|
Entre las deidades que presiden los imperios del mundo, Ituriel es
considerada como una de las de rango más elevado y tiene a su cargo todo el
territorio de la alta Asia. Una mañana descendió hasta la residencia del escita
Babuc, situada en la orilla del Oxus, diciéndole:
-Babuc, las locuras y los excesos de los persas nos han hecho montar en
cólera. Ayer nos reunimos en asamblea todos los genios de la alta Asia para
dictaminar si se destruiría Persépolis o se castigaría a sus habitantes. Vete
rápidamente a esa ciudad, examínalo todo; cuando vuelvas, me darás cuenta exacta
de todo.
"Entonces decidiré, según sea tu informe, lo que he de hacer para enmendar la
población, o bien destruiré la ciudad.
-Pero, señor -dijo Babuc, con humildad-, nunca he estado en Persia. Además,
no conozco a nadie de allí.
-Tanto mejor- dijo el ángel-. Así no pecarás de parcialidad; has recibido del
cielo la agudeza del discernimiento y yo añado el don de inspirar confianza;
vete, mira y escucha, observa y no temas nada; en todas partes serás bien
recibido.
Babuc montó en su camello y partió acompañado de servidumbre. Al cabo de
algunos días se encontró en las llanuras de Senaar con el ejército persa, que
iba a combatir contra el ejército indio. Entonces se dirigió a un soldado persa
que halló separado de sus compañeros y le preguntó el motivo de la guerra.
-Por todos los dioses -dijo el soldado- que no sé nada de ello. No es asunto
mío; mi oficio consiste en matar o dejarme matar para ganarme la vida; es
indiferente que lo haga a favor de los unos o de los otros. Podría muy bien ser
que mañana me pasase al campo de los indios, pues me han dicho que dan más de
media dracma de jornal a sus soldados, mucho más de lo que recibimos
permaneciendo en este cochino servicio de los persas. Si os interesa saber el
porqué nos batimos, hablad con nuestro capitán.
Babuc, después de ofrecer un pequeño obsequio al soldado, entró en el
campamento. Bien pronto pudo entablar diálogo con el capitán, al cual preguntó
la causa de la guerra.
-¿Cómo queréis que yo lo sepa? -dijo el capitán-. Además, ¿qué me importa ese
detalle? Habito a doscientas leguas de Persépolis; oigo decir que se ha
declarado la guerra; entonces, abandono rápidamente a mi familia, y, según
nuestra costumbre, voy a buscar la fortuna o la muerte, teniendo presente que no
hago otro trabajo.
-Pero, ¿vuestros compañeros no estarán un poco más informados que vos?
-inquirió Babuc.
-No -dijo el oficial-. El porqué nos degollamos sólo nuestros sátrapas lo
sabrán con precisión.
Babuc, asombrado, se introdujo en las tiendas de los generales, para entablar
conversación con ellos. Finalmente, uno de éstos le pudo relatar el motivo de la
lucha.
-La causa de esta guerra, que devasta el Asia hace veinte años,
originariamente proviene de una querella entre un eunuco de una mujer del gran
rey de Persia y un empleado de una oficina del gran rey de la India. Se trataba
de un recargo que importaba aproximadamente la trigésima parte de un darico. El
primer ministro de la India y el nuestro sostuvieron con dignidad los derechos
de sus dueños respectivos. La querella se enardeció. Cada parte contrincante
puso en campaña un ejército compuesto por un millón de soldados. Este ejército
tuvo que reclutar anualmente más de cuatrocientos mil hombres. Los asesinatos,
incendios, ruinas y devastaciones se multiplicaron; sufrieron los dos lados y
aún continúa el encarnizamiento. Nuestro primer ministro y el de la India no
paran de manifestar que todo se hace en beneficio del género humano, y después
de cada manifestación, siempre resulta alguna ciudad destruida y varias
provincias saqueadas.
Al día siguiente, después de correr el rumor de que se iba a concertar la
paz, el general persa y el general indio se apresuraron a entablar batalla; fue
una lucha sangrienta. Babuc pudo observar todas las peripecias y todas las
abominaciones; fue testigo de las maniobras de los principales sátrapas, que
hicieron lo imposible a fin de que su propio jefe fuese derrotado. Vio oficiales
muertos por sus mismas tropas; contempló soldados que remataban, arrancándoles
jirones de carne sangrienta, a sus propios compañeros moribundos, desgarrados y
cubiertos de fango. Entró en hospitales adonde se transportaban los heridos, que
expiraban por la negligencia inhumana de los mismos que el rey de Persia pagaba
con creces para socorrer: "¿Es que son hombres o bestias feroces? -se decía Babuc-. ¡Ah! Ya veo bien que Persépolis será destruida".
Ocupado con este pensamiento, se personó en el campamento de los indios,
donde fue tan bien recibido como lo había sido en el de los persas, según le
predijera la deidad; pero también pudo comprobar los mismos excesos que le
habían llenado de horror.
"¡Oh, oh! -se dijo a sí mismo-. Si el ángel Ituriel quiere exterminar a los
persas, es necesario que la deidad de los indios destruya, al mismo tiempo, a
sus creyentes."
Después de haberse informado con más detalle de lo que había ocurrido en los
dos ejércitos rivales, pudo comprobar, con asombro y admiración, que se habían
realizado acciones de generosidad, de grandeza de alma y de espíritu
humanitario.
-Inexplicables seres humanos -exclamaba-. ¿Cómo podéis reunir tanta bajeza y
tanta magnanimidad, tantas virtudes y tantos crímenes?
A pesar de todo, se concertó la paz. Los jefes de los dos ejércitos, ninguno
de los cuales había obtenido la victoria, aunque sí hecho verter la sangre de
tantos hombres sólo para su propio interés, se fueron a intrigar para obtener
recompensas en sus respectivas cortes.
Con motivo de celebrarse la paz, se anunció en los escritos públicos que ya
volvería a reinar la virtud y la felicidad sobre la tierra.
"¡Alabado sea Dios! -se dijo Babuc-. Persépolis será la morada de la
inocencia purificada; ya no será destruida, como querían esos genios perversos;
vamos, sin falta, a esa capital asiática."
Llegó a la inmensa ciudad y pasó por la entrada más antigua, que era grosera
y tosca, rusticidad que ofendía la vista de todos los que ambulaban por allí.
Toda aquella parte de la ciudad se resentía de los defectos de la época en que
se había edificado, pues, a pesar de la testarudez de la gente en alabar lo
antiguo a expensas de lo moderno, debemos convenir que en todas las obras los
primeros ensayos resultan groseros.
Babuc se metió entre un gentío compuesto por lo más sucio y feo de los dos
sexos. Aquella multitud se precipitaba con aire atontado hacia un vasto lugar
cercado y sombrío. Por el murmullo que escuchaba, por el movimiento y por el
dinero que vio que daban unas personas a otras para poder sentarse, creyó
encontrarse dentro de un mercado donde vendían sillas de paja; pero al observar
que muchas mujeres se arrodillaban, mirando con fijeza enfrente de ellas, y ver
los rostros de hombres que tenía a su lado, pronto se dio cuenta de que estaba
en un templo. Voces ásperas, roncas, salvajes y discordantes hacían resonar la
bóveda con sonidos mal articulados, que daban una impresión parecida a los
rebuznos de los asnos silvestres cuando responden, en las llanuras de los
pictavos, a la corneta que los llama. Se obturó los oídos, luego tuvo que cerrar
los ojos y taparse la nariz con presteza, cuando vio entrar en el templo a unos
obreros con palancas y palas. Estos obreros removieron una gran piedra y
echaron, a su derecha y a su izquierda, una tierra que exhalaba un hedor
espantoso; luego se colocó un cadáver en aquella abertura, a la que otra vez
cubrieron con la piedra.
"¡Vamos! -exclamó para sí Babuc-. ¡Esta gente entierra a sus muertos en el
mismo lugar que adora a la Divinidad! ¡Vaya! ¡Sus templos están cubiertos de
cadáveres! Ya no me asombra que Persépolis se halle tan a menudo asolada por
enfermedades pestilentes... La podredumbre de los muertos y la de tantos vivos
reunidos y apretados en el mismo sitio es capaz de emponzoñar a todo el globo
terrestre. ¡Ah, la despreciable ciudad de Persépolis! Parece que los ángeles la
quieren destruir para reconstruirla más bella y poblarla de habitantes más
limpios y que canten con voz más afinada. Puede que la Providencia tenga sus
razones para ello; dejemos que actúe a su manera."
El sol ya se hallaba a la mitad de su carrera. Babuc tenía que ir a comer en
la casa de una dama, donde iba recomendado con una carta del marido, un oficial
del ejército. Antes de presentarse, dio algunas vueltas por Persépolis; pudo
contemplar otros templos mejor construidos y adornados con más gusto, llenos de
personas elegantes y en los que resonaba una música armoniosa; observó algunas
fuentes públicas, mal situadas, aunque atraían las miradas por su belleza; unas
plazas donde parecía que los mejores reyes de Persia respiraban en sus figuras
de bronce, y otras plazas donde el pueblo gritaba:
-¿Cuándo veremos aquí la estatua del soberano que tanto amamos?
Admiró los magníficos puentes que cruzaban el río, los muelles soberbios y
cómodos, los palacios construidos a derecha e izquierda, un inmenso edificio
donde millares de viejos soldados, heridos y vencedores, daban todos los días
gracias al Dios de los ejércitos. Finalmente, entró en la casa de la dama, que
estaba esperándole para comer en compañía de gente decente. La casa estaba
limpia y arreglada con gusto; la comida era deliciosa; la dama, joven, bella,
espiritual y atractiva; los comensales, dignos de ella. Y Babuc se decía
continuamente: "El ángel Ituriel se está burlando de todo el mundo cuando dice
querer destruir a una ciudad tan encantadora".
No obstante, llegó a percibir que la dama, la cual había empezado
solicitándole con ternura noticias de su marido, al final de la comida hablaba
muy tiernamente a un joven mago. Vio que un magistrado acosaba vivamente a una
viuda en presencia de su esposa, y que la tal viuda, indulgente, tenía una mano
puesta en el torno del cuello del magistrado, en tanto mantenía la otra
alrededor del cuello de un ciudadano más joven, muy bien parecido y muy modesto.
La mujer del magistrado fue la primera que se levantó para ir a una habitación
contigua a conversar con su director espiritual, el cual, a pesar de ser
esperado para la comida, había llegado demasiado tarde; el director, que era
hombre elocuente, le habló a la dama con tanta vehemencia y unción, que ésta,
cuando volvió al comedor, tenía los ojos húmedos, las mejillas encendidas, el
paso inseguro y la palabra temblorosa.
Entonces, Babuc empezó a temer que el genio Ituriel tuviera razón. El talento
que había recibido para poder atraer la confianza del prójimo le facilitó
conocer los secretos de la esposa del oficial; ésta le confió su cariño hacia el
joven mago, y le aseguró que en todas las casas de Persépolis hallaría la
equivalencia de lo que había observado en la suya. Babuc llegó a la conclusión
de que una sociedad así no podía subsistir; que los celos, la discordia y la
venganza debían desolar a todas las familias; que todos los días debían verterse
muchas lágrimas y mucha sangre; que, con certeza, los maridos matarían a los
galanes de sus esposas o serían muertos por ellos; y que, finalmente, Ituriel
hacía muy bien en querer destruir de golpe a una ciudad librada a tan continuo
desorden.
Cuando se hallaba más absorto con aquellas ideas funestas, se presentó a la
puerta un hombre severo, con capa negra, que pidió humildemente permiso para
hablar al joven magistrado. Este, sin levantarse ni dignarse mirarle, le entregó
fríamente y con aire distraído algunos papeles y lo despidió. Babuc preguntó
quién era aquel hombre. La dueña de casa le dijo en voz baja:
-Es uno de los mejores abogados de la ciudad; hace cincuenta años que estudia
leyes. El señor magistrado, que sólo tiene veinticinco años y que desde hace un
par de días es sátrapa en leyes, le ha encargado hacer el extracto de un proceso
que él aún no ha examinado y que debe juzgar.
-Este joven aturdido obra sabiamente -dijo Babuc- pidiendo consejo a un
viejo. Pero..., ¿por qué no es este viejo quien hace de juez?
-Estáis de broma -le contestaron-. No pueden llegar nunca a tales dignidades
los que han envejecido en empleos laboriosos y subalternos. Este joven ocupa un
cargo importante porque su padre es rico, y aquí el derecho de hacer justicia se
compra como si se tratase de una finca.
-¡Oh, qué costumbre! ¡Qué desgraciada ciudad! -exclamó Babuc-. He ahí el
colmo del desorden; no cabe duda de que, habiendo comprado el derecho de juzgar,
venderán sus sentencias. Con este sistema sólo pueden resultar iniquidades.
Mientras manifestaba de esta forma su sorpresa y su pesar, un joven guerrero,
que había vuelto del ejército aquel mismo día, le dijo:
-¿Por qué no os parece bien que se compren los empleos de la toga? Yo he
comprado el mío, que consiste en el derecho de enfrentarme con la muerte al
frente de dos mil hombres, a los cuales dirijo; este año me ha costado cuarenta
mil daricos de oro, para dormir treinta noches seguidas en el duro suelo,
vestido de rojo, y, además, para recibir dos flechazos, que aún me duelen. Si me
arruino sirviendo al emperador persa, al cual no he visto nunca, el señor
sátrapa togado puede muy bien pagar algo para tener el placer de dar audiencia a
los abogados.
Babuc se indignó. No pudo por menos que condenar desde el fondo del corazón a
un país donde las dignidades de la paz y de la guerra se venden en pública
subasta; con rapidez llegó a la conclusión de que eran absolutamente ignoradas
la guerra y las leyes, y que, aunque Ituriel no exterminase aquellos pueblos,
perecerían por su detestable administración.
Aún aumentó más su mala opinión cuando vio que llegaba un hombre gordo, el
cual, después de saludar con gran familiaridad a todos los presentes, se acercó
al joven oficial para decirle:
-Sólo puedo prestaros cincuenta mil daricos de oro, ya que este año las
aduanas del imperio solamente me han proporcionado trescientos mil.
Babuc se informó de quién era aquel hombre que se quejaba de ganar tan poco,
entonces se enteró de que en Persépolis había cuarenta reyes plebeyos que tenían
en arriendo el imperio persa, y que daban algo de ello al monarca.
Después de la comida del mediodía se fue a uno de los más soberbios templos
de la ciudad y se sentó entre una muchedumbre de personajes de ambos sexos que
estaban allí para pasar el rato. Compareció un mago, que permaneció de pie en un
sitio elevado y que habló durante mucho rato del vicio y de la virtud. Aquel
mago dividió en muchas partes lo que no había necesidad de dividir; probó
metódicamente todo lo que ya estaba bien claro; enseñó todo lo que ya se sabía.
Se apasionó fríamente y se marchó sudando y jadeando. Todos los reunidos se
desvelaron, creyendo haber asistido a un sumario. Babuc se dijo:
"He aquí a un hombre que ha hecho todo lo posible para aburrir a doscientos o
trescientos de sus conciudadanos, pero la intención ha sido buena, y por tal
motivo no debe destruirse a Persépolis."
Al salir de aquel templo, fue llevado a una fiesta pública que se celebraba
todos los días del año; tenía lugar en una especie de basílica, en el fondo de
la cual se divisaba un palacio. Las más hermosas ciudadanas de Persépolis y los
sátrapas de más categoría, alineados con orden, formaban un espectáculo tan
bello, que Babuc creyó que toda la fiesta consistía en eso. Dos o tres personas,
que parecían reyes y reinas, aparecieron en el vestíbulo de dicho palacio,
hablando de manera distinta al lenguaje del pueble. Se expresaban en forma
mesurada, armoniosa y sublime. Nadie se dormía, se les escuchaba con profundo
silencio, que sólo se interrumpía para dar lugar a los testimonios de
sensibilidad y de admiración públicas. El deber de los reyes, el amor a la
virtud, los peligros de las pasiones, se expresaban de manera tan viva y
sensible, que Babuc no pudo por menos que derramar lágrimas. Ni por un momento
dudó de que aquellos héroes y heroínas, aquellos reyes y reinas a los que
acababa de escuchar serían los predicadores del imperio; y se propuso incitar a
Ituriel para que fuera a escucharles, seguro de que tal espectáculo le
reconciliaría con la ciudad.
Cuando se acabó la fiesta, quiso ver a la reina principal, que en aquel
hermoso palacio había demostrado una moral tan noble y tan pura; se hizo
introducir en casa de Su Majestad; se le condujo por una estrecha escalera hasta
el segundo piso, a una habitación mal amueblada, donde halló a una mujer mal
vestida que le dijo con aire noble y patético:
-Esta profesión no me da para vivir; uno de los príncipes que habéis visto me
ha hecho un bebé; dentro de poco daré a luz. Me falta dinero, y sin él no se
puede tener un buen parto.
Babuc le entregó cien daricos de oro, diciéndole:
-Si sólo se tratase de estos casos en la ciudad, Ituriel haría mal en
enfadarse tanto.
Después se fue a pasar la velada en casa de unos comerciantes que vendían
magníficas inutilidades. Un hombre inteligente con quien había trabado
conocimiento lo llevó allí; compró lo que le pareció, que fue vendido con mucha
cortesía, y por lo que abonó mucho más de lo que valía. De vuelta en su casa, el
amigo le demostró que lo habían engañado. Babuc puso el nombre del comerciante
en sus tablillas, para que Ituriel supiera de quién se trataba en el día del
castigo de la ciudad. Cuando lo estaba escribiendo, llamaron a la puerta; era el
mercader en persona, que llegaba para devolver la bolsa que Babuc se había
descuidado encima del mostrador.
-¿A qué será debido que seáis tan fiel y tan generoso, después de tener la
osadía de venderme estas baratijas cuatro veces más caras de lo que valen?
-exclamó Babuc.
-No hay ningún comerciante que sea algo conocido en esta ciudad que no
hubiese venido a devolveros la bolsa -le respondió el vendedor- Pero os han
mentido al decir que os había vendido lo que habéis comprado en mi casa cuatro
veces más caro de lo que vale: os lo he vendido diez veces más caro, y esto lo
podréis comprobar si dentro de un mes lo queréis revender. Por ello no os
pagarán ni la décima parte de lo que habéis invertido. Pero eso es justo; es la
fantasía de la gente quien pone precio a esas cosas tan frívolas; es esa
fantasía quien da trabajo a los cien obreros que tengo empleados; es ella la que
me ha permitido construir una hermosa casa, tener un carruaje cómodo y caballos;
es ella la que hace funcionar la industria y mantiene el gusto, la circulación y
la abundancia. A los países vecinos les vendo las mismas bagatelas mucho más
caras que a vos, y de esa manera soy de utilidad para el imperio.
Después de reflexionarlo bien, Babuc se dispuso a borrar de sus tablillas el
nombre del comerciante.
Babuc, que se había quedado muy dubitativo sobre lo que debía pensar de
Persépolis, se decidió a ver magos y literatos, pues los unos estudian la
religión y los otros la sabiduría. Se hizo la ilusión de que por la conducta de
éstos podría obtener la gracia para el resto de la población. Al día siguiente
por la mañana se dirigió a un colegio de magos. El archimandrita le confesó que
disfrutaba de cien mil escudos de renta por haber hecho voto de pobreza, y que
ejercía un imperio muy extendido en virtud de su voto de humildad; después se
retiró y dejó a Babuc al cuidado de un pequeño fraile que le hizo los honores.
Mientras el fraile le mostraba las magnificencias de aquella casa de
penitencia, se extendió el rumor de que había llegado para reformar todas
aquellas instituciones. En el acto recibió las memorias de todas ellas. Cada una
decía en concreto: "Conservadnos y destruid las otras". Según manifestaban,
todas aquellas instituciones eran indispensables; de acuerdo con sus acusaciones
recíprocas, todas merecían ser aniquiladas. Le admiró ver que todas, en su deseo
de edificar el universo, querían dominarlo por completo. Entonces se le presentó
un hombrecito que era medio mago y dijo:
-Veo perfectamente que se va a cumplir la obra, pues Zerdust ha vuelto a la
tierra; las muchachitas profetizan haciéndose dar pellizcos por delante y
latigazos por detrás. Así, pues, os pedimos vuestra protección contra el gran
lama.
-¡Cómo! -dijo Babuc-. ¿Contra ese pontífice que reside en el Tibet?
-Contra el mismo.
-¿Es que le hacéis la guerra y habéis reclutado tropas para luchar contra él?
-No, pero ha dicho que el hombre es libre y nosotros no lo creemos;
escribimos pequeños libros contra él, que personalmente no lee. Apenas ha oído
hablar de nosotros; sólo nos ha hecho condenar, como un amo ordenaría que
descopasen los árboles de sus jardines.
Babuc se maravilló de la locura de aquellos hombres que hacen profesión de
sabiduría, de las intrigas de los que han renunciado al mundo, de la ambición y
codicia orgullosa de los que enseñan la humanidad y el desinterés; concluyó
creyendo que Ituriel tenía sus buenas razones para querer destruir a toda
aquella estirpe.
Una vez en su casa, Babuc envió a buscar nuevos libros para distraer su mal
humor, y convidó a algunos literatos a comer para regocijarse un poco.
Comparecieron el doble de los que había invitado, como las avispas atraídas por
la miel. Aquellos parásitos se apresuraron a comer y a hablar; alababan dos
clases de personas: los difuntos y ellos mismos; y nadie mencionaba a los
contemporáneos, excepto al dueño de la casa. Si alguno de ellos decía palabras
lisonjeras, los otros bajaban los ojos y se mordían los labios por el dolor de
no haberlas dicho antes. Sabían disimular menos que los magos, porque carecían
de grandes ambiciones. Cada uno de ellos intrigaba para obtener un empleo de
lacayo y la reputación de hombre famoso; se decían frases insultantes a la cara,
creyendo demostrar un ingenio irónico. Estaban algo enterados de la misión de
Babuc. Uno de ellos le rogó, en voz baja, que exterminase a su autor, que no le
había alabado suficientemente hacía cinco años; otro le pidió la pérdida de un
ciudadano que no había reído nunca al contemplar sus comedias; un tercero le
exigió la extinción de la Academia, porque no había sido admitido en ella. Una
vez acabada la comida, cada uno se marchó solo, pues de todos los reunidos no
había dos personas que pudieran verse ni hablarse, salvo en casa de los ricos
donde eran invitados a comer. Babuc creyó que no se perdería gran cosa cuando
aquella gentuza pereciera en la destrucción general.
Una vez que se hubo librado de ellos, empezó a leer algunos de los libros
nuevos. En ellos reconoció la manera de obrar de sus convidados. Vio con
indignación las gacetas de murmuración, los archivos del mal gusto que la
envidia, la bajeza y el hambre dan a la publicidad; las cobardes sátiras donde
se ensalza al buitre y se desgarra a la paloma; las novelas faltas de
imaginación, donde se leen tantos retratos de mujeres que al autor no ha
conocido nunca.
Echó al fuego todos aquellos detestables escritos y salió por la noche a dar
un paseo. Fue presentado a un viejo literato que no había participado en la
comida de sus invitados del mediodía. Dicho literato siempre se apartaba de la
multitud, conocía a los hombres y usaba de ellos comportándose con discreción.
Babuc le contó con pena lo que había leído y lo que había visto.
-Habéis visto cosas muy despreciables -le dijo el sabio literato-, pero tened
presente que en todas las épocas, en todos los países y en todos los géneros
domina lo malo, y lo bueno es rarísimo. Habéis recibido en vuestra casa a la
chusma de la pedantería, porque en todas las profesiones, los más indignos
suelen ser los que se presentan con más impudencia. Los verdaderos sabios viven
retirados entre ellos, muy tranquilos; y entre nosotros aún se pueden hallar
buenas personas y buenos libros, dignos de vuestra atención.
Mientras le hablaba de esta forma, se les reunió otro literato. Dio unas
explicaciones tan agradables e instructivas, tan por encima de los prejuicios y
tan conformes a la virtud, que Babuc se confesó no haber oído nunca algo
semejante.
"He aquí a unos hombres a quienes Ituriel no se atrevería a tocar, y si lo
hace será muy lamentable", se dijo en voz baja.
De acuerdo con aquellos dos literatos, se sentía furioso contra el resto del
país.
-Como sois extranjero -le dijo el hombre juicioso que le había hablado
antes-, todos los abusos se os presentan de golpe, y el bien, por hallarse
oculto y por ser a veces el producto de esos mismos abusos, se os escapa.
Entonces se enteró de que había algunos literatos que no eran envidiosos, y
que también existían magos virtuosos. Finalmente se formó el concepto de que
aquellas grandes oposiciones, que chocando mutuamente parecían preparar su
propia ruina, en el fondo resultaban saludables; que cada sociedad de magos
frenaba a sus rivales; que si bien dichos émulos diferían en algunas opiniones,
todos enseñaban la misma moral. Que instruían al pueblo, que vivían sujetos a
una leyes parecidas a los preceptores que velan al hijo de la casa, mientras el
dueño los vigila a ellos. Que éste también practica algunas de dichas leyes y
que donde menos se espera se encuentran almas nobles. Aprendió que entre los
locos que pretendían hacer la guerra al gran lama había habido hombres geniales.
Sospechó que las costumbres de Persépolis serían como sus edificios, que los
unos le habían parecido dignos de lástima y los otros le habían arrebatado de
admiración.
-Sé muy bien que los magos que yo había creído tan peligrosos
-dijo Babuc al
literato- resultan, en efecto, muy útiles, sobre todo cuando un gobierno
juicioso les impide hacerse demasiado necesarios; pero al menos estaréis de
acuerdo conmigo en que vuestros jóvenes magistrados, que compran un cargo de
juez tan pronto saben montar a caballo, deben desenvolverse en los tribunales
con impertinente ridiculez y con iniquidad perversa; que sin duda valdría más
ceder estos puestos gratuitamente a los viejos jurisconsultos que han pasado
toda la vida sopesando el pro y el contra de las cosas.
-Ya habéis visto nuestro ejército antes de llegar a Persépolis
-le replicó el
literato-. Sabéis, por tanto, que nuestros jóvenes oficiales se baten muy bien,
aunque hayan comprado sus cargos. Quizá podáis ver que nuestros jóvenes
magistrados no juzgan tan mal, aunque hayan pagado para hacerlo.
A la mañana siguiente, el literato llevó a Babuc al Gran Tribunal, donde se
debía dictar una sentencia importante. La causa era conocida de todo el mundo...
Todos los viejos abogados que tomaban parte en la discusión se mantenían
fluctuantes en sus opiniones; citaban infinidad de leyes, ninguna de las cuales
era aplicable al caso que dirimían; se miraba el asunto por cien lados
diferentes, sin relación con el proceso. Los jóvenes abogados se decidieron con
más rapidez que los abogados ancianos. Su sentencia fue casi unánime y juzgaron
bien, porque siguieron los dictados de la razón. Los otros habían opinado mal,
porque sólo habían consultado sus libros.
Babuc sacó la conclusión de que a menudo había algo bueno en los abusos. Vio
que las riquezas de los financieros, que tanto le habían exasperado, podían
hacer un gran bien, pues hallándose el emperador falto de dinero, en una hora
podía disponer de éste gracias a ellos, en tanto que por las vías normales
hubiera tardado seis meses para obtenerlo. Vio que aquellas nubes tan densas,
hinchadas con el rocío de la tierra, convertían en lluvia todo lo que habían
tomado. Por otra parte, los hijos de aquellos hombres nuevos, a menudo mejor
educados que los de las familias más antiguas, valían mucho más, pues nada
impide llegar a ser un buen juez, un bravo guerrero o un hábil hombre de Estado,
cuando se tiene un padre que cuida de sus hijos.
Insensiblemente, Babuc dispensaba la avidez del financiero, que en el fondo
no lo es más que los otros hombres y resulta necesario. Excusaba la locura de
arruinarse para poder juzgar o batirse, locura que produce grandes magistrados y
héroes. Perdonaba la envidia de los literatos, entre los cuales había hombres
que ilustraban al mundo; se reconciliaba con los magos ambiciosos e intrigantes,
en casa de los cuales dominaban más las grandes virtudes que los pequeños
vicios; pero le quedaban muchas cosas por las que no podía transigir; sobre
todo, las galanterías de las damas y los perjuicios que de éstas podían
derivarse le llenaban de inquietud y de espanto.
Con objeto de hacerse cargo de las distintas condiciones humanas, se hizo
conducir a casa de un ministro; pero por el camino temblaba al pensar que alguna
mujer pudiera ser asesinada por su marido. Cuando hubo llegado a casa del hombre
de Estado, tuvo que hacer antecámara durante dos horas sin ser anunciado, y dos
horas más después de serlo. Durante aquel intervalo de tiempo, no cesaba de
pensar que recomendaría el ministro y sus insolentes ujieres al ángel Ituriel.
La antecámara estaba llena de damas de todas las alcurnias, de magos de todos
los colores, de jueces, de comerciantes, de oficiales y de pedantes; todos se
quejaban del ministro.
El avaro y el usurero decían:
-No cabe duda de que este hombre roba de todas las provincias.
Los caprichosos le echaban en cara sus extravagancias. Los voluntarios
decían:
-Solamente vive para sus placeres.
El intrigante se complacía esperando verle pronto hundido por alguna cábala;
las mujeres aguardaban poder tratar con un ministro más joven.
Babuc, que escuchaba todos estos comentarios, no pudo por menos que decir:
-He aquí a un hombre de suerte. Tiene la antecámara llena de enemigos. Con su
poder aplasta a los que le envidian y contempla a sus pies a todos los que lo
detestan.
Por fin pudo entrar. Entonces vio a un hombre viejo, pequeño y encorvado por
el peso de los años y de los asuntos del Ministerio, pero vivaracho e
inteligente.
Al ministro le gustó Babuc, y a Babuc le pareció que aquél era hombre de
estima. La conversación se hizo interesante. El ministro le confesó que era muy
desgraciado; que pasaba por rico y era pobre; que se le creía poderoso y se veía
siempre impugnado; que estaba rodeado de ingratos y que, en un continuado
trabajo de cuarenta años, apenas había tenido un momento de consuelo. Babuc se
sintió conmovido y pensó que si aquel hombre había cometido faltas, y si el
ángel Ituriel lo quería castigar, no era preciso exterminarle, puesto que
dejarlo en el cargo ya era suficiente.
Mientras estaba hablando con el ministro, entró bruscamente la bella dama en
casa de la cual Babuc había comido; en sus ojos y sobre la frente se notaban los
síntomas del dolor y de la cólera. Se deshizo en reproches contra el hombre de
Estado, vertiendo abundantes lágrimas; se quejó con amargura de que se hubiese
rehusado dar un empleo a su marido, que esperaba obtener por su alcurnia, y que
se merecía por sus servicios y sus heridas. Se expresó con tanta energía, se
quejó con tanta gracia, anulaba las objeciones con tanta habilidad, hizo valer
sus razones con tanta elocuencia, que no salió de la habitación hasta haber
logrado la fortuna de su marido.
-¿Es posible, señora, que os hayáis tomado tanto trabajo para complacer a un
hombre al cual no amáis y del que podéis temerlo todo? -le preguntó Babuc,
dándole la mano.
-¡Un hombre que no amo! -exclamó ella-. Debéis saber que mi esposo es el
mejor amigo que tengo en el mundo, que soy capaz de sacrificarlo todo por él,
excepto a mi amante; que él lo hará todo por mí, salvo abandonar a su querida.
Os la haré conocer; es una mujer encantadora, muy inteligente y con el mejor
carácter del mundo. Hoy cenaremos juntas con mi esposo y mi pequeño mago. Venid
para compartir nuestra alegría.
La dama se fue acompañada de Babuc. El marido, que había llegado hundido por
el dolor, al ver a su esposa la recibió con grandes muestras de alegría y de
reconocimiento. Abrazó uno tras otro a su mujer, a su querida, al pequeño mago y
a Babuc. La unión, el placer, el ingenio y la ternura fueron las características
de aquella cena.
-Fijaos bien -le dijo a Babuc la bella dama en casa de la cual cenaba- que
las mujeres, a las que a veces se las llama deshonestas, casi siempre cuentan
con un marido muy honesto, y para convenceros, venid mañana a comer conmigo en
casa de la bella Teona. Hay algunas viejas vestales que la denigran, pero ella
practica más el bien que todas sus detractoras juntas. Es incapaz de cometer la
más leve injusticia. A su amante sólo le da consejos generosos y únicamente se
ocupa en aumentarle el prestigio. El hombre se sonroja delante de ella si ha
dejado perder alguna ocasión de hacer el bien, pues nada estimula tanto a
practicar acciones virtuosas como el tener una querida de la cual se desea
merecer estimación.
Babuc no faltó a la invitación. Vio una mansión donde reinaban todos los
placeres. Teona hacía de reina. Sabía tratar a todos a gusto de cada uno. Su
ingenuo natural facilitaba que brillase el de los otros. Complacía casi sin
pretenderlo. Era tan amable como bienhechora, y, además, era bella, lo que
aumentaba el valor de todas sus cualidades.
Babuc, a pesar de ser un escita y enviado de una deidad, se dio cuenta de que
si permanecía por más tiempo en Persépolis, olvidaría a Ituriel, pensando en
Teona. Tomaba cariño a la ciudad, ya que la gente era cortés, dulce y
bienhechora, aunque ligera de cascos, murmuradora y cargada de vanidad. Temía
que Persépolis sería condenada, como también temía el informe que iba a
presentar.
Ahora veremos cómo se las ingenió para dar cuenta de su misión. Hizo fundir,
por el mejor fundidor de la ciudad, una estatuilla compuesta por todos los
metales, tierras y piedras más preciosas y más viles, y la llevó a Ituriel, a
quien dijo:
-¿Vais a destruir esta hermosa estatua porque no está hecha exclusivamente de
oro y de diamantes?
Ituriel entendió el significado de la pregunta y decidió no pensar más en el
mundo tal como va y dijo:
-Pues si todo no está bien por lo menos es pasadero.
Se dejó subsistir a Persépolis, y Babuc se guardó muy bien de quejarse, al
contrario de Jonás, que se enfadó porque no se destruía Nínive. Pero cuando se
ha permanecido tres días en el cuerpo de una ballena, no se está de tan buen
humor como cuando se ha pasado el tiempo en la ópera, en la comedia y cenando
con buena compañía.
|