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Jerome Searing, soldado raso del
ejército del general Sherman, que entonces combatía al enemigo
en Kermesaw Mountain, Georgia, dio la espalda al pequeño grupo
de oficiales con los que había estado conversando en voz baja,
atravesó una estrecha franja de trincheras y desapareció en el
bosque. Ninguno de los hombres alineados tras las trincheras
le dijo una palabra, y apenas él les dirigió un movimiento de
cabeza al pasar, pero todos los que lo vieron comprendieron
que a aquel valiente acababan de confiarle una misión
peligrosa. Jerome Searing, aunque era soldado raso, no servía
en las filas; por razones de servicio estaba destacado en el
cuartel general de la división, y en las listas figuraba como
asistente. «Asistente» es una palabra que comprende multitud
de obligaciones. Un asistente puede ser un mensajero, un
oficinista, el criado de un oficial... cualquier cosa. Puede
realizar servicios que no están previstos en las instrucciones
y reglamentaciones militares. Su naturaleza puede depender de
las aptitudes del asistente, del favor de otros o de la mera
casualidad. El soldado Searing, un incomparable tirador,
joven, fuerte, inteligente e insensible al miedo, era
explorador. Al general que comandaba su división no le
satisfacía obedecer ciegamente las órdenes, sin saber qué era
lo que había frente a sus tropas, incluso cuando éstas no se
hallaban destacadas en servicio y sólo formaban una fracción
del ejército en línea; ni le agradaba recibir la información
por sus vis-á-vis a través de los canales acostumbrados,
Quería saber más de lo que le informaban los mandos del
ejército y los choques entre los destacamentos y los
tiradores. Para ello estaba Jerome Searing, con su audacia
extraordinaria, su conocimiento del bosque, sus observadores
ojos y su veracidad en el relato. En esta ocasión, sus
instrucciones eran sencillas: llegar tan próximo como fuera
posible a las líneas enemigas y averiguar todo cuanto pudiera.
En pocos momentos alcanzó los
primeros puestos. Allí, los hombres de guardia descansaban en
grupos de dos y de cuatro detrás de los pequeños terraplenes
con que habían formado la ligera depresión de tierra en que
yacían, con los fusiles sobresaliendo por encima de las ramas
verdes con que habían cubierto sus pequeñas defensas. El
bosque se extendía sin interrupción frente a ellos, tan
solemne y silencioso que sólo un esfuerzo de la imaginación
podía concebirlo poblado de hombres armados, vigilantes y
alertas -un bosque extraordinario, pleno de posibilidades de
lucha. Tras detenerse un momento en una de las trincheras para
informar a los hombres de sus intenciones, Searing se arrastró
sigilosamente con las manos y las rodillas y pronto se perdió
de vista en la densa espesura de la maleza.
-Es lo último de él -dijo uno de los
hombres-. Desearía tener su fusil. Esos tipos nos herirán a
alguno con él.
Searing continuó arrastrándose,
aprovechando todos los accidentes del terreno y la vegetación
para cubrirse mejor. Sus ojos lo escudriñaban todo y sus oídos
tomaban nota de todos los ruidos. Contenía la respiración. Y
cuando unas ramas pequeñas crujieron debajo de sus rodillas,
detuvo su avance y se aplastó contra la tierra. Era un trabajo
lento, pero no tedioso; el peligro lo hacía incluso excitante,
pero la excitación no se manifestaba físicamente. Su pulso era
tan regular y sus nervios tan firmes como si estuviera
intentando cazar un gorrión.
-Parece mucho tiempo -pensó-. Pero no
puedo haber llegado muy lejos; todavía estoy vivo.
Sonrió ante su personal método de
calcular la distancia y prosiguió reptando. Un momento
después, se aplastó bruscamente contra el suelo y se mantuvo
inmóvil un rato, minuto tras minuto. A través de una pequeña
abertura entre los arbustos había percibido un pequeño talud
de arcilla amarilla: una de las trincheras enemigas. Tras un
poco más de tiempo, levantó la cabeza cautelosamente, pulgada
a pulgada; después levantó el cuerpo sobre las manos, apoyadas
a cada lado sobre el suelo, intentando mirar el montículo de
greda. Un instante después estaba de pie, con el fusil en la
mano, y corría rápidamente hacia delante sin cuidado alguno de
ocultarse. Había interpretado bien las señales, cualesquiera
que fuesen; el enemigo se había marchado.
Para asegurarse completamente antes
de volver atrás para informar de un hecho de tan gran
importancia, Searing siguió avanzando a través de la línea de
las abandonadas trincheras, corriendo de una protección a otra
en las partes más claras del bosque, con los ojos atentos al
descubrimiento de posibles rezagados. Llegó hasta el borde de
una plantación, una de aquellas granjas abandonadas y
desiertas de los últimos años de la guerra, invadida por las
zarzas, afeada por los cercados rotos y las desoladas y vacías
construcciones que mostraban descarnadas aberturas en el lugar
de las puertas y ventanas. Después de un escrutinio penetrante
desde el abrigo seguro de un grupo de pinos jóvenes, Searing
cruzó velozmente un campo y una huerta hasta alcanzar una
pequeña estructura situada algo aparte de las otras
construcciones de la granja, sobre una suave elevación. Pensó
que aquella situación le ofrecería una buena panorámica de la
comarca, en la dirección que suponía que había tomado el
enemigo en su retirada. Aquella construcción, que
originalmente había consistido en una sola habitación
sostenida por cuatro postes de uno o tres metros de altura,
era ahora poco más que un tejado en el suelo; se había
desplomado y los tirantes y las tablas se amontonaban en el
suelo en desorden, o colgaban del extremo en varios ángulos,
no completamente desprendidos de los puntos que los
aguantaban. Los mismo postes de soporte habían dejado de ser
verticales. Parecía que todo el edificio pudiera desplomarse
con sólo tocarlo con un dedo.
Ocultándose entre los escombros de
viguetas y solerías, Searing recorrió con la vista el terreno
abierto que se extendía entre su punto de observación y una
estribación de Kennesaw Mountain, a ochocientos metros de
distancia. Un camino que subía y cruzaba la estribación estaba
atestado de tropas. Los fusiles de la retaguardia del enemigo
en retirada brillaban al sol de la mañana.
Searing había averiguado ya todo lo
que habría podido desear saber. Ahora su deber era retornar a
su compañía con la mayor rapidez posible e informar de su
descubrimiento. Pero la columna gris de los confederados
ascendiendo penosamente el camino de la montaña era una
tentación singular. Su fusil -un Springfield ordinario,
pero provisto de una mira esférica y un gatillo al pelo-
enviaría fácilmente, silbando en medio de la tropa, su onza y
cuarto de plomo. Seguramente eso no afectaría la duración ni
el resultado de la guerra, pero el trabajo del soldado es
matar. También es su costumbre, si es un buen soldado. Searing
amartilló su fusil y «enchufó» el gatillo.
Pero estaba decidido desde el
principio de los tiempos que el soldado Searing no asesinara a
nadie aquella luminosa mañana de verano, y que no fuera él
quien anunciara la retirada de los confederados. Durante
innumerables siglos, los acontecimientos se habían ido
imbricando de tal manera a sí mismos en ese mosaico
maravilloso, del que algunas partes, difícilmente
discernibles, llamamos historia, que los actos que ahora el
soldado Searing se proponía ejecutar enturbiaban la armonía
del modelo. Unos veinticinco años antes, la Providencia
encargada de ejecutar esa tarea según el diseño prefijado
había prevenido aquel infortunio originando el nacimiento de
cierto niño en una aldea situada al pie de los Montes Cárpatos.
Lo había criado con todo cuidado, había supervisado su
educación, había encaminado sus intereses hacia la carrera
militar y, llegado el momento, lo había hecho oficial de
artillería. Pero la concurrencia de un número infinito de
influencias favorables que predominaban sobre otras
influencias desfavorables hizo que aquel oficial de artillería
incurriera en una infracción de la disciplina militar y
hubiera de huir de su país natal para evitar el castigo. Fue
enviado a Nueva Orleáns -en lugar de a Nueva York-, donde un
oficial de reclutamiento le recogió en el muelle. Fue alistado
y más tarde ascendido, y los sucesos se ordenaron de tal modo
que ahora comandaba una batería de los confederados a unos
tres kilómetros en línea recta del lugar donde Searing, el
explorador federal, amartillaba su rifle. Nada se había
descuidado: en cada etapa del desarrollo de las vidas de
aquellos dos hombres, y en las vidas de sus contemporáneos y
antepasados, y en las vidas de los contemporáneos de sus
antepasados, se había hecho todo lo correcto para llegar al
resultado deseado. Si algo se hubiese omitido en esta vasta
concatenación, el soldado Searing hubiera podido hacer fuego
aquella mañana sobre los confederados en retirada y quizá
hubiera fallado. Pero sucedió que a un capitán de artillería
confederado, sin nada mejor que hacer mientras aguardaba su
turno para avanzar, se le ocurrió divertirse apuntando un
cañón de campaña oblicuamente hacia su derecha, hacia lo que
tomó por un grupo de soldados federales situados en la cima de
una colina, y hacer fuego. El obús voló mucho más allá de su
objetivo.
Jerome Searing echó atrás el gatillo
de su fusil, calculando, con los ojos fijos sobre los
distantes confederados, dónde podría plantar su bala con la
mayor esperanza de hacer una viuda, un huérfano o una madre
sin hijo -incluso, quizá, las tres cosas a la vez-, porque,
aunque el soldado raso Searing había rechazado repetidas veces
el ascenso, no carecía de cierta ambición. Entonces oyó
precipitarse un ruido en el aire, como el de las alas de un
pájaro enorme abatiéndose sobre su presa. Demasiado rápido
para que pudiera percibir su graduación, el ruido aumentó
hasta convertirse en un bramido ronco y temible, al mismo
tiempo que el proyectil que lo producía se abalanzaba sobre él
desde el cielo, golpeaba con ensordecedor impacto uno de los
postes que sostenía el montón de vigas encima de él, lo hacía
añicos y derrumbaba con estrépito la descalabrada caseta entre
nubes de polvo cegador.
Cuando Jerome Searing recuperó el
conocimiento no supo al principio qué había ocurrido. Todavía
tardó un tiempo en abrir los ojos. Por un momento creyó que
había muerto y había sido enterrado, e intentó recordar
algunos fragmentos de los oficios fúnebres. Imaginó que su
esposa estaba arrodillada sobre su tumba, añadiendo el peso de
su cuerpo al de la tierra que tenía sobre el pecho. Ambos, la
viuda y la tierra, habían aplastado el ataúd. A menos de que
los niños la convencieran de volver a casa, no lograría seguir
respirando mucho tiempo. Experimentó una sensación de
injusticia. «No puedo hablarle -pensó-. Los muertos no tienen
voz, y si abro los ojos se me llenarán de tierra.»
Abrió los ojos. Una gran extensión de
cielo azul por encima de la franja de las copas, de los
árboles. En primer plano, ocultando algunos árboles, había un
alto y pardo montículo, de contorno anguloso, atravesado por
una red intrincada e irregular de líneas rectas; todo a una
inconmensurable distancia, una distancia tan inconcebiblemente
grande que lo cansaba; cerró los ojos. En el momento en que lo
hizo percibió una luz insoportable. En sus oídos retumbó el
ruido del trueno sordo y rítmico de un mar lejano, rompiendo
en sucesivas olas sobre la playa y, además del ruido, como
parte de él o incluso de más lejos de él, entremezcladas con
su incesante murmullo, le llegaron unas palabras: «Jerome
Searing, estás cogido como una rata en una trampa... en una
trampa, trampa, trampa».
Súbitamente, se hizo un gran
silencio, una profunda oscuridad y una infinita calma, y
Jerome Searing, absolutamente consciente de su condición de
rata y convencido de que había caído en una trampa, recordó
todo y abrió de nuevo los ojos sin alarma para reconocer la
situación, advertir la fuerza del enemigo y planear su
defensa. Había quedado atrapado casi tumbado, con la espalda
fuertemente apoyada contra una viga. Otro travesaño le cruzaba
el pecho y, aunque había logrado apartarse un poco para que no
lo oprimiera, el travesaño era inamovible. Un tirante que
formaba ángulo con él le había comprimido el lado izquierdo
contra un montón de maderas inmovilizándole el brazo. Un
montón de cascotes le cubría hasta las rodillas las piernas,
algo entreabiertas en el suelo, y tapaba su limitado
horizonte. Tenía la cabeza tan rígidamente sujeta como fijada
por un tomo; podía mover los ojos y la barbilla pero nada más.
Sólo tenía el brazo derecho parcialmente libre. «Tienes que
librarnos de esto» le dijo. Pero no podía sacarlo de debajo de
la gruesa viga que le cruzaba el pecho ni mover el codo más de
seis centímetros.
Searing no estaba gravemente herido
ni sufría dolor. Un golpe seco en la cabeza dado por un pedazo
del poste astillado, unido al súbito y terrible impacto
nervioso, lo habían conmocionado momentáneamente. Su
desvanecimiento y recuperación, durante la que había
experimentado extrañas fantasías, probablemente no habían
sobrepasado unos segundos, pues el polvo producido por el
derrumbamiento todavía no se había disipado cuando empezó a
entender con claridad la situación.
Con la mano derecha en parte libre
intentó asir la viga que le aprisionaba, no del todo, el
pecho. No pudo hacerlo de ninguna manera. No era capaz de
bajar el hombro para empujar con el codo el borde de la viga
que tenía más cerca de las rodillas. Al fracasar en este
movimiento, tampoco podía levantar el antebrazo y la mano para
coger la madera. El tirante que formaba ángulo con la viga por
abajo y atrás le impedía cualquier movimiento en esa dirección
y el espacio entre el tirante y su cuerpo no era ni la mitad
de ancho que la largura de su antebrazo. Era evidente, pues,
que no podía pasar la mano ni por encima ni por debajo de la
viga; de hecho, no podía ni siquiera tocarla. Comprendiendo
que era imposible, desistió de este empeño y empezó a pensar
en alcanzar parte de los escombros amontonados sobre las
piernas.
Mientras miraba el montón intentando
determinar las posibilidades que había, le llamó la atención
lo que parecía un brillante aro metálico situado delante de su
vista. Al principio le pareció que rodeaba una sustancia
completamente negra y que tenía un centímetro de diámetro. De
pronto comprendió que la parte negra era solamente una sombra
y que el aro era en realidad la boca de su fusil, que
sobresalía del montón de escombros. En seguida se alegró de
que fuera eso, si es que podía ser una alegría. Cerrando
primero un ojo y luego otro, podía ver una parte del caño,
hasta el punto en que lo escondían los escombros. Cuando veía
el lado correspondiente a un ojo, éste estaba aparentemente en
el mismo ángulo que el lado correspondiente al otro ojo. Si
miraba con el ojo derecho, el arma parecía dirigida a la
izquierda de su cabeza, y viceversa. No lograba ver la
superficie superior del caño, pero alcanzaba a distinguir en
un breve ángulo la superficie inferior de la culata. El arma,
en realidad, apuntaba exactamente al centro justo de su
frente.
Cuando el soldado Searing advirtió
esta circunstancia y recordó que antes del accidente que le
había colocado en aquella desgraciada situación había
amartillado el fusil y dispuesto el gatillo para disparar con
sólo rozarlo, le asaltó una sensación de inquietud. Pero no
fue en absoluto miedo; era un hombre valiente, familiarizado
con aquella posición de los rifles, y también con los cañones.
Entonces recordó, casi divertido, un incidente que le había
ocurrido durante el asalto de Missionary Ridge. Cuando se
encaramaba a uno de los parapetos enemigos, donde había visto
que un pesado cañón lanzaba carga tras carga de metralla a los
asaltantes, por un momento pensó que habían retirado el cañón;
sólo conseguía ver un aro en la abertura. Lo comprendió justo
a tiempo de saltar a un lado, cuando el cañón lanzó otro
picotazo de acero sobre la cuesta plagada de hombres. Dar la
cara a las armas de fuego es una de las situaciones más
habituales en la vida de un soldado... armas de fuego, además,
tras las que resplandece el brillo de unos ojos hostiles. Para
eso está hecho un soldado. Sin embargo, el soldado Searing no
apreciaba ahora del mismo modo la situación, y apartó la
vista.
Tras tantear durante un rato,
vagamente, con la mano derecha, hizo un inútil intento de
liberar la izquierda. Después, trató de desasir la cabeza,
cuya sujeción le resultaba tanto más molesta por ignorar qué
era lo que la sujetaba. A continuación, intentó liberar los
pies, pero cuando endurecía, a este propósito, los fuertes
músculos de las piernas, reparó en que un movimiento de los
escombros que las cubrían podía provocar la descarga del
rifle; no comprendía cómo había resistido el arma, pero la
memoria lo ayudó aportándole varios casos similares. Recordaba
uno en particular, en que en un momento de distracción había
aporreado a un caballero con el fusil para saltarle los sesos,
sin darse cuenta hasta después de que el arma que acababa de
blandir por el caño estaba amartillada y con el gatillo
puesto, detalle que si hubiera conocido su antagonista le
hubiera inducido, sin duda, a una mayor resistencia. Siempre
había sonreído ante este recuerdo de sus «inmaduros y
juveniles» días de soldado, pero ahora no sonrió. Volvió la
mirada otra vez a la boca del fusil y por un instante imaginó
que se había movido; parecía algo más próxima.
Apartó otra vez la vista. Las copas
de los distantes árboles que había fuera de los límites de la
plantación la atrajeron: no había reparado antes en qué
ligeros, como plumosos, eran, ni en qué azul intenso tenía el
cielo, incluso entre las ramas de los árboles, que de algún
modo lo hacían palidecer con su verdor; por encima de él, ya
aparecía casi negro. «De día hará un calor insoportable aquí
-pensó-. Me gustaría saber en qué dirección estoy mirando.»
A juzgar por las sombras que veía,
decidió que tenía la cara al norte; al menos no le daría el
sol en los ojos, Y al norte... bueno, era en dirección a su
mujer y sus hijos.
-¡Bah! -exclamó en voz alta-. ¿Qué
tienen que ver con esto?
Cerró los ojos. «Mientras no pueda
salir, lo mejor será que duerma. Los rebeldes han marchado y
seguro que alguno de los nuestros pasará por aquí a buscar
forraje. Me encontrarán.»
Pero no se dormía. Poco a poco empezó
a sentir un dolor en la frente, un dolor sordo, casi
imperceptible primero, pero que aumentaba y se hacía más y más
molesto. Al abrir los ojos desaparecía, pero cuando los
cerraba volvía a aparecer.
-¡Al diablo! -exclamó, inútilmente, y
miró de nuevo fijamente el cielo. Escuchó el canto de los
pájaros, la extraña nota metálica de las alondras de la
pradera, que sugería un golpeteo de vibrantes espadas. Se
hundió en las memorias agradables de su infancia; jugaba con
su hermano y su hermana; atravesaba corriendo los campos,
chillando para espantar a las sedentarias alondras; se
adentraba en el sombrío bosque alejado y, con tímidos pasos,
seguía el borroso sendero que conducía a la Peña del Fantasma;
se detenía, por último, con unos estruendosos latidos en el
pecho, ante la Cueva del Hombre Muerto e intentaba penetrar su
pasmoso misterio. Por primera vez, se dio cuenta de que la
abertura de la caverna encantada estaba rodeada por un aro de
metal. Entonces, todo se desvaneció y lo dejó escrutando el
cañón de su fusil, como antes. Pero mientras que antes parecía
cerca, ahora semejaba a una inconcebible distancia y, por
ello, más siniestro. Se puso a gritar y, asustado por algo que
percibió en su propia voz -el tono del Miedo- se mintió a sí
mismo: «Si no grito, puedo quedarme aquí hasta que me muera».
Ya no hizo más intentos de rehuir la
amenazadora mirada del cañón del fusil. Si giraba los ojos en
algún momento, era para buscar ayuda (aunque no podía ver el
terreno que había a cada lado de la ruina), y se permitía
después volver la vista otra vez, como obedeciendo una
imperativa fascinación. Si cerraba los ojos era por
agotamiento, y en seguida los abría, obligado por el punzante
dolor en la frente -la profética amenaza de la bala.
La tensión nerviosa era demasiado
fuerte; la naturaleza venía en su auxilio sumiéndolo en
intervalos de inconsciencia. Cuando revivía de uno de estos
intervalos percibió un agudo dolor y un escozor en la mano
derecha. Movió los dedos y se los frotó contra la palma, y
notó que estaban húmedos y resbaladizos. No podía verse la
mano, pero conocía aquella sensación: le manaba sangre. En su
momento de delirio había golpeado los cascotes desportillados
de las ruinas y se había clavado varias astillas. Decidió que
se enfrentaría a su destino con más virilidad. Era un soldado
raso y vulgar, no tenía religión ni filosofía. No podía morir
como un héroe, entre grandilocuentes y sabias palabras, ni aun
en el caso de que hubiera habido alguien para escucharlas,
pero podía morir «con ánimo», y eso iba a hacer. ¡Pero si
pudiera saber cuándo iba a sonar el disparo!
Algunas ratas, que probablemente
habían habitado la caseta, se acercaron correteando
furtivamente. Una subió a la pila de cascotes que aprisionaban
el rifle; le siguió otra y otra. Searing las miró al principio
con indiferencia y luego con amistoso interés. Pero después,
cuando en su mente extraviada destelló el pensamiento de que
podían rozar el gatillo del fusil, las maldijo y les chilló
que se marcharan.
-Esto no es asunto de ustedes -les
gritó.
Los animales se fueron; volverían más
tarde, a atacarle la cara, a roerle la nariz, a desgarrarle la
garganta... él lo sabía, pero esperaba estar muerto para
entonces
Nada podía apartar ahora su vista del
pequeño aro metálico repleto de tinieblas. El dolor en la
frente era feroz y no cesaba. Lo sentía penetrar gradualmente
en el cerebro a más y más profundidad, hasta que detenía su
avance la madera que sostenía su cabeza. Aumentaba por
momentos haciéndose intolerable: irracionalmente, empezó a
golpear otra vez la mano herida contra las astillas para
contrarrestar con otro sufrimiento aquel dolor lacerante.
Parecía palpitar con lenta y regular recurrencia, cada
pulsación más penetrante que la anterior, y a veces aullaba,
creyendo que sentía el disparo fatal. Ningún pensamiento sobre
su hogar, su esposa e hijos, la patria o la gloria. Todo
recuerdo se había desvanecido de la memoria. El mundo había
desaparecido... no quedaba ningún vestigio. Aquí, en esa
confusión de vigas y maderas, está el único universo. Aquí
está la inmortalidad del tiempo... cada dolor una vida
perpetua. Cada pulsación una señal de la eternidad.
Jerome Searing, el hombre valeroso,
el enemigo formidable, el fuerte y resuelto guerrero, tenía la
palidez de un fantasma. La mandíbula le colgaba; le
sobresalían los ojos; le temblaba cada músculo; un sudor frío
le bañaba todo el cuerpo; aullaba de miedo. No había
enloquecido... estaba aterrado.
Tanteando con la mano derecha,
desgarrada y sangrante, logró alcanzar un pedazo de madera; la
empujó hacia arriba y sintió que cedía. Estaba paralela a su
cuerpo. Dobló el codo todo lo que el estrecho espacio le
permitía y logró moverla unos centímetros. Repitió la maniobra
varias veces y la tabla quedó desprendida de los escombros que
le cubrían las piernas. Pudo alzarla entera del suelo. Le
invadió la esperanza, quizá pudiera desplazarla hacia arriba,
es decir hacia atrás, lo bastante como para alzarla por el
extremo y empujar el fusil a un lado; o, si éste estaba
demasiado encajado, colocar la tabla de manera que desviara la
bala. Con este objetivo, corrió la madera hacia atrás
centímetro a centímetro sin atreverse apenas a respirar por
temor a que ello hiciera fracasar su intento, más incapaz que
nunca de apartar los ojos del fusil, que podía ahora
aprovechar su menguante oportunidad. Algo, al menos, había
ganado: en su preocupación por aquel intento de autodefensa
era menos sensible al dolor de su cabeza y había dejado de
gritar. Pero continuaba mortalmente asustado y los dientes le
temblequeaban como castañuelas.
La tabla de madera dejó de moverse
bajo la presión de su mano. Tiró de ella con todas sus
fuerzas, cambiando su dirección todo lo que podía, pero la
tabla había encontrado un obstáculo detrás de él y el extremo
de delante estaba todavía demasiado lejos para salir del
montón de escombros y alcanzar el caño del fusil. Llegaba
casi, sin embargo, hasta el guardamonte, que, no cubierto de
escombros, podía entrever con el ojo derecho. Intentó romper
la tabla con la mano, pero no tenía apoyo para hacer palanca.
Con el fracaso retornó su terror, diez veces aumentado. La
negra abertura del fusil parecía amenazar con una muerte más
repentina e inminente, como castigo por su rebeldía. El
trayecto de la bala a través de su cabeza le hizo sentir un
dolor mayor. Tembló otra vez.
De pronto, recuperó la calma. El
temblor persistía. Apretó los dientes y frunció las cejas. No
había agotado las posibilidades de defensa; en su mente se
había formado una nueva idea... otro plan de batalla. Alzando
la punta delantera de la tabla de madera, la empujó
cuidadosamente hacia delante por entre los cascotes que
rodeaban el fusil hasta que tocó el guardamontes. Movió la
punta lentamente hasta que notó que lo traspasaba.
Entonces cerró los ojos y apretó
contra el guardamontes con toda su fuerza. No hubo ninguna
detonación. El rifle se había descargado al caerle de la mano
cuando el edificio se derrumbó... Pero cumplió su función.
El teniente Adrian Searing, al mando
del piquete en aquella línea de combate por la que su hermano
Jerome había pasado para cumplir su misión, estaba sentado,
con los oídos atentos, en su parapeto tras la línea. No se le
escapaba el menor ruido: el chillido de un pájaro, el raspar
de una ardilla, el sonido del viento entre los pinos... todo
lo captaban ansiosamente sus sentidos agotados. De repente,
justo delante de su alineación, escuchó un rumor confuso,
apenas perceptible, semejante al estruendo del hundimiento de
un edificio, transportado en la distancia. El teniente miró
mecánicamente su reloj. Las seis y dieciocho minutos. En aquel
momento, un oficial se aproximó a él y lo saludó.
-Mi teniente -dijo el oficial-, el
coronel le ordena que haga avanzar su alineación y entre en
contacto con el enemigo si lo encuentra. Si no, debe proseguir
el avance hasta que se le ordene el alto. Hay motivos para
pensar que el enemigo se ha dado en retirada.
El teniente asintió en silencio; el
otro oficial se retiró. En poco tiempo los hombres, avisados
en voz baja de su obligación por los oficiales, cargaron sus
rifles y comenzaron a avanzar en formación, con los dientes
apretados y el corazón palpitante.
Este piquete de tiradores atravesó
rápidamente la plantación dirigiéndose a la montaña. Pasaron
por los dos lados de la caseta en ruinas sin observar nada. A
poca distancia, en la retaguardia, iba su teniente. Éste miró
con curiosidad las ruinas y observó un cadáver semienterrado
entre las maderas y las vigas.
Está tan cubierto de polvo que sus
ropas son del gris confederado. Tiene el rostro de un blanco
amarillento; las mejillas hundidas; las sienes sobresalen con
unos bordes angulosos dando a la frente una estrechez lúgubre;
el labio superior, levemente alzado, descubre los dientes
blancos, rígidamente apretados. El pelo está enteramente
impregnado de sudor y el rostro tan húmedo como la hierba
cubierta de rocío. Desde donde se encuentra, el oficial no
advierte el fusil; en apariencia, el hombre había muerto por
el derrumbamiento del edificio.
-Muerto hace una semana -dijo el
oficial lacónicamente.
Siguió su camino, consultando su
reloj con aire ausente, como para verificar su cálculo de la
hora. Las seis y cuarenta minutos. |