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I
El primer día de mayo del año de nuestro
Señor de 1680, los monjes franciscanos Egidio, Romano y Ambrosio
fueron mandados por su Superior desde la ciudad cristiana de Passau
hasta el Monasterio de Berchtesgaden, en los alrededores de
Salzburgo. Yo, Ambrosio, era entonces el más joven y fuerte de
ellos, ya que sólo tenía veintiún años.
Sabíamos que el monasterio de Berchtesgaden
se encontraba en una comarca agreste y montañosa, cubierta de
oscuros bosques infestados de osos y espíritus perversos, y nuestros
corazones se hallaban llenos de pesadumbre al pensar qué podría
ocurrirnos en un lugar tan horrible. No obstante, como es un deber
cristiano ofrecer el sacrificio de nuestra obediencia a la Iglesia,
no protestamos, e incluso nos sentimos alegres de acatar de esta
forma el deseo de nuestro reverendo Superior.
Después de recibir la bendición y de rezar
por última vez en la iglesia de nuestro Santo, cerramos nuestras
capuchas, nos calzamos sandalias nuevas e iniciamos nuestra marcha
acompañados por las bendiciones de todos. A pesar de que el trayecto
era largo y peligroso, no perdimos la esperanza, ya que ésta es en
el fondo el principio y fin de toda religión, y además una
característica de la juventud, que también sirve de apoyo en la
vejez. Por ese motivo, nuestros corazones superaron enseguida la
tristeza de la partida y se alegraron con los nuevos y diversos
paisajes que nos ofrecía nuestro primer contacto verdadero con la
hermosura de la tierra, tal y como Dios la creó. El colorido y el
brillo de la atmósfera recordaban al manto de la Santísima Virgen:
el sol resplandecía como el Áureo Corazón del Salvador, del que
brota luz y vida para la humanidad entera. La bóveda azul oscura que
se desplegaba en las alturas formaba, también, un precioso oratorio
en el que cada hoja de hierba, cada flor y cada criatura ensalzaba
la gloria de Dios.
Mientras atravesábamos las múltiples aldeas
y ciudades que se escalonaban a lo largo de nuestra travesía, miles
de personas atareadas en todos los trabajos de la vida cotidiana nos
ofrecían a nosotros, pobres monjes, un espectáculo nuevo e insólito
que nos llenaba de asombro y admiración. Muchas iglesias se nos
presentaban conforme avanzábamos en nuestro itinerario, y la caridad
y el fervor popular se ponía de manifiesto en el júbilo con que
éramos acogidos y en la velocidad con que satisfacían cualquier
necesidad que manifestáramos, haciendo que nuestros corazones se
encontrasen plenos de gratitud y alborozo. Todos los emplazamientos
de la Iglesia eran prósperos y opulentos, lo que demostraba que eran
vistos con buenos ojos, y protegidos por el buen Dios a quien
servimos. Los huertos y jardines de monasterios y conventos estaban
muy bien cultivados, mostrando así la habilidad y dedicación de los
piadosos campesinos y de los honrados habitantes de los claustros.
Era una gloria poder escuchar el repique de las campanas que
anunciaban cada hora del día, y los dulces tañidos parecían las
voces de ángeles que entonasen alabanzas al Señor.
Allí donde llegábamos, saludábamos a las
personas en nombre de nuestro santo superior. Encontrábamos todos
los ejemplos imaginables de humildad y alegría; mujeres y niños se
echaban a la vera del camino y se apelotonaban a nuestro alrededor
para besarnos las manos y pedirnos que les bendijéramos. Casi podría
decirse que ya no éramos los humildes esclavos del Señor, sino los
amos y señores de toda aquella hermosa tierra. Pero que no se
arraigue la soberbia en nuestro espíritu; debemos conservar la
modestia para no desviarnos de las reglas de nuestra Orden, ni pecar
tampoco contra nuestro bienaventurado Santo.
Yo, el hermano Ambrosio, debo confesar con
vergüenza y remordimiento, que mi alma se dejó arrastrar con
demasiada frecuencia por pensamientos muchas veces mundanos y
pecaminosos. Me parecía que las mujeres se empeñaban con mayor afán
en besar mis manos que las de mis hermanos, lo que sin duda no era
cierto, ya que no soy en absoluto más santo que ellos y, además, soy
más joven y menos experto en el temor y los mandamientos del Señor.
Cuando percibí el error en que incurrían las mujeres y noté la forma
en que las doncellas fijaban en mí sus ojos, me sentí aterrado y me
pregunté si estaría en condiciones de mantenerme indemne en caso de
que me llegara la tentación; y con frecuencia pensé, tembloroso y
asustado, que los votos, las oraciones y la penitencia no bastan en
sí mismos para convertirlo a uno en santo; es necesario tener un
corazón cuya pureza sea tanta que ignore la tentación. ¡Infeliz de
mí!
Al caer la noche siempre nos alojábamos en
algún monasterio, e invariablemente éramos calurosamente recibidos.
Nos daban comida y bebida en abundancia, y al sentarnos a la mesa,
los monjes acostumbraban a reunirse alrededor de nosotros
pidiéndonos noticias de ese inmenso mundo que teníamos el privilegio
de haber visto y conocido tanto. Cuando conocían cuál era nuestro
destino, normalmente nos compadecían, por haber sido condenados a
vivir en aquella inhóspita región montañosa. Nos hablaban de
glaciares, montañas coronadas de nieve y gigantescos promontorios,
torrentes impetuosos, cuevas y tenebrosas selvas; asimismo, solían
hacer referencia a un lago tan terrible y misterioso que no tenía
igual en el mundo. ¡Que Dios se apiade de nosotros!
Al quinto día de nuestro viaje, cuando nos
encontrábamos un poco más allá de Salzburgo, pudimos contemplar un
extraño y ominoso espectáculo. Sobre el horizonte, justamente frente
a nosotros, se levantaba un enorme banco de nubes, con infinidad de
puntos grises y manchas aún más oscuras, y arriba, en medio de esas
nubes y del cielo azul, aparecía como un segundo firmamento de
blancura inmaculada. Aquel paisaje nos intrigó y alarmó
considerablemente. Las nubes permanecían estáticas; las miramos
durante horas y no logramos advertir el menor cambio. Después,
aquella misma tarde, cuando el sol desaparecía en poniente, las
nubes comenzaron a brillar de forma resplandeciente. ¡Brillaban y
refulgían de forma asombrosa, dando en ocasiones la impresión de
haberse incendiado!
Nadie puede imaginar nuestro desconcierto
al ver que lo que habíamos tomado por nubes eran únicamente tierra y
rocas. Es más, estábamos en presencia de las montañas de que tanto
nos habían hablado, y aquel extraño firmamento blanco era en
realidad las nevadas cumbres de la cordillera, que, tal y como
afirman los luteranos, les es posible mover con su fe. Aunque yo lo
dudo mucho.
II
Al pararnos a la entrada del desfiladero
que se adentraba en las montañas, nos sobrecogió el desaliento.
Aquello parecía la boca del Infierno. A nuestra espalda se extendía
la bella campiña que acabábamos de recorrer y que en aquel momento
nos veíamos obligados a dejar para siempre. Frente a nosotros se
levantaban, ceñudas, las montañas con sus inhóspitos precipicios y
sus selvas encantadas que interrumpían la visión, y llenas de
peligros para el cuerpo y el alma. Vigorizamos nuestro ánimo con
aguardiente, y entramos en el angosto desfiladero rezando y
susurrando anatemas contra el mal, en nombre de Dios, abriéndonos
camino y preparados para enfrentar cuanto pudiese ocurrir.
Mientras recorríamos prudentemente nuestro
trayecto, árboles enormes dificultaban nuestro avance, y un denso
follaje casi suprimía la luz del día, de tan fría y profunda como
era su sombra. El sonido de nuestras pisadas y voces -cuando nos
atrevíamos a hablar- se repetía en el eco de los enormes
promontorios que bordeaban el desfiladero con tanta claridad y de
forma tan reiterada -y a pesar de ello, tan diferente cada vez- que
casi podíamos asegurar que nos acompañara una turba de seres
invisibles, dispuestos a reírse de nosotros, y a burlarse de nuestro
miedo. A nuestro paso, enormes aves de presa, a las que nuestra
aparición había llevado a abandonar sus nidos construidos en la cima
de los árboles y en las laderas de los promontorios, se balanceaban
sobre altísimos riscos y nos miraban malignamente; buitres y cuervos
graznaban sobre nuestras cabezas con tonos ásperos y estridentes que
nos helaban la sangre en las venas. Ni siquiera nuestros cánticos
religiosos y nuestras plegarias lograban traernos la paz, ya que no
hacían sino atraer otras aves y, encima, sus propios ecos
multiplicaban aquel horrendo barullo que nos acosaba. Nos sorprendió
ver que algunos de aquellos inmensos árboles habían sido arrancados
de cuajo de la tierra, y que habían sido lanzados sobre las colinas,
ladera abajo. Temblábamos al pensar en lo gigantescas y terribles
que habrían de ser las manos capaces de semejante proeza. A veces
pasábamos junto al borde de escarpados precipicios y las oscuras
grietas abiertas en las profundidades mostraban un espectáculo
espeluznante. Se levantó un tormenta y quedamos casi cegados por los
fuegos del cielo, mientras nos ensordecían truenos mil veces más
salvajes de los que nunca habíamos escuchado hasta entonces. Por fin
nuestro terror llegó a un paroxismo tal que a cada minuto
esperábamos que algún diablo surgido del Infierno saltara desde
detrás de una roca y nos atacara, o que un oso terrible apareciese
de en medio de la maleza para cuestionar nuestro derecho a seguir
aquel viaje. Pero el sendero se veía atravesado únicamente por
ciervos y zorros, y de alguna forma se fueron apaciguando nuestros
temores al entender que nuestro bienaventurado Santo no era menos
poderoso en las gigantescas montañas que en las llanuras.
Finalmente llegamos a orillas de una
corriente cuyas aguas, cristalinas y plateadas, mostraron ante
nuestros ojos un agradable espectáculo. En sus profundidades,
flanqueadas por rocosos peñascos, pudimos ver preciosas truchas
doradas, tan grandes como las carpas que viven en el estanque de
nuestro monasterio, en Passau. Incluso en estas comarcas salvajes,
el Cielo ha otorgado generosamente los elementos necesarios para que
los fieles lleven a cabo la abstinencia.
Bajo los negros pinos, al lado de inmensos
riscos cubiertos de musgo, brotaban hermosas flores de color dorado
o azul oscuro. El hermano Egidio, que era tan erudito como piadoso,
conocía aquellas plantas gracias a su herbario y nos mostró cuáles
eran sus nombres. Nos deleitamos en la contemplación de escarabajos
y mariposas brillantes que, tras la lluvia, habían dejado sus
escondrijos. Recogimos ramilletes de flores y perseguimos hermosos
insectos alados, olvidando, embriagados por la alegría, las
oraciones y las preocupaciones, los osos y los espíritus del mal.
Pasaron muchas horas sin que viéramos una
casa o un ser humano. Lentamente nos íbamos internando cada vez más
profundamente en la región montañosa; las dificultades que nos
veíamos obligados a afrontar se hacían cada vez mayores y se
repetían los horrores de nuestro inhóspito paisaje, aunque
impresionando cada vez menos nuestros espíritus, ya que comprendimos
que el buen Dios nos estaba resguardando para que pudiésemos servir
durante más tiempo a Su santa voluntad. Un recodo del tranquilo
arroyo se interpuso en nuestro camino y, al acercarnos, comprobamos
con júbilo que lo atravesaba un puente rudimentario, aunque muy
sólido. Cuando nos disponíamos a cruzarlo, miré casualmente a la
otra orilla y vi algo que me heló la sangre. En la margen opuesta
había una pradera cubierta de bellas flores, ¡y en el centro se
levantaba un patíbulo del que colgaba el cadáver de un hombre! Tenía
el rostro vuelto hacia nosotros y pude distinguir con absoluta
claridad sus facciones, que a pesar de hallarse ennegrecidas y
distorsionadas, mostraban claramente que la muerte le había llegado
ese mismo día.
Me disponía a llamar la atención a mis
compañeros sobre aquel siniestro espectáculo, cuando ocurrió algo
asombroso: en la pradera apareció una joven de largo y dorado
cabello, sobre el cual lucía una corona de pimpollos. Vestía un
traje de color rojo brillante, y me dio la impresión de que
iluminaba toda la escena como si fuese una llama viva. No había nada
en su conducta que demostrase el menor temor ante el cuerpo que
colgaba en el patíbulo; muy al contrario, se acercó hasta él con sus
pies desnudos sobre la hierba, mientras cantaba en voz alta y suave,
y al tiempo que agitaba los brazos intentando ahuyentar a las aves
de presa que se apiñaban alrededor de la horca y proferían
estridentes graznidos, acompañados de violentos aleteos y rechinar
de picos. Cuando la muchacha se acercó, las aves levantaron el
vuelo, a excepción de un enorme buitre que permaneció encaramado en
el patíbulo como si quisiera desafiar o amenazar a la joven. Ella se
aproximó a la repugnante criatura saltando, bailando y gritando
hasta que logró asustarla, obligándola a desplegar sus enormes alas
y a alejarse con un pesado vuelo. Entonces la niña paró de danzar,
se situó al pie del patíbulo y fijó su mirada tranquila y reflexiva
en el cuerpo del desdichado que se balanceaba en la cuerda.
El canto de la muchacha había llamado la
atención de mis compañeros, y los tres permanecimos contemplando a
la encantadora joven y a la insólita escena que la rodeaba,
demasiado aturdidos como para pronunciar palabra.
Mientras observaba la sorprendente
situación, sentí como si un escalofrío recorriese mi cuerpo. Dicen
que éste es el indicio inequívoco de que alguien acaba de pisar el
lugar que habrá de ser su tumba. Por sorprendente que parezca, sentí
el estremecimiento en el mismo momento en que la muchacha caminaba
bajo el patíbulo. Todo esto no hace sino demostrar, a pesar de todo,
hasta qué punto las legítimas creencias de los hombres se encuentran
sembradas de absurdas supersticiones, ya que, ¿cómo es posible que
un devoto fiel de San Francisco termine siendo enterrado bajo un
patíbulo?
-¡Démonos prisa -insté a mis compañeros-, y
recemos unas plegarias por el alma del difunto!
Enseguida llegamos al lugar indicado y, sin
levantar la mirada, rezamos con acendrado fervor, y en especial yo,
ya que mi corazón rebosaba compasión por el desgraciado pecador que
pendía en lo alto. Recité las palabras de Dios, que dijo «La
venganza es mía», y recordé que el amado Salvador perdonó al ladrón
que se encontraba clavado en la cruz, junto a Él. ¿Quién podría
decir que no habría también misericordia y perdón para aquel
desgraciado ajusticiado en el patíbulo?
Al acercarnos, la joven se retiró unos
pocos pasos, sin saber qué hacer respecto a nosotros y a nuestras
oraciones. Inesperadamente, sin embargo, en medio de nuestras
plegarias, oí cómo exclamaba con su tono melodioso, semejante al
tañido de una campana: «¡El buitre! ¡El buitre!», con un tono
agitado, como si fuese presa de un intenso miedo. Al mirar hacia
arriba, vi una gigantesca ave gris que sobrevolaba los pinos y se
lanzaba inmediatamente en nuestra dirección. Estaba claro que al
buitre no le dábamos miedo nosotros, ni nuestro sagrado ministerio,
ni nuestras piadosas oraciones. Mis hermanos, sin embargo, se
enfadaron con la interrupción provocada por las palabras de la
joven, y la reprendieron severamente, aunque yo les dije:
-Puede que la niña sea pariente del
difunto. Meditad en esto, hermanos: esa terrible bestia se dispone a
desgarrar la carne del rostro y a alimentarse con sus manos y con el
resto de su cuerpo. Es muy lógico que haya gritado espantada.
Uno de los hermanos dijo:
-Acércate a ella, Ambrosio, y dile que se
calle para que podamos rezar en paz por el espíritu de este pecador.
Me abrí camino entre las olorosas flores
hasta el lugar en que se encontraba la muchacha, con sus ojos
todavía fijos en el buitre que volaba en círculos cada vez menores
sobre el patíbulo. La exquisita figura de la chica se destacaba
espléndidamente junto al macizo de flores plateadas que crecían en
el arbusto a cuyo lado se había parado; y sucumbí a la tentación de
observarla un instante. Erguida y esbelta, me contempló mientras me
acercaba, a pesar de que me pareció ver un destello de miedo en sus
enormes ojos oscuros, como si temiese que pudiese hacerle algún
daño. Ni siquiera al llegar más cerca realizó el gesto de
adelantarse -como suelen hacer mujeres y niños- para besar mis
manos.
-¿Quién eres? -le pregunté-. ¿Y qué haces
en este horrible lugar, totalmente sola?
No me contestó, ni hizo tampoco el menor
gesto, por lo que me vi forzado a repetir mi pregunta:
-Dime, pequeña, ¿qué es lo que estás
haciendo aquí?
-Espantando a los buitres -me contestó con
una voz suave y melodiosa, realmente agradable.
-¿Eres pariente del muerto? -le pregunté.
Ella negó con la cabeza.
-¿Le conocías, entonces -continué-, o es
que te estás apiadando de las circunstancias tan poco cristianas de
su muerte?
Pero la joven permaneció callada, y tuve
que reanudar mi interrogatorio.
-¿Cómo se llamaba, y por qué le
ajusticiaron? ¿Cuál fue su delito?
-Su nombre era Nathaniel Afinger, y mató a
un hombre a causa de una mujer -respondió ella con voz clara, y en
un tono de la mayor indiferencia imaginable, como si el crimen o el
ajusticiamiento fuesen acontecimientos sin el menor interés. Me
quedé estupefacto y la miré severamente, pero su aspecto era
tranquilo, sin que se advirtiese en él nada de asombroso.
-¿Conociste al reo?
-No.
-¿Y a pesar de ello vienes hasta aquí para
proteger su cuerpo de las aves carroñeras?
-Sí.
-¿Por qué haces algo así por una persona a
la que ni siquiera conoces?
-Siempre lo hago.
-¿Cómo?
-Siempre que alguien es colgado en este
patíbulo, me acerco hasta aquí y ahuyento a los buitres y cuervos,
obligándolos a buscarse comida en otro lado. ¡Mire..., ahí se acerca
otro buitre!
Profirió un grito salvaje, gesticuló con
los brazos encima de la cabeza y se lanzó a la carrera a través del
prado de una forma que me llevó a creer que estaba loca. La enorme
ave se alejó volando, y la joven retornó tranquilamente a mi lado;
apretó sobre el corazón sus manos morenas y exhaló un profundo
suspiro, como si estuviese agotada. Le pregunté con la mayor
amabilidad que fui capaz de darle a mis palabras:
-¿Cuál es tu nombre?
-Benedicta.
-¿Quiénes son tus padres?
-Mi madre murió.
-Bueno, pero ¿quién es tu padre?
Se quedó callada. Entonces la exhorté para
que me dijese dónde vivía. Mi intención era llevarla hasta su casa y
apremiar a su padre para que cuidase mejor de la joven, y no la
dejase vagabundear nuevamente por un sitio tan horrible.
-¿Dónde vives, Benedicta? Dímelo, por
favor.
-Aquí.
-¿Cómo que aquí? Pero, hija mía, aquí sólo
hay un patíbulo.
Ella señaló hacia los árboles. Siguiendo la
dirección de su dedo vi entre los pinos una cabaña destartalada que
parecía más un establo que una vivienda. Entonces entendí
inmediatamente, mejor que si me lo hubiese dicho ella misma, quién
era su padre.
Al volver al lado de mis compañeros, éstos
me preguntaron quién era aquella joven, y yo les contesté:
-Se llama Benedicta, y es la hija del
verdugo.
III
Después de encomendar el espíritu de aquel
desgraciado a la intercesión de la Santísima Virgen y de todos los
Santos, dejamos aquel lugar maldito, aunque mientras nos marchábamos
me permití volver la cabeza para mirar una última vez a la hermosa
hija del verdugo. Seguía en el lugar donde la había dejado; sus ojos
no se apartaban de nosotros. Su bella y blanca frente estaba todavía
coronada por aquella guirnalda de prímulas que le otorgaba un
encanto añadido a la maravillosa hermosura de sus facciones y de su
expresión, y sus enormes ojos oscuros refulgían como las estrellas
en una medianoche invernal. Mis hermanos, para quienes la hija de un
verdugo era algo completamente ajeno a nuestra fe, me echaron en
cara el interés que había demostrado por la doncella. Me entristeció
pensar que a esa dulce y bella jovencita se la marginaba y
despreciaba por crímenes que no había cometido. ¿Por qué colocarle
como un estigma vergonzoso la horrible profesión de su padre? ¿Acaso
no eran las más profundas convicciones cristianas las que empujaban
a esta delicada criatura a espantar a los buitres del cadáver de un
congénere a quien ni siquiera había conocido en el pasado y al que
se había condenado a muerte? Me parecía que el suyo había sido un
acto más caritativo que el de cualquier cristiano declarado que dona
constantemente dinero a los pobres. Participé aquellas reflexiones a
mis compañeros, aunque pude comprobar con gran pesar por mi parte
que no las compartían en absoluto. Me replicaron que era un
idealista y un loco que animaba la intención de derribar las
antiguas y edificantes costumbres del mundo. Todos están obligados,
me dijeron, a despreciar a la clase a la que pertenecen tanto el
verdugo como su familia, ya que quienes se relacionan con semejantes
criaturas no logran escapar jamás a la contaminación que provocan.
Tuve a pesar de todo la temeridad de sostener firmemente mis
argumentos, y con la humildad adecuada cuestioné la justicia de
tratar a esas personas como criminales, por el mero hecho de formar
parte del mecanismo utilizado por la ley para castigar a los
delincuentes. El hecho de que en la iglesia al verdugo y a su
familia les es asignado un rincón oscuro y apartado, exclusivo para
ellos, no puede apartarlos de nuestro deber, como servidores del
Señor, de predicar el evangelio de justicia y perdón y de dar un
ejemplo de amor y piedad cristianos. Sin embargo mis hermanos se
enojaron de tal forma conmigo, y sus voces resonaron atronadoras en
aquella desolada región hasta un punto tal, que comencé a creerme un
gran pecador, a pesar de que no lograba entender cuál podría haber
sido mi error. Lo único que me quedó por hacer fue confiar en que el
Cielo fuese más clemente con nosotros de lo que nosotros lo éramos
con nuestros semejantes. Al pensar en la joven, fue un consuelo para
mí recordar que su nombre era Benedicta. Puede que sus padres la
hubiesen bautizado con ese nombre sabedores de que nadie más la
bendeciría nunca.
Pero no puedo dejar de describir también la
asombrosa región a la que acabábamos de llegar. Si no estuviésemos
completamente seguros de que el mundo entero es obra del Señor,
podríamos tener la tentación de imaginar que una comarca de
semejante apariencia sólo podría ser el reino del Maligno.
Bastante más abajo de nuestro camino, el
río rugía y bramaba lanzando espuma en medio de gigantescos peñascos
cuyas puntas grises parecían taladrar el cielo. A nuestra izquierda,
conforme íbamos escalando en el desfiladero, aparecía una floresta
de pinos de terrible aspecto, y justo frente a nosotros se alzaba
una tremenda cumbre. Esa montaña, a pesar de su apariencia
tenebrosa, mostraba también un aspecto cómico: era blanca y
puntiaguda como el gorro de un bufón, y daba la impresión de que
alguien había derramado además un costal de harina sobre la cabeza
de tan ridículo personaje. Pero después de todo, se trataba
únicamente de nieve. ¡Nieve en medio del espléndido mes de mayo!
¡Sin duda, las obras del Señor son portentosas hasta el punto de
aniquilar cualquier incredulidad! Pensé que si aquella venerable
montaña sacudiese la cumbre, la comarca entera quedaría cubierta por
nubes de nieve.
Nos sorprendió bastante comprobar que a lo
largo de nuestro camino entre los árboles, se habían ido abriendo
claros de suficiente tamaño como para instalar en ellos una cabaña y
una huerta. Algunas de aquellas rústicas edificaciones se
encontraban emplazadas en lugares de los que se podría pensar que
sólo las águilas tendrían la suficiente audacia como para instalar
allí sus nidos. Pero parece ser que no existe ningún lugar que se
vea libre de la intromisión del Hombre, que es capaz de extender su
mano para apoderarse de todo, incluyendo lo que está en el aire.
Cuando finalmente llegamos a nuestro destino y vimos el templo y la
casa construidos en esta desolada comarca para honra y gloria de
nuestro amado Santo, una piadosa emoción nos embargó. Sobre la
superficie de un pedregoso promontorio cubierto de pinos se
encontraba un grupo de casas y cabañas; el monasterio se levantaba
en medio, como si fuese un pastor rodeado por su rebaño. Tanto la
iglesia como el monasterio eran de piedra tallada; su arquitectura,
noble, amplia y confortable.
Que el buen Dios bendiga nuestra llegada a
tan venerable hogar.
IV
Ya llevo algunas semanas en esta inhóspita
comarca, que a pesar de todo cuenta también con la presencia del
Todopoderoso, como en todas partes. Me encuentro bien de salud y
esta casa dedicada a nuestro amado Santo es como un baluarte de la
Fe, una morada de paz, un balneario para quienes desean huir de la
furia del Maligno, o para quienes soportan sobre sus hombros
cualquier tipo de angustia o pesar. Respecto a mí, no puedo decir
tanto. Soy joven, a pesar de lo cual mi mente está en paz, tengo tan
poca experiencia del mundo y de sus hábitos que me siento
especialmente propenso a incurrir en cualquier error o a convertirme
en alguien propenso al pecado. El transcurso de mi vida se parece a
un riachuelo cuyo plateado caudal se desliza suave y sigilosamente
entre campiñas apacibles y praderas llenas de flores; a pesar de
ello, no ignoro que cuando se formen las tormentas y se desaten los
truenos, puede que las lluvias lo transformen en un colérico
torrente, sucio de barro, que arrastra impetuosamente hacia el mar
los restos que atestiguan lo corrupto de su pasión y su poder.
No me empujaron a alejarme del mundo ni el
entrar en el sagrado retiro de la Iglesia, ni la pesadumbre o la
desesperación; sino el sincero deseo de servir a mi Señor. Mi único
afán es pertenecer a mi bienamado Santo, obedecer los adorados
mandatos de la Iglesia y, como esclavo de Dios, ser humilde y
caritativo, virtudes que me inspiran el mayor de los afectos. En
realidad, la Iglesia es mi querida madre: mis padres fallecieron en
mi infancia, y también yo podría haber muerto por falta de cuidado,
si Ella no se hubiese apiadado de mí, alimentándome, vistiéndome y
criándome como si fuera su propio hijo. ¡Cómo será mi felicidad
cuando yo, miserable monje, sea ordenado, y reciba así el santo
sacramento que me ungirá como sacerdote del Todopoderoso Dios!
Siempre medito sobre ello y sueño con ese instante; intento preparar
mi alma para merecer ese elevado y sagrado don. Sé que jamás llegaré
a ser digno de tan enorme alegría, pero espero llegar a ser un
sacerdote honesto y sincero que sirva a Dios y al Hombre conforme a
la luz que me será otorgada desde lo Alto. Con frecuencia le pido al
Cielo que me someta a la prueba de la tentación, que me vea obligado
a atravesar ese fuego, finalmente indemne y purificado en cuerpo y
alma. De hecho, en mi soledad experimento una calma total que incita
a mi espíritu al sosiego; se diría que todos los avatares y engaños
de la vida se encuentran a mucha distancia, así como las
estratagemas del mar le resultan remotas a quien únicamente escucha
el lejano bramido de las olas al estrellarse contra la playa.
V
Nuestro Superior, el padre Andrés, es un
gentilhombre campechano y piadoso. Nuestros hermanos viven en
completa armonía. No son ociosos, ni mundanos o soberbios. Son
personas sobrias, que tampoco se dejan seducir excesivamente por los
placeres de la mesa. Se trata de una moderación digna de elogio, ya
que la comarca entera, a lo ancho y a lo largo, sus cerros y valles,
el río y el bosque y todo cuanto contiene, pertenece al monasterio.
Los bosques están llenos de la más variada caza: las más selectas
son servidas en nuestra mesa, y nosotros las apreciamos en toda su
maravilla. En nuestro monasterio se confecciona una bebida con malta
y cebada, de sabor fuerte y amargo, aunque muy refrescante cuando
uno se encuentra exhausto o fatigado; a pesar de lo cual, no le
resulta muy agradable a mi paladar.
La característica más llamativa de esta
región son sus minas de sal. Me han comentado que las montañas se
encuentran repletas de este mineral; ¡qué magníficas son las obras
del Señor! En busca de este condimento, el Hombre ha penetrado
profundamente en las entrañas de la tierra, excavando pozos y
túneles y sacando a la luz del sol las amargas vísceras de estos
cerros.
Yo mismo he visto esos cristalillos
rojizos, amarillos o tostados. Excavaciones que dan trabajo a
nuestros campesinos y a sus hijos, así como a algunos trabajadores
de otras regiones; todos a las órdenes de un funcionario conocido
como «el Administrador de la Sal». Se trata de un individuo
inflexible y de gran poder, a pesar de que nuestro Superior y los
demás hermanos no hablan muy bien de él. Comentarios que no obedecen
a la falta de espíritu cristiano, sino a la perversidad de las
acciones de este hombre. El Administrador sólo tiene un hijo,
llamado Roque, que es un joven gallardo, aunque irritable y malvado.
VI
Los lugareños pertenecen a una estirpe
obstinada y orgullosa. Me han asegurado que una crónica de la
antigüedad afirma que estos asentamientos descienden de los romanos,
que en su época excavaron millares de túneles en estas montañas para
extraer de ellas la sal, algunas de cuyas minas siguen en pie. Desde
la ventana de mi celda puedo ver estas enormes montañas y los negros
bosques que las adornan, y que a la puesta de sol parecen antorchas
encendidas sobre las cimas recortadas contra el firmamento.
También me han dicho que los antepasados de
estas personas (posteriores a los romanos) eran todavía más
obstinados que sus actuales descendientes y se emperraron en la
idolatría mucho después de que todos sus vecinos le hubieran rendido
definitiva pleitesía a la cruz de nuestro Señor. Actualmente, sin
embargo, inclinan sus rígidos cuellos ante el símbolo sagrado y
preparan sus corazones para recibir este ejemplo de verdad viva.
Aunque su cuerpo es realmente fornido, su espíritu goza con la
humildad, y es sumiso ante el Verbo. En ningún otro lugar las
personas besan mi mano con tanto fervor como aquí, a pesar de que
aún no soy sacerdote, lo que demuestra el poder y la victoria
gloriosa de nuestra fe.
Físicamente son vigorosos y sus rasgos y
talle son en extremo hermosos, y especialmente en el caso de los
muchachos. Incluso los hombres mayores caminan erguidos y con un
aire tan altivo como el de cualquier monarca. Las mujeres lucen
cabellos largos y dorados que peinan con trenzas alrededor de la
cabeza; y también les gusta adornarse con joyas. Algunas poseen un
brillo en sus pupilas que rivaliza con el fulgor de los rubíes y
granates que adornan sus blancos cuellos. Me han dicho que los
jóvenes luchan por sus parejas del mismo modo que los ciervos. ¡Ah,
qué malvadas pasiones anidan en los corazones de los hombres! Aunque
como soy ignorante en estos asuntos, y como nunca llegaré a sentir
tan impías emociones, tampoco me es lícito juzgar o condenar.
¡Ah, Señor, qué bendición es la paz con que
has llenado los espíritus de quienes han entregado sus vidas a Ti!
Comprueba, oh Señor, que en mi pecho no existe la menor alteración,
y que todo presenta calma y paz; como en el alma de ese crío que
llama a su Padre. Ojalá todo permanezca de ese modo por siempre
jamás.
VII
He vuelto a ver a la hermosa hija del
verdugo. Cuando los repiques de las campanas convocaban a misa, la
encontré frente a la iglesia del monasterio. Yo había permanecido
junto a la cama de un enfermo, y acababa de volver; y ya que mis
pensamientos me estaban produciendo un estado de ánimo melancólico,
la visión de la joven me resultó agradable. Me hubiese gustado
saludarla, pero tenía su mirada fija en el suelo y no advirtió mi
presencia. La plaza frente a la Iglesia estaba repleta de gente;
hombres y muchachos se encontraban a un lado, mientras que las
mujeres y muchachas mostraban sus altos sombreros y sus collares de
oro. Estaban muy apretados pero, cuando la pobre joven se acercó, se
apartaron hacia un lado, murmurando y mirándola de lado como si
fuese una leprosa maldita y temiesen contaminarse.
Mi pecho se llenó de compasión y me invitó
a seguirla; cuando finalmente la alcancé, le dije en voz alta:
-Que Dios te bendiga, Benedicta.
Se sobresaltó como si se hubiese asustado;
después levantó la mirada y me reconoció; pareció asombrarse, su
rostro se enrojeció una y otra vez, y finalmente inclinó la cabeza
en silencio.
-Tienes miedo de hablarme? -le pregunté.
No me contestó. Le hablé de nuevo:
-Obra correctamente, obedece al Señor y no
tengas miedo de nadie; así lograrás la salvación.
Por toda respuesta exhaló un profundo
suspiro y replicó con voz apenas audible:
-Se lo agradezco, su señoría.
-No soy ninguna señoría, Benedicta; soy
únicamente el humilde servidor de ese Dios bueno y bondadoso, y
Padre de todos Sus hijos, por insignificante que sea su condición.
Pídele a Él cuando tu corazón se encuentre angustiado, y Él estará a
tu lado.
Mientras le decía estas palabras, levantó
su cabeza y me observó como un niño triste a quien consolara su
madre. Mientras le hablaba, y movido por la gran compasión que
albergaba mi pecho, la acompañé en presencia de todo el pueblo hasta
que entramos juntos en la iglesia.
¡Pero te pido, amado Francisco, que
perdones el pecado que cometí después durante el santo sacramento!
Mientras el sacerdote Andrés recitaba las solemnes fórmulas de la
misa, mis ojos se desviaban constantemente hacia el rincón donde la
pobre joven, sola y abandonada, permanecía arrodillada; en el lugar
destinado exclusivamente- para ella y para su padre. Me dio la
impresión de que rezaba con auténtico fervor, sin duda porque tú la
iluminaste con la aureola de tu bondad, ya que gracias a tu amor a
los hombres te convertiste en un santo varón, y llevaste ante el
Trono de la Gracia a tu enorme corazón, sangrante por todos los
pecados de la humanidad Por eso, ¿acaso no puedo yo, el más
insignificante de tus servidores, compartir de alguna forma ese
espíritu, apiadándome de esta pobre desdichada, que sufre por
pecados que no son suyos? Es más, ella me inspira una inusitada
ternura y me resulta imposible no reconocer en este afecto, un signo
del Cielo. Un signo que anuncia que me ha sido especialmente
encomendada su custodia y su protección, pero sobre todo la
salvación de su alma.
VIII
El Superior de nuestra Orden me llamó a su
presencia y me amonestó. Me aseguró que había causado un notable
escándalo entre los hermanos y en el propio pueblo, y me preguntó
qué diablos me había llevado a entrar en la iglesia acompañando a la
hija del verdugo.
Pero ¿qué podía decir sino que sentía
lástima por la pobre joven y que no me había sido posible actuar de
otra forma?
-¿Por qué sientes lástima por ella? -me
preguntó.
-Porque todos la evitan -contesté-, como si
fuese la mismísima encarnación del pecado mortal, y porque es
absolutamente inocente. Es evidente que no se la puede marginar
únicamente porque su padre sea el verdugo, puesto que ni siquiera
podemos criticarle a él, ya que desgraciadamente hasta su profesión
resulta necesaria.
¡Ah, bienamado Francisco, cómo criticó el
Superior a este humilde siervo tuyo, después de escuchar tan audaces
palabras!
-¿Te arrepientes, entonces? -me preguntó
después de terminar su reprimenda. Pero, ¿cómo podría arrepentirme
de una piedad que considero inculcada, honestamente, por nuestro
propio y venerado Santo?
Al notar mi testarudez, el Superior mostró
una gran frustración. Me soltó otra perorata idéntica a la anterior,
y me sometió a una durísima penitencia. Acepté su castigo sumiso y
en silencio. Por eso me encuentro ahora encerrado en mi celda,
ayunando para poder purificarme. Y me veo obligado a declarar que no
acepto la menor concesión en este castigo, ya que me supone una
enorme alegría sufrir por alguien tan injustamente tratado como esa
desdichada doncella abandonada.
Me sitúo frente a la reja de mi celda y
contemplo las altas y misteriosas montañas que se recortan,
sombrías, sobre el cielo en penumbra. Como el tiempo está templado,
abro la ventana que hay tras los barrotes para dejar que entre algo
de aire fresco: además, de esa forma escucho mejor la melodía del
río que corre, y que entabla conmigo un diálogo basado en una
elevada fraternidad, apacible y consoladora.
No recuerdo si he dicho que el monasterio
fue erigido en la cúspide de un promontorio rocoso que se eleva
sobre el río. Justo bajo las ventanas de nuestras celdas se ven las
agudas crestas de enormes riscos que nadie puede escalar sin
arriesgar la vida. ¡Imaginad mi sorpresa al descubrir una figura
viviente que colgaba del espantoso abismo, sujeta únicamente por sus
manos, y que tras arrastrarse por el borde, se levantaba y se erguía
sobre el filo! Debido a la oscuridad no logré darme cuenta de qué
tipo de criatura era aquella: pensé que quizá se tratase de algún
espíritu maligno que se preparaba a tentarme: me santigüé y elevé
una plegaria. Inmediatamente hizo un movimiento con el brazo; algo
pasó fugazmente entre las rejas de mi ventana y cayó sobre el suelo
de mi celda, brillando como una estrella blanca. Me agaché y lo
recogí. Era un ramillete hecho con flores que nunca había visto
antes: sin hojas, blancas como la nieve y suaves como el terciopelo,
aunque desprovistas de fragancia. Mientras permanecía junto a la
ventana para ver mejor aquellas espléndidas flores, mi mirada volvió
a posarse sobre la figura situada en la cresta; escuché entonces una
voz suave y melodiosa que decía:
-Soy Benedicta. Sólo quería darle las
gracias.
¡Oh, Dios mío!, era la joven que, para
manifestarme su solidaridad con mi aislamiento y penitencia, había
escalado aquel horrible promontorio ignorando cualquier peligro.
Sabía, pues, que me habían castigado; y que me habían castigado por
su causa. Sabía, incluso, en qué celda permanecía recluido. ¡Ah,
bienamado Santo! Sin duda sólo pudo conocer aquellos detalles por tu
intercesión; y yo sería peor que un infiel si tuviese la menor duda
de que el sentimiento que me induce es una señal del deber que se me
ha impuesto de salvarla.
Vi cómo se inclinaba sobre el terrible
precipicio: Se giró un momento, agitó una mano en señal de
despedida, y desapareció. No logré reprimir un grito ¿Se había
despeñado! Agarré los barrotes de hierro de mi ventana y los sacudí
con todas mis fuerzas, pero no se inmutaron. Desesperado, me dejé
caer al suelo, llorando y suplicando a todos los santos que
protegiesen a la amada muchacha en tan arriesgado descenso, si es
que todavía vivía, o que al menos intercediesen por su alma tan poco
preparada para encarar al Creador, en caso de que hubiese ocurrido
lo peor. Aún estaba de rodillas cuando Benedicta me hizo una seña
para darme a entender que había llegado sana y salva abajo. Lo hizo
con uno de aquellos gritos característicos de los montañeses de la
región, con los que expresan sus salvajes ganas de vivir, sólo que
el de aquella joven, que brotaba a lo lejos desde las simas y se
mezclaba con sus propios y extraños ecos, sonaba como un ruido que
jamás antes había oído procedente de garganta humana me estremeció
hasta tal punto que lloré, y mis lágrimas cayeron sobre las flores
salvajes que sostenía en la mano.
IX
Como seguidor que soy de San Francisco, no
me es lícito poseer nada valioso a mi corazón, de modo que me he
desprendido de mi más preciada tesoro y le he ofrecido a mi venerado
Santo las maravillosas flores que me regaló Benedicta. Se encuentran
ya junto a la imagen que hay en la iglesia del monasterio, y adornan
el corazón sangrante que el santo carga en su pecho como símbolo de
sus padecimientos por: la humanidad.
He averiguado el nombre de la flor; debido
a su colorido, y por ser mucho más delicada que otras flores, se la
llama Edelweiss, que quiere decir «blanco noble» Crece de un modo
singular sobre las rocas más altas e inaccesibles, generalmente en
los riscos, sobre precipicios de muchos cientos de pies de altura, y
en lugares donde un paso en falso sería fatal para quien se
arriesgara a cogerla flor.
Así pues, tan hermosas flores se convierten
en los verdaderos espíritus malignos de esta salvaje región,
atrayendo a muchos seres humanos hacia una muerte terrible. Los
hermanos me han explicado que no pasa un año sin que algún cazador,
algún pastor, o algún joven valiente, atraído por tan maravillosas
flores, muera en su intento por obtenerlas.
¡Que Dios se apiade de sus almas!
X
No hay duda de que empalidecí, cuando uno
de los hermanos comentó a la hora de la cena, que frente a la imagen
de San Francisco se había encontrado un ramillete de Edelweiss de
una especie tan extraordinariamente hermosa que en la región sólo
florece en la cumbre de un promontorio que se levanta a más de mil
pies de altura y se eleva por encima de un lago de malos presagios.
Los hermanos hablan de acontecimientos asombrosos relacionados con
las horrendas peculiaridades de ese lago, que hacen referencia a sus
profundas y turbulentas aguas; y aseguran también que los más
repugnantes fantasmas se aparecen en sus playas o brotan de sus
aguas.
Las flores de Benedicta han provocado gran
conmoción y sorpresa, ya que incluso entre los más audaces
cazadores, muy pocos se atreverían a escalar ese promontorio que
existe junto al lago hechizado... ¡y la dulce muchacha realizó esa
proeza! Fue absolutamente sola a este lugar terrible y escaló su
ladera casi vertical, hasta alcanzar la tierra fértil donde crecen
aquellas flores con las que sintió el impulso de agasajarme. Estoy
seguro de que fue el Cielo quien la preservó de contratiempos para
que yo pudiese encontrar en ello el signo inequívoco de que me ha
sido encomendada la labor de salvarla.
¡Oh, tú, pobre niña inocente, maldita para
el pueblo, Dios ha declarado que debo cuidar de ti! ¡Mi pecho ya
siente de alguna forma esa veneración que habrá de darte cuando, en
reconocimiento de tu pureza y santidad, Él le conceda a tus
reliquias un signo evidente de Su favor, y la Iglesia te reconozca
bienaventurada!
He tenido noticias acerca de otra
circunstancia que debo referir a continuación: en esta región, esas
flores son consideradas el símbolo del amor fiel: los jóvenes se las
entregan a sus amadas y estas doncellas adornan los sombreros de sus
galanes con ellas. Es evidente que, al expresar su gratitud a un
humilde siervo de la Iglesia, Benedicta fue movida, quizá sin darse
cuenta, a manifestar al mismo tiempo su amor a la Iglesia, a pesar
de que desgraciadamente tiene muy pocos motivos que justifiquen ese
afecto.
Paseando de forma errante por las
inmediaciones del monasterio, he llegado a familiarizarme con todos
y cada uno de los senderos que hay en estos bosques, en el siniestro
desfiladero y en las escarpadas laderas de las montañas.
Con frecuencia soy enviado a hogares de
campesinos, cazadores y pastores, para dar medicinas a los enfermos
o llevar consuelo a quienes más lo necesitan. El muy reverendo
Superior me ha informado de que cuando reciba las sagradas órdenes
habré también de llevar los sacramentos a los moribundos, ya que soy
el más joven y vigoroso de los hermanos. En estas altitudes, sucede
en ocasiones que un cazador o un pastor se despeña, y después de
varios días se le encuentra todavía con vida. El deber de todo
sacerdote es justamente el de cumplir los ritos de nuestra santa
religión junto al lecho del herido, de forma que nuestro bendito
Salvador se, encuentre allí presente para recibir -el alma que
regresa hasta El.
¡Espero que para poder merecer una gracia
tan elevada, nuestro bienamado Santo logre conservar mi alma
purificada de toda pasión y deseo terrenal!
XI
El monasterio celebró por aquellas fechas
una importante festividad, que a continuación relataré.
Antes de aquella celebración, los hermanos
permanecieron muchos días entretenidos con sus preparativos, y
adornaron la iglesia con flores y ramitas de pino y abedul.
Acompañados por algunos aldeanos,
recogieron las más hermosas rosas alpinas que pudieron encontrar, y
que a mediados de verano florecen en abundancia. La víspera de la
festividad, los hermanos se fueron al huerto y se dedicaran a
entretejer guirnaldas para decorar la iglesia. Incluso, el Superior
y los demás sacerdotes se deleitaron presenciando esta alegre labor.
Pasearon bajo los árboles y conversaron tranquilamente, mientras
conminaban al hermano despensero a recurrir generosamente a las
reservas de la bodega.
Al día-siguiente tuvo lugar la santísima
procesión. Fue un precioso espectáculo que contribuyó a ensalzar la
gloria de nuestra santa iglesia. El Superior, sujetando con sus
manos el sagrado símbolo de la Cruz; caminaba envuelto en un palio
de seda de color púrpuras escoltado por los bondadosos sacerdotes.
Tras ellos íbamos nosotros, los hermanos; portábamos velas
encendidas y entonábamos cánticos religiosos Nos seguía una gran
multitud vestida con sus mejores galas.
Los más soberbios de quienes participaban
en la procesión eran los montañeses y mineros de la sal, encabezados
por el propio Administrador, que montaba un magnífico caballo
adornado con lujosos arreos. Su aspecto era altanero; llevaba ceñida
en la cintura una gran espada y lucía sobre la frente, amplia y
elevada, un sombrero de plumas. Tras él cabalgaba su hijo Roque.
Cuando nos encontramos frente al portal, para colocamos en filas,
reparé con especial atención en este último. Me pareció obstinado y
audaz; utilizaba, el sombrero inclinado de forma atrevida hacia un
lado, y, dirigía miradas ardientes a las mujeres y jovencitas. A
nosotros, los monjes, nos miraba de forma despectiva. Mucho me temo
que no sea un buen cristiano; a pesar de que no hay duda de que es
el joven, de mejor planta que nunca he conocido: es alto y esbelto
como un pino joven, sus ojos son oscuros y brillantes y su cabello
es rubio y ensortijado.
En esta región, el Administrador tiene
tanto poder como nuestro Superior. Le nombra el Duque, y tiene
atributos de juez en cualquier asunto. Incluso tiene el poder de
determinar sobre la vida o la muerte de los acusados de asesinato y
de otros delitos horribles. Afortunadamente, el Señor le ha otorgado
un juicio prudente y ponderado.
La procesión atravesó el pueblo y entró en
el valle hasta alcanzar la entrada de las grandes minas de sal.
Frente a la más importante se había levantado un altar.
Nuestro Superior rezó en él una misa
solemne, mientras todos los asistentes escuchaban de rodillas.
Comprobé cómo el Administrador y su hijo se arrodillaban e
inclinaban la cabeza claramente a regañadientes, lo que me
entristeció profundamente. Tras la ceremonia religiosa, la procesión
se dirigió hacia la colina conocida como «Monte Calvario», y que es
todavía más alta que la del monasterio. Desde su cúspide es posible
disfrutar de una magnífica vista de toda la comarca que se encuentra
a sus pies. En ella, el reverendo Superior levantó bien alto el
crucifijo con el fin de espantar a todos los poderes malignos que
habitan en aquellas terribles elevaciones; rezó también algunas
oraciones, y pronunció maldiciones contra todos los demonios que
infestan el valle ubicado en la zona inferior. Las campanas
repicaron ensalzando al Señor, y dando la impresión de que varias
voces divinas resonaban en los ecos de aquella inhóspita región. No
es necesario que diga cómo fue todo de hermoso y magnífico.
Miré a mi alrededor para ver si se
encontraba presente la hija del verdugo, pero no pude verla por
ninguna parte, y no supe si alegrarme, ya que de esa forma se
encontraba lejos de los insultos del populacho, o entristecerme, al
verme privado de la energía espiritual que sin duda me habría
otorgado la contemplación de su belleza celestial.
Tras la ceremonia religiosa tuvo lugar el
banquete. Se habían colocado mesas en una pradera sombreada por
árboles. Clero y pueblo, junto al reverendo Superior y al poderoso
Administrador, compartieron la comida repartida por los mozos. Era
sumamente interesante contemplar a los jóvenes mientras se
entregaban a la tarea de encender enormes hogueras con madera de
pino y de abedul, o mientras ensartaban grandes trozos de carne en
varas de madera, que hacían girar sobre las brasas hasta dorarse,
para ofrecérselos a continuación a los sacerdotes y montañeses.
También emplearon pucheros enormes para hervir truchas y carpas de
las montañas. El pan fue repartido en cestos también muy grandes, y
tampoco faltó bebida, ya que tanto el Administrador como el Superior
habían donado sendos barriles de cerveza. Aquellos grandes toneles
fueron colocados en caballetes de madera y situados bajo un viejo
roble. Los criados del Administrador y los jóvenes se servían del
tonel que éste había regalado, mientras que el contenido del barril
ofrecido por mi Superior era distribuido por el hermano despensero y
un grupo de nosotros, los monjes más jóvenes. En honor de San
Francisco, debo decir que nuestro tonel era mucho mayor que el del
Administrador.
Se habían dispuesto mesas aparte,
reservadas para el Superior y los sacerdotes, y también otras
preparadas para el Administrador y su séquito de notables.
Administrador y Superior disponían de asientos colocados sobre una
bella alfombra, y que permanecían protegidos del sol por un palio de
tela. En las demás mesas, rodeados por sus hermosas mujeres e hijas,
se sentaban muchos caballeros que habían llegado desde sus distantes
castillos para participar en aquella importante festividad. Por mi
parte, me dediqué a servir las mesas. Llené platos y copas,
reparando en el buen apetito que tenían los concejales, y en cuánto
les gustaba aquella bebida de sabor amargo. Pude notar asimismo la
bajas pasiones que se reflejaban en el hijo del Administrador cada
vez que miraba a cualquiera de las damas, lo que me enojó
profundamente, ya que él no podría contraer matrimonio con todas al
mismo tiempo, y mucho menos con aquellas que ya estaban casadas.
No faltó tampoco la música. A cargo de los
instrumentos, había jóvenes de la aldea que acostumbraban a tocar
diferentes instrumentos en sus ratos de ocio. ¡Cómo sonaban aquellas
flautas y camarillos, y cómo se estremecían y rechinaban los arcos
de los violines! No me cabe la menor duda de que la música era
espléndida, aunque por desgracia el Cielo no tuvo a bien dotarme de
un buen oído para ella.
Estoy convencido de que nuestro bienamado
Santo se sintió enormemente satisfecho al ver el espectáculo de
todas aquellas personas que bebían y colmaban hasta la saciedad sus
estómagos. ¡Dios mío, cómo comían, y qué fabulosas cantidades de
carne engullían! A pesar de todo, nada era comparable con lo que
bebían. Estoy totalmente seguro de que, si cada montañés hubiese
llevado su propio tonel, no habrían necesitado ayuda para vaciarlo.
Sin embargo a las mujeres, y en especial a las mujeres jóvenes,
parecía que no les agradaba beber cerveza. Es costumbre por estas
tierras que, antes de beber, un joven le ofrezca su copa a una de
las doncellas, que apenas la toca con sus labios aparta su rostro
con una mueca. Como no tengo mucha información sobre los hábitos, de
las doncellas, tampoco sabría asegurar con absoluta certeza si esto
quiere decir que en otras ocasiones son también tan abstemias.
Tras la comida, los muchachos se entregaron
a diferentes juegos; en los cuales pudieron exhibir su agilidad y su
fuerza. ¡San Francisco, que músculos poseen estos jóvenes! Brincaban
y luchaban entre ellos como si fuesen osos. El mero hecho de ser
espectador de aquellos juegos ya me hizo sentir miedo. Parecía como
si desearan destrozarse mutuamente. Sin embargo las jóvenes
permanecían mirando sin dar la menor muestra de temor o angustia; se
reían como tontas y, según parece, se sentían realmente complacidas.
También era extraordinario oír las voces de aquellos recios
montañeses; echaban sus cabezas hacia atrás, y gritaban hasta que
les llegaban sus propios ecos, procedentes de las laderas de las
montañas cercanas, y haciendo rugir a los precipicios como si
aquellos unidos procediesen de las gargantas de una legión de
demonios.
Sobresalía de entre todos el hijo del
Administrador. Saltaba como un cervatillo, luchaba como un demonio y
rugía como un toro salvaje. En medio de aquellos montañeses era una
especie de rey. Vi que muchos de ellos, envidiando su fuerza y
altanería, le odiaban en secreto; a pesar de ello, todos se sometían
a él. Era un espectáculo único contemplar, su esbelto cuerpo
flexionándose y preparándose para saltar. Cuando participaba en
algún entretenimiento, era admirable ver cómo levantaba la cabeza
como si fuese un ciervo sorprendido, agitando sus bucles dorados con
las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes, mientras le rodeaban
sus camaradas. ¡Cómo entristece ver que el orgullo y la pasión
pueden llegara dominar un cuerpo que parece haber sido creado para
ser la morada de un alma capaz de glorificar a su Creador!
Casi había anochecido cuando el Superior,
el Administrador, los Sacerdotes y el resto de comensales
importantes se despidieron y se marcharon en dirección a sus
respectivos hogares, dejando a los demás en manos de la bebida y el
baile. Mi obligación era la de quedarme con el hermano despensero
para seguir sirviendo a los alegres jóvenes la cerveza de nuestro
tonel. Roque también se quedó. No recuerdo muy bien qué fue lo que
pasó, pero lo cierto es que inesperadamente me lo encontré frente a
mí. Su apariencia era sombría y sus maneras altivas.
-¿Eres tú el monje que el otro día ofendió
al pueblo? -me preguntó.
A pesar de que bajo mi hábito de monje
bullía una ira pecaminosa, repliqué humildemente:
-¿A qué se refiere?
-¡Ya sabes a qué me refiero! -gritó
groseramente-. Ahora graba bien en tu cabeza lo que voy a decirte:
si alguna vez demuestras el menor sentimiento amistoso hacia esa
muchacha, te daré una lección que nunca olvidarás. Vosotros, los
monjes, soléis disfrazar la propia impertinencia con alguna virtud
desconocida. Pero me las sé todas, y no dejaré que me engañes. De
modo que recuerda mis palabras, aprendiz de santurrón, porque la
próxima vez tu bonito rostro y tus grandes ojos no lograrán
salvarte.
Después de aquellas palabras me dio la
espalda y se marchó, aunque todavía pude escuchar su enérgica voz
retumbando en medio de la noche mientras cantaba y gritaba con los
otros. Me alarmó bastante saber que aquel osado joven había puesto
sus ojos en la encantadora hija del verdugo. Era obvio que los
sentimientos que Benedicta le inspiraba no eran honestos, ya que, en
caso de serlos, me habría agradecido la actitud que manifesté hacia
la joven, en vez de odiarme por aquel gesto de bondad. Pensando en
la pobre niña, me sentí lleno de angustia por su futuro, y le
prometí reiteradamente a mi bienaventurado Santo que la guardaría y
protegería, respondiendo de esa forma al milagro que él mismo había
realizado en mi corazón. Un maravilloso sentimiento ha nacido en mi
interior y no puedo demorarme en el cumplimiento de mi deber.
Benedicta ¡tú te salvarás... y lo harás en cuerpo y alma!
XII
Pero continuemos el relato.
Los muchachos lanzaron hojas secas al
fuego; las llamas iluminaron la pradera lanzando resplandores
rojizos al bosque. Entonces cogieron en brazos a las jóvenes de la
aldea y comenzaron a hacerlas girar y bailar sin interrupción.
¡Santo Cielo, cómo danzaban, dando vueltas y lanzando sus sombreros
al aire, saltando y levantando a las jóvenes del suelo como si las
doncellas fuesen tan ligeras como plumas! ¡Al oírles gritar y aullar
poseídos por todos los espíritus perversos, me dieron ganas de que
apareciese una piara de cerdos, para que los demonios abandonasen a
esos rudos humanos y se alojaran en las bestias de cuatro patas! Los
muchachos estaban completamente hartos de cerveza oscura, cuya
fuerza y acidez la transformaba en una bebida brutal.
No. pasó demasiado tiempo sin que se
desatara la locura de la borrachera; se abalanzaron entonces unos
sobre otros, a puñetazos y cuchilladas, dando la impresión de
encontrarse al borde del asesinato. Inesperadamente, el hijo del
Administrador, que estaba contemplando lo que ocurría, se lanzó en
medio des los luchadores, tomó a dos por los cabellos e hizo chocar
sus cabezas con tanta violencia que comenzó a manarles sangre por la
nariz, y no me cupo la menor duda de que sus cráneos se habían
aplastado igual que cáscaras de huevo; aunque probablemente estaban
dotados con cabezas bien recias, porque cuando Roque los soltó no
parecieron mostrarse muy doloridos por aquel castigo. Lanzando
gritos y alaridos de energúmeno, Roque logró establecer la paz de
una forma que a mí, pobre hormiga, me pareció incluso heroica.
Comenzó nuevamente la música; los violines inundaron, el aire con su
melodía, los caramillos proferían sus quejidos, y mientras los
jóvenes, con las ropas hechas jirones y, sus rostros arañados y
sangrantes, reiniciaban la danza como si no hubiese pasado nada.
¡Sin duda que estos mozalbetes llenarían de júbilo el corazón de un
Bramarbás o de un Holofernes!
Casi no me había recuperado del terror que
me inspiró Roque, cuando tuve que enfrentar un miedo aún superior.
Roque bailaba con una joven alta y bella que parecía ser la pareja
adecuada para ese juvenil monarca. Saltaba con tanta agilidad y
giraba de forma tan frenética, pero al mismo tiempo con tanto
estilo, que todos los admiraban con asombro y agrado. En los labios
de la muchacha relucía una sonrisa sensual y su rostro moreno
exhibía una expresión de triunfo que parecía proclamar: «¡Fijaos, yo
soy la dueña de su corazón!» Pero inesperadamente Roque la apartó de
un empujón, como si estuviese enojado, y se abrió paso entre el
círculo de bailarines, gritando a sus amigos:
-Voy a buscarme una compañera apropiada.
¿Quién se viene conmigo?
La joven alta, enfurecida por aquella
ofensa, se quedó parada, mirándolo con una expresión diabólica,
mientras sus ojos oscuros ardían como brasas infernales. Pero aquel
despecho, divirtió aún más a los jóvenes borrachos, que
prorrumpieron en atronadoras carcajadas.
Roque levantó una antorcha alrededor de su
cabeza hasta que las brasas cayeron, como de una cascada. Gritó
nuevamente: «,Quién se viene conmigo?», y se adentró inmediatamente
en el bosque. Los demás se hicieron también con antorchas y se
precipitaron tras él, y enseguida sus voces resonaron lejanas en
medio de la noche, mientras se perdían de vista. Aún miraba en la
dirección en que habían desaparecido, cuando la doncella alta a
quien Roque había ofendida se me acercó y me susurró algo al oído.
Noté su cálido aliento en mi mejilla.
-Si tiene usted alguna consideración por la
hija del verdugo, dése prisa y sálvela de ese maldito borracho: ¡No
hay mujer que pueda resistírsele!
¡Dios es testigo de cómo me espantaron
aquellas vehementes palabras! Sin dudar de su veracidad, y ansioso
por la seguridad de la muchacha, le pregunté:
-¿Qué puedo hacer para salvarla? .
-Corra y avísele de lo que ocurre
-replicó-. Ella le hará caso a usted, monje.
-¡Pero ellos llegarán hasta ella antes que
yo!
-Están borrachos, y no andan muy rápido.
Además, conozco un atajo para llegar antes a la cabaña del verdugo.
-¡Entonces dígame enseguida por dónde debo
ir!
Se encaminó hacia los árboles y me hizo
señas para que la siguiera. Inmediatamente nos encontramos en el
bosque, rodeados por una oscuridad tan impenetrable que apenas
lograba distinguir a mi guía, a pesar de lo cual ésta se desplazaba
con pasos tan rápidos y firmes como si fuese pleno día. Podíamos
distinguir a lo alto las antorchas de los jóvenes, señal que
indicaba que se movían por el camino más largo que discurría por la
ladera de la montaña. Pude escuchar sus salvajes alaridos, e
inmediatamente sentí miedo por la niña. Llevábamos un tiempo
caminando en silencio, dejando a los demás participantes de la
fiesta atrás, cuando la guía comenzó a hablar consigo misma. Al
principio no entendí una palabra, pero pronto mi oído captó
nítidamente su apasionado monólogo.
-¡Jamás la conseguirá! ¡Al infierno con la
hija del verdugo! Todos la desprecian y la escupen a su paso. Esto
es muy típico de él... no le importa lo que la gente diga o piense.
Y como todos la odian, él la ama. Encima ella tiene un rostro
hermoso. ¡Bonito se lo voy a dejar yo! ¡La marcaré con mis propias
manos! Aunque fuese la hija del propio diablo, él no descansaría
hasta tenerla. ¡Pero jamás la conseguirá!
Levantó los brazos y profirió bestiales
carcajadas, capaces de estremecer a cualquiera. Pensé en los oscuros
poderes que habitan en lo más profundo del corazón humano, a pesar
de que, gracias a Dios, yo sé tan poco de ellos como un niño.
Finalmente alcanzamos el Monte de los
Ahorcados, donde se encontraba la cabaña del verdugo. Después de
descender un breve trecho, llegamos junto a su puerta.
-Es aquí -dijo mi guía, señalando la choza
a través de cuyas ventanas podía verse la macilenta luz de una vela
de sebo-; vaya a advertirles. El verdugo se encuentra enfermo, y no
está en condiciones de proteger a su hija, aunque quisiera. Lo mejor
será que usted se la lleve de aquí. Condúzcala hasta el Alpfield en
el Göll, donde está la casa de mi padre. Nunca la buscarían allí.
Y con aquellas palabras se marchó,
desapareciendo nuevamente en la oscuridad.
XIII
Eché un vistazo por la ventana y vi al
verdugo sentado en una silla al lado de su hija. La joven tenía una
mano apoyada en el hombro de su padre, y al oírle gemir y toser,
comprendí que estaba intentando aplacar sus sufrimientos. Todo el
amor y pesadumbre del mundo se reflejaban en el rostro de Benedicta,
que estaba más bella que nunca.
No pude dejar de reparar en lo limpio y
ordenado que aparecía el interior de la vivienda, y en todo lo que
había en ella. Aquel humilde cobijo parecía contar realmente con la
bendición de la Paz de Dios. ¡A pesar de ello cómo se trataba a
aquellos inocentes seres como si estuviesen malditos y cómo se les
odiaba más que a cualquier pecado mortal! Me agradó sobremanera ver
que en la pared opuesta a la ventana desde la que miraba había una
imagen de la Bienaventurada Virgen María. El marco había sido
decorado con flores silvestres, y sobre el manto de la Santa Madre
se habían colocado algunas Edelweiss.
Llamé enérgicamente a la puerta, mientras
decía en voz alta:
No tengan miedo, soy el hermano Ambrosio.
Me dio la impresión de que al escuchar mi
voz y mi nombre, aparecía en el rostro de la joven una alegría
inesperada, aunque puede que sólo fuese la sorpresa..., espero que
los santos me protejan de cualquier pecado de orgullo. Se acercó a
la ventana y la abrió.
-Benedicta -dije rápidamente, después de
devolverle el saludo-, algunos jóvenes borrachos y sin control se
acercan hacia aquí con la intención de arrastrarte al baile. Roque
va delante de ellos, y asegura que te arrebatará de donde sea, con
tal que bailes con él. Me he adelantado a ellos para ayudarte a
huir.
Al pronunciar el nombre de Roque, noté cómo
la sangre afluía a las mejillas de la niña, confiriendo a su rostro
una tonalidad, rosácea. Entendí que, por desgracia, mi celosa guía
tenía toda la razón: ninguna mujer era capaz de resistírsele al
orgulloso muchacho, ni siquiera aquella inocente y virtuosa
doncella. Cuando su padre comprendió el sentido de mis palabras, se
puso en pie y levantó sus brazos, como intentando proteger a su hija
de cualquier peligro; me di cuenta, sin embargo, de que a pesar de
la fortaleza de su alma, su cuerpo seguía muy debilitado. Entonces
le dije:
-Deje que me la lleve. Los chicos están
borrachos y no saben lo que hacen. Si se resiste, lo único que
conseguirá será enfadarlos, y que quizá los hieran a ambos. ¡Oh,
vea: por allí asoman sus antorchas! ¡Escuche sus atronadoras
carcajadas! ¡Dése prisa, Benedicta ¡Rápido!
Benedicta se abalanzó sobre el anciano, que
había comenzado a llorar, y se despidió de él con ternura. Entonces
abandonó rápidamente la habitación, y tras cubrir mis manos de
besos, se internó en el bosque, desapareciendo en la oscuridad de la
noche de una forma que me sorprendió enormemente. Durante algunos
minutos esperé que regresará, después entré en la cabaña para
proteger a su padre de los desaforados muchachos, quienes, me dio la
impresión, lo convertirían en el blanco de sus frustradas
expectativas.
Pero no aparecieron. En vano esperé,
prestando atención. Inesperadamente escuché exclamaciones de júbilo
y gritos que me estremecieron y me indujeron a rezar al
bienaventurado Santo. Pero el ruido se fue difuminando en la
distancia, y me di cuenta de que los jóvenes estaban desandando el
camino, descendiendo del Monte de los Ahorcados en busca del prado
donde todavía continuaba la fiesta. El enfermo y yo conversamos
sobre el milagro que había cambiado hasta ese punto sus intenciones,
y los dos nos sentimos embriagados de gratitud y de dicha.
Inmediatamente emprendí el camino de regreso, por la misma senda que
me había llevado hasta allí. Al aproximarme a la pradera, comencé a
escuchar un griterío más salvaje y demencial que nunca, y logré
distinguir en medio de los árboles el resplandor de hogueras mucho
mayores que las que había. Contra ellas se recortaban las figuras de
los jóvenes y de unas pocas doncellas que bailaban en el descampado
con sus rostros descubiertos, el pelo cayendo en cascada sobre sus
hombros, y la ropa desajustada por tan frenéticos movimientos.
Juntándose y separándose, describían círculos alrededor de las
hogueras, de forma que sus figuras adquirían tonalidades negras o
rojizas según se viesen iluminadas por el resplandor de las llamas.
Parecían una legión de Demonios del Averno celebrando algún
aniversario infernal o alguna nueva forma de torturar a los
condenados. ¡Y, Dios Todopoderoso, allí, en el centro de un espacio
iluminado en el que los demás no se atrevían a entrar, bailando
solos y aparentemente ajenos al resto, se encontraban Roque y
Benedicta!
XIV
¡Santísima Virgen María! ¿Es que puede
haber algo peor que la caída de un ángel? ¡Comprendí inmediatamente
que, después de dejarnos a mí y a su padre, Benedicta había ido
voluntariamente al encuentro de un destino del que precisamente me
había esforzado por salvarla!
-La maldita se echó en los brazos de Roque
-murmuró rabiosamente alguien a mi lado y, al girarme, vi a la joven
alta y morena que me había guiado por el bosque, con su rostro
completamente deformado por el odio-. Debí matarla cuando pude.
Maldito monje, ¿cómo puede permitir que se burle de nosotros de esta
forma?
La alejé de mi lado y me lancé hacia la
pareja sin darme cuenta de lo que hacía. Pero, ¿qué podía hacer?
Incluso en ese momento, como si quisieran deshacerse de mi
presencia, aunque en verdad ni siquiera la habían notado, los
jóvenes borrachos formaron un apretado círculo alrededor de Roque y
Benedicta, dando rienda suelta a su admiración y aplaudiendo para
remarcar el ritmo.
Lo cierto es que aquellas dos bellas
figuras danzantes formaban una imagen espléndida. Él, gallardo y
ágil, parecía un dios griego, mientras que Benedicta semejaba un
hada del brisque. A través de la tenue neblina que flotaba sobre el
prado, su delicada figura, moviéndose rápidamente y desplazándose de
un sitio a otro, parecía estar velada por una tela sutil de púrpura
y oro. Permanecía con su mirada fija en el suelo; sus movimientos,
aunque vivos, eran naturales y encantadores; su cara brillaba por la
excitación y habría podido decirse que toda su alma se concentraba
en aquella danza. ¡Pobre y dulce niña!, su falta me hizo llorar,
aunque la perdoné inmediatamente. ¡Su vida había sido siempre tan
difícil y exenta de alegrías!, ¿es que no tenía el derecho de bailar
con quien se le antojara? ¡Que Dios la bendiga! Y respecto a
Roque..., ¡ah, que Dios le perdone!
Mientras la miraba y meditaba sobre cuál
era mi deber ante una situación como aquella, la joven celosa -que
se llama-Amelia- se había quedado a mi lado, maldiciendo y
blasfemando. Cuando los otros jóvenes aprobaron con aplausos la
destreza con que danzaba Benedicta, Amelia hizo un gesto como si se
preparase a saltar sobre ella para matarla. Sujeté a la airada
criatura, e inmediatamente, avanzando unos pocos pasos, llamé en voz
alta a la joven:
-¡Benedicta!
Pareció sobresaltarse al escuchar mi voz
pero, aunque reclinó un poco más la cabeza, continuó bailando.
Amelia no logró contener su enfado por más tiempo y se abalanzó
hacia delante, lanzando un furioso rugido, al tiempo que intentaba
penetrar en el círculo. Pero los muchachos borrachos se lo
impidieron. Se rieron de ella, lo que contribuyó a enloquecerla más
aún. Intentó entonces alcanzar a su víctima de nuevo. Los jóvenes la
alejaban con gritos, maldiciones y carcajadas. ¡Amado Francisco,
intercede por nosotros: cuando noté el odio en los ojos de Amelia,
un escalofrío estremecedor me recorrió todo el cuerpo! ¡Que Dios se
apiade de todos nosotros! ¡Creo que habría sido capaz de asesinar a Benedicta con sus propias manos y después regocijarse de su crimen!
En ese instante debería haber vuelto al
monasterio, pero permanecí allí. Reflexioné sobre lo que podría
ocurrir al terminar el baile, ya que me habían dicho que normalmente
los jóvenes acompañaban de regreso a casa a sus consortes, y me
horrorizó pensar en Benedicta y Roque regresando solos, en medio del
bosque por la noche.
Imaginad cuál no sería mi asombro cuando Benedicta levantó inesperadamente la cabeza, paró de bailar y,
mirando a Roque amistosamente, dijo con una voz suave y melodiosa,
semejante al sonido de unas campanillas de plata:
-Le agradezco, señor, que me haya elegido
tan gentilmente como compañera de baile.
Y de inmediato saludó al hijo del
Administrador, se deslizó rápidamente en medio del círculo, y antes
de que nadie pudiese comprender nada, desapareció entre las oscuras
profundidades del bosque. Al principio Roque se dejó dominar por el
estupor, pero cuando comprendió que Benedicta ya no se encontraba a
su lado, se enfureció como un loco y gritó: «¡Benedicta!» La llamó
entonces cariñosamente, aunque con el mismo resultado: Benedicta
había desaparecido. Se lanzo entonces en busca de ella, dispuesto a
registrar el bosque antorcha en mano, pero los demás jóvenes le
indujeron a desistir de su propósito. Al percibir mi presencia,
concentró su ira en mi persona y creo que de haberse atrevido,
habría llegado a golpearme. En lugar de eso, gritó:
-¡Maldito aprendiz de santurrón! ¡Me las
pagarás por esto!
Pero no me asustó en absoluto. ¡Alabado sea
el Señor! Benedicta no cometió ninguna falta, y puedo venerarla como
antes. No obstante, me estremece siquiera sospechar los múltiples
peligros que la acechan. Se encuentra completamente indefensa, no
sólo ante el odio de Amelia, sino también frente a la lujuria de
Roque. ¡Ah, si pudiese permanecer siempre atento a su lado, para
vigilarla y protegerla! A Ti te encomiendo, ¡oh, Señor!, a esta
pobre niña huérfana de madre, cuya confianza en Ti obtendrá sus
frutos.
XV
¡Ay, qué desgraciado es mi destino! He
vuelto a ser castigado, y de nuevo soy incapaz de admitir mi culpa.
Parece ser que Amelia se ha explayado en su
historia sobre Roque y Benedicta. La alta doncella fue de casa en
casa contando cómo Roque fue hasta el mismísimo patíbulo en busca de
una compañera de baile. Añadió además que Benedicta se había
comportado mucho peor que los jóvenes borrachos. Siempre que se me
comentaba lo ocurrido, me apresuraba a aclarar los hechos, porque
estaba convencido de que ése era mi deber, y explicaba lo que
realmente había pasado.
Según parece, por contradecir a alguien
capaz de violar los Mandamientos para levantar falso testimonio
contra su prójimo, terminé incurriendo en la ira de mi venerable
Superior. Me llamó de nuevo ante su presencia y me acusó de defender
a la hija del verdugo en contra de las afirmaciones de una honesta
muchacha cristiana. Pregunté servilmente cómo debería haber
actuado... si debería haber permitido que se calumniase a un
inocente.
-¿Cuál es el interés que puedes tener tú
por la hija del verdugo? -me interrogó-. Es más, parece más que
demostrado que se fue a bailar con los jóvenes borrachos por su
propia voluntad.
-Movida exclusivamente por el cariño que le
inspira su padre -repliqué-, porque si estos jóvenes ebrios no la
hubiesen encontrado en su cabaña, seguramente lo habrían
maltratado... y ella ama sinceramente al anciano, que se encuentra
enfermo y solo.
Esto es lo que pasó, y así fue como lo
conté.
Pero Su Reverencia insistió en que yo
estaba equivocado y me aplicó un duro castigo. Lo soporto
alegremente, ya que me hace feliz sufrir por tan dulce criatura. A
pesar de ello, no caeré en la tentación de murmurar contra el padre
Superior; él es mi Señor, y cualquier rebelión contra él por mi
parte es un claro pecado. ¿Acaso la obediencia no es el principal
mandato que nuestro Santo impuso a sus discípulos? ¡Ah, cómo deseo
que me ordenen sacerdote y me unjan con el aceite sagrado! Así podré
gozar de paz y estaré en condiciones para servir mejor al Cielo, y
disfrutaré también de una acogida mejor.
Me angustia la situación de Benedicta. Si
no fuese porque sigo recluido en mi celda me acercaría hasta el
Monte de los Ahorcados, donde quizá podría verla de nuevo. Me duele
tanto como si ella fuese mi hermana.
Pero como mi alma pertenece al Señor, no me
es lícito amar a nadie excepto a Aquel que murió en la cruz para
redimir nuestros pecados... Cualquier otro afecto es una falta.
¡Bienaventurados los Santos del Cielo! ¿Qué ocurriría si este
sentimiento que acepté como señal inequívoca de que me había sido
encomendada el alma de la joven, fuese en realidad el síntoma de un
amor terrenal? Intercede por mí, bienamado Francisco, e ilumíname
para que no me deje arrastrar hacia ese camino que lleva
directamente al infierno. ¡Guíame y dame fuerzas, venerable Santo,
para que pueda escoger el camino correcto, y nunca más me salga de
él!
XVI
Sigo junto a la ventana de mi celda. El sol
desaparece por poniente y las sombras van invadiendo las laderas
montañosas que rodean el abismo, inundado de una neblina cuya
turbulenta superficie recuerda a la de un inmenso lago. Pienso con
frecuencia en cómo, Benedicta atravesó aquellas terribles
profundidades para traerme las flores y escucho ansiosamente,
intentando oír el ruido de las piedras que al ser movidas por sus
audaces piececillos ruedan hacia el precipicio. Pero ya han
transcurrido varias noches. El viento silba entre los pinos y puedo
oír el agua que ruge en las profundidades; mientras escucho el
distante canto del ruiseñor... aunque no la voz de Benedicta.
Noche tras noche veo la niebla elevarse de
las profundidades del abismo. Forma olas, y después anillos y
crestas que se elevan, crecen y oscurecen hasta formar gigantescas
nubes. Cubren el valle y las montañas, los altos pinos y las cimas
coronadas de nieve. Los últimos restos de luz se extinguen en las
copas de los pinos más altos, y cae la noche. ¡Por desgracia la
noche reina también en mi alma una noche oscura, sin estrellas y sin
la esperanza de nuevos amaneceres!
Hoy, domingo, no he visto a Benedicta en la
iglesia. El «rincón sombrío» ha permanecido vacío. No logré
concentrarme en la ceremonia religiosa, en una falta por la que me
impondré voluntariamente una penitencia.
Amelia estaba junto a las otras jóvenes,
pero no vi a Roque. Me dio la impresión de que los siniestros y
alertas ojos de Amelia eran una muralla eficaz contra cualquier
rival, y que eran precisamente aquellos celos los que podrían
proteger a Benedicta. Dios es capaz de lograr que hasta las más
bajas pasiones sirvan a los fines más nobles. Aquella meditación me
alegró, aunque fue un placer muy breve.
En cuanto terminaron las ceremonias
religiosas, los sacerdotes y hermanos se marcharon lentamente de la
iglesia y atravesaron en procesión la sacristía, mientras los fieles
utilizaban la entrada principal para salir. Desde la larga galería
cubierta que nace en la sacristía se obtiene una vista completa de
la plaza del pueblo. Mientras los hermanos que seguíamos a los
sacerdotes nos encontrábamos todavía en esa galería, ocurrió algo
que recordaré hasta el día de mi muerte como un hecho injusto que el
Cielo toleró, sin que hasta hoy sepa decir por qué. Según parece,
los sacerdotes debían de estar informados acerca de lo que ocurría,
ya que se pararon en la galería, brindándonos de esa forma a todos
la posibilidad de contemplar la plaza.
Escuché una confusa algarabía de voces cada
vez más cercanas, que causaban la impresión de que se nos acercaban
todos los demonios del Infierno. Como me encontraba en el punto más
lejano de la galería, no llegaba a ver la plaza, de forma que le
pregunté a un hermano que estaba asomado en una ventana vecina.
Están llevando a una mujer a la picota me
contestó.
-¿Quién es?
-Una joven.
-¿Cuál es su delito?
-¡Qué pregunta absurda! ¿Es que no sabes
que las picotas y los postes de flagelación sólo son para las
pecadoras?
El griterío fue adentrándose en la plaza y
logré verlo todo con mayor claridad. Al frente aparecían unos
jóvenes bailando, saltando y cantando unas músicas obscenas.
Parecían haber enloquecido por la alegría, y daba la impresión de que el dolor y la
vergüenza de su congénere sólo aumentaba su salvajismo. Las
doncellas, pese a todo, se comportaban con menos entusiasmo.
-¡Maldita sea la descastada! ¡Ved cómo
acaba una pecadora! -gritaban-. ¡Gracias a Dios, nosotras somos
virtuosas!
Detrás de los jóvenes bulliciosos, rodeada
por aquella muchedumbre de mujeres y doncellas que gritaban, iba...
¡Oh, Dios Santo!, ¿cómo conseguir reflejarlo por escrito? ¿Cómo
describir el horror que aquella escena me produjo? En medio de
aquella turba... ¡estaba mi dulce, encantadora e inmaculada
Benedicta!
¡Oh, Salvador del Hombre!, ¿cómo conseguí
ver un espectáculo como aquél, y sobreviví para relatarlo? Sin duda
estuve a punto de morir con aquella desgracia. Me dio la impresión
de que la galería, la plaza y la muchedumbre giraban sin parar; la
tierra desapareció bajo mis pies y, a pesar de que obligué a mis
ojos a permanecer abiertos, no lograba ver nada. Pero aquella
oscuridad me duró poco y logré recobrarme para mirar hacia la plaza.
La habían vestido con un largo sayal
grisáceo, sujeto a la cintura por una cuerda. Llevaba en la cabeza
una corona de paja y, sobre el pecho, sujeta por una cuerda que le
pendía del cuello, llevaba una tablilla negra en la que había sido
escrito con tiza la palabra Buhle, «ramera».
La guiaba un hombre que sujetaba con
firmeza la cuerda anudada a la cintura de la joven. Le observé con
mayor detenimiento y, ¡oh, venerable Hijo de Dios, a qué bestias y
monstruos vinistes Tú a salvar!... ¡Era el padre de Benedicta!
Habían forzado al desdichado anciano a cumplir con los deberes de su
oficio, arrastrando a la picota a... ¡su propia hija! Después pude
averiguar que el verdugo había pedido de rodillas al Superior que le
librase de tan horrible trabajo, aunque sin éxito.
Nunca podré borrar de mi memoria el
recuerdo de aquella escena. El verdugo no le quitaba los ojos de
encima a su hija; y ella, por su lado, le miraba también a veces,
inclinando la cabeza y dedicándole una sonrisa. ¡Dios Bendito, la
joven sonreía!
La plebe la insultaba, dedicando a la
doncella expresiones groseras y escupiendo el suelo a su paso. Y eso
no era todo. Al ver que no le importaba, comenzaron a lanzarle barro
y estiércol. Aquello fue más de lo que su padre logró soportar y,
profiriendo un débil gemido, cayó al suelo desvanecido.
¡Ah, los crueles miserables! Intentaron
ponerle en pie de nuevo para que terminase su trabajo, pero Benedicta
levantó sus brazos en señal de súplica, y en su bello rostro
apareció una expresión de tan elevado afecto que incluso la
enloquecida turba se sometió al poder de aquella dulzura y se
apartó, dejando al verdugo caído en el suelo. Benedicta se arrodilló
para colocar la cabeza de su padre en el regazo. Le susurró al oído
palabras cariñosas y de consuelo. Le acarició su cabellera gris y
besó sus pálidos labios hasta lograr que recuperase el conocimiento
y abriese los ojos: ¡Benedicta; tres veces bendita, sin duda has
nacido para ser santificada por tu divina paciencia, idéntica a la
que Nuestro Salvador mostró en la cruz, para redimir los pecados del
mundo!
Benedicta ayudó al anciano a levantarse y
le iluminó con su sonrisa cuando logró incorporarse. Sacudió el
polvo de su ropa y después, sonriendo y susurrando todavía frases de
consuelo, le tendió la cuerda de su cintura. Los muchachos gritaron
y cantaron, las mujeres lanzaron alaridos y el desgraciado verdugo
llevó a su inocente hija hasta el infame patíbulo.
XVII
Nada más regresar a mi celda me lancé
sobre las duras piedras del suelo y clamé al Cielo contra la
injusticia y el suplicio de que había sido testigo, y contra la
injusticia todavía mayor que había terminado presenciando. Logré
imaginar, la escena del padre atando a su hija al poste. Pude ver al
salvaje populacho bailando alrededor con bestial gozo. Vi a la
malvada Amelia escupiendo en la cara de la inocente joven. Oré
largamente y desde lo más profundo de mi alma para que a la
desdichada doncella se le concediese la fuerza necesaria para
soportar aquella tortura infinita.
Entonces me senté y aguardé. Esperaba
impaciente la puesta del sol porque normalmente es a esa hora cuando
la víctima se ve finalmente libre de la picota.
Cada minuto me parecía una hora, y cada
hora me parecía una eternidad. El sol parecía estar quieto, como si
al día de la injusticia se le hubiese negado la noche.
Intenté inútilmente entender lo que había
ocurrido; me sentía confuso y aturdido. ¿Cómo había podido Roque
permitir que semejante deshonra cayese sobre Benedicta? ¿Es que
acaso pensaba que cuanto mayor fuese la ignominia, más fácil le
sería someter a la joven? No pude entenderlo, aunque tampoco me
esforcé demasiado para comprender los motivos. Sin embargo, ¡que
Dios me ayude!, sentí en mi propia piel, con tremenda congoja, la
infamia de la niña.
¡Dios mío, Dios mío, qué luz ha iluminado
el entendimiento de Tu siervo! Me he dado cuenta, como si fuese una
revelación del Cielo, que mis sentimientos hacia la joven son al
mismo tiempo mayores y menores de lo que había imaginado. Se trata
de un amor terreno, del tipo que siente un hombre por una mujer.
Cuando por primera vez me di cuenta de ello, me quedé sin aliento y
mi corazón latió intensa y aceleradamente, dándome la impresión de
que me asfixiaría en cualquier momento. Y a pesar de ello, era tanta
la rabia que invadía mi pecho después de haber presenciado aquella
terrible injusticia tolerada por el Cielo, que fui completamente
incapaz de arrepentirme. Aquella luz inesperada me cegó: no estaba
en condiciones de comprender en toda su dimensión el alcance de mi
pecado. El huracán de pensamientos que me sobrevino no fue en
absoluto desagradable. Debí reconocer que no estaba dispuesto a
privarme voluntariamente de aquellos sentimientos, aunque me diera
cuenta de que eran inconvenientes. ¡Que la Madre de la Misericordia
se apiade de mí!
En ese momento, incluso, me era imposible
admitir que estaba completamente equivocado al pensar que había
recibido la orden divina de salvar el alma de Benedicta y prepararla
para una vida de santidad. Acaso este otro deseo humano, ¿no procede
también de Dios? ¿No busca al mismo tiempo el bien de aquello que lo
motiva? ¿Y puede haber un bien mayor que el de la salvación del
alma?... Vivir una vida santa en la tierra, y verse de esa forma
recompensados en el Cielo por la felicidad y gloria eternas. No hay
duda de que el amor carnal y el espiritual no son tan diferentes
como me enseñaron a verlos. Puede que no sean contrarios, sino la
expresión de una misma voluntad. ¡Ah, venerado Francisco, guía de
mis pasos en esta elevada revelación que he tenido! ¡Coloca frente a
mis ojos el camino correcto para conseguir el bien de Benedicta!
Finalmente el sol desapareció tras los
claustros. Copos y nubecillas se arremolinaron en el horizonte; la
bruma brotó del abismo y, tras ella, las sombras púrpuras comenzaron
un rápido ascenso por la gran ladera de la montaña y terminaron
extinguiendo los últimos rayos solares que brillaban en la cumbre.
¡Gracias a Dios, oh, gracias sean dadas al Salvador... al fin ella
está libre!
XVIII
He pasado un tiempo seriamente enfermo
aunque, gracias al amable cuidado de los hermanos, me he recuperado
lo suficiente como para dejar mi cama. Es evidente que la voluntad
de Dios es que viva para servirlo, ya que no hice lo más mínimo para
merecer aquel extraordinario presente que me otorgó al devolverme la
salud. En mi alma arde el sincero deseo de consagrar mi vida
miserable a Él y a Su servicio. En este instante, mi único anhelo es
unirme a Él y entregarme en manos de Su amor. En cuanto me sean
impuestos en la frente los santos óleos, estas esperanzas se verán
colmadas; y una vez purificado de mi pasión terrenal y desesperanza
por Benedicta, seré llevado hasta una vida nueva y divina. Puede que
entonces, sin ofender al Cielo o hacer peligrar mi alma, me sea
permitido vigilarla y protegerla mejor que ahora, en que soy tan
solo un desdichado monje.
He sucumbido a una extrema debilidad. Mis
pies, como si fuesen los de un niño, no lograban sostener mi cuerpo.
Los hermanos me condujeron hasta el huerto. Allí, ¡con qué
agradecimiento elevé mi mirada hacia arriba y contemplé nuevamente
el firmamento azul! ¡Qué éxtasis me embriagó cuando logré mirar
hacia los picos nevados de las montañas, y hacia los negros bosques
escalonados de sus laderas! Cada brizna de hierba suscita en mí un
interés especial, y termino saludando a cualquier insecto que pasa a
mi lado como si fuese un antiguo amigo.
Mis ojos se desvían inevitablemente hacia
el sur, en dirección al Monte de los Ahorcados, y pienso
constantemente en la desgraciada hija del verdugo. ¿Qué habrá sido
de ella? ¿Habrá logrado sobrevivir al terrible suplicio de la plaza
pública? ¿Qué estará haciendo en este momento? ¡Ah, si tuviese
energías suficientes para llegar hasta el Monte de los Ahorcados!
Pero no me dejan abandonar el monasterio, y aquí no hay nadie con
quien tenga tanta confianza como para preguntarle por la suerte de
la doncella. Noto en los frailes algo extraño, como si ya no me
encarasen como uno de ellos. ¿Por qué será? A mí me siguen
inspirando afecto y deseo vivir en armonía con ellos. Son buenos y
afables aunque, pese a ello, parece como si me evitasen lo más
posible. ¿Qué quiere decir todo esto?
XIX
Mi reverendo Superior, el padre Andrés, me
ha llamado de nuevo a su presencia.
-Tu recuperación ha sido milagrosa -me
dijo-. Me gustaría que fueses digno de tan elevada merced y que
preparases tu alma para la inmensa bendición que has de recibir. He
decidido, hijo mío, que te alejarás temporalmente de nosotros y
vivirás aislado en la soledad de las montañas, con la doble
finalidad de que te recuperes físicamente, y al mismo tiempo de que
adquieras una visión correcta de la realidad en tu corazón.
Examínate con absoluta rigidez, cuando te encuentres lejos de
cualquier distracción, y comprenderás, estoy seguro, el tamaño de tu
error. Pide que una luz divina ilumine tus pasos para que te sea
concedido el avanzar en línea recta en tu servicio al Señor como
apóstol y como sacerdote, ajeno a las bajas pasiones y deseos
mundanos.
No tuve la osadía de replicar. Me sometí a
la voluntad de Su Ilustrísima sin una palabra en contra, ya que
obedecer es también una regla de nuestra Orden. No me inspiraba el
menor temor la comarca inhóspita, a pesar de que había oído decir
que estaba repleta de bestias salvajes y espíritus perversos. Su
Reverencia no se equivoca: estar un tiempo solo será para mí como un
período de prueba, purificación y restablecimiento, que tanto
necesito en estos momentos. Hasta ahora únicamente me he movido por
los senderos del pecado, ya que en mis confesiones me reservo muchas
cosas. No actué así por miedo al castigo, sino porque me es
imposible mencionar el nombre de la joven ante otro que no sea mi
venerado San Francisco, el único capaz de entenderme. Noto que me
observa con benevolencia desde el Cielo y se preocupa por mi
pesadumbre. Sea cual sea la falta que quizá exista en la compasión
que me inspira esta inocente y perseguida doncella, estoy convencido
de que San Francisco la perdona bondadosamente por amor a nuestro
bendito Salvador, que también enfrentó congojas y conspiraciones.
Una de mis obligaciones en las montañas
será la de recoger algunas raíces y mandarlas al monasterio. Con
esas hierbas los frailes destilan un licor que ya se ha hecho famoso
en toda la región, y cuya celebridad ha llegado incluso hasta la
lejana ciudad de Munich.
La bebida es tan fuerte y tan llena de
especias que, al beberla, se siente tanto calor en la garganta como
si se hubiese devorado una llama del infierno; a pesar de ello, es
apreciada en todas partes por su valor medicinal, ya que se utiliza
como remedio de infinidad de dolencias y enfermedades; además, se
afirma también que es beneficiosa para la salud del alma, aunque
debo añadir que, allí donde no se puede obtener el licor, una vida
devota puede conseguir el mismo resultado. En cualquier caso, la
venta de este licor es la principal fuente de ingresos que tiene el
monasterio.
El ingrediente principal de la bebida es la
raíz de una planta alpina conocida como genciana, que crece a gran
profundidad en las laderas de las montañas. Durante los meses de
julio y agosto, los frailes recogen estas raíces y las secan junto
al fuego en las chozas de las montañas; entonces las preparan y las
mandan al monasterio. Los frailes son los únicos que tienen derecho
a recoger estas raíces, y también a guardar celosamente secreto el
procedimiento con el que se confecciona el licor.
Ya que debo vivir durante algún tiempo en
estas tierras elevadas, el Superior me ha dicho que de vez en
cuanto, y siempre que me sienta con fuerzas para ello, recoja estas
raíces. Un joven siervo del monasterio me conducirá hasta mi
solitaria morada, cargará mis provisiones y volverá inmediatamente.
Vendrá una vez por semana a reabastecerme, y de paso a llevarse las
raíces que haya ido reuniendo en ese tiempo.
No han demorado mucho en mandarme al lugar
donde debo cumplir mi penitencia. Esta misma noche me he despedido
de mi reverendo Superior; de vuelta a mi celda empaqueté mis libros
de oración, la Imagen del Cordero de Dios, y la Vida y Obra de San
Francisco. Tampoco he olvidado los utensilios para escribir,
indispensables para poder continuar mi diario. De este modo, y una
vez acabados los preparativos necesarios, fortalecí mi alma con una
oración y ya me encuentro preparado para enfrentar cualquier cosa
que me depare el destino, incluido el encuentro con animales
salvajes o demonios.
Venerable Santo, perdona la tristeza que
siento al marcharme sin haber podido ver a Benedicta o sin haberme
enterado siquiera de qué ha pasado con ella desde aquel terrible
día. Tú sabes ¡oh benévolo Santo mío!, porque lo confieso con
humildad, que ansío poder llegar al Monte de los Ahorcados, aunque
sólo sea para echar un vistazo a la cabaña en la que vive la más
buena y hermosa de las mujeres. ¡No seas demasiado severo al juzgar,
te lo suplico, venerable Santo, la debilidad de mi descarriado
corazón de hombre!
XX
Al dejar el monasterio con mi joven guía,
observé que todo estaba tranquilo dentro de sus muros; la santa
comunidad dormía ensueño de la paz, que en los últimos tiempos
parecía habérsele negado. Ya comenzaba a amanecer y, según
ascendíamos por el sendero que lleva hasta las montañas, algunos
leves destellos dorados y escarlatas comenzaron a rodear las nubes
de oriente. Mi joven compañero, que cargaba en sus hombros el saco
de provisiones, abría la marcha. Yo le seguía con el hábito recogido
hacia atrás, apoyándome en un grueso cayado, y provisto de una
afilada punta de hierro con la que podría defenderme, llegado el
caso, de cualquier bestia salvaje.
Mi guía era un muchacho joven, rubio y de
ojos azules, y con una expresión en su rostro entre alegre y
amistosa. Era obvio que le agradaba enormemente poder trepar por sus
colinas natales en dirección a las cumbres que teníamos por meta.
Parecía como si no le molestase el peso de la carga que portaba, ya
que su andar era ágil y airoso, y su paso firme y seguro. Saltaba
por el escarpado y abrupto sendero como si fuese una cabra montesa.
El joven estaba bastante animado. Me contó
historias maravillosas acerca de duendes y fantasmas, brujas y
hadas. Según parece, conocía perfectamente a estas últimas. Aseguró
que aparecían vestidas con ropas resplandecientes y que tenían un
cabello brillante y alas muy bellas; una descripción que se ajustaba
casi exactamente con la que hacían algunos Sacerdotes al hablar
sobre el tema en sus libros. Cuando se sienten atraídas por alguien,
son capaces de retener a esa persona bajo su encantamiento, sin que
nadie sea capaz de romper el hechizo, ni siquiera la Santísima
Virgen María. Aun así, yo creo que esto sólo se cumple en el caso de
quienes se encuentran en pecado, y que los puros de corazón no
tienen nada que temer de estas legendarias figuras.
Subimos y bajamos cerros, atravesamos
bosques, pastos floridos y quebradas. Los ríos de la montaña que se
deslizaban a través de los valles, violentos y encajados en el seno
de profundos barrancos, parecían contar las cosas sorprendentes con
que se habían encontrado a su paso, y las extrañas aventuras que
habían vivido en su itinerario. En las laderas de las colinas y en
los bosques retumbaban sin descanso las múltiples voces de la
naturaleza, convocando, susurrando, suspirando o profiriendo
alabanzas al Creador de todas las cosas. Con frecuencia pasábamos
frente a la cabaña de algún montañés, a cuyo lado jugaban
desarrapados críos de cabello rubio. Al ver a personas extrañas
escapaban asustados. Las mujeres, sin embargo, salían a nuestro
encuentro cargando a sus hijos pequeños en brazos, y me pedían que
las bendijera. Nos ofrecían leche, mantequilla, queso fresco y pan
oscuro. Muchas veces veíamos a los hombres instalados ante sus
cabañas, y dedicados a tallar en madera sobre todo imágenes de
nuestro Redentor en la cruz. Las mandan después para ser vendidas en
Munich y, según me han comentado, estos piadosos artesanos llegan a
ganar mucho dinero y gozan también de indudable prestigio.
Finalmente alcanzamos las orillas de un
lago, pero una neblina nos impidió la clara visión del paisaje.
Encontramos un pequeño bote amarrado en el barranco; mi guía me dijo
que subiera a él e inmediatamente tuve la impresión de que nos
deslizábamos en medio del firmamento y de las nubes. Nunca había
navegado y tuve el terrible presentimiento de que quizá podríamos
naufragar y morir ahogados. Tan sólo se escuchaba el ruido del agua
golpeando los costados de la embarcación. Mientras avanzábamos,
veíamos en ocasiones algún objeto oscuro que flotaba en las aguas,
aunque inmediatamente desaparecía con la misma rapidez con que había
surgido, y enseguida volvíamos a deslizarnos en medio de un espacio
vacío. Como a veces la bruma se elevaba un poco, pude ver
gigantescas rocas negras que sobresalían en el agua; también, no muy
lejos de la orilla, vi gigantescos árboles medio sumergidos, con sus
grandes ramas que semejaban los huesos de algún terrible esqueleto.
El paisaje se hallaba tan repleto de cosas horribles que incluso mi
joven guía permanecía callado, mientras sus ojos atentos intentaban
constantemente taladrar la bruma en busca de posibles peligros.
Aquellos indicios me hicieron comprender
que estábamos atravesando un terrible lago asolado por fantasmas y
diablos, y en consecuencia le encomendé mi espíritu a Dios. El poder
del Señor somete cualquier mal. En el momento en que terminé mi
oración contra los espíritus del mal, se rasgó el velo de oscuridad,
¡y el sol brilló como una gigantesca rosa de fuego que cubriese al
mundo con áureos y vistosos ropajes!
Frente a ese glorioso ojo de Dios, las
sombras se desvanecieron y no volvieron a acecharnos. La espesa
niebla, transformada en una bruma leve y transparente, se entretuvo
un poco más en las laderas de las montañas, antes de desaparecer por
completo. No quedó ni rastro de ella, excepto en las profundas
grietas de los cerros. El lago parecía plata líquida; las montañas,
brillantes, mostraban selvas parecidas a llamas de fuego. Mi corazón
estaba embriagado de asombro y gratitud.
Mientras nuestro bote avanzaba, noté que el
agua del lago colmaba una cuenca larga y angosta. A nuestra derecha
los picos se levantaban hasta considerable altura, con las crestas
cubiertas de pinos, pero a la izquierda y enfrente había un lugar
muy placentero en el que se levantaba una gran construcción. Era San
Bartolomé, la residencia veraniega de mi Superior, el Padre Andrés.
Ese tranquilo vergel no era demasiado
grande; excepto en la zona que daba sobre el lago, se encontraba
rodeado de promontorios que se levantaban en el aire hasta los mil
pies de altura. Mucho más arriba, en la zona frontal de ese
gigantesco muro, había una fértil pradera que brillaba como una
enorme joya sobre el manto gris de la montaña. Mi joven acompañante
me informó de que ése era el único lugar en toda la región donde
crecían Edelweiss. Era, por lo tanto, el lugar exacto donde
Benedicta había recogido aquellas maravillosas flores que me había
regalado mientras estaba de penitencia. Contemplé aquel bello y
terrible lugar con una mezcla de sentimientos que me resulta
imposible describir. El guía, cuyo estado de ánimo encajaba con el
jovial aspecto que en ese momento mostraba la naturaleza, gritaba y
cantaba; pero yo, al notar que abrasadoras lágrimas brotaban de mis
ojos y me corrían por las mejillas, escondí mi rostro en la capucha.
XXI
Tras abandonar nuestro bote comenzamos a
escalar por la montaña. Amado Dios, nada sale de Tu venerable mano
sin un designio y una utilidad, pero no logro entender para qué
agrupaste estas montañas, ni para qué las cubristes con tantos
peñascos que no suponen una bendición ni para los hombres ni para
los animales.
Después de horas y más horas de ascenso
alcanzamos un manantial; me senté agotado, con los pies doloridos y
jadeando. Contemplé el paisaje que se extendía a mi alrededor y
comprendí que todo lo que me habían dicho sobre aquellos parajes
desolados estaba completamente justificado. Allá donde mirase no
veía más que rocas grises y desnudas, veteadas de rojo, amarillo y
marrón. Había tenebrosos eriales cubiertos de piedra en los que nada
crecía -ni una planta, ni una brizna de hierba-, terribles abismos
llenos de hielo y brillantes bancos de nieve que escalaban hacia las
alturas, tanto que casi parecían tocar el cielo.
Sin embargo, encontré unas pocas flores
entre las rocas. Parecía como si el Creador de aquella inhóspita y
solitaria región la hubiese considerado demasiado terrible e,
inclinándose sobre los valles, hubiera tomado de ellos un puñado de
flores para esparcirlas después por estas estériles regiones. Las
flores, así enaltecidas por la mano divina, habían crecido con una
belleza celestial e inigualable. El guía me enseñó la planta cuya
raíz debía yo recoger, y también algunas hierbas resistentes y
saludables, útiles para el hombre, y entre las que se encontraba el
árnica de flores doradas.
Una hora más tarde reemprendimos nuestro
camino y seguimos hasta que casi me sentí incapaz de arrastrar los
pies ni siquiera un paso más. Finalmente llegamos a un lugar
solitario rodeado de negros y gigantescos peñascos. En su centro
había una miserable cabaña de piedra con una puerta baja en uno de
sus lados, que hacía las veces de entrada. El joven me explicó que
aquélla habría de ser mi morada. Nada más entrar, mi corazón se
estremeció al pensar que tendría que vivir en un lugar semejante. No
había ni un solo mueble. Mi cama sería un ancho banco cubierto por
algunos secos matojos alpinos. También había una chimenea que se
alimentaba con leña, y uno o dos utensilios de cocina.
El joven cogió un recipiente y se marchó a
toda prisa. Yo me tumbé en el suelo frente a la choza y enseguida me
sumí en la contemplación de aquel paisaje agreste y aterrador, en el
que debería preparar mi espíritu para servir mejor a Dios. El guía
regresó rápidamente, sujetando la vasija con ambas manos. Al verme
lanzó un alegre grito, cuyos ecos retumbaron como si fuesen miles de
voces charlatanas entre las piedras. Aunque había permanecido solo
apenas unos instantes, me sentí tan alegre de ver un rostro humano
que me adelanté y respondí a su saludo con desproporcionada
felicidad. ¿Cómo podía entonces tener la esperanza de que
conseguiría soportar una semana de aislamiento total en aquel lugar
solitario?
Cuando el muchacho colocó el recipiente
delante de mí, vi que estaba lleno de leche. También sacó de entre
sus ropas un pan de manteca amarilla, bellamente decorado con flores
alpinas, y un pedazo de queso blanco como la nieve, envuelto en
hierbas aromáticas. El ver aquella comida me agradó y le dije a modo
de broma:
-Ya veo que en estas alturas la leche y la
manteca brotan de las piedras. ¿También encontraste un manantial de
leche?
-Usted también podría conseguir un milagro
como éste -contestó-, aunque me pareció mejor trasladarme
rápidamente hasta el Lago Negro y pedir esta comida a las muchachas
que viven allí.
Sacó un poco de harina de algo parecido a
una alacena que había en la cabaña; encendió el fuego en la chimenea
y se dedicó a preparar un pastel.
-De modo que no estamos solos en esta
región asolada -le dije-. ¿Dónde está ese lago en cuyas orillas
viven tan generosas personas?
-Es el Lago Negro -contestó guiñando los
ojos debido al humo-. Se encuentra detrás de ese Kogel y la vaquería
fue construida justo al borde de esa colina que sobresale de entre
las aguas. Es un mal lugar. El lago llega en línea recta hasta el
Infierno y entre las piedras se puede oír el rugido y el chirriar de
las llamas y los gemidos de los condenados. No hay lugar en el mundo
que cuente con tantos espíritus crueles y malvados. ¡Tenga mucho
cuidado! Aquí, a pesar de su santidad, podría ponerse enfermo.
Podría conseguir leche, manteca y queso en el Lago Verde, que está
mucho más lejos; les diré a las mujeres que le traigan lo que
necesita. Se sentirán felices de poder ayudarlo, y si les predica un
sermón todos los domingos, ¡no les importará enfrentar al demonio en
persona con tal de complacerlo!
Después de nuestro almuerzo, que me pareció
el más agradable que jamás hubiese comido, el joven se tumbó bajo el
sol e inmediatamente se quedó dormido, roncando con tanta violencia
que me fue imposible seguir su ejemplo, a pesar del cansancio que
tenía.
XXII
Al despertar, el sol ya se encontraba
detrás de las montañas, cuyos picos mostraban ribetes de fuego. Me
pareció como si estuviera viviendo un sueño, aunque pronto volví a
la realidad. Los gritos del muchacho que retumbaron en la distancia
me hicieron comprender inmediatamente que estaba solo en aquella
región abandonada. Evidentemente le dio pena mi estado, porque en
vez de perturbar mi sueño, se marchó sin despedirse. Tenía que darse
prisa si quería llegar a la vaquería del Lago Verde antes de que
anocheciera. Al entrar en la choza vi que el fuego ardía con
energía, y que habían apilado un buen montón de leña a su lado. El
previsor muchacho tampoco se había olvidado de dejarme la cena, que
consistía en algo más de pan y de leche. También había sacudido la
hierba de mi duro lecho, cubriéndolo con una manta de lana,
servicios que le agradecí desde lo más profundo de mi corazón.
Gracias a mi largo sueño me encontraba
nuevamente con fuerzas, y permanecí fuera de la cabaña hasta bien
entrada la noche. Hice mis oraciones mirando los promontorios
rocosos que se levantaban bajo aquel oscuro horizonte en el que las
estrellas parpadeaban alegremente. Se diría que allí, a aquella
altura, las estrellas brillaban más intensamente que en el valle, y
era fácil suponer que si uno escalaba hasta un punto más elevado
todavía, podría llegar a tocarlas con la mano.
Permanecí muchas horas de aquella noche
bajo las estrellas y el firmamento, examinando mi conciencia y
preguntándole a mi corazón. Tenía la impresión de encontrarme en la
iglesia, de rodillas frente al altar, notando la imponente presencia
de Dios. Finalmente mi alma se henchió de paz divina, y del mismo
modo que un niño se aprieta contra el pecho de su madre, recliné yo
mi cabeza en la sabia Naturaleza, ¡oh, madre de todos nosotros!
XXIII
¡Nunca había visto un amanecer tan
glorioso! Las montañas se teñían con una tonalidad rosada y su
apariencia era casi translúcida. Una plateada transparencia flotaba
en la atmósfera, tan fresca y pura que cada vez que aspiraba una
bocanada de aire me daba la sensación de estar renovando mi
vitalidad. El rocío, blanco y abundante, goteaba de las escasas
briznas de hierba y se deslizaba sobre las piedras como si fuese
lluvia.
Mientras estaba dedicado a mis oraciones
matinales, conocí involuntariamente a mis vecinos. Durante la noche
las marmotas no habían dejado de chillar, con gran molestia para mí,
y en aquel momento saltaban alocadamente como si fuesen conejos. En
las alturas, pardos halcones giraban describiendo círculos y
observando fijamente a los pajarillos que revoloteaban entre los
arbustos, y a los ratoncillos de los bosques que corrían entre las
rocas. Cerca de allí pasaban una y otra vez manadas de gamuzas en
busca de los pastos que crecían en la zona más elevada de la
montaña. En lo más alto, un águila solitaria se recortaba contra el
firmamento, subiendo cada vez más, como si fuese un alma que se
eleva hacia el Cielo después de verse liberada del pecado.
Todavía estaba de rodillas cuando mi
silencio se vio roto por un murmullo de voces. Miré a mi alrededor
pero, aunque podía escucharlas con claridad y captar pedazos de
canciones, no logré ver a nadie. Era como si aquellos sonidos
procediesen del interior de las montañas y, al recordadlos poderes
del Maligno que se manifestaban por toda la comarca, recité una
plegaria y me preparé a esperar acontecimientos.
Volví a escuchar el cántico de nuevo, como
ascendiendo de una profunda sima, e inmediatamente aparecieron tres
figuras femeninas. Al notar mi presencia dejaron de cantar y
profirieron agudos gritos. Así me di cuenta de que pertenecían a
aquellas tierras; pensé que quizá fuesen cristianas y esperé a que
se acercaran.
Vi que llevaban cestos sobre sus cabezas y
que eran jóvenes altas y de donosa presencia, con el cabello rubio,
el rostro moreno y los ojos negros. Dejaron sus cestos en el suelo,
me saludaron con modestia y besaron mis manos; inmediatamente
destaparon los canastos y me ofrecieron las apetitosas provisiones
que me habían traído: crema, queso, mantequilla y dulces.
Se sentaron una vez más en el suelo y me
explicaron que vivían en el Lago Verde y que les agradaba
enormemente poder contar de nuevo con un «hermano montañés», y en
especial con uno tan joven y gallardo como yo. Mientras hablaban de
aquel modo sus oscuros ojos parpadeaban alegres y en sus rojos
labios lucían joviales sonrisas, lo que me agradó sobremanera.
Les pregunté si no las asustaba vivir en
aquella desolada comarca, pero como única respuesta se rieron,
mostrando sus blancos dientes. Me dijeron que en sus chozas tenían
armas de caza destinadas a ahuyentar a los osos y que conocían
también diversos exorcismos y sortilegios muy eficaces contra los
malos espíritus. Además no se encontraban muy solas, me aclararon,
porque todos los sábados los jóvenes del valle subían a la montaña a
cazar osos, y en aquellas ocasiones se lo pasaban muy bien. A través
de ellas me enteré de que entre las elevaciones rocosas abundan los
prados y las chozas, en las que viven durante el verano los pastores
y pastoras. Las mejores praderas, indicaron, pertenecían al
monasterio y se encontraban a muy poca distancia.
Me deleitó su agradable charla, que hacía
que la soledad se me hiciese menos opresiva. Después de darles la
bendición, me besaron la mano y se fueron como habían llegado:
riendo sin parar, y cantando a gritos; dando muestras del alborozo
propio de su corta edad y buena salud. De esa forma he llegado al
menos a una conclusión: la existencia de las personas que viven en
las montañas es más feliz y apacible que la de quienes habitan en
los profundos y húmedos valles ubicados más abajo. Además, parece
como si sus corazones y sus mentes fuesen más puras, lo que quizá se
deba a que realmente viven mucho más cerca del Cielo que, según
aseguran algunos hermanos, en estas regiones está más cerca de la
tierra que en ningún otro punto del mundo, exceptuando Roma.
XXIV
Después de irse las jóvenes, guardé las
vituallas que me trajeron; a continuación, armado con una corta y
puntiaguda pala y un costal, me fui en busca de raíces de genciana.
Crecían en abundancia, y la espalda comenzó enseguida a dolerme de
tanto agacharme a cavar la tierra, aunque seguí con el trabajo, ya
que deseaba mandarle al monasterio una buena remesa como prueba de
mi celo y obediencia. Me había apartado bastante de mi cabaña, sin
darme cuenta de la dirección que tomaba, cuando inesperadamente me
encontré al borde de un precipicio tan profundo y horrible que
retrocedí lanzando un grito de terror. En el fondo de aquel abismo y
a tanta distancia de mis pies que me mareaba el hecho de mirar hacia
abajo para verlo, había un minúsculo lago circular, que parecía el
ojo del diablo. En su orilla, cerca de un promontorio que se
levantaba sobre el agua, había una cabaña desde cuyo techo lleno de
piedras surgía una delgada columna de humo azulado. Alrededor de
ella, en el suelo estrecho y estéril, paseaban unas pocas vacas y
ovejas. ¡Qué lugar tan espantoso para erigir una vivienda!
Aún miraba aterrado aquel agujero cuando
volví a asustarme: ¡escuché con absoluta claridad una voz que
llamaba a alguien por su nombre! El sonido procedía de un lugar
situado a mis espaldas y el nombre era dicho con una dulzura tan
exquisita que me santigüé inmediatamente a modo de protección contra
las artimañas, maleficios y hechizos de las hadas. Volví a oír la
voz y en aquel momento mi corazón latió con tanta violencia que casi
me desmayé: ¡era la voz de Benedicta! ¡Benedicta en aquella terrible
región y yo solo con ella!
Evidentemente, me es imprescindible tu
ayuda, venerable San Francisco, para que mis pasos no se desvíen del
sendero trazado por los designios divinos.
Al darme la vuelta la vi. Saltaba de una
roca en otra; miraba hacia atrás y pronunciaba un nombre que me era
desconocido. Cuando descubrió que la estaba mirando se paró,
inmóvil. Me acerqué a ella saludándola en nombre de la Santísima
Virgen, a pesar de que, ¡que Dios me perdone!, las terribles
emociones que me trastornaban casi me incapacitaban para poder
realizar tan sagrada invocación.
¡Qué cambios parecían haberse operado en la
desgraciada niña! Su hermoso rostro estaba tan pálido como el
mármol; los grandes ojos, hundidos e infinitamente tristes. Sólo en
su preciosa cabellera no se veía la menor alteración, y le caía
sobre los hombros como una cascada de hebras de oro. Permanecimos
mirándonos mutuamente, callados por la sorpresa; entonces volví a
hablarle:
-¿De modo que eres tú, Benedicta, la que
vive en esa choza que hay junto al Lago Negro, al lado de las aguas
del Averno? ¿Tu padre vive contigo?
No me contestó, pero sentí un
estremecimiento en sus delicados labios, como le suele ocurrir a los
niños cuando intentan sujetar el llanto. Repetí la pregunta:
-¿Tu padre vive contigo?
Me contestó en un susurro poco mayor que un
suspiro:
-Mi padre ha muerto.
Noté un agudo y repentino dolor en el mismo
centro de mi pecho, y por algunos segundos me sentí incapaz de decir
nada más, completamente desconcertado por la compasión. Benedicta
había girado el rostro para esconder sus lágrimas y su delicada
figura se convulsionaba con el llanto. No logré contenerme por más
tiempo. Me acerqué, cogí su mano e, intentando relegar a lo más
profundo de mi corazón cualquier deseo humano de dirigirme a ella
con alguna expresión religiosa de consuelo, le dije:
-Hija mía, querida Benedicta, tu padre ya
no está a tu lado, pero todavía tienes a otro Padre que te protegerá
en todos y cada uno de los días de tu vida. En todo lo que tenga que
ver con Su venerable voluntad, bondadosa y encantadora muchacha, te
ayudaré a soportar tan terrible pena. Aquel por quien lloras no está
perdido, se ha dirigido a la casa donde habita la misericordia, y
Dios será benévolo con él.
A pesar de todo, mis palabras sólo
consiguieron agudizar su adormecida tristeza. Se dejó caer al suelo
y dio rienda suelta a su llanto, sollozando con tanta vehemencia que
me alarmé sobremanera. ¡Ah, Madre de Misericordia!, ¿cómo podré
superar el recuerdo de aquella angustia que sufrí al presenciar la
tremenda desdicha que aniquilaba a tan hermosa e inocente criatura?
Me agaché sobre ella y también mis lágrimas cayeron sobre sus
dorados cabellos. Mi corazón me impulsaba a levantarla del suelo,
pero mis músculos se negaban a obedecerme. Finalmente se serenó un
poco y comenzó a hablar; lo hizo, a pesar de todo, más como si
estuviese hablando consigo misma que conmigo:
-¡Ah, mi padre, mi pobre padre afligido!
Sí, ha muerto... ellos lo mataron... hace mucho tiempo que murió de
congoja. Mi hermosa madre también murió de tristeza... de pena y
remordimiento por algún gravísimo pecado, no sé cuál, que mi padre
le había perdonado. Él sólo sabía ser compasivo y misericordioso.
Había tanta ternura en su corazón que no era capaz de aplastar
siquiera a un gusano o una cucaracha, y a pesar de ello se vio
obligado a matar hombres. Su padre, y el padre de su padre pasaron
la vida entera y murieron también en el Monte de los Ahorcados. Es
una estirpe de verdugos cuya horrible herencia fue a recaer en mi
padre: no tuvo elección. Esa gente sin corazón le obligó a ejercer
la profesión de sus antepasados. Muchas veces le oí decir que había
tenido incluso la tentación de suicidarse, y estoy convencida de que
lo habría hecho, de no ser por mí. No podía tolerar la idea de que
muriese de hambre; pero fue forzado a ver cómo me humillaban y,
finalmente, ¡oh, Santísima Virgen!, escarnecida en público por un
delito del que era inocente.
Cuando Benedicta habló de la terrible
injusticia con que había sido tratada, sus blancas mejillas se
encarnaron al recordar la ignominia sufrida, a pesar de que en su
momento fue capaz de soportarla con un ánimo diferente, por cariño a
su padre.
Mientras me contaba sus desdichas se fue
incorporando progresivamente, y después, conforme recuperaba
confianza en sus propias energías, terminó girando su hermoso rostro
hacia mí. Pero en seguida cubrió su cara con el cabello y me habría
dado la espalda de no ser porque se lo impedí suavemente mientras le
hablaba con frases reconfortantes, a pesar de que Dios sabe que mi
propio corazón estaba a punto de reventar, de tanta lástima como me
inspiraba. Permitió que pasaran algunos segundos y después continuó:
-¡Ah, mi pobre padre siempre fue
desgraciado! Ni siquiera se le permitió el consuelo de ver bautizada
a su niña. Como hija de verdugo, a mis padres les estaba prohibido
solicitar ese sacramento para mí; y nunca lograron encontrar un solo
sacerdote dispuesto a bendecirme en nombre de la Santísima Trinidad.
Por ese motivo me llamaron Benedicta, y me bendijeron ellos mismos
un día tras otro.
»Tenía muy corta edad cuando murió mi bella
madre. Fue enterrada en tierra no consagrada. Como no podía elevarse
hasta el Padre Celestial que vive en lo más alto, fue enviada al
pozo de llamas del Infierno. Cuando agonizaba, mi padre fue a
suplicarle al Reverendo Superior la gracia de un sacerdote que
pudiese administrarle los últimos sacramentos. Pero su petición fue
rechazada. No apareció ningún sacerdote y mi desgraciado padre tuvo
que cerrar él mismo. los ojos de mi madre, mientras se le cegaban
los suyos con las lágrimas de angustia que le arrancaba el terrible
destino que le esperaba a la difunta.
»Tuvo que ser él mismo quien cavara la
tumba, sin la menor ayuda. El único pedazo de tierra de que disponía
era aquel en que había enterrado a los ahorcados y excomulgados, y
se vio obligado a depositar allí a mi madre, en tierra no
consagrada. Ni siquiera se permitió que rezasen misas por su alma.
»Me acuerdo perfectamente que después de
aquello mi querido padre me llevó ante la imagen de la Santísima
Virgen y me dijo que me arrodillara. Juntó mis pequeñas manos y me
enseñó a rezar por mi desdichada madre, que no había tenido a nadie
que intercediera por ella ante el poderoso Juez de los Muertos.
Desde aquel día he rezado por las mañanas y por las noches por el
espíritu de ella, y ahora lo hago por el espíritu de mi padre
también, cuya alma no fue preparada para enfrentar al Todopoderoso,
y que por tanto no se encuentra con Dios, sino que arde en el fuego
eterno.
»Durante su agonía, corrí a presentarme
ante el Superior, tal y como él había hecho con mi madre. Le
supliqué de rodillas, le imploré llorando, le besé los pies, y
también le habría besado la mano si no la hubiese retirado. Pero lo
único que hizo fue ordenarme que me fuera.
Conforme avanzaba en su relato, Benedicta
imprimía mayor énfasis a sus palabras. Se levantó y permaneció en
pie; echó hacia atrás su bella cabeza y levantó su mirada al cielo,
como presentando aquellas ofensas a los elevados ángeles del Señor,
mensajeros de su voluntad. Levantó sus brazos desnudos con un gesto
enérgico y dotado de tanta gracia natural que me sentí sobrecogido
de asombro; las palabras brotaban espontáneamente de sus labios con
una elocuencia que jamás le habría imaginado. No me atrevo a pensar
que aquellas palabras fuesen inspiradas desde lo alto, ya que, ¡que
Dios nos perdone!, cada una de ellas era una denuncia soterrada de
Él y de su Santa Iglesia y, a pesar de ello, ¡no me cabe la menor
duda de que nunca habló de aquel modo ningún mortal cuyos labios no
hubieran sido tocados por el espíritu de fuego del altar! Delante de
aquella agraciada y sorprendente criatura me di cuenta con tanta
claridad de mi propia falta de méritos, que probablemente me habría
arrodillado ante Benedicta al encararla como una santa
bienaventurada, de no ser porque inesperadamente ella puso fin a sus
palabras de una forma tan patética que me hizo llorar de emoción.
-Las personas crueles le mataron -dijo
intercalando el llanto entre sus palabras-. Se apoderaron de mí, a
quien él amaba. Me acusaron injustamente de un delito horrible. Me
vistieron con unas ropas deshonrosas, depositaron en mi cabeza una
corona de paja y me colgaron del cuello una tablilla negra como
símbolo de la infamia. Me escupieron y escarnecieron, obligando a mi
padre a arrastrarme hasta la picota, donde fui atada y golpeada con
látigos o y piedras. Eso acabó por destruir su grande y noble
corazón; y con su muerte me dejó sola.
XXV
Después de que Benedicta callase permanecí
en silencio. ¿Qué podía decir ante una tristeza como aquella? La
religión carece de medicinas para heridas como la suya. ¡Pensar en
los horribles agravios que se le hicieron a aquella humilde y
pacífica familia, hizo que naciese en mi pecho una rebeldía feroz
contra el mundo, contra la iglesia y contra Dios! ¡Eran cruelmente
injustos, espantosa y diabólicamente injustos... tanto Dios, como su
iglesia y el mundo!
Incluso el paisaje que nos rodeaba -esa
comarca inhóspita, desierta y deshabitada, repleta de peligrosos
precipicios y de heladas nieves perpetuas- parecía la
materialización tangible de la lamentable existencia a que la pobre
niña había sido condenada desde su nacimiento. Y era algo más que un
paisaje, ya que la repentina ausencia de su padre -incluso en un
hogar tan sencillo como la cabaña de un verdugo-, había provocado
necesidades en ella que la habían obligado a dirigirse hacia
aquellas eternas soledades. Más abajo, sin embargo, existían
agradables pueblos, huertas fértiles, campos fecundos y hogares
donde la paz y la abundancia reinaban durante todo el año.
Después de una pausa, cuando Benedicta
logró restablecerse un poco, le pregunté si tenía a alguien que
pudiese cuidar de ella.
-No me queda nadie -contestó. Aunque al
percibir mi expresión entristecida, añadió-: Siempre he vivido en
lugares abandonados y malditos. Ya estoy acostumbrada. Ahora que mi
padre ha muerto, no hay nadie que se ocupe siquiera de dirigirme la
palabra, porque tampoco hay nadie con quien me apetezca hablar...
excepto usted.
Un instante más tarde agregó:
-Bueno, lo cierto es que sí existe alguien
que se preocupa por verme, pero él...
Al llegar a este punto se interrumpió y no
quise preguntar para no colocarla en una situación violenta.
Entonces dijo:
-Ayer supe que estaba usted aquí. Un joven
vino a buscar leche y mantequilla. De no ser usted un religioso,
jamás habría acudido hasta mí en busca de comida. Espero que la
corrupción que contamina todo cuanto tengo o cuanto toco no logre
alcanzarlo. A pesar de ello, ¿está seguro de haber hecho la señal de
la cruz sobre todas las provisiones?
-Si hubiese sabido que eras tú quien las
mandaba, Benedicta, me habría ahorrado esta precaución -contesté.
Me miró fijamente con sus resplandecientes
ojos, y exclamó:
-¡Oh, mi querido señor y amado hermano!
Y tanto sus palabras como su mirada me
produjeron el más elevado placer..., tanto, por cierto, como el de
todas las palabras y gestos que procedían de aquella santa criatura.
Le pregunté entonces para qué había
escalado hasta la cima del promontorio, y quién era la persona a
quien le había oído llamar.
-No es una persona -replicó con una
sonrisa-. Es mi cabra, que se ha perdido y a la que buscaba entre
las rocas.
Reclinó la cabeza como si estuviese
dispuesta a despedirse, y se giró para marcharse, pero yo la detuve
y le dije que la ayudaría a buscar a su animal.
Enseguida encontramos a la cabra en una
grieta del acantilado, y Benedicta se mostró tan feliz de encontrar
a su humilde compañera que se arrodilló junto a ella, la abrazó y la
cubrió de expresiones cariñosas. Me pareció algo realmente
encantador y no pude menos que observarlas con evidente admiración.
Benedicta, al percibirlo, dijo:
-Su madre se despeñó y se rompió el
pescuezo. Yo adopté entonces a su cría y la ayudé a crecer
alimentándola con leche; por eso me quiere tanto. Las personas que
viven en una soledad como la mía saben apreciar el cariño de un
animal fiel.
Cuando la joven se disponía a marcharse
reuní valor para preguntarle algo que desde hacía tiempo me rondaba
por la cabeza. Le dije:
-Benedicta, ¿es cierto que la noche de la
fiesta acudiste al encuentro de los jóvenes borrachos con el único
motivo de proteger a tu padre de cualquier posible peligro?
Me miró completamente asombrada.
-¿Qué otra cosa cree que podría haberme
empujado a actuar de ese modo?
-No se me ocurría ningún otro motivo
-respondí bastante confuso.
-Ahora debo marcharme, hermano. Adiós -dijo
mientras comenzaba a alejarse.
-¡Benedicta! -exclamé. Ella se paró y me
miró.
-El próximo domingo instruiré en algunos
asuntos piadosos a las mujeres del caserío situado en el Lago Verde. ¿Acudirás?
-¡Oh, no, querido hermano! -replicó
vacilante, en un susurro.
-¿Por qué no?
-Nada me gustaría más, pero mi presencia
podría ahuyentar a esas mujeres, y a otras personas a quienes la
benevolencia inherente en usted les empuja a escucharlo. La caridad
con que me trata podría terminar trayéndole problemas. Le pido,
señor, que acepte mi agradecimiento, pero no podré acudir.
-Entonces iré yo a verte.
-Sea prudente, señor, por favor, ¡tenga
cuidado!
-Iré a verte.
XXVI
El joven me había enseñado a hacer un
pastel. Ya sabía todo lo necesario para hacerlo, y también conocía
las medidas exactas de cada ingrediente; sin embargo, cuando intenté
llevar a la práctica lo aprendido, sólo obtuve resultados
desastrosos. Lo único que conseguí fue una masa pastosa y humeante,
más propia de las fauces de Satanás que de la boca de un devoto hijo
de la Iglesia y seguidor de San Francisco. Aquel fracaso me desanimó
realmente, aunque no acabó con mi apetito; cogí un pedazo de pan
duro, lo remojé en leche agria y ya le estaba obligando a mi
estómago a comenzar su penitencia por mis pecados cuando apareció
Benedicta con un cesto lleno de apetitosos alimentos procedentes de
su caserío. ¡Querida niña!, mucho me temo que aquella curiosa mañana
no le di la bienvenida únicamente con mi corazón.
Al ver la masa humeante abandonada en la
vasija sonrió, y rápidamente se la arrojó a los pájaros (¡que el
Cielo los proteja!); limpió el recipiente en el manantial y, al
volver, preparó el fuego nuevamente. Entonces colocó otra vez los
ingredientes del pastel. Cogió dos puñados de harina y los colocó en
una vasija de barro cocido; después vertió un vaso de crema, añadió
una pizca de sal, e inmediatamente lo amasó todo con sus blancas y
ágiles manos hasta conseguir una masa suave y esponjosa. Acto
seguido la depositó en el cazo que acababa de engrasar con un poco
de mantequilla, y finalmente colocó el recipiente sobre el fuego.
Cuando el calor hizo que la masa comenzara a crecer hasta alcanzar
el borde de la vasija, con suma habilidad la perforó en varios
puntos para evitar que se resquebrajase. Después de dejar que se
tostase bien, la sacó y la colocó frente a mí, a pesar de mi
indignidad. La invité a compartirlo todo, pero ella se negó.
Insistió además en que me santiguara antes de probar nada que ella
hubiese tocado, para evitar que algún demonio se apoderase de mi
alma debido a la maldición que pesaba sobre ella; pero me negué a
aceptar semejante posibilidad. Mientras comía, Benedicta recogió
flores entre las piedras, confeccionó una cruz con ellas y la colocó
frente a mi choza. Después, cuando terminé de almorzar, limpió los
platos y colocó cada cosa en su sitio, de forma que me pareció la
cabaña más confortable que antes, incluso a la vista. Cuando ya no
había nada más que hacer, y mi conciencia no era capaz de inventar
nuevas excusas para retenerla, Benedicta se marchó y, al hacerlo,
¡oh, mi Dios, qué sombrío y tenebroso me pareció el día! ¡Ah,
Benedicta!, ¿qué has hecho conmigo?... Entregarme al servicio
exclusivo del Salvador, al que me consagro, me hace menos feliz y
menos santo que vivir una humilde existencia de pastor, en medio de
esta región solitaria, ¡pero contigo!
XXVII
La vida en estas altitudes es menos
desagradable de lo que me había imaginado. Lo que me parecía un
deprimente aislamiento se ha convertido en algo menos sombrío y
desolador. Esta región montañosa, que al principio me sobrecogía de
terror, está mostrando progresivamente su índole benigna. Su
inmensidad es deliciosamente bella y está dotada de una perfección
que purifica y eleva el espíritu. Es posible leer en ella, con la
misma claridad que en un libro, las alabanzas a su Creador. Cada
día, mientras recojo raíces de genciana, le presto atención a las
voces de esta inhóspita región, y sosiego y corrijo cada vez más mi
corazón.
En estas cumbres no hay pájaros cantores.
Las aves del lugar apenas emiten estridentes chirridos. Las flores,
aunque exentas de fragancia, son increíblemente bonitas y brillan
con una intensidad semejante a la de las estrellas. Conozco laderas
y promontorios que sin duda no fueron jamás profanados por pies
humanos. Me dan la impresión de ser sagradas y aún es posible
encontrar en ellas el toque final del Creador, como si acabasen de
ser colocadas allí por Su santa mano.
Hay abundante caza. En ocasiones las
gamuzas forman manadas tan numerosas que parecería como si la ladera
misma de la colina estuviese en movimiento. Hay también machos
cabríos salvajes, auténticos monstruos; e incluso osos, aunque hasta
ahora, y gracias a Dios, no he visto ni uno solo. Las marmotas
corretean a mi lado como si fuesen gatitos, y las águilas, que son
las aves más nobles en este imperio de las alturas, anidan en los
riscos para establecer sus hogares lo más cerca posible del cielo.
Cuando me siento cansado me tumbo sobre las
aromáticas praderas alpinas, que huelen como si fuesen valiosas
especias. Cierro los ojos y escucho al viento susurrar entre los
altos troncos, mientras reina la paz en mi corazón. ¡Alabado sea
Dios!
XXVIII
Todas las mañanas las doncellas de los
caseríos próximos se acercan a mi cabaña. Sus joviales gritos
resuenan en el aire mientras el eco retumba en las montañas. Me
traen leche fresca, queso y mantequilla; charlan unos minutos y
después se marchan. Cada día me cuentan alguna novedad ocurrida en
las montañas, o alguna noticia que ha llegado a las aldeas
procedente de los pueblos de la llanura. Son felices y alegres y
esperan con placer la llegada del domingo, día en que tendrá lugar
nuestra matinal celebración religiosa, y en cuya tarde suelen
asistir al baile.
Por desgracia, estas dichosas personas no
son inmunes al pecado de levantar falso testimonio contra sus
semejantes. Me han hablado de Benedicta, asegurando que es una
doncella inmoral, digna hija de un verdugo y (mi corazón se niega al
mero hecho de escribirlo), ¡la amante de Roque! La picota, afirman,
ha sido creada justamente para mujeres como ella.
Al escuchar a estas jóvenes expresarse con
tanta acritud y falsedad sobre alguien a quien casi no conocen, me
resultó difícil contener mi ira. Al final me apiadé de su ignorancia
y las reprendí con paciente tranquilidad. Era un error, les
expliqué, condenar a alguien sin darle la oportunidad de defenderse.
Hablar mal de alguien no es actitud propia de un cristiano.
No entendieron. Las sorprendió que pudiese
defender a alguien como Benedicta... una doncella que, tal y como
aseguraban y sin duda era verdad, había sido infamada en público, y
carecía de amigos en el mundo.
XXIX
Esta mañana me acerqué al Lago Negro. Se
trata, por cierto, de un lugar ominoso y maldito, propio para que
vivan en él los condenados. ¡Y pensar que es allí donde vive esta
pobre niña abandonada! Al acercarme a la cabaña vi que el fuego
ardía en la chimenea y que sobre él pendía una vasija. Benedicta se
encontraba sentada en un taburete, contemplando las llamas. Un
resplandor rojizo le iluminaba la cara y gruesas lágrimas le corrían
por las mejillas.
Como no quería ser un testigo secreto de su
tristeza, le hice notar mi presencia rápidamente y le hablé con la
mayor dulzura posible. Se asustó, pero al ver quién era sonrió, y su
rostro se enrojeció. Se levantó y se adelantó para darme la
bienvenida; comencé a hablarle casi sin darme cuenta de lo que
decía, intentando que recobrase la serenidad. Sin embargo, hablé
como un hermano podría hacerlo con una hermana, con espíritu grave,
porque mi pecho estaba inundado de compasión.
-¡Oh, Benedicta! -exclamé-. Puedo leer en
tu corazón, y veo que existe en él más amor por ese salvaje muchacho
llamado Roque que por nuestro amado y santísimo Creador. Sé que eres
capaz de soportar pacientemente infamias y humillaciones, tranquila
con el pensamiento de que ese joven sabe que eres inocente. En
ningún momento he albergado el propósito de condenarte, pues, ¿es
que hay algo más santo y puro que el amor de una joven muchacha? Lo
único que pretendo es alertarte e impedir que le entregues tu
corazón a alguien tan indigno de tenerlo.
Escuchó mis palabras sin levantar su cabeza
y sin hacer el menor comentario, aunque pude notar que suspiraba. Al
ver que temblaba, continué:
-Benedicta, la pasión que inunda tu pecho
podría llegar a acabar con tu vida presente y también con la
venidera. Roque no es alguien dispuesto a casarse contigo ante Dios
y ante los hombres. ¿Por qué no fue capaz de hacer frente a todos y
salir en tu defensa cuando te acusaron injustamente?
-Él no estaba allí -contestó levantando su
mirada hasta cruzarla con la mía-; se encontraba con su padre en
Salzburgo. No supo nada de lo que había pasado hasta que se lo
contaron.
¡Que Dios me perdone!, al escuchar aquellas
palabras no me agradó que alguien excusara a Roque del grave pecado
que le había imputado, y me quedé indeciso, con la cabeza gacha y en
silencio.
-Pero Benedicta -proseguí-, ¿crees que él
aceptaría desposar a una doncella cuya honra ha sido mancillada en
presencia de su propia familia y de sus vecinos? No; sin duda no te
pretende con propósitos tan honorables. ¡Oh, mi querida joven!,
confía en mí. ¿Es que no es verdad lo que digo?
Permaneció en silencio y no logré que
dijese nada más. Se limitaba a temblar y suspirar; parecía como si
fuese incapaz de articular palabra. Comprendí que era demasiado
frágil como para resistir la tentación de amar al joven Roque; es
más, noté que le había entregado ya por completo su corazón, y mi
espíritu, entristecido, sintió compasión y pesadumbre... compasión
por ella, y pesadumbre por mí mismo, porque acababa de comprender
que mis fuerzas no estaban a la altura del mandato que se me había
impuesto. Mi sufrimiento era tal que casi no pude contener las
lágrimas.
Salí de la choza, pero no volví a la mía.
Paseé errante por las hechizadas orillas del Lago Negro, sin
dirección alguna.
Al pensar amargamente en mi fracaso y al
pedir a Dios que me diese fuerza y gracia mayores, me di cuenta de
que me había convertido en un indigno discípulo del Señor, y en un
deshonesto hijo de la Iglesia. Comprendí mejor que nunca la
naturaleza terrena y la índole pecadora de mi amor por la doncella.
Percibí que, en vez de darle por completo mi corazón a Dios, me
agarraba a un espejismo temporal y humano. Con una lucidez
inusitada, me resultó claro que, mientras el amor por la dulce niña
no se transformase en un cariño completamente espiritual, purificado
de cualquier sucia pasión, jamás podría recibir el orden sagrado, y
tendría que conformarme con seguir siendo siempre un pobre monje
pecador. Aquellas meditaciones me atormentaron profundamente: me
entregué a la desesperación y me dejé caer en el suelo invocando a
gritos a mi Salvador. Aquélla fue la mayor prueba de mi vida, y
agarrándome a la Cruz exclamé: «¡Oh, Señor, sálvame! Me ciega una
enorme pasión... ¡Sálvame, Señor, o moriré eternamente!»
Durante toda la noche luché y supliqué,
debatiéndome contra los espíritus malignos que, establecidos en mi
espíritu, me atormentaban con la tentación de renegar de mi amada
Iglesia, de la que siempre he sido un hijo fiel.
«La iglesia», susurraban a mi oído, «ya
tiene demasiados servidores. Aún no te has atado definitivamente al
celibato. No te resultaría difícil conseguir la dispensa de tus
votos de monje; vivirías en las montañas como un laico más. Puedes
aprender el oficio de pastor o cazador, y permanecer siempre al lado
de la muchacha para protegerla, guiarla... y puede que llegado el
momento seas capaz de conquistar el amor que le ha entregado ahora a
Roque, y convertirla en tu esposa».
Luché contra aquellas tentaciones con mis
escasas energías y con toda la ayuda que mi venerado Santo me
concedió en esa terrible prueba. La batalla fue larga y agónica, y
constantemente, en medio de aquella región inhóspita donde mis
gritos retumbaban entre las piedras, sentí el deseo de rendirme; sin
embargo al amanecer me sentí más tranquilo, y una vez más la calma
se adueñó de mi corazón. Como si fuese un reflejo de mi estado
interior, la luz del sol inundó las terribles gargantas de la
montaña, exactamente en el lugar donde unos minutos atrás reinaban
la oscuridad y la niebla. Reflexioné sobre los sufrimientos y la
pasión de nuestro Salvador, que entregó su vida para salvar al
mundo, y con cristalino fervor le pedí al Cielo que me concediese el
don de terminar mis días de un modo semejante, quizá con más
humildad, aunque en mi caso fuese con la única intención de salvar,
no al mundo, sino a esa criatura cuyo sufrimiento me angustiaba
tanto: Benedicta.
¡Ojalá el Creador llegue a escuchar mis
oraciones!
XXX
La noche anterior al domingo en que debía
realizar mis celebraciones religiosas se encendieron enormes
hogueras en los riscos; para los jóvenes del valle era la señal que
indicaba que podían subir a los caseríos. Acudieron en gran número,
y fueron recibidos con músicas y gritos estridentes de las jóvenes
doncellas de los caseríos, quienes, además, hacían girar antorchas
para iluminar las grandes rocas y provocar tras ellas gigantescas
sombras. Era un bello espectáculo, llevado a cabo por personas que,
por cierto, eran generalmente muy felices.
El joven del monasterio llegó junto con los
otros. Permanecerá aquí el domingo y a su vuelta se llevará las
raíces que he ido recogiendo. Me contó muchas de las novedades que
habían tenido lugar en el monasterio. En estos días, el reverendo
Superior se encuentra en San Bartolomé, cazando y pescando. Otra de
las novedades -que me produjo una considerable alarma- fue la de que
el hijo del Administrador, el joven Roque, se encuentra en las
montañas, no demasiado lejos del Lago Negro. Tiene un pabellón de
caza en el promontorio más alto y un sendero lo une directamente con
el lago. El joven me dio aquella noticia sin darse cuenta de mi
estremecimiento al oírla. ¡Quiera Dios que un ángel con su espada
llameante vigile la senda que lleva hasta el lago y custodie a
Benedicta!
Los gritos y la música duraron toda la
noche, lo cual, unido a la agitación de mi alma, me impidió
conciliar el sueño. Al día siguiente, muy temprano, jóvenes y
doncellas llegaron por todos los caminos en grupos numerosos. Las
muchachas llevaban pañuelos de seda anudados graciosamente alrededor
de la cabeza y habían recurrido a las flores para engalanarse y para
adornar también a sus parejas.
Puesto que todavía no soy sacerdote, no
puedo decir misa o predicar una homilía; pero recé por los fieles y
les conté todo lo que mi dolorido corazón fue capaz de manifestar.
Les hablé de nuestra naturaleza pecadora y de la infinita
misericordia de Dios, del trato severo que nos damos unos a otros,
del amor que el Creador nos prodiga a todos y de Su sublime
compasión. Conforme los ecos de mis palabras eran devueltos por el
abismo inferior y las elevadas cimas, me pareció que me arrancaban
de este mundo de penalidades sobre alas de ángeles, y me llevaban
hasta las brillantes esferas que hay más allá del firmamento. Fue
una celebración solemne; mis pocos fieles se encontraban
concentrados en sus oraciones y parecía que me encontraba en el
sanctosanctórum.
Al acabar el acto, les otorgué la bendición
y todos se fueron tranquilamente. No se habían alejado demasiado
cuando escuché a los jóvenes proferir sus gritos atronadores, aunque
no me importó. ¿Por qué no habrían de sentirse felices? ¿Es que la
alegría no es la alabanza más pura que puede ofrecerle a Dios el
corazón de un hombre?
Por la tarde me dirigí a la choza de
Benedicta; se encontraba junto a la puerta confeccionando una corona
de Edelweiss para la imagen de la Virgen; para ello
intercalaba entre las blancas flores pimpollos de un color rojo
semejante a la sangre.
Me senté junto a ella y, en silencio, la
miré mientras se entretenía en su delicada tarea, pero en mi alma
había un confuso desorden de emociones y una voz que clamaba:
-¡Benedicta, mi amor, alma mía, te amo más
que a la vida! ¡Te quiero más que a todo cuanto existe en la tierra
y en el Cielo!
XXXI
El Superior me mandó llamar y con un
extraño presentimiento seguí a su mensajero a lo largo de la
escarpada senda que lleva hasta el lago; allí volví a embarcar. Me
encontraba sumido en sombrías meditaciones y premoniciones sobre una
ominosa desgracia, y por eso casi no me di cuenta de que nos
alejábamos de la orilla cuando el sonido de alegres gritos me hizo
entender que habíamos llegado a San Bartolomé. En el precioso prado
que rodea la residencia del Superior se congregaba un sinfín de
personas: Sacerdotes, frailes, cazadores y montañeses. Muchos habían
llegado desde lejanas comarcas, acompañados por nutridos séquitos de
sirvientes y acompañantes. En la casa se notaba una intensa
actividad, había también una gran confusión y se veía a todos ir en
todas direcciones, sin sentido, moviéndose de un lugar a otro como
si fuese una feria. Las puertas permanecían abiertas de par en par y
las personas entraban y salían a toda velocidad, hablando a gritos.
Los perros también ladraban y aullaban con toda la fuerza de que
eran capaces. Bajo un roble había sido colocada una barrica de
cerveza sobre un caballete, y a su alrededor se concentraban muchas
personas deseosas de beber. Aparentemente, la bebida también corría
en abundancia en el interior de la casa, ya que cerca de las
ventanas pude ver a muchos hombres sujetando grandes copas en sus
manos.
Al entrar, me tropecé con un enjambre de
criados que llevaban fuentes rebosantes de pescado y de piezas de
caza. Le pregunté a uno de aquellos sirvientes cuándo podría ver al
Superior. Me contestó que Su Reverencia bajaría justo después de la
comida; decidí entonces que lo mejor sería esperarlo en la
recepción. En las paredes de esta estancia había reproducciones de
algunos peces gigantescos capturados en el lago. Bajo cada uno de
ellos se había inscrito en grandes letras el peso del monstruo y la
fecha en que fue pescado, así como el nombre del pescador. No se me
ocurrió otra posibilidad -quizá por mi espíritu caritativo- que
pensar que aquellos nombres incitaban a los buenos cristianos a
rezar por las almas de cuantos se exhibían en aquellas tablas.
Mi Superior apareció por la escalera una
hora después. Acudí a su encuentro y lo saludé con absoluta
humildad, propia de mi condición. Me contestó con un gesto de
cabeza, después me taladró con su penetrante mirada y me indicó que
debía presentarme en sus aposentos después de la cena. Eso fue lo
que hice.
-¿Cómo se encuentra tu alma, Ambrosio, hijo
mío? -me preguntó solemnemente-. ¿Te concedió el Señor Su gracia?
¿Lograste soportar con paciencia y resignación estos días de prueba?
Inclinando mi cabeza, contesté con
sumisión:
-Muy Reverendo Padre, en aquellas montañas
solitarias el Señor iluminó mi conocimiento.
-¿Respecto a tu culpa?
Hice un gesto afirmativo con la cabeza.
-¡Alabado sea el Señor! -exclamó el
Superior-. Estaba convencido, hijo mío, de que la soledad le
hablaría a tu alma como si fuese un dulce ángel. Tengo buenas
noticias para ti. Hablé de ti en una de mis cartas al obispo de
Salzburgo. Ha decidido que te traslades a su palacio. Te consagrará
y te impondrá el sagrado orden personalmente; después te
establecerás en su ciudad. Dispón tus cosas, porque dentro de tres
días tendrás que dejarnos.
El Superior volvió a mirarme fijamente,
pero no le dejé llegar hasta mi corazón. Le pedí que me bendijera,
incliné la cabeza y me marché. ¡Ay, de modo que quería verme para
esto! Debo irme para siempre. Tengo que dejar tras de mí lo que más
deseo en el mundo; debo renunciar a la custodia de Benedicta. ¡Que
Dios nos ampare a ambos!
XXXII
Me encuentro de nuevo en mi hogar montañés,
aunque mañana debo abandonarlo definitivamente. Pero, ¿por qué me
siento tan infeliz? ¿Es que no me espera la mayor de las alegrías?
¿Acaso no esperaba siempre con ansia el momento en que iba a ser
consagrado sacerdote, convencido de que sería la mayor dicha de mi
existencia? Y ahora en que el gozoso momento parece cercano, mi
tristeza parece superar cualquier límite.
¿Es que puedo acercarme al altar de mi
Salvador con una mentira en la boca? ¿Acaso puedo permitirme recibir
el santo sacramento como un mentiroso? Cuando sea ungido con el
santo óleo, mi frente arderá con un fuego, y el sagrado líquido me
abrasará el cerebro y me condenará eternamente.
Debería arrodillarme ante el Obispo y
pedirle: «Expulsadme, porque no persigo el amor de Cristo, ni fines
santos y celestiales; persigo cosas que son de este mundo».
Si hablase de este modo sería
inmediatamente castigado, pero soportaría mi penitencia sin proferir
una queja.
Si mi alma estuviese limpia de pecados y yo
pudiera, en derecho, ordenarme sacerdote, podría serle muy útil a la
desgraciada niña. Estaría en condiciones de poder darle infinitas
bendiciones y palabras de consuelo. Sería su confesor y la
absolvería de cualquier falta, y si viviese más que ella -¡Dios no
lo quiera!- podría incluso contribuir a redimirla del Purgatorio con
mis oraciones. Podría también rezar misas por las almas de sus
desgraciados padres, que ahora sufren las torturas infernales.
Sobre todo, si consiguiera salvarla de ese
único y destructor pecado que secretamente desea cometer, y si
pudiese cargarla conmigo y colocarla bajo tu protección, ¡oh,
Santísima Madre de Dios!, eso sí que sería para mí la mayor de las
alegrías.
Pero, ¿qué santuario aceptaría a la hija de
un verdugo? Sé perfectamente lo que ocurrirá: en cuanto me marche de
esta región prevalecerá el Maligno bajo la victoriosa figura que ha
elegido, y ella estará perdida en el tiempo y para siempre.
XXXIII
Fui a ver a Benedicta.
-Benedicta -le dije-, me voy de esta
región..., debo abandonar las montañas..., y alejarme de tu lado.
Empalideció, aunque sin decir nada. Por un-
momento le embriagó la emoción, ya que me pareció como si se
sofocara, y no fui capaz de continuar. Pero logré recobrarme.
-¡Pobre muchacha! ¿Qué va a ser de ti? Sé
que tu amor por Roque es profundo, y el amor es como un torrente
impetuoso al que nada logra detener. Tu única posibilidad de
salvación es aferrarte a la cruz de nuestro Salvador. Prométeme que
lo harás..., no dejes que me vaya anonadado por el sufrimiento.
-De modo que, ¿soy tan depravada? -me
preguntó sin levantar la mirada del suelo-. ¿Ni siquiera puede
depositar su confianza en mí?
-¡Ah, Benedicta! El enemigo es muy
poderoso, y tienes un traidor que abrirá los cerrojos de todas tus
puertas en medio de la noche: tu corazón.
-Roque no me hará daño -susurró-. No hay
duda de que usted está siendo injusto con él.
Yo sabía sin embargo que no estaba siendo
injusto, y por eso me preocupaba más todavía saber que el lobo
utilizaría las estratagemas del zorro. Ante la sagrada pureza de la
niña, las miserables pasiones de Roque aún no habían sido
descubiertas. Pero yo sabía que habría de llegar el momento en que
Benedicta necesitaría de todas sus fuerzas, y también sabía que en
ese momento le fallarían. La cogí por el brazo y le pedí un
juramento: que se arrojaría en medio del Lago Negro antes de hacerlo
en los brazos de Roque. Pero se negó a contestarme. Permaneció en
silencio, mirándome fijamente, con unos ojos tan llenos de tristeza
y censura que mis pensamientos se perdieron por los más sombríos
derroteros. Entonces, volviéndole la espalda, me alejé de su lado.
XXXIV
¡Oh, Dios mío, Salvador de mi espíritu!,
¿hasta dónde me has llevado? Me encuentro en la torre de los
convictos; soy un asesino condenado, ¡y mañana al amanecer me
conducirán al patíbulo para ahorcarme! Quien le arrebate la vida a
otro hombre será privado de la existencia: ésa es la ley de Dios y
de los hombres.
En el que habrá de ser mi último día en la
tierra, he pedido que se me permita escribir y me ha sido concedido.
En nombre del Señor y de la verdad, contaré cuanto ocurrió.
Después de apartarme del lado de Benedicta,
volví a mi cabaña. Preparé mis cosas y me dispuse a esperar la
llegada de mi joven guía. Pero no apareció, de modo que habría de
pasar una noche más en las montañas. Poco a poco me fue invadiendo
el desasosiego. La propia choza me parecía ahora demasiado estrecha,
con un aire excesivamente cálido y pesado para poder respirarlo.
Salí afuera, me tumbé sobre una roca y contemplé el firmamento,
oscuro pero reluciente de estrellas. Mi alma, sin embargo, no se
encontraba en aquel cielo, sino en la cabaña que había a orillas del
Lago Negro.
Repentinamente escuché un grito, débil y
lejano, que parecía provenir de una garganta humana. Me senté a
escuchar, pero sólo oí el más absoluto silencio. Pensé que
probablemente habría sido el canto de algún ave nocturna. Iba a
tumbarme de nuevo cuando se repitió el grito, aunque en esta ocasión
parecía provenir de otra dirección. ¡Era la voz de Benedicta! Volví
a escucharlo, y en ese instante tuve la impresión de que brotaba del
aire... del cielo, encima de mi cabeza; pronunciaba mi nombre
claramente; pero, ¡oh, Madre del Cielo!, ¡qué angustia había en su
voz!
Me incorporé de un salto, gritando:
-¡Benedicta!, ¡Benedicta! -pero no tuve
respuesta.
-¡Benedicta, corro hacia ti! -grité de
nuevo-. ¡No desesperes, hija mía!
Me adentré velozmente en la oscuridad
siguiendo el camino que conducía hasta el Lago Negro. Corría a
trompicones y saltaba, tropezando y cayendo a veces sobre piedras y
raíces de árboles. Mis brazos y piernas estaban heridos, mis ropas
rasgadas, pero no pensaba en ello. Benedicta estaba en un apuro, y
yo era el único que podía protegerla. Me lancé enérgicamente hacia
delante hasta llegar al Lago Negro. Pero en la choza todo parecía
tranquilo; no había luz ni tampoco ruido. Su aspecto era tan
tranquilo como el de un santuario de Dios.
Después de esperar durante un buen rato, me
fui. La voz que había escuchado no podía ser la de Benedicta;
evidentemente se trataba de algún espíritu perverso que se reía de
mi infinita tristeza. Me dispuse a regresar a mi choza, aunque una
mano invisible me guió en otra dirección y, aunque me llevó hasta la
perdición, no me cabe la menor duda de que fue la mano de Dios.
Continué caminando sin saber la dirección
que llevaba, y como no logré encontrar la senda que me había llevado
hasta allí, me encontré de repente al pie de un abismo. De ese punto
partía un estrecho y escarpado sendero que ascendía por la ladera
del promontorio, y que comencé a subir. Después de recorrer alguna
distancia miré hacia arriba y distinguí, recortada contra el cielo
alumbrado de estrellas, una choza levantada en el borde mismo del
precipicio. Una inesperada revelación me hizo comprender que aquel
era el pabellón de caza de Roque, y que aquella senda era el camino
que utilizaba para ir a ver a Benedicta. ¡Dios de Misericordia!, no
había duda de que el hijo del Administrador utilizaba aquella ruta,
no podía haber otra. Lo esperaría en ese punto.
Me escondí en la sombra y esperé mientras
reflexionaba en lo que podría decirle, y le rezaba al Señor
pidiéndole inspiración para poder cambiar su corazón hasta el punto
de alejarlo de su desdichado destino.
No había pasado mucho tiempo cuando vi que
el joven comenzaba a descender. Las piedras que sus pies arrastraban
al caminar rodaban por las empinadas laderas y caían con un distante
murmullo mucho más abajo, en el lago. Le pedí a Dios que si no
lograba yo calmar su corazón, que al menos perdiera pie en aquel
descenso y siguiera el camino de aquellas piedrecillas; era mejor
enfrentar una muerte repentina y sin penitencia, y que su espíritu
se condenase, antes que dejarle vivir lo suficiente como para
destruir el alma de una niña inocente.
Después de aparecer por un recodo del
sendero se acercó en mi dirección. Me incorporé y me adelanté bajo
la débil luz de la luna. Me reconoció inmediatamente y con su voz
soberbia y despectiva me pregunto qué es lo que quería.
Le contesté en tono conciliador,
explicándole el motivo por el que le cerraba el paso, y le pedí que
volviera por donde había venido. Me insultó y se rió de mí.
-Maldito aprendiz de santurrón -se mofó-,
¿no vas a dejar nunca de meterte en mis asuntos? Sólo porque las
jóvenes montañesas son tan necias como para admirar tus dientes
blancos y tus grandes ojos negros, ¿crees ya que no eres un monje,
sino un hombre? ¡Para cualquier mujer vales menos que una cabra!
Le supliqué que depusiera su actitud y me
escuchara. Me hinqué de rodillas incluso y le pedí que, aunque me
despreciase a mí y a mi humilde aunque sagrada condición, respetara
y preservara al menos a Benedicta. Pero me echó a un lado, colocando
su bota sobre mi pecho. Incapaz de contenerme por más tiempo, me
levanté y, de pie ante él, le dije que era un asesino y un canalla.
Por toda respuesta extrajo un puñal de su
cinto y gritó:
-¡Estúpido, voy a mandarte al infierno!
Con la velocidad de un rayo mi mano aferró
su muñeca. Logré arrebatarle el arma y la arrojé detrás de mí,
mientras exclamaba:
-¡No peleemos con armas, sino desarmados, y
en las mismas condiciones! ¡Lucharemos a muerte y será el propio
Dios quien decida!
Nos abalanzamos el uno sobre el otro con la
rabia de dos animales salvajes, y enseguida quedamos enredados con
brazos y manos. Rodamos sendero arriba y sendero abajo, ajenos a la
existencia tanto del muro rocoso que teníamos a un lado, ¡como del
precipicio abismal que teníamos al otro, y que conducía directamente
hasta las aguas del Lago Negro! Forcejeamos y luchamos intentado
conseguir alguna ventaja, pero el Señor parecía estar contra mí
porque permitió que mi contrincante me superara y me lanzara al
suelo justo al borde del abismo. Me encontraba a merced de un
fornido enemigo cuyos ojos brillaban como dos ascuas. Su rodilla
aprisionaba mi pecho y mi cabeza colgaba sobre el abismo..., mi vida
estaba en sus manos. Pensé que me dejaría caer, pero no lo hizo. Me
mantuvo allí, entre la vida y la muerte, durante un horrible
instante; entonces me dijo en un susurro siseante:
-Ya ves, monje, que con un solo movimiento.
podría tirarte a la sima como si fueses una piedra. Pero de nada me
sirve quitarte la vida, porque en el fondo no eres ningún obstáculo
para mí. Quiero que entiendas que esa joven es mía, ¿está claro?
Con esas palabras se levantó y dejó que me
marchase, mientras comenzaba a descender por el sendero que conducía
hasta el lago. Sólo mucho después de que se disipara el sonido de
sus pasos fui capaz de moverme. ¡Dios Todopoderoso! No creo que
mereciese una derrota y un sufrimiento tan humillantes. Lo único que
pretendía era salvar un alma; el Cielo, sin embargo, permitió que me
dominase justamente aquel que iba a destruirla.
Finalmente logré incorporarme, aunque ello
me provocó agudos dolores por las heridas que me había hecho en la
caída y porque todavía notaba sobre mi pecho la rodilla del airado
joven y sus manos de hierro en mi garganta. Inicié trabajosamente el
descenso, a través del sendero que conducía hasta el lago. A pesar
de mis magulladuras volvería nuevamente hasta la cabaña de Benedicta
y me situaría otra vez entre ella y el peligro. Pero avanzaba casi
arrastrándome y muchas veces tenía que pararme para descansar. Ya
casi había amanecido cuando renuncié al sacrificio, convencido de
que era demasiado tarde para hacerle a la desdichada niña el pobre
servicio de mi defensa, con lo poco que me quedaba de energía.
Al amanecer oí a Roque que regresaba,
mientras entonaba una alegre canción. Me escondí detrás de una roca,
aunque no tenía miedo, y pasó sin notar siquiera mi presencia.
En aquel punto había una imperfección en la
pared del acantilado; el sendero pasaba junto a una enorme grieta
que atravesaba la montaña como si un Titán le hubiese asestado un
espadazo. Al fondo, cubierto de cantos rodados, crecían numerosas
zarzas y arbustos, de en medio de los cuales brotaba un pequeño
curso de agua provocado por el deshielo de las cumbres nevadas. Fue
allí donde permanecí durante tres días y dos noches. Pude oír al
joven del monasterio mientras me llamaba a gritos por el sendero,
buscándome, pero no contesté. Ni una sola vez me permití siquiera
calmar mi terrible sed en aquel arroyuelo, ni sacié mi hambre con
las zarzamoras que proliferaban por allí. Así fue como mortifiqué mi
espíritu pecador, acabando con mi rebelde naturaleza y sometí mi
alma al Señor, hasta que finalmente me sentí libre de todo mal,
ajeno a la esclavitud del amor terrenal y preparado para consagrar
mi corazón, mi vida y mi alma a una sola mujer: ¡Tú, Santísima
Virgen!
El Señor fue quien permitió ese milagro y
mi espíritu se sentía tan leve y libre como si unas alas me
estuviesen llevando en volandas hasta el Cielo. Alabé al Señor en
voz alta, gritando y alegrándome hasta que el sonido tronó en medio
de los riscos. No cesaba de exclamar: «¡Hosanna!, ¡Hosanna!»
Finalmente estaba listo para presentarme ante el altar y para que mi
cabeza fuese honrada con el óleo bendito. Ya no era el mismo.
Ambrosio, el miserable monje confuso, había muerto para siempre.
Ahora me había transformado en un instrumento, en la mano derecha de
Dios, preparada para ejecutar Su venerable voluntad. Elevé mis
oraciones pidiendo que fuese liberada el alma de la hermosa joven, y
mientras oraba, ¡oh, qué milagro!, apareció delante de mí el Cielo
en toda su gloria y esplendor, y el propio Dios, rodeado por
infinidad de ángeles que llenaban la mitad del firmamento. Un
éxtasis sublime cegó mis sentidos, y enmudecí de júbilo. Con una
sonrisa de indescriptible bondad, el Señor me dijo:
-Ya que has sido leal a la confianza que
deposité en ti y no dudaste a pesar de las pruebas a que te sometí,
dejo ahora en tus manos la salvación del alma de esa inocente
criatura.
-Tú sabes, oh Señor -contesté-, que no
tengo medios para cumplir esa labor, y que tampoco sé, del mismo
modo, cómo llevarla a cabo.
El Señor Todopoderoso mandó que me
incorporase y comenzara a caminar. Obedecí; alejé la mirada de la
gloriosa Presencia que inundaba con su luz el centro de la hendida
montaña, y me aparté del escenario en que tuvo lugar mi
purificación, reemprendiendo el camino por el sendero que llevaba
hasta la pared frontal del acantilado. Comencé a ascender, sin parar
de caminar, rodeado por el esplendor del ocaso que brillaba en las
nubes carmesíes.
Entonces, repentinamente, sentí el impulso
de pararme y mirar hacia el suelo. A mis pies, brillando como una
tea roja bajo las encendidas nubes, como si estuviese manchado de
sangre, se encontraba la daga de Roque. En ese preciso momento
comprendí por qué el Señor había tolerado que ese depravado muchacho
me sometiera, induciéndolo al mismo tiempo a perdonarme la vida.
Había sido reservado para llevar a cabo una tarea más elevada. De
ese modo acabó en mis manos el instrumento necesario para llevar a
cabo tan sagrado designio. ¡Ah, gran Dios, cuán inescrutables son
Tus intenciones!
XXXV
«Quiero que entiendas que esa joven es
mía». Ésas habían sido las palabras del miserable joven mientras me
sostenía entre la vida y la muerte al borde del abismo. Me dejó
vivir, pero no lo hizo por cristiana misericordia, sino porque
despreciaba mi existencia, algo tan insignificante para él que ni
siquiera merecía la pena acabar con ella. Estaba convencido de su
victoria, y por eso no le importaba si yo vivía o moría.
«Quiero que entiendas que esa joven es
mía». ¡Oh, estúpido orgulloso! ¿Es que no sabes que el Señor
extiende Su mano protectora sobre las flores del campo y sobre los
polluelos en sus nidos? ¿Benedicta... tuya? ¿Y dejar que acabes de
esa forma con su cuerpo y con su espíritu? ¡Desdichado!, ya te darás
cuenta de cómo la mano del Todopoderoso también se extiende sobre
ella y la protege. Aún queda tiempo..., esa alma sigue aún
inmaculada e inocente. ¡Vayamos ahora, entonces, a cumplir las
órdenes del Altísimo!
Me arrodillé en el lugar en que el Señor
había colocado en mis manos el instrumento con el que habría de
liberar a la doncella. Mi espíritu estaba completamente absorto en
la misión que me había sido confiada. El éxtasis más sublime me
embriagaba y pude presenciar con absoluta claridad, como si fuese
una inesperada revelación, el cumplimiento triunfal del acto que aún
no había realizado.
Me levanté, escondí la daga entre mis
ropas, desandé mis pasos y comencé a descender por el sendero que
conducía hasta el Lago Negro. La luna creciente semejaba una herida
divina en el oscuro firmamento. Parecía como si alguna mano hubiese
hundido un puñal en el sagrado pecho del Cielo.
La puerta de la cabaña de Benedicta estaba
abierta de par en par y permanecí fuera largo rato, deleitándome con
la hermosa visión que tenía frente a mí. La estancia se encontraba
iluminada por el brillante fuego de la chimenea. Frente a él estaba
sentada Benedicta, peinando su larga y dorada cabellera. Su rostro
había cambiado respecto a la última vez que la vi, y ahora
resplandecía de felicidad con una dicha tan intensa que jamás me
hubiese imaginado que pudiese alcanzar aquel aspecto. Una sonrisa
sensual flotaba en sus labios mientras susurraba en voz baja y
melodiosa una romántica canción popular. ¡Ah, mísero de mí!, era tan
bella que parecía una desposada del Cielo. Pero su voz, a pesar de
ser angelical, tuvo el efecto de irritarme, y grité en voz alta:
-¿Qué es lo que estás haciendo, Benedicta,
a estas horas de la noche? Tarareas esa melodía como si estuvieses
esperando a tu amante y te peinas el cabello como si te preparases
para acudir a un baile. Casi no han pasado tres días desde que yo,
tu único hermano y amigo, te dejé sumida en la más profunda congoja
y en la desesperación. Y ahora estás tan radiante como una novia.
Se levantó rápidamente mostrando la alegría
que sentía al verme de nuevo, y se precipitó a besarme las manos.
¡Pero, en cuanto le echó un vistazo a mi rostro, lanzó un grito de
terror y se alejó de mí como si yo fuese un demonio surgido del
Infierno!
Me acerqué hasta ella y le pregunté:
-¿Para qué te acicalas en medio de la
noche?... ¿qué es lo que te hace sentir tan alegre? ¿Apenas tres
días han sido suficientes para que cayeras en la tentación? ¿Te has
convertido en la amante de Roque?
Permaneció inmóvil, aterrada. Entonces me
dijo:
-¡Ay, señor!, ¿qué pasa? ¿Dónde ha estado
estos días, y para qué ha venido aquí ahora? ¡Parece gravemente
enfermo! Siéntese, se lo ruego, y descanse un poco. Su cara está muy
pálida, y está temblando de frío. Le prepararé una bebida caliente y
se encontrará mejor.
Pero mi sobria mirada la hizo callarse de
nuevo.
-No he venido para descansar ni para que me
cuides -contesté-. Lo he hecho porque el Señor me lo ha mandado.
Dime ahora por qué cantabas.
Levantó su mirada con la inocente expresión
de un niño, y replicó:
-Porque durante unos momentos me olvidé de
que usted está a punto de partir, y me sentía contenta.
-¿Contenta?
-Sí..., no hace mucho que estuvo aquí.
-¿De quién hablas... de Roque?
Ella hizo un gesto afirmativo con la
cabeza.
-Es muy bueno -aseguró-. Piensa pedirle a
su padre que acceda a conocerme; puede que le pida también que me
admita en su gran mansión, y también convencerá al Reverendo
Superior para que suprima la maldición que pesa sobre mi existencia.
¿No sería maravilloso? Aunque puede que entonces -añadió con un
inesperado cambio de voz y de conducta- quizá usted ya no se
preocupará por mí. Ahora lo hace porque soy pobre y no tengo ningún
amigo.
-¿De qué estás hablando? ¿Convencer a su
padre para que te acoja?... ¿que te reciba en su casa... a ti, la
hija del verdugo? ¡Él, ese joven canalla que vive en guerra con el
Señor y con sus ministros, conseguirá que la Iglesia acabe con su
rigor! ¡Falso, falso, falso! ¡Oh, Benedicta... confusa y perdida
Benedicta! Tus lágrimas y sonrisas me demuestran que crees en las
infames promesas de ese miserable villano.
-Sí -reconoció ella, inclinando su cabeza
como si estuviese haciendo profesión de fe en la Iglesia-. Le creo.
-¡Entonces ponte de rodillas -grité-, y da
gracias a Dios por haber enviado a uno de Sus mensajeros para salvar
tu alma de la más completa perdición!
Al escuchar estas palabras se estremeció
como sacudida por un infinito pavor.
-¿Qué quiere que haga? -preguntó
temblorosa. -Que reces para que te sean perdonados tus pecados. Un
repentino y arrebatador impulso se adueñó de mi alma.
-Soy un sacerdote -agregué-, ungido y
ordenado por el propio Dios, y en el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo te perdono de tu único pecado: tu pasión. Te
absuelvo incluso aunque no te arrepientas de él. Limpio así tu
espíritu de cualquier mancha de pecado, porque además lo pagarás-
con tu sangre y con tu vida.
Al pronunciar aquellas palabras, la sujeté
y la obligué a arrodillarse en el suelo. Pero ella deseaba vivir:
gimió y sollozó. Se agarró a mis rodillas y me pidió y suplicó en
nombre de Dios y de Su Santísima Madre. Después se levantó e intentó
huir. Volví a aferrarla, pero se libró de mis brazos y corrió hacia
la puerta abierta, gritando:
-¡Roque, Roque! ¡Socorro!
Me abalancé sobre ella y, agarrándola por
el hombro, la hice girarse en redondo y le hundí la daga en el
pecho.
La sujeté en mis brazos, apretándola contra
mi corazón mientras sentía su sangre caliente sobre mi cuerpo. Abrió
los ojos y me dirigió una mirada de reproche, como si le hubiese
robado una vida llena de felicidad.
Después sus ojos se fueron cerrando
lentamente, exhaló un largo y débil suspiro e, inclinando su hermosa
cabecita sobre el hombro, expiró.
Envolví su precioso cuerpo en un paño
blanco, dejándole la cara al descubierto, y lo deposité en el suelo.
Pero la sangre manchó la tela, de forma que separé en dos grandes
mechones su larga y dorada cabellera, y la esparcí sobre las rosas
rojas que ahora florecían en su pecho. La había transformado en la
desposada del Cielo. Cogí entonces la corona de Edelweiss que había
colocado frente a la imagen de la Virgen, y se la coloqué sobre la
frente. En ese instante recordé aquel ramillete que me había
regalado para reconfortarme, cuando me encontraba en mi celda.
Después avivé el fuego, que lanzó sobre su
figura amortajada y sobre su bello rostro una intensa luz púrpura,
como si la gloria de Dios se hiciese presente para envolverla en
aquella hora. El resplandor la bañaba y se mezclaba con las doradas
trenzas extendidas sobre su pecho, convirtiéndolas en una masa de
llamas danzarinas.
XXXVI
Bajé de la montaña por empinados atajos,
pero como el propio Dios guió mis pasos no me tropecé una sola vez,
ni me precipité por el abismo. Amanecía ya cuando finalmente llegué
al monasterio. Hice sonar la campana y aguardé a que abrieran el
portal. Evidentemente, el hermano que me abrió pensó que yo era el
diablo, porque lanzó un alarido que consiguió despertar a la
comunidad entera. Me dirigí directamente hasta los aposentos del
Superior y permanecí en pie a su lado. Con mis ropas todavía bañadas
en sangre le expliqué la tarea que me había encomendado el Señor y
le dije que ahora ya era un sacerdote ordenado. Como respuesta me
detuvieron, me encerraron en la torre, formaron un tribunal y me
condenaron a muerte... ¡a muerte, como si fuese un vulgar asesino!
¡Ah, necios..., pobres y locos necios!
Hoy una persona acudió a visitarme a mi
mazmorra. Se arrodilló frente a mí y besó mis manos por ser el
instrumento elegido por Dios... Se trataba de Amelia, la joven
morena. Parece que ella fue la única que entendió lo noble y
glorioso de mi acto.
Le pedí a Amelia que espantara a los
buitres de mi cuerpo, ya que Benedicta se encontraba en el Cielo.
Enseguida me uniré a ella. ¡Loado sea el
Señor! ¡Hosanna! ¡Amén!
A este antiguo manuscrito
se le añadieron los siguientes
párrafos, escritos por otra mano:
En el día quince del mes de octubre del año
de nuestro Señor de 1680, y en este lugar, fue ahorcado el hermano
Ambrosio. A la mañana siguiente enterraron su cuerpo bajo el
patíbulo, al lado de la tumba de la joven Benedicta, a la que él
asesinó. Conocida como la hija del verdugo, esa tal Benedicta era
-tal y como se ha podido saber ahora gracias a las declaraciones del
joven Roque- la hija ilegítima del Administrador y la esposa del
verdugo. El propio joven asegura vehementemente que la doncella
alimentaba una pasión secreta y prohibida, precisamente por el
hombre que la mató, sin saber que ella le amaba. En todo lo
restante, el hermano Ambrosio fue un digno servidor del Señor.
¡Rezad por él! ¡Pedid que la misericordia del Todopoderoso se apiade
de su espíritu! |