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La desconocida
[Cuento. Texto completo.]

Villiers de L'Isle Adam

A la señora condesa de Lacios

 

El cisne calla durante toda su vida para cantar bien una sola vez.
-Antiguo proverbio

Era el sagrado muchacho a quien un bello verso hace palidecer.
-Andrien Juvigny

Aquella noche, todo París resplandecía en los Italiens. Se representaba Norma. Era la función de despedida de María-Felicia Malibrán.

La sala entera, con los últimos acordes de la plegaria de Bellini, Casta diva, se había levantado y reclamaba a la cantante en un glorioso tumulto. Le arrojaban flores, pulseras, coronas. ¡Un sentimiento de inmortalidad envolvía a la augusta artista, casi moribunda, y que se alejaba, creyendo cantar!

En el centro de las butacas de patio, un joven, cuya fisonomía expresaba un alma resuelta y orgullosa, manifestaba, rompiendo sus guantes a fuerza de aplaudir, la apasionada admiración que experimentaba.

Nadie, en el mundo parisino, conocía a este espectador. No tenía aire provinciano, sino extranjero. Con su vestimenta nueva, pero de lustre apagado y de corte irreprochable, sentado en su butaca, hubiera parecido casi singular, sin la instintiva y misteriosa elegancia que emanaba de su persona. Al examinarlo, se hubiera buscado en torno suyo espacio, cielo y soledad. Era extraordinario: pero París ¿no es la ciudad de lo Extraordinario?

¿Quién era y de dónde venía?

Era un adolescente salvaje, un huérfano señorial -uno de los últimos de este siglo-, un melancólico noble del Norte, escapado de la noche de una casa solariega de Cornualles, desde hacía tres días.

Se llamaba conde Félicien de la Vierge; poseía el castillo de Blanchelande, en la Baja Bretaña. Una ardiente sed de existencia, una curiosidad por conocer nuestro maravilloso infierno, se había apoderado y había enfebrecido, repentinamente, a este cazador, allá abajo... Se había puesto en camino y, sin más, allí estaba. Su presencia en París sólo databa de la mañana, de tal manera que sus grandes ojos eran aún espléndidos.

¡Era su primera noche de juventud! Tenía veinte anos. Era su entrada en un mundo de fuego, de olvido, de banalidades, de oro y de placeres. Y, por casualidad, había llegado en el momento de oír el adiós de la que se iba.

Pocos momentos le bastaron para acostumbrarse a la brillantez de la sala. Pero, desde las primeras notas entonadas por la Malibran, su alma se había estremecido; la sala había desaparecido. La costumbre del silencio de los bosques, del viento ronco de los escollos, del rumor del agua sobre las piedras de los torrentes y de los graves crepúsculos, había educado como poeta a este joven orgulloso, y en el timbre de la voz que oía, le parecía que el alma de las cosas le enviaba una lejana plegaria para que volviera.

En el momento en que, transportado de entusiasmo, aplaudía a la inspirada artista, sus manos se detuvieron; se quedó inmóvil.

En el balcón de un palco acababa de aparecer una joven de gran belleza. Miraba hacia el escenario. Las finas y nobles líneas de su perfil perdido se ensombrecían por las rojas tinieblas del palco, como un camafeo de Florencia en su medallón. Pálida, con una gardenia en sus cabellos oscuros, y totalmente sola, ella apoyaba su mano, de contornos aristocráticos, en el antepecho del palco. En el hueco del corpiño de su vestido de muaré negro, velado con encajes, una piedra enferma, un admirable ópalo, semejante a su alma, lucía en un engaste de oro. Con aire solitario, indiferente a toda la sala, ella parecía olvidarse de sí misma bajo el invencible encanto de esa música.

El azar quiso, sin embargo, que ella volviese, vagamente, los ojos hacia la multitud; en este instante, la mirada del joven y la suya se encontraron un segundo, el tiempo de brillar y apagarse.

¿Se habían conocido en algún momento?... No. No en la tierra. Pero que aquéllos que puedan decir dónde comienza el Pasado, decidan cuándo se habían poseído verdaderamente los dos seres, puesto que esa única mirada los había persuadido, de una vez y para siempre, de que su unión era anterior a este encuentro. El relámpago ilumina, de una sola vez, las olas y la espuma de la mar nocturna, y, en el horizonte, las lejanas líneas de plata de las aguas: así la impresión en el corazón del joven, tras esa rápida mirada, no fue gradual; ¡fue el íntimo y mágico deslumbramiento de un mundo que se desvela! Cerró los párpados como para retener en ellos los dos luceros azules que se habían perdido; luego, quiso resistirse a ese vértigo opresor. Levantó los ojos hacia la desconocida.

Pensativa, ella todavía posaba su mirada en la de él, como si hubiera comprendido el pensamiento de ese salvaje amante, ¡y como si hubiera sido algo natural!, Félicien se sintió palidecer; tuvo la sensación, en esa rápida ojeada, de dos brazos que se unían, lánguidamente, alrededor de su cuello. ¡Ya estaba! ¡El rostro de la mujer acababa de reflejarse en su alma como en un espejo familiar, de encamarse y de reconocerse en él!, ¡de fijarse para siempre jamás bajo la magia de unos pensamientos casi divinos! Amaba con el primer e inolvidable amor.

Sin embargo, la joven, tras desplegar su abanico, cuyos negros encajes tocaban sus labios, parecía haber recaído en su distracción. Ahora, se hubiera podido decir que ella escuchaba exclusivamente las melodías de Norma.

En el momento de elevar sus binóculos hacia el palco, Félicien pensó que sería una inconveniencia.

-¡Puesto que la amo! -se dijo.

Impaciente por el final del acto, se recogía en sí mismo. ¿Cómo hablar con ella? ¿Saber su nombre? No conocía a nadie. ¿Consultar al día siguiente el registro de los Italiens? ¿Y si era un palco cualquiera, comprado especialmente para tal función? La hora apremiaba, la visión iba a desaparecer. ¡Bien!, su coche la seguiría, eso era todo... Le parecía que no existía otro medio. Después: ¡ya se las ingeniaría! Luego, con una ingenuidad... sublime, se dijo:

-Si ella me ama, se dará cuenta y me dejará algún indicio.

Cayó el telón. Félicien abandonó en seguida la sala. Una vez en el peristilo, sencillamente, se paseó delante de las estatuas.

Cuando se acercó su criado, le susurró algunas instrucciones; el criado se apartó a una esquina y permaneció allí muy atento.

El enorme rumor de la ovación dedicada a la cantante cesó poco a poco, como todos los rumores de triunfo de este mundo. Bajaban la gran escalera. Félicien, con la mirada fija en lo más alto, entre los dos jarrones de mármol de donde fluía el río deslumbrante del gentío, esperó.

No se fijó en nada, ni en los rostros radiantes, ni en los tocados, ni en las flores de las jóvenes, ni en los cuellos de armiño, ni en la brillante oleada que fluía ante él, bajo las luces.

Y toda esa multitud se desvaneció en seguida, poco a poco, sin que la joven apareciera.

¿La había dejado escapar sin reconocerla?... ¡No!, era imposible Un viejo sirviente, empolvado, cubierto de pieles, permanecía aún en el vestíbulo. En los botones de su librea negra brillaban las hojas de apio de una corona ducal.

De pronto, en lo alto de la solitaria escalera, ella apareció. ¡Sola! Esbelta, con un abrigo de terciopelo y cubiertos los cabellos por una mantilla de encaje, apoyaba su enguantada mano en la barandilla de mármol. Percibió a Félicien de pie junto a una estatua, pero no pareció preocuparse mucho por su presencia.

Descendió tranquilamente. Cuando se aproximó al criado, le dijo algunas palabras en voz baja. El lacayo se inclinó y se retiró sin esperar más. Un instante después se oyó el ruido de un coche que se alejaba. Entonces ella salió. Bajó, siempre sola, los escalones exteriores del teatro. Félicien apenas tuvo tiempo de decir estas palabras a su criado.

-Vuelve solo al hotel.

En un momento, él se encontró en la plaza de los Italiens, a unos pasos de la dama; la multitud había desaparecido ya en las calles cercanas; se debilitaba el lejano eco de los coches.

Era una noche de octubre, seca, estrellada.

La desconocida andaba muy lentamente y como poco habituada. ¿Seguirla? Era preciso y se decidió. El viento del otoño le traía el débil perfume de ámbar que brotaba de ella, y el lánguido y sonoro rumor del muaré sobre el asfalto.

Ante la calle Mosigny, ella se orientó durante un segundo, y luego caminó, como indiferente, hasta la calle de Grammont, desierta y apenas iluminada.

De pronto, el joven se detuvo; una idea cruzó su pensamiento. ¡Quizás era extranjera!

¡Un coche podía pasar y arrebatársela para siempre! ¡Y al día siguiente tendría que enfrentarse con las piedras de una ciudad, sin poder encontrarla!

¡Estar separado de ella, sin cesar, por el azar de una calle, de un instante que puede durar una eternidad! ¡Qué futuro! Este pensamiento lo turbó hasta hacerle olvidar cualquier norma de educación.

Se adelantó a la joven en el ángulo de la oscura calle; entonces se volvió, se puso horriblemente pálido y, apoyándose en el pilar de hierro de un farol, la saludó; luego, muy sencillamente, mientras que una especie de magnetismo encantador emanaba de todo su ser:

-Señora -dijo-, usted lo sabe; la he visto esta noche, por vez primera. Como temo no verla más, es preciso que le diga -él desfallecía- ¡que la amo! -acabó en voz baja-, y que, si me rechaza, moriré sin repetir estas palabras a nadie.

Ella se detuvo, levantó su velo y contempló a Félicien con atenta fijeza. Tras un corto silencio:

-Señor -respondió ella con una voz cuya pureza dejaba transparentar las más lejanas intenciones del espíritu-, señor, el sentimiento que le hace palidecer y tener ese aspecto debe de ser, en efecto, muy profundo, para que encuentre en él la justificación de lo que hace. Por lo tanto, no me siento ofendida en modo alguno. Repóngase, y téngame por una amiga.

Félicien no se extrañó por tal respuesta: le parecía natural que el ideal respondiese idealmente.

La circunstancia era de ésas en que los dos debían recordar, si eran dignos de ello, que pertenecían a la raza de quienes imponen las conveniencias y no de quienes las sufren. Lo que los humanos llaman, por azar, las conveniencias, sólo es una imitación mecánica, servil y casi simiesca de eso que ha sido practicado por seres de superior naturaleza en circunstancias generales.

En un impulso de ingenua ternura, él besó la mano que ella le ofrecía.

-¿Quiere darme la flor que ha llevado en sus cabellos toda la función?

La desconocida se quitó silenciosamente la pálida flor, bajo los encajes, y, al ofrecérsela a Félicien:

-Adiós ahora -dijo ella-, y para siempre.

-¡Adiós!... -balbuceó él-. ¿Por lo tanto, no me ama? ¡Ah! ¡Está casada! -exclamó de repente.

-No.

-¡Libre! ¡Cielos!

-¡Sin embargo, olvídeme! Es preciso, señor.

-¡Pero se ha convertido, en un instante, en el latido de mi corazón! ¿Acaso puedo vivir sin usted? ¡El único aire que quiero respirar es el suyo! Lo que dice no lo entiendo: olvidarla... ¿cómo?

-Soy víctima de una terrible desgracia. Confesársela sería entristecerlo hasta la muerte, es inútil.

-¡Qué desgracia puede separar a los que se aman!

-Ésta.

Al pronunciar esa palabra, ella cerró los ojos.

La calle se prolongaba, absolutamente desierta. Un portal que daba sobre un pequeño cercado, una especie de triste jardín, estaba abierto junto a ellos. Parecía que les ofrecía su sombra.

Félicien, como un niño irresistible, que adora, la llevó bajo esa bóveda de tinieblas, rodeando con su brazo el talle que se abandonaba.

La embriagadora sensación de la seda tensa y tibia que se moldeaba alrededor de ella, le comunicó el febril deseo de estrecharla, de llevársela, de perderse en su beso. Resistió. Pero el vértigo le quitaba la facultad de hablar. Sólo encontró estos balbuceos y estas confusas palabras:

-¡Dios mío, pero cuánto la amo!

Entonces la mujer inclinó la cabeza sobre el pecho del que la amaba y, con una voz amarga y desesperada:

-¡Yo no le oigo! Me muero de vergüenza! ¡No le oigo! ¡No oiré su nombre! ¡No oiré su último suspiro! ¡No oigo los latidos de su corazón que golpean mi frente y mis párpados! ¡No ve el espantoso sufrimiento que me mata! ¡Yo soy... ah! ¡Soy SORDA!

-¡Sorda! -exclamó Félicien, fulminado por un frío estupor y temblando de la cabeza a los pies.

-Sí, desde hace años. ¡Oh! Toda la ciencia humana sería impotente para sustraerme de este horrible silencio. ¡Soy tan sorda como el cielo y como una tumba, señor! Es para maldecir este día, pero es verdad. ¡Por lo tanto déjeme!

-Sorda -repetía Félicien, quien, tras esta inimaginable revelación, se había quedado sin pensamiento, trastornado y sin poder reflexionar ni siquiera en lo que decía-. ¿Sorda?...

Después, de repente:

-¡Pero, esta noche, en los Italiens -exclamó él-, usted aplaudía esa música!

Él se paró, pensando que no iba a oírlo. El asunto resultaba de repente tan espantoso que incitaba a la sonrisa:

-¿En los Italiens?... -respondió ella sonriendo-. ¿Olvida que he tenido tiempo para estudiar el aspecto de muchas emociones? ¿Soy la única? Nosotros pertenecemos al rango que el destino nos otorga y nuestro deber es mantenerlo. ¿Esa noble mujer que cantaba no merecía algunas supremas muestras de simpatía? Por otro lado, ¿piensa que mis aplausos diferían en algo de los de los más entusiasta dilettanti? ¡Hace tiempo yo componía música!...

Ante esas palabras, Félicien la miró, un poco asustado, aunque esforzándose en sonreír todavía:

-¡Oh! -dijo-, ¿es que se burla de un corazón que la ama hasta la desesperación? ¡Se acusa de no oír y sin embargo me responde!...

-¡Ay! -dijo ella-, ¡eso que dice lo cree personal, amigo mío! Es sincero; pero sus palabras son nuevas solamente para usted. Para mí, forman parte de un diálogo del que he aprendido, de antemano, todas las respuestas. Desde hace años, para mí siempre es lo mismo. Es un papel cuyas frases están dictadas y precisadas con una exactitud verdaderamente terrible. Yo lo domino hasta tal punto que si aceptase -lo cual sería un crimen- unir mi desgracia, aunque sólo fuese durante algunos días, a su destino, se olvidaría a cada momento de la funesta confidencia que acabo de hacerle. ¡Yo le daría la ilusión completa, exacta, ni más ni menos que cualquier otra mujer, se lo aseguro! Sería incluso, incomparablemente, más real que la realidad misma. Piense que las circunstancias dictan siempre las mismas palabras y que el rostro se armoniza siempre un poco con ellas. No podría creer que no lo oigo, hasta ese punto adivinaría justamente. No pensemos más en ello. ¿Quiere?

Esta vez se sintió aterrado.

-¡Ah! -dijo él-, ¡qué amargas palabras tiene derecho a pronunciar!... Pero yo, si eso es así, yo quiero compartir con usted, aunque sea el silencio eterno, si es preciso. ¿Por qué quiere excluirme de su infortunio? ¡Yo hubiera compartido su felicidad! Y nuestra alma puede suplir todo lo que existe.

La joven se estremeció, y lo miró con sus ojos llenos de luz

-¿Quiere caminar un poco, dándome el brazo, por esta sombría calle? -dijo ella-. Nos imaginaremos que es un paseo lleno de árboles, de primavera y de sol. Yo también tengo algo que decirle y que no repetiré nunca más.

Los dos amantes, con el corazón atenazado de una tristeza fatal, caminaron, tomados de la mano, como dos exilados.

-Escúcheme -dijo ella-, usted que puede oír el sonido de mi voz. ¿Por qué he pensado que no me ofendía? Y, ¿por qué le he respondido? ¿Lo sabe?... Seguramente, es muy sencillo que yo haya adquirido la ciencia de leer en los rasgos de un rostro, y en sus actitudes, los sentimientos que determinan los actos de un hombre, pero lo que es totalmente diferente es que yo presiento, con una exactitud profunda y, por así decirlo, casi infinita, el valor y la calidad de los sentimientos, igual que la íntima armonía de quien me habla. Cuando ha decidido cometer, conmigo, esa horrible desconsideración de hace un momento, yo era la única mujer, quizás, que podía comprender, en el mismo momento, su verdadera significación.

»Yo le he respondido porque me ha parecido ver brillar en su frente ese signo desconocido que anuncia a aquéllos cuyo pensamiento, lejos de ser oscuro, y estar amordazado y dominado por sus pasiones, engrandece y diviniza todas las emociones de la vida y extrae el ideal contenido en todas las sensaciones que experimentan. Amigo, déjeme enseñarle mi secreto. La fatalidad, en un principio tan dolorosa, que ha golpeado mi ser material, se ha convertido para mí en la emancipación de muchas servidumbres. Me ha liberado de esa sordera intelectual de la que son víctimas la mayor parte de las demás mujeres.

»Mi alma sensible ha vuelto a las vibraciones de las cosas eternas de las que los seres de mi sexo no conocen sino su parodia. Sus oídos están tapiados a tan maravillosos ecos, a esas sublimes prolongaciones. De tal manera que ellas deben únicamente a la agudeza de su oído la facultad de percibir lo que hay de instintivo y de exterior en las más puras y delicadas voluptuosidades. Son como las Hespérides, guardianas de esos encantados frutos cuyo mágico valor ignoran para siempre. ¡Ay!, yo soy sorda... ¡Pero ellas! ¡Qué oyen!... O, más bien, ¿qué escuchan en las palabras que les dirigen, sino un confuso tumor, en armonía con la fisonomía de quien les habla? De tal manera que, desatentas no al sentido aparente, sino a la calidad, reveladora y profunda, al verdadero sentido, finalmente, de cada palabra, ellas se contentan con distinguir una intención de halago, que les basta ampliamente. Es lo que ellas llaman lo «positivo de la vida» con una de sus sonrisas... ¡Oh! ¡Ya verá, si vive! ¡Verá qué misteriosos océanos de candor, de suficiencia y de baja frivolidad esconde, únicamente, esa deliciosa sonrisa! ¡Intente traducir a una de ellas el abismo de amor encantador, divino, oscuro, verdaderamente estrellado, como la Noche, que sienten los seres de su naturaleza!... Si sus expresiones se filtran hasta su cerebro, en él se deformarán como una fuente pura que atraviesa un pantano. De manera que esa mujer no las habrá oído. «¡La Vida es impotente para colmar tales sueños -dicen ellas-, y usted le exige demasiado!» ¡Ay! ¡Como si la vida no estuviera hecha por los vivos!

-¡Dios mío! -murmuró Félicien.

-Sí -prosiguió la desconocida-, una mujer no escapa a esa condición de la naturaleza, la sordera mental, a menos, tal vez, que pague su rescate a un precio inestimable, como yo. Ustedes atribuyen a las mujeres un secreto, porque ellas sólo se expresan por medio de actos. Altivas, orgullosas de un secreto que ellas mismas desconocen, les gusta hacer creer que se les puede adivinar. Y cualquier hombre, halagado por sentirse el adivino esperado, malgasta su vida para casarse con una esfinge de piedra. Y nadie de entre ellos puede remontarse de antemano hasta esta reflexión: que un secreto, por más terrible que sea, si no es expresado nunca, es igual a nada.

La desconocida se detuvo.

-Soy amarga, esta noche -continuó ella-, y he aquí el porqué: yo no envidio lo que ellas poseen, al haber constatado el uso que hacen de ello, ¡y que, sin duda, yo misma hubiera hecho! ¡Pero aquí está usted, aquí, usted a quien en otro tiempo yo hubiera amado tanto!... ¡yo lo veo!... ¡yo lo adivino!.., reconozco su alma en sus ojos... me la ofrece, ¡y yo no puedo aceptarla!...

La joven escondió su frente entre las manos.

-¡Oh! -respondió en voz baja Félicien, con los ojos llenos de lágrimas-, ¡al menos puedo besarla en el soplo de sus labios! ¡Compréndame! ¡Déjeme vivir!, ¡es tan bella!... ¡el silencio de nuestro amor lo hará más inefable y más sublime, mi pasión aumentará con todo su dolor, con toda nuestra melancolía!... ¡Querida mujer esposada para siempre, vivamos juntos!

Ella lo contemplaba con sus ojos también bañados en lágrimas y, poniendo la mano en el brazo que la enlazaba:

-¡Usted mismo declara que es imposible! -dijo ella-. ¡Escuche todavía!, quiero acabar de revelarle, en este momento, todo mi pensamiento... porque ya no me oirá más... y no quiero ser olvidada.

Ella hablaba lentamente y caminaba con la cabeza apoyada en el hombro del joven.

-¿Vivir juntos?..., dice... Olvida que tras las primeras exaltaciones, la vida toma un carácter de intimidad en el que la necesidad de expresarse exactamente se hace inevitable. ¡Es un instante sagrado! Y es el momento cruel en el que aquéllos que se casan desatentos a sus palabras reciben el castigo irreparable por el poco valor que han concedido a la calidad del sentido real, ÚNICO, en fin, que tales palabras recibían de quienes las pronunciaban «¡No más ilusiones!», se dicen, creyendo así enmascarar, bajo una sonrisa trivial, el doloroso desprecio que sienten, en realidad, por esa clase de amor, y la desesperación que sienten al confesárselo a sí mismos.

»¡Porque no quieren darse cuenta de que no han poseído sino lo que deseaban! Les es imposible creer que -excepto el pensamiento, que transfigura todas las cosas- todo es ILUSIÓN aquí abajo. Y que toda pasión, aceptada y creada en la pura sensualidad, se convierte en seguida en más amarga que la muerte para quienes se han abandonado a ella. Mire el rostro de los transeúntes, y verá si exagero. ¡Pero nosotros, mañana! ¡Cuando ese momento hubiera llegado!... ¡Tendría su mirada, pero no tendría su voz! ¡Tendría su sonrisa.., pero no sus palabras! ¡Y presiento que no debe de hablar como los demás!...

»Su alma primitiva y sencilla debe de expresarse con una vivacidad casi definitiva, ¿no es así? Todos los matices de su sentimiento sólo pueden manifestarse en la música de sus palabras. Sentiría que está lleno de mi imagen, pero la forma que dé a mi ser en sus pensamientos, la forma en que me imagina, y que sólo puede mostrarse con algunas palabras halladas cada día, esa forma sin líneas precisas y que, con ayuda de esas mismas divinas palabras, permanece indecisa y tiende a proyectarse en la Luz para fundirse en ella y pasar a ese infinito que llevamos en nuestro corazón, esa única realidad, finalmente, ¡no la conocería nunca! ¡No! ¡Estaría condenada a no oír esa inefable música, escondida en la voz de un amante, ese murmullo de inauditas inflexiones, que envuelve y hace palidecer!... ¡Quien escribió en la primera página de una sublime sinfonía: “Así es como Dios llama a la puerta!”1 había conocido la voz de los instrumentos antes de sufrir la misma afección que yo!

»¡Se acordaba mientras componía! Pero yo, cómo podré acordarme de la voz con la que acaba de decirme por vez primera: ¡Yo la amo!...»

Mientras escuchaba estas palabras, el joven se había vuelto sombrío: lo que sentía era terror.

-¡Oh! -exclamó-. ¡Abre en mi corazón abismos de desgracia y de cólera! ¡Tengo el pie en el umbral del paraíso y debo cerrar la puerta a todos mis goces! ¡Es usted la suprema tentadora, en fin...! Me parece ver brillar en sus ojos no sé qué orgullo por haberme desesperado.

-¡Vamos!, yo soy quién no lo olvidará -respondió ella-. ¿Cómo olvidar esas palabras presentidas que no han sido oídas?

-Señora, ¡mata con placer cualquier joven esperanza que yo pongo en usted!... Sin embargo, si esta presente donde yo viva, ¡juntos venceremos el futuro! ¡Amémonos con valor! ¡Abandónese!

En un movimiento inesperado y femenino, ella unió sus labios a los de él, en la oscuridad, dulcemente, durante algunos segundos. Luego ella dijo con una especie de abandono:

-Amigo, le digo que es imposible. Hay horas de melancolía en que, irritado por mi enfermedad, buscará las ocasiones de constatarla más vivamente todavía. ¡No podría olvidar que no lo oigo... ni perdonármelo,  se lo aseguro! ¡Sería fatalmente arrastrado, por ejemplo, a no hablarme más, a no articular sílaba alguna delante de mí! Sólo sus labios me dirían: «Yo la amo», sin que la vibración de su voz turbase el silencio. En fin, acabaría escribiéndome, lo cual sería penoso... ¡No, es imposible! No profanaré mi vida por la mitad del Amor. Aunque virgen, soy viuda de un sueño y quiero permanecer insatisfecha. Se lo digo, no puedo tomar su alma a cambio de la mía. Sin embargo, ¡era el destinado a retener mi ser!... Y es por eso mismo por lo que mi deber es el de arrebatarle mi cuerpo. ¡Me lo llevo! ¡Es mi prisión! ¡Ojalá pueda verme libre de él bien pronto! No quiero saber su nombre... ¡Yo no quiero leerlo!... ¡Adiós! ¡Adiós!...

Un coche se destacaba a algunos pasos, en el recodo de la calle Grammont. Félicien reconoció vagamente al lacayo del peristilo de los Italiens cuando, a una señal de la joven, un doméstico bajó el estribo del carruaje.

Ella abandonó los brazos de Félicien, se desasió como un pájaro, y entró en el coche. Un instante después, todo había desaparecido.

El señor conde de la Vierge volvió, al día siguiente, a su solitario castillo de Blanchelande, y no se ha vuelto a oír hablar de él.

Ciertamente, él podía vanagloriarse de haber encontrado, al primer intento, una mujer sincera, que había tenido, por fin, el valor de sostener sus opiniones.

FIN

 

1. Palabras de Beethoven al comienzo de la Novena Sinfonía.

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El silencio de Galileo

  • Genial. Universidad de Georgetown, Estados Unidos
  • Pone patas arriba las concepciones actuales. Punto de Libro, España
  • Fascinante. El Comercio, Ecuador
  • Sobresaltante. El Nacional, República Dominicana
  • Arrincona la verdad. Prensa, Panamá
  • Fascinante. El Nuevo Día, Puerto Rico
  • Narración ágil que atrapa. Veintitrés, Argentina

 

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