor.
-Pues entonces, ya no le veo la
importancia a ese detalle.
-Existe, por lo menos, una probabilidad
de que la embarcación a bordo de la cual está nuestro hombre, o nuestros
hombres, es de vela. Parece como si hubiesen enviado siempre su extraño aviso, o
prenda, cuando iban a salir para realizar su cometido. Fíjese en el poco tiempo
que medió entre el hecho y la advertencia cuando ésta vino de Dundee. Si ellos
hubiesen venido desde Pondicherry en un barco de vapor habrían llegado casi al
mismo tiempo que su carta. Y la realidad es que transcurrieron siete semanas. Yo
creo que esas siete semanas representan la diferencia entre el tiempo invertido
por el vapor que trajo la carta y el barco de vela que trajo a quien la
escribió.
-Es posible.
-Más que posible. Probable. Comprenderá
usted ahora la urgencia mortal que existe en este caso, y por qué insistí con el
joven Openshaw en que estuviese alerta. El golpe ha sido dado siempre al
cumplirse el plazo de tiempo imprescindible para que los que envían la carta
salven la distancia que hay desde el punto en que la envían. Pero como esta de
ahora procede de Londres, no podemos contar con retraso alguno.
-¡Santo Dios! -exclamé-. ¿Qué puede
querer significar esta implacable persecución?
-Los documentos que Openshaw se llevó
son evidentemente de importancia vital para la. persona o personas que viajan en
el velero. Yo creo que no hay lugar a duda que éstas son más de una. Un hombre
aislado no habría sido capaz de realizar dos asesinatos de manera que engañase
al Jurado de un juez de instrucción. Debieron de intervenir varias personas en
los mismos, y, fueron hombres de inventiva y de resolución. Se proponen
conseguir los documentos, sea quien sea el que los tiene en su poder. Y ahí
tiene usted cómo K. K. K. dejan de ser las iniciales de un individuo y se
convierten en el distintivo de una sociedad.
-Pero ¿de qué sociedad?
Sherlock Holmes echó el busto hacia
adelante, y dijo bajando la voz
-¿No ha oído usted hablar nunca del Ku
Klux Klan? ,
-Jamás.
Holmes fue pasando las hojas del
volumen que tenía sobre sus rodillas, y dijo de pronto: .
-Aquí está: «Ku Klux Klan.
Nombre que sugiere una fantástica semejanza con el ruido que se produce al
levantar el gatillo de un rifle. Esta terrible sociedad secreta fue formada
después de la guerra civil en los estados del Sur por algunos ex combatientes de
la Confederación, y se formaron rápidamente filiales de la misma en diferentes
partes del país, especialmente en Tennessee, Luisiana, las dos Carolinas,
Georgia y Florida. Se empleaba su fuerza con fines políticos, en especial para
aterrorizar a los votantes negros y para asesinar u obligar a ausentarse del
país a cuantos se oponían a su programa. Sus agresiones eran precedidas, por lo
general, de un aviso enviado a la persona elegida, aviso que tomaba formas
fantásticas, pero sabidas; por ejemplo: un tallito de hojas de roble, en algunas
zonas, o unas semillas de melón o de naranja, en otras. Al recibir este aviso,
la víctima podía optar entre abjurar públicamente de sus normas anteriores o
huir de la región. Cuando se atrevía a desafiar la amenaza encontraba la muerte
indefectiblemente, y, por lo general, de manera extrañó e imprevista. Era tan
perfecta la organización de la sociedad y trabajaba ésta tan sistemáticamente,
que apenas se registra algún caso en que alguien la desafiase con impunidad, o
en que alguno de sus ataques dejase un rastro capaz de conducir al
descubrimiento de quienes lo perpetraron. La organización floreció por espacio
de algunos años, a pesar de los esfuerzos del Gobierno de los Estados Unidos y
de las clases mejores de la comunidad en el Sur. Pero en el año mil ochocientos
sesenta y nueve, ese movimiento sufrió un súbito colapso, aunque haya habido en
fechas posteriores algunos estallidos esporádicos de la misma clase.»
-Fíjese -dijo Holmes, dejando el libro-
en que el súbito hundimiento de la sociedad coincide con la desaparición de
Openshaw de Norteamérica, llevándose los documentos. Pudiera muy bien tratarse
de causa y efecto. No hay que asombrarse de que algunos de los personajes más
implacables se hayan lanzado sobre la pista de aquél y de su familia. Ya
comprenderá usted que el registro y el diario pueden complicar a alguno de los
hombres más destacados del Sur, y que es posible que haya muchos que no duerman
tranquilos durante la noche mientras no sean recuperados.
-De ese modo, la página que tuvimos a
la vista...
-Es tal y como podíamos esperarlo.
Decía, si mal no recuerdo: «Se enviaron las semillas a A, B y C»; es decir, se
les envió la advertencia de la sociedad. Las anotaciones siguientes nos dicen
que A y B se largaron, es decir, que abandonaron el país, y, por último, que se
visitó a C, con consecuencias siniestras para éste, según yo me temo. Creo,
doctor, que podemos proyectar un poco de luz sobre esta oscuridad, y creo
también que, entre tanto, sólo hay una probabilidad favorable al joven Openshaw,
y es que haga lo que yo le aconsejé. Nada más se puede decir ni hacer por esta
noche, de modo que alcánceme mi violín y procuremos olvidarnos durante media
hora de este lastimoso tiempo y de la conducta, más lastimosa aún, de nuestros
semejantes los hombres.
A la mañana siguiente había escampado,
y el sol brillaba con amortiguada luminosidad por entre el velo gris que
envuelve a la gran ciudad. Cuando yo bajé, ya Holmes se estaba desayunando.
-Discúlpeme el que no le espere -me
dijo-. Preveo que se me presenta un día atareadísimo en la investigación de este
caso del joven Openshaw.
-¿Qué pasos va usted a dar? -le
pregunté.
-Dependerá muchísimo del resultado de
mis primeras averiguaciones. Es posible que, en fin de cuentas, me llegue hasta
Horsham.
-¿No va usted a empezar por ir allí?
-No, empezaré por la City. Tire de la
campanilla, y la doncella le traerá el café.
Para entretener la espera, cogí de
encima de la mesa el periódico, que estaba aún sin desdoblar, y le eché un
vistazo. La mirada mía se detuvo en unos titulares que me helaron el corazón.
-Holmes -le dije con voz firme-,
llegará usted demasiado tarde.
-¡Vaya! -dijo él, dejando la taza que
tenía en la mano-. Me lo estaba temiendo. ¿Cómo ha sido?
Se expresaba con tranquilidad, pero vi
que la noticia le había conmovido profundamente.
-Me saltó a los ojos el apellido de
Openshaw y el titular Tragedia cerca del puente de Waterloo. He aquí el
relato: «Entre las nueve y las diez de la pasada noche, el guardia de Policía
Cook, de la sección H, estando de servicio cerca del puente de Waterloo, oyó un
grito de alguien que pedía socorro, y el chapaleo de un cuerpo que cae al agua.
Pero como la noche era oscurísima y tormentosa, fue imposible salvar a la
víctima, no obstante acudir en su ayuda varios transeúntes. Dióse, sin embargo,
la alarma, y pudo ser rescatado el cadáver más tarde, con la intervención de la
Policía fluvial. Resultó ser el de un joven, como se dedujo de un sobre que se
le halló en el bolsillo, que se llamaba John Openshaw, que tiene su casa en
Horsham. Se conjetura que debió de ir corriendo para alcanzar el tren último que
sale de la estación de Waterloo, y que, en su apresuramiento y por la gran
oscuridad, se salió de su camino y fue a caer al río por uno de los pequeños
embarcaderos destinados a los barcos fluviales. El cadáver no mostraba señales
de violencia, y no cabe duda alguna de que el muerto fue víctima de un accidente
desgraciado, que debería servir para llamar la atención de las autoridades
acerca del estado en que se encuentran las plataformas dé los embarcaderos de la
orilla del río.»
Permanecimos callados en nuestros
sitios por espacio de algunos minutos. Nunca he visto a Holmes más deprimido y
conmovido que en esos momentos. Y dijo, por fin:
-Esto hiere mi orgullo, Watson. Es un
sentimiento mezquino, sin duda, pero hiere mi orgullo. Este es ya un asunto mío
personal y, si Dios me da salud, he de echar mano a esta cuadrilla. ¡Pensar que
vino a pedirme socorro y que yo lo envié a la muerte!
Saltó de su silla y se paseó por el
cuarto poseído de una excitación incontrolable, con las enjutas mejillas
cubiertas de rubor, y abriendo y cerrando sus manos largas y delgadas. Por
último, exclamó
-Tiene que tratarse de unos demonios
astutos. ¿Cómo consiguieron desviarlo de su camino y que fuese a caer al agua?
Para ir directamente a la estación no tenía que pasar por el Embankment.
Aun en una noche semejarte, estaba, sin duda, el puente demasiado concurrido
para sus propósitos. Ya veremos, Watson, quién gana a la larga. ¡Voy a salir!
-¿Va usted a la Policía?
-No; me constituiré yo mismo en
policía. Cuando tenga tejida la red podrán arrestar a esos hábiles pajarracos,
pero no antes.
Mis tareas profesionales me absorbieron
durante todo el día, y era ya entrada la noche cuando regresé a Baker Street;
Sherlock Holmes no había vuelto aún. Eran ya cerca de las diez cuando entró con
aspecto pálido y agotado. Se acercó al aparador, arrancó un trozo de la hogaza
de pan y se puso a comerlo con voracidad, ayudándolo a pasar con un gran trago
de agua.
-Está usted hambriento -dije yo.
-Muriéndome de hambre. Se me olvidó
comer. No probé bocado desde que me desayuné.
-¿Nada?
-Ni una miga. No tuve tiempo de pensar
en la comida.
-¿Tuvo éxito?
-Sí.
-¿Alguna pista?
-Los tengo en el hueco de mi mano. No
tardará mucho el joven Openshaw en verse vengado. Escuche, Watson, vamos a
marcarlos a ellos con su propia marca de fábrica. ¡Es cosa bien pensada!
-¿Qué quiere usted decir?
Holmes cogió del aparador una naranja,
y, después de partirla, la apretó, haciendo caer las semillas encima de la mesa.
Contó cinco y las metió en un sobre. En la parte interna de la patilla escribió:
«S.H. para J.C.» Luego lo lacró y puso la dirección: «Capitán James Calhoun,
barca Lone Star. Savannah, Georgia.»
-Le estará esperando cuando entre en el
puerto -dijo, riéndose por lo bajo-. Quizá le quite el sueño. Será un nuncio tan
seguro de su destino como lo fue antes para Openshaw:
-Y ¿quién es este capitán Calhoun?
-El jefe de la cuadrilla. También
atraparé a los demás, pero quiero que sea él el primero.
-Y ¿cómo llegó usted a descubrirlo?
Sacó del bolsillo una gran hola de
papel, toda cubierta de fechas y de nombres, y dijo
-Me he pasado todo el día examinando
los registros del Lloyd y las colecciones de periódicos atrasados, siguiendo las
andanzas de todos los barcos que tocaron en el puerto de Pondicherry durante los
meses de enero y febrero del año ochenta y tres. Fueron treinta y seis
embarcaciones de buen tonelaje las que figuraban en esos seis meses. La llamada
Lone Star atrajo inmediatamente mi atención porque, aunque se señalaba a
Londres como puerto de procedencia, se conoce con ese nombre de Estrella
Solitaria a uno de los estados de la Unión.
-Creo que al de Tejas.
-Sobre ese punto, ni estaba ni estoy
seguro; pero yo sabía que el barco tenía que ser de origen norteamericano.
-¿Y luego?
-Repasé las noticias de Dundee, y
cuando descubrí que la barca Lone Star se encontraba allí el mes de enero
del ochenta y cinco, mis sospechas se convirtieron en certeza. Luego hice
investigaciones acerca de los barcos actualmente en el puerto de Londres.
-Y ¿qué?
-El Lone Star llegó al mismo la
pasada semana. Bajé hasta el muelle Albert, y me encontré con que había sido
remolcada río abajo con la marea de esta mañana, y que lleva viaje hacia su
puerto de origen, en Savannah. Telegrafié a Gravesend, enterándome de que había
pasado por allí algún rato antes. Como el viento sopla hacia el Este, estoy
seguro de que se halla ahora más allá de los Goodwins, y no muy lejos de la isla
de Wight.
-Y ¿qué va a hacer usted ahora?
-¡Oh, le he puesto ya la mano encima!
El y los dos contramaestres son, según he sabido, los únicos norteamericanos
nativos que hay a bordo. Los demás son finlandeses y alemanes. Me consta,
asimismo, que los tres pasaron la noche en tierra. Lo supe por el estibador que
ha estado estibando su cargamento. Para cuando su velero llegue a Savannah, el
vapor correo habrá llevado esta carta, y el cable habrá informado a la Policía
de dicho puerto de que la presencia de esos tres caballeros es urgentemente
necesaria aquí para responder de una acusación de asesinato.
Sin embargo, hasta el mejor dispuesto
de los proyectos humanos tiene siembre una rendija de escape, y los asesinos de
John Openshaw no iban a recibir las semillas de naranja que les habría
demostrado que otra persona, tan astuta y tan decidida como ellos mismos, les
seguía la pista. Las tempestades equinocciales de aquel año fueron muy
persistentes y violentas. Esperamos durante mucho tiempo noticias de Savannah
del Lone Star, pero no nos llegó ninguna. Finalmente, nos enteramos de
que allá, en pleno Atlántico, había sido visto flotando en el seno de una ola el
destrozado codaste de una lancha y que llevaba grabadas las letras L. S. Y eso
es todo lo que podremos saber ya acerca del final que tuvo el Lone Star. |