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I
En la llamada Costa Norte de San
Francisco, en un cuarto de una casa desocupada, un cuarto de
piso alto, yacía el cuerpo de un hombre tapado por una sábana.
Serían las nueve de la noche. Una vela iluminaba el cuarto
débilmente y las dos ventanas estaban cerradas, con las
persianas bajas, a pesar del calor y de la costumbre de airear
las habitaciones donde hay difuntos. Los únicos muebles eran
un sillón, una mesita para leer que sostenía el candelero, y
una larga mesa de cocina donde yacía el cuerpo del hombre.
Poco antes, quizá, introdujeron los muebles y el cadáver. Un
espectador habría observado que estaban libres de polvo, no
así el piso del cuarto. Había telarañas en los ángulos de las
paredes. Se delineaba el contorno del cuerpo bajo la sábana,
hasta se insinuaban las facciones con esa extraña rigidez que
suele atribuirse a las caras de los muertos, pero que en
realidad es propia de todos aquellos consumidos por una
enfermedad. Por el silencio que reinaba en el cuarto podía
intuirse que no daba a la calle. Era un cuarto interior, sin
más perspectiva que un alto peñasco. El edificio, en su parte
de atrás, estaba construido sobre la pendiente de una colina.
Cuando sonaron las nueve campanadas en el reloj de la iglesia
-con tanto desgano, con tanta indiferencia al paso del tiempo
que apenas podía uno comprender por qué se molestaban en
marcar la hora- se abrió la única puerta del cuarto, entró un
hombre y se acercó al cadáver. La puerta, como obedeciendo a
un movimiento espontáneo, volvió a cerrarse tras él. Se oyó el
chirrido de una llave que giraba con dificultad, se oyó el
chasquido del cerrojo, se oyeron unos pasos que se alejaban
por el corredor. Todo inducía a pensar que el hombre que había
entrado en el cuarto era ya un prisionero. El hombre caminó
hasta la mesa, se detuvo unos instantes mirando el cadáver;
luego, encogiéndose levemente de hombros, fue hasta una de las
ventanas y levantó la persiana. Afuera, la oscuridad era
absoluta; los vidrios estaban cubiertos de polvo. Pasó la mano
por el polvo y pudo ver que la ventana, a pocas pulgadas de
los vidrios, estaba reforzada por gruesos barrotes de hierro
empotrados en cada extremo de la mampostería. Examinó la otra
ventana. Sucedía lo mismo. Esta circunstancia no le inspiró
mayor curiosidad y ni siquiera trató de abrirlas. Si era un
prisionero, no intentaba evadirse. Después de haber terminado
la inspección del cuarto, se instaló en el sillón, sacó un
libro del bolsillo, acercó la mesita con el candelero y empezó
a leer. Era un hombre joven -no pasaría de los treinta- de tez
oscura, cuidadosamente afeitado, y pelo castaño. Tenía el
rostro fino, la nariz larga y recta, la frente despejada, y
esa " firmeza" en el mentón y en la mandíbula que, según
dicen, es índice de un temperamento resuelto. Por la expresión
de sus ojos grises, abstraídos, acaso fuera poco sensible a
las sugestiones de los demás. Ahora esos ojos estaban fijos en
el libro, pero de vez en cuando los apartaba para mirar el
cadáver. Al parecer, no bajo la influencia de la morbosa
fascinación que los muertos ejercen sobre los vivos, aun sobre
los más valerosos e impasibles, ni por ese deliberado impulso
de probar su ánimo que suele mover a las personas
impresionables y tímidas. Miraba como si algo en la lectura le
hiciera recordar la situación en que se hallaba. Este guardián
del muerto, qué duda cabe, cumplía su obligación con
inteligencia y serenidad, tal como su aspecto lo hacía
presumir. Así continuó alrededor de media hora. Después cerró
el libro, quizás al terminar un capítulo, lo dejó sobre la
mesita, se puso de pie, alzó la mesita y volvió a colocarla en
un rincón del cuarto, cerca de una de las ventanas. En
seguida, llevando consigo el candelero, se aproximó a la
chimenea vacía frente a la cual estuvo sentado. Al cabo de un
momento fue hasta la mesa donde yacía el cadáver, apartó la
sábana y dejó al descubierto la cabeza: apareció una melena
oscura y un sudario de lienzo muy fino bajo el cual se
distinguían aún más las facciones del muerto. Entonces
resguardó sus propios ojos de la luz, interponiendo su mano
libre entre ellos y el candelero, y detuvo en su inmóvil
acompañante una severa y tranquila mirada. Satisfecho con su
examen, echó de nuevo la sábana sobre el rostro yacente, y
antes de volver al sillón tomó algunos fósforos del candelero
y los guardó en el bolsillo de su chaqueta. Después sacó la
vela del cilindro hueco del candelero y la observó con
atención, como si calculara cuanto tiempo habría de durar.
Tenía dos pulgadas de largo. ¡Una hora más, y quedaría a
oscuras! Insertó la vela en el candelero, sopló, apagó la
llama.
II
En un consultorio de Kearny Street,
sentados en torno a una mesa, tres hombres bebían ponche y
fumaban. Era tarde, casi medianoche, y no había escaseado el
ponche. Estaban en casa del doctor Helberson, el más
circunspecto de los tres. Tenía unos treinta años. Los otros
eran menores. Todos ellos médicos.
-El temor supersticioso que inspiran
los muertos a los vivos es hereditario e incurable -dijo el
doctor Helberson-. No tiene por qué avergonzarnos. Es una
herencia, sencillamente, como la incapacidad para las
matemáticas, o la tendencia a mentir.
Los otros rieron.
-¿Es que la mentira no debe
avergonzar a un hombre? -preguntó el más joven de los tres.
Este último, en realidad, era un practicante. Todavía no se
había recibido.
-Mi querido Harper, no he dicho eso.
Una cosa es mentir; otra, la tendencia a mentir.
-¿Pero cree usted -dijo el tercero-
que este supersticioso temor a los muertos, no fundado en
razón alguna, sea universal? Yo no siento hacia ellos ningún
temor.
-Usted no lo siente en teoría
-contestó Helberson-. Espere que se cumplan determinadas
condiciones, lo que Shakespeare llama "la confabulación de las
circunstancias", y lo verá manifestarse de una manera no muy
agradable que le abrirá los ojos. Los médicos y los soldados,
desde luego, son menos vulnerables que otros a este temor.
-¡Médicos y soldados! ¿Por qué no
agrega también verdugos? Incluyamos a todas las clases
criminales.
-No, mi querido Mancher. Los jurados
no permiten a los verdugos familiarizarse demasiado con la
muerte. De otro modo, llegaría a no conmoverlos.
El joven Harper, que había ido a
buscar un cigarro, volvió a su asiento.
-¿Qué condiciones se requieren para
que cualquier hombre nacido de mujer llegue a tener
conciencia, hasta un extremo intolerable, de ese horror que
todos compartimos según usted? -preguntó con sobrada
elocuencia.
-Bueno, yo diría que si un hombre
estuviera encerrado toda la noche con un cadáver, solo, en la
oscuridad de una casa desocupada, sin mantas para echarse
sobre la cabeza y refugiarse en ellas, podría jactarse con
justicia de no haber nacido de mujer; ni siquiera, como
Macduff, de ser el resultado de una cesárea.
-Pensé que sus condiciones no
acabarían nunca -replicó Harper-. Pero sé de un hombre que no
vacilaría en aceptarlas. Por lo que usted quiera apostar.
-¿Quién es?
-Se llama Jarette. No es de
California. Como yo, ha nacido en Nueva York. Yo no tengo
dinero para hacer apuestas, pero él podrá apostarle lo que
usted quiera -repitió.
-¿Cómo lo sabe usted?
-Prefiere jugar a comer. En cuanto al
miedo, me atrevería a decir que lo considera algo así como una
enfermedad de la piel, o acaso como una peculiar herejía
religiosa.
Decididamente, Helberson empezaba a
interesarse.
-¿Cómo es el tal Jarette? -preguntó.
-¿Cómo es? Se parece a Mancher.
Podrían ser mellizos.
Helberson
contestó resueltamente:
-Acepto la apuesta.
-Debo agradecerle muchísimo el
cumplido, estoy seguro -dijo Mancher arrastrando las palabras.
Se estaba durmiendo. Agregó-: ¿Puedo entrar en la apuesta?
-No contra mí -dijo Helberson-. No
quiero su dinero.
-Muy bien. Entonces seré el cadáver.
Los otros se echaron a reír.
Ya hemos visto el resultado de esta
descabellada conversación.
III
Al apagar la escasa ración de su
vela, el señor Jarette se propuso conservarla para alguna
imprevista necesidad. Quizá pensara vagamente que tanto daba
estar a oscuras al principio como al fin, y ese cabo de vela,
en caso de que la situación se hiciera realmente insoportable,
le garantizaba un medio de alivio, o hasta de libertad. De
cualquier modo era prudente contar con una pequeña reserva de
luz, aunque sólo fuera para poder mirar el reloj.
No bien apagó la vela y la colocó a
su lado, en el suelo, se instaló cómodamente en el sillón,
echó la cabeza atrás y cerró los ojos. Deseaba y esperaba
dormir. Quedó decepcionado; nunca en su vida había tenido
menos sueño. Pocos minutos después se dio por vencido. Pero
entonces ¿qué hacer? No podía andar a tientas en la oscuridad
más absoluta, corriendo el peligro de tropezar con las
paredes, también de llevarse por delante la mesa y perturbar
descomedidamente al muerto. Nadie discute el derecho de los
muertos de descansar en paz, exentos de cualquier violencia.
Jarette casi logró persuadirse de que consideraciones
semejantes, reteniéndolo en el sillón, lo obligaban a no
afrontar una probable caída.
Mientras pensaba en ello, creyó haber
oído un leve ruido que llegaba de la mesa. Qué clase de ruido
era, no hubiese podido decirlo. Continuó inmóvil. ¿Para qué
volver la cabeza en la oscuridad? Sin embargo, escuchó
atentamente. ¿Por qué no habría de hacerlo? Y mientras
escuchaba, sintiendo como un vértigo, se aferró a los brazos
del sillón. Le zumbaban los oídos, la sangre se le subía a la
cabeza, el chaleco le apretaba el tórax. Se preguntó a qué
obedecían esas molestias ¿Eran síntomas de miedo? Hundió el
pecho, lanzando un profundo suspiro, y cuando la gran cantidad
de aire con que llenó de nuevo sus pulmones exhaustos hizo
desaparecer aquella sensación de vértigo, comprendió que en el
afán de escuchar había contenido la respiración hasta llegar
por poco a sofocarse. Era una revelación humillante. Se
levantó, empujó el sillón con el pie y avanzó hasta el centro
del cuarto. Pero no avanzaba mucho en la oscuridad. Tanteando,
encontró la pared, siguió hasta el rincón, dio vuelta, pasó
las dos ventanas y allí, en el otro rincón, entró en violento
contacto con la mesita y la tiró al suelo. El ruido lo hizo
estremecer. Quedó fastidiado. ¿Cómo diablos pude olvidar dónde
coloqué la mesita?, murmuró, buscando su camino a lo largo de
la tercera pared con el propósito de llegar a la chimenea.
Debo poner las cosas en su justo
sitio, dijo el señor Jarette, y palpó el piso hasta dar con el
candelero.
Cuando por fin lo encendió, volvió
los ojos a la mesa de cocina donde, naturalmente, nada había
cambiado. La mesita con el atril seguía en el suelo. Había
olvidado poner las cosas en su justo sitio. Paseó la mirada
por el cuarto, desplazando las sombras más profundas con el
candelero, llegó hasta la puerta, hizo girar el picaporte y
empujó con todas sus fuerzas. Como la puerta no cediera,
sintió una especie de satisfacción. Más aún, corrió el
pestillo que tenía por dentro y en el cual no había reparado
en el momento de entrar. Volvió a sentarse y miró su reloj;
eran las nueve y media. Sorprendido, pegó el reloj a la oreja:
oyó el tictac del minutero. Ahora la vela estaba sensiblemente
más corta. Apagándola nuevamente, la colocó en el piso junto a
él, como antes. El señor Jarette no estaba cómodo; estaba
profundamente insatisfecho con el ambiente que lo rodeaba, y
consigo mismo por sentirse insatisfecho. ¿Qué puedo temer?
-pensó-. Esto es ridículo y vergonzoso. No seré tan estúpido.
Pero no infunde valor el decirnos seamos valientes, ni
reconocer que en tal o cual circunstancia nos beneficia el
decirlo. Mientras más se condenaba a sí mismo, más argumentos
encontraba Jarette para fundar su condena. Mientras mayor era
el número de sus tranquilizadoras y armoniosas variaciones
sobre el tema de la inocuidad de los difuntos, menos podía
soportar sus propias y discordantes inquietudes. Cómo es
posible -exclamó en medio de la angustia de su espíritu-, cómo
es posible que yo, tan luego yo, que no tengo supersticiones
de ninguna clase, que no creo en la inmortalidad del alma, que
sé, y ahora más que nunca, que la vida ultraterrena no es sino
el sueño de un deseo, pierda mi apuesta, y junto con mi
apuesta ¡el honor, la propia estimación, tal vez el juicio!
¡Todo porque algunos de mis salvajes antepasados, que vivían
en las cavernas, concibieron la monstruosa idea de que los
muertos se levantan y caminan por la noche! En eso,
distintamente, inequívocamente, el señor Jarette oyó tras de
sí un leve ruido de pasos, cautelosos, nítidos, cada vez más
próximos.
IV
A la mañana siguiente, poco antes del
amanecer, el doctor Helberson y su joven amigo Harper
recorrían muy despacio las calles de la Costa Norte. Iban al
cupé del doctor.
-Joven inexperto -dijo el hombre de
más edad-, ¿aún tiene usted confianza en el valor o en la
estolidez de su amigo? ¿Cree usted que he perdido mi apuesta?
-Sé que la ha perdido -dijo el otro,
pero esta vez con menos énfasis.
-Bueno, de todo corazón espero que
así sea -lo dijo con formalidad casi solemne-. Harper, este
asunto me inquieta -agregó a la media luz intermitente que
entraba oblicuamente en el cupé, cuando pasaban junto a los
faroles de la calle, su rostro tenía un aspecto muy severo-.
No habría aceptado la apuesta si su amigo no me hubiese
irritado por el desdén que demostró ante mi duda sobre su
incapacidad de resistencia, una condición meramente física, y
por haber sugerido con impasible descortesía que el cadáver
fuera el de un médico. Si algo sucediera, estamos perdidos.
Mucho me temo que lo merecemos.
-¿Qué puede suceder? Hasta si el
asunto tomara un sesgo grave, cosa que no creo, Mancher sólo
tiene que resucitar y explicar cómo sucedió. Muy diferente
sería con un sujeto auténtico de la Morgue, o con uno de sus
pacientes difuntos.
El doctor Mancher, por lo tanto había
cumplido su promesa: era el cadáver. El doctor Helberson
permaneció largo rato silencioso mientras el cupé, a paso de
tortuga, tomaba por la misma calle que ya había recorrido dos
o tres veces.
-Bueno -dijo por fin-, esperemos que
Manchester, si ha necesitado resucitar de entre los muertos,
se haya conducido con discreción. De otro modo, su error
empeoraría las cosas.
-Sí, Jarette podría matarlo -dijo
Harper-. Cuando el cupé pasó junto a un farol de gas, miró su
reloj-. Pero ya son casi las cuatro de la mañana -agregó.
Un momento después los dos hombres
bajaban del coche y caminaban impetuosamente hacia la casa
durante mucho tiempo vacía, perteneciente al doctor Herlberson,
en la cual habían encerrado al señor Jarette. Al acercarse,
encontraron a un hombre que corría. Se detuvo de golpe.
-¿Pueden decirme -les gritó- dónde
hay un médico?
-¿Qué ocurre? -preguntó Helberson,
evasivamente.
-Vaya y vea con sus propios ojos
-dijo el hombre prosiguiendo su carrera.
Se apresuraron, llegaron a la casa.
En la puerta de calle vieron entrar a varias personas muy
excitadas. Al lado y al frente, en los edificios vecinos,
asomaban muchas cabezas por las ventanas abiertas de par en
par. Los dueños de aquellas cabezas hacían preguntas y no
contestaban a las preguntas que les dirigían. Había luz en los
pocos cuartos con las ventanas cerradas: sus ocupantes se
estaban vistiendo para bajar. El farol de la calle, justo
enfrente de la casa que era el centro de todas las miradas,
arrojaba sobre la escena una débil luz amarilla, como
insinuando que podía descubrir muchos otros pormenores si lo
hubiese querido. Harper, mortalmente pálido, se detuvo junto a
la puerta y posó su mano en el brazo de su acompañante. Dijo:
-Estamos perdidos, doctor. Tenemos la
suerte en contra. No entremos. Es preferible escapar.
Sus desaprensivas palabras
contrastaban con el tono extrañamente agitado de la voz.
-Yo soy médico -dijo el doctor
Helberson tranquilamente-. Necesitan uno.
Subieron unos pocos peldaños y se
dispusieron a entrar. La puerta cancel estaba abierta. El
farol de la calle iluminaba el umbral lleno de gente. Algunas
personas habían llegado al último tramo de la escalera; como
no las dejaran seguir adelante, allí aguardaban, apostadas.
Todas hablaban a la vez. Súbitamente, hubo una gran conmoción:
se abrió una puerta y un hombre se lanzó contra los que
intentaban detenerlo. Cayó sobre los asustados curiosos,
haciéndolos a un lado, obligándolos a ponerse de espaldas a la
pared o a prenderse de la baranda, tomándolos por el cuello y
golpeándolos bárbaramente, o arrojándolos escaleras abajo y
pasándolos por encima. Andaba sin sombrero, con la ropa en
desorden. Más aterradora que su fuerza, en apariencia
sobrehumana, era la expresión de sus ojos desorbitados e
inquietos. Su cara, cuidadosamente afeitada, estaba exangüe.
Tenía el pelo blanco como la nieve. Como hubiera más espacio
al pie de la escalera, y la multitud se hiciera a un lado para
dejarlo pasar, Harper gritó:
-¡Jarette, Jarette!
El doctor Helbeson tomó a Harper por
las solapas de la chaqueta y lo empujó hacia atrás. El hombre
los miró sin parecer reconocerlos, bajó los pocos peldaños que
conducían de la puerta cancel a la de la calle, y desapareció.
Un policía corpulento, que no había logrado bajar con tanto
éxito, surgió momentos después y corrió tras él, mientras las
cabezas de las ventanas -ahora de mujeres y niños- gritaban:
-¡Por allí, por allí!
Ya la escalera estaba en parte
despejada. Casi toda la muchedumbre se había precipitado a la
calle para observar la fuga y persecución. El doctor Helberson,
seguido de Harper, pudo llegar hasta arriba.
En la puerta que daba al último
corredor, un agente de policía les interceptó el paso.
-Somos médicos-, dijo el doctor, y
entraron a un cuarto lleno de hombres apiñados alrededor de
una mesa. Apenas se distinguían en la penumbra. Los recién
venidos, adelantándose dificultosamente, miraron por encima de
los que estaban en primera fila. En la mesa, con las piernas
tapadas con unas sábanas, yacía el cuerpo de un hombre. Los
rayos de una linterna que sostenía un policía, de pie junto al
cadáver, lo iluminaban brillantemente. Todos los demás, el
policía mismo, estaban en la sombra, excepto aquellos muy
próximos a la cabeza del muerto. El rostro del muerto,
amarillo, repulsivo, horrible, tenía los ojos a medio abrir,
mirando hacia el techo, la mandíbula caída; en los labios, en
el mentón, en las mejillas había rastros de espuma. Un hombre
alto, evidentemente un médico, se inclinó sobre el cadáver, le
pasó la mano por debajo de la pechera de la camisa y le
introdujo dos dedos en la boca abierta.
-Hace casi tres horas que este hombre
ha muerto -dijo-. Es un caso para el médico forense.
Sacó una tarjeta de bolsillo, la
entregó al oficial y se abrió camino hasta la puerta.
-¡Váyanse todos! ¡Fuera! -gritó el
oficial bruscamente, y el cuerpo del muerto desapareció como
por arte de magia cuando la linterna enfocó, aquí y allá, las
caras de la multitud.
El efecto fue increíble. Los hombres,
enceguecidos, confusos, casi aterrorizados, se precipitaron
ruidosamente hacia la puerta apretujándose, codeándose y
cayendo los unos encima de los otros a medida que iban
saliendo, como las huestes de la noche heridas por los dardos
de Apolo. Sobre la masa tumultuosa, acorralada, el oficial
disparaba su luz implacable, incesante. Arrastrados por la
corriente, Helberson y Harper fueron barridos del cuarto y
lanzados a la calle escaleras abajo.
-¡Dios mío, doctor! ¿No le dije que
Jarette lo mataría? -exclamó Harper no bien se apartaron de la
multitud.
-Entiendo que sí -replicó el otro sin
aparente emoción.
Prosiguieron caminando en silencio
hacia el este, ya gris; se perfilaban las viviendas sobre la
línea de la colina. Ya andaba por las calles el carro del
lechero. Muy pronto el panadero entraría en escena. Se oían
vocear los primeros diarios.
-Tengo la impresión, jovencito -dijo
el doctor Helberson-, que usted y yo hemos trasnochado
demasiado en los últimos tiempos. No es bueno para la salud.
Necesitamos un cambio. ¿Qué le parecería un viaje a Europa?
-¿Cuándo?
-En cualquier momento. Esta tarde a
las cuatro, por ejemplo, sería una hora conveniente.
-Lo encontraré en el barco -dijo
Harper.
V
Estos dos hombres, siete años
después, conversaban amigablemente en Nueva York, sentados en
un banco de Madison Square. Un tercero, que los había estado
observando sin que ellos lo advirtieran, terminó por acercarse
y los saludó con la mayor cortesía, quitándose el sombrero y
descubriendo su pelo ondulado, blanco como la nieve. Dijo:
-Les pido disculpas, señores, pero
cuando se ha matado a un hombre para poder resucitar, es mejor
ponerse sus ropas y escaparse en la primera oportunidad.
Helberson y Harper cambiaron miradas
significativas. Parecían divertidos. Helberson miró con
simpatía al desconocido y replicó:
-Esa fue siempre mi idea. Estoy
enteramente de acuerdo con sus ventaj...
Súbitamente se detuvo, mortalmente
pálido. Clavó los ojos en el hombre y quedó boquiabierto.
Temblaba.
-¡Ah! -exclamó el desconocido-, veo
que se siente usted mal, doctor. En caso de que no pueda
atenderse, estoy seguro de que el doctor Harper podrá hacerlo
por usted.
-¿Quién diablos es usted? -preguntó
Harper desafiante.
El desconocido se acercó más a ellos.
Inclinándose susurró:
-A veces me llamo a mí mismo Jarette,
pero no tengo inconveniente en decirles, dada la vieja amistad
que nos une, que soy el doctor William Mancher. Los dos
hombres saltaron del banco.
-¡Mancher! -exclamaron jadeantes, y
Helberson agregó:
-¡Dios mío, es verdad!
El desconocido sonrió vagamente.
-Sí -dijo-, es bastante cierto, qué
duda cabe.
Vaciló, como si intentara recordar
algo, y luego empezó a tararear una canción popular. Se
hubiera dicho que los dos hombres ya no le interesaban.
-Mire usted, Mancher -dijo el doctor
Helberson-, cuéntenos exactamente lo que ocurrió aquella noche
a Jarette, desde luego.
-Ah, sí, a Jarette -dijo el otro-. Es
extraño que haya olvidado contárselos a ustedes. Lo cuento tan
a menudo. Vean ustedes, yo sabía, porque le oí a él mismo
decirlo, que no estaba demasiado tranquilo. Entonces no
resistí a la tentación de volver a la vida y entretenerme un
poco a costa de él. No pude resistir, en verdad. Todo estaba
muy bien, pero no pensé, seriamente. Y después... bueno, fue
toda una historia hacerlo ocupar mi lugar, y entonces.
¡Malditos sean ustedes, no podía salir! ¡Malditos sean!
Nada semejante a la ferocidad con que
articuló las últimas palabras. Los otros dos retrocedieron
alarmados.
-¿Nosotros? ¿Cómo, cómo? -balbuceó
Helberson, perdiendo por completo el dominio de sí -. Nosotros
no tenemos nada que ver en eso.
-¿No dije que ustedes eran los
doctores Hellborn y Sharper1?
-preguntó el loco, riendo.
-Mi nombre es Helberson, y este
caballero es el señor Harper -le contestó, tranquilizado-.
Pero ahora no somos médicos. Somos... bueno, hablemos claro,
viejo, somos jugadores.
-Muy buena profesión. Muy buena, en
verdad. Y dicho sea de paso, espero que Sharper, aquí
presente, haya pagado lo que apostó a Jarette, como un honesto
jugador. Sí, una profesión muy buena y honorable -repitió con
aire pensativo. Antes de alejarse, agregó a modo de despedida:
-Pero yo me aferro a la antigua. Soy médico en el asilo de
Bloomingdale, médico del personal. Mi tarea es cuidar al
director. |