| Al señor Victor Hugo |
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Hombre, ve a decir a
Lacedemonia que aquí
hemos muerto por obedecer sus santas leyes.
-Simonides |
La gran puerta de Esparta, con su batiente pegado a la
muralla como un escudo de bronce apoyado en el pecho de un guerrero, se abría
ante el Taygeto. La polvorienta pendiente del monte enrojecía con fríos fuegos
un atardecer de los primeros días del invierno, y la árida ladera enviaba a las
murallas de la ciudad de Heracles la imagen de un sacrificio ofrecido en una
profunda noche cruel.
Por encima del cívico portal, el muro se erguía
pesadamente. En la nivelada cumbre había una multitud, roja por el atardecer.
Las luces de hierro de las armaduras, las jabalinas, los carros, las puntas de
las lanzas brillaban con la sangre del astro. Únicamente los ojos de esa
multitud estaban sombríos: contemplaban fijamente, con miradas agudas como
jabalinas, la cima del monte, de donde se esperaba alguna gran noticia.
La víspera, los Trescientos habían marchado con el rey.
Coronados con flores, partieron al festín de la Patria. Quienes tenían que cenar
en los infiernos habían peinado sus cabelleras por última vez en el templo de
Licurgo. Después, los jóvenes, tras coger los escudos y golpearlos con sus
espadas, entre los aplausos de las mujeres, habían desaparecido en la aurora
mientras cantaban versos de Tirteo... Ahora, sin duda, las altas hierbas del
Desfiladero rozaban sus desnudas piernas, como si la tierra que iban a defender
quisiera todavía acariciar a sus hijos antes de recogerlos en su verdadero seno.
Por la mañana, el fragor de las armas, traído por el
viento, y los gritos triunfales, habían confirmado los informes de los
desperdigados pastores. Los Persas habían retrocedido dos veces, en una inmensa
derrota, dejando a diez mil Inmortales sin sepultura. ¡La Lócrida había visto
tales victorias! Tesalia se sublevaba. Tebas misma se había despertado ante tal
ejemplo. Atenas había enviado sus legiones y se armaba bajo las órdenes de
Milcíades; siete mil soldados reforzaban la falange laconiana.
Pero he aquí que entre los cantos de gloria y las
plegarias en el templo de Diana, los cinco Eforos se miraron, después de haber
escuchado a los mensajeros llegados de improviso. Inmediatamente, el Senado
había dado órdenes de defender la Ciudad. De ahí esos apresurados
atrincheramientos, porque la orgullosa Esparta tenía a sus ciudadanos como única
fortificación.
Una sombra había desvanecido todas las alegrías. Ya no
daban crédito a los discursos de los pastores; de golpe, olvidaron las sublimes
noticias como si fueran fábulas. Los sacerdotes se habían estremecido.
Iluminados por la llama de los trípodes, los brazos de los augures se habían
alzado invocando a las divinidades infernales. Inmediatamente, se dijeron breves
y terribles palabras. Y se hizo salir a las vírgenes porque se iba a pronunciar
el nombre de un traidor. Sus largos vestidos pasaron sobre los Ilotas, tumbados,
borrachos de vino negro, y cuando atravesaron las escalinatas de los pórticos,
caminaron por encima de ellos sin percibirlos.
Entonces resonó la desesperada noticia.
Alguien había mostrado a los enemigos un paso secreto
en la Fócida. Un pastor mesenio había vendido la tierra de Hélade. Efialtes1
había vendido la madre patria a Jerjes. Y la caballería persa, a cuyo frente
resplandecían las armaduras de oro de los sátrapas, invadían ya el suelo de los
dioses, hollaban los pies de la nodriza de los héroes. ¡Adiós, templos, moradas
de los antepasados, llanuras sagradas! Ellos, los pálidos y afeminados, vendrán
con cadenas, y escogerán a sus esclavos entre tus hijas, ¡oh Lacedemonia!
Cuando los ciudadanos se dirigieron a la muralla, al
ver el aspecto de la montaña, creció la consternación.
El viento se lamentaba en los rocosos barrancos, entre
los pinos que se plegaban y se rompían, confundiendo sus desnudas ramas,
semejantes a los cabellos de una cabeza inclinada hacia atrás con horror. La
Gorgona, cuyos velos parecían moldear su rostro, corría por entre las nubes. Y
la multitud, color de incendio, se amontonaba en los huecos para contemplar la
áspera desolación de la tierra bajo la amenaza del cielo. Sin embargo, este
gentío de severas bocas se condenaba al silencio a causa de las vírgenes. No
había que agitar su seno ni angustiar su sangre con acusadoras impresiones hacia
un hombre de la Hélade. Pensaban en los futuros niños.
La impaciencia, la decepcionante espera, la
incertidumbre del desastre aumentaban la angustia. Cada uno intentaba empeorar
aún más su futuro, y la proximidad de la destrucción les parecía inminente.
¡Seguramente, la vanguardia de los ejércitos aparecería
al atardecer! Algunos creían ver en los cielos y cortando el horizonte, el
reflejo de la caballería de Jerjes, incluso su carro. Los sacerdotes, aguzando
el oído, distinguían unos clamores venidos del norte -decían-, a pesar del
viento de los mares meridionales que agitaba sus mantos.
Las balistas rodaban, tomando posiciones; se tensaban
sus escorpiones y los montones de dardos eran depositados junto a las ruedas.
Las niñas preparaban las brasas para hacer hervir la pez; los veteranos,
revestidos con sus armaduras, calculaban, con los brazos cruzados, el número de
enemigos que abatirían antes de morir; iban a fortificar las puertas, pues
Esparta no se rendiría, ni siquiera si era tomada al asalto; se calculaban los
víveres, se aconsejaba el suicidio a las mujeres, se consultaba unas entrañas
abandonadas que humeaban aquí y allá.
Como había que pasar la noche en la muralla por temor a
un posible ataque sorpresa de los Persas, el llamado Nogacles, el cocinero de
los guardias, una especie de magistrado, preparaba, en la misma muralla, el
público sustento. De pie, junto a un enorme tonel, manejaba su pesada maza de
piedra y, mientras aplastaba distraídamente el grano en la leche salada, también
él miraba, preocupado, la montaña.
Todos esperaban. Ya se insinuaban infames sugerencias
sobre los combatientes. La desesperación de la masa es calumniosa; y los
hermanos de aquéllos que desterrarían un día a Arístides, Temístocles y a
Milcíades no soportaban, sin furor, su preocupación. Pero entonces, unas mujeres
muy viejas sacudían la cabeza mientras trenzaban sus grandes cabelleras blancas.
Ellas estaban seguras de sus hijos y guardaban la orgullosa tranquilidad de las
lobas que han dejado de amamantar.
Una brusca oscuridad invadió el cielo; no eran las
sombras de la noche. Una inmensa bandada de cuervos apareció, surgida de las
profundidades del sur, y pasó sobre Esparta con terribles gritos de alegría;
cubrían el espacio ensombreciendo la luz. Se posaron en todas las ramas de los
árboles sagrados que rodeaban el Taygeto. Allí permanecieron, vigilantes,
inmóviles, con el pico orientado hacia el norte y los ojos encendidos.
Se oyó una clamorosa y estruendosa maldición que los
persiguió. Las catapultas retumbaron al enviar una andanada de piedras cuyos
choques sonaron tras mil silbidos y restallaron al penetrar en los árboles.
Intentaron asustarlos tendiéndoles el puño o elevando
los brazos al cielo. Ellos permanecieron impasibles, como si un divino olor de
héroes muertos les hubiera fascinado, y no abandonaron las ramas, que se
doblaban bajo su peso.
Ante esta aparición, las madres se estremecieron en
silencio.
Ahora las vírgenes se preocuparon. Les habían entregado
las hojas santas, colgadas desde hacía siglos en los templos. «¿Para quién estas
espadas?» -preguntaban. Y sus miradas, aún tiernas, iban del reflejo de las
armas a los fríos ojos de quienes las habían engendrado. Les sonreían por
respeto, les dejaban en la incertidumbre de las víctimas; en el último momento
les dirían que esas espadas eran para ellas.
De repente, los niños gritaron. Sus ojos habían
distinguido algo en la lejanía. Allá, en la ahora azulada cima del desierto
monte, un hombre, impulsado por el viento de una fuga anterior, se dirigía hacia
la Ciudad.
Todas las miradas convergieron en él.
Venía con la cabeza baja, con el brazo extendido hacia
una especie de bastón ramoso -cortado apresuradamente, sin duda-, que sostenía
su carrera hacia la puerta espartana.
Ahora, cuando llegó a la zona en que el sol lanzaba sus
últimos rayos hacia el centro del monte, se podía distinguir su gran manto
enrollado alrededor de su cuerpo; el hombre debía de haberse caído en el camino,
porque su manto y su bastón estaban completamente manchados de fango. No podía
ser un soldado: no tenía escudo.
Un triste silencio acogió esta visión.
-¿De qué horrible lugar huía? ¡Mal presagio!
-Tal carrera no era digna de un hombre. ¿Qué querría?
-¿Refugio?... ¿Lo perseguían? ¿El enemigo? ¡Ya! ¡ya!...
En el momento en que la oblicua luz del agonizante
astro lo iluminó de la cabeza a los pies, pudieron ver las canilleras.
Una oleada de furor y de vergüenza trastornó los
pensamientos. Olvidaron la presencia de las vírgenes, que se tornaron siniestras
y más blancas que auténticos lirios.
Resonó un nombre, escupido por el terror y el estupor
general. ¡Era un Espartano!, ¡uno de los Trescientos! Lo reconocían. ¡Él!, ¡era
él! ¡Un soldado de la ciudad que había arrojado su escudo! ¡Qué huía! ¿Y los
otros? ¿También ellos, los valientes, se habían dado a la fuga? Y la ansiedad
crispaba los rostros. Ver a ese hombre equivalía a contemplar la derrota. ¡Ah!,
¡por qué esconder por más tiempo tan inmensa desgracia! ¡Habían huido!
¡Todos!... ¡Lo seguían! ¡Aparecerían de un momento a otro!... ¡Perseguidos por
los jinetes persas! Y el cocinero, poniéndose la mano sobre los ojos, exclamó
que los veía en la bruma...
Un grito acalló todos los rumores. Acababa de ser
lanzado por un viejo y una anciana. Ambos, escondiendo sus prohibidos rostros,
habían pronunciado esas horribles palabras: «¡Mi hijo!»
Entonces se elevó un huracán de alaridos. Los puños se
alzaron hacia el fugitivo.
-Te equivocas. Aquí no está el campo de batalla.
-No corras tanto. Cuídate.
-¿Compran a buen precio los Persas los escudos y las
espadas?
-Efialtes es rico.
-¡Ten cuidado a tu derecha! Los huesos de Pelops, de
Heracles y, de Pólux están bajo tus pies. ¡Maldición! Vas a despertar a los
manes del Antepasado, pero él estará orgulloso de ti.
-¡Mercurio te ha prestado las alas de sus pies! ¡Por la
laguna Estigia, que ganarás el premio en las Olimpíadas!
El soldado parecía no oír y seguía corriendo hacia la
Ciudad.
Y como no respondía ni se detenía, se exasperaron aún
más. Las injurias fueron espantosas. Las muchachas observaban con estupor.
Y los sacerdotes:
-¡Cobarde! ¡Estás manchado de barro! ¡Tú no has
abrazado a la tierra natal; tú la has mordido!
-¡Viene hacia la puerta! ¡Ah! ¡Por los dioses
infernales! ¡No entrarás!
Millares de brazos se levantaron.
-¡Atrás! ¡Te espera el báratro2!
Si no... ¡Atrás! ¡No queremos tu sangre en nuestros abismos!
-¡Al combate! ¡Vuelve!
-Teme las sombras de los héroes a tu alrededor.
-¡Los Persas te darán coronas y liras! ¡Vete a amenizar
sus festines, esclavo!
Ante tal palabra, las jóvenes Lacedemonias inclinaron
sus frente sobre el pecho, y, apretando en sus brazos las espadas portadas por
los reyes libres en remotas épocas, vertieron silenciosas lágrimas.
Ellas enriquecían, con sus heroicos llantos, la ruda
empuñadura de las espadas. Por la patria, todo lo comprendían y se consagraban a
la muerte.
De pronto, una de ellas, esbelta y pálida, se aproximó
a la muralla: le abrieron paso. Era la que iba a ser, un día, la esposa del
fugitivo.
-¡No mires, Semeis!... -le gritaron sus compañeras.
Pero ella observó al hombre y, tras coger una piedra,
la lanzó contra él.
La piedra alcanzó al desgraciado: éste alzó los ojos y
se detuvo. Y entonces pareció que un temblor lo agitaba. Su cabeza volvió a caer
sobre su pecho después de haberla levantado un momento.
Dio la impresión de que soñaba. ¿En qué?
Los niños lo observaban; las madres, mientras se lo
señalaban, les hablaban en voz baja.
El enorme y belicoso cocinero interrumpió su labor y
abandonó su maza. Una especie de cólera sagrada le hizo olvidarse de sus
deberes. Se alejó del tonel y se colgó de un vano de la muralla. Luego, juntando
todas sus fuerzas e hinchando sus carrillos, el veterano escupió al tránsfuga. Y
el viento que soplaba llevó, cómplice de tan santa indignación, la infame espuma
hasta la frente del miserable.
Resonó una exclamación aprobando tan enérgica muestra
de ira.
Se habían vengado.
El soldado, pensativo, apoyado en su bastón,
contemplaba fijamente la abierta entrada de la Ciudad.
A la señal de un jefe, la pesada puerta se interpuso
entre él y el interior de las murallas y se encajó entre las dos masas de
granito.
Entonces, ante la puerta cerrada que lo proscribía para
siempre, el fugitivo cayó hacia atrás, estirado, tendido en la montaña.
En ese mismo instante, con el crepúsculo y ocaso del
sol, los cuervos se precipitaron hacia ese hombre; esta vez los aplaudieron y su
velo criminal lo ocultó súbitamente de los ultrajes de la masa humana.
Luego cayó el rocío de la noche que humedeció el polvo
a su alrededor.
Al amanecer, sólo quedaban del hombre algunos huesos
dispersos.
Así murió, con el alma loca por la única gloria que los
dioses envidian y con los párpados piadosamente cerrados para que el aspecto de
la realidad no estropease con alguna vana tristeza la sublime concepción que
tenía de la Patria; así murió, sin palabras, apretando en su mano la palma
fúnebre y triunfal y solamente separado de su barro natal por el manto púrpura
de su sangre, el augusto guerrero elegido, a causa de sus mortales heridas, como
mensajero de la Victoria por los Trescientos, quienes, tras haber lanzado su
escudo y su espada a los torrentes de las Termópilas, lo empujaron hacia
Esparta, lejos del Desfiladero, persuadiéndolo de que debía utilizar sus últimas
fuerzas para salvar a la República; así desapareció en la muerte, aclamado o no
por aquellos por quienes él perecía, EL ENVIADO DE LEONIDAS3.
FIN |