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¡Gran revista la de aquel día en los Campos Elíseos! ¡Doce
años sufridos desde esta visión! Un sol de estío arrojaba sus largas flechas de
oro sobre los tejados y cúpulas de la vieja capital. Miradas de vidrio cruzaban
sus reflejos. El pueblo, bañado en polvillo luminoso, inundaba las calles para
ver al ejército.
Sentado ante la verja de Notre-Dame, en una alta silla
de madera plegable, las rodillas cruzadas entre negros harapos, el centenario
Mendigo, decano de la miseria de París, -rostro de duelo con tintes cenicientos,
piel surcada por arrugas color tierra-, con las manos juntas bajo el escrito que
consagraba legalmente su ceguera, ofrecía el aspecto de una sombra en el Te
Deum de la fiesta circundante.
¿No era su prójimo toda aquella gente? Los alegres
viandantes, ¿no eran sus hermanos? Con toda seguridad, eran Especie Humana. Por
otra parte, este huésped del soberano portal no estaba desposeído de todo bien:
el Estado le había reconocido el derecho a ser ciego.
Propietario de este título, y de la respetabilidad
inherente a ese lugar de limosnas seguras que oficialmente ocupaba, poseyendo
además la cualidad de elector, era nuestro igual, excepto la Luz.
Y este hombre articulaba de tiempo en tiempo una
lamentación monótona, silabeo evidente del profundo suspiro de toda sus vida:
-¡Compadezcan, por favor, a un pobre ciego!
En torno suyo, bajo las potentes vibraciones del
campanario, fuera, allá lejos más allá del muro de sus ojos; el ruido de los
cascos de caballería, los toques de clarines, las aclamaciones de la
muchedumbre, mezcladas a las salvas de los Inválidos, a los fieros gritos de
mando; los estruendos de acero, el fragor de los tambores midiendo el paso de
los desfiles interminables de infantería, ¡todo un rumor de gloria le llegaba!
Su oído sobreagudo percibía hasta el flotar de los estandartes de pesadas
franjas rozando las corazas. En el entendimiento de este viejo cautivo de la
oscuridad se evocaban mil relámpagos de sensaciones presentidas e indistintas.
Una adivinación le advertía lo que enfebrecía los corazones y los pensamientos
en la ciudad.
Y el pueblo, fascinado como siempre por el prestigio
que tiene a sus ojos la audacia y la fortuna, profería calurosamente el
entusiasmo del momento:
-¡Viva el emperador!
Pero, entre las calmas momentáneas de esta triunfal
tempestad, una voz perdida se elevaba del lado de la verja mística. El viejo, la
cabeza caída contra la picota de los barrotes, girando sus pupilas muertas hacia
el cielo, olvidado de ese pueblo -de quien él sólo parecía expresar su voto
verdadero, su voto oculto bajo los gritos, el voto secreto y personal-,
salmodiaba, augural intercesor, su frase ahora misteriosa:
-¡Compadezcan, por favor, a un pobre ciego!
¡Gran revista la de aquel día en los Campos Elíseos!
¡Diez años llevados por el viento, desde el sol de esta fiesta! ¡Los mismos
ruidos, las mismas voces, la misma presunción! Sin embargo, un rumor sordo
temperaba entonces el tumulto de alegría pública. Una sombra entristecía las
miradas. Las convenidas salvas de la plataforma del Pritaneo se complicaban esta
vez con el tronar lejano de las baterías de nuestros fuertes. Y, escuchando, el
pueblo ya intentaba discernir, en el eco, la respuesta de las piezas enemigas
que se aproximaban.
Pasaba el gobernador, dirigiendo a todos mil sonrisas,
al amplio trote de su fino potro. El pueblo, tranquilizado por esa confianza que
le inspira siempre esa compostura irreprochable, alternaba con cantos
patrióticos los aplausos totalmente militares que honraban la presencia de ese
soldado.
Pero las sílabas del antiguo y furioso viva se habían
modificado: el pueblo, frenético, profería ese voto del momento:
-¡Viva la República!
Y, allá lejos, del lado del umbral sublime, se
distinguía siempre la voz solitaria del Lázaro. La voz del oculto pensamiento
popular no modificaba la rigidez de su constante lamentación:
-¡Compadezcan, por favor, a un pobre ciego!
¡Gran revista la de aquel día en los Campos Elíseos!
¡Nueve años soportados desde ese sol turbulento! ¡Oh! ¡Los mismos rumores, el
mismo estruendo de las armas, los mismos relinchos! Aun más ensordecidos, no
obstante, que el año precedente; vocingleros, sin embargo.
-¡Viva la Comuna! - gritaba el pueblo, al viento
tumultuoso.
Y la voz del secular Elegido del Infortunio repetía
siempre, allá lejos, en el umbral sagrado, un refrán rectificador del único
pensamiento de ese pueblo. Sacudiendo la cabeza hacia el cielo, gemía en la
sombra:
-¡Compadezcan, por favor, a un pobre ciego!
Y dos lunas más tarde, cuando a las últimas vibraciones
al toque de alarma el Generalísimo de las fuerzas del estado pasaba lista a sus
dos mil fusiles -todavía humeantes de la triste guerra civil-, el pueblo,
aterrorizado, gritaba viendo arder al fondo a los edificios:
-¡Viva el Mariscal!
Allá lejos, del lado del salubre recinto, la Voz
inmutable, la voz del veterano de la humana Miseria, repetía maquinalmente su
dolorosa y despiadada obsecración:
-¡Compadezcan, por favor, a un pobre ciego!
Y después, de año en año, de revista en revista, de
vociferaciones en vociferaciones, cualquiera que fuese el nombre echado al azar
del espacio por el pueblo en sus vivas, quienes escuchan atentamente los ruidos
de la tierra, siempre han distinguido, entre los clamores revolucionarios y las
fiestas belicosas que se sucedieron, la Voz lejana, la Voz verdadera, la íntima
voz del simbólico y terrible Mendigo, del vigilante nocturno que gritaba la hora
exacta del Pueblo, del incorruptible funcionario de la conciencia de los
ciudadanos, de quien restituye íntegramente la oración oculta de la Muchedumbre
y resume su suspiro.
Pontífice inflexible de la Fraternidad, este Titular
autorizado de la ceguera física, jamás ha cesado de implorar, en mediador
inconsciente, la caridad divina para sus hermanos en inteligencia.
Y, cuando embriagado de fanfarrias, de campanas y de
artillería, el pueblo, turbado por esos alborotos envanecedores, intenta en vano
enmascararse a sí mismo su voto verdadero, bajo no importa qué sílabas
engañosamente entusiastas, el Mendigo, su rostro al cielo, los brazos en alto,
tanteando en sus espesas tinieblas, aplica su oído desde el umbral eterno de la
iglesia, y con voz cada vez más lamentable, pero que parece llegar más allá de
las estrellas, continúa gritando su rectificación de profeta:
-¡Compadezcan, por favor, a un pobre ciego! |