| Al señor abate Victor de Villiers
de l’Isle-Adam |
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Attende, homo, quid fuisti ante ortum et quod eris usque ad occasum. Profecto
fuit quod non eras. Postea, de vili materia factus, in otero matris de sanguine
menstruali nutritus, tunica tua fuit pellis secundma. Deinde, in vilissimo panno
involutus, progressus es ad nos, sic indutus et ornatus! Et non memor es quae sit origo tua. Nihil est aliud humo quam sperma foetidum, saccus stercorum,
eibus vermium. Scientia, sapientia, ratio, sine Deo sicut nubes transeunt.
Post hominem vermis; post vermem foctor et horror. Sic, in non hominem,
vertitur omnis homo.
Cur camem tuam adornas et impinguas quam, post paucos dies, vermes devoraturi
sunt in sepulchro, animam, vero, tuam non adornas, quae Deo et Angelis ejus
praesentenda est in coelis!1
-San Bernardo (Meditaciones, t. II).
Bollandistas (Preparación
para el Juicio Final)
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Una tarde de otoño en la que, junto a personas con opinión, tomábamos el té
alrededor de un buen fuego, en casa de uno de nuestros amigos, el barón Xavier
de la V... (pálido joven a quien las largas fatigas militares soportadas en
África, siendo joven aún, le habían vuelto de una debilidad de carácter y de un
salvajismo de costumbres poco común), la conversación recayó sobre un tema de lo
más sombrío: se trataba de la naturaleza de esas coincidencias extraordinarias,
asombrosas, misteriosas, que suceden en la existencia de algunas personas.
-He aquí una historia -nos dijo- que no acompañaré con ningún comentario. Es
verídica. Quizás les parezca impresionante.
Encendimos unos cigarrillos y escuchamos el siguiente relato:
-En 1876, en el solsticio de otoño, en ese tiempo en que el número creciente
de inhumaciones hechas a la ligera -demasiado precipitadas- comenzaba a revolver y alarmar a la Burguesía
parisina, un cierto atardecer, hacia las ocho, a la salida de una sesión de
espiritismo de las más curiosas, al volver a mi casa, me sentí bajo la
influencia de ese tedio hereditario cuya negra obsesión desbarata y reduce a la
nada los esfuerzos de la Facultad.
Por instigación doctoral he tenido que emborracharme en vano, muchas veces,
con el brebaje de Avicena; en vano he intentado convertirme, bajo cualquier fórmula, en quintales de hierro
y, pisoteando todos los placeres, he hecho descender, cual nuevo Robert
d’Arbrissel2, el mercurio de mis ardientes pasiones hasta la temperatura de los
Samoyedas, ¡nada ha prevalecido! ¡Vamos! ¡Decididamente, parece que soy un
personaje taciturno y oscuro! Pero ocurre que, bajo una apariencia nerviosa, yo
debo de estar construido, como suele decirse, a cal y canto, puesto que aún soy
capaz, después de tantas preocupaciones, de contemplar las estrellas.
Así pues, esa noche, una vez en mi habitación, tras encender un cigarrillo
con las velas del espejo, me di cuenta de que estaba mortalmente pálido y me
sepulté en un amplio sillón, antiguo mueble de terciopelo granate acolchado, en
el que el vuelo de las horas, en mis largos ensueños, me parece menos lento. El
ataque de tedio era insoportable hasta el malestar, ¡hasta el abatimiento! Y,
como ninguna distracción mundana lograba apartarme de tales sombras -sobre todo en medio de las horribles preocupaciones de la capital- decidí,
como prueba, alejarme de París, ir lejos a respirar un poco de naturaleza,
entregarme a ejercicios fuertes, a algunas saludables partidas de caza, por
ejemplo, para intentar distraerme.
Apenas acababa de tener tal pensamiento, en el mismo instante en que me
decidí por esa línea de conducta, vino a mi memoria el nombre de un viejo amigo,
olvidado desde hacía años:
-¡El abate Maucombe!... -dije, en voz baja.
Mi último encuentro con el sabio clérigo databa del momento de su partida
para una larga peregrinación por Palestina. La noticia de su retomo me había
llegado tiempo atrás. El humilde presbítero vivía en un pueblecito de la Baja
Bretaña.
¿Dispondría allí Maucombe de una habitación cualquiera, de un cuchitril?
Seguramente, ¿habría reunido en sus viajes muchos volúmenes antiguos?
¿Curiosidades del Líbano? ¿Los estanques que hay junto a las moradas vecinas
esconderían, todavía, patos salvajes?... ¡Qué oportunidad!... Si yo quería
disfrutar, antes de los primeros fríos, de la última quincena del mágico mes de
octubre en aquellos rojizos roquedales, si aún pretendía ver resplandecer los
largos atardeceres de otoño en las boscosas alturas, ¡debía apresurarme!
El reloj dio las nueve.
Me levanté; sacudí la ceniza de mi cigarro. Después, como hombre decidido, me
puse el sombrero, la hopalanda y los guantes; cogí mi maleta y mi escopeta,
apagué las velas y salí, tras cerrar cuidadosamente y con triple vuelta la vieja
cerradura secreta que es el orgullo de mi puerta.
Tres cuartos de hora más tarde, el tren de la línea de Bretaña me llevaba
hacia el pueblecito de Saint-Maur, donde estaba destinado el abate Maucombe;
incluso había tenido tiempo, en la estación, de expedir una carta escrita a toda
prisa, en la que prevenía a mi padre de mi partida.
A la mañana siguiente estaba en R..., desde dónde sólo había unas dos leguas
hasta Saint-Maur.
Deseoso de pasar una buena noche (para poder utilizar mi escopeta desde el
alba del día siguiente), y ya que toda siesta me parece capaz de atropellar la
perfección de mi sueño nocturno, y para mantenerme despierto a pesar de mi
fatiga, consagré mi jornada a visitar a varios antiguos compañeros de estudios.
Hacia las cinco de la tarde, una vez cumplidos tales deberes, hice ensillar mi
caballo en el Soleil d’Or, donde había permanecido, y, con las luces del
crepúsculo, me encontré ante una aldea.
Mientras caminaba, había recordado al clérigo en cuya casa tenía la intención
de detenerme durante algunos días. El lapso de tiempo que había transcurrido
desde nuestra última entrevista, las excursiones, los acontecimientos ocurridos entre tanto y su aislamiento debían de haber modificado su carácter y
su persona. Lo encontraría encanecido. Pero conocía la fortificante conversación
del docto rector, y me confortaba pensar en las veladas que pasaríamos juntos.
-¡El abate Maucombe! -no cesaba de repetirme en voz baja-, ¡excelente idea!
Al preguntar por su residencia a los ancianos que apacentaban a los animales
a lo largo de las cunetas, tuve la certeza de que el cura -como perfecto
confesor de un Dios misericordioso- había ganado profundamente el afecto de sus
feligreses y, cuando me indicaron el camino del presbiterio bastante alejado de
la manzana de casuchas y chamizos que constituye el villorio de Saint-Maur, me
dirigí hacia allí.
Llegué.
El aspecto campestre de la casa, las ventanas y sus celosías verdes, los tres
escalones de asperón, las hiedras, clemátides y las rosas de té que trepaban por
los muros hasta el techo, de donde salía, por un tubo en forma de veleta, una
pequeña humareda, me inspiraron ideas de recogimiento, de salud y de profunda
paz. Los árboles de un prado vecino mostraban, a través de las cercas de un
vallado, sus hojas enmohecidas por la exasperante estación. Las dos ventanas del
único piso brillaban a la luz de Occidente; entre ellas mediaba una hornacina
donde estaba situada la imagen de un santo. Silenciosamente, eché pie a tierra:
até mi caballo al postigo y levanté la aldaba de la puerta, mientras lanzaba una
mirada de viajero al horizonte, a mi espalda.
Pero éste brillaba de tal forma por encima de los lejanos bosques de encinas
y de pinos salvajes donde los últimos pájaros volaban en el atardecer; en la
lejanía, las aguas de un estanque cubierto de cañas reflejaban tan solemnemente
el cielo, la naturaleza estaba tan hermosa, entre esos aires calmados, en ese
campo desierto, en ese momento en que el silencio cae, que, sin soltar la aldaba
suspendida en el aire, enmudecí.
-¡Oh, tú! -pensé-, que no encuentras el asilo de tus sueños y para quien la
tierra de Canaán, con sus palmerales y sus aguas vivas, no aparece en medio de
las auroras, tras haber caminado tanto bajo duras estrellas, viajero tan alegre al partir y ahora ensombrecido -corazón hecho para otros exilios que éstos
cuya amargura compartes con malvados hermanos-, ¡mira! ¡Aquí puede uno sentarse
en la piedra de la melancolía! ¡Aquí los sueños muertos resucitan, precediendo
los momentos de la tumba! Si quieres tener un verdadero deseo de morir,
acércate: aquí la visión del cielo exalta incluso el olvido.
Yo me encontraba en ese estado de laxitud en el que los sensibilizados
nervios vibran a la menor excitación. Una hoja cayó a mi lado; su ruido furtivo
me estremeció. ¡Y el mágico horizonte de esa tierra entró en mis ojos! Me senté,
solo, delante de la puerta.
Tras algunos instantes, como la tarde comenzara a refrescar, volví a la
realidad. Me levanté apresuradamente y retomé la aldaba de la puerta
contemplando la risueña casa.
Pero, apenas la observé de nuevo distraídamente, me vi forzado a detenerme,
preguntándome, esta vez, si no sería presa de alguna alucinación.
¿Era ésta la casa que yo acababa de ver? ¿Qué antigüedad denunciaban, ahora,
sus largas grietas entre las pálidas hojas? El edificio tenía un aire extraño;
los ladrillos iluminados por los agónicos rayos del atardecer ardían con una
intensa luz; el hospitalario portal me invitaba con sus tres escalones; pero al
concentrar mi atención en las grises baldosas vi que acababan de ser pulidas,
que aún quedaban señales de letras grabadas, y vi también que provenían del
cementerio vecino, cuyas negras cruces se me aparecían, ahora, al otro lado, a
un centenar de pasos. Y la casa me pareció tan cambiada que me producía
escalofríos, y los ecos del lúgubre golpe de aldaba, que dejé caer en mi
aprensión, resonaron, en el interior de la morada, como la vibración de un toque
de difuntos.
Este tipo de visiones, que son más morales que físicas, se borran con
facilidad. Sí, yo era víctima, sin dudarlo un segundo, de ese abatimiento
intelectual que antes indiqué. Estaba tan ansioso por ver un rostro que, con su
humanidad, me ayudase a disipar ese recuerdo, que empujé el picaporte sin
esperar más. Entré.
La puerta, movida por un resorte, se cerró sola, a mis espaldas.
Me encontré en un largo corredor en cuyo extremo Nanon, el ama de llaves,
vieja y alegre, bajaba las escaleras con una vela en la mano.
-¡Señor Xavier!... -exclamó ella, muy risueña al reconocerme.
-¡Buenas noches, mi Nanon! -le respondí, entregándole a toda prisa mi maleta
y mi escopeta.
(Había olvidado mi hopalanda en la habitación del Soleil d’Or.)
Subí. Un minuto después, abracé a mi viejo amigo.
La afectuosa emoción de las primeras palabras y el sentimiento de melancolía
por el pasado nos oprimieron, al abate y a mí, durante algunos momentos. Nanon
vino a traernos la lámpara y a anunciarnos la cena.
-Mi querido Maucombe -dije mientras le cogía el brazo para bajar-, la
amistad intelectual es una cosa para toda la vida y veo que compartimos tal
sentimiento.
-Es propio de espíritus cristianos que tienen una similitud divina muy
cercana, -me respondió-. Sí. El mundo tiene creencias menos «razonables» por las
cuales algunos partidarios sacrifican su vida, su felicidad, su deber. ¡Son
fanáticos!, -acabó sonriendo-. Escojamos, como fe, la más útil, puesto que somos
libres y nos convertimos en nuestra creencia.
-El hecho es -le respondí yo- que ya es muy misterioso que dos y dos sumen
cuatro.
Pasamos al comedor. Durante la cena, el abate, tras haberme reprochado
dulcemente el olvido al que lo había relegado durante tanto tiempo, me puso al
corriente de las costumbres del pueblecito.
Me habló de la región, y me contó dos o tres anécdotas referidas a sus
hacendados vecinos.
Me narró sus proezas personales en la caza y sus triunfos en la pesca: por
decirlo todo, fue de una afabilidad y de una vivacidad encantadoras.
Nanon, diligente servidora, se apresuraba, se multiplicaba a nuestro
alrededor y su ancha cofia adquiría movimiento en sus alas.
Como liase un cigarrillo mientras tomábamos el café, Maucombe, que era un
antiguo oficial de dragones, me imitó; al sorprendernos el silencio de las
primeras bocanadas en nuestros pensamientos, me puse a observar atentamente a mi
anfitrión.
Este sacerdote era un hombre de cuarenta y cinco años, más o menos, y de gran
altura. Largos cabellos grises rodeaban con sus enrollados rizos su delgado y
fuerte rostro. Sus ojos brillaban con mística inteligencia. Sus rasgos eran
regulares y austeros; su esbelto cuerpo resistía el paso de los años: sabía
llevar la larga sotana. Sus palabras, llenas de ciencia y de dulzura, estaban
sostenidas por una voz bien timbrada que provenía de unos excelentes pulmones.
En fin, me parecía que poseía una salud vigorosa: los años lo había alterado muy
poco.
Me hizo pasar a su pequeño salón biblioteca.
La falta de sueño causada por un viaje, predispone al escalofrío; la noche
era de un frío glacial, mensajero del invierno. Así que sentí cierto alivio
cuando una brazada de sarmientos ardió, entre dos o tres leños, ante mis
rodillas.
Con los pies en los morillos, y acodados en nuestros sillones de cuero
bruñido, hablamos, naturalmente, de Dios.
Yo estaba cansado. Escuchaba sin responder.
-Para concluir -me dijo Maucombe levantándose-, nosotros estamos aquí para
testimoniar, con nuestras obras, nuestras ideas, nuestras palabras y nuestra
lucha contra la Naturaleza, para testimoniar si damos la talla.
Y terminó con una cita de Joseph de Maistre: «Entre el Hombre y Dios, sólo
hay Orgullo.»
-A pesar de ello -le dije-, ¿acaso no tenemos nosotros el honor de existir
(nosotros, los niños mimados de la Naturaleza) en un siglo ilustrado?
-Prefiramos la Luz de los siglos -me respondió sonriendo.
Habíamos [legado al rellano con las velas en las manos.
Un largo pasillo paralelo al de abajo separaba mi habitación de la de mi
anfitrión: insistió en instalarme él mismo. Entramos; miró si faltaba algo y
cuando se acercó a mí para estrecharme la mano y darme las buenas noches, un
vivo reflejo de mi vela cayó en su rostro. ¡Esta vez, me estremecí.
¿Era un agonizante quien estaba de pie, allí, cerca del lecho? ¡El rostro que
estaba delante de mí no era, no podía ser, el rostro de la cena! O, al menos, si
lo reconocía vagamente, me parecía que no lo había visto, realmente, sino en ese
momento. Una única reflexión me hizo comprender: el abate me producía,
humanamente, la segunda sensación que, por una oscura correspondencia, su casa
me había hecho sentir.
La cabeza que contemplaba era grave, muy pálida, de una palidez mortal, y las
pupilas estaban cerradas. ¿Había olvidado mi presencia? ¿Rezaba? ¿Por qué se
mantenía así? Su persona estaba revestida de una solemnidad tan repentina que
cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, un segundo después, el buen abate
estaba todavía allí, ¡pero ahora sí que lo reconocía! ¡En buena hora! Su
amistosa sonrisa disipaba en mí cualquier preocupación. Aquella impresión no
había durado tanto como para hacerle una pregunta. Había sido una aprensión, una
especie de alucinación.
Maucombe me deseó, por segunda vez, buenas noches y se retiró.
Una vez solo pensé: «¡Un profundo sueño, eso es lo que necesito!»
Excitado pensé en la Muerte; encomendé mi alma a Dios y me metí en la cama.
Una de las particularidades de la extremada fatiga es la imposibilidad de
conciliar el sueño inmediatamente. Todos los cazadores han sentido lo mismo. Es
algo notorio.
Yo esperaba dormir rápida y profundamente. Tenía puestas grandes esperanzas
en una buena noche. Pero, al cabo de diez minutos, me fue preciso reconocer que
el nervioso malestar no se dejaba adormecer. Oía tics-tacs, breves crujidos de
la madera y de las paredes. Sin duda, relojes de muerte3. Cada uno de los imperceptibles ruidos de la noche se correspondía,
en todo mi ser, con una descarga eléctrica.
Las negras ramas se agitaban con el viento, en el jardín. A cada momento,
briznas de hiedra golpeaban mi ventana. Tenía un sentido auditivo comparable al
de la gente que muere de hambre.
-He tomado dos tazas de café -pensé-. ¡Es eso!
Y, apoyándome en la almohada, me puse a contemplar, obstinadamente, la luz de
la vela, colocada encima de la mesilla cercana. La miré con fijeza, por entre
las pestañas, con esa intensa atención que la absoluta distracción del
pensamiento da a la mirada.
Una pequeña pila de agua bendita, de porcelana coloreada, con su rama de boj,
estaba colgada en la cabecera de mi cama. Mojé mis párpados con agua bendita
para refrescarlos, luego apagué la vela y cerré los ojos. El sueño se acercaba:
la fiebre se apaciguaba.
Iba a dormirme.
Tres golpecitos secos, imperativos, sonaron en mi puerta.
-¡Eh! -me dije sobresaltado.
Entonces comprendí que mi primer sueño ya había comenzado. Ignoraba dónde me
encontraba. Me creía en París. Algunos reposos producen esa clase de ridículos
olvidos. Al haber perdido de vista, casi inmediatamente, la causa principal de
mi despertar, me estiré voluptuosamente, en una completa inconsciencia de mi
situación.
-A propósito -me dije a mí mismo de pronto-, pero, ¿han llamado? ¿Quién
puede ser?...
En esa parte de mi frase vino a mi memoria la confusa y oscura noción de que
ya no estaba en París sino en un presbiterio de Bretaña, en casa del abate
Maucombe.
En un abrir y cerrar de ojos, me encontré en medio de la habitación.
Mi primera impresión, al mismo tiempo que la del frío en los pies, fue la de
una viva luz. La luna llena brillaba, frente a la ventana, por encima de la iglesia, y, en el suelo, por entre las blancas
cortinas, recortaba su ángulo de llama pálida y desierta.
Era medianoche.
Mis ideas eran mórbidas. ¿Qué sucedía? La oscuridad era extraordinaria.
Cuando me aproximaba a la puerta, un rayo de luz, que surgía del ojo de la
cerradura, cayó en mi mano y en mi manga.
Había alguien detrás de la puerta: realmente habían llamado.
Sin embargo, a dos pasos del pomo, me detuve.
Una cosa me parecía sorprendente: la naturaleza de la luz que recorría mi
mano. Era una luz helada, sangrienta, que no iluminaba. Por otro lado, ¿cómo
podía ser que no viera ningún rastro de luz bajo la puerta, en el corredor? ¡En
verdad, lo que surgía del ojo de la cerradura me producía la impresión de la
mirada fosforescente de un búho!
En ese momento, fuera, el carillón de la iglesia, en medio del viento
nocturno, dio la hora.
-¿Quién está ahí? -pregunté en voz baja.
La luz se apagó: iba a acercarme...
Pero la puerta se abrió, totalmente, lenta y silenciosamente.
Ante mí, en el pasillo, estaba, de pie, una figura alta y negra, un cura, con
el sombrero en la cabeza. La luna lo iluminaba por completo, a excepción del
rostro: sólo veía el fuego de sus pupilas que me observaban con una solemne
fijeza.
Un halo del otro mundo envolvía al visitante, su actitud oprimía mi alma.
Paralizado por un terror que instantáneamente llegó al paroxismo, contemplé, en
silencio, al desolador personaje.
De pronto, el cura alzó el brazo, lentamente hacia mí. Me mostraba algo
pesado y vago. Era una capa. Una gran capa negra, una capa de viaje. Me la
tendía, ¡como si me la ofreciera!...
Cerré los ojos para no verlo. ¡Oh! ¡No quería verlo! Pero un pájaro nocturno,
con un espantoso grito, pasó entre nosotros, y el viento de su aleteo, al rozar mis párpados, me hizo
reabrirlos. Percibí que volaba por la habitación.
Entonces -y con un estertor de angustia, porque las fuerzas me traicionaban
impidiéndome gritar-, cerré la puerta con mis dos manos crispadas y extendidas y
eché violentamente el cerrojo, ¡frenético y con los cabellos erizados!
Cosa extraña, me pareció que todo lo sucedido no provocaba ningún
ruido.
Era más de lo que mi organismo podía soportar. Me desperté. Estaba sentado en
la cama, con los brazos estirados hacia delante; estaba helado, con la frente
empapada de sudor; mi corazón golpeaba las paredes de mi pecho con grandes y
sombríos latidos.
-¡Ah! -me dije-. ¡Qué sueño más espantoso!
Sin embargo, mi insuperable ansiedad persistía. Necesité más de un minuto
antes de atreverme a mover el brazo para coger las cerillas: temía sentir que
una mano tomase la mía en la oscuridad y me la estrechase amigablemente.
Tuve un sobresalto al oír el chasquido de las cerillas en el hierro del
candelabro. Encendí la vela.
Al punto, me sentí mucho mejor; la luz, vibración divina, transforma los
fúnebres entornos y nos consuela de los terrores.
Decidí beber un vaso de agua fría para reponerme del todo y salí del lecho.
Al pasar delante de la ventana, noté una cosa: la luna era exactamente igual
a la de mi sueño, aunque no la hubiera visto antes de meterme en la cama; y, al
ir, con la vela en la mano, a examinar la cerradura de la puerta, constaté que
una vuelta de llave había sido dada desde dentro, cosa que yo no había hecho
antes de dormirme.
Ante tales descubrimientos, miré a mi alrededor. Comencé a pensar que el
asunto tenía un carácter bastante insólito. Me volví a acostar, me recosté, e
intenté razonar, probándome a mí mismo que todo era un ataque de sonambulismo
muy lúcido, pero esto me tranquilizaba cada vez menos. Sin embargo, el cansancio
se apoderó de mí como una ola, acunó mis negros pensamientos y me durmió repentinamente en mi angustia.
Cuando desperté, un sol espléndido iluminaba la habitación.
Era una mañana radiante. Mi reloj, colgado en la cabecera del lecho, señalaba
las diez. Porque, ¿hay algo mejor que el día, el sol radiante, para
reconfortamos? ¡Sobre todo cuando se siente el exterior embalsamado y el campo
lleno de una fresca brisa en los árboles, y las espinosas malezas, las cunetas
cubiertas de flores totalmente húmedas por el rocío de la aurora!
Me vestí a toda prisa, sin acordarme del oscuro comienzo de mi última noche.
Totalmente recuperado por reiteradas abluciones de agua fría, bajé.
El abate Maucombe se encontraba ya en el comedor: sentado ante una mesa puesta, leía un periódico mientras me esperaba.
Nos estrechamos la mano.
-¿Has pasado una buena noche, mi querido Xavier? -me preguntó.
-¡Excelente! -respondí distraídamente (por costumbre y sin conceder la menor
importancia a lo que yo decía).
La verdad es que tenía apetito: eso es todo.
Apareció Nanon trayéndonos el desayuno.
Mientras lo tomábamos, nuestra charla fue a la vez profunda y alegre: el
hombre que vive santamente conoce la alegría y sabe comunicarla.
De repente me acordé de mi sueño.
-A propósito, mi querido abate, recuerdo que he tenido esta noche un sueño
singular, y de una rareza... ¿cómo podría expresarlo? Veamos... ¿sorprendente?,
¿pasmosa?, ¿terrorífica? Juzgue y escoja.
Y, mientras pelaba una manzana, comencé a narrarle con todo detalle la negra
alucinación que había turbado mi primer sueno.
En el momento en que había llegado al gesto del sacerdote al ofrecerme la
capa, y antes de que hubiera iniciado esa frase, se abrió la puerta del comedor.
Nanon, con esa familiaridad propia del ama de llaves de un cura, entró, como un rayo de sol, en nuestra
conversación, e, interrumpiéndome, me entregó un papel.
-¡Aquí tiene una carta «urgente» que un campesino acaba de traer, hace un
instante, para el señor! -dijo.
-¡Una carta! ¡Ya! -exclamé, olvidándome de mi historia-. Es de mi padre.
¿Cómo es posible? Mi querido abate, me permite que la lea, ¿no es cierto?
-¡Sin duda! -dijo el abate Maucombe, perdiendo también la historia de vista y
sufriendo magnéticamente el interés que tomaba en la carta-: ¡sin duda!
La abrí.
Así, la súbita irrupción de Nanon había desviado nuestra atención.
-Vaya -dije-, ¡qué gran contrariedad!: Apenas he llegado y ya me veo obligado
a partir.
-¿Cómo? -preguntó el abate Maucombe, dejando su taza sin beber.
-Me ha escrito para que regrese a toda prisa, a causa de un proceso de gran
importancia. Esperaba que no se viese la causa hasta diciembre: pero me avisa
que se va a ver en la próxima quincena y como soy el único que puede ordenar los
datos que nos harán ganar el juicio, tengo que ir... ¡Vaya!, ¡qué fastidio!
-¡Verdaderamente, es enojoso! -dijo el abate-; ¡muy enojoso! Al menos,
prométeme que en cuanto ese asunto haya terminado... El gran negocio es la
salvación: ¡yo esperaba servir para algo en lo referente a la tuya y te
escapas! Yo que pensaba que el buen Dios te había enviado...
-Mi querido abate, -exclamé-, le dejo mi escopeta. Antes de tres semanas
estaré de vuelta y, esa vez, si quiere, me quedaré algún tiempo.
-Ve, pues, en paz -dijo el abate Maucombe.
-¡Es que se trata de casi toda mi fortuna! -murmuré.
-¡La fortuna es Dios! -dijo simplemente Maucombe.
-Y mañana, cómo viviría yo si...
-Mañana, no se vive ya -respondió.
En seguida nos levantamos de la mesa, un poco consolados del contratiempo por
la promesa de mi retorno.
Fuimos a pasear por el jardín y a visitar las dependencias del presbiterio.
Durante toda la jornada, el abate me mostró, con complacencia, sus pobres
tesoros rurales. Luego, mientras leía su breviario, me fui, solitario, a los
alrededores, para respirar con deleite el aire fresco y puro. Maucombe, a su
vuelta, narró algo de su viaje a Tierra Santa; todo ello nos mantuvo ocupados
hasta la hora del crepúsculo.
Llegó la noche. Tras una frugal cena, le dije al abate Maucombe:
-Amigo mío, el express sale a las nueve en punto. Desde aquí a R... tengo una
hora y media de camino. Necesito media hora para dejar el caballo en el albergue
y pagar la posada; en total, dos horas. Son las siete: lo dejo ahora mismo.
-Te acompañaré un poco -dijo el sacerdote-: este paseo será saludable.
-A propósito -le dije yo preocupado-, esta es la dirección de mi padre (es
donde resido en París), por si debemos escribirnos.
Nanon cogió la tarjeta y la depositó en una juntura del cristal.
Tres minutos después, el abate y yo abandonábamos el presbiterio y
avanzábamos por el camino. Yo tenía mi caballo cogido por la brida, como es
lógico.
Éramos ya dos sombras.
Cinco minutos después de nuestra partida, una penetrante bruma, una llovizna
fina y muy fría, arrastrada por una ráfaga de viento, golpeó nuestras manos y
rostros.
Me detuve.
-Mi viejo amigo -dije al abate-, ¡no!, decididamente, no puedo permitir esto.
Su existencia es demasiado preciosa y esta humedad glacial es malsana.
Vuelva. Esta lluvia podría empaparlo peligrosamente. Regrese, se lo ruego.
Al cabo de unos instante, el abate, pensando en sus fieles, se rindió a mis
razonamientos.
-¿Tengo tu promesa, amigo mío? -me dijo.
Y como yo le tendiera la mano:
-¡Un momento! -añadió-, estoy pensando que aún tienes mucho camino que hacer
y que esta bruma, en efecto, es penetrante.
Tuve un temblor. Estábamos el uno junto al otro, inmóviles, mirándonos
fijamente como dos viajeros impacientes.
En ese momento la luna se elevó por encima de los pinos, detrás de las
colinas, iluminando los prados y los bosques en el horizonte. Ella nos bañó
espontáneamente con su pálida y triste luz, con su llama desierta y blanca.
Nuestras siluetas y la del caballo se dibujaron, enormes, en el camino. Y, por
el lado de las viejas cruces de piedra, allá abajo, viejas cruces ruinosas
que se alzan en ese cantón de Bretaña, aquéllas en las que se posan los funestos
pájaros escapados del bosque de los Agonizantes, oí, a lo lejos, un espantoso
grito: el áspero y alarmante falsete del grajo. Una lechuza de ojos de fósforo,
cuya luz temblaba en una gran rama de una encina, se echó a volar y pasó entre
nosotros, prolongando aquel grito.
-¡Vamos! -continuó el abate Maucombe-, estaré en mi casa en un minuto; así
que ¡tome!, ¡tome esta capa! ¡Tengo mucho interés en ello... mucho! -añadió con
un tono inolvidable-. Me la enviará con el sirviente de la posada que viene al
pueblo todos los días... Se lo ruego.
El abate, mientras pronunciaba esas palabras, me tendía la negra capa. Yo no
veía su rostro, a causa de la sombra que proyectaba la teja: pero distinguía sus
ojos que me observaban con una solemne fijeza.
Me echó la capa sobre los hombros, la abrochó con un aire tierno e inquieto,
mientras yo, sin fuerzas, cerraba los párpados. Y aprovechando mi silencio, se
marchó apresuradamente hacia su casa. En un recodo del camino, desapareció.
Con una cierta fortaleza de ánimo, y también un poco maquinalmente, salté
sobre el caballo. Luego permanecí inmóvil.
Ahora yo estaba solo en el camino. Percibía los mil ruidos del campo. Al
reabrir los ojos, vi el inmenso y lívido cielo en el que huían numerosas nubes
sin brillo, escondiendo la luna, la naturaleza solitaria. A pesar de todo, me
mantuve derecho y firme, aunque debía de estar tan blanco como el papel.
-¡Venga! -me dije-, ¡calma! Tengo fiebre y estoy sonámbulo. Eso es todo.
Intenté alzar los hombros: un peso secreto me lo impidió.
Mas he aquí que, surgiendo del fondo del horizonte, de lo más profundo de
esos bosques descritos, una bandada de quebrantahuesos, con gran aleteo, pasó,
gritando horribles y desconocidas sílabas, por encima de mi cabeza. Se posaron
en el tejado del presbiterio y del campanario, en la lejanía; y el viento me
trajo sus tristes gritos. A fe mía que tuve miedo. ¿Por qué? ¿Quién me lo
explicará algún día? Yo he visto el fuego; mi espada ha chocado con muchas
otras; mis nervios están mejor templados, quizás, que los de los más flemáticos
y más débiles: sin embargo, afirmo, muy humildemente, que en ese momento tuve
miedo de verdad. Incluso he concebido cierta estima intelectual hacia mi mismo.
Cualquiera no tiene miedo de esas cosas.
Así pues, en silencio, ensangrentaba los flancos del pobre caballo, y con los
ojos cerrados, las riendas sueltas, los dedos crispados sobre las crines, la
capa flotando detrás de mí, sentí que el galope del animal eran tan violento que
iba rozando la tierra con su vientre: de vez en cuando mi sordo gruñido en su
oreja le comunicaba, seguramente y por instinto, el supersticioso horror que me
estremecía muy a mi pesar. De tal manera que llegamos al pueblo en menos de
media hora. El sonido del adoquinado de las calles me hizo levantar la cabeza y
respirar.
¡Casas!, ¡tiendas iluminadas! ¡Por fin veía rostros humanos tras los
cristales! ¡Veía transeúntes! ¡Abandonaba el país de las pesadillas!
En la posada me instalé ante un buen fuego. La conversación de los carreteros
me sumió en un estado semejante al éxtasis. Yo salía de la Muerte. Contemplé las
llamas por entre mis dedos. Tragué un vaso de ron. Al fin recobraba el control de mis
facultades.
Sentía que había vuelto a la vida.
Incluso estaba un poco avergonzado, digámoslo, por mi pánico.
¡Cómo me tranquilicé, cuando cumplí el encargo del abate Maucombe! ¡Con qué
mundana sonrisa examiné la negra capa, al entregársela al posadero! La
alucinación se había desvanecido. Yo hubiese sido, gustosamente, como dice Rabelais, «un buen compañero».
La capa en cuestión no parecía tener nada de extraordinaria ni siquiera de
particular, a no ser que era muy vieja e incluso estaba remendada, recosida, y
forrada con una especie de extraña ternura. Una profunda caridad, sin duda,
llevaba el abate Maucombe a dar como limosna el dinero de una capa nueva: al
menos, así me explicaba yo la cuestión.
-¡Muy bien! -dijo el posadero-: el chico debe ir al pueblo en seguida: va a
salir ya; al pasar entregará la capa en casa del señor Maucombe, antes de las
diez.
Una hora después, en mi vagón, con los pies en el calentador, envuelto en mi
reconquistada hopalanda, me decía, mientras encendía un buen cigarro y escuchaba
el ruido del silbato de la locomotora:
-Decididamente, prefiero con mucho ese grito al de los búhos.
Debo confesar que me arrepentía de haber prometido que regresaría.
Finalmente me dormí con un buen sueño, olvidando completamente lo que desde
entonces yo debía considerar como una insignificante coincidencia.
Tuve que detenerme seis días en Chartres para reunir las piezas que luego
llevaron a la favorable conclusión del proceso.
Por fin, con la mente llena de ideas de papeluchos y de ardides y bajo el
abatimiento de mi enfermizo aburrimiento, volví a París, justo la tarde del
séptimo día después de mi marcha del presbiterio.
Llegué directamente a mi casa, hacia las nueve. Subí. Encontré a mi padre en
el salón. Estaba sentado, junto a un velador, iluminado por una lámpara. Tenía una carta abierta en sus manos.
Tras algunas palabras:
-¡Estoy seguro de que no sabes la noticia que me cuenta esta carta! -me
dijo-: nuestro buen y viejo amigo el abate Maucombe murió tras tu partida.
Ante tales palabras sentí una conmoción.
-¡Qué! -respondí.
-Sí, muerto, anteayer, hacia medianoche, tres días después de que te
marchases de su presbiterio, a causa de un frío que cogió en el camino. La carta
es de la vieja Nanon. La pobre mujer parece tener la cabeza tan perdida, que
incluso repite dos veces una misma frase... extraña... a propósito de una
capa... ¡Léela tú mismo!
Me tendió la carta que anunciaba la muerte del santo sacerdote, en efecto, y
leí estas simples líneas:
«Era muy feliz -decía él en sus últimas palabras-, porque en su último
suspiro estaba envuelto y amortajado en la capa que había traído de su
peregrinación por Tierra Santa, y que había tocado EL SANTO SEPULCRO.»
FIN
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