|
La señora Navarrez gimió de tal manera durante toda la
noche que sus gemidos llenaban el inquilinato como si hubiese una luz encendida
en cada cuarto, y nadie pudo dormir.
Pasó toda la noche, mordiendo su almohada blanca,
retorciendo sus manos delgadas y gritando:
-¡Mi Joe!
A las tres de la madrugada los habitantes de los
apartamentos se convencieron, finalmente, de que la mujer jamás cerraría su roja
boca pintada y se levantaron, sintiéndose acalorados y fastidiosos. Se vistieron
y fueron a tomar el trolebús que los llevaría al centro, a uno de esos cines que
funcionaban toda la noche. Allí, Roy Rogers se dedicaba a perseguir a los malos
y lo veían a través de un velo de humo rancio y oían los diálogos en medio de
los ronquidos en la sala nocturna, a oscuras.
Al amanecer, la señora Navarrez todavía seguía
sollozando y gritando.
Durante el día no era tan terrible. El coro masivo de
niños que lloraban en distintos puntos de la casa le confería esa gracia
salvadora que era, casi, una armonía. A eso se sumaba el traqueteo de las
máquinas lavadoras en la galería del edificio donde las mujeres en batas de
felpilla, de pie sobre las tablas mojadas del piso, intercambiaban rápidas
frases mexicanas. Aun así, de tanto en tanto se podía oír el quejido de la
señora Navarrez en medio de las agudas voces, las lavadoras, los bebés:
-¡Mi Joe, oh, mi pobre Joe! -gritaba.
Al atardecer llegaron los hombres, con el sudor del
trabajo bajo los brazos. Mientras se remojaban en bañeras llenas de agua fresca,
en todo el edificio donde se preparaba la cena maldijeron y se taparon los oídos
con las manos.
-¡Todavía sigue con eso! -rabiaron, impotentes.
Uno de los hombres hasta llegó a dar un puntapié a la
puerta.
-¡Cállate, mujer!
Y lo único que logró fue que la señora Navarrez
chillara más fuerte aun:
-¡Oh, ah! ¡Joe, Joe!
-¡Esta noche cenamos fuera! -les dijeron los hombres a
sus esposas.
En todo el edificio se guardaron los utensilios de
cocina en los estantes, se cerraron las puertas con llave; los hombres asían a
sus perfumadas esposas de los codos y avanzaban de prisa con ellas por los
pasillos.
A medianoche, el señor Villanazul abrió la vieja puerta
desvencijada de su casa, cerró los ojos castaños y se quedó así un momento,
balanceándose. Su esposa Tina, con los tres hijos y las dos hijas de ambos, uno
de ellos en brazos, estaba junto a él.
-¡Ay, Dios! -susurró el señor Villanazul-. ¡Dulce
Jesús, baja de la cruz y haz callar a esa mujer!
Entraron a su pequeña morada en penumbras y miraron el
cirio azul que parpadeaba bajo un solitario crucifijo. En actitud filosófica, el
señor Villanazul meneó la cabeza:
-Sigue en la cruz.
Se tendieron en sus camas como trozos de carne
asándose, y la noche estival los salseó con sus propios jugos. La casa ardía con
los gritos de esa enferma.
-¡Estoy asfixiado!
El señor Villanazul bajó corriendo las escaleras del
edificio seguido por su esposa y dejaron a los niños, que gozaban de la
milagrosa capacidad de dormir aunque el mundo se viniese abajo.
Vagas figuras ocuparon la galería delantera, una docena
de hombres silenciosos, acuclillados, con cigarrillos que echaban humo y
fulguraban entre sus dedos morenos. Las mujeres, en batas de felpilla,
aprovechaban el escaso viento que soplaba en la noche de verano. Se desplazaban
como las figuras de un sueño, como maniquíes movidos rígidamente por medio de
cables y rodillos. Tenían los ojos hinchados y las lenguas estropajosas.
-Vamos a su apartamento a estrangularla -dijo uno de
los hombres.
-No, eso no estaría bien -dijo una mujer-. Mejor
arrojémosla por la ventana.
Aunque fatigados, todos rieron.
El señor Villanazul los miraba a todos parpadeando,
confundido. A su lado, su esposa se movía con indolencia.
-Cualquiera diría que Joe es el único hombre del mundo
que se ha unido al ejército -dijo alguien, irritado-. ¡Caramba con la señora
Navarrez! ¡Seguro que este Joe, este marido suyo, estará pelando papas; será el
tipo más seguro en toda la infantería!
-Hay que hacer algo -proclamó el señor Villanazul.
Él mismo se sorprendió de la dureza de su voz, y todos
lo miraron.
-No podemos seguir así una noche más -siguió diciendo,
sin rodeos.
-Cuanto más golpeamos a la puerta, más grita ella
-explicó el señor Gómez.
-Esta tarde ha venido el sacerdote -dijo la señora
Gutiérrez-. En nuestra desesperación, acudimos a él. Pero la señora Navarrez no
le abrió la puerta siquiera, por mucho que él se lo rogó. El cura se fue.
También hemos llamado al oficial Gilvie, que le gritó, pero, ¿acaso cree que
ella lo escuchó?
-Entonces tenemos que buscar otra forma -reflexionó el
señor Villanazul-. Alguien debe tratarla con... simpatía.
-¿Qué otra forma existe? -preguntó el señor Gómez.
Después de unos instantes, el señor Villanazul
conjeturó:
-Ah, si alguno de nosotros fuese soltero...
Dejó caer la insinuación como una piedra en un estanque
profundo, esperó a que salpicara y a que las ondas se expandieran suavemente.
Todos suspiraron.
Fue como si se levantase un pequeño viento de noche
veraniega. Los hombres se enderezaron un poco, las mujeres aceleraron sus
movimientos.
-Pero somos todos casados -respondió el señor Gómez,
volviendo a acurrucarse-. No hay ningún soltero.
-Oh -exclamaron todos, y se aquietaron nuevamente en
ese río caliente, vacío, de la noche, mientras el humo se elevaba en silencio.
-Entonces -volvió a disparar el señor Villanazul
cuadrando los hombros y tensando la boca- ¡tendrá que ser uno de nosotros!
El viento nocturno volvió a soplar, agitando a la gente
allí reunida.
-¡No es momento para egoísmos! -declaró Villanazul-.
¡Uno de nosotros debe hacer... esto! ¡De lo contrario, nos asaremos otra noche
más en el infierno!
Esta vez, los que estaban en la galería se apartaron de
él, parpadeando.
-¿Lo hará usted, señor Villanazul? -quisieron saber.
El aludido se puso rígido y el cigarrillo estuvo a
punto de caérsele de los dedos.
-Oh, pero yo... -objetó él.
-Usted -dijeron-. ¿No?
Afiebrado, él agitó sus manos.
-¡Yo tengo esposa y cinco hijos, uno de brazos!
-¡Ninguno de nosotros es soltero y, como la idea fue
suya, deberá tener el coraje de respaldar sus convicciones, señor Villanazul!
-replicaron todos.
El hombre se asustó y guardó silencio. Dirigió a su
esposa fugaces miradas de alarma.
Cansada, ella permanecía de pie en la noche,
esforzándose para verlo.
-Estoy tan cansada... -se lamentó la mujer.
-Tina -dijo él.
-Yo voy a morirme y habrá muchas flores y me sepultarán
si no logro descansar -murmuró ella.
-¡Pero, Tina...!
-Tiene muy mal aspecto -dijeron todos.
El señor Villanazul sólo titubeó un instante más. Tocó
los dedos de su esposa, flojos y calientes. Rozó con sus labios la mejilla
enfebrecida de su mujer.
Sin agregar palabra, salió de la galería.
Todos oyeron sus pasos que subían las escaleras del
edificio a oscuras, lo oyeron ascender, dar la vuelta en el tercer piso, donde
la señora Navarrez gemía y gritaba.
Aguardaron en el porche.
Los hombres encendieron nuevos cigarrillos y arrojaron
las cerillas; hablando como un viento, las mujeres rondaron entre ellos; todos
se acercaron a la señora Villanazul, que permanecía de pie, en silencio, con
sombras bajo de sus ojos fatigados, apoyada contra la baranda de la galería.
-¡Ahora -susurró quedamente uno de los hombres-, el
señor Villanazul está en el último piso del edificio!
Todos guardaron silencio.
-¡Ahora -siguió el hombre en un murmullo teatral-, el
señor Villanazul golpea la puerta! Tap, tap.
Todos escucharon, conteniendo el aliento.
A lo lejos se oyó un suave golpeteo.
-¡Ahora la señora Navarrez se echa a gritar de nuevo
ante la intrusión!
Desde lo alto de la casa llegó un grito.
-Ahora -imaginó el hombre acuclillado, moviendo
delicadamente su mano en el aire-, el señor Villanazul ruega y suplica, suave y
quedo, a través de la puerta cerrada con llave.
Los que estaban en el porche alzaron sus barbillas
tratando de ver a través de los tres pisos de madera y cemento, hacia el
tercero, y esperaron.
El grito se apagó.
-Ahora el señor Villanazul habla rápido, ruega,
susurra, promete -exclamó el hombre con suavidad.
El grito fue convirtiéndose en un sollozo, el sollozo
en un gemido y, por último, se extinguió del todo dejando oír la respiración, el
latido de los corazones y todos escucharon.
Al cabo de unos dos minutos de permanecer quietos,
traspirando, esperando, todos los presentes en la galería oyeron, allá arriba,
el chasquido de la cerradura, la puerta que se abría y, un segundo después, un
susurro y la puerta que se cerraba.
La casa se sumió en el silencio.
El silencio inundó todos los apartamentos, como si se
apagara una luz. El silencio fluyó como un vino fresco por el túnel de los
pasillos. El silencio entró por los vanos abiertos como una brisa fresca que
llegara desde el sótano. Todos se quedaron allí, inhalando la frescura de esa
brisa.
-¡Ah! -suspiraron.
Los hombres arrojaron sus cigarrillos y echaron a andar
de puntillas por el edificio silencioso. Las mujeres los siguieron. Pronto, el
porche quedó vacío. Los habitantes se movieron por frescos pasillos silenciosos.
La señora Villanazul, en fatigado estupor, abrió la
cerradura de la puerta.
-Debemos ofrecerle un banquete al señor Villanazul
-susurró una voz.
-Mañana encenderemos una vela por él.
Las puertas se cerraron.
La señora Villanazul yacía en su fresco lecho. “Es un
hombre considerado”, pensó, casi dormida ya, con los ojos cerrados. “Por este
tipo de cosas lo amo.”
El silencio fue como una mano fresca que la acariciaba,
hasta que se durmió.
FIN |