La tienda del sombrerero Gobichon está pintada de color amarillo claro; es una
especie de pasillo oscuro, guarnecido a derecha e izquierda por estanterías que
exhalan un vago olor a moho; al fondo, en una oscuridad y un silencio solemnes,
se encuentra el mostrador. La luz del día y el ruido de la vida se niegan a
entrar en aquel sepulcro.
La villa del sombrerero Gobichon, situada en Arcueil, es una casa de una sola
planta, plana, construida en yeso; delante de la vivienda hay un estrecho huerto
cercado por una pared baja. En medio se encuentra un estanque que no ha
contenido agua jamás; por aquí y por allá se yerguen algunos árboles tísicos que
no han tenido nunca hojas. La casa es de un blanco crudo, el huerto es de gris
sucio. El Bièvre corre a cincuenta pasos arrastrando hedores; en el horizonte se
ven buhedos, escombros, campos devastados, canteras abiertas y abandonadas, todo
un paisaje de desolación y miseria.
Desde hace tres años, Gobichon tiene la inefable felicidad de cambiar cada
domingo la oscuridad de su tienda por el sol ardiente de su casita rural, el
aire del desagüe de su calle por el aire nauseabundo del Bièvre.
Durante treinta años había acariciado el insensato sueño de vivir en el campo,
de poseer tierras en las que construir el castillo de sus sueños. Lo sacrificó
todo para hacer realidad su capricho de gran señor; se impuso las más duras
privaciones; lo vieron a lo largo de treinta años, privarse de un polvo de
tabaco o una taza de café, acumulando una perra gorda tras otra. Hoy ya ha
colmado su pasión. Vive un día de cada siete en intimidad con el polvo y los
guijarros. Podrá morir contento.
Cada sábado, la salida es solemne. Cuando el tiempo es bueno, se hace el
trayecto a pie, así se goza de las bellezas de la naturaleza. La tienda queda al
cuidado de un viejo dependiente encargado de decir al cliente que se presente:
«El señor y la señora están en su villa de Arcueil».
El señor y la señora, equipados como para ir a la guerra, cargados de cestos,
van a buscar al internado al joven Gobichon, un chaval de unos doce años, que ve
con terror cómo sus padres se dirigen hacia el Bièvre. Y durante el trayecto, el
padre, grave y feliz, trata de inspirarle a su hijo el amor por el campo
disertando acerca de las coles y los nabos.
Llegan y se acuestan. Al día siguiente, desde el alba, Gobichon se pone su ropa
de campesino; está firmemente decidido a cultivar sus tierras; cava, azadonea,
planta, siembra durante todo el día. No crece nada; el suelo, formado de arena y
cascotes, se niega a producir cualquier tipo de vegetación. No por ello deja el
rudo trabajador de secarse con satisfacción el sudor que inunda su rostro.
Mirando los hoyos que acaba de abrir, se detiene orgulloso y llama a su mujer:
-¡Señora Gobichon, venga a ver esto! -grita-. ¡Mire qué hoyos! ¡Éstos si son
profundos!
La buena mujer se queda extasiada mirando la profundidad de los hoyos. El año
pasado, por un extraño e inexplicable fenómeno, una lechuga, una lechuga romana
alta como la mano, roída y de un amarillo sucio, tuvo el singular capricho de
crecer en un rincón del huerto. Gobichon invitó a treinta personas a cenar para
celebrar aquella lechuga.
Pasa la jornada entera al sol, cegado por la luz intensa, asfixiado por el
polvo. A su lado se encuentra su esposa que lleva la abnegación hasta el sofoco.
El joven Gobichon busca desesperadamente los delgados hilillos de sombra que
forman los muros.
Por la tarde, toda la familia se sienta junto al estanque vacío y goza en paz de
los encantos de la naturaleza. Las fábricas de los alrededores lanzan una negra
humareda; las locomotoras pasan silbando, llevando toda una masa endomingada y
ruidosa; los horizontes se extienden, devastados, más tristes aún por el eco de
esas carcajadas que regresan a París para una larga semana. Y, mezclados con la
fetidez del Bièvre, los olores de fritura y de polvo pasan por el aire pesado.
Gobichon, enternecido, contempla religiosamente cómo surge la luna entre dos
chimeneas.FIN |
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