Lo que produce la auténtica felicidad amorosa en
determinados seres, lo que constituye el secreto de su placer, lo que explica la
unión fiel de determinadas parejas es, entre todas las cosas, un misterio cuyo
aspecto cómico causaría terror si la sorpresa permitiera analizarlo. Las
extravagancias sensuales del hombre son como la cola de un pavo real, cuyos ojos
no se abren sino en el interior de su alma, y que sólo cada uno conoce su
libido.
Una radiante mañana de marzo de 1793, el célebre ciudadano Fouquier-Tinville, en
su gabinete de trabajo de la calle de Prouvaires, sentado ante su mesa, con la
mirada perdida sobre numerosos expedientes, acababa de firmar la lista de una
hornada de ci-devants cuya ejecución debía llevarse a cabo al día
siguiente, entre las once y media y las doce.
De repente, un ruido de voces -las de un visitante y un ordenanza de guardia-,
llegaron hasta él desde el otro lado de la puerta. Levantó la cabeza prestando
atención. Una de las voces, que hablaba de ignorar la consigna, le hizo
sobresaltarse. Se oía decir: «Soy Thermidor Moutonnet, de la sección de Hijos
del deber... Dígaselo». Al escuchar aquel nombre, Fouquier-Tinville gritó:
-Déjelo pasar.
-¿Ve? ¡estaba seguro! -vociferó mientras entraba en la sala un hombre de unos
treinta años, y de expresión bastante jovial, aunque de la impresión que causaba
al verlo se desprendiera una incomprensible socarronería-. Buenos días. Soy yo,
querido, tengo que decirte un par de cosas.
-Sé breve: aquí no soy dueño de mi tiempo.El
recién llegado cogió una silla y se acercó a su amigo.
-¿Cuántas cabezas para la próxima? -preguntó indicando la lista que su
interlocutor acababa de firmar.
-Diecisiete -respondió Fouquier-Tinville.
-¿Queda espacio entre la última y tu firma?
-¡Siempre! -dijo Fouquier-Tinville.
-¿Para una cabeza de sospechoso?
-Habla.
-Te la ofrezco.
-¿Cómo se llama? -preguntó Fouquier-Tinville.
-Es una mujer... que... debe estar en algún complot... que... ¿Cuánto tiempo se
llevaría el proceso?
-Cinco minutos. ¿Cómo se llama?
-Entonces, ¿podrían guillotinarla mañana mismo?
-¿Cómo se llama?
-Es mi mujer.
Fouquier-Tinville frunció el ceño y dejó caer la pluma.
-¡Márchate, estoy muy ocupado!... -dijo- ya bromearemos más tarde.
-Yo no bromeo: ¡acuso!... -exclamó el ciudadano Thermidor con expresión fría y
grave, y un gesto solemne.
-¿Con qué pruebas?
-Con indicios.
-¿Cuáles?
-Los presiento.
Fouquier-Tinville miró de través a su amigo Moutonnet.
-Thermidor -dijo- tu mujer es una digna sans-culotte. Su paté del jueves
pasado, unido a las tres botellas de viejo Vouvray (que lograste descubrir en tu
bodega detrás de haces de leña de mejor calidad que los que me despachas a mí),
fue muy bueno, fue excelente. Presenta mis saludos afectuosos a la ciudadana.
Cenaremos juntos mañana en tu casa. Dicho esto, vete o me enfado.
Ante esta respuesta casi severa, Thermidor Moutonnet se arrodilló bruscamente,
juntando las manos, y con lágrimas en los ojos susurró como sofocado por una
dolorosa sorpresa:
-Tinville, somos amigos desde la cuna; te creía como otro yo. Crecimos en los
mismos juegos. Permíteme apelar a esos recuerdos. No te he pedido nunca nada.
¿Vas a negarme el primer favor que te imploro?
-¿Qué has bebido esta mañana?
-Estoy en ayunas. -respondió Moutonnet abriendo mucho los ojos y sin comprender
la pregunta.
Después de un silencio:
-Todo lo que puedo hacer por ti es ocultarle, mañana por la noche, a tu esposa
tu gestión incongruente. No puedo creer que te atrevas a bromear aquí, ni que te
hayas vuelto loco... aunque, después de oír lo que me pides, esta última
suposición sea admisible.
-Pero... ¡yo no puedo seguir viviendo con Lucrèce! -gimió el solicitante.
-Tienes ganas de convertirte en cornudo, lo estoy viendo.
-¡Así que me lo niegas!
-¿El qué? ¿Cortarle el cuello porque habéis tenido una discusión?
-¡Oh! ¡la perdida! Por favor, mi buen Tinville, por la amistad que nos une, pon
su nombre en ese papel... para darme gusto.
-¡Una palabra más y el que pondré será el tuyo! -refunfuñó Fouquier-Tinville
volviendo a coger la pluma.
-¡Ah, vamos!... ¡de eso nada! -gritó Moutonnet, lívido, incorporándose-. Vale,
-suspiró- está bien; me voy. Pero, -añadió con una voz de falsete histéricamente
singular, por así decirlo, y que su amigo no le conocía- confieso que no te
creía capaz de negarme, después de tantos años de amistad, este primer, este
insignificante favor que no te habría costado nada más que un garabato. Ven a
cenar mañana, pese a todo, y ni palabra de esto a mi mujer; esto debe quedar
entre nosotros dos -dijo con tono serio y, en esta ocasión, natural.
Thermidor Moutonnet salió. Al quedarse solo, el ciudadano Fouquier-Tinville,
después de reflexionar un momento, se tocó la frente con el dedo sonriendo
fríamente; luego, tras encogerse de hombros a guisa de conclusión cogió la
lista, introdujo la hoja en un ancho sobre, escribió la dirección, lo cerró, y
llamó a un timbre. Un soldado apareció.
-Para el ciudadano Sansón -dijo.
El soldado cogió el sobre y se retiró. Sacando un reloj de oro de su chaleco de
paño napolitano estampado con arabescos tricolor, y mirando la hora,
Fouquier-Tinville musitó: «Las once. Vamos a almorzar.»
* * *
Treinta años después, en 1823, Lucrèce Moutonnet (una
morena de cuarenta y ocho años, aún rolliza, fina y taimada) y su esposo
Thermidor, exiliados a Bélgica tan pronto como oyeron los cañonazos del Imperio,
ocupaban una casita con una abacería floreciente y un trocito de jardín, en un
arrabal de Lieja.
Durante aquellos lustros, y desde el día siguiente de la conocida gestión, un
misterioso fenómeno se había producido. El matrimonio Moutonnet se había
mostrado como el más perfecto, el más dulce, el más ferviente de todos los que
el amor pasional unió jamás con sus deliciosos lazos. Parecían una pareja de
tórtolos.
Realizaron el modelo de existencia conyugal. Nunca surgió entre ellos ni la
menor nube. Su fervor fue extremo; su fidelidad sin límite; su confianza
recíproca. Y, sin embargo, el mortal al que se le hubiera concedido el poder de
leer en lo más profundo de aquellos dos seres, se habría sentido tal vez muy
sorprendido al conocer el verdadero motivo de su felicidad. Efectivamente, cada
noche, en la oscuridad donde sus ojos brillaban y parpadeaban, mientras besaba
conyugalmente a la que le era tan querida, Thermidor decía para sus adentros:
«No lo sabes, no; no sabes que intenté todo lo posible para que te cortaran la
cabeza... ¡Ah! Si lo supieras no me besarías. Pero, yo soy el único que lo sabe,
y eso me embriaga». Y esta idea lo avivaba, le hacía sonreír suavemente en la
oscuridad, lo deleitaba, lo hacía apasionarse hasta el delirio. Pues se la
imaginaba sin cabeza, y esa sensación, de acuerdo con la naturaleza de sus
apetencias, le producía un tremendo morbo.
Lucrèce por su parte, por contagio, se decía con la misma claridad de ideas, en
sus malsanas enervaciones: «Sí, elemento, ríes, estás contento, estás
encantado... Me seguirás deseando siempre. ¡Crees que ignoro tu visita al bueno
de Fouquier-Tinville... y que quisiste que me cortaran la cabeza, infame! Pero,
mira por dónde lo sé... Soy la única que sabe lo que estás pensando sin que tú
lo sepas. Hipócrita, conozco tus sentidos feroces. Y me río en voz baja, y soy
feliz, pese a ti, amigo mío.»
Así lo más bajo de la insania sensorial del uno había ganado al otro, por lo
negativo. Así vivieron engañándose el uno al otro (y el uno por el otro) en ese
detalle necio y monstruoso del que ambos extraían un terrible y continuo
coadyuvante de sus macabros placeres; así murieron (ella antes) sin haber
traicionado jamás el secreto mutuo de sus extrañas, de sus taciturnas alegrías.
Y el viudo, Thermidor Moutonnet, sin hijos, permaneció fiel a la memoria de
aquella esposa, a la que sólo sobrevivió unos cuantos años. Además, ¿qué mujer
habría podido reemplazar a su querida Lucrèce?
FIN |