Antiguamente, en Andalucía, en el ángulo de un camino
montañoso, se levantaba un monasterio de la Orden Tercera franciscana; aquel
claustro, aunque a la vista de otros conventos que velaban unos por los otros,
estaba sobre todo protegido por la devoción que imponía entonces el aspecto de
una gran cruz colocada ante la entrada, en la que una campana tañía dos veces al
día. Una capilla profunda, cuya puerta no se cerraba jamás, se abría sobre tres
peldaños, y el camino bordeaba por un lateral la tapia del monasterio. A su
alrededor, llanuras feraces, árboles aromáticos, hierbas en las cunetas,
aislamiento y camino polvoriento.
Un enervante crepúsculo de otoño, en el fondo de la capilla se encontraba
arrodillada, y con hábito de novicia, una joven cuyos rasgos eran de una belleza
suave y conmovedora. Estaba ante una hornacina situada en un pilar de cuya
bóveda colgaba una solitaria lámpara dorada que iluminaba una Virgen con los
ojos bajos y las manos abiertas, dispensando gracias radiantes, una Virgen
celestial en actitud de Ecce ancilla.
Desde el camino, y por las vidrieras opuestas, se oían subir las notas frescas y
sonoras de un cantor de serenata acompañado de una bandurria cordobesa. Las
lánguidas frases, ardientes de pasión, de audacia y de juventud, llegaban hasta
la iglesia, hasta sor Natalia, la novicia arrodillada que, con la frente apoyada
sobre los brazos cruzados a los pies de la Señora, murmuraba con voz desolada:
-Señora, bien lo ves: estoy llorando y te suplico que no me prives de tu
compasión, pues no es sino desfallecida y angustiada -y con tu santa imagen en
el fondo de todos mis pensamientos- como me voy a exiliar de aquí. ¡Oh, Reina de
la pureza! ¿Tendrás piedad de la que, por un amor mortal, deserta del pórtico de
la salvación? ¿Estás oyendo? Esa voz, en su ferviente fidelidad, me está
implorando. Si no voy, ¡él va a morir! ¿Cómo condenar los desvaríos que ha
soportado tanto tiempo sin esperanza y sin queja? ¿Cómo persistir en no consolar
al que tanto ama? Tú, Señora, que sabes cuánto te amo, y cómo me reconforta
venir aquí cada tarde a suplicarte, perdóname. Aquí está mi velo, aquí la llave
de mi celda; a tus pies los deposito. Pero, ¡no puedo más, me ahogo... esa
voz... me atrae... adiós, adiós!
De pie, vacilante, sin atreverse a levantar los ojos, sor Natalia dejó la santa
llave y el velo a los pies de la azul Señora de dulce rostro de luz, de ojos
bajados y a la vez dirigidos hacia ¡qué cielos y qué estrellas! Luego,
apoyándose en los pilares, llegó hasta la puerta y después de un instante la
abrió: descendió los peldaños y se encontró en el camino que se prolongaba hasta
la lejanía, bajo la claridad de una gran luna que iluminaba el campo.
-¡Juan! -llamó.
Al escuchar esta llamada apareció un joven, de perfil dominador y mirada
ardiente de alegría, que saltó del caballo y envolvió con su capa a la que, por
fin, había venido hacia él.
-¡Natalia! -dijo.
Y, sujetándola acurrucada entre sus brazos sobre el
caballo, partieron veloces hacia la casa solariega cuyas torres se perfilaban a
lo lejos bajo las sombras lunares.
* * *
Transcurrieron seis meses de fiestas, de amor, de
encantadores viajes por Italia, a Florencia, a Roma, a Venecia: él feliz y ella
con frecuencia pensativa, pues las caricias de su ardiente raptor, aunque
amorosas y embriagadoras, no eran las que la inocencia de su corazón le había
hecho esperar. De repente, de regreso a Cádiz, una mañana soleada, sin que una
sola palabra le hubiera advertido, se despertó sola, sin anillo nupcial, sin la
alegría de un hijo siquiera; su amante, cansado de ella, había desaparecido.
Con
un profundo suspiro, la joven dejó caer el sombrío billete que le anunciaba la
soledad, pero no se quejó pues estaba resuelta a no sobrevivir. En pocas horas,
tras haber distribuido entre los pobres el oro que le quedaba, en el momento
preciso de librarse de la vida, un pensamiento, un cándido pensamiento se adueñó
de ella: quería volver a ver, sólo una vez más, una sola, a la Señora de antaño
para darle el supremo adiós. Por lo que, vestida de penitente y mendigando algo
de pan por el camino, se dirigió al monasterio, hacia la capilla más bien, pues
ya no podía volver a entrar junto a las vírgenes fieles. Tras unos cuantos días
de camino y cuando oscurecían los tonos azulados de un hermoso atardecer
resplandeciente de astros, llegó temblorosa y extenuada ante al santo lugar.
Recordaba que, a esa hora, sus antiguas compañeras se hallaban retiradas en
oración en sus celdas, y que, bajo los altos pilares, la iglesia debía hallarse
tan desierta como la noche del rapto. Empujó pues la puerta y miró: ¡no había
nadie!, sólo allá lejos y bajo la lámpara siempre encendida, la Señora. Entró y,
de rodillas, avanzó sobre las blancas losas, hacia su celestial amiga e,
inclinada y sollozando, dijo al llegar a los pies de Aquella que perdona:
-¡Oh! ¡Señora! ¡No merezco clemencia! Cuando la tentadora voz me suplicaba, no
sabía, no sabía cuánto abandono, cuánto oprobio reserva el amor mortal ¡Qué
vergüenza! Voy a morir pues, desterrada de cualquier asilo de los míos, sobre
todo de aquí... ¿Cuál de tus hijas, ¡oh Madre mía!, no me recibiría con un gesto
de espanto si me viera en esta capilla? ¡He perdido la esperanza queriendo
consolar a otro!
* * *
Entonces, cuando las silenciosas lágrimas de Natalia
caían sobre los pies de la Divina Elegida, la joven dirigió una mirada suprema,
repleta de adiós, hacia la Señora, y se sobresaltó con súbito éxtasis, pues vio
que los sagrados ojos la miraban, que los labios de la estatua se abrían y que
la celestial Señora le decía dulcemente:
-Hija mía, ¿no lo recuerdas? Antes de dejarnos me confiaste tu velo y la llave
de tu celda. Te he reemplazado pues aquí, realizando bajo ese velo todas las
tareas que exigen tus votos, ninguna de tus compañeras se ha percatado de tu
ausencia, toma pues lo que me confiaste, regresa a tu celda, y... no te marches
nunca más.
FIN |