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Era día de audición en la Academia Nacional de Música.
En las altas instancias se había decidido el estudio de una obra de cierto
compositor alemán (cuyo nombre, olvidado desde entonces, felizmente se nos
escapa); y tal maestro extranjero, si había que creer en diversos memoranda
publicados por la Revue de Deux Mondes, ¡era nada menos que el creador de una
música «nueva»!
Así pues, los músicos de la Ópera se encontraban
reunidos para poner, como suele decirse, las cosas en claro y descifrar la
partitura del presuntuoso innovador.
El momento era grave. El director de la Academia
apareció en escena y entregó al director de orquesta la voluminosa partitura en
litigio. Éste la abrió, la leyó, se estremeció y declaró que la obra le parecía
inejecutable en la Academia de Música de París.
-Explíquese -dijo el director de la Academia.
-Señores -respondió el director de orquesta-, Francia
no podría responsabilizarse de truncar, por una defectuosa interpretación, el
pensamiento de un compositor... sea cual sea su nacionalidad. Sin embargo, en
las partituras de orquesta especificadas por el autor figura... un instrumento
militar caído ya en desuso y que no tiene intérprete entre nosotros; ese
instrumento, que hizo las delicias de nuestros padres, tenía antaño un nombre:
el chinesco. Creo que la radical desaparición del chinesco en Francia nos obliga
a declinar, muy a pesar nuestro, el honor de esta interpretación.
Tal discurso había sumido al auditorio en ese
estado que los fisiologistas llaman comatoso. ¡El Chinesco! Los más viejos
apenas recordaban haberlo oído en su infancia. Pero les hubiera resultado muy
difícil, hoy en día, poder precisar su forma. De repente, una voz pronunció
estas inesperadas palabras:
-Con su permiso, creo que yo conozco uno -todas las
cabezas se volvieron; el director de orquesta se levantó de un salto.
-¿Quién ha hablado?
-Yo, los platillos -respondió la voz.
Un instante después, los platillos estaban en el
escenario rodeados, adulados y asediados con impacientes preguntas.
-Sí -continuaba-, conozco a un viejo profesor de
chinesco, maestro en su arte y sé que aún vive.
Todos exhalaron un grito. ¡Los platillos
aparecieron como un salvador! El director de orquesta abrazó a su joven satélite
(porque los platillos eran todavía jóvenes). Los trombones enternecidos le
animaban con sus sonrisas; un contrabajo le envió un envidioso guiño; el tambor
se frotaba las manos: «¡Llegará lejos!», gruñía. En fin, en ese rápido instante,
los platillos conocieron la gloria.
A continuación, una comisión, precedida por los
platillos, salió de la Ópera hacia Batignolles, a cuyas profundidades se había
retirado, lejos del ruido, el austero virtuoso. Llegar, preguntar por el viejo,
subir los nueve pisos, tirar del pelado cordón de su llamador y esperar,
jadeando, en el descansillo, fue para nuestros embajadores cuestión de un
segundo.
De pronto, todos se descubrieron: un hombre de
aspecto venerable, con el rostro rodeado de plateados cabellos que caían en
largos rizos sobre sus hombros, una cabeza a lo Béranger, un personaje de
romanza, estaba en pie en el umbral y parecía invitar a los visitantes a
penetrar en su santuario. ¡Era él! Entraron.
La ventana, enmarcada por plantas trepadoras,
estaba abierta al cielo, en ese purpúreo momento del maravilloso crepúsculo. Los
asientos eran escasos: la litera del profesor sustituyó, para los delegados de
la Ópera, a las otomanas, a los poufs, que abundan demasiado a menudo en las
casas de los músicos modernos. En los rincones se veían viejos chinescos; aquí y
allá yacían varios álbumes cuyos títulos llamaban la atención. El primero era:
¡Primer amor!, melodía para chinesco solo, seguido de Variaciones Brillantes
Sobre la Coral de Lutero, concierto para tres chinescos. Después, un septeto de
chinescos (gran unisón), titulado LA CALMA. Luego una obra de juventud (un poco
empañada de romanticismo): Danza Nocturna de Jóvenes Moriscos en la Campiña de
Granada, en el Peor Momento de la Inquisición, gran bolero para chinesco;
finalmente, la obra del maestro: El Ocaso de un Bello Día, obertura para ciento
cincuenta chinescos. Los platillos, muy emocionados, tomaron la palabra en
nombre de la Academia Nacional de Música.
-¡Ah! dijo con amargura el viejo maestro-, ¿ahora se
acuerdan de mi? Debería... Mi país ante todo. Señores, iré. Al haber insinuado
el trombón que la partitura parecía difícil contestó el profesor
tranquilizándolos con una sonrisa:
-No importa.
Y tendiéndoles sus pálidas manos, curtidas en las
dificultades de tan ingrato instrumento, dijo:
-Hasta mañana, señores, a las ocho, en la Ópera.
Al día siguiente, en los pasillos, en las galerías,
en la concha del inquieto apuntador, hubo una terrible emoción: se había
propagado la noticia. Todos los músicos, sentados ante sus atriles, esperaban,
con el arma en la mano. La partitura de la nueva música no tenía, ahora, sino un
interés secundario. De repente, la puerta trasera dio paso al hombre de antaño.
¡Estaban dando las ocho! Ante el aspecto del representante de la antigua música,
todos se pusieron en pie, rindiéndole homenaje como señal de posteridad. El
patriarca llevaba en su brazo, cubierto con un humilde forro de sarga, el
instrumento de los tiempos pasados, que tomaba, de ese modo, las proporciones de
un símbolo. Tras atravesar por entre los atriles y encontrar, sin dudar, su
camino, se sentó en su antiguo sitio, a la izquierda del tambor. Después de
afianzar en su cabeza un gorro de lustrina negra y una visera sobre sus ojos,
descubrió el chinesco y la obertura comenzó.
Pero, con los primeros compases y desde la primera
mirada a la partitura, la serenidad del viejo virtuoso pareció ensombrecerse; en
seguida, un angustioso sudor perló su frente. Se inclinó, como para leer mejor
y, con el ceño fruncido, sus ojos pegados al manuscrito que hojeó
enfebrecidamente, apenas respiraba...
¿Era tan extraordinario, lo que el viejo leía, para
turbarle de ese modo? ¡En efecto! El maestro alemán, por unos celos tudescos, se
había complacido, con aspereza germánica, con maldad rencorosa, en erizar la
parte del Chinesco de dificultades casi insuperables. Se sucedían rápidas,
ingeniosas, repentinas, ¡era un desafío! Juzguen ustedes: la partitura se
componía, solamente, de silencios. Sin embargo, incluso para aquellas personas
que no son del oficio, ¿qué hay más difícil de interpretar, para el Chinesco,
que el silencio?... ¡Y era un CRESCENDO de silencios lo que tenía que
interpretar el viejo artista!
Al ver eso se puso tieso; un movimiento febril se
le escapó... Pero nada, en su instrumento, traicionó las emociones que le
agitaban. No se movió ni una campanilla. ¡Ni un cascabel! Nada de nada. Se
notaba que lo dominaba a fondo. ¡Él también era un maestro! Tocó. ¡Sin vacilar!
Con un dominio, una seguridad, un brío, que llenó de admiración a toda la
orquesta. Su interpretación, siempre sobria, pero llena de matices, era de un
estilo tan matizado, de un acabado tan puro que, cosa extraña, por momentos,
¡parecía que se le oía!
Los bravos estaban a punto de estallar por todas
partes cuando un inspirado furor se encendió en el alma clásica del viejo
virtuoso. Con los ojos llenos de ira y agitando ruidosamente su instrumento
vengador que parecía como un demonio suspendido sobre la orquesta:
-Señores -vociferó el digno profesor-, ¡renuncio! No
comprendo nada. ¡No se escribe una obertura para un solo! ¡yo no puedo tocar!,
es demasiado difícil. ¡Protesto!, ¡en nombre del Sr. Clapisson! Aquí no hay
melodía. ¡Es una cencerrada! ¡El Arte está perdido! Caemos en el vacío.
Y, fulminado por su propio delirio, cayó.
En su caída, agujereó el bombo y desapareció en su
interior como cuando se desvanece una visión.
¡Lástima!, él se llevaba, al sepultarse en los
profundos flancos del monstruo, el secreto de los encantos de la antigua música. |