Había en otros tiempos -no olvides, Ninón, que yo debo
este relato a un viejo pastor-, había en otros tiempos, en una isla que más
tarde el mar devoró, un rey y una reina que tenían un hijo. El rey era un gran
rey: su copa era la mayor del reino, su espada la más larga, bebía y mataba
soberanamente. La reina era una hermosa reina: se ponía tanto maquillaje que
apenas representaba cuarenta años. El hijo era tonto.
Pero tonto por completo, según decían las personas importantes del reino. A los
dieciséis años acompañó a la guerra a su padre, el rey, que intentaba acabar con
una nación vecina que le había hecho el agravio de poseer un territorio que él
ambicionaba. Simplicio se comportó como un imbécil, pues salvó de la muerte a
dos docenas de mujeres y a tres docenas y media de niños; lloró tantas veces
como sablazos propinó su mano, y, además, la contemplación del campo de batalla,
cubierto de sangre y sembrado de cadáveres, le causó tal impresión, inspiró tal
compasión a su alma, que no comió en tres días. Como ves, Ninón, era un tonto en
toda la extensión de la palabra.
A los diecisiete años asistió a un banquete ofrecido por su padre a todos los
gastrónomos del reino, y cometió en él todo tipo de bobadas. Se contentó con
tomar unos cuantos bocados, hablar poco y no jurar nunca. Su copa de vino estuvo
a punto de permanecer llena durante toda la comida; y el rey, deseoso de
salvaguardar la dignidad de su familia, se vio obligado a vaciarla, de vez en
cuando, a escondidas.
A los dieciocho años empezó a salirle el bigote al príncipe, observación
constatada por una dama de honor de la reina. ¡Las damas de honor son tremendas,
Ninón! La que te menciono quería nada menos que el heredero al trono la
abrazara. El pobre chico apenas dormía; se echaba a temblar cuando ella le
dirigía la palabra, y en cuanto oía el roce de sus ropas en los jardines,
desaparecía. Su padre, que era un buen padre, se daba cuenta de todo esto y se
reía para sus adentros, hasta que al fin, como la dama presionaba cada vez más y
el beso no se producía, avergonzándose de tener un hijo semejante, dio
personalmente el beso pedido, deseoso siempre de preservar la dignidad de su
familia.
-¡Qué imbécil! -exclamó aquel gran rey, que era realmente inteligente.
II
Fue al cumplir los veinte años cuando Simplicio se
volvió completamente idiota. Un día encontró un bosque y se enamoró de él. En
aquellos tiempos lejanos, los árboles no se embellecían aún a golpe de podadera,
ni estaba de moda enarenar los paseos o sembrar el césped. Las ramas se
colocaban como querían, y sólo Dios dirigía el desarrollo de las zarzas y el
arreglo de los senderos. El bosque descubierto por Simplicio era un inmenso nido
de verdor; hojas y más hojas, macizos impenetrables separados por majestuosas
avenidas. El musgo, feliz de hallarse en aquel lugar, se dedicaba a un derroche
de crecimiento, los rosales silvestres extendían sus brazos buscando espacio
entre la vegetación para realizar danzas desenfrenadas en torno a los árboles
corpulentos; éstos permanecían tranquilos y serenos, retorciendo sus troncos en
la sombra, mientras sus copas ascendían ruidosas buscando los rayos veraniegos.
La hierba crecía a su antojo, lo mismo por las ramas que había sobre el suelo;
las hojas abrazaban el tallo, mientras que en su deseo de invadirlo todo, las
margaritas y miosotis se confundían y florecían sobre viejos troncos
derrumbados. No cabía duda de que todas aquellas ramas, todas las hierbas, todas
las flores cantaban, mezclándose íntimamente, para charlar más cómodamente y
para contarse en voz baja los amores misteriosos de las flores.
Un soplo de vida parecía animar aquellos espacios tenebrosos, dando una voz
especial a cada tallo de musgo en los encantadores conciertos del alba y del
atardecer. Era la inmensa fiesta de la vegetación. Todos los insectos, los
escarabajos, las abejas, las mariposas, esos enamorados de los valles floridos,
se saludaban por los cuatro costados del bosque, que habían convertido en una
pequeña república. Los senderos era sus senderos; los arroyos, sus arroyos; el
bosque, su bosque. Vivían confortablemente al pie de los árboles, en las ramas
bajas y entre las hojas secas como en su propia casa, tranquilamente y por
derecho de conquista. Como personas razonables, le habían cedido las ramas más
altas a los jilgueros y ruiseñores. El bosque, que cantaba a través de sus
ramas, sus hojas y sus flores, cantaba además por sus insectos y sus pájaros.
III
En pocos días Simplicio se hizo asiduo y buen amigo del
bosque. Charló tanto con aquel conjunto de seres que acabó por perder la poca
razón que le quedaba. Cuando dejaba aquellos lugares para encerrarse entre
cuatro paredes, sentarse ante una mesa o acostarse en un mullido lecho, no hacía
otra cosa que pensar con sus amigos del bosque. Finalmente, de forma inesperada,
abandonó sus habitaciones en la corte y fue a instalarse bajo el amado follaje
donde escogió un inmenso palacio.
El salón era un claro del monte, redondo y de unas mil toesas de superficie.
Largos cortinajes verde oscuro adornaban su circunferencia; quinientas columnas
esbeltas sostenían, por debajo del techo, un velo de encaje color esmeralda; el
techo mismo era una amplia cúpula de raso azul de tono cambiante, sembrado de
agujeros dorados. Tenía por dormitorio una deliciosa sala repleta de misterio y
frescor, cuyos suelos y muros estaban tapizados por una mullida alfombra de un
tejido inimitable. La alcoba propiamente dicha, tallada en la roca por algún
gigante, era de mármol rosa en las paredes y el suelo estaba cubierto de polvo
de rubíes. Tenía, además, como cuarto de baño, un abundante manantial de agua
pura con una pila de cristal, perdida entre un gran macizo de flores. No
necesito mencionarte, Ninón, las innumerables galerías que cruzaban el palacio,
ni los salones de baile y espectáculo, y menos los jardines. Era uno de esos
bellos palacios que sólo Dios sabe construir.
A partir de entonces, el príncipe pudo ser tonto a sus anchas, mientras que su
padre, creyendo que se había convertido en lobo, buscó otro heredero que fuera
digno de su trono.
IV
Durante los días que siguieron a su instalación,
Simplicio estuvo bastante ocupado trabando amistad con sus vecinos, el
escarabajo de la hierba y la mariposa del aire. Todos eran excelentes y dotados
casi de tanta imaginación como los hombres. Al principio le costó trabajo
comprender su lenguaje; pero pronto vio que le resultaría útil recordar su
primera educación. No tardó en habituarse a la concisión del idioma de los
insectos y, como a éstos, terminó por bastarle un solo sonido para nombrar cien
objetos diferentes, según la prolongación del sonido y lo sostenido de la nota;
de tal manera que perdió la costumbre de hablar el lenguaje humano, tan pobre en
su riqueza... La forma de ser de sus nuevos amigos le encantó, sorprendiéndose
sobre todo por su modo de juzgar a los reyes, que es el de aquellas personas que
no los tienen. Se reconoció ignorante entre ellos, y decidió asistir a sus
clases.
Su relación con los musgos y escaramujos fue menos habitual, porque no lograba
comprender las palabras pronunciadas por el tallo de la hierba o el peciolo de
la flor, esa dificultad condicionó bastante la amistad. El bosque no le vio con
malos ojos, pues lo consideraba como a un pobre de espíritu que vivía en armonía
con los animales. Nadie se ocultaba de él, hasta el punto de que en ocasiones
pudo contemplar en el fondo de una alameda, a una mariposa besando el pétalo de
una margarita. Venciendo su timidez, el césped llegó a dar algunas lecciones al
joven príncipe. Gracias a él aprendió emocionado el lenguaje de los colores y
los perfumes. A partir de entonces, las corolas encendidas saludaban a Simplicio
al levantarse; las hojas verdes le contaban todo lo ocurrido durante la noche, y
el grillo le confesaba, en voz baja, que estaba enamorado de la violeta.
Simplicio eligió por amiga a una mariposa dorada, de esbelto cuerpo y
temblorosas alas, provista de gran coquetería. Jugaba, parecía llamarlo, y luego
se alejaba rápida y ágilmente de su mano. Los grandes árboles que contemplaban
aquellos coqueteos y los censuraban severamente, decían entre sí que aquello no
terminaría bien.
V
Simplicio cambió de carácter de forma inesperada. Su
bella enamorada se dio cuenta de la tristeza de su amigo, e intentó conseguir
una confidencia de su parte, pero sólo consiguió que dijera llorando: «Estoy tan
feliz como el primer día.» Pero se levantaba muy de mañana para recorrer el
bosque hasta la noche, separando suavemente las ramas, buscando entre los
zarzales, levantando las hojas y mirándose en su sombra.
-¿Qué buscará nuestro discípulo? -preguntó el escarabajo al musgo.
La enamorada, sorprendida por el abandono, creyó que había enloquecido de amor,
pero cuando revoloteaba a su alrededor, no obtenía ni una mirada siquiera por
parte de Simplicio. Los árboles habían acertado, pues pronto se consoló ésta con
el primer mariposo que halló en una encrucijada.
Las plantas se entristecieron al ver al príncipe interrogar cada montón de
hierba, escudriñar con la mirada las largas avenidas; lamentarse por la densidad
de la maleza, y exclamaron: «Simplicio ha visto a Flor de las aguas, la ondina
de la fuente.»
VI
Flor de las aguas era hija de un rayo de luz y de una
gota de rocío. Era tan bella que el beso de un amante debía matarla, y al mismo
tiempo desprendía un aroma tan dulce que un beso de sus labios le causaría la
muerte a su amante. El bosque lo sabía, y celoso de su hijo predilecto, lo
ocultaba siempre que podía. La ondina vivía en una fuente rodeada de espeso
ramaje, donde irradiaba vivos destellos en el silencio de la sombra, abandonaba
al capricho de la corriente sus pies semiocultos por las ondas y su rubia
cabellera coronada por líquidas perlas. Su sonrisa hacía las delicias de las
nínfeas espadañas y de otras plantas acuáticas. En definitiva, era el alma del
valle. Vivía completamente aislada, sin conocer de la tierra más que el agua, su
madre, y del cielo al rayo del sol, su padre. La amaban la onda que la mecía y
la rama que le daba sombra; pero no tenía un verdadero enamorado.
Flor de las aguas sabía que moriría de amor, pero complaciéndose en esta
certeza, vivía esperando la muerte, sonriendo, a pesar de todo, y con la
esperanza de encontrar un día al ser amado.
Una noche y gracias a la claridad de las estrellas, Simplicio la vio entre las
sinuosidades de un sendero. La buscó durante más de un mes, creyendo encontrarla
detrás de cada tronco de árbol o verla deslizarse entre los setos; pero no
encontró sino las grandes sombras de los álamos, agitados por la brisa.
VII
Mientras tanto, el bosque seguía mudo desconfiando de
Simplicio; espesaba su follaje y lanzaba todas las sombras de la noche sobre el
príncipe para tratar de entorpecer sus pasos. El peligro que amenazaba a Flor de
las aguas le producía tristeza, y ya no prodigaba caricias ni amorosa charla.
La ondina volvió a los claros del bosque. Simplicio la vio, y loco de amor, se
lanzó tras ella sin que la ninfa, montada en un rayo de luna y volando como una
pluma llevada por el viento, oyese el ruido de sus pasos. Simplicio corría tras
ella sin lograr alcanzarla, con lágrimas en los ojos y desesperación en el alma.
Corría, y el bosque seguía con temor aquella carrera insensata; los arbustos
invadían el camino y las zarzas con sus brazos espinosos lo detenían. El bosque
entero defendía así la vida de la ondina. Corría notando el musgo bajo sus pies.
Las ramas se entrelazaban con fuerza y se mostraban ante él como láminas de
bronce; las hojas secas se amontonaban en los valles; los troncos de los árboles
caídos se atravesaban en los senderos; los peñascos rodaban ante el príncipe;
los insectos picaban sus talones, y las mariposas le cegaban batiendo las alas
ante sus ojos. Flor de las aguas, sin verlo ni oírlo, huía sobre su rayo de
luna; Simplicio temía con angustia el momento en que la viera desaparecer. Por
eso corría desesperado.
VIII
Oía gritar con ira a los robles centenarios:
-¿Por qué no nos dijiste que eras un hombre? De haberlo sabido nos hubiéramos
ocultado de ti, te hubiéramos negado nuestras lecciones, para que tus ojos no
hubiesen visto jamás a Flor de las aguas, la ondina de la fuente. Te presentaste
ante nosotros con la inocencia de los animales, y ahora resulta que tienes la
intención de los hombres. Aplastas a los escarabajos, arrancas las hojas y
partes las ramas. El huracán del egoísmo te arrastra y quieres robarnos el alma.
El rosal silvestre añadía:
-¡Detente, Simplicio, por piedad! Piensa que cuando un niño caprichoso quiere
respirar el aroma de mis flores, en vez de dejarlas crecer libremente, las
arranca y ¿cuánto disfruta de ellas? Ni una hora.
El musgo a su vez decía:
-Detén tu marcha, Simplicio, y ven a soñar sobre el terciopelo de mi fresca
alfombra. Verás jugar a Flor de las aguas entre los árboles, podrás contemplarla
bañándose en la fuente y arrojando sobre su cuello collares de perlas líquidas.
Tendrás la alegría de mirarla; como todos nosotros podrás vivir para verla.
Y el bosque en su conjunto repetía:
-Detente, Simplicio; un beso la matará, no des ese beso. ¿No lo sabes ya? ¿No te
lo ha dicho la brisa de la tarde, nuestra mensajera? Flor de las aguas es la
flor celeste, cuyo perfume causa la muerte; ¡qué destino tan extraño el suyo!
¡Compadécete de ella, y no le quites el alma con tus labios!
IX
Flor de las aguas se volvió, vio a Simplicio, le
sonrió, le hizo señas para que se acercara y dijo al bosque: «Éste es mi amado».
Hacía tres días, tres horas y tres minutos que el príncipe perseguía a la
ondina. Pero las palabras de los robles tan amenazadoras estuvieron a punto de
hacer huir. Flor de las aguas le tocaba ya las manos, se ponía de puntillas para
ver dibujarse una sonrisa en los ojos del joven.
-¡Cuánto has tardado! -le dijo-. Mi corazón había sentido que te encontrabas en
el bosque, y te he estado buscando sobre un rayo de luna tres días, tres horas y
tres minutos.
Simplicio callaba, conteniendo su respiración. Su amada le invitó a sentarse a
orillas del manantial, acariciándolo con la mirada y contemplándolo mucho rato.
-¿No me reconoces? -dijo ella-. Te he visto a menudo en sueños; soñaba que me
tomabas de la mano y que así paseábamos mudos y temblorosos. ¿Tú me has visto?
¿Me llamabas en tus sueños?
Y cuando, por fin, el príncipe iba a hablar:
-No digas nada -dijo la ondina-; soy Flor de las aguas y tú eres mi amante.
Vamos a morir.
X
Los árboles corpulentos se inclinaban para ver mejor a
la joven pareja, estremeciéndose de dolor porque su alma iba a emprender su
vuelo. Todas las voces callaron; desde la brizna de hierba hasta el inmenso
roble, todos se sintieron dominados por la piedad, sin que se oyese un solo
grito de cólera, pues Simplicio, en su condición de amante de Flor de las aguas,
era también hijo del bosque.
La ninfa apoyó la cabeza en el hombro de su compañero, y se inclinaron hacia el
fondo del arroyo, sonriendo. A veces levantaban la frente y seguían con la
mirada el polvillo de oro que brillaba con los últimos rayos del sol. Se
abrazaron lentamente, y esperaron la primera estrella para confundirse y
lanzarse hacia el infinito. Ninguna palabra interrumpió su éxtasis. Sus almas,
que subían a sus labios, se confundían en su aliento. Y apareció la estrella, se
unieron los labios en un supremo beso y los robles lanzaron un largo sollozo.
Los labios se unieron, y las almas volaron hacia las alturas...
XI
Un hombre práctico se internó en el monte en compañía
de un sabio. Mientras el primero se extendía en profundas consideraciones acerca
de la humedad malsana de los bosques, hablando de los hermosos campos de alfalfa
que podrían obtenerse talando aquellos árboles vulgares, el segundo, que deseaba
hacerse un nombre en el mundo científico, descubriendo alguna planta todavía
desconocida, miraba por todas partes, examinando las ortigas y las plantas
gramíneas. Al llegar a orillas del manantial descubrieron el cadáver de
Simplicio. El príncipe sonreía en su sueño de muerte, las ondas mecían sus pies,
y su cabeza reposaba sobre el césped de la orilla. En sus labios, cerrados para
siempre, sostenía una florecilla blanca y rosa de gran delicadeza y dotada de un
intenso aroma.
-Pobre loco -dijo el hombre-; sin duda ha querido coger la flor y se ha ahogado.
El naturalista, sin preocuparse del cadáver, cogió la flor, y con el pretexto de
examinarla, despedazó la corola para ver sus características botánicas, y
exclamó:
-¡Que magnífico hallazgo! En recuerdo de este pobre tonto voy a denominar a esta
flor Anthapheleia.
-¡Ah, Ninón, Ninón!, el muy bárbaro llamó a mi maravillosa Flor de las aguas la
Anthapheleia linnaia.
FIN |