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Capítulo I
De cómo Cándido fue criado en un hermoso castillo y de cómo fue arrojado de allí
Vivía en Westfalia, en el castillo del señor barón de
Thunder-ten-tronckh, un mancebo a quien la naturaleza había dotado de la índole
más apacible. Su fisonomía anunciaba su alma; tenía juicio bastante recto y
espíritu muy simple; por eso, creo, lo llamaban Cándido1.
Los antiguos criados de la casa sospechaban que era hijo de la hermana del señor
barón y de un bondadoso y honrado hidalgo de la vecindad, con quien jamás
consintió en casarse la doncella porque él no podía probar arriba de setenta y
un cuarteles2,
debido a que la injuria de los tiempos había acabado con el resto de su árbol
genealógico.
Era el señor barón uno de los caballeros más poderosos
de Westfalia, pues su castillo tenía puerta y ventanas; en la sala principal
hasta había una colgadura. Los perros del corral componían una jauría cuando era
menester; sus palafreneros eran sus picadores, y el vicario de la aldea, su
primer capellán; todos lo trataban de "monseñor", todos se echaban a reír cuando
decía algún chiste.
La señora baronesa, que pesaba unas trescientas
cincuenta libras, se había granjeado por ello gran consideración, y recibía las
visitas con tal dignidad que la hacía aún más respetable. Su hija Cunegunda,
doncella de diecisiete años, era rubicunda, fresca, rolliza, apetitosa. El hijo
del barón era en todo digno de su padre. El preceptor Pangloss era el oráculo de
la casa, y el pequeño Cándido escuchaba sus lecciones con la docilidad propia de
su edad y su carácter.
Pangloss enseñaba metafísico-teólogo-cosmólogo-nigología.
Probaba admirablemente que no hay efecto sin causa, y que, en el mejor de los
mundos posibles, el castillo de monseñor el barón era el más hermoso de los
castillos, y que la señora baronesa era la mejor de las baronesas posibles.
Demostrado está, decía Pangloss, que no pueden ser las
cosas de otro modo, porque habiéndose hecho todo con un fin, éste no puede menos
de ser el mejor de los fines. Nótese que las narices se hicieron para llevar
anteojos; por eso nos ponemos anteojos; las piernas notoriamente para las
calzas, y usamos calzas; las piedras para ser talladas y hacer castillos; por
eso su señoría tiene un hermoso castillo: el barón principal de la provincia ha
de estar mejor aposentado que ninguno; y como los marranos nacieron para que se
los coman, todo el año comemos tocino: en consecuencia, los que afirmaron que
todo está bien, han dicho una tontería; debieron decir que nada puede estar
mejor.
Cándido escuchaba atentamente y creía inocentemente,
porque la señorita Cunegunda le parecía muy hermosa, aunque nunca se había
atrevido a decírselo. Deducía que después de la felicidad de haber nacido barón
de Thunder-ten-tronckh, el segundo grado de felicidad era ser la señorita
Cunegunda; el tercero, verla cada día; y el cuarto, oír al maestro Pangloss, el
filósofo más ilustre de la provincia, y, por consiguiente, de todo el orbe.
Cunegunda, paseándose un día por los alrededores del
castillo, vio entre las matas, en un tallar que llamaban el parque, al doctor
Pangloss que daba una lección de física experimental a la doncella de su madre,
morenita muy graciosa y muy dócil. Como la señorita Cunegunda tenía gran
disposición para las ciencias, observó sin pestañear las reiteradas experiencias
de que era testigo; vio con claridad la razón suficiente del doctor, sus efectos
y sus causas, y regresó agitada, pensativa, deseosa de aprender, figurándose que
bien podría ser ella la razón suficiente de Cándido, quien podría también ser la
suya.
Encontró a Cándido de vuelta al castillo, y enrojeció;
Cándido también enrojeció. Lo saludó Cunegunda con voz trémula, y contestó
Cándido sin saber lo que decía. Al día siguiente, después de comer, al
levantarse de la mesa, se encontraron detrás de un biombo; Cunegunda dejó caer
su pañuelo, Cándido lo recogió; ella le tomó inocentemente la mano y el joven
besó inocentemente la mano de la señorita con singular vivacidad, sensibilidad y
gracia; sus bocas se encontraron, sus ojos se inflamaron, sus rodillas
temblaron, sus manos se extraviaron. En esto estaban cuando acertó a pasar junto
al biombo el señor barón de Thunder-ten-tronckh, y reparando en tal causa y tal
efecto, echó a Cándido del castillo a patadas en el trasero. Cunegunda se
desvaneció; cuando volvió en sí, la señora baronesa le dio de bofetadas; y todo
fue consternación en el más hermoso y agradable de los castillos posibles.
Capítulo II
Qué fue de Cándido entre los búlgaros
Cándido, arrojado del paraíso terrenal, fue andando
mucho tiempo sin saber a dónde, lloroso, alzando los ojos al cielo, volviéndolos
una y otra vez hacia el más hermoso de los castillos, que encerraba a la más
linda de las baronesitas; se acostó sin cenar en mitad del campo entre dos
surcos. Caían gruesos copos de nieve al día siguiente. Cándido, empapado, llegó
arrastrándose como pudo al pueblo inmediato, que se llama Valdberghoff-trarbk-dikdorff,
sin un ochavo en la faltriquera y muerto de hambre y fatiga. Se paró lleno de
pesar a la puerta de una taberna, y repararon en él dos hombres con vestidos
azules.
-Camarada -dijo uno- aquí tenemos un gallardo mozo, de
la estatura requerida.
Se acercaron a Cándido y lo convidaron a comer con
mucha cortesía.
-Señores -les dijo Cándido con encantadora modestia-
mucho favor me hacen ustedes, pero no tengo para pagar mi parte.
-Señor -le dijo uno de los azules- las personas de su
aspecto y de su mérito nunca pagan. ¿No tiene usted cinco pies y cinco pulgadas
de alto?
-Sí, señores, ésa es mi estatura -dijo haciendo una
cortesía.
-Vamos, caballero, siéntese usted a la mesa, que no
sólo pagaremos, sino que no consentiremos que un hombre como usted ande sin
dinero; los hombres han sido hechos para socorrerse unos a otros.
-Razón tienen ustedes -dijo Cándido-; así me lo ha
dicho mil veces el señor Pangloss, y ya veo que todo es perfecto.
Le ruegan que admita unos escudos; los toma y quiere
dar un vale; pero no lo quieren, y se sientan a la mesa.
-¿No ama usted tiernamente?...
-Sí, señores -respondió Cándido- amo tiernamente a la
señorita Cunegunda.
-No preguntamos eso -le dijo uno de aquellos dos
señores- preguntamos si no ama usted tiernamente al rey de los búlgaros.
-En modo alguno -dijo- porque no le he visto en mi
vida.
-Vaya, pues es el más encantador de los reyes. ¿Quiere
usted que brindemos a su salud?
-Con mucho gusto, señores -y brinda.
-Basta con eso -le dijeron- ya es usted el apoyo, el
defensor, el adalid, el héroe de los búlgaros; su fortuna está hecha, su gloria
afianzada.
Le echaron al punto un grillete al pie y se lo llevan
al regimiento; lo hacen volverse a derecha e izquierda, meter la baqueta, sacar
la baqueta, apuntar, hacer fuego, acelerar el paso, y le dan treinta palos: al
otro día hizo el ejercicio un poco menos mal y no le dieron más de veinte; al
tercero recibe solamente diez, y sus camaradas lo tuvieron por un portento.
Cándido, estupefacto, aún no podía entender bien de qué
modo era un héroe. Un día de primavera se le ocurrió irse a paseo, y siguió su
camino derecho, creyendo que era privilegio de la especie humana y de la especie
animal, servirse de sus piernas a su antojo. No había andado dos leguas, cuando
surgen otros cuatro héroes de seis pies que lo alcanzan, lo atan y lo llevan a
un calabozo. Le preguntan jurídicamente si prefería ser fustigado treinta y seis
veces por las baquetas de todo el regimiento, o recibir una vez sola doce
balazos en la mollera. Inútilmente alegó que las voluntades eran libres y que no
quería ni una cosa ni otra; fue forzoso que escogiera, y en virtud de la dádiva
de Dios que llaman libertad , se resolvió a pasar treinta y seis veces por las
baquetas, y sufrió dos tandas. Se componía el regimiento de dos mil hombres, lo
cual hizo justamente cuatro mil baquetazos que de la nuca al trasero le
descubrieron músculos y nervios. Iban a proceder a la tercera tanda, cuando
Cándido, no pudiendo aguantar más, pidió por favor que tuvieran la bondad de
levantarle la tapa de los sesos; obtiene ese favor, se le vendan los ojos, lo
hacen hincar de rodillas. En ese momento pasa el rey de los búlgaros, se informa
del delito del paciente, y como este rey era hombre de grandes luces, por todo
cuanto le dicen de Cándido comprende que es éste un joven metafísico muy
ignorante en las cosas del mundo y le otorga el perdón con una clemencia que
será muy loada en todas las gacetas y en todos los siglos. Un diestro cirujano
curó a Cándido con los emolientes que enseña Dioscórides. Un poco de cutis tenía
ya, y empezaba a poder andar, cuando dio el rey de los búlgaros batalla al de
los ávaros.
Capítulo III
De cómo se libró Cándido de los búlgaros, y de lo que le sucedió
No había nada más hermoso, más diestro, más brillante,
más bien ordenado que ambos ejércitos: las trompetas, los pífanos, los oboes,
los tambores y los cañones formaban tal armonía cual nunca hubo en los
infiernos. Primeramente, los cañones derribaron unos seis mil hombres de cada
parte, después la fusilería barrió del mejor de los mundos unos nueve o diez mil
bribones que infectaban su superficie y, por último, la bayoneta fue la razón
suficiente de la muerte de otros cuantos miles. Todo ello podía sumar cosa de
treinta millares. Cándido, que temblaba como un filósofo, se escondió lo mejor
que pudo durante esta heroica carnicería.
En fin, mientras ambos reyes hacían cantar un Te
Deum, cada uno en su campo, se resolvió nuestro héroe ir a discurrir a otra
parte sobre los efectos y las causas. Pasó por encima de muertos y moribundos
hacinados y llegó a un lugar inmediato; estaba hecho cenizas; era una aldea
ávara que, conforme a las leyes de derecho público, habían incendiado los
búlgaros; aquí unos ancianos acribillados de heridas contemplaban morir a sus
esposas degolladas, con los niños apretados a sus pechos ensangrentados. Más
allá, exhalaban el postrer suspiro muchachas destripadas, después de haber
saciado los deseos naturales de algunos héroes; otras, medio tostadas, clamaban
por que las acabaran de matar; la tierra estaba sembrada de sesos al lado de
brazos y piernas cortadas.
Cándido huyó a toda prisa a otra aldea que pertenecía a
los búlgaros, y que había sido igualmente tratada por los héroes ávaros. Al fin,
caminando sin cesar por encima de miembros palpitantes, o atravesando ruinas,
salió del teatro de la guerra, con algunas cortas provisiones en la mochila y
sin olvidar nunca a Cunegunda. Al llegar a Holanda se le acabaron las
provisiones; mas habiendo oído decir que la gente era muy rica en este país y
que eran cristianos, no le quedó duda de que le darían tan buen trato como el
que le dieron en el castillo del señor barón, antes que lo echaran a causa de
los bellos ojos de la señorita Cunegunda.
Pidió limosna a muchos sujetos graves; todos le dijeron
que si seguía en aquel oficio lo encerrarían en una casa de corrección para
enseñarle a vivir. Se dirigió luego a un hombre que acababa de hablar una hora
seguida en una crecida asamblea sobre la caridad, y el orador, mirándolo de
reojo, le dijo:
-¿A qué vienes aquí? ¿Estás por la buena causa?
-No hay efecto sin causa -respondió modestamente
Cándido-; todo está encadenado necesariamente y ordenado para lo mejor; ha sido
menester que me echaran de casa de la señorita Cunegunda y que me dieran
carreras de baquetas, y es menester que mendigue el pan hasta que lo pueda
ganar; nada de esto podía ser de otra manera.
-Amiguito -le dijo el orador- ¿crees que el Papa es el
anticristo?
-Nunca lo había oído -respondió Cándido-; pero séalo o
no, yo no tengo pan que comer.
-Ni lo mereces -replicó el otro-; anda, bribón, anda,
miserable, y que no te vuelva a ver en mi vida.
Se asomó en esto a la ventana la mujer del ministro, y
viendo a uno que dudaba de que el Papa fuera el anticristo, le tiró a la cabeza
un vaso lleno de... ¡Oh cielos, a qué excesos se entregan las damas por celo
religioso!
Uno que no había sido bautizado, un buen anabaptista,
llamado Jacobo, testigo de la crueldad y la ignominia con que trataban a uno de
sus hermanos, a un ser bípedo y sin plumas, que tenía alma, lo llevó a su casa,
lo limpió, le dio pan y cerveza y dos florines, y además quiso enseñarle a
trabajar en su fábrica de tejidos de Persia que se hacen en Holanda. Cándido,
arrodillándose casi a sus plantas, clamaba:
-Bien decía el maestro Pangloss, que todo era para
mejor en este mundo, porque infinitamente más me conmueve la mucha generosidad
de usted que la inhumanidad de aquel señor de capa negra y de su señora mujer.
Yendo al otro día de paseo se encontró con un mendigo
cubierto de lepra, casi ciego, la punta de la nariz carcomida, la boca torcida,
los dientes ennegrecidos y el habla gangosa, atormentado por una violenta tos, y
que a cada esfuerzo escupía una muela.
Capítulo IV
De qué modo encontró Cándido a su maestro de
filosofía, el doctor Pangloss, y de lo que a éste le aconteció
Cándido, movido a piedad, más que a horror, dio a este
espantoso pordiosero los dos florines que había recibido del honrado
anabaptista. El fantasma lo miró de hito en hito y, vertiendo lágrimas, se le
colgó al cuello. Cándido retrocedió asustado.
-¡Ay! -dijo el infeliz al otro infeliz-. Conque ¿no
conoces a tu amado maestro Pangloss?
-¿Qué oigo? ¡Usted, mi amado maestro! ¡Usted, en tan
horrible estado! ¿Qué desdicha le ha sucedido? ¿Por qué no está en el más
hermoso de los castillos? ¿Qué se ha hecho de la señorita Cunegunda, la perla de
las doncellas, la obra maestra de la naturaleza?
-No puedo más -dijo Pangloss.
Lo llevó sin tardanza Cándido al establo del
anabaptista, le dio un mendrugo de pan, y cuando Pangloss hubo cobrado aliento,
Cándido le preguntó:
-¿Qué es de Cunegunda?
-Ha muerto -respondió el otro.
Se desmayó Cándido al oírlo y su amigo lo volvió a la
vida con un poco de mal vinagre que encontró fortuitamente en el pajar. Abrió
Cándido los ojos y exclamó:
-¡Cunegunda muerta! ¡Ah, el mejor de los mundos!,
¿dónde estás? Pero ¿de qué enfermedad ha muerto? ¿Ha sido, por ventura, la
pesadumbre de verme echar a patadas del hermoso castillo de su padre?
-No -dijo Pangloss- unos soldados búlgaros la
destriparon después que la hubieron violado hasta más no poder; al señor barón,
que quiso defenderla, le rompieron la cabeza. La señora baronesa fue cortada en
pedazos; mi pobre alumno, tratado lo mismo que su hermana; y en el castillo no
ha quedado piedra sobre piedra, ni graneros, ni siquiera un carnero, ni un pato,
ni un árbol; pero bien nos han vengado, porque los ávaros han hecho lo mismo a
una baronía vecina que era de un señor búlgaro.
Se desmayó otra vez Cándido al oír esta lamentable
historia; pero vuelto en sí, y habiendo dicho cuanto tenía que decir, se informó
de la causa y del efecto y de la razón suficiente que había puesto a Pangloss en
tan lastimoso estado.
-¡Ay! -dijo el otro- es el amor: el amor, el consolador
del género humano, el conservador del universo, el alma de todos los seres
sensibles, el tierno amor.
-¡Ah! -dijo Cándido- yo he conocido ese amor, he
conocido a ese árbitro de los corazones, a esa alma de nuestra alma; tan sólo me
ha valido un beso y veinte patadas en el trasero. ¿Cómo tan bella causa ha
podido producir en usted tan abominable efecto?
Pangloss respondió en los términos siguientes:
-Ya conociste, amado Cándido, a Paquita, esa linda
doncella de nuestra augusta baronesa; en sus brazos gocé las delicias del
paraíso, que han producido los tormentos del infierno que ahora me consumen:
estaba infestada por ellos, quizás haya muerto por ellos. Paquita debió este don
a un franciscano instruidísimo, que había averiguado el origen de su achaque: se
lo había dado una vieja condesa, la cual lo había recibido de un capitán de
caballería que lo hubo de una marquesa, a quien se lo dio un paje, que lo cogió
de un jesuita, el cual, siendo novicio, lo había recibido en línea recta de uno
de los compañeros de Cristóbal Colón. Yo, por mí, no se lo daré a nadie, porque
he de morir muy pronto.
-¡Oh Pangloss -exclamó Cándido- qué extraña genealogía!
¿Fue acaso el diablo su fundador?
-En modo alguno -replicó aquel varón eminente- era algo
indispensable en el mejor de los mundos, un ingrediente necesario; pues si Colón
no hubiera atrapado en una isla de América esta enfermedad que envenena el
manantial de la generación, y que a menudo hasta llega a impedirla, y que
manifiestamente se opone al gran objetivo de la naturaleza, no tendríamos
chocolate ni cochinilla, y se ha de notar que hasta el día de hoy, en nuestro
continente, esta dolencia nos es peculiar, no menos que la teología escolástica.
Todavía no se ha introducido en Turquía, en la India, en Persia, en China, en
Siam ni en el Japón; pero hay razón suficiente para que allí la padezcan dentro
de algunos siglos. Mientras tanto, ha hecho maravillosos progresos entre
nosotros, especialmente en los grandes ejércitos, que constan de honrados
mercenarios muy bien educados, los cuales deciden la suerte de los países; y se
puede afirmar con certeza que cuando pelean treinta mil hombres en una batalla
campal contra un ejército igualmente numeroso, hay cerca de veinte mil
sifilíticos por una y otra parte.
-Es algo portentoso -dijo Cándido-; pero usted debe
tratar de curarse.
-Y ¿cómo me he curar, amiguito -dijo Pangloss- si no
tengo un ochavo, y en todo este vasto globo a nadie sangran ni le administran
una lavativa sin que pague o sin que alguien pague por él?
Estas últimas razones determinaron a Cándido; fue a
echarse a los pies de su caritativo anabaptista Jacobo, a quien pintó tan
tiernamente la situación a que se veía reducido su amigo, que el buen hombre no
vaciló en hospedar al doctor Pangloss y en hacerlo curar a su costa. La curación
no costó a Pangloss más que un ojo y una oreja. Como sabía escribir y contar a
la perfección, el anabaptista lo hizo su tenedor de libros. Viéndose precisado
al cabo de dos meses a ir a Lisboa para asuntos de su comercio, se embarcó con
sus dos filósofos. Pangloss le explicaba de qué modo todas las cosas se
arreglaban a la perfección. Jacobo no era de su parecer.
-Fuerza es -decía- que los hombres hayan estragado en
algo la naturaleza, porque no nacieron lobos y se han convertido en lobos. Dios
no les dio ni cañones de veinticuatro ni bayonetas, y ellos, para destruirse,
han fraguado bayonetas y cañones. También podría mentar las quiebras y la
justicia que embarga los bienes de los fallidos para frustrar a los acreedores.
-Todo eso era indispensable -replicaba el doctor
tuerto- y de los males individuales se compone el bien general; de suerte que
cuanto más males individuales hay, mejor está el todo.
Mientras argumentaba, se oscureció el cielo, soplaron
los vientos de los cuatro ángulos del mundo, y a vista del puerto de Lisboa fue
embestido el navío por la tormenta más horrorosa.
Capítulo V
Tormenta, naufragio, terremoto, y lo que le sucedió
al doctor Pangloss, a Cándido y a Jacobo el anabaptista
La mitad de los pasajeros, afligidos y sufriendo esas
inconcebibles angustias que el balanceo de un barco produce en los nervios y en
todos los humores del cuerpo, agitados, en direcciones opuestas, no tenían
siquiera fuerzas para inquietarse por el peligro. La otra mitad gritaba y
rezaba; las velas estaban rasgadas, los mástiles rotos y abierta la nave; quien
podía trabajaba, nadie escuchaba, nadie mandaba. Algo ayudaba a la faena el
anabaptista, que estaba sobre el combés, cuando un furioso marinero le pega un
rudo empellón y lo derriba sobre las tablas; pero fue tal el esfuerzo que hizo
al empujarlo que se cayó de cabeza fuera del navío y quedó colgado y agarrado de
una porción del mástil roto. Acudió el buen Jacobo a socorrerlo y lo ayudó a
subir; pero con la fuerza que para ello hizo, se cayó en el mar a vista del
marinero, que lo dejó ahogarse sin dignarse mirarlo. Cándido se acerca, ve a su
bienhechor que reaparece un instante y se hunde para siempre; quiere tirarse
tras él al mar; pero lo detiene el filósofo Pangloss, demostrándole que la bahía
de Lisboa ha sido hecha expresamente para que en ella se ahogara el anabaptista.
Probándolo estaba a priori, cuando se abrió el navío, y todos perecieron,
menos Pangloss, Cándido y el brutal marinero que había ahogado al virtuoso
anabaptista; el bribón llegó nadando hasta la orilla, adonde Cándido y Pangloss
fueron arrastrados sobre una tabla.
Así que se recobran un poco del susto y del cansancio,
se encaminaron a Lisboa. Llevaban algún dinero, con el cual esperaban librarse
del hambre, después de haberse zafado de la tormenta.
Apenas pusieron los pies en la ciudad, lamentándose de
la muerte de su bienhechor, el mar hirviente embistió el puerto y arrebató
cuantos navíos se hallaban en él anclados; calles y plazas se cubrieron de
torbellinos, de llamas y cenizas; se hundían las casas, se caían los techos
sobre los cimientos, y los cimientos se dispersaban, y treinta mil moradores de
todas edades y sexos eran sepultados entre ruinas. El marinero, tarareando y
blasfemando, decía:
-Algo ganaremos con esto.
-¿Cuál puede ser la razón suficiente de este fenómeno?
-decía Pangloss; y Cándido exclamaba:
-Éste es el día del juicio final.
El marinero corrió sin detenerse en medio de las
ruinas, arrostrando la muerte para buscar dinero; con el dinero encontrado se
fue a emborrachar, y después de haber dormido su borrachera compra los favores
de la primera prostituta de buena voluntad que encuentra en medio de las ruinas
de los desplomados edificios y entre los moribundos y los cadáveres. Pangloss,
sin embargo, le tiraba de la casaca, diciéndole:
-Amigo, eso no está bien; eso es pecar contra la razón
universal; ahora no es ocasión de holgarse.
-¡Por vida del Padre Eterno! -respondió el otro- soy
marinero y nacido en Batavia; cuatro veces he pisado el crucifijo en cuatro
viajes que tengo hechos al Japón. ¡Pues no vienes mal ahora con tu razón
universal!
Cándido, que la caída de unas piedras había herido,
tendido en mitad de la calle y cubierto de ruinas, clamaba a Pangloss:
-¡Ay! Tráigame usted un poco de vino y aceite, que me
muero.
-Este temblor de tierra -respondió Pangloss- no es cosa
nueva: el mismo azote sufrió Lima años pasados; las mismas causas producen los
mismos efectos; sin duda hay una veta subterránea de azufre que va de Lisboa a
Lima.
-Nada es tan probable -dijo Cándido- pero, por Dios, un
poco de aceite y vino.
-¿Cómo probable? -replicó el filósofo- sostengo que
está demostrado.
Cándido perdió el sentido, y Pangloss le llevó un trago
de agua de una fuente vecina.
Al día siguiente, metiéndose por entre los escombros,
encontraron algunos alimentos y recobraron un poco sus fuerzas. Después
trabajaron, a ejemplo de los demás, para aliviar a los habitantes que habían
escapado de la muerte. Algunos vecinos socorridos por ellos, les dieron la mejor
comida que en tamaño desastre se podía esperar: verdad que fue muy triste el
banquete; los convidados bañaban el pan con sus lágrimas, pero Pangloss los
consolaba afirmando que no podían suceder las cosas de otra manera, porque todo
esto, decía, es conforme a lo mejor; porque si hay un volcán en Lisboa, no podía
estar en otra parte; porque es imposible que las cosas dejen de estar donde
están, pues todo está bien.
Un hombrecito vestido de negro, familiar3
de la Inquisición, que junto a él estaba sentado, tomó cortésmente la palabra:
-Sin duda, caballero, no cree usted en el pecado
original, porque si todo es para mejor, no ha habido caída ni castigo.
-Perdóneme su excelencia -le respondió con más cortesía
Pangloss- porque la caída del hombre y su maldición entran necesariamente en el
mejor de los mundos posibles.
-Por lo tanto ¿este caballero no cree que seamos
libres? -dijo el familiar de la Inquisición.
-Otra vez ha de perdonar su excelencia -replicó
Pangloss- la libertad puede subsistir con la necesidad absoluta; porque era
necesario que fuéramos libres; porque finalmente la voluntad determinada...
En medio de la frase estaba Pangloss, cuando hizo el
familiar una seña a su secretario que le servía vino de Porto o de Oporto.
Capítulo VI
De cómo se hizo un magnífico auto de fe para impedir
los terremotos y de los doscientos azotes que pegaron a Cándido
Pasado el terremoto que había destruido las tres
cuartas partes de Lisboa, los sabios del país no encontraron un medio más eficaz
para prevenir una total ruina que ofrecer al pueblo un magnífico auto de fe4.
La Universidad de Coimbra decidió que el espectáculo de unas cuantas personas
quemadas a fuego lento con toda solemnidad es infalible secreto para impedir que
la tierra tiemble.
Con este objeto se había apresado a un vizcaíno,
convicto de haberse casado con su comadre, y a dos portugueses que al comer un
pollo le habían sacado la grasa: después de la comida se llevaron atados al
doctor Pangloss y a su discípulo, a uno por haber hablado, y al otro por haber
escuchado con aire de aprobación. Los pusieron separados en unos aposentos muy
frescos, donde nunca incomodaba el sol, y de allí a ocho días los vistieron con
un sambenito5
y les engalanaron la cabeza con unas mitras de papel: la coraza y el sambenito
de Cándido llevaban llamas boca abajo y diablos sin garras ni rabos; pero los
diablos de Pangloss tenían rabo y garras, y las llamas ardían hacia arriba. Así
vestidos salieron en procesión, y oyeron un sermón muy patético, al cual se
siguió una bellísima salmodia. Cándido, mientras duró la música, fue azotado a
compás, el vizcaíno y los dos que no habían querido comer la grasa del pollo
fueron quemados y Pangloss fue ahorcado, aun cuando ésa no era la costumbre.
Aquel mismo día la tierra tembló de nuevo con un estruendo espantoso.
Cándido, aterrado, sobrecogido, desesperado,
ensangrentado, se decía: "Si éste es el mejor de los mundos posibles, ¿cómo
serán los otros? Vaya con Dios, si no hubieran hecho más que azotarme; ya lo
habían hecho los búlgaros. Pero tú, querido Pangloss, el más grande de los
filósofos, ¿era necesario verte ahorcar sin saber por qué? ¡Oh, mi amado
anabaptista, el mejor de los hombres! ¿Era necesario que te ahogaras en el
puerto? ¡Oh, señorita Cunegunda, perla de las doncellas! ¿Era necesario que te
abrieran el vientre? ¿Por qué te han sacado el redaño?"
Volvíase a su casa, sin poder tenerse en pie,
predicado, azotado, absuelto y bendito, cuando se le acercó una vieja que le
dijo:
-Hijo mío, ¡ánimo y sígueme!
Capítulo VII
De cómo una vieja cuidó a Cándido y de cómo éste encontró a la que amaba
No cobró ánimo Cándido, pero siguió a la vieja a una
casucha, donde le dio su conductora un pote de pomada para untarse y le dejó de
comer y de beber; luego le enseñó una camita muy aseada; junto a la camita había
un vestido completo.
-Come, hijo, bebe y duerme -le dijo- y que Nuestra
Señora de Atocha, el señor San Antonio de Padua y el señor Santiago de
Compostela te asistan; mañana volveré.
Cándido, asombrado de cuanto había visto y padecido, y
más aun de la caridad de la vieja, quiso besarle la mano.
-No es mi mano la que has de besar -le dijo la vieja-;
mañana volveré. Úntate con la pomada, come y duerme.
Cándido comió y durmió, no obstante sus muchas
desventuras. Al día siguiente le trae la vieja desayuno, le observa la espalda,
se la restriega con otra pomada y luego le trae de comer; a la noche vuelve y le
trae de cenar. Al tercer día fue la misma ceremonia.
-¿Quién es usted? -le decía Cándido-; ¿quién le ha
inspirado tanta bondad? ¿Cómo puedo agradecerle?
La buena mujer no respondía, pero volvió aquella noche
y no trajo de cenar.
-Ven conmigo -le dijo- y no chistes.
Diciendo esto cogió a Cándido del brazo y echó a andar
con él por el campo. Hacen medio cuarto de legua aproximadamente y llegan a una
casa, cercada de canales y jardines. Llama la vieja a un postigo, abren y lleva
a Cándido por una escalera secreta a un gabinete dorado, lo deja sobre un canapé
de terciopelo, cierra la puerta y se marcha. Cándido creía soñar, y miraba su
vida entera como un sueño funesto y el momento presente como un sueño delicioso.
Pronto volvió la vieja, sustentando con dificultad del
brazo a una trémula mujer, de majestuosa estatura, cubierta de piedras preciosas
y cubierta con un velo.
-Alza ese velo -dijo a Cándido la vieja.
Arrímase el mozo y alza con mano tímida el velo. ¡Qué
instante! ¡Qué sorpresa! Cree estar viendo a la señorita Cunegunda, y así era.
Fáltale el aliento, no puede articular palabra y cae a sus pies. Cunegunda se
deja caer sobre el canapé; la vieja los inunda con vinagre aromático; vuelven en
sí, se hablan; primero son palabras entrecortadas, preguntas y respuestas que se
cruzan, suspiros, lágrimas, gritos. La vieja, recomendándoles que hagan menos
bulla, los deja libres.
-¡Conque es usted! -dice Cándido-. ¡Conque usted vive y
yo la encuentro en Portugal! ¿No ha sido, pues, violada? ¿No le han abierto el
vientre, como me había asegurado el filósofo Pangloss?
-Sí -replicó la hermosa Cunegunda- pero no siempre son
mortales esos accidentes.
-¿Y mataron a su padre y a su madre?
-Por desgracia -respondió llorando Cunegunda.
-¿Y su hermano?
-También mataron a mi hermano.
-Pues ¿por qué está usted en Portugal? ¿Cómo ha sabido
que también yo lo estaba? ¿Por qué me ha hecho venir a esta casa?
-Se lo diré, replicó la dama; pero antes es necesario
que usted me cuente todo aquello que le ha sucedido desde el inocente beso que
me dio y las patadas con que se lo hicieron pagar.
Obedeció Cándido con profundo respeto, y como estaba
confuso, tenía débil y trémula la voz, y aunque aún le dolía no poco el
espinazo, contó con la mayor ingenuidad todo lo que había padecido desde el
momento de su separación. Alzaba Cunegunda los ojos al cielo; lloraba tiernas
lágrimas por la muerte del buen anabaptista y de Pangloss; habló después como
sigue a Cándido, quien no perdía una palabra y se la devoraba con los ojos.
Capítulo VIII
Historia de Cunegunda
-Dormía profundamente en mi cama, cuando plugo al cielo
que entraran los búlgaros en nuestro hermoso Castillo de Thunder-ten-tronckh;
degollaron a mi padre y a mi hermano e hicieron tajadas a mi madre. Un búlgaro,
de seis pies de altura, viendo que me había desmayado con esta escena, se puso a
violarme; con lo cual volví en mí, y empecé a debatirme, a morderlo, arañarlo y
a intentar sacarle los ojos, no sabiendo que era cosa de estilo cuanto sucedía
en el castillo de mi padre: pero el belitre me dio una cuchillada en el costado
izquierdo, de la cual conservo todavía la señal.
-¡Ah! Espero verla -dijo el ingenuo Cándido.
-Ya la verá usted -dijo Cunegunda-; pero continuemos.
-Continúe usted, dijo Cándido.
Cunegunda volvió a tomar el hilo de su historia:
-Entró un capitán búlgaro; me vio llena de sangre,
debajo del soldado, que no se incomodaba. El capitán se indignó por el poco
respeto que le demostraba ese bárbaro y lo mató sobre mi cuerpo; me hizo luego
vendar la herida y me llevó prisionera de guerra a su guarnición. Allí lavaba
las pocas camisas que él tenía y le guisaba la comida; él decía que era muy
bonita y también he de confesar que era muy lindo mozo, que tenía la piel suave
y blanca, pero poco entendimiento y menos filosofía; pronto se echaba de ver que
no lo había educado el doctor Pangloss. Al cabo de tres meses perdió todo su
dinero y, harto de mí, me vendió a un judío llamado don Isacar, que comerciaba
en Holanda y en Portugal y amaba apasionadamente a las mujeres. Se prendó mucho
de mí el tal judío; pero nada pudo conseguir, que me he resistido a él mejor que
al soldado búlgaro; porque una mujer decente bien puede ser violada una vez;
pero eso mismo fortalece su virtud. El judío, para domesticarme, me ha traído a
la casa de campo que usted ve. Hasta ahora había creído que no había nada en la
tierra más hermoso que el castillo de Thunder-ten-tronckh, pero he salido de mi
error.
"El gran inquisidor me vio un día en misa; no me quitó
los ojos de encima y me hizo decir que tenía que hablar de un asunto secreto. Me
llevaron a su palacio y yo le dije quiénes eran mis padres. Me representó
entonces cuán indigno de mi jerarquía era pertenecer a un israelita. Su
Ilustrísima propuso a don Isacar que le hiciera cesión de mí, y éste, que es
banquero de palacio y hombre de mucho poder, no quiso consentirlo. El inquisidor
lo amenazó con un auto de fe. Al fin se atemorizó mi judío e hizo un ajuste en
virtud del cual la casa y yo habían de ser de ambos en condominio; el judío se
reservó los lunes, los miércoles, y los sábados, y el inquisidor los demás días
de la semana. Seis meses ha que subsiste este convenio, aunque no sin frecuentes
contiendas, porque muchas veces han disputado sobre si la noche de sábado a
domingo pertenecía a la ley antigua o a la nueva. Hasta ahora me he resistido a
los dos; y por este motivo pienso que me quieren tanto.
"Finalmente, por conjurar la plaga de los terremotos e
intimidar a don Isacar, le plugo al ilustrísimo señor inquisidor celebrar un
auto de fe. Me honró convidándome a la fiesta; me dieron uno de los mejores
asientos, y se sirvieron refrescos a las señoras en el intervalo de la misa y la
ejecución. Confieso que estaba sobrecogida de horror al ver quemar a los dos
judíos y al honrado vizcaíno casado con su comadre; pero ¡cuál no fue mi
sorpresa, mi espanto, mi turbación cuando vi cubierto por un sambenito y bajo
una mitra un rostro parecido al de Pangloss! Me restregué los ojos, miré con
atención, lo vi ahorcar y me desmayé. Apenas había vuelto en mí, cuando lo vi a
usted desnudo; allí mi horror, mi consternación, mi desconsuelo y mi
desesperación. La piel de usted, lo digo de veras, es más blanca y más encarnada
que la de mi capitán de búlgaros, y eso redobló los sentimientos que me
abrumaban, que me devoraban. Iba a decir a gritos: 'Deteneos, bárbaros'; pero me
faltó la voz, y habría sido inútil. Mientras azotaban a usted, yo me decía:
'¿Cómo es posible que se encuentren en Lisboa el amable Cándido y el sabio
Pangloss, uno para recibir doscientos azotes y el otro para ser ahorcado por
orden del ilustrísimo señor inquisidor que tanto me ama? ¡Qué cruelmente me
engañaba Pangloss cuando me decía que todo es perfecto en el mundo!'
"Agitada, desesperada, fuera de mí unas veces y
muriéndome otras de pesar, pensaba en la matanza de mi padre, mi madre y mi
hermano, en la insolencia de aquel soez soldado búlgaro que me dio una
cuchillada, en mi oficio de lavandera y cocinera, en mi capitán búlgaro, en mi
ruin don Isacar, en mi abominable inquisidor, en el ahorcamiento del doctor
Pangloss, en ese gran miserere con salmodias durante el cual le dieron a usted
doscientos azotes y sobre todo en el beso que di a usted detrás del biombo la
última vez que nos vimos. Agradecí a Dios que nos volvía a reunir por medio de
tantas pruebas, y encargué a mi criada vieja que cuidara de usted y me le
trajera cuando fuese posible. Ha desempeñado muy bien mi encargo y he disfrutado
el imponderable gusto de ver a usted nuevamente, de oírle, de hablarle. Debe de
tener un hambre devoradora; yo también tengo apetito; empecemos por cenar."
Sentáronse, pues, ambos a la mesa, y después de cenar
volvieron al hermoso canapé de que ya he hablado. Sobre él estaban, cuando llegó
el signor don Isacar, uno de los amos de casa; que era sábado y venía a gozar de
sus derechos y a explicar su tierno amor.
Capítulo IX
Qué fue de Cunegunda, de Cándido, del Gran Inquisidor y de un judío
Isacar era el hebreo más colérico que se haya visto en
Israel desde la cautividad de Babilonia.
-¿Qué es esto -dijo- perra galilea? ¿Conque no te basta
con el señor inquisidor? ¿También ese pícaro debe compartirte?
Al decir esto saca un largo puñal que siempre llevaba
en el cinto, y creyendo que su contrario no traía armas, se lanza sobre él. Pero
la vieja había dado a nuestro buen westfaliano una espada con el vestido
completo de que hablamos; la desenvainó Cándido, a pesar de su mansedumbre, y
mató al israelita, que cayó a los pies de la bella Cunegunda.
-¡Virgen Santísima! -exclamó ésta-; ¿qué será de
nosotros? ¡Un hombre muerto en mi casa! Si viene la justicia, estamos perdidos.
-Si no hubieran ahorcado a Pangloss -dijo Cándido-, él
nos daría un consejo en este apuro, porque era gran filósofo, pero, a falta de
Pangloss, consultemos a la vieja.
Era ésta muy discreta, y empezaba a dar su parecer,
cuando abrieron otra puertecilla. Era la una de la madrugada; había ya
principiado el domingo, día que pertenecía al gran inquisidor. Al entrar éste ve
al azotado Cándido con la espada en la mano, un muerto en el suelo, Cunegunda
asustada y la vieja dando consejos.
En este instante se le ocurrieron a Cándido las
siguientes ideas y discurrió así: "Si pido auxilio, este santo varón me hará
quemar infaliblemente, y otro tanto podrá hacer a Cunegunda; me ha hecho azotar
sin misericordia, es mi rival y yo estoy en vena de matar: no hay que
detenerse". Este discurso fue tan bien hilado como pronto, y sin dar tiempo a
que se recobrase el inquisidor de su sorpresa, lo atravesó de parte a parte de
una estocada, y lo dejó tendido junto al israelita.
-Buena la tenemos -dijo Cunegunda-; ya no hay remisión:
estamos excomulgados y ha llegado nuestra última hora. ¿Cómo ha hecho usted,
siendo de tan mansa condición, para matar en dos minutos a un prelado y a un
judío?
-Hermosa señorita -respondió Cándido- cuando uno está
enamorado, celoso y azotado por la Inquisición, no sabe lo que hace.
Rompió entonces la vieja el silencio, y dijo:
-En la caballeriza hay tres caballos andaluces con sus
sillas y frenos; ensíllelos el esforzado Cándido; esta señora tiene doblones y
diamantes, montemos a caballo y vamos a Cádiz, aunque yo sólo puedo sentarme
sobre una nalga. El tiempo está hermosísimo y da contento viajar con el fresco
de la noche.
Cándido ensilló volando los tres caballos, y Cunegunda,
él y la vieja anduvieron dieciséis leguas sin parar. Mientras iban andando, vino
a la casa de Cunegunda la Santa Hermandad, enterraron a Su Ilustrísima en una
suntuosa iglesia y a Isacar lo tiraron a un muladar.
Ya estaban Cándido, Cunegunda y la vieja en la aldea de
Aracena, en mitad de los montes de Sierra Morena, y decían lo que sigue en un
mesón.
Capítulo X
De la triste situación en que Cándido, Cunegunda
y la vieja llegaron a Cádiz y de cómo se embarcaron para América
-¿Quién me habrá robado mis doblones y mis diamantes?
-decía llorando Cunegunda-; ¿cómo hemos de vivir? ¿Qué hemos de hacer? ¿Dónde he
de hallar inquisidores y judíos que me den otros?
-¡Ay! -dijo la vieja- mucho me sospecho de un reverendo
padre franciscano que ayer durmió en Badajoz en nuestra posada. Líbreme Dios de
hacer juicios temerarios; pero dos veces entró en nuestro cuarto y se fue mucho
antes que nosotros.
-¡Ah! -dijo Cándido- muchas veces me ha probado el buen
Pangloss que los bienes de la tierra son comunes a todos y que cada uno tiene
igual derecho a su posesión. Conforme a estos principios, el franciscano nos
había de haber dejado con qué acabar nuestro camino. ¿Conque nada te queda,
hermosa Cunegunda?
-Ni un maravedí -respondió ésta-.
-¿Y qué haremos? -exclamó Cándido.
-Vendamos uno de los caballos -dijo la vieja-; yo
montaré a la grupa del de la Señorita, aunque sólo puedo tenerme sobre una
nalga, y así llegaremos a Cádiz.
En el mismo mesón había un prior de los benedictinos,
que compró barato el caballo. Cándido, Cunegunda y la vieja atravesaron Lucena,
Chilla, Lebrija, y llegaron por fin a Cádiz, donde estaban equipando una
escuadra para poner en razón a los reverendos padres jesuitas del Paraguay, que
habían excitado a una de sus rancherías de indios contra los reyes de España y
Portugal, cerca de la colonia del Sacramento. Cándido, que había servido en la
tropa búlgara, hizo el ejercicio a la búlgara con tanto donaire, ligereza, maña,
agilidad y desembarazo, ante el general del pequeño ejército, que éste le dio el
mando de una compañía de infantería. Helo, pues, capitán; con esta graduación se
embarcó en compañía de su señorita Cunegunda, de la vieja, de dos criados y de
los dos caballos andaluces que habían pertenecido al Gran Inquisidor de
Portugal.
Durante todo el viaje discurrieron largamente sobre la
filosofía del pobre Pangloss.
-Vamos a otro mundo -decía Cándido- y es en él, sin
duda, donde todo está bien; porque debemos confesar que este nuestro mundo tiene
sus defectillos físicos y morales.
-Te quiero con toda mi alma -decía Cunegunda-; pero
todavía llevo el corazón traspasado con lo que he visto y padecido.
-Todo irá bien -replicó Cándido-; ya el mar de este
nuevo mundo vale más que nuestros mares de Europa; es más tranquilo y los
vientos son más constantes; no cabe duda de que el Nuevo Mundo es el mejor de
los mundos posibles.
-¡Dios lo quiera! -dijo Cunegunda-; pero tan horrendas
catástrofes he sufrido en el mío, que apenas si me queda en el corazón resquicio
de esperanza.
-Ustedes se quejan -les dijo la vieja-; pues sepan que
no han pasado por infortunios como los míos.
Se sonrió Cunegunda del disparate de la buena mujer,
que se alababa de ser más desgraciada que ella.
-¡Ay! -le dijo- a menos que usted haya sido violada por
dos búlgaros, que le hayan dado dos cuchilladas en el vientre, que hayan
demolido dos de sus castillos, que hayan degollado en su presencia a dos padres
y a dos madres y que haya visto a dos de sus amantes azotados en un auto de fe,
no sé cómo pueda ganarme; sin contar que he nacido baronesa con setenta y dos
cuarteles en mi escudo de armas y después he descendido a cocinera.
-Señorita -replicó la vieja- usted no sabe cuál ha sido
mi cuna; y si le enseñara mi trasero, no hablaría del modo que habla y
suspendería su juicio.
Este discurso provocó una gran curiosidad en Cándido y
Cunegunda; la vieja la satisfizo con las palabras siguientes.
Capítulo XI
Historia de la vieja
-No siempre he tenido los ojos legañosos y ribeteados
de escarlata; no siempre la nariz me ha tocado el mentón, ni he sido siempre
fregona. Soy hija del papa Urbano X y de la princesa de Palestrina. Hasta que
tuve catorce años me criaron en un palacio, al cual no hubieran podido servir de
caballeriza todos los castillos de vuestros barones tudescos, y era más rico uno
de mis trajes que todas las magnificencias de la Westfalia. Crecía en gracia, en
talento y beldad, en medio de placeres, respetos y esperanzas, y ya inspiraba
amor. Se formaba mi pecho; pero, ¡qué pecho! Blanco, firme, tallado como el de
la Venus de Médicis; ¡y qué ojos! ¡Qué párpados! ¡Qué negras cejas! ¡Qué llamas
salían de mis pupilas y borraban el centelleo de los astros, según decían los
poetas del barrio! Las doncellas que me desnudaban y me vestían se quedaban
absortas cuando me contemplaban por detrás y por delante, y todos los hombres
hubieran querido estar en su lugar.
"Se celebraron mis desposorios con un príncipe soberano
de Masa Carrara. Dios mío, ¡qué príncipe! Tan hermoso como yo, lleno de dulzura
y atractivos, brillante el ingenio, ardiente de amor: yo lo amaba como quien
quiere por vez primera, con idolatría, con arrebato. Se dispusieron las bodas
con pompa y magnificencia nunca vistas: todo era fiestas, torneos, óperas bufas,
y en toda Italia se hicieron sonetos en mi elogio, de los cuales ni siquiera
hubo uno pasable. Ya rayaba la aurora de mi felicidad, cuando una marquesa
vieja, a quien había cortejado mi príncipe, lo convidó a tomar chocolate con
ella y el desventurado murió al cabo de dos horas, presa de horribles
convulsiones; pero esto es friolera para lo que falta. Mi madre, desesperada,
pero mucho menos afligida que yo, quiso perder de vista por algún tiempo esta
funesta mansión. Teníamos una hacienda muy pingüe en las inmediaciones de Gaeta
y nos embarcamos para este puerto en una galera del país, dorada como el altar
de San Pedro en Roma. He aquí que un pirata de Salé nos da caza y nos aborda;
nuestros soldados se defendieron como buenos soldados del Papa: tiraron las
armas y se hincaron de rodillas, pidiendo al pirata la absolución in articulo
mortis.
"En breve los desnudaron como monos, y lo mismo
hicieron con mi madre, con nuestras doncellas, conmigo. Es portentosa la
presteza con que estos caballeros desnudan a la gente; pero lo que más me
extrañó fue que a todos nos metieron el dedo en un sitio donde nosotras, las
mujeres, no estamos acostumbradas a meter sino cánulas. Me pareció muy rara esta
ceremonia: así juzga de todo el que no ha salido de su país; muy pronto supe que
era para ver si en aquel sitio habíamos escondido algunos diamantes; es una
costumbre establecida de tiempo inmemorial en las naciones civilizadas que
vigilan los mares; los religiosos caballeros de Malta nunca lo omiten cuando
apresan a turcos y a turcas, porque es ley del derecho de gentes que nunca ha
sido derogada.
"No diré si fue cosa dura para una joven princesa que
la llevaran cautiva a Marruecos con su madre; bien pueden ustedes figurarse
cuánto padeceríamos en el navío pirata. Mi madre todavía era muy hermosa;
nuestras camareras, y hasta simples criadas, eran más lindas que cuantas mujeres
pueden hallarse en toda África; yo era un embeleso, la beldad, la gracia misma,
y era doncella; pero no lo fui mucho tiempo, pues el capitán corsario me robó la
flor que estaba destinada al hermoso príncipe de Masa Carrara. Tratábase de un
negro abominable, que creía que me honraba con sus caricias. Sin duda la
princesa de Palestrina y yo debíamos de ser muy robustas cuando resistimos a
todo cuanto pasamos hasta llegar a Marruecos. Pero, ¡adelante!, son cosas tan
comunes, que no merecen mentarse siquiera.
"Cuando llegamos corrían ríos de sangre por Marruecos;
cada uno de los cincuenta hijos del emperador Muley-Ismael tenía su partido, lo
que producía cincuenta guerras civiles de negros contra negros, de negros contra
moros, de moros contra moros, de mulatos contra mulatos, y todo el ámbito del
imperio era una continua carnicería.
"Apenas hubimos desembarcado, acudieron unos negros de
una facción enemiga de la de mi pirata para quitarle el botín. Después del oro y
los diamantes, la cosa de más precio que había éramos nosotras, y presencié un
combate como nunca se ve en nuestros climas europeos, porque los pueblos
septentrionales no tienen la sangre tan ardiente, ni es en ellos la pasión por
las mujeres lo que es entre africanos. Parece que los europeos tienen leche en
las venas; vitriolo, fuego, parece correr por las de los habitantes del monte
Atlante y de los países vecinos. Pelearon con la furia de los leones, los tigres
y las sierpes de la comarca para saber quién había de ser nuestro dueño. Agarró
un moro a mi madre por el brazo derecho, el asistente de mi capitán la retuvo
por el izquierdo; un soldado moro la cogió de una pierna y uno de nuestros
piratas se asía de la otra, y casi todas nuestras doncellas se encontraron en un
momento tiradas por cuatro soldados. Mi capitán se había puesto delante de mí, y
blandiendo la cimitarra daba muerte a cuantos se oponían a su furor. Finalmente,
vi a todas nuestras italianas y a mi madre desgarradas, acribilladas de heridas
y hechas pedazos; mis compañeros cautivos, aquellos que los habían cautivado,
soldados, marineros, negros, moros, blancos, mulatos, y mi capitán por último,
todos murieron, y yo quedé agonizando sobre un montón de cadáveres. Las mismas
escenas se repetían, como es sabido, en un espacio de más de trescientas leguas,
sin que nadie faltase a las cinco oraciones diarias que ordena Mahoma.
"Me zafé con mucho trabajo de tanta multitud de
sangrientos cadáveres amontonados, y llegué arrastrándome al pie de un gran
naranjo que había a orillas de un arroyo; allí caí, rendida del susto, del
cansancio, del horror, de la desesperación y del hambre. Muy pronto mis sentidos
postrados se entregaron a un sueño que más que sosiego era letargo. En este
estado de insensibilidad y flaqueza estaba entre la vida y la muerte, cuando me
sentí comprimida por una cosa que bullía sobre mi cuerpo; y abriendo los ojos vi
a un hombre blanco y de buena traza, que suspirando decía entre dientes:
"-Oh che sciagura d'essere senza cogl...
Capítulo XII
Prosiguen las desgracias de la vieja
"Atónita y alborozada de oír el idioma de mi patria y
no menos sorprendida de las palabras que decía aquel hombre, le respondí que
mayores desgracias había que el desmán de que se lamentaba, informándole en
pocas palabras de los horrores que había sufrido; después de esto volví a
desmayarme. Me llevó a una casa vecina, hizo que me metieran en la cama y me
dieran de comer, me sirvió, me consoló, me halagó, me dijo que no había visto
nunca en su vida criatura más hermosa ni había sentido nunca más que ahora la
falta de aquello que nadie podía devolverle.
"-Nací en Nápoles -me dijo- donde castran todos los
años a dos o tres mil chiquillos; unos se mueren, otros adquieren mejor voz que
las mujeres y otros van a gobernar Estados. Me hicieron esta operación con suma
felicidad, y he sido músico de la capilla de la señora princesa de Palestrina.
"-¡De mi madre! -exclamé.
"-¡De su madre! -exclamó llorando-. ¡Conque es usted
aquella princesita que crié yo hasta que tuvo seis años y daba muestras de ser
tan hermosa como es usted!
"-Ésa misma soy, y mi madre está a cuatrocientos pasos
de aquí, hecha tajadas, bajo un montón de cadáveres...
"Le conté entonces cuanto me había sucedido, y él
también me narró sus aventuras, y me dijo que era ministro plenipotenciario de
una potencia cristiana ante el rey de Marruecos, para firmar un tratado con este
monarca, en virtud del cual se le suministrarían navíos, cañones y pólvora para
ayudarle a exterminar el comercio de los demás cristianos.
"-Ya he terminado mi misión -añadió el honrado eunuco-
y me voy a embarcar a Ceuta, de donde la llevaré a usted a Italia. Ma che
sciagura d'essere senza cogl...
"Dile las gracias vertiendo tiernas lágrimas, y en vez
de llevarme a Italia me condujo a Argel, y me vendió al Dey. Apenas me había
vendido, se manifestó en la ciudad con toda su furia aquella peste que ha dado
la vuelta por África, Europa y Asia. Señorita, usted ha visto temblores de
tierra; pero ¿ha padecido la peste?"
-Nunca -respondió la baronesa.
-Si la hubiera padecido confesaría usted que con ella
no tienen comparación los terremotos. Es muy frecuente en África, y yo la he
padecido. Figúrese usted qué situación para la hija de un papa, de quince años
de edad, que en el espacio de tres meses había sufrido pobreza y esclavitud,
había sido violada casi todos los días, había visto hacer cuatro pedazos a su
madre, había padecido las plagas de la guerra y del hambre y se moría de la
peste en Argel. Verdad es que no morí; pero pereció mi eunuco, el Dey y casi
todo el serrallo.
"Cuando calmó un poco la desolación de esta espantosa
peste, vendieron a los esclavos del Dey. Me compró un mercader que me llevó a
Túnez, donde me vendió a otro mercader, el cual me revendió en Trípoli; de
Trípoli me revendieron en Alejandría, de Alejandría en Esmirna y de Esmirna en
Constantinopla: al cabo vine a parar a manos de un agá de los jenízaros que en
breve recibió orden de ir a defender a Azof contra los rusos, que la tenían
sitiada.
"El agá, hombre muy elegante, llevó consigo a todo su
serrallo, y nos alojó en un fortín sobre la laguna Meótides, guardado por dos
eunucos negros y veinte soldados. Fueron muertos millares de rusos, pero nos
pagaron con creces: entraron en Azof a sangre y fuego y no se perdonó edad ni
sexo; sólo quedó nuestro fortín, que los enemigos quisieron tomar por hambre.
Los veinte jenízaros juraron no rendirse; los apuros del hambre a que se vieron
reducidos los forzaron a comerse a los dos eunucos por no faltar al juramento, y
al cabo de pocos días resolvieron comerse a las mujeres.
"Teníamos un imán, muy piadoso y caritativo, que les
predicó un sermón elocuente, exhortándolos a que no nos mataran del todo.
Cortad, dijo, una nalga a cada una de estas señoras, con la cual os regalaréis a
vuestro paladar; si es menester, les cortaréis la otra dentro de algunos días:
el cielo remunerará obra tan caritativa y recibiréis socorro.
"Como era tan elocuente, los persuadió y nos hicieron
tan horrorosa operación. Nos puso el imán el mismo ungüento que se pone a las
criaturas recién circuncidadas: todas estábamos a punto de morir.
"Apenas habían comido los jenízaros la carne que nos
habían quitado, desembarcaron los rusos en unos barcos chatos, y no se escapó
con vida ni siquiera un jenízaro: los rusos no tuvieron consideración por el
estado en que nos hallábamos. En todas partes se encuentran cirujanos franceses;
uno que era muy hábil nos tomó a su cargo y nos curó, y toda mi vida recordaré
que, así que se cerraron mis llagas, me requirió de amores. Nos exhortó luego a
tener paciencia, afirmándonos que lo mismo había sucedido en otros muchos sitios
y que era ésa la ley de la guerra.
"Luego que pudieron andar mis compañeras, las
condujeron a Moscú, y yo cupe en suerte a un boyardo que me hizo su hortelana y
me daba veinte zurrazos diarios. Al cabo de dos años fue descuartizado este
señor, con una treintena de boyardos, por no sé qué enredo de palacio;
aprovechándome de la ocasión me escapé, atravesé la Rusia entera y serví mucho
tiempo en los mesones, primero de Riga y luego de Rostock, de Vismar, de Lipsia,
de Casel, de Utrech, de Leyden, de La Haya y de Roterdam. Así he envejecido en
el oprobio y la miseria, con no más que la mitad del trasero, siempre
acordándome de que era hija de un papa. Cien veces he querido suicidarme; mas me
sentía con apego a la vida. Acaso esta ridícula flaqueza es una de nuestras
propensiones más funestas; ¿hay mayor necedad que empeñarse en llevar
continuamente encima una carga que siempre anhela uno tirar por tierra;
horrorizarse de su existencia y querer existir, acariciar la serpiente que nos
devora hasta que nos haya comido el corazón?
"En los países a donde me ha llevado mi suerte, y en
los mesones donde he servido, he visto infinita cantidad de personas que
execraban su existencia; pero sólo he visto doce que pusieron fin
voluntariamente a sus cuitas: tres negros, cuatro ingleses, cuatro ginebrinos y
un alemán llamado Robek. Al fin me tomó por criada el judío don Isacar, y me
llevó junto a usted, hermosa señorita, donde sólo he pensado en su felicidad,
interesándome más en sus aventuras que en las mías; y nunca hubiera mentado mis
desgracias si no me hubiera usted picado un poco, y si no fuese costumbre de los
que viajan contar cuentos para matar el tiempo. Señorita, tengo experiencia y sé
lo que es el mundo; vaya usted preguntando a cada pasajero, uno por uno, la
historia de su vida, y mande que me arrojen de cabeza al mar si encuentra uno
solo que no haya maldecido cien veces de la existencia y que no se haya creído
el más desventurado de los mortales."
Capítulo XIII
De cómo Cándido tuvo que separarse de la hermosa Cunegunda y de la vieja
Oída la historia de la vieja, la hermosa Cunegunda la
trató con toda la urbanidad y el decoro que se merecía una persona de tan alta
jerarquía y de tanto mérito, y admitió su propuesta. Rogó a todos los pasajeros
que le contaran sus aventuras, uno después de otro, y Cándido y ella confesaron
que tenía razón la vieja.
-¡Lástima es -decía Cándido- que hayan ahorcado, contra
lo que es práctica, al sabio Pangloss en un auto de fe! Cosas maravillosas nos
diría acerca del mal físico y del mal moral que cubren mares y tierras, y yo me
sentiría con valor para hacerle algunas objeciones.
Mientras contaba cada uno su historia, iba andando el
navío, y al fin llegó a Buenos Aires. Cunegunda, el capitán Cándido y la vieja
se presentaron ante el gobernador don Fernando de Ibarra Figueroa Mascareñas
Lampurdos y Souza, cuya arrogancia era propia de un hombre poseedor de tantos
apellidos. Hablaba a los otros hombres con la más noble altivez, levantando la
nariz y alzando implacablemente la voz, en un tono tan imponente, afectando
ademanes tan orgullosos, que cuantos lo saludaban sentían tentaciones de
abofetearlo. Amaba furiosamente a las mujeres, y Cunegunda le pareció la más
hermosa criatura del mundo. Lo primero que hizo fue preguntar si era mujer del
capitán. Se sobresaltó Cándido del tono con que acompañó esta pregunta y no se
atrevió a decir que fuese su mujer, porque verdaderamente no lo era, ni menos
que fuese su hermana, porque no lo era tampoco, y aunque esta mentira oficiosa
era muy frecuentemente usada por los antiguos y hubiera podido ser de utilidad a
los modernos, el alma de Cándido era demasiado pura para traicionar la verdad.
-Esta señorita -dijo- me ha de favorecer con su mano y suplicamos ambos a su
excelencia que se digne ser nuestro padrino.
Oyendo esto, don Fernando de Ibarra
Figueroa Mascareñas Lampurdos y Souza, se atusó con la izquierda el bigote, rió
amargamente y ordenó al capitán Cándido que fuera a pasar revista a su compañía.
Obedeció éste y se quedó el gobernador a solas con la señorita Cunegunda; le
declaró su amor, previniéndole que al día siguiente sería su esposo por delante
o por detrás de la iglesia, como más placiera a Cunegunda. Le pidió ésta un
cuarto de hora para pensarlo bien, consultarlo con la vieja y resolverse.
La vieja dijo a Cunegunda:
-Señorita, usted tiene setenta y dos cuarteles y ni un
ochavo, y está en su mano ser la mujer del señor más principal de la América
meridional, que tiene unos bigotes estupendos, ¿es del caso mostrar una
fidelidad a toda prueba? Los búlgaros la violaron a usted, un inquisidor y un
judío han disfrutado sus favores; la desdicha da legítimos derechos. Si yo fuera
usted, confieso que no tendría reparo ninguno en casarme con el señor
gobernador, y hacer rico al señor capitán Cándido.
Mientras así hablaba la vieja, con la autoridad que su
prudencia y sus canas le daban, vieron entrar al puerto un barquito que traía un
alcalde y dos alguaciles; y era ésta la causa de su arribo.
No se había equivocado la vieja en sospechar que el
ladrón del dinero y las joyas de Cunegunda, en Badajoz, cuando venía huyendo con
Cándido, era un franciscano de manga ancha. El fraile quiso vender a un joyero
algunas de las piedras preciosas robadas, y éste advirtió que eran las mismas
que él le había vendido al gran inquisidor. El franciscano, antes de que lo
ahorcaran confesó a quién y cómo las había robado y el camino que llevaban
Cándido y Cunegunda. Ya se sabía la fuga de ambos: fueron, pues, en su
seguimiento hasta Cádiz, y sin perder tiempo salió un navío en su demanda. Ya
estaba la embarcación al ancla en el puerto de Buenos Aires, y corrió la voz de
que iba a desembarcar un alcalde del crimen, que venía en busca de los asesinos
del ilustrísimo gran inquisidor. Al punto comprendió la discreta vieja lo que
había que hacer.
-Usted no puede escaparse -dijo a Cunegunda- ni tiene
nada que temer, que no fue usted quien mató a Su Ilustrísima; y fuera de eso, el
gobernador enamorado no consentirá que la maltraten; con que no hay que
afligirse.
Va luego corriendo a Cándido y le dice:
-Escápate, hijo mío, si no quieres que dentro de una
hora te quemen vivo.
No quedaba un momento que perder; pero, ¿cómo se había
de apartar de Cunegunda? ¿Y dónde hallaría asilo?
Capítulo XIV
De cómo recibieron a Cándido y a Cacambo
los jesuitas del Paraguay
Cándido había traído consigo de Cádiz un criado, como
se encuentran muchos en los puertos de mar de España. Era un cuarterón, hijo de
un mestizo de Tucumán, y había sido monaguillo, sacristán, marinero, monje,
comisionista, soldado, lacayo. Se llamaba Cacambo y quería mucho a su amo, porque
su amo era muy bueno. Ensilló en un abrir y cerrar de ojos los dos caballos
andaluces, y dijo a Cándido:
-Vamos, señor, sigamos el consejo de la vieja y
echemos a correr sin mirar siquiera hacia atrás.
Cándido lloraba:
-¡Oh, mi amada
Cunegunda! ¿Conque es fuerza que te abandone cuando iba el señor gobernador a
ser padrino de nuestras bodas? ¿Qué será de mi Cunegunda, que traje de tan
lejos?
-Será lo que Dios quiera -dijo Cacambo-: las mujeres para todo encuentran
salida; Dios las proteja, vámonos.
-¿Adónde me llevas? ¿Adónde vamos? ¿Qué nos
haremos sin Cunegunda? -decía Cándido.
-Voto a Santiago de Compostela -replicó Cacambo-; usted venía con ánimo de pelear contra los jesuitas, pues vamos a
pelear en su favor. Yo sé el camino y le llevaré a usted a su reino; y tendrán
mucha complacencia en poseer un capitán que hace el ejercicio a la búlgara.
Usted hará una fortuna prodigiosa; que cuando no tiene uno lo que ha menester en
un mundo, lo busca en el otro, y es gran satisfacción ver y hacer cosas nuevas.
-¿Conque tú ya has estado en el Paraguay? -le preguntó
Cándido.
-Por cierto -replicó Cacambo-; he sido fámulo en el colegio de la
Asunción y conozco el reino de los padres lo mismo que las calles de Cádiz. Es
un reino admirable. Ya tiene más de trescientas leguas de diámetro, y se divide
en treinta provincias. Los padres son dueños de todo y los pueblos no tienen
nada; es la obra maestra de la razón y la justicia. No sé de nada más divino que
esos padres, que aquí hacen la guerra a los reyes de España y Portugal y los
confiesan en Europa; aquí matan a los españoles y en Madrid les abren el cielo;
vaya, es cosa que me encanta. Vamos a prisa, que va usted a ser el más
afortunado de los hombres. ¡Qué gusto para los padres cuando sepan que les llega
un capitán que sabe el ejercicio búlgaro!
Así que llegaron a la primera barrera, dijo Cacambo a
la guardia avanzada que un capitán quería hablar con el señor comandante.
Avisaron a la gran guardia y un oficial paraguayo fue corriendo a echarse a los
pies del comandante para darle parte de esta nueva. Desarmaron primero a Cándido
y a Cacambo, y les cogieron sus caballos andaluces; los introdujeron luego entre
dos filas de soldados, al cabo de los cuales estaba el comandante, con su
tricornio, la espada ceñida, la sotana remangada, y una alabarda en la mano:
hizo una seña y al punto veinticuatro soldados rodearon a los recién venidos.
Les dijo un sargento que esperasen, porque no les podía hablar el comandante,
habiendo mandado el padre provincial que ningún español abriera la boca como no
fuese en su presencia, ni se detuviera arriba de tres horas en el país.
-¿Y dónde
está el reverendo padre provincial? -dijo Cacambo.
-En la parada, desde que dijo
misa, y no podrán ustedes besarle las espuelas hasta de aquí a tres horas.
-Pero
el señor capitán, que se está muriendo de hambre lo mismo que yo -dijo Cacambo-
no es español: es alemán, y me parece que podríamos almorzar mientras llega Su
Ilustrísima.
En el acto fue el sargento a dar cuenta al
comandante.
-Bendito sea Dios -dijo este señor-; si es alemán, bien podemos
hablar; llévenle a mi enramada.
Llevaron al punto a Cándido a un gabinete de
verdura, ornado de una muy bonita columnata de mármol verde y oro, y de jaulas
con papagayos, picaflores, pájaros-moscas, gallinas de Guinea y otros pájaros
extraños. Los esperaba un excelente almuerzo servido en vajilla de oro y,
mientras los paraguayos comían maíz en escudillas de madera, y en campo raso, al
calor del sol, el reverendo padre comandante entró en la enramada. Era un
hermoso joven, blanco y rosado, las cejas arqueadas, los ojos despiertos,
encarnadas las orejas, rojos los labios, el ademán altivo, pero con una altivez
que no era la de un español ni la de un jesuita. Fueron restituidas a Cándido y
a Cacambo las armas que les habían quitado, y con ellas los dos caballos
andaluces; Cacambo les echó un pienso cerca de la enramada, sin perderlos de
vista, temiendo que le jugaran alguna treta.
Besó Cándido la sotana del comandante y se sentaron
ambos a la mesa.
-¿Conque es usted alemán? -le dijo el jesuita en este idioma.
-Sí, padre reverendísimo -dijo Cándido.
Se miraron uno y otro, al pronunciar estas
palabras, con una sorpresa y una emoción que no podían contener en el pecho.
-¿De
qué país de Alemania es usted? -dijo el jesuita.
-De la sucia provincia de Westfalia -replicó Cándido-; he nacido en el castillo de Thunder-ten-tronckh.
-¡Dios mío! ¿Es posible? -exclamó el comandante.
-¡Qué milagro! -gritaba Cándido.
-¿Es usted? -decía el comandante.
-No puede ser -replicaba Cándido.
Se lanzan uno
sobre otro, se abrazan, derraman un mar de lágrimas. ¿Conque es usted mi
reverendo padre?, ¡usted, el hermano de la hermosa Cunegunda, usted, que fue
muerto por los búlgaros: usted, hijo del señor barón; usted, jesuita en el
Paraguay! Vaya que en este mundo se ven cosas extrañas. ¡Oh Pangloss, Pangloss,
qué júbilo fuera el tuyo si no te hubieran ahorcado!
Hizo retirar el comandante a los esclavos negros y a
los paraguayos, que le escanciaban vino en vasos de cristal de roca y dio mil
veces gracias a Dios y a San Ignacio, estrechando en sus brazos a Cándido,
mientras que por los rostros de ambos corrían las lágrimas.
-Más se enternecerá
usted, se asombrará y perderá el juicio -continuó Cándido-, cuando sepa que la
señorita Cunegunda, su hermana, a quien cree destripada, goza de buena salud.
-¿En dónde?
-Aquí cerca, en casa del señor gobernador de Buenos Aires, y yo he
venido con ella a la guerra.
Cada palabra que en esta larga conversación decían
era un prodigio nuevo: toda su alma la tenían pendiente de la lengua, atenta en
los oídos y brillándoles en los ojos. A fuer de alemanes, estuvieron largo rato
sentados a la mesa, mientras venía el reverendo padre provincial, y el
comandante habló así a su amado Cándido.
Capítulo XV
De cómo Cándido mató al hermano de su
querida Cunegunda
-Toda mi vida recordaré aquel espantoso día en que vi
matar a mi padre y a mi madre y violar a mi hermana. Cuando se retiraron los
búlgaros, nadie pudo dar razón de esta adorable hermana, y echaron en una
carreta a mi madre, a mi padre, y a mí, a dos criados y a tres muchachos
degollados, para enterrarnos en una iglesia de jesuitas que dista dos leguas del
castillo de mi padre. Un jesuita nos roció con agua bendita, que estaba muy
salada; me entraron una gotas en los ojos, y advirtió el padre que hacían mis
párpados un movimiento de contracción: me puso la mano en el corazón, y lo sintió
latir: me socorrieron y al cabo de tres semanas me hallé sano. Ya sabe usted,
querido Cándido, que era yo muy bonito; creció mi hermosura con la edad, de
suerte que el reverendo padre Croust, rector de la casa, me tomó mucho cariño, y
me dio el hábito de novicio: poco después me enviaron a Roma. El padre general
necesitaba una leva de jóvenes jesuitas alemanes. Los soberanos del Paraguay
reciben la menor cantidad posible de jesuitas españoles, y prefieren a los
extranjeros, de quien se tienen por más seguros. El reverendo padre general me
creyó bueno para el cultivo de esta viña, y vinimos juntos un polaco, un tirolés
y yo. Así que llegué, me ordenaron de subdiácono, y me dieron una tenencia: y ya
soy coronel y sacerdote. Las tropas del rey de España serán recibidas con brío,
y yo salgo fiador de que se han de volver excomulgadas y vencidas. La
Providencia le ha traído a usted aquí para secundarnos. Pero, ¿es cierto que mi
querida Cunegunda está muy cerca, en casa del gobernador de Buenos Aires?
Cándido juró que nada era más cierto, y de nuevo se
echaron a llorar.
No se hartaba el barón de abrazar a Cándido, llamándolo
su hermano y su libertador.
-Acaso podremos, querido Cándido -le dijo- entrar
vencedores los dos juntos en Buenos Aires, y recuperar a mi hermana Cunegunda.
-No deseo otra cosa -respondió Cándido- porque me iba a casar con ella y todavía
espero ser su esposo.
-¡Insolente! -replicó el barón-: ¡Pretender casarte con mi
hermana, que tiene setenta y dos cuarteles!, ¡y tienes el descaro de hablarme de
tan temerario pensamiento!
Confuso Cándido al oír estas razones, le respondió:
-Reverendo padre, importan un bledo todos los cuarteles de este mundo; yo he
sacado a la hermana de vuestra reverencia de los brazos de un judío y un
inquisidor; ella me está agradecida y quiere ser mi mujer; el maestro Pangloss
me ha dicho que todos los hombres somos iguales, y Cunegunda ha de ser mía.
-Eso
lo veremos, bribón -dijo el jesuita barón de Thunder-ten-tronckh, desenvainando
la espada y pegándole un planazo en la mejilla. Cándido desenvaina la suya y la
hunde hasta el mango en el vientre del barón jesuita; pero al sacarla humeando
en sangre, se echó a llorar.
-¡Ah, Dios mío -dijo- he quitado la vida a mi antiguo
amo, mi amigo, mi cuñado! Soy el mejor hombre del mundo, y ya llevo muertos tres
hombres, y de estos tres, dos son clérigos.
Acudió Cacambo, que estaba de centinela a la puerta de
la enramada.
-Tenemos que vender caras nuestras vidas -le dijo su amo-; sin duda
van a entrar en la enramada: muramos con las armas en la mano.
Cacambo, sin
inmutarse, cogió la sotana del barón, se la echó a Cándido por encima, le puso
el tricornio del cadáver y lo hizo montar a caballo; todo esto se ejecutó en un
momento.
-Galopemos, señor; creerán que es usted un jesuita que
lleva órdenes, y antes que vengan tras de nosotros habremos ya pasado la
frontera.
Volaba ya al pronunciar estas palabras, gritando en
español:
-¡Sitio, sitio para el reverendo padre coronel!
Capítulo XVI
Qué fue de los dos viajeros con dos
muchachas, dos monos y los salvajes llamados orejones
Ya habían pasado las barreras Cándido y su criado, y
todavía ninguno en el campo sabía la muerte del jesuita tudesco. El vigilante
Cacambo no se había olvidado de hacer buena provisión de pan, chocolate, jamón,
fruta y botas de vino, y así se metieron con sus caballos andaluces en un país
desconocido, donde no descubrieron ningún sendero trillado: al cabo se ofreció a
su vista una hermosa pradera regada de arroyuelos, y nuestros dos caminantes
dejaron pacer sus caballerías. Cacambo propuso a su amo que comiese, dándole con
el consejo el ejemplo.
-¿Cómo quieres -le dijo Cándido- que coma jamón, después
de haber muerto al hijo del señor barón, y viéndome condenado a no mirar nunca
más a la bella Cunegunda? ¿Qué me valdrá alargar mis desventurados años,
debiendo pasarlos lejos de ella, en el remordimiento y la desesperación? ¿Qué
dirá el Diario de Trevoux?
Y mientras hablaba, no dejaba de comer. El sol iba a
ponerse, cuando los dos extraviados caminantes oyen unos blandos quejidos como
de mujeres; pero no sabían si eran de dolor o de alegría: se levantaron, empero,
a toda prisa con el susto y la inquietud que cualquiera cosa infunde en un país
desconocido. Daban estos gritos dos muchachas desnudas que corrían con mucha
ligereza por la pradera, y en su seguimiento iban dos monos mordiéndoles las
nalgas. Se movió Cándido a compasión; había aprendido a tirar con los búlgaros, y
era tan diestro que derribaba una avellana del árbol sin tocar hojas; cogió,
pues, su escopeta madrileña de dos caños, tiró y mató a ambos monos.
-Bendito sea
Dios, querido Cacambo -dijo- que de tamaño peligro he librado a esas dos pobres
criaturas; si cometí un pecado en matar a un inquisidor y a un jesuita, ya he
satisfecho a Dios librando de la muerte a dos muchachas, que acaso son dos
señoritas de gran condición; y esta aventura no puede menos de granjearnos mucho
provecho en el país.
Iba a decir más, pero se le heló la sangre y el habla
cuando vio que las dos muchachas abrazaban amorosamente a los monos, inundaban
de llanto los cadáveres y henchían el viento con los más dolientes gritos.
-No
esperaba yo tanta bondad -dijo a Cacambo- el cual replicó:
-Buena la hemos hecho,
señor. Los que usted ha matado eran los amantes de estas dos señoritas
-¡Amantes!
¿Cómo es posible? Cacambo, tú te estás burlando. ¿Cómo quieres que te crea?
-Amado señor -replicó Cacambo- usted de todo se asombra. ¿Por qué extraña tanto
que en algunos países sean los monos favorecidos de las damas, si son
cuarterones de hombre, lo mismo que yo soy cuarterón de español?
-¡Ah! -repuso
Cándido- bien me acuerdo haber oído decir a mi maestro Pangloss que antiguamente
sucedían esos casos, y que de estas mezclas procedieron los egipanes, los
faunos, los sátiros que vieron muchos principales personajes de la antigüedad;
pero yo lo tenía por fábulas.
-Ya puede usted convencerse ahora -dijo Cacambo- de
que son verdades, y ya ve cómo procede la gente que no ha tenido cierta
educación; lo que me temo es que estas damas nos metan en algún atolladero.
Persuadido Cándido por tan sólidas reflexiones, se
desvió de la pradera y se metió en una selva donde cenó con Cacambo; y después
que hubieron ambos echado sendas maldiciones al inquisidor de Portugal, al
gobernador de Buenos Aires y al barón, se quedaron dormidos sobre la hierba. Al
despertar sintieron que no se podían mover y era la causa que, por la noche, los
orejones, moradores del país, a quienes los habían denunciado las dos damas, los
habían atado con cuerdas hechas de cortezas de árboles. Los cercaban unos
cincuenta orejones desnudos y armados con flechas, mazas y hachas de pedernal:
unos hacían hervir un grandísimo caldero, otros aguzaban asadores, y todos
clamaban:
-Un jesuita, un jesuita; ahora nos vengaremos y nos regalaremos; a
comer jesuita, a comer jesuita.
-Bien se lo había dicho a usted -dijo con triste voz Cacambo- que las muchachas aquellas nos jugarían una mala pasada.
Cándido,
mirando los asadores y el caldero, dijo:
-Sin duda que van a cocernos o asarnos.
¡Ah! ¿Qué diría el doctor Pangloss si viera lo que es la pura naturaleza? Todo
está bien, enhorabuena; pero confesemos que es muy triste haber perdido a la
señorita Cunegunda y ser ensartado en un asador por los orejones.
Cacambo, que nunca se alteraba por nada, dijo al
desconsolado Cándido:
-No se aflija usted, que yo entiendo algo la jerga de
estos pueblos y les voy a hablar.
-No dejes de recordarles -dijo Cándido- que es una
atroz inhumanidad cocer a la gente en agua hirviendo, y muy poco cristiano.
-Señores -dijo alzando la voz Cacambo-: ustedes piensan
que se van a comer a un jesuita, y fuera muy bien hecho, que no hay cosa más
conforme a la justicia que tratar así a sus enemigos. Efectivamente, el derecho
natural enseña a matar al prójimo, y así es costumbre en todo el mundo: nosotros
no ejercitamos el derecho de comérnoslo porque tenemos otros manjares con que
regalarnos; pero ustedes no están en el mismo caso, y más vale comerse a sus
enemigos que abandonar a los cuervos y a las cornejas el fruto de la victoria:
Mas ustedes, señores, no se querrán comer a sus amigos. Ustedes creen que van a
ensartar a un jesuita en el asador, pero asarán al defensor de ustedes, al
enemigo de sus enemigos. Yo he nacido en vuestro mismo país, este señor que
estáis viendo es mi amo, y lejos de ser jesuita, acaba de matar a un jesuita y
se ha traído los despojos: éste es el motivo de vuestro error. Para verificar lo
que os digo, coged su sotana, llevadla a la primera barrera del reino de los
Padres, e informaos si es cierto que mi amo ha matado a un jesuita. Poco tiempo
será necesario, y luego nos podéis comer si averiguáis que es mentira; pero si
os he dicho la verdad, harto bien sabéis los principios de derecho público, la
moral y las leyes, para que no seamos absueltos.
Pareció justa la proposición a los orejones, y
comisionaron a dos prohombres para que con la mayor presteza se informaran de la
verdad: los diputados desempeñaron su comisión con mucha sagacidad, y volvieron
con buenas noticias. Desataron, pues, los orejones a los dos presos, les
hicieron mil agasajos, les dieron víveres y los condujeron hasta los confines de
su Estado, gritando muy alegremente:
-No es jesuita, no es jesuita.
No se hartaba Cándido de admirar el motivo por que le
habían puesto en libertad.
-Qué pueblo -decía- qué gente, qué costumbres! Si no
hubiera tenido la fortuna de atravesar de una estocada de parte a parte al
hermano de la señorita Cunegunda, me comían sin remisión. Verdad es que la
naturaleza pura es buena, cuando en vez de comerme me han agasajado tanto estas
gentes desde que supieron que no era yo jesuita.
Capítulo XVII
Llegada de Cándido con su sirviente a El
Dorado y lo que vieron allí
Cuando estuvieron en la frontera de los orejones, dijo Cacambo a Cándido:
-Ya ve usted, que este hemisferio vale tan poco como el otro;
créame, y volvámonos a Europa por el camino más corto.
-¿Cómo volver -respondió
Cándido- y adónde ir? Si me vuelvo a mi país, los ávaros y los búlgaros arrasan
todo a sangre y fuego; si a Portugal, me queman; si nos quedamos en este país,
correremos peligro de que nos asen vivos. Y ¿cómo abandonar esta parte del mundo
donde habita Cunegunda?
-Encaminémonos a Cayena -dijo Cacambo-; allí
encontraremos franceses que andan por todo el mundo y que podrán auxiliarnos.
Acaso Dios tenga misericordia de nosotros.
No era fácil ir a Cayena; bien sabían, poco más o
menos, hacia qué parte se habían de dirigir; pero las montañas, los ríos, los
precipicios, los salteadores y los salvajes eran obstáculos terribles. Los
caballos se murieron de cansancio, las provisiones se acabaron y Cándido y
Cacambo se mantuvieron por espacio de un mes con frutas silvestres. Al cabo
llegaron a orillas de un riachuelo poblado de cocoteros, que les conservaron la
vida y la esperanza. Cacambo, que era de tan buen consejo como la vieja, dijo a
Cándido:
-Ya no podemos ir más tiempo a pie, sobrado hemos
andado; una canoa vacía estoy viendo a la orilla del río, llenémosla de cocos,
metámonos dentro y dejémonos llevar de la corriente; un río va a parar siempre a
algún lugar habitado, y si no vemos cosas gratas, a lo menos veremos cosas
nuevas.
-Vamos allá -dijo Cándido- y encomendémonos a la
Providencia.
Navegaron por espacio de algunas leguas entre riberas,
unas veces amenas, otras áridas, aquí llanas y allá escarpadas. El río iba
continuamente ensanchando, y al cabo se perdió bajo una bóveda de atroces
peñascos que casi llegaban al río. Tuvieron ambos caminantes la osadía de
dejarse arrastrar por las olas debajo de esta bóveda, y el río, que en ese sitio
se estrechaba, los llevó con horroroso estrépito y nunca vista velocidad. Al
cabo de veinticuatro horas vieron de nuevo la luz; pero la canoa se hizo añicos
en los escollos y tuvieron que andar a gatas de uno en otro peñasco una legua
entera; finalmente avistaron un inmenso horizonte cercado de inaccesibles
montañas. Todo el país estaba cultivado, no menos para recrear el gusto que para
satisfacer las necesidades; en todas partes lo útil se unía con lo agradable;
se veían los caminos reales cubiertos, o mejor dicho, ornados de carruajes de
forma elegante y de luciente material, llevando mujeres y hombres de peregrina
hermosura, y tirados rápidamente por grandes carneros encarnados, más ligeros
que los mejores caballos de Andalucía, Tetuán y Mequínez.
-Mejor tierra es ésta -dijo Cándido- que la Westfalia-; y
se apeó con Cacambo en el primer pueblo que halló.
Algunos muchachos de la
aldea, vestidos de tisú de oro hecho pedazos, estaban jugando al tejo a la
entrada del lugar; nuestros dos hombres del viejo mundo se divertían en
mirarlos. Eran los tejos unas piezas redondas muy anchas, amarillas, encarnadas
y verdes, que lanzaban brillo singular: cogieron algunas y eran oro, esmeraldas,
rubíes, de tanto valor, que el de menos precio hubiera sido la más rica joya del
trono del Gran Mongol.
-Estos muchachos -dijo Cacambo- son sin duda los hijos
del rey que están jugando al tejo.
En esto se asomó el maestro de primeras letras del
lugar, y dijo a los muchachos que ya era hora de entrar en la escuela.
-Ése es -dijo Cándido- el preceptor de la familia real.
Los chicos del lugar abandonaron al punto el juego, y
tiraron los tejos y cuanto para divertirse les había servido. Los cogió Cándido,
y acercándose a todo correr al preceptor, se los presentó con mucha humildad,
diciéndole por señas que sus Altezas Reales se habían dejado olvidado aquel oro
y aquellas piedras preciosas. Se echó a reír el maestro, y los tiró al suelo;
miró luego atentamente a Cándido, y siguió su camino.
Los caminantes se dieron prisa en coger el oro, los
rubíes y las esmeraldas.
-¿Dónde estamos? -decía Cándido-; es necesario que los
hijos del rey de este país hayan sido bien educados, pues les enseñan a no hacer
caso del oro ni de las piedras preciosas.
No estaba Cacambo menos atónito que Cándido. Al fin
llegaron a la primera casa del lugar, construida como un palacio de Europa; a la
puerta había agolpada una muchedumbre de gente, de dentro se oía resonar una
música melodiosa, y se respiraba un delicioso olor de manjares. Se arrimó Cacambo
a la puerta y oyó hablar peruano, que era su lengua materna, pues ya sabe todo
el mundo que Cacambo había nacido en Tucumán, en un pueblo donde no se conoce
otro idioma.
-Yo le serviré a usted de intérprete -dijo a Cándido-;
entremos, que éste es un mesón.
Al punto dos mozos y dos criadas del mesón, vestidos de
tela de oro, y los cabellos prendidos con lazos de seda, los convidaron a que se
sentaran a la mesa. Sirvieron en ella cuatro sopas con dos papagayos cada una,
un cóndor cocido que pesaba doscientas libras, dos monos asados, de un sabor muy
delicado, trescientos picaflores en un plato, y seiscientos pájaros-moscas en
otro, exquisitas frutas y pastelería deliciosa, todo en platos de cristal de
roca; los mozos y sirvientas del mesón escanciaban varios licores hechos con
caña de azúcar.
Casi todos los comensales eran mercaderes y cocheros,
de una imponderable urbanidad, que con la discreción más circunspecta hicieron a
Cacambo algunas preguntas y respondieron a las de éste, dejándolo muy satisfecho
con sus respuestas. Cuando se acabó la comida, Cacambo y Cándido creyeron que
pagaban muy bien el gasto tirando en la mesa dos de aquellas grandes piezas de
oro que habían cogido; pero soltaron la carcajada el huésped y la huéspeda, y no
pudieron durante largo rato contener la risa: al fin se serenaron y el huésped
les dijo:
-Bien vemos, señores, que son ustedes extranjeros; y como no estamos
acostumbrados a ver ninguno, ustedes perdonen si nos hemos echado a reír cuando
nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos reales. Sin duda usted
no tiene moneda del país; pero tampoco se necesita para comer aquí, porque todas
las posadas, establecidas para comodidad del comercio, las paga el gobierno.
Aquí han comido ustedes mal, porque están en una pobre aldea; pero en las demás
partes los recibirán como se merecen.
Explicaba Cacambo a Cándido todo cuanto
decía el huésped, y lo escuchaba Cándido con tanto asombro y maravilla como
Cacambo ponía en hablarle. ¿Qué país es éste, decían ambos, ignorado por los
otros de la tierra, donde la naturaleza difiere tanto de la nuestra?
-Probablemente es el país donde todo está bien -añadía Cándido- que alguno ha de
haber de esa especie; y, diga lo que quiera mi maestro Pangloss, muchas veces he
advertido que todo andaba bastante mal en Westfalia.
Capítulo XVIII
Lo que vieron en El Dorado
Cacambo manifestó su curiosidad al huésped, y éste le
dijo:
-Yo soy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblo
tenemos a un anciano retirado de la corte, que es el hombre más docto del reino,
y el más comunicativo.
Dicho esto, llevó a Cacambo a casa del anciano. Cándido,
desempeñando un papel secundario, acompañaba a su criado. Entraron ambos en una
casa sin pompa, porque las puertas no eran más que de plata y los techos de los
aposentos de oro, pero estaban labrados con tan fino gusto, que los más ricos
techos no eran superiores a ellos; la antesala sólo estaba incrustada de rubíes
y esmeraldas, pero el orden con que todo estaba arreglado reparaba esta excesiva
simplicidad.
Recibió el anciano a los dos extranjeros en un sofá de
plumas de picaflor y les ofreció varios licores en vasos de diamante; luego
satisfizo su curiosidad en estos términos:
-Yo tengo ciento sesenta y dos años, y mi difunto
padre, caballerizo del rey, me contó las asombrosas revoluciones del Perú que él
había presenciado. El reino donde estamos es la antigua patria de los Incas, que
cometieron el disparate de abandonarla por ir a sojuzgar parte del mundo, y que
al fin fueron destruidos por los españoles. Más prudentes fueron los príncipes de su familia que
permanecieron en su patria y por consentimiento de la nación dispusieron que no
saliera nunca ningún habitante de nuestro pequeño reino, por lo cual se ha
mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los españoles han tenido una
confusa idea de este país, que han llamado El Dorado , y un inglés, el caballero
Raleigh, llegó aquí hace unos cien años; pero como estamos rodeados de peñascos
inabordables y de precipicios, siempre hemos vivido exentos de la rapacidad de
los europeos, que aman con furor inconcebible los pedruscos y el lodo de nuestra
tierra y que, para apoderarse de ellos hubieran acabado con todos nosotros sin
dejar uno vivo.
Fue larga la conversación, y se trató en ella de la
forma de gobierno, de las costumbres, de las mujeres, de los teatros y de las
artes; finalmente, Cándido, que era muy aficionado a la metafísica, preguntó,
por medio de Cacambo, si tenían religión los moradores.
Se sonrojó un poco el anciano y respondió:
-Pues ¿cómo lo
dudáis? ¿Creéis que tan ingratos somos?
Preguntó Cacambo con mucha humildad qué
religión era la de El Dorado. Otra vez se abochornó el anciano y le replicó:
-¿Acaso puede haber dos religiones? Nuestra religión es la de todo el mundo:
adoramos a Dios noche y día.
-¿Y no adoráis más que un solo Dios? -repuso Cacambo,
sirviendo de intérprete a las dudas de Cándido.
-¡Como si hubiera dos o tres o
cuatro! -dijo el anciano-. ¡Vaya, que las personas de vuestro mundo hacen
preguntas muy raras!
No se hartaba Cándido de preguntar al buen viejo, y quería
saber qué era lo que pedían a Dios en El Dorado.
-No le pedimos nada -dijo el
respetable y buen sabio- y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo
cuanto necesitamos; pero le tributamos sin cesar acción de gracias.
Cándido tuvo
curiosidad de ver a los sacerdotes y preguntó dónde estaban; el venerable
anciano le dijo sonriéndose:
-Amigo mío, aquí todos somos sacerdotes; el rey y
todos los jefes de familia cantan todas las mañanas solemnes cánticos de acción
de gracias, que acompañan cinco o seis músicos.
-¿No tenéis frailes que enseñen,
disputen, gobiernen, enreden y quemen a los que no son de su parecer?
-Menester
sería que estuviéramos locos -respondió el anciano-; aquí todos somos de un mismo
parecer y no entendemos qué significan vuestros frailes.
Estaba Cándido como
extático oyendo estas razones y decía para sí: "Muy distinto país es éste de Westfalia y del castillo del señor barón; si nuestro amigo Pangloss hubiera
visto El Dorado, no diría que el castillo de Thunder-ten-tronckh era lo mejor
que había en la tierra. Es necesario viajar".
Acabada esta larga conversación, hizo el buen anciano
preparar un coche tirado por seis carneros, y dio a los dos caminantes doce de
sus criados para que los llevaran a la corte.
-Perdonad -les dijo- si me priva mi edad de la honra de
acompañaros; pero el rey os agasajará de modo que quedéis gustosos, y sin duda
disculparéis las costumbres del país, si alguna de ellas os desagrada.
Montaron en coche Cándido y Cacambo; los seis carneros
iban volando, y en menos de cuatro horas llegaron al palacio del rey, situado en
un extremo de la capital. La puerta principal tenía doscientos veinte pies de
alto y cien de ancho, y no es dable decir de qué materia era; harto se ve qué
superioridad prodigiosa necesitaba tener sobre esos pedruscos y esa arena que
nosotros llamamos oro y piedras preciosas.
Al apearse Cándido y Cacambo del coche, fueron
recibidos por veinte hermosas doncellas de la guardia real, que los llevaron al
baño y los vistieron con un ropaje de plumón de picaflor; luego los principales
oficiales y oficialas de palacio los condujeron al aposento de Su Majestad,
entre dos filas de mil músicos cada una. Cuando estuvieron cerca de la sala del
trono, preguntó Cacambo a uno de los oficiales principales cómo habían de
saludar a Su Majestad, si hincados de rodillas o arrastrándose por el suelo; si
habían de poner las manos en la cabeza o en el trasero; si habían de lamer el
polvo de la sala; en resumen: cuáles eran las ceremonias.
-La práctica -dijo el
oficial- es dar un abrazo al rey y besarle en ambas mejillas.
Se abalanzaron,
pues, Cándido y Cacambo al cuello de Su Majestad, el cual correspondió con la
mayor afabilidad, y los convidó cortésmente a cenar. Entre tanto les enseñaron
la ciudad, los edificios públicos que escalaban las nubes, las plazas del
mercado, ornadas de mil columnas, las fuentes de agua clara, las de agua rosada,
las de licores de caña, que sin parar corrían en vastas plazas empedradas con
una especie de piedras preciosas que esparcían un olor parecido al del clavo y
la canela. Quiso Cándido ver la sala del crimen y el tribunal, y le dijeron que
no los había, porque ninguno litigaba; se informó si había cárcel y le fue dicho
que no; pero lo que más sorpresa y satisfacción le causó fue el palacio de las
Ciencias, donde vio una galería de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de
física y matemáticas.
Habiendo recorrido aquella tarde como la milésima parte
de la ciudad, los trajeron de vuelta a palacio. Cándido se sentó a la mesa entre
Su Majestad, su criado Cacambo y muchas señoras, y no se puede ponderar la
delicadeza de los manjares, ni los dichos agudos que de boca del monarca se
oían. Cacambo le explicaba a Cándido las frases ingeniosas del rey, y, aunque
traducidas, parecían siempre ingeniosas; de todo cuanto asombraba a Cándido, no
fue esto lo que menos lo asombró.
Un mes estuvieron en este hospicio, y Cándido decía
continuamente a Cacambo:
-Es cierto, amigo mío, que el castillo donde nací no
puede compararse con el país donde estamos; pero la señorita Cunegunda no habita
en él, y sin duda que a ti tampoco te falta en Europa una mujer que quieras. Si
nos quedamos aquí seremos uno de tantos, pero si volvemos a nuestro mundo con
sólo una docena de carneros cargados de piedras de El Dorado, seremos más ricos
que todos los monarcas juntos, no tendremos que temer a los inquisidores, y con
facilidad podremos recobrar a la señorita Cunegunda.
Este razonamiento plació a Cacambo: tal es la manía de
correr mundo, de ser considerado entre los suyos, de hacer alarde de lo que ha
visto uno en sus viajes, que los dos afortunados resolvieron dejar de serlo, y
se despidieron de Su Majestad.
-Cometéis un disparate -les dijo el rey-. Bien sé que mi
país vale poco; mas cuando se halla uno medianamente bien en un lugar debe
quedarse en él. Yo no tengo, por cierto, derecho para detener a los extranjeros,
tiranía tan opuesta a nuestra práctica como a nuestras leyes. Todo hombre es
libre, y os podéis ir cuando queráis; pero es muy ardua empresa salir de este
país: no es posible subir al raudo río por el cual habéis llegado
milagrosamente, y que corre bajo bóvedas de peñascos: las montañas que cercan
mis dominios tienen cuatro mil varas de altura, y son derechas como torres; su
anchura abarca un espacio de diez leguas, y no es posible bajarlas como no sea
despeñándose. Pero si estáis resueltos a iros, voy a dar orden a los intendentes
de máquinas para que hagan una que os transporte con comodidad; y cuando os
hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie os podrá acompañar, porque
tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su recinto, y no son tan
imprudentes que lo quebranten: en cuanto a lo demás, pedidme lo que más os
acomode.
-No pedimos que Vuestra Majestad nos dé otra cosa -dijo Cacambo-
que algunos carneros cargados de víveres, de piedras y barro del país.
Se rió el rey, y dijo:
-No sé qué pasión sienten los europeos por nuestro barro amarillo; pero
llevaos todo el que podáis, y buen provecho os haga.
Inmediatamente dio orden a sus ingenieros de que
hicieran una máquina para izar fuera del reino a estos dos hombres
extraordinarios: tres mil buenos físicos trabajaron en ella, y se concluyó al
cabo de quince días, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del
país. Metieron en la máquina a Cándido y a Cacambo: dos carneros grandes
encarnados tenían puesta la silla y el freno para que montasen en ellos así que
hubiesen pasado los montes, y los seguían otros veinte cargados de víveres,
treinta con preseas de las cosas más curiosas que en el país había y cincuenta
con oro, diamantes y otras piedras preciosas. El rey dio un cariñoso abrazo a
los dos vagabundos. Fue cosa de ver su partida, y el ingenioso modo con que los
izaron a ellos y a sus carneros hasta la cumbre de las montañas. Habiéndolos
dejado en paraje seguro, se despidieron de ellos los físicos, y Cándido no tuvo
otro deseo ni otra idea que ir a presentar sus carneros a la señorita Cunegunda.
-Llevamos -decía- con qué pagar al gobernador de Buenos
Aires, si es dable poner precio a mi Cunegunda; vamos a la isla de Cayena,
embarquémonos y en seguida veremos qué reino podremos comprar.
Capítulo XIX
Lo que les ocurrió en Surinam y de cómo
Cándido conoció a Martín
La primera jornada de nuestros dos caminantes fue
bastante agradable, alentados por la idea de encontrarse posesores de mayores
tesoros que cuantos en Asia, Europa y África se podían reunir. El enamorado
Cándido grabó el nombre de Cunegunda en las cortezas de los árboles. En la
segunda jornada se hundieron en pantanos dos carneros y perecieron con la carga
que llevaban, otros dos se murieron de cansancio algunos días después; luego
perecieron de hambre de siete a ocho en un desierto; de allí a algunos días se
cayeron otros en unos precipicios; por fin, a los cien días de viaje no les
quedaron más que dos carneros. Cándido dijo a Cacambo:
-Ya ves, amigo, qué
deleznables son las riquezas de este mundo; nada hay sólido, como no sea la
virtud y la dicha de ver nuevamente a la señorita Cunegunda.
-Lo confieso así -dijo Cacambo-; pero todavía tenemos dos carneros con más tesoros que cuantos
podrá poseer el rey de España, y desde aquí diviso una ciudad que presumo ha de
ser Surinam, colonia holandesa. Al término de nuestras miserias tocamos y al
principio de nuestra ventura.
En las inmediaciones del pueblo encontraron a un negro
tendido en el suelo, que no tenía más que la mitad de su vestido, esto es, unos
calzoncillos de lienzo azul; al pobre le faltaba la pierna izquierda y la mano
derecha.
-¡Dios mío! -le dijo Cándido- ¿qué haces ahí, amigo, en la terrible
situación en que te veo?
-Estoy aguardando a mi amo el señor de Vanderdendur,
famoso negociante -respondió el negro.
-¿Ha sido, por ventura, el señor Vanderdendur quien tal te ha parado?
-dijo Cándido.
-Sí, señor -respondió el negro-; así es de práctica:
nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al año para que nos vistamos.
Cuando trabajamos en los ingenios de azúcar y nos coge un dedo la piedra del
molino, nos cortan la mano; cuando nos queremos escapar, nos cortan una pierna;
yo me he visto en ambos casos, y a ese precio se come azúcar en Europa. Sin
embargo, cuando mi madre me vendió en la costa de Guinea, por dos escudos
patagones, me dijo: "Hijo mío, da gracias a nuestros fetiches y adóralos sin
cesar para que vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo de
nuestros señores los blancos y de hacer afortunados a tu padre y a tu madre". Yo
no sé, ¡ay!, si los he hecho afortunados; lo que sé es que ellos me han hecho
muy desdichado, y que los perros, los monos y los papagayos lo son mil veces
menos que nosotros. Los fetiches holandeses que me han convertido, dicen que los
blancos y los negros somos hijos de Adán. Yo no soy genealogista: pero si los
predicadores dicen la verdad, todos somos primos hermanos; y no es posible
portarse de un modo más horroroso con sus propios parientes.
-¡Oh, Pangloss! -exclamó Cándido- esta abominación no la
habías adivinado: se acabó, será fuerza que abjure de tu optimismo.
-¿Qué es el
optimismo? -dijo Cacambo.
-¡Ah! -respondió Cándido- es la manía de sustentar que
todo está bien cuando está uno muy mal.
Vertía lágrimas al decirlo, contemplando al negro, y
entró llorando en Surinam.
Lo primero que preguntaron fue si había en el puerto
algún navío que se pudiera fletar a Buenos Aires. El hombre a quien se lo
preguntaron era justamente un patrón español, que se ofreció a negociar
honradamente con ellos, y les dio cita en una hostería, adonde Cándido y Cacambo
lo fueron a esperar con sus carneros.
Cándido, que llevaba siempre el corazón en las manos,
contó todas sus aventuras al español y le confesó que quería raptar a la
señorita Cunegunda.
-Ya me guardaré yo -le respondió aquél- de pasarlos a ustedes
a Buenos Aires, porque sería irremisiblemente ahorcado, y ustedes ni más ni
menos; la hermosa Cunegunda es la favorita de Monseñor.
Este dicho fue una
puñalada en el corazón de Cándido; lloró amargamente, y después de su llanto,
llamando aparte a Cacambo, le dijo:
-Escucha, querido amigo, lo que tienes que
hacer: cada uno de nosotros lleva en el bolsillo uno o dos millones de pesos en
diamantes, y tú eres más astuto que yo; vete a Buenos Aires en busca de
Cunegunda. Si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien mil duros; si no
basta, dale doscientos mil: tú no has muerto a inquisidor ninguno y nadie te
perseguirá. Yo fletaré otro navío y te iré a esperar a Venecia, que es país
libre, donde no hay ni búlgaros, ni ávaros, ni judíos, ni inquisidores que
temer.
Le pareció bien a Cacambo tan prudente determinación. Lo afligía separarse
de un amo tan bueno; pero la satisfacción de servirle pudo más que el
sentimiento de dejarle. Se abrazaron derramando muchas lágrimas, Cándido le
encomendó que no se olvidara de la buena vieja, y Cacambo partió aquel mismo
día; el tal Cacambo era un excelente individuo.
Se detuvo algún tiempo Cándido en Surinam, esperando a
que hubiese otro patrón que lo llevase a Italia con los dos carneros que le
habían quedado. Tomó criados para su servicio, y compró todo cuanto era
necesario para un largo viaje; finalmente, se le presentó el señor Vanderdendur,
armador de una gruesa embarcación.
-¿Cuánto pide usted -le preguntó- por llevarme
directamente a Venecia, con mis criados, mi bagaje y los dos carneros que usted
ve?
El patrón pidió diez mil duros y Cándido se los ofreció sin rebaja.
"Hola,
hola!" dijo entre sí el prudente Vanderdendur. "¿Conque este extranjero da diez
mil duros sin regatear? Menester es que sea muy rico".
Volvió de allí a un rato y dijo que no podía hacer el
viaje por menos de veinte mil.
-Veinte mil le daré a usted -dijo Cándido.
"Toma" dijo en voz baja el mercader, "¿conque da veinte
mil duros con la misma facilidad que diez mil?"
Otra vez volvió, y dijo que no lo podía llevar a
Venecia si no le daba treinta mil duros.
-Pues treinta mil serán -respondió Cándido.
"¡Ah!, ¡ah!", murmuró el holandés; "treinta mil duros
no le cuestan nada a este hombre; sin duda que en los dos carneros lleva
inmensos tesoros; no insistamos más; hagamos que nos pague los treinta mil
duros, y luego veremos".
Vendió Cándido los diamantes, que el más chico valía
más que todo cuanto dinero le había pedido el patrón, y le pagó adelantado.
Estaban ya embarcados los dos carneros, y seguía Cándido de lejos en una lancha
para ir al navío que estaba en la rada; el patrón se aprovecha de la ocasión,
leva anclas y sesga el mar llevando el viento en popa. En breve lo pierde de
vista Cándido, confuso y estupefacto.
-¡Ay! -exclamaba- esta picardía es digna del antiguo
hemisferio.
Se vuelve a la playa anegado en su dolor, y habiendo
perdido lo que bastaba para hacer ricos a veinte monarcas. Fuera de sí, se va a
dar parte al juez holandés, y en el arrebato de su turbación llama muy recio a
la puerta; entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo más de lo que era regular.
Lo primero que hizo el juez fue condenarle a pagar diez mil duros por la bulla
que había metido: le oyó luego con mucha pachorra, le prometió que examinaría el
asunto así que volviera el mercader, y exigió otros diez mil duros por los
derechos de audiencia.
Esta conducta acabó de desesperar a Cándido; y aunque a
la verdad había padecido otras desgracias mil veces más crueles, la calma del
juez y del patrón que le había robado le exaltaron la cólera y le ocasionaron
una negra melancolía. Se presentaba a su mente la maldad humana en toda su
fealdad, y sólo pensamientos tristes revolvía. Por fin, estando dispuesto a
salir para Burdeos un navío francés, y no quedándole carneros cargados de
diamantes que embarcar, ajustó en lo que valía un camarote del navío, y mandó
pregonar en la ciudad que pagaba el viaje, la manutención y daba dos mil duros a
un hombre de bien que le quisiera acompañar, con la condición de que fuese el
más descontento de su suerte y el más desdichado de la provincia.
Se presentó una cáfila tal de pretendientes, que no
hubieran podido caber en una escuadra. Queriendo Cándido escoger los que mejor
educados parecían, señaló hasta unos veinte que le parecieron más sociables, y
todos pretendían que merecían la preferencia. Los reunió en su posada y los
convidó a cenar, poniendo por condición que hiciese cada uno de ellos juramento
de contar con sinceridad su propia historia, y prometiendo escoger al que más
digno de compasión y, a justo título, más descontento de su suerte le pareciese,
y dar a los demás una gratificación. Duró la sesión hasta las cuatro de la
madrugada; y al oír sus aventuras o desventuras se acordaba Cándido de lo que le
había dicho la vieja cuando iban a Buenos Aires y de la apuesta que había hecho
de que no había uno en el navío a quien no hubiesen acontecido gravísimas
desdichas. A cada desgracia que contaban, pensaba en Pangloss y decía: el tal
Pangloss apurado se había de ver para demostrar su sistema: yo quisiera que se
hallase aquí. Es cierto que si todo está bien es en El Dorado, pero no en el
resto del mundo. Finalmente, se determinó en favor de un hombre docto y pobre,
que había trabajado diez años para los libreros de Ámsterdam. Cándido pensó que
no había en el mundo otro oficio más lamentable.
Este sabio, que era hombre de muy buena pasta, había
sido robado por su mujer, aporreado por su hijo, y su hija lo había abandonado
para escaparse con un portugués. Le acababan de quitar un miserable empleo del
cual vivía y lo perseguían los predicadores de Surinam porque lo tachaban de
sociniano. Hase de confesar que los demás eran por lo menos tan desventurados
como él; pero Cándido esperaba que con el sabio se aburriría menos en el viaje.
Todos sus competidores se quejaron de la injusticia manifiesta de Cándido; mas
éste los calmó repartiendo cien duros a cada uno.
Capítulo XX
De lo que sucedió a Cándido y a Martín en
alta mar
Se embarcó, pues, para Burdeos con Cándido, el docto
anciano, cuyo nombre era Martín. Ambos habían visto y habían padecido mucho; y
aun cuando el navío hubiera ido de Surinam al Japón por el cabo de Buena
Esperanza, no les hubiera en todo el viaje faltado materia para discurrir acerca
del mal físico y el mal moral.
Verdad es que Cándido le sacaba muchas ventajas a
Martín, porque éste no tenía cosa ninguna que esperar, y aquél llevaba la
esperanza de ver nuevamente a la señorita Cunegunda y le quedaban oro y
diamantes; de suerte que si bien había perdido cien carneros cargados de las
mayores riquezas de la tierra, y le roía continuamente la bribonada del patrón
holandés, cuando pensaba en lo que aún llevaba en su bolsillo, y hablaba de
Cunegunda, sobre todo después de comer, se inclinaba hacia el sistema de
Pangloss.
-Y usted, señor Martín -le dijo al sabio- ¿qué piensa
de todo esto? ¿Qué opina del mal físico y el mal moral?
-Señor -respondió Martín- los clérigos me han acusado
de ser sociniano; pero la verdad es que soy maniqueo.
-Usted se burla -replicó Cándido- ya no hay maniqueos
en el mundo.
-Pues yo en el mundo estoy -dijo Martín- y no creo en
otra cosa.
-Menester es que tenga usted el diablo en el cuerpo
-repuso Cándido.
-Tanto se mezcla en los asuntos de este mundo -dijo
Martín- que bien puede ser que esté en mi cuerpo lo mismo que en todas partes.
Confieso que cuando tiendo la vista por este globo o glóbulo, se me figura que
Dios lo ha dejado a disposición de un ser maléfico, exceptuando siempre a El
Dorado. Aún no he visto un pueblo que no desee la ruina del pueblo vecino, ni
una familia que no quiera exterminar otra familia. En todas partes los débiles
execran a los poderosos y se postran a sus plantas, y los poderosos los tratan
como rebaños, desollándolos y comiéndoselos. Un millón de asesinos en
regimientos recorren Europa entera, saqueando y matando con disciplina, porque
no saben oficio más honroso; en las ciudades que en apariencia disfrutan paz y
en que florecen las artes, están roídos los hombres de más envidia, inquietudes
y afanes que cuantas plagas padece una ciudad sitiada. Todavía son más crueles
los pesares secretos que las miserias públicas; en resumen: he visto tanto y he
padecido tanto, que soy maniqueo.
-Cosas buenas hay, no obstante -replicó Cándido.
-Podrá ser -decía Martín- mas no las conozco.
En esta disputa estaban cuando se oyeron descargas de
artillería. De uno en otro instante crecía el estruendo y todos se armaron de un
anteojo. Se veían como a distancia de tres millas dos navíos que combatían, y los
trajo el viento tan cerca del navío francés a uno y a otro, que tuvieron el
gusto de mirar el combate muy a su sabor. Al cabo uno de los navíos descargó una
andanada con tanto tino y acierto, y tan a flor de agua, que echó a pique a su
contrario. Martín y Cándido distinguieron con mucha claridad la cubierta de la
nave donde zozobraban unos cien hombres; todos alzaban las manos al cielo dando
espantosos gritos; al momento fueron tragados por el mar.
-Vea usted -dijo Martín- pues así se tratan los hombres
unos a otros.
-Verdad es -dijo Cándido- que anda aquí la mano del
diablo.
Diciendo esto advirtió algo de un encarnado muy subido,
que nadaba junto al navío; echaron la lancha para ver qué era, y resultó ser uno
de sus carneros. Más se alegró Cándido por haber recobrado este carnero, que lo
que había sentido la pérdida de los otros cien cargados con gruesos diamantes de
El Dorado.
En breve reconoció el capitán del navío francés que el
del navío sumergidor era español, y el del navío sumergido un pirata holandés,
el mismo que había robado a Cándido. Con el pirata se hundieron en el mar las
inmensas riquezas de que se había apoderado el infame y sólo se libertó un
carnero.
-Ya ve usted -dijo Cándido a Martín- que a veces llevan
los delitos su merecido: este pícaro holandés ha sufrido una pena digna de sus
maldades.
-Está bien -dijo Martín- mas ¿por qué han muerto los
pasajeros que venían en su navío?; Dios ha castigado al malo y el diablo ha
ahogado a los buenos.
Seguían en tanto su ruta el navío francés y el español,
y Cándido continuaba sus conversaciones con Martín. Quince días sin parar
disputaron, y tan adelantados estaban el último día como el primero; pero
hablaban, se comunicaban sus ideas y se consolaban. Cándido, pasando la mano por
el lomo a su carnero, le decía:
-Si he podido hallarte a ti, también podré hallar a
Cunegunda.
Capítulo XXI
De la plática que sostuvieron Cándido y
Martín al acercarse a las costas de Francia
Se avistaron al fin las costas de Francia.
-¿Ha estado usted en Francia, señor Martín? -dijo
Cándido.
-Sí, señor -respondió Martín- y he recorrido muchas
provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, en otras, demasiado
astutos; en éstas, bastante buenazos y bastante tontos; en aquéllas se dan de
inteligentes. En todas la ocupación principal es el amor, murmurar la segunda,
decir majaderías la tercera.
-¿Y conoce usted París, señor Martín?
-Conozco París; allí hay de todas clases, es un caos,
un gentío donde todos anhelan placeres y casi nadie los halla, a lo menos según
me ha parecido. Estuve poco tiempo; al llegar me robaron cuanto traía unos
rateros en la feria de San Germán; luego me tomaron a mí por ladrón y me
tuvieron ocho días en la cárcel, y al salir libre entré como corrector en una
imprenta para ganar con qué volverme a pie a Holanda. He conocido la gentuza
escritora, la gentuza enredadora y la gentuza religiosa. Dicen que hay algunas
personas muy cultas en esa ciudad: quiero creerlo.
-Por mí no tengo ninguna curiosidad por ver Francia -dijo Cándido-;
bien puede usted considerar que quien ha vivido un mes en El Dorado no se
preocupa de ver nada en este mundo, como no sea la señorita Cunegunda. Voy a
esperarla a Venecia y atravesaremos Francia para ir a Italia. ¿Me acompañará
usted?
-Con mil amores -respondió Martín-; dicen que Venecia
sólo es buena para los nobles venecianos, pero que agasajan mucho a los
extranjeros que llevan dinero; yo no lo tengo, pero usted sí, y lo seguiré
adondequiera que fuere.
-Hablando de otra cosa -dijo Cándido- ¿cree usted que
la tierra haya sido antiguamente mar, como lo afirma ese libraco que pertenece
al capitán del buque?
-No, por cierto -replicó Martín- ni tampoco los demás
adefesios que nos quieren hacer tragar de un tiempo a esta parte.
-Pues ¿para qué piensa usted que fue creado el mundo?
-continuó Cándido.
-Para hacernos rabiar -respondió Martín.
-¿No se asombra usted -siguió Cándido- del amor de dos
muchachas del país de los orejones por los dos monos cuya aventura le conté?
-Muy lejos de eso -repuso Martín-; no veo que tenga
nada de extraño esa pasión, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nada me
parece extraordinario.
-¿Cree usted -le dijo Cándido- que en todo tiempo se
hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre hayan sido embusteros,
aleves, pérfidos, ingratos, bribones, flacos, volubles, cobardes, envidiosos,
glotones, borrachos, codiciosos, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores,
disolutos, fanáticos, hipócritas y necios?
-¿Cree usted -replicó Martín- que los milanos6
se hayan siempre engullido las palomas cuando han podido dar con ellas?
-Sin duda -dijo Cándido.
-Pues bien -continuó Martín- si los milanos siempre han
tenido las mismas inclinaciones, ¿por qué quiere usted que las de los hombres
hayan variado?
-¡Oh -dijo Cándido- eso es muy diferente, porque el
libre albedrío!...
Así discurrían cuando arribaron a Burdeos.
Capítulo XXII
De lo que sucedió en Francia a Cándido y
a Martín
No se detuvo Cándido en Burdeos más tiempo que el que
le fue necesario para vender algunos pedruscos de El Dorado y comprar una buena
silla de posta de dos asientos, porque no podía ya vivir sin su filósofo Martín.
Lo único que sintió fue tenerse que separar de la Academia de Ciencias de
Burdeos, la cual propuso por asunto del premio de aquel año determinar por qué
la lana de aquel carnero era encarnada, y se le adjudicó a un sabio del Norte,
que demostró por A más B, menos C dividido por Z, que era forzoso que aquel
carnero fuera encarnado y que se muriera de la morriña.
Cuantos caminantes encontraba Cándido en los mesones le
decían: "Vamos a París". Este general prurito le inspiró al fin deseos de ver esta
capital, con lo cual no se desviaba mucho de Venecia. Entró por el arrabal de
San Marcelo, y creyó que estaba en la más sucia aldea de Westfalia. Apenas llegó
a la posada, le acometió una ligera enfermedad originada por sus fatigas; y como
llevaba al dedo un enorme diamante, y habían advertido en su coche una caja muy
pesada, al punto se le acercaron dos doctores médicos que no había mandado
llamar, varios íntimos amigos que no se apartaban de él, y dos devotas que le
hacían caldos. Decía Martín:
-Bien me acuerdo de haber estado yo malo en París,
cuando mi primer viaje; pero era muy pobre: por eso no tuve amigos, ni devotas,
ni médicos, y sané muy pronto.
A fuerza de sangrías, recetas y médicos, se agravó la
enfermedad de Cándido. Un cura del barrio le ofreció, con mucha dulzura, una
entrada para el otro mundo pagadera al portador. Cándido no la quiso. Las
devotas le aseguraron que era una moda nueva. Cándido respondió que él no era
hombre a la moda. Martín quiso tirar al cura por la ventana. El cura juró que no
se enterraría a Cándido. Martín juró que enterraría al cura si éste continuaba
importunándolos. La pelea subió de tono: Martín tomó al cura por los hombros y
lo echó groseramente; por esto, que causó gran escándalo, se hizo un proceso
verbal. Al fin sanó Cándido, y mientras estaba convaleciente, lo visitaron
muchos sujetos de fino trato, que cenaban con él. Había juego fuerte y Cándido
se asombraba de que nunca le venían buenos naipes; pero Martín no se asombraba.
Entre los que más concurrían a su casa había un abate
que era de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo cuanto les
mandan, serviciales, entremetidos, halagadores, descarados, buenos para todo,
que atisbaban a los forasteros, les cuentan los sucesos más escandalosos de la
ciudad y les ofrecen placeres a cualquier precio. Lo primero que hizo fue llevar
a la Comedia a Martín y a Cándido. Representaban una tragedia nueva, y Cándido
se encontró al lado de unos cuantos hipercríticos, lo cual no le impidió llorar
al ver algunas escenas representadas a la perfección. Uno de los hipercríticos
que junto a él estaban, le dijo en un entreacto:
-Hace usted muy mal en llorar; esa actriz es malísima,
y el que representa con ella es peor actor todavía y peor la tragedia que los
actores; el autor no sabe palabra de árabe, y, sin embargo, la escena ocurre en
Arabia; sin contar con que es hombre que no cree en las ideas innatas; mañana le
traeré a usted veinte folletos contra él.
-Caballero, ¿cuántas composiciones dramáticas tienen
ustedes en Francia? -dijo Cándido al abate; y éste respondió:
-Cinco o seis mil.
-Mucho es -dijo Cándido-; ¿y cuántas buenas hay?
-Quince o dieciséis -replicó el otro.
-Mucho es -dijo Martín.
Salió Cándido muy satisfecho con una cómica que hacía
el papel de la reina Isabel de Inglaterra en una tragedia muy insulsa que
algunas veces se representa.
-Mucho me gusta esta actriz -le dijo a Martín- porque
se parece a la señorita Cunegunda; quisiera saludarla.
El abate le ofreció presentársela. Cándido, educado en
Alemania, preguntó qué ceremonias se estilaban en Francia para tratar con las
reinas de Inglaterra.
-Hay que distinguir -dijo el abate-: en las provincias
las llevan a comer a los mesones, en París las respetan cuando son bonitas y las
tiran al muladar después de muertas.
-¿Al muladar las reinas? -dijo Cándido.
-Verdad es -dijo Martín-; razón tiene el señor abate:
en París estaba yo cuando la señora Mónica pasó, como dicen, a mejor vida, y le
negaron lo que esta gente llama los honores de la sepultura , lo cual significa
podrirse con toda la pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y la
enterraron sola en una esquina de la calle de Borgoña, lo cual le causó, sin
duda, muchísima pesadumbre, porque era de natural muy noble.
-Acción de mala crianza fue, en efecto -dijo Cándido.
-¿Qué quiere usted -dijo Martín- si estas gentes son
así? Imagínese usted todas las contradicciones y todas las incompatibilidades
posibles, y las hallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las
iglesias y en los espectáculos de esta extraña nación.
-¿Y es cierto que en París se ríe la gente de todo?
-Verdad es -dijo el abate-; pero se ríen rabiando; se
lamentan de todo a carcajadas y riéndose se cometen las más detestables
acciones.
-¿Quién es -dijo Cándido- aquel marrano que tan mal
hablaba de la tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto
placer me han dado?
-Un malandrín -respondió el abate- que se gana la vida
hablando mal de todas las composiciones dramáticas y de todos los libros que
salen; que aborrece a todo aquel que es aplaudido, como aborrecen los eunucos a
los que gozan; una sierpe de la literatura, que vive de ponzoña y cieno; un
folletista.
-¿Qué llama usted folletista? -dijo Cándido.
-Un autor de folletos -dijo el abate- un Fréron.
Así discurrían Cándido, Martín y el abate en la
escalera del Coliseo, mientras iba saliendo la gente, concluida la comedia.
-Aunque tengo muchos deseos de ver a la señorita Cunegunda
-dijo Cándido- bien
quisiera cenar con la primera actriz, la señorita Clairon, que me ha parecido un
portento.
No era hombre el abate que tuviese entrada en casa de
la señorita Clairon, que sólo recibía personas de calidad.
-Está ocupada esta noche -respondió-; pero tendré la
honra de llevar a usted a casa de una señora muy distinguida, y conocerá a París
como si hubiera vivido en él cuatro años.
Cándido, que naturalmente era amigo de saber, se dejó
llevar a casa de tal señora, en San Honoré; estaban ocupados los tertulianos en jugar al
faraón, y doce tristes jugadores tenían cada uno en la mano un juego de naipes,
archivo cornudo de sus infortunios. Reinaba un profundo silencio, teñido estaba el
semblante de los jugadores de una macilenta amarillez y se leía la zozobra en el
del banquero; y la señora de la casa, sentada junto al despiadado banquero,
anotaba con ojos de lince todos los párolis y todos los sietelevares con que
doblaba cada jugador sus naipes, haciéndoselos desdoblar con un cuidado muy
escrupuloso, pero con cortesía y sin enfadarse, por temor de perder sus
parroquianos. Se hacía llamar la marquesa de Parolignac; su hija, una muchacha de
quince años, era uno de los jugadores y con un guiñar de ojos advertía a su madre
las trampas de los pobres jugadores, que procuraban enmendar los rigores de la
suerte. Entraron el abate, Cándido y Martín, y nadie se levantó a darles las
buenas noches ni los saludó, ni los miró siquiera; tan ocupados estaban todos en
sus naipes. "Más cortés era la señora baronesa de Thunder-ten-tronckh", pensó
Cándido.
Se acercó en esto el abate al oído de la marquesa, la
cual se levantó a medias de la silla, honró a Cándido con una graciosa sonrisa y
saludó a Martín con aire majestuoso; mandó luego que trajeran a Cándido asiento
y una baraja, y éste perdió cincuenta mil francos en dos tallas. Cenaron luego
con mucha jovialidad, y todos estaban atónitos de que Cándido no sintiese más lo
que perdió. Los lacayos, en su idioma de lacayos, se decían unos a otros:
"Preciso es que sea un noble inglés".
La cena se parecía a casi todas las cenas de París;
primero mucho silencio, luego un estrépito de palabras que no se entendían,
luego chistes, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos razonamientos,
algo de política y mucha murmuración; después hablaron de libros nuevos.
-¿Han
leído ustedes -preguntó el abate- la novela del señor Gauchat, doctor en
teología?
-Sí -respondió uno de los convidados- pero no he podido acabarla.
Tenemos una multitud de obras insulsas, pero todas juntas no llegan a la del
señor Gauchat, doctor en teología; estoy tan hastiado de la inmensidad de
libros malos que nos inundan, que me he dedicado a jugar al faraón.
-¿Y qué me
dice usted de las Misceláneas del arcediano Trublet? -dijo el abate.
-¡Valiente
majadero! -dijo madama de Parolignac-. ¡Con qué minuciosidad dice lo que todo el
mundo sabe! ¡Con qué pesadez discute lo que no merece indicarse someramente!
¡Con qué falta de ingenio se aprovecha del de los demás! Y ¡cómo echa a perder
cuanto toca! ¡Cómo me fatiga! Pero ya nunca volverá a fatigarme. Me basta haber
leído algunas páginas suyas.
Había en la mesa un hombre de fino gusto que asintió a
cuanto decía la marquesa. Pasaron luego a tratar de teatros, y la dueña de casa
preguntó por qué había ciertas tragedias que se representaban con frecuencia y
que nadie podía leer. El hombre de fino gusto explicó con mucha claridad cómo
podía interesar una tragedia que tuviera poquísimo mérito, probando con breves
razones que no bastaba traer por los cabellos una o dos situaciones de aquellas
que tan frecuentes son en las novelas y siempre embelesan a los oyentes, sino
que es menester ser original sin ser extravagante, a menudo sublime y siempre
natural; conocer el corazón humano y saber expresarlo; ser gran poeta, sin que
parezca poeta ninguno de los personajes; saber con perfección su idioma,
hablarlo con pureza y con armonía continua, sin sacrificar nunca el sentido a la
rima. Todo aquel que no observara estas reglas, añadió, podrá componer una o dos
tragedias que sean aplaudidas en el teatro, mas nunca sentará plaza de buen
escritor. Poquísimas tragedias hay buenas: unas son idilios en diálogos bien
escritos y bien versificados; otras, disertaciones de política que infunden
sueño, o amplificaciones que cansan; otras, ensueños de energúmenos en estilo
bárbaro, razones deshilvanadas, apóstrofes interminables a los dioses, porque no
se sabe qué decir a los hombres, falsas máximas y ampulosos lugares comunes.
Escuchaba con mucha atención Cándido este razonamiento
y se formó por él altísima idea del orador; y como la marquesa había tenido la
atención de colocarle a su lado, se tomó la licencia de preguntarle al oído
quién era un hombre que con tanta justedad hablaba.
-Es un docto -dijo la dama-
que nunca juega y que me trae a cenar algunas veces el abate, que entiende
perfectamente de tragedias y libros, y que ha compuesto una tragedia que
silbaron, y un libro del cual un solo ejemplar que me dedicó ha salido de la
tienda de su librero.
-¡Qué varón tan eminente! -dijo Cándido- es otro Pangloss.
Y volviéndose hacia él, le dijo:
-¿Sin duda, caballero, que para usted todo está
perfectamente en el mundo físico y en el moral y nada puede suceder de otra
manera?
-¡Yo, caballero! -le respondió el docto- pienso lo
contrario. Todo me parece que va al revés en nuestro país y que nadie sabe ni
cuál es su estado ni cuál su cargo ni lo que hace, ni lo que debiera hacer, y
que, excepto la cena, que es bastante jovial, y donde la gente está bastante
acorde, todo el resto del tiempo se consume en impertinentes contiendas de
jansenistas con molinistas, de parlamentarios con eclesiásticos, de literatos
con literatos, de Palaciegos con Palaciegos, de financieros con el pueblo, de
mujeres con maridos y de parientes con parientes; es una guerra interminable.
Replicó Cándido:
-Cosas peores he visto yo; pero un sabio que después
tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas son un dechado
de perfecciones; son las sombras de una hermosa pintura.
-Ese ahorcado se reía de la gente -dijo Martín- y esas
sombras son manchas horrorosas.
-Los hombres son los que echan esas manchas -dijo
Cándido- y no pueden menos.
-¿Conque no es culpa de ellos? -replicó Martín.
Bebían en tanto la mayor parte de los jugadores, que no
entendían una palabra de la materia; Martín discurría con el hombre docto y
Cándido contaba parte de sus aventuras al ama de casa.
Después de cenar llevó la marquesa a su gabinete a
Cándido y lo sentó en un canapé.
-¿Conque está usted enamorado perdido de la
señorita Cunegunda, de Thunder-ten-tronckh?
-Sí señora -respondió Cándido.
Le replicó la marquesa con una tierna sonrisa:
-Usted responde como un mozo de Westfalia; un francés me hubiera dicho:
"Verdad es, señora, que he querido a la
señorita Cunegunda; pero cuando la miro a usted me temo no quererla".
-Yo, señora -dijo Cándido- responderé como usted quiera.
-La pasión de usted -dijo la
marquesa- empezó alzando un pañuelo, y yo quiero que usted alce mi liga.
-Con
toda mi alma -dijo Cándido- y la levantó del suelo.
-Ahora quiero que me la
ponga -continuó la dama, y Cándido se la puso.
-Mire usted -repuso la dama- usted
es extranjero; a mis amantes de París los hago yo penar a veces quince días
seguidos, pero a usted me rindo desde la primera noche porque es menester tratar
cortésmente a un buen mozo de Westfalia.
La hermosa había reparado en dos diamantes enormes de
dos sortijas de su joven extranjero, y tanto se los alabó, que de los dedos de
Cándido pasaron a los de la marquesa.
Al volver Cándido a su casa con el abate, sintió
algunos remordimientos por haber cometido una infidelidad a la señorita
Cunegunda, y el señor abate tomó en parte su sentimiento, porque le había cabido
una muy pequeña parte en los diez mil duros perdidos por Cándido en el juego y
en el valor de los dos brillantes medio dados y medio estafados, y era su ánimo
aprovecharse todo cuanto pudiera de lo que el trato de Cándido le podía valer.
Le hablaba sin cesar de Cunegunda, y Cándido le dijo que cuando la viera en
Venecia le pediría perdón de la infidelidad que acababa de cometer.
Cada día estaba el abate más cortés y más atento,
interesándole todo cuanto decía Cándido, todo cuanto hacía y cuanto quería
hacer.
-¿Conque tiene usted una cita en Venecia? -le dijo.
-Sí, señor abate -respondió Cándido-, tengo urgencia de
reunirme con la señorita Cunegunda.
Llevado entonces del gusto de hablar de su amada, le
contó, como era su costumbre, parte de sus venturas con esta ilustre
westfaliana.
-Bien creo -dijo el abate- que esa señorita tiene mucho
talento, y escribe muy bonitas cartas.
-Nunca me ha escrito -dijo Cándido-; figúrese usted que
cuando me echaron del castillo por amor a ella, no le pude escribir; después la
creí muerta, después me la encontré, y la volví a perder, y le he despachado un
mensajero a dos mil y quinientas leguas de aquí, que aguardo con su respuesta.
Lo escuchó con mucha atención el abate, pareció algo
pensativo y se despidió luego de ambos extranjeros, abrazándolos tiernamente. Al
otro día, antes de levantarse de la cama, dieron a Cándido la esquela siguiente:
"Muy señor mío y querido amante: Ocho días hace que estoy mala en esta ciudad, y
acabo de saber que se encuentra usted en ella. Hubiera ido volando a echarme en
sus brazos si me pudiera mover. He sabido que había usted pasado por Burdeos,
donde se ha quedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegarán muy en breve. El
gobernador de Buenos Aires se ha quedado con todo cuanto Cacambo llevaba; pero
el corazón de usted me queda. Venga usted a verme; su presencia me dará la vida
o hará que me muera de placer".
Una carta tan tierna y tan inesperada, puso a Cándido
en una indecible alegría, pero la enfermedad de su amada Cunegunda le traspasaba
de dolor. Fluctuante entre estos dos sentimientos, agarra a puñados el oro y los
diamantes y hace que lo lleven con Martín a la posada donde estaba Cunegunda
alojada; entra temblando, con la ternura latiéndole el corazón y el habla
interrumpida con sollozos; quiere descorrer las cortinas de la cama y manda que
traigan luz.
-No haga usted tal -le dijo la criada- la luz le hace
mal-; y volvió a correr la cortina.
-Amada Cunegunda -dijo llorando Cándido- ¿cómo te
hallas?
-No puede hablar -dijo la criada.
Entonces la enferma sacó fuera de la cama una mano muy
suave que bañó Cándido un largo rato con lágrimas, y que luego llenó de
diamantes, dejando un saco de oro encima del taburete.
En medio de sus arrebatos aparece un alguacil
acompañado del abate y de seis corchetes.
-¿Conque éstos son -dijo- los dos
extranjeros sospechosos?- y mandó de inmediato que los ataran y los llevaran a
la cárcel.
-No tratan de esta manera en El Dorado a los
extranjeros -dijo Cándido.
-Más maniqueo soy que nunca -replicó Martín.
-Pero, señor, ¿adónde nos lleva usted? -dijo Cándido.
-A un calabozo, respondió el alguacil.
Martín, que se había recobrado del primer sobresalto,
sospechó que la señora que se decía Cunegunda era una bribona, el señor abate un
bribón que había abusado de Cándido, y el alguacil otro bribón de quien no era
difícil desprenderse. Por no exponerse a tener que lidiar con la justicia, y con
la impaciencia que tenía de ver a la verdadera Cunegunda, Cándido, por consejo
de Martín, ofreció al alguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno.
-¡Ah!, señor -le dijo el alguacil- aunque hubiere usted cometido todos los
delitos imaginables, sería el hombre más honrado del mundo. ¡Tres diamantes de
tres mil duros cada uno! La vida perdería yo por usted, antes que enviarlo a un
calabozo. Todos los extranjeros son arrestados, pero déjelo de mi cuenta, que yo
tengo un hermano en Dieppe, en la Normandía, y lo llevaré allá, y si tiene usted
algunos diamantes que darle, le tratará como yo.
-¿Y por qué arrestan a todos los
extranjeros? -dijo Cándido.
El abate, tomando entonces la palabra, respondió:
-Porque un miserable andrajoso del país de Atrebacia, que había oído decir
disparates, ha cometido un parricidio, no como el del mes de mayo de 1610,
sino como el del mes de diciembre de 1594, y como otros muchos cometidos otros
años y otros meses por andrajosos que habían oído decir disparates.
Entonces explicó el alguacil lo que había dicho el
abate.
-¡Qué monstruos! -exclamó Cándido-. ¿Cómo se cometen tamañas atrocidades en
un pueblo que canta y baila? ¿Cuándo saldré yo de este país donde los monos
irritan a los tigres? En mi país he visto osos; sólo en El Dorado he visto
hombres. En nombre de Dios, señor alguacil, lléveme usted a Venecia, donde
aguardo a la señorita Cunegunda.
-Donde yo puedo llevar a usted es a Normandía -dijo el cabo de ronda. Le hizo luego quitar los grillos, dijo que se había
equivocado, despidió a sus corchetes, y se llevó a Cándido y a Martín a Dieppe,
entregándolos a su hermano. Había un buque holandés pequeño en la rada, y el
normando, que con el cebo de otros tres diamantes era el más servicial de los
mortales, embarcó a Cándido y a su acompañante en el tal navío, que iba a dar a
la vela para Portsmouth en Inglaterra. No era el camino de Venecia; pero Cándido
creyó que salía del infierno, y estaba resuelto a dirigirse a Venecia cuando se
le presentase la ocasión.
Capítulo XXIII
Llegada de Cándido y Martín a las
costas de Inglaterra. Lo que allí vieron
-¡Ah, Pangloss, Pangloss! ¡Ah, Martín, Martín! ¡Ah, mi
querida Cunegunda! ¡Lo que es este mundo! -decía Cándido en el navío holandés.
-Cosa muy desatinada y muy abominable -respondió
Martín.
-Usted ha estado en Inglaterra: ¿son tan locos como en
Francia?
-Es locura de otra especie -dijo Martín-; ya sabe usted
que ambas naciones están en guerra por algunas aranzadas de nieve en el Canadá,
y por tan discreta guerra gastan mucho más que lo que vale todo el Canadá. Decir
a usted a punto fijo en cuál de los dos países hay más locos de atar, mis cortas
luces no alcanzan; lo que sí sé es que en el país que vamos a ver son locos
atrabiliarios7.
Diciendo esto abordaron Portsmouth; la orilla del mar
estaba cubierta de gente que miraba con atención a un hombre gordo, hincado de
rodillas y vendados los ojos, en la cubierta de uno de los navíos de la escuadra.
Cuatro soldados, apostados frente a él, le tiraron cada uno tres balas en el
cráneo con el mayor sosiego, y toda la asamblea se fue muy satisfecha.
-¿Qué
quiere decir esto? -dijo Cándido-. ¿Qué perverso demonio reina en todas partes?
Preguntó quién era aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta
solemnidad.
-Un almirante -le dijeron.
-¿Y por qué han muerto a ese almirante?
-Porque no ha hecho matar bastante gente; ha dado batalla a un almirante francés
y han considerado que no estaba bastante cerca del enemigo.
-Pues el almirante
francés tan lejos estaba del inglés como éste del francés -replicó Cándido.
-Sin
duda -le dijeron-; pero en esta tierra es conveniente matar de cuando en cuando
a algún almirante para dar más ánimo a los otros.
Tanto se irritó y se asombró
Cándido con lo que oía y veía, que no quiso siquiera poner pie en tierra, y
arregló trato con el patrón holandés, a riesgo de que lo robara como el de
Surinam, para que lo condujera sin más tardanza a Venecia. Al cabo de dos días
estuvo listo el patrón. Bordearon Francia, pasaron a vista de Lisboa y se
estremeció Cándido; desembocaron por el Estrecho y en el Mediterráneo, y finalmente
llegaron a Venecia.
-Bendito sea Dios -dijo Cándido dando un abrazo a Martín- que
aquí veré a la hermosa Cunegunda. Con Cacambo cuento igual que con mí mismo.
Todo está bien, todo va bien, todo va lo mejor posible.
Capítulo XXIV
Que trata de fray Hilarión y de Paquita
Cuando llegó a Venecia, hizo buscar a Cacambo en todas
las posadas, en todos los cafés y en casa de todas las mozas de vida alegre;
pero no le fue posible dar con él. Todos los días iba a informarse de todos los
navíos y barcos y nadie sabía de Cacambo.
-¡Conque he tenido yo tiempo -le decía
a Martín- para pasar de Surinam a Burdeos, para ir de Burdeos a París, de París
a Dieppe, de Dieppe a Portsmouth, para costear Portugal y España, para atravesar
todo el Mediterráneo y pasar algunos meses en Venecia, y aún no ha llegado la
hermosa Cunegunda, y en su lugar he topado con una buscona y un abate! Sin duda
ha muerto Cunegunda y a mí no me queda más remedio que morir. ¡Ah, cuánto más me
hubiera valido quedarme en aquel paraíso terrenal de El Dorado, que volver a
esta maldita Europa! Razón tiene usted, amado Martín, todo es ilusión y
calamidad.
Lo acometió una negra melancolía y no fue ni a la ópera
alla moda, ni a las demás diversiones del carnaval, ni hubo dama que le causara
la más leve tentación. Le dijo Martín:
-Qué sencillo es usted si se figura que un
criado mestizo, que lleva cinco o seis millones en la faltriquera, irá a buscar
a su amada al fin del mundo para traérsela a Venecia; la guardará para sí, si la
encuentra, y, si no, tomará otra; aconsejo a usted que olvide a Cacambo y a
Cunegunda.
Martín no era hombre que daba consuelos. Crecía la
melancolía de Cándido, y Martín no se hartaba de probarle que eran muy raras la
virtud y la felicidad sobre la tierra, excepto acaso en El Dorado, donde nadie
podía entrar.
Sobre esta importante materia disputaban, esperando a
Cunegunda, cuando reparó Cándido en un joven fraile teatino8
que se paseaba por la plaza de San Marcos, llevando del brazo a una moza. El
teatino era robusto, fuerte y de buenos colores, los ojos brillantes, la cabeza
erguida, el continente reposado y el paso sereno; la moza, que era muy linda,
iba cantando y miraba con enamorados ojos a su teatino, y de cuando en cuando le
pellizcaba las mejillas.
-Me confesará a lo menos -dijo Cándido a Martín- que
estos dos son dichosos. Excepto en El Dorado, no he encontrado hasta ahora en el
mundo habitable más que desventurados; pero apuesto a que esa moza y ese fraile
son felicísimas criaturas.
-Yo apuesto a que no -dijo Martín.
-Convidémoslos a comer -dijo Cándido- y veremos si me
equivoco.
Se acercó a ellos, les hizo una reverencia y los convidó
a su posada a comer macarrones, perdices de Lombardía, huevos de sollo, y a
beber vino de Montepulciano, Lacrima Christi , Chipre y Samos. Se sonrojó la
mozuela; aceptó el teatino el convite, y le siguió la muchacha mirando a Cándido
pasmada y confusa, y vertiendo algunas lágrimas. Apenas entró la mozuela en el
aposento de Cándido, le dijo:
-Pues qué, ¿ya no conoce el Cándido a Paquita?
Cándido, que oyó estas palabras, y que hasta entonces no la había mirado con
atención, porque sólo en Cunegunda pensaba, le dijo:
-¡Ah, pobre chica! ¿Conque
tú eres la que puso al doctor Pangloss en el lindo estado en que lo vi?
-¡Ay,
señor!, soy yo en persona -dijo Paquita-; ya veo que está usted informado de
todo. Supe las horribles desgracias que sucedieron a la señora baronesa y a la
hermosa Cunegunda, y le juro a usted que no ha sido menos adversa mi estrella.
Cuando usted me vio era yo una inocente, y un capuchino, que era mi confesor, me
engañó con mucha facilidad; las resultas fueron horribles, y me vi precisada a
salir del castillo, poco después que le echó a usted el señor barón a patadas en
el trasero. Si no hubiera tenido lástima de mí un médico famoso, me hubiera
muerto; por agradecérselo, fui poco después la querida del tal médico, y su
mujer, endiablada de celos, me aporreaba sin misericordia todos los días. Era
ella una furia; él, el más feo de los hombres, y yo, la más desventurada de las
mujeres, aporreada sin cesar por un hombre a quien no podía ver. Bien sabe
usted, señor, los peligros que corre una mujer desapacible que se ha casado con
un médico: aburrido el mío de los rompimientos de cabeza que le daba su mujer,
un día, para curarla de un resfriado, le administró un remedio tan eficaz que
murió en dos horas, presa de horrendas convulsiones. Los parientes de la difunta
formaron causa criminal al doctor, el cual se escapó, y a mí me metieron en la
cárcel; y si no hubiera sido algo bonita, no me hubiera salvado mi inocencia. El
juez me declaró libre, con la condición de ser el sucesor del médico, y muy en
breve me sustituyó por otra; me despidió sin darme un cuarto, y tuve que
proseguir en este abominable oficio que a vosotros los hombres os parece tan
gustoso y que para nosotras es un piélago de desventuras. Vine a ejercitar mi
profesión a Venecia. ¡Ah, señor, si se figurara usted qué cosa tan inaguantable
es halagar sin diferencia al negociante viejo, al letrado, al gondolero y al
abate; estar expuesta a tanto insulto, a tantos malos tratamientos; verse a cada
paso obligada a pedir prestada una falda para hacérsela remangar por un hombre
asqueroso; robada por éste de lo que ha ganado con aquél, estafada por los
alguaciles y sin tener otra perspectiva que una horrible vejez, un hospital y un
muladar, confesaría que soy la más desgraciada criatura de este mundo!
Así descubría Paquita su corazón al buen Cándido, en su
gabinete, en presencia de Martín, quien dijo:
-Ya llevo ganada, como usted ve, la mitad de la
apuesta.
Se había quedado fray Hilarión en el comedor, bebiendo
un trago mientras servían la comida. Cándido le dijo a Paquita:
-Pero si parecías tan alegre y tan contenta cuando te
encontré; si cantabas y halagabas al teatino con tanta naturalidad, que te tuve
por tan feliz, ¿cómo dices que eres desdichada?
-¡Ah, señor -respondió Paquita- ésa es otra de las
lacras de nuestro oficio! Ayer me robó y me aporreó un oficial, y hoy tengo que
fingir que estoy alegre para agradar a un fraile.
No quiso Cándido oír más, y confesó que Martín tenía
razón. Se sentaron luego a la mesa con Paquita y el teatino; fue bastante alegre
la comida, y de sobremesa hablaron con alguna confianza. Le dijo Cándido al
fraile:
-Me parece, padre, que disfruta vuestra reverencia de
una suerte envidiable. En su semblante brilla la salud y la robustez, su
fisonomía indica el bienestar, tiene una muy linda moza para su recreo y me
parece muy satisfecho con su hábito de teatino.
-¡Por Dios santo, caballero -respondió fray Hilarión-
que quisiera que todos los teatinos estuvieran en el fondo del mar y que mil
veces me han dado tentaciones de pegar fuego al convento y de hacerme turco!
Cuando tenía quince años, mis padres, por dejar más caudal a un maldito hermano
mayor (condenado sea), me obligaron a tomar este execrable hábito. El convento
es un nido de celos, de rencillas y de desesperación. Verdad es que por algunas
misiones de cuaresma que he predicado me han dado algunos cuartos, que la mitad
me ha robado el padre guardián; el resto me sirve para mantener mozas; pero
cuando por la noche entro en mi celda me dan ganas de romperme la cabeza contra
las paredes, y lo mismo sucede a todos los demás religiosos.
Volviéndose entonces Martín a Cándido, con su
acostumbrada impasibilidad, le dijo:
-¿Qué tal? ¿He ganado o no la apuesta?
Cándido regaló dos mil duros a Paquita y mil a fray Hilarión.
-Confío -dijo- que
con este dinero serán felices.
-No lo creo -dijo Martín- con esos miles los hará
usted más infelices todavía.
-Sea lo que fuere -dijo Cándido- un consuelo tengo,
y es que a veces encuentra uno gentes que creía no encontrar nunca; y muy bien
podrá suceder que después de haber topado con mi carnero encarnado y con
Paquita, me halle un día de manos a boca con Cunegunda.
-Mucho deseo -dijo
Martín- que sea para la mayor felicidad de usted; pero lo dudo.
-Es usted
escéptico -replicó Cándido.
-Porque he vivido -dijo Martín.
-Pues ¿no ve usted
esos gondoleros -dijo Cándido- que no cesan de cantar?
-Pero no los ve usted en
su casa con sus mujeres y sus chiquillos -repuso Martín-. Sus pesadumbres tiene
el Dux, y los gondoleros las suyas. Verdad es que, pesándolo todo, más feliz
suerte que la del Dux es la del gondolero; pero es tan poca la diferencia, que
no merece la pena de un detenido examen.
-Me han hablado -dijo Cándido- del señor Pococurante, que vive en ese suntuoso palacio situado sobre el Brenta, y que
agasaja mucho a los forasteros, y dicen que es un hombre que nunca ha sabido qué
cosa es tener pesadumbre.
-Mucho me diera por ver un ente tan raro -dijo Martín.
Sin más dilación mandó Cándido a pedir licencia al señor Pococurante9 para
hacerle una visita al día siguiente.
Capítulo XXV
Visita al señor Pococurante, noble
veneciano
Se embarcaron Cándido y Martín en una góndola y fueron
por el Brenta al palacio del noble Pococurante. Los jardines eran amenos y
ornados con hermosas estatuas de mármol, el palacio de una bella arquitectura y
el dueño un hombre como de sesenta años y muy rico. Recibió a los dos curiosos
forasteros con urbanidad, pero sin mucho cumplimiento, cosa que intimidó a
Cándido y no le pareció mal a Martín.
Al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas
sirvieron chocolate: Cándido no pudo menos de elogiar sus gracias y su
hermosura.
-No son malas chicas -dijo el senador-; algunas veces
mando que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las señoras del pueblo, de
sus coqueterías, sus celos, sus contiendas, su mal genio, sus pequeñeces, su
orgullo, sus tonterías, y más aun de los sonetos que tiene uno que hacer o
mandar hacer en elogio suyo; mas con todo ya empiezan a fastidiarme estas
muchachas.
Después de almorzar se fueron a pasear a una espaciosa
galería, y Cándido, asombrado de la hermosura de las pinturas, preguntó de qué
maestro eran las dos primeras.
-Son de Rafael -dijo el senador- y las compré muy caras
por vanidad algunos años ha; dicen que son las más hermosas que tiene Italia,
pero a mí no me gustan; los colores son muy oscuros, las figuras no están bien
perfiladas, ni tienen bastante relieve; los ropajes no se parecen en nada al
paño; y en una palabra, digan lo que quisieran, yo no alcanzo a ver aquí una
feliz imitación de la naturaleza, y no daré mi aprobación a un cuadro hasta que
me parezca ver en él a la propia naturaleza; mas no los hay de esta especie. Yo
tengo muchos, pero ya no los miro.
Pococurante, antes de comer, mandó que dieran un
concierto; la música le pareció deliciosa a Cándido.
-Bien puede este estruendo -dijo Pococurante- divertir media hora, pero cuando dura más, a todo el mundo
cansa, aunque nadie se atreve a confesarlo. La música del día no es otra cosa
que el arte de ejecutar cosas dificultosas, y lo que sólo es difícil no gusta
mucho tiempo. Más me agradaría la ópera, si no hubieran descubierto el secreto
de convertirla en un monstruo que me repugna. Vaya quien quisiere ver malas
tragedias en música, cuyas escenas no paran en más que en traer dos o tres
ridículas coplas donde luce sus gorjeos una cantarina; saboréese otro en oír a
un castrado tararear el papel de César o Catón, pasearse torpemente por las
tablas; yo, por mí, muchos años hace que no veo semejantes majaderías de que
tanto se ufana hoy Italia y que tan caras pagan los soberanos extranjeros.
Cándido contradijo un poco, pero con prudencia, y
Martín fue enteramente del parecer del senador.
Se sentaron a la mesa, y después de una opípara comida
entraron en la biblioteca. Cándido, que vio un Homero magníficamente
encuadernado, alabó mucho el fino gusto de Su Ilustrísima.
-Éste es el libro -dijo- que hacía las delicias de Pangloss, el mejor filósofo de Alemania.
-Pues no
hace las mías -dijo con mucha frialdad Pococurante-; en otro tiempo me hicieron
creer que sentía placer en leerlo, pero esa constante repetición de batallas que
todas son parecidas, esos dioses siempre en acción, y que nunca hacen nada
decisivo; esa Elena, causa de la guerra, y que apenas tiene acción en el poema;
esa Troya siempre sitiada, y nunca tomada; todo esto me causaba fastidio mortal.
Algunas veces he preguntado a varios hombres doctos si les aburría esta lectura
tanto como a mí, y todos los que hablaban sinceramente me han confesado que se
les caía el libro de las manos, pero que era indispensable tenerlo en su
biblioteca como un monumento de la antigüedad o como una medalla enmohecida que
no es materia de comercio.
-No piensa así Su Excelencia de Virgilio -dijo Cándido.
-Convengo -dijo Pococurante- en que el segundo, el cuarto y el sexto libro de su
Eneida son excelentes; mas por lo que hace a su piadoso Eneas, al fuerte Cloanto,
al amigo Acates, al niño Ascanio, al tonto del rey Latino, a la zafia Amata y a
la insulsa Lavinia, creo que no hay cosa más fría ni más desagradable, y más me
gusta el Tasso y los cuentos, para arrullar criaturas, del Ariosto.
-¿Me hará Su Excelencia el gusto de decirme -repuso
Cándido- si no le causa gran placer la lectura de Horacio?
-Máximas hay en él -dijo Pococurante- que pueden ser útiles a un hombre de mundo, y que reducidas a
enérgicos versos se graban con facilidad en la memoria; pero no me interesa su
viaje a Brindis, ni su descripción de una mala comida, ni la disputa, digna de
unos ganapanes, entre no sé qué Pupilo cuyas razones, dice, estaban llenas de
pus, y las de su contrincante llenas de vinagre . He leído con asco sus
groseros versos contra viejas y hechiceras, y no veo qué mérito tiene decir a su
amigo Mecenas que si lo pone en la categoría de los poetas líricos, tocará los
astros con su erguida frente. A los tontos todo les maravilla en un autor
apreciado; pero yo, que leo para mí, sólo apruebo lo que me gusta.
Cándido, que
le habían enseñado a no juzgar nada por sí mismo, estaba muy atónito con todo
cuanto oía, y a Martín le parecía el modo de pensar de Pococurante muy conforme
a la razón.
-¡Ah! Aquí hay un Cicerón -dijo Cándido-; sin duda no se
cansa Su Excelencia de leerlo.
-Nunca lo creo -respondió el veneciano-. ¿Qué me
importa que haya defendido a Rabirio o a Cluencio? Sobrados pleitos tengo yo sin
esos que fallar. Más me hubieran agradado sus obras filosóficas; pero cuando he
visto que de todo dudaba, he inferido que lo mismo sabía yo que él, y que para
ser ignorante no precisaba de nadie.
-¡Hola! ¡Ochenta tomos de la Academia de Ciencias! Algo
bueno podrá haber en ellos -exclamó Martín.
-Sí que lo habría -dijo Pococurante-
si uno de los autores de ese fárrago hubiese inventado siquiera el arte de hacer
alfileres; pero en todos esos libros no se hallan más que sistemas vanos y
ninguna cosa útil.
-¡Cuántas composiciones estoy viendo -dijo Cándido- en
italiano, en castellano y en francés!
-Es verdad -dijo el senador-; de tres mil pasan y no
hay treinta buenas. En cuanto a esas recopilaciones de sermones, que todos
juntos no equivalen a una página de Séneca, estos librotes de teología, ya
presumirán ustedes que no los abro nunca, ni yo ni nadie.
Reparó Martín en unos estantes cargados de libros
ingleses.
-Creo -dijo- que un republicano se complacerá con la mayor parte de
estas obras con tanta libertad escritas.
-Sí -respondió Pococurante- bella cosa
es escribir lo que se siente, que es la prerrogativa del hombre. En nuestra
Italia sólo se escribe lo que no se siente, y los moradores de la patria de los
Césares y los Antoninos no se atreven a concebir una idea sin la venia de un
dominico. Mucho me contentaría la libertad que inspira a los ingenios ingleses,
si no estragaran la pasión y el espíritu de partido cuantas dotes apreciables
aquélla tiene.
Reparando Cándido en un Milton, le preguntó si tenía
por un hombre sublime a este autor.
-¿A quién? -dijo Pococurante-. ¿A ese bárbaro
que en diez libros de duros versos ha hecho un prolijo comentario del Génesis?
¿A ese zafio imitador de los griegos, que desfigura la creación, y mientras que
Moisés pinta al Ser Eterno creando el mundo por su palabra, hace que el Mesías
coja en un armario del cielo un inmenso compás para trazar su obra? ¡Yo estimar
a quien ha echado a perder el infierno y el diablo del Tasso, a quien disfraza a
Lucifer, unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces el
mismo discurso y disputar sobre teología; a quien imitando seriamente la cómica
invención de las armas de fuego de Ariosto, representa a los diablos tirando
cañonazos en el cielo! Ni yo ni nadie en Italia ha podido gustar de todas esas
tristes extravagancias. Las Bodas del pecado y de la muerte , y las culebras que
pare el pecado, hacen vomitar a todo hombre de gusto algo delicado, y su prolija
descripción de un hospital, sólo para un enterrador es buena. Este poema oscuro,
estrambótico y repugnante fue despreciado en su cuna, y yo le trato hoy como le
trataron en su patria sus contemporáneos. Por lo demás, digo lo que pienso sin
curarme de si los demás piensan como yo.
Cándido estaba muy afligido con estas
razones, porque respetaba a Homero y no le desagradaba Milton.
-¡Ay! -dijo en voz
baja a Martín- mucho me temo que profese este hombre un profundo desprecio por
nuestros poetas alemanes.
-Poco inconveniente sería -replicó Martín.
-¡Oh, qué
hombre tan superior -decía entre dientes Cándido- qué genio tan divino este Pococurante! Nada le agrada.
Después de pasar revista a todos los libros, bajaron al
jardín, y Cándido alabó mucho sus preciosidades.
-No hay cosa de peor gusto -dijo Pococurante-; aquí no tenemos otra cosa que fruslerías; bien es verdad que mañana
voy a disponer que planten otro de un estilo más noble.
Se despidieron, en fin, ambos de su excelencia, y al
volverse a su casa, dijo Cándido a Martín:
-Confiese usted que el señor Pococurante es el más
feliz de los humanos, porque es un hombre superior a todo cuanto tiene.
-Pues ¿no considera usted -dijo Martín- que está
aburrido de todo cuanto tiene? Mucho tiempo ha que dijo Platón que no son los
mejores estómagos los que vomitan todos los alimentos.
-Pero ¿no es un gusto -respondió Cándido- criticarlo
todo, y hallar defectos donde los demás sólo perfecciones encuentran?
-Eso es lo mismo -replicó Martín- que decir que da
mucho placer no sentir placer.
-Según eso -dijo Cándido- no hay otro hombre más feliz
que yo cuando vea de nuevo a la señorita Cunegunda.
-Buena cosa es la esperanza -respondió Martín.
Corrían en tanto los días y las semanas, y Cacambo no
aparecía, y estaba Cándido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera notó que
no habían venido a darle las gracias fray Hilarión y Paquita.
Capítulo XXVI
De cómo Cándido y Martín cenaron con
unos extranjeros y quiénes eran éstos
Un día, yendo Cándido y Martín a sentarse a la mesa con
los forasteros alojados en su misma posada, se acercó por detrás al primero uno
que tenía la cara de color de hollín de chimenea, y, agarrándolo del brazo, le
dijo:
-Dispóngase usted a venir con nosotros y no se descuide.
Vuelve Cándido el
rostro y reconoce a Cacambo; sólo la vista de Cacambo podía causarle tanta
extrañeza y contento. Poco le faltó para volverse loco de alegría; y dando mil
abrazos a su caro amigo, le dijo:
-¿Conque sin duda está contigo Cunegunda?
¿Dónde está? Llévame a verla y a morir de gozo a sus plantas.
-Cunegunda no está
aquí -dijo Cacambo-; está en Constantinopla.
-¡Dios mío, en Constantinopla! Pero
aunque estuviera en la China, voy allá volando: vamos.
-Después de cenar nos
iremos -respondió Cacambo-; soy esclavo y me está esperando mi amo, y así es
menester que le vaya a servir a la mesa; no diga usted una palabra; cene y
esté preparado.
Preocupado Cándido de júbilo y sentimiento, gozoso por
haber vuelto a ver a su fiel agente, atónito de verlo esclavo, rebosando de la
alegría de encontrar a su amada, palpitándole el pecho y vacilante su razón, se
sentó a la mesa con Martín, el cual, sin inmutarse, contemplaba todas estas
aventuras, y con otros seis extranjeros que habían venido a pasar el carnaval a
Venecia.
Cacambo, que era el copero de uno de los extranjeros,
arrimándose a su amo, al fin de la comida, le dijo al oído:
-Vuestra Majestad
puede irse cuando quiera: el buque está pronto -y se fue.
Atónitos, los
convidados se miraban sin chistar, cuando llegándose otro sirviente a su amo, le
dijo:
-Señor, el coche de Vuestra Majestad está en Padua y el
barco listo.
El amo hizo una seña, y se fue el criado. Otra vez se
miraron a la cara los convidados y creció el asombro. Arrimándose luego el
tercer criado a otro extranjero, le dijo:
-Señor, créame Vuestra Majestad que no se debe detener
más aquí; yo voy a disponerlo todo -y desapareció.
Entonces no dudaron Cándido ni Martín de que era
mojiganga de carnaval. El cuarto criado dijo al cuarto amo:
-Vuestra Majestad se podrá ir cuando quiera -y se fue
lo mismo que los demás.
Otro tanto dijo el criado quinto al amo; pero el sexto
se explicó de muy diferente modo con el sexto forastero, que estaba al lado de
Cándido, y le dijo:
-A fe, señor, que nadie quiere fiar un ochavo a Vuestra
Majestad, ni a mí tampoco, y que esta misma noche pudiera ser muy bien que nos
metieran en la cárcel, y así voy a ponerme a salvo: quédese con Dios Vuestra
Majestad.
Habiéndose marchado todos los criados, se quedaron en
silencio Cándido, Martín y los seis forasteros. Lo rompió al fin Cándido,
diciendo:
-Cierto, señores, que es donosa la burla; ¿por qué todos ustedes son
reyes? Yo por mí declaro que ni el señor Martín ni yo lo somos.
Respondiendo
entonces con mucha dignidad el amo de Cacambo, dijo en italiano:
-Yo no soy un
bufón; mi nombre es Acmet III; he sido gran sultán por espacio de muchos años;
había destronado a mi hermano, y mi sobrino me ha destronado a mí; a mis visires
les han cortado la cabeza y yo acabo mis días en el viejo serrallo. Mi sobrino,
el gran sultán Mahamud, me da licencia para viajar de cuando en cuando para
restablecer mi salud, y he venido a pasar el carnaval a Venecia.
Después de Acmet habló un mancebo que junto a él
estaba, y dijo:
-Yo me llamo Iván, he sido emperador de Rusia, y
destronado en la cuna. Mi padre y mi madre fueron encarcelados, y a mí me
criaron en una cárcel. Algunas veces me dan licencia para viajar en compañía de
mis guardianes, y he venido a pasar el carnaval a Venecia.
Dijo luego el tercero:
-Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra, habiéndome
cedido mi padre sus derechos a la corona. He peleado por sustentarlos; a
ochocientos partidarios míos les han arrancado el corazón y les han sacudido con
él en la cara: a mí me han tenido preso, y ahora voy a ver al rey mi padre a
Roma, el cual ha sido destronado, así como mi abuelo, y así como yo, y he venido
a pasar el carnaval a Venecia.
Habló entonces el cuarto, y dijo:
-Yo soy rey de los
polacos; la suerte de la guerra me ha privado de mis Estados hereditarios; los
mismos contratiempos ha sufrido mi padre; me resigno a los decretos de la
Providencia, como hacen el sultán Acmet, el emperador Iván, y el rey Carlos
Eduardo, que Dios guarde dilatados años, y he venido a pasar el carnaval a
Venecia.
Dijo después el quinto:
-También yo soy rey de los
polacos, y dos veces he perdido mi reino; pero la Providencia me ha dado otro
Estado, en el cual he hecho más bienes que cuantos han podido hacer en las
riberas del Vístula todos los reyes de la Samarcia juntos; también me resigno a
los designios de la Providencia, y he venido a pasar el carnaval a Venecia.
Habló por último el sexto monarca, y dijo:
-Caballeros, yo no soy tan gran señor como ustedes, mas
al cabo rey he sido como el más pintado; mi nombre es Teodoro; fui electo rey en
Córcega, me llamaban Majestad, y ahora apenas se dignan decirme Monseñor: he
hecho acuñar moneda y no tengo un maravedí; tenía dos secretarios de Estado, y
apenas me queda un lacayo; me he visto en un trono y he estado mucho tiempo en
Londres en una cárcel acostado sobre paja, y recelo que me suceda aquí lo mismo,
aunque he venido, como Vuestras Majestades, a pasar el carnaval a Venecia.
Escucharon con magnánima compasión los otros cinco
monarcas este razonamiento, y dio cada uno veinte cequíes al rey Teodoro para
que comprara vestidos y ropa blanca. Cándido le regaló un brillante de dos mil
cequíes. "¿Quién es este particular" dijeron los cinco reyes "que puede hacer una
dádiva cien veces más cuantiosa que cualquiera de nosotros, y que efectivamente
la hace?"
Al levantarse de la mesa, llegaron a la misma posada
cuatro Altezas Serenísimas, que también habían perdido sus Estados por la suerte
de la guerra, y que venían a pasar el carnaval a Venecia; pero no se informó
siquiera Cándido de las aventuras de los recién venidos, no pensando sino en ir
a buscar a su amada Cunegunda a Constantinopla.
Capítulo XXVII
Del viaje de Cándido a Constantinopla
Ya el fiel Cacambo había concertado con el capitán
turco, que había de llevar a Constantinopla al sultán Acmet, que recibiera a
bordo a Cándido y a Martín, y ambos se embarcaron, habiéndose prosternado el
primero ante su miserable Alteza. Cándido, en el camino, decía a Martín:
-¡Conque
hemos cenado con seis reyes destronados, y, de los seis, a uno he tenido que
darle una limosna! Acaso hay otros muchos príncipes más desgraciados. Yo, a la
verdad, no he perdido más que cien carneros y voy a descansar de mis fatigas en
brazos de Cunegunda. Razón tenía Pangloss, amado Martín, todo está bien.
-Sea enhorabuena -dijo Martín.
-Increíble aventura es, empero -continuó Cándido- la
que en Venecia nos ha sucedido; porque nunca se ha visto ni oído cosa tal: en la
misma posada seis monarcas destronados.
-No es eso más extraordinario -replicó Martín- que
otras muchas cosas que nos han sucedido. Con frecuencia ocurre que un rey sea
destronado; y por lo que respecta a la honra que hemos tenido de cenar con ellos
es una friolera que ni siquiera merece mentarse.
Apenas estaba Cándido en el navío, se arrojó en brazos
de su antiguo criado y amigo Cacambo.
-¿Y qué hace Cunegunda? -le dijo-. ¿Es
todavía un portento de beldad? ¿Me quiere aún? ¿Cómo está? Sin duda que le has
comprado un palacio en Constantinopla.
-Señor mi amo -le respondió Cacambo-
Cunegunda está fregando platos a orillas del Propóntide, en casa de un príncipe
que tiene poquísimos platos, porque es esclava de un antiguo soberano llamado
Ragotski, a quien da el Gran Turco tres duros diarios en un asilo; y lo peor es
que ha perdido su hermosura y que está atrozmente fea.
-¡Ay!, fea o hermosa -dijo
Cándido- yo soy hombre de bien, y mi obligación es quererla siempre. Pero ¿cómo
se puede encontrar en tan miserable estado con el millón de duros que tú le
llevaste?
-Bueno está eso -respondió Cacambo-; ¿pues no tuve que dar doscientos
mil al señor don Fernando de Ibarra Figueroa Mascareñas Lampurdos y Souza,
gobernador de Buenos Aires, para obtener el permiso de traer a Cunegunda? ¿Y no
nos ha robado un pirata todo cuanto nos había quedado? ¿No nos ha conducido
dicho pirata al cabo de Matapán, a Milo, a Nicaria, a Samos, a Petri, a los
Dardanelos, a Mármara y a Escútari? Cunegunda y la vieja están sirviendo al
príncipe y yo soy esclavo del sultán destronado.
-¡Cuán espantosas calamidades! -dijo Cándido-. Sin embargo, aún me quedan algunos diamantes, y con facilidad
rescataré a Cunegunda. ¡Lástima que esté tan fea!
Volviéndose luego a Martín, le
dijo:
-¿Quién piensa usted que es más digno de compasión, el sultán Acmet, el
emperador Iván, el rey Carlos Eduardo o yo?
-No lo sé -dijo Martín- y menester
fuera hallarme dentro del pecho de ustedes para saberlo.
-¡Ah! -dijo Cándido- si
estuviera aquí Pangloss, él lo sabría, y nos lo diría.
-Yo no poseo -respondió
Martín- la balanza con que pesaba ese señor Pangloss las miserias y valuaba las
cuitas humanas; mas presumo que hay en la tierra millones de hombres más dignos
de lástima que el rey Carlos Eduardo, el emperador Iván y el sultán Acmet.
-Bien puede ser -dijo Cándido.
Pocos días después llegaron al canal del Mar Negro.
Cándido rescató a precio muy subido a Cacambo, y sin perder un instante se metió
con sus compañeros en una galera para ir a orillas del Propóntido en demanda de
Cunegunda, por más fea que estuviese.
Había entre la chusma dos galeotes que remaban muy mal,
y a quienes el arráez levantino aplicaba de cuando en cuando sendos latigazos en
las espaldas con el rebenque. Por un movimiento natural los miró Cándido con más
atención que a los demás forzados, arrimándose a ellos con lástima; y en algunos
rasgos de sus caras desfiguradas creyó reconocer cierto parecido con Pangloss y
con el desventurado jesuita, el barón, hermano de Cunegunda. Enternecido y
movido a compasión con esta idea, los contempló con mayor atención, y dijo a
Cacambo:
-Por mi vida que si no hubiera visto ahorcar al maestro Pangloss, y no
hubiera tenido la desgracia de matar al barón, creería que son esos que van
remando en la galera.
Oyendo los nombres del barón y de Pangloss, dieron un
agudo grito ambos galeotes, se pararon en el banco, y dejaron caer los remos. Al
punto se lanzó sobre ellos el arráez, menudeando los latigazos con el rebenque.
-Deténgase, deténgase, señor -exclamó Cándido- que le daré el dinero que me
pidiere.
-¿Conque es Cándido? -decía uno de los forzados.
-¿Conque es Cándido? -repetía el otro.
-¿Es sueño? -decía Cándido-; ¿estoy en esta galera? ¿Estoy
despierto? ¿Es el señor barón a quien yo maté? ¿Es el maestro Pangloss a quien
vi ahorcar?
-Nosotros somos, nosotros somos -respondían a la par.
-¿Conque éste es
aquel insigne filósofo? -decía Martín.
-¡Ah!, señor arráez levantino, ¿cuánto
quiere por el rescate del señor barón de Thunder-ten-tronckh, uno de los
primeros barones del imperio, y del señor Pangloss, el metafísico más profundo
de Alemania?
-Perro cristiano -respondió el arráez- ya que esos dos perros de
galeotes cristianos son barones y metafísicos, lo cual es, sin duda, un cargo
muy alto en su país, me has de dar por ellos cincuenta mil cequíes.
-Yo se los
daré, señor; lléveme de un vuelo a Constantinopla, y al punto será satisfecho;
pero no, lléveme a casa de la señorita Cunegunda.
El arráez, así que oyó la
oferta de Cándido, puso la proa a la ciudad e hizo que remaran con más ligereza
que un pájaro sesga el aire.
Dio Cándido cien abrazos a Pangloss y al barón.
-Pues
¿cómo no he matado a usted, mi amado barón? Y usted, mi amado Pangloss, ¿cómo
está vivo habiendo sido ahorcado? ¿Y por qué están ambos en galeras en Turquía?
-¿Es cierto que mi querida hermana se encuentra en esta tierra?
-dijo el barón.
-Sí, señor -respondió Cacambo.
-Al fin vuelvo a ver a mi querido Cándido -exclamaba Pangloss.
Cándido le presentaba a Martín y a Cacambo: todos se
abrazaban, todos hablaban a la par; bogaba la galera y estaban ya dentro del
puerto. Llamaron a un judío, a quien vendió Cándido por cincuenta mil cequíes un
diamante que valía cien mil, y el judío le juró por Abrahán que no podía dar un
ochavo más. En el acto pagó el rescate del barón y Pangloss: éste se arrojó a
las plantas de su libertador, bañándolas en lágrimas; aquél le dio las gracias
bajando la cabeza, y le prometió pagarle su dinero así que tuviese con qué.
-Pero
¿es posible -decía- que esté en Turquía mi hermana?
-Tan posible -replicó Cacambo-
que está fregando platos en casa de un príncipe de Transilvania.
Llamaron al punto a otros judíos, vendió Cándido otros
diamantes y partieron todos en otra galera para ir a librar a Cunegunda.
Capítulo XXVIII
De lo que sucedió a Cándido,
Cunegunda, Pangloss, Martín, etc.
-Mil perdones pido a usted -dijo Cándido al barón- mil
perdones, padre reverendísimo, de haberlo traspasado de una estocada.
-No
tratemos más de eso -dijo el barón-; yo confieso que me excedí un poco. Pero una
vez que desea usted saber cómo me he visto en galeras, le contaré que después
que me hubo sanado de mi herida el hermano boticario del colegio, me acometió y
me hizo prisionero una partida española, y me pusieron en la cárcel de Buenos
Aires cuando acababa mi hermana de embarcarse para Europa. Pedí que me enviaran
a Roma al padre general, y me nombraron para ir a Constantinopla de capellán de
la embajada de Francia. Hacía apenas ocho días que estaba desempeñando las
obligaciones de mi empleo, cuando encontré una noche a un joven oficial del
sultán,
muy lindo; y como hacía mucho calor quiso el mozo bañarse, y yo también me metí
con él en el baño, no sabiendo que era delito capital en un cristiano que le
hallaran desnudo con un mancebo musulmán. Un cadí me mandó dar cien palos en la
planta de los pies, y me condenó a galeras; y pienso que jamás se ha cometido
injusticia más horrorosa. Ahora querría saber por qué se halla mi hermana de
fregona de un príncipe de Transilvania refugiado en Turquía.
-Y usted, mi amado Pangloss, ¿cómo es posible que lo
vuelva a ver?
-Verdad es -dijo Pangloss- que me viste ahorcar; iban a quemarme,
pero ya te acuerdas que llovía a chaparrones cuando me habían de echar a la
hoguera, y que no fue posible encender el fuego; así que me ahorcaron
sencillamente: y un cirujano, que compró mi cuerpo, me llevó a su casa, y me
disecó; primero me hizo una incisión crucial desde el ombligo hasta la
clavícula. Yo estaba muy mal ahorcado: el ejecutor de las sentencias de la Santa
Inquisición, que era subdiácono, quemaba las personas con la mayor habilidad,
pero no tenía práctica en materia de ahorcar: la soga, que estaba mojada, apretó
poco; en fin, todavía estaba vivo. La incisión crucial me hizo dar un grito tan
desaforado, que el cirujano, atemorizado, se cayó de espaldas; y creyendo que
estaba disecando a Lucifer se escapó muerto de miedo, y volvió a caer escalera
abajo. Al estrépito acudió su mujer de un cuarto inmediato, y viéndome tendido
en la mesa, con la incisión crucial, se asustó más que su marido, y cayó encima
de él. Cuando volvieron en sí, oí que decía la cirujana a su marido: ¿Quién te
metió a disecar a un hereje? ¿Acaso no sabes que todos ellos tienen metido el
diablo en el cuerpo? Me voy corriendo a llamar a un clérigo que lo exorcice.
Asustado con estas palabras junté las pocas fuerzas que me quedaban, y me puse a
gritar: "¡Tengan lástima de mí!" Al fin cobró ánimo el barbero portugués, me dio
unos cuantos puntos en la incisión, su mujer me cuidó y al cabo de quince días
estaba ya bueno. El barbero me acomodó de lacayo de un caballero de Malta que
iba a Venecia; pero, no teniendo mi amo con qué mantenerme, me puse a servir a
un mercader veneciano, y lo acompañé a Constantinopla.
"Se me ocurrió un día la idea de entrar en una mezquita,
donde no había más que un imán viejo y una joven beata muy bonita, que rezaba
sus padrenuestros; tenía descubiertos los pechos y entre las dos tetas un
ramillete muy hermoso de tulipanes, rosas, anémonas, ranúnculos, jacintos y
aurículas. Se le cayó el ramillete, y yo lo cogí, y se lo puse con tanta cortesía
como respeto. Tanto tardaba en ponérselo, que se enfadó el imán; y advirtiendo
que era yo cristiano, llamó gente. Me llevaron a casa del cadí, que me mandó dar
cien varazos en los pies y me envió a galeras, amarrándome justamente en la
misma galera y al mismo banco que el señor barón. En ella había cuatro mozos de
Marsella, cinco clérigos napolitanos, y dos frailes de Corfú, que nos aseguraron
que casi todos los días sucedían aventuras como las nuestras. Pretendía el señor
barón que le habían hecho más injusticia que a mí, y yo defendía que mucho más
permitido era volver a poner un ramillete al pecho de una moza que ser hallado
desnudo con un icoglán; disputábamos continuamente y nos sacudían cien latigazos
al día con la penca, cuando te condujo a nuestra galera la cadena de los sucesos
de este universo, y nos rescataste.
-Y, pues, amado Pangloss -le dijo Cándido-
cuando se vio usted ahorcado, disecado, molido a palos y remando en galeras,
¿pensaba que todo iba perfectamente?
-Siempre me estoy en mis trece -respondió Pangloss-; que al fin soy filósofo, y un filósofo no se ha de desdecir, porque no
se puede engañar Leibniz, aparte que la armonía preestablecida es la cosa más
bella del mundo, no menos que el lleno y la materia sutil.
Capítulo XXIX
De cómo encontró Cándido a Cunegunda y a
la vieja
Mientras se contaban sus aventuras Cándido, el barón,
Pangloss, Martín y Cacambo; mientras discurrían acerca de los sucesos
contingentes o no contingentes de este mundo, disputaban sobre los efectos y las
causas, sobre el mal moral y el físico, sobre la libertad y la necesidad, sobre
los consuelos que puede recibir quien está en galeras en Turquía, llegaron a las
playas de la Propóntida, junto a la morada del príncipe de Transilvania. Lo
primero que se les presentó fue Cunegunda y la vieja, que estaban tendiendo al
sol unas servilletas. Al ver esta escena, se puso amarillo el barón, y el tierno
y enamorado Cándido, contemplando a Cunegunda ennegrecida, los ojos legañosos,
enjutos los pechos, la cara arrugada y los brazos amoratados, retrocedió tres
pasos y luego avanzó con buena crianza. Abrazó Cunegunda a Cándido y a su
hermano, todos abrazaron a la vieja, y Cándido las rescató a ambas.
Había una granjita en las inmediaciones, y propuso la
vieja a Cándido que la comprase, hasta que toda la compañía hallara mejor
acomodo. Cunegunda, que no sabía que estaba fea, no habiéndoselo dicho nadie,
recordó sus promesas a Cándido en tono tan resuelto, que no se atrevió el pobre
a replicar. Declaró, pues, al barón, que se iba a casar con su hermana; pero
éste dijo:
-Nunca consentiré yo semejante vileza de su parte, y
tamaña osadía de la tuya, ni nunca me podrán echar en cara tal ignominia.
¿Conque los hijos de mi hermana no podrán entrar en los cabildos de Alemania?
No, mi hermana no se ha de casar como no sea con un barón del imperio.
Cunegunda se postró a sus plantas y las bañó en llanto;
pero fue en balde.
-¡Insensato y fatuo -le dijo Cándido- te he librado de
galeras, he pagado tu rescate y el de tu hermana, que estaba fregando platos y
que es fea; soy tan bueno que quiero que sea mi mujer, y todavía quieres tú
estorbármelo! Si me dejara llevar de la ira te mataría por segunda vez.
-Otras ciento me puedes matar -respondió el barón- pero
no te has de casar con mi hermana mientras yo viva.
Capítulo XXX
Conclusión
En el fondo de su corazón, no tenía Cándido ganas
ningunas de casarse con Cunegunda; pero la mucha insolencia del barón lo
determinó a acelerar las bodas, sin contar que Cunegunda insistía tanto, que no
las podía dilatar más. Consultó, pues, a Pangloss, a Martín y al fiel Cacambo.
Pangloss compuso una erudita memoria probando que no tenía el barón derecho
ninguno sobre su hermana, y que según todas las leyes del imperio podía
Cunegunda casarse con Cándido dándole la mano izquierda; Martín fue de parecer
de que tiraran al barón al mar, y Cacambo de que lo entregaran al arráez
levantino, el cual lo volvería a poner a remar en la galera; luego lo enviarían
al padre general por la primera embarcación que diese a la vela para Roma.
Pareció bien esta idea; aprobó la vieja, y sin decir palabra a Cunegunda se puso
en ejecución mediante algún dinero, teniendo así la satisfacción de engañar a un
jesuita y escarmentar la vanidad de un barón alemán.
Cosa natural era pensar que después de tantas
desgracias, Cándido, casado con su amada, viviendo en compañía del filósofo
Pangloss, del filósofo Martín, del prudente Cacambo y de la vieja, y habiendo
traído tantos diamantes de la patria de los antiguos Incas, disfrutaría la vida
más feliz; pero tanto lo estafaron los judíos, que no le quedaron más bienes que
su pobre granjita. Su mujer, que cada día era más fea, se hizo desapacible e
inaguantable, y la vieja cayó enferma, y era más regañona todavía que Cunegunda. Cacambo, que cavaba el huerto y llevaba a vender las hortalizas a
Constantinopla, estaba rendido de faena y maldecía su suerte. Pangloss se
desesperaba porque no lucía su saber en alguna Universidad de Alemania; sólo
Martín, firmemente convencido de que en todas partes el hombre se encuentra mal,
llevaba las cosas con paciencia. Algunas veces disputaban Cándido, Martín y
Pangloss sobre metafísica y moral. Por las ventanas de la granjita se veían pasar
con mucha frecuencia barcos cargados de efendis, bajaes y cadíes que iban
desterrados a Lemnos, Mitilene y Erzerum, y llegar otros bajaes y otros efendis,
que ocupaban el lugar de los depuestos y que lo eran ellos luego; y se veían
cabezas rellenas adecuadamente con paja que se llevaban de regalo a la Sublime
Puerta. Estas escenas daban materia a nuevas disertaciones, y cuando no
disputaban se aburrían tanto, que la vieja se aventuró a decirles un día:
-Quisiera yo saber qué es peor, ¿ser violada cien veces
al día por piratas negros, verse cortar una nalga, pasar por baquetas entre los
búlgaros, ser azotado y ahorcado en un auto de fe, ser disecado, remar en
galeras, y finalmente padecer cuantas desventuras hemos pasado, o estar aquí sin
hacer nada?
-Ardua es la cuestión -dijo Cándido.
Suscitó este razonamiento nuevas reflexiones, y coligió
Martín que el destino del hombre era vivir en las convulsiones de la angustia o
en el letargo del tedio; Cándido no se lo concedía, pero no afirmaba nada;
Pangloss confesaba que toda su vida había sido una serie de horrorosos
infortunios; pero como una vez había sustentado que todo estaba perfecto, seguía
sustentándolo sin creerlo. Lo que acabó de cimentar los detestables principios
de Martín, de hacer titubear más que nunca a Cándido y de poner en confusión a
Pangloss, fue que un día vieron llegar a la granjita a Paquita y a fray Hilarión
en la más horrenda miseria. En breve tiempo se habían comido los tres mil duros,
se habían dejado, vuelto a juntar y vuelto a reñir, habían sido puestos en la
cárcel, se habían escapado, y finalmente fray Hilarión se había hecho turco.
Paquita seguía ejerciendo su oficio, pero ya no ganaba con él para comer.
-Bien
había yo pronosticado -dijo Martín a Cándido- que en breve disiparían las
dádivas de usted, y serían más miserables. Usted y Cacambo han rebosado en
millones de pesos y no son más afortunados que fray Hilarión y Paquita.
-¡Ah -dijo Pangloss a Paquita- conque te ha traído el cielo con nosotros! ¿Sabes,
pobre muchacha, que me has costado la punta de la nariz, un ojo y una oreja?
¡Qué mudada estás! ¡Válgame Dios, lo que es este mundo!
Esta nueva aventura les dio margen a que filosofaran
más que nunca.
En la vecindad vivía un derviche que gozaba la
reputación del mejor filósofo de Turquía. Fueron a consultarle; habló Pangloss
por los demás y le dijo:
-Maestro, venimos a rogarte que nos digas para qué fue
creado un animal tan extraño como el hombre.
-¿Quién te mete en eso? -le dijo el
derviche-; ¿te importa para algo?
-Pero, reverendo padre, horribles males hay en
la tierra.
-¿Qué hace al caso que haya bienes o que haya males? Cuando envía Su
Alteza un navío a Egipto ¿se informa de si se hallan bien o mal los ratones que
van en él?
-Pues ¿qué se ha de hacer? -dijo Pangloss.
-Que te calles -respondió el
derviche.
-Yo esperaba -dijo Pangloss- discurrir con vos acerca
de las causas y los efectos del mejor de los mundos, del origen del mal, de la
naturaleza del alma y de la armonía preestablecida.
En respuesta les dio el derviche con la puerta en las
narices.
Mientras estaban en esta conversación, se esparció la
voz de que acababan de ahorcar en Constantinopla a dos visires del banco y al
muftí10, y de empalar a varios de sus amigos, catástrofe que metió mucha bulla por
espacio de algunas horas. Al volverse Pangloss, Cándido y Martín a la granjita encontraron a un buen anciano que estaba tomando el fresco a la puerta de su
casa, bajo un emparrado de naranjos. Pangloss, que no era menos curioso que
razonador, le preguntó cómo se llamaba el muftí que acababan de ahorcar.
-No lo
sé -respondió el buen hombre- ni nunca he sabido el nombre de muftí ni de visir11
alguno. Ignoro absolutamente la aventura de que me habláis; presumo, sí, que
generalmente los que manejan los negocios públicos perecen a veces
miserablemente, y que bien se lo merecen; pero jamás me informo de los sucesos
de Constantinopla, contentándome con enviar a vender allá las frutas del huerto
que labro.
Dicho esto, convidó a los extranjeros a entrar en su casa; y sus dos
hijas y dos hijos les presentaron muchas especies de sorbetes que ellos mismos
fabricaban, de kaimak, guarnecido de cáscaras de cidra confitadas, de
naranjas, limones, limas, piñas, pistachos y café de Moka, que no estaba
mezclado con los malos cafés de Batavia y las islas de América; y luego las dos
hijas del buen musulmán perfumaron las barbas de Cándido, Pangloss y Martín.
-Sin duda que tenéis -dijo Cándido al turco- una vasta
y magnífica posesión.
-Nada más que veinte fanegas de tierra -respondió el
turco- que labro con mis hijos; y el trabajo nos libra de tres insufribles
calamidades: el aburrimiento, el vicio y la necesidad.
Mientras se volvía Cándido a su granjita iba haciendo
profundas reflexiones en las razones del turco, y le dijo a Pangloss y a Martín:
-Se me figura que se ha sabido este buen viejo labrar una suerte muy más feliz
que la de los seis monarcas con quien tuvimos la honra de cenar en Venecia.
-Las
grandezas -dijo Pangloss- son muy peligrosas, según opinan todos los filósofos: Eglón, rey de los moabitas, fue asesinado por Ahod; Absalón colgado de los
cabellos y atravesado con tres saetas; el rey Nadab, hijo de Jeroboam, muerto
por Baza; el rey Ela por Zambri; Ocosías por Jehú; Atalía por Joyada; y los
reyes Joaquín, Jeconías y Sedecías fueron esclavos. Sabido es de qué modo
murieron Creso, Astiago, Darío, Dionisio de Siracusa, Pirro, Perseo, Aníbal,
Yugurta, Ariovisto, César, Pompeyo, Nerón, Otón, Vitelio, Domiciano, Ricardo II
de Inglaterra, Eduardo II, Enrique VI, Ricardo III, María Estuardo, Carlos I,
los tres Enriques de Francia, el emperador Enrique IV; y nadie ignora...
-Tampoco
ignoro yo -dijo Cándido- que es menester cultivar nuestra huerta.
-Razón tienes -dijo Pangloss-; porque cuando fue colocado el hombre en el paraíso del Edén, fue
para labrarlo, ut operaretur eum, lo cual prueba que no nació para el
sosiego.
-Trabajemos, pues, sin argumentar -dijo Martín- que es
el único medio de que sea la vida tolerable.
Toda la compañía aprobó tan loable determinación.
Empezó cada uno a ejercitar su habilidad, y la granjita rindió mucho. Verdad es
que Cunegunda era muy fea, pero hacía excelentes pasteles; Paquita bordaba y la
vieja cuidaba de la ropa blanca. Hasta fray Hilarión sirvió, pues aprendió a la
perfección el oficio de carpintero y paró en ser hombre de bien. Pangloss decía
algunas veces a Cándido:
-Todos los sucesos están encadenados en el mejor de los
mundos posibles; porque si no te hubieran echado a patadas en el trasero de un
magnífico castillo por el amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en la
Inquisición, si no hubieras andado a pie por las soledades de la América, si no
hubieras pegado una buena estocada al barón y si no hubieras perdido todos tus
carneros del buen país de El Dorado, no estarías aquí ahora comiendo confite de
cidra y pistachos.
-Bien dice usted -respondió Cándido- pero tenemos que
cultivar nuestra huerta.
FIN |