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¡Un golpe
del Comendador!
¡Una puñalada trapera!
-Antiguo refrán |
Xanthus, el maestro de Esopo, declaró, por
sugerencia del fabulista, que, si él había apostado que se bebería
el mar, no había apostado beber también los ríos que «entran en su
interior», para utilizar el gracioso francés de nuestros traductores
universitarios.
Ciertamente, tal escapatoria era muy sagaz;
pero, con la ayuda del Espíritu del progreso, ¿no sabríamos
encontrar, hoy en día, otras semejantes? Por ejemplo:
«Retiren de antemano los peces, ya que no
están comprendidos en la apuesta; ¡filtren! Una vez hecha esta
reducción, la cosa es fácil.»
O mejor aún:
«Yo he apostado que me beberé el mar, de
acuerdo; ¡pero no de un solo trago! El sabio no debe nunca
precipitarse en sus acciones: bebo lentamente. Por lo tanto, será
una gota cada año, ¿no es verdad?»
Resumiendo, pocos compromisos hay que no
puedan ser mantenidos de alguna manera... y esta manera podría
calificarse de filosófica.
-«¡La más bella cena del mundo!»
Tales expresiones utilizó, formalmente,
el letrado Percenoix, el ángel de la Enfiteusis, para definir, de un
modo conciso, la comida que se proponía ofrecer a los notables de la
pequeña ciudad de D..., en la que tenía su despacho desde hacía
treinta años o más.
Sí. Fue en el círculo -la espalda al fuego,
los faldones de su levita bajo los brazos, las manos en los
bolsillos, los hombros estirados y sin relieve, los ojos en el
cielo, las cejas levantadas, los lentes de oro en las arrugas de su
frente, el birrete hacia atrás, la pierna derecha plegada sobre la
izquierda y la punta de su zapato embetunado que apenas tocaba
tierra-, donde pronunció esas palabras.
Su viejo rival, el letrado Lecastelier, el
ángel del Parafernal, sentado frente al letrado Percenoix,
contemplándolo con ojos venenosos, protegido por una ancha tulipa
verde, anotó cuidadosamente en su memoria tal afirmación.
Entre estos dos colegas existía una guerra
sorda desde lejanos tiempos. La comida se convertía en el campo de
batalla largamente estudiado por el letrado Percenoix y propuesto
por él para terminar la querella. Por el momento, el letrado
Lecastelier, obligando a sonreír al deslustrado acero de su rostro
de cuchillo-puñal, no respondió nada. Él era el mayor: dejaba a
Percenoix, más joven, hablar y comprometerse como un pequeño tonto.
Seguro de sí mismo (pero prudente), él prefería conocer
perfectamente las posiciones y las fuerzas del enemigo, antes de
aceptar la lucha.
Al día siguiente, toda la pequeña ciudad de
D... era un rumor. Se preguntaban cuál sería el menú de la cena.
Evocando olvidadas salsas, el recaudador
particular se perdía en conjeturas. El subprefecto calculaba y
profetizaba unas supremas de fénix servidas en sus cenizas;
desconocidos fenicópteros volaban en su imaginación. Citaba a
Apicius.
El consistorio municipal releía a Petronio,
lo criticaba. Los notables decían: «Hay que esperar», y
tranquilizaban un poco la general efervescencia. Todos los
invitados, por sugerencia del subprefecto, tomaron licores amargos
con ocho días de antelación.
Finalmente, el gran día llegó.
La casa del letrado Percenoix estaba
situada cerca del Paseo, a tiro de fusil de la de su rival.
Desde las cuatro de la tarde, se había
formado una doble hilera de gente delante de la puerta, para ver
llegar a los convidados. Cuando daban las seis los divisaron.
Se habían encontrado en el Paseo, como por
casualidad, y llegaban juntos.
Venía primero el subprefecto, que daba el
brazo a la señora Lecastelier; luego el recaudador particular y el
director de correos; después tres personas de alta influencia; luego
el doctor, dando el brazo al banquero; luego una celebridad, el
Introductor de la filoxera en Francia; luego el director del
Instituto, y algunos propietarios rentistas. El letrado Lecastelier
cerraba la marcha, mostrando, a veces, un aire meditabundo.
Estos señores llevaban traje negro, corbata
blanca, y una flor en la solapa: la señora Lecastelier, delgada,
llevaba un vestido de seda de color rata-que-trota, un tanto fuerte.
Una vez llegados a la puerta, y ante el
aspecto de los letreros que brillaban con los rayos de la puesta de
sol, los convidados se tornaron hacia el horizonte mágico: los
lejanos árboles se iluminaban; los pájaros se apaciguaban en los
huertos vecinos.
Seres con alas de fénix.
-¡Qué sublime espectáculo! -exclamó el
Introductor de la filoxera, mientras abarcaba, con su mirada, el
Occidente.
Los convidados compartieron dicha opinión,
y aspiraron, un instante, las bellezas de la Naturaleza, como para
dorar el festín.
Entraron. Cada cual, por dignidad, moderó
su paso en el vestíbulo.
Por fin, las puertas del comedor se
abrieron. Percenoix, que era viudo, estaba solo, de pie, afable. Con
un aire a la vez modesto y vencedor, hizo un gesto circular para que
tomaran asiento. Unas tarjetas que tenían el nombre de los invitados
estaban colocadas, como copetes, en las servilletas plegadas en
forma de mitra. La señora Lecastelier contó con la mirada los
comensales, esperando que fueran trece: eran diecisiete. Una vez
terminados los preliminares, la comida comenzó, al principio en
silencio; parecía que los invitados se recogían y tomaban, como
suele decirse, impulso.
La sala era alta, agradable, y bien
iluminada; todo estaba bien adornado. La cena era sencilla, dos
sopas, tres entradas, tres asados, tres entremeses dulces, vinos
irreprochables, una media docena de platos variados, y luego el
postre.
¡Todo era exquisito!
De manera que, reflexionando sobre ello y
teniendo en cuenta la naturaleza de los convidados, la cena era,
precisamente, para ellos, «¡la más bella cena del mundo!»
Otra cosa hubiera sido fantasiosa, ostentosa, hubiera chocado. Una
cena diferente hubiera sido calificada de atelana, hubiera suscitado
ideas de inconveniencia, de orgía..., y la señora Lecastelier se
hubiera marchado. ¿La más bella cena del mundo no es aquélla que es
del total agrado de sus invitados?
Percenoix triunfaba. Todos lo felicitaban
calurosamente.
De pronto, tras haber tomado el café, el
letrado Lecastelier, a quien toda la gente miraba y compadecía
sinceramente, se levantó, frío y austero, y, lentamente, pronunció
estas palabras en medio de un silencio mortal:
-Yo daré una más bella el próximo año.
Después de haberse despedido, salió con su
mujer.
El letrado Percenoix se había levantado.
Tranquilizó, con su digno aspecto, la inexpresable agitación de los
invitados y el murmullo que se había producido tras la marcha de los
Lecastelier.
Por todas partes se cruzaban las preguntas:
-¿Cómo haría para dar una más bella el año
próximo, puesto que LA del letrado Percenoix era la cena más
bella del mundo?
-¡Absurdo proyecto!
-¡Equívoco!
-¡Incalificable!
-Sin valor...
-¡Irrisorio!
-Pueril.
-¡Indigno de un hombre sensato!
-¡La pasión lo había cegado; la edad,
quizás!
Se rieron mucho. El Introductor de la
filoxera, que, durante el festín, había estado haciendo carantoñas a
la señora Lecastelier, prodigaba los epigramas:
-¡Ah! ¡Ah! ¡Realmente!... ¡Una más bella!
¿Y, cómo? Sí, ¿como?... ¡La cosa es de lo más divertida!
No paraba.
El letrado Percenoix se desternillaba de
risa.
Con este incidente terminó alegremente el
banquete. Poniendo por las nubes al anfitrión, los invitados, del
brazo, se lanzaron en desbandada fuera de la casa, precedidos por
las linternas de sus domésticos. Ya no podían reír más ante la idea
ridícula, incluso presuntuosa, y que no podía discutirse, de querer
dar «una cena más bella que la más bella cena del mundo».
Así pasaron, fantásticos e hilarantes, por
entre la doble hilera que les había esperado a la puerta de la casa
para saber lo ocurrido.
Luego cada uno volvió a su hogar.
El letrado Lecastelier tuvo una espantosa
indigestión. Se temió por su vida y Percenoix, que no «deseaba la
muerte del pecador», y que, ante todo, esperaba disfrutar, al año
próximo, del fiasco que necesariamente iba a sufrir su colega,
mandaba que le comunicasen diariamente el estado de salud del digno
escribano. Ese informe era publicado en el boletín departamental,
pues todo el mundo estaba interesado en el imprudente desafío: sólo
se hablaba de la cena. Los invitados se encontraban únicamente para
intercambiar palabras en voz baja. Era grave, muy grave; el honor de
la localidad estaba en juego.
Durante todo el año, el letrado Lecastelier
se sustrajo a todas las preguntas. Ocho días antes del aniversario,
envió sus invitaciones. Dos horas después del recorrido del cartero,
hubo un extraordinario tráfago en el pueblo. El subprefecto creyó
que su deber era renovar inmediatamente su dieta de aperitivos, por
razones de equidad.
Cuando llegó el atardecer del gran día, los
corazones latían. Igual que el año anterior, los convidados se
encontraron en el Paseo, como por casualidad. La avanzadilla fue
señalada en el horizonte por los gritos de la entusiasta hilera.
Y el mismo cielo teñía de púrpura, al
Occidente, la línea de hermosos árboles, que eran magníficos
ejemplares de hayas y que pertenecían, por mejora y fuera parte, al
letrado Percenoix.
De nuevo, los invitados admiraron todo
esto. Luego entraron en casa del señor y la señora Lecastelier, y
penetraron en el comedor. Una vez sentados, tras la ceremonias, los
convidados, al observar atentamente el menú, se percataron, con
amenazador asombro, de que ¡era la MISMA cena!
¿Era una burla? Ante tal idea, el
subprefecto frunció el entrecejo y guardó, para sí, sus reservas.
Cada cual bajó la mirada, no queriendo (por
este sentimiento de cortesía, de perfecto tacto, que distingue a la
gente de provincias) dejar entrever al anfitrión y a su esposa la
impresión del profundo desprecio que sentían hacia ellos.
Percenoix ni siquiera intentó disimular la
alegría de un triunfo que creyó asegurado, desde entonces. Y
desplegaron las servilletas.
¡Sorpresa! Cada uno encontró en su plato
-¿qué?...- eso que se llama una pieza de asistencia, una moneda de
veinte francos.
Al instante, como si un hada buena hubiera
dado un golpe con su varita, hubo una especie de «¡Abracadabra!»
general, y todos los «amarillos» desaparecieron con el encantamiento
de una asombrosa rapidez.
Únicamente el Introductor de la filoxera,
preocupado con un madrigal, no percibió el napoleón de su plato
hasta un buen rato después que los demás. Hubo un retraso. Así, con
aire torpe, azorado, y con sonrisa de niño, murmuró hacia su vecina
algunas vagas palabras que sonaron como una pequeña serenata.
-¡Qué atolondrado soy!, ¡qué descuido! He
estado a punto de perder... maldito bolsillo... Sin embargo, es el
que ha introducido en Francia... A menudo se pierde, por falta de
precaución... mete uno el dinero en el bolsillo, descuidadamente;
luego, al menor movimiento -al desplegar la servilleta, por
ejemplo-, ¡plam!, ¡crac!. ¡pum! y ¡adiós!
La señora Lecastelier sonrió con finura.
-Distracción de elevados espíritus!...
-dijo ella.
-¿No son los bellos ojos los que la causan?
-respondió galante el célebre sabio, volviendo a poner en el
bolsillo del reloj, con una jovial negligencia, la hermosa moneda de
oro que había estado a punto de perder.
Las mujeres comprenden todo lo que es
delicadeza; teniendo en cuenta la intención que había tenido el
Introductor de la filoxera, la señora Lecastelier tuvo la amabilidad
de enrojecer dos o tres veces durante la cena, mientras el sabio,
inclinándose hacia ella, le hablaba en voz baja.
-¡Calma, señor Redoubté! -murmuraba ella.
Percenoix, como buen cabeza de chorlito, no
se había dado cuenta de nada y no había encontrado nada; en ese
momento, charlaba como una cotorra tuerta, y se escuchaba a sí mismo
con los ojos en el techo.
La cena fue brillante, muy brillante.
Analizaron la política de los gobiernos de Europa: el subprefecto
tuvo incluso que contemplar silenciosamente, en varias ocasiones, a
los tres personajes de elevada influencia, y éstos, para quienes la
Diplomacia, desde hacía tiempo, no tenía el menor secreto, desviaron
la conversación con una bandada de retruécanos que hicieron el
efecto de petardos. La alegría de los invitados tuvo su momento
culminante cuando sirvieron el nougat, que representaba, como el año
anterior, la pequeña ciudad de D...
Hacia las nueve de la noche, cada invitado,
mientras revolvía discretamente el azúcar en su taza de café, se
volvió hacia su vecino. Todas las cejas estaban alzadas y los ojos
tenían esa expresión átona propia de las personas que, tras un
banquete, van a emitir su opinión.
-¿Es la misma cena?
-Sí, la misma.
Después, tras un suspiro, un silencio y una
mueca meditativa:
-Absolutamente la misma.
-Sin embargo, ¿no había alguna cosa?
-Sí, sí, ¡había algo!
-En fin -entonces-, ¡ha sido más bella!
-Sí, es curioso. Es la misma... ¡y, sin
embargo, es más bella!
-¡Ah! Esto sí que es especial.
Pero, ¿por qué era más bella? Cada cual se
perforaba inútilmente el cerebro.
De pronto, creían haber puesto el dedo en
el punto preciso que legitimaba la indefinible impresión de
diferencia que todos sentían y la idea, rebelde, se escapaba como
una Galatea que no quisiera ser vista.
Luego se separaron, para meditar el
problema más libremente.
Y, desde entonces, toda la pequeña ciudad
de D... es presa de la más lamentable incertidumbre. ¡Es como una
desgracia!... Nadie puede desentrañar el misterio que pesa aún hoy
sobre el victorioso festín del letrado Lecastelier.
El letrado Percenoix, algunos días después,
sumido en esa misma preocupación, resbaló en su escalera y sufrió
una caída que le provocó la muerte. Lecastelier lo lloró muy
amargamente.
Hoy, durante las largas tardes de invierno,
bien en la subprefectura, bien en las reuniones particulares, se
habla, se discute, se preguntan, se sueña, y el eterno tema es de
nuevo puesto sobre el tapete. ¡Renuncian!... Cuando con la ayuda de
la ciento sesenta y ochoava decimal, llegan al filo de la solución,
la x del problema retrocede indefinidamente, entre las dos
afirmaciones que confunden al Espíritu humano, pero que constituyen
el Símbolo de las indiscutibles preferencias de la Conciencia
pública, bajo la bóveda de los cielos:
-¡LA MISMA... Y, SIN EMBARGO, MÁS BELLA!
FIN |