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Al señor Victor Wilder |
Mi deliciosa y solitaria villa, situada a orillas del Marne, con su cercado y su
fresco jardín, tan umbrosa en verano, tan cálida en invierno; mis libros de
metafísica alemana; mi piano de ébano de sonidos puros; mi bata de flores
apagadas, mis confortables zapatillas; mi apacible lámpara de estudio, y toda
esta existencia de profundas meditaciones, tan gratas a mi gusto por el
recogimiento. Una hermosa tarde de verano decidí sacudirme el encanto de todas
estas cosas tomándome unas semanas de exilio.
Así fue. Para relajar el espíritu de aquellas abstractas meditaciones, a las que
por demasiado tiempo -me parecía- había consagrado toda mi juvenil energía,
acababa de concebir el proyecto de realizar algún viaje divertido, en el que las
únicas contingencias del mundo fenomenal distraerían, por su frivolidad misma,
el ansioso estado de mi entendimiento en lo que concierne a las cuestiones que,
hasta entonces, lo habían preocupado. Quería... no pensar más, dejar descansar
la mente, soñar con los ojos abiertos como un tipo convencional. Semejante viaje
de recreo no podía -así lo creí- sino ser útil a mi querida salud, pues la
realidad es que yo me estaba debilitando sobre aquellos temibles libros. En
resumen, esperaba que semejante distracción me devolvería al perfecto equilibrio
de mí mismo y, al regreso, apreciaría sin dudar las nuevas fuerzas que esta
tregua intelectual me procuraría.
Queriendo evitar en aquel viaje cualquier ocasión de pensar o de encontrarme con
pensadores, no hallaba sobre la superficie del globo -salvo países completamente
rudimentarios-, no hallaba sino un único país cuyo suelo imaginativo, artístico
y oriental no hubiera dado nunca metafísicos a la Humanidad. Con estos datos
reconocemos, ¿no es cierto?, la Península Ibérica.
Aquella tarde pues -y tras esta reflexión decisiva- sentado en el cenador del
jardín donde, al tiempo que seguía con la mirada las espirales opalinas de un
cigarrillo, saboreaba el aroma de una taza de café puro, no me resistí -lo
confieso- al placer de exclamar: «¡Vamos! ¡viva la fuga alegre a través de las
Españas! Quiero dejarme seducir por las obras maestras del bello arte musulmán!
¡por las ardientes pinturas de los maestros del pasado! ¡por la belleza
contemplada entre los movimientos de vuestros abanicos negros, pálidas mujeres
de Andalucía! ¡Vivan las ciudades soberanas, de cielo embrujado, de seductores
recuerdos, que por la noche, a la luz de mi lámpara, he vislumbrado en los
relatos de los viajeros! ¡A mí, Cádiz, Toledo, Córdoba, Granada, Salamanca,
Sevilla, Murcia, Madrid y Pamplona! Está decidido: en marcha.»
No obstante, como no me agradan sino las aventuras sencillas, los incidentes y
las sensaciones tranquilos, los acontecimientos acordes con mi apacible
naturaleza, decidí antes que nada comprar una de esas Guías del Viajero, gracias
a las cuales se sabe de antemano lo que se va a ver y que preservan los
temperamentos nerviosos de cualquier emoción inesperada.
Una vez que hube cumplido con este deber, me hice con una cartera modesta, pero
suficientemente repleta; cerré mi ligera maleta; la cogí y, dejando a mi ama de
llaves estupefacta al cuidado de la casa, en menos de una hora me puse en la
capital. Sin detenerme en ella, pedí al cochero que me condujera a la estación
de Mediodía. Al día siguiente, desde Bordeaux, llegué a Arcachon. Después de un
buen y refrescante chapuzón en el mar seguido de un excelente almuerzo, me
dirigí a la rada. Vi un vapor, Le Véloce, a punto de salir hacia Santander, y
compré un pasaje en el mismo.
Levaron anclas. Hacia el atardecer, el viento de tierra nos trajo súbitos
efluvios de limoneros y, pocos instantes después, podíamos divisar la costa
española que domina la encantadora ciudad de Santander, rodeada en el horizonte
por verdes montañas. La tarde le daba un tono violeta al mar, aún dorado por
Occidente; contra las rocas de la rada venía a romper una espuma de pedrería. El
vapor se abrió camino entre los barcos; un puente de madera, lanzado desde el
malecón, vino a engancharse a la proa. Siguiendo el ejemplo de los demás
pasajeros, abordé, eché a andar por el muelle enrojecido por el sol en medio del
gentío. Estaban descargando. Los paquetes, llenos de productos exóticos, las
jaulas con pájaros de Australia, los arbustos, topaban con las cajas de
productos de las Islas; un perfume de vainilla, piña y coco flotaba en el aire.
Enormes fardos, con etiquetas de marcas coloniales, eran izados, cargados, se
entrecruzaban y desaparecían rápidamente hacia la ciudad. Por lo que a mí
respecta, como el balanceo del barco me había fatigado un poco, había dejado mi
maleta a bordo y me dirigía a buscar un hotel provisional donde pasar una
primera noche cuando, entre los oficiales de marina que se paseaban por el
malecón tomando el aire del mar, creí ver el rostro de un amigo de otros
tiempos, un amigo de la infancia, de Bretaña. Tras haberlo mirado bien, lo
reconocí. Llevaba uniforme de teniente de navío; me dirigí a él:
-¿No es al señor Gérard de Villebreuse al que tengo el honor de hablar? -pregunté.
Apenas tuve tiempo de terminar. Con la efusión cordial que se intercambia de
ordinario entre compatriotas que se encuentran en suelo extraño, me había tomado
las dos manos.
-¿Tú? -exclamó- ¿Cómo? ¿Qué haces aquí, en España?
En dos palabras lo puse al corriente de mi inocente escapada. Y tomados del
brazo, nos alejamos charlando como dos viejos amigos que se encuentran.
-Yo estoy aquí desde hace tres días -me dijo-. Llego después de haberle dado la
vuelta al mundo varias veces, y ahora concretamente de las Guayanas. Traigo para
el Museo zoológico de Madrid colecciones de pájaros mosca, semejantes a pequeñas
piedras preciosas con alas; cebollas de grandes orquídeas de Brasil, futuras
flores cuyos colores y embriagadores perfumes son encanto y sorpresa para los
europeos; y además... ¡un tesoro, amigo mío!... ya te lo enseñaré. Un espléndido
y rutilante... (¡vale por lo menos seis mil francos!) –Se detuvo, luego
acercándose a mi oído añadió con un tono extraño-: ¡Adivina! ¡ah! ¡ah! ¡adivina
qué es!
En ese momento confidencial de la frase, una pequeña mano fina, color topacio
muy claro, deslizándose entre él y yo, se posó como el ala de un ave del
paraíso, sobre la charretera dorada del teniente. Nos volvimos.
-¡Catalina! -dijo alegremente Villebreuse- ¡estoy de suerte esta tarde!
Era una chica de color, apenas una niña, con un turbante rojizo del que se
escapaban alrededor de su bonito rostro mil bucles rizados de un negro azulado.
Sonriente, jadeaba suavemente por su carrera hacia nosotros, y mostraba unos
dientes espléndidos. Los labios gruesos, intensamente rojos, se entreabrían y
respiraban rápido.
-¡Hola! -dijo.
Y la movilidad de sus pupilas, de un negro resplandeciente, avivaba la cálida
palidez ambarina de sus mejillas. Sus fosas nasales de salvaje, se dilataban al
percibir los olores de las lejanas Antillas. Una muselina, de la que salían sus
brazos desnudos, se movía con el ligero movimiento de su seno. Sobre la seda
oscura de una falda con rayas de un amarillo dorado, llevaba sujeto a la altura
de la cintura un ligero cesto trenzado, cargado de rosas, capullos en flor,
nardos y flores de azahar. En el brazalete de su puño izquierdo tintineaba un
par de sonoras castañuelas de madera de caoba. Sus pequeños pies de criolla, con
zapatos bordados, tenían la excitante forma de andar habitual de las perezosas
chicas de La Habana. Realmente, había sutiles voluptuosidades que emanaban de
aquella amable jovencita. En su cadera brillaban por momentos, bajo los últimos
rayos el crepúsculo, las sonajas de su pandereta.
En silencio, nos colocó dos capullos de rosa en la solapa obligándonos con este
gesto a respirar el olor de sus cabellos impregnados de los perfumes de la
sabana.
-¿Cenamos juntos los tres? -preguntó el teniente.
-Es que... No tengo aún alojamiento para esta noche, acabo de llegar. -contesté.
-Mejor que mejor. Nuestro albergue está allí, sobre el acantilado, con vistas al
mar. Es aquella casa aislada, a unos doscientos pasos de aquí. ¿Sabes? Nos gusta
no perder de vista nuestros barcos. Cenaremos en el comedor de oficiales con
algunos amigos míos y, sin duda, con algunos ejemplares más de la flora femenina
de Santander. El hotelero tiene un jerez nuevo. ¡Ese jerez-de-los-caballeros*
se bebe como el agua clara...! Pero hay que acostumbrarse a él. ¡Vamos! -dijo
enlazando por la cintura a la linda mulata que se dejó hacer mientras nos
miraba.
La noche recibía los últimos adioses de un viejo y magnífico sol. Los islotes, a
ras de horizonte, parecían brasas movedizas. El viento del oeste soplaba sobre
la playa un áspero olor marino. Nos apresurábamos sobre la luz rojiza de la
arena. Catalina corría delante de nosotros intentando atrapar con su pandereta
las mariposas que las sombras flotantes empujaban desde los naranjos hacia el
Océano. Y Venus se elevaba ya en el azul pálido del cielo.
-Tendremos una noche sin luna -me dijo Villebreuse- ¡qué lástima! Podríamos
habernos paseado por la ciudad, pero, en fin, haremos algo mejor.
-¿Es tuya esta encantadora chica? -pregunté.
-No, es una florista del muelle. Puede vivir de naranjas, de cigarrillos y de
pan negro, pero no ama sino a los que le gustan. En los muelles españoles, amigo
mío, son muy numerosas estas chicas vendedoras de rosas. En París es distinto
¿verdad? Y en los demás países del mundo; la cosa cambia cada quinientas leguas.
Mi capricho se encuentra en el 44º de latitud sur. Si te apetece, cortéjala.
Eres libre. Aquí está el albergue.
El hotelero, con redecilla en el pelo, apareció y nos acogió jovialmente...
Pero, en el momento de entrar, el teniente se sobresaltó y se detuvo,
palideciendo de repente a ojos vista. Sin ningún tipo de transición, el
simpático joven mostró una gravedad en el semblante de las más impresionantes.
Me tomó de la mano, y después de un momento de ensimismamiento, me miró
fijamente y me dijo:
-Perdóname, querido amigo, pero en la sorpresa que me ha causado tu inesperado
encuentro, he olvidado que no debo ni puedo divertirme esta noche. Es día de
luto para mí. Es un aniversario cuyas horas son sagradas para mí. Hace tres años
que perdí a mi madre. En mi camarote tengo las reliquias de aquella santa y
querida mujer y, naturalmente, voy a recogerme con su recuerdo. ¡Dame tu mano!
¡hasta mañana! Consolaos de mi ausencia lo mejor que podáis -añadió mirándonos-;
vendré mañana a despertarte. ¡Una habitación para el señor! -le dijo al
hotelero.
-Lo lamento, pero no me quedan habitaciones libres -contestó éste.
-Entonces, toma -me dijo Villebreuse preocupado- toma mi llave; dormirás bien;
la cama es buena.
Su mirada era triste y distraída; me dio un nuevo apretón de manos, saludó a la
chica y se alejó deprisa hacia la rada sin añadir palabra. Algo sorprendido por
lo repentino del incidente, lo seguí por un instante con esa mirada a la vez
escéptica y pensativa que significa: «A cada cual con sus muertos.» Luego entré.
Catalina me había precedido, había entrado en el comedor, había elegido, cerca
de una ventana que daba al mar, una mesita cubierta con un mantel blanco, a la
francesa, y sobre la que el hotelero colocó dos velas encendidas. Pese a la
sombra de tristeza que las palabras de mi amigo habían dejado en mi espíritu, he
de reconocer que obedecía, no sin gusto, a los ojos prometedores de aquella
bonita hechicera, y me senté junto a ella. La ocasión y la hora eran tan dulces
como inesperadas.
Cenamos frente a las olas que, bajo las estrellas, besan con auténtico amor
aquella costa afortunada. Comprendía la divertida charla de Catalina cuyo
español cubano se mezclaba con términos desconocidos. Otros oficiales, pasajeros
y viajeros cenaban también a nuestro alrededor en la sala con bellísimas hijas
del país. De repente, y tras el quinto vaso de jerez, comprendí que la opinión
del teniente estaba bien fundamentada. No veía claro y la humareda dorada de
aquel vino se me subía a la cabeza con brusca intensidad. Catalina también tenía
los ojos muy brillantes. Y dos cigarrillos que me tendió después de haberlos
encendido, acabaron de completar la embriaguez más imprevista. Colocó un dedo
sobre mi vaso impidiéndome beber, riendo a carcajadas.
-¡Demasiado tarde! -le dije. Y, deslizando en su mano dos monedas de oro, le
dije-: Toma; eres encantadora pero... tengo la cabeza muy pesada. Quiero dormir.
-Yo también- contestó.
Le hice un gesto al hotelero y le pregunté cuál era la habitación del teniente.
Salimos del comedor. Cogió una palmatoria en el platillo metálico en la cual
puso un buen pellizco de cerillas; y tras haber encendido el cabo de vela,
subimos iluminados de esta forma. Catalina me seguía, apoyándose en la
barandilla, ahogando su risa algo descarada. En el primer piso recorrimos un
largo pasillo al extremo del cual el hotelero se detuvo ante una puerta. Cogió
mi llave, abrió y, como lo requerían abajo, me tendió la palmatoria con rapidez
diciéndome: «Buenas noches, señor.»
Entré. A la confusa luz de mi palmatoria y con los ojos cada vez más velados por
el vino de España, observé vagamente una habitación de un albergue ordinario.
Ésta era más larga que ancha. Al fondo, entre dos ventanas, un macizo armario
con espejo, colocado allí de ocasión y sin duda por casualidad, nos reflejaba a
la mulata y a mí. Una chimenea con mampara y sin reloj. Una silla de paja junto
a la cama cuya cabecera rozaba la puerta.
Mientras le daba una vuelta a la llave, la chiquilla cuyos pasos, tan
sorprendidos como los míos por aquella insidiosa y absurda embriaguez, vacilaban
un poco, se echó sobre la cama vestida. Había dejado en la mesa del comedor su
pandereta y su cestillo. Dejé la palmatoria sobre la silla. Me senté en la cama
junto a aquella risueña chica que, con la cabeza bajo uno de los brazos, parecía
ya casi dormida. Un movimiento que hice para besarla me apoyó la cabeza sobre
una de las almohadas. Cerré involuntariamente los ojos. Me tendí a su lado
completamente vestido y, rápidamente, sin darme cuenta, caí en un profundo y
bienhechor sueño.
Hacia las doce, despertado por una sacudida indefinible, creí oír en la
oscuridad (pues la vela se había consumido mientras dormía) un ruido débil, como
el de la vieja madera que cruje. No le presté mucha atención, pero abrí por
completo los ojos en la oscuridad.
Y la llegada, la playa, la velada, el teniente Gérard, Catalina, el aniversario,
el jerez, todo se me vino a la mente siguiendo líneas netas de la memoria. Un
sentimiento de añoranza de mi pequeña villa tranquila a orillas del Marne evocó
en mi ensueño mi habitación, mis libros, mi lámpara de estudio y la alegría del
recogimiento intelectual que había abandonado. Así pasó medio minuto. Oía junto
a mí la acompasada respiración de la criolla dormida. De repente, el viento
trajo hasta mí el ruido de un reloj de alguna vieja iglesia, allá, en la ciudad:
eran las doce. ¡Cosa realmente sorprendente! Me pareció (era una idea que sin
duda tenía relación con el sueño; una absurda e insólita idea... aunque estaba
bien despierto), me pareció desde las primeras campanadas que caían de la torre
a través del espacio, que la péndola de aquel reloj lejano se encontraba en la
habitación y que con sus choques lentos y regulares golpeaba alternativamente la
mampostería de la pared o el tabique de una habitación vecina.
En vano intentaron mis ojos escrutar las sombras en medio de la habitación donde
aquel ruido de badajo continuaba escandiendo la hora a derecha e izquierda. No
sé por qué, me puse muy inquieto al oírlo. Y además, si hay que decirlo todo, el
sonido de aquel viento del mar que, me parecía, pasaba a través de los
intersticios de las ventanas, empezaba a parecerme también bastante extraño:
producía el sonido de una especie de silbato de madera mojado. Por lo que,
acompañadas del golpeteo de la invisible péndola y de aquel desagradable ruido
del viento del mar, aquellas lentas campanadas de medianoche me parecieron
interminables.
¿Eh?... ¿Qué? ¿Qué ocurría en el albergue? En las plantas superiores y en las
habitaciones contiguas había cuchicheos en voz baja, breves, ansiosos; un ir y
venir de gente que vuelve a vestirse apresuradamente; fuertes pisadas de zapatos
militares sobre el pavimento, eran pasos precipitados de personas que huían...
Tendí la mano hacia la mulata para despertarla. Pero la chica estaba despierta
desde hacía unos minutos, pues agarró mi mano con una fuerza nerviosa que me
causó, magnéticmente, una impresión de terror insuperable. Y además, -¡ah! eso,
eso fue lo que aumentó en mí el sudor frío que me dejó helado de la cabeza a los
pies- quería (de verdad), pero no podía hablar, pues yo oía sus dientes
castañetear en el oscuro silencio. Su mano, todo su cuerpo, estaba sacudido por
un temblor convulsivo. ¿Ella sabía pues? ¡Reconocía pues lo que aquello
significaba! De repente, me incorporé y mientras vibraba aún en la lejanía la
última campanada de la vieja medianoche, grité con todas mis fuerzas en las
oscuridad.
-¡Ah! ¿qué hay aquí pues?
A esta pregunta, voces roncas y duras, que un evidente pánico ensordecía y
entrecortaba, me respondieron desde todos los rincones del albergue:
-¡Ah! ¡usted sabe muy bien qué es lo que hay! -Me tomaban por el teniente; las
voces continuaban-: ¡Al diablo! - ¡Hay que estar realmente loco para dormir con
el Diablo en la habitación! -Y huían por los pasillos y la escalera en tumulto.
Por el tono de sus palabras sentí, de forma confusa, que debía estar soñando
beatíficamente en medio de algún gran peligro. Si huían con aquella prisa era,
sin duda, porque lo terrible de aquella cosa desconocida debía ser inminente.
Con el corazón oprimido por una mortal ansiedad, empujé a la mulata y, a
tientas, cogí las cerillas de la palmatoria. -¡Ah! ¿no se consumirían al
instante?- Busqué rápidamente en mi bolsillo, encontré un periódico aún doblado
que había comprado en Bordeaux. Lo retorcí en la oscuridad para formar una
especie de antorcha, y froté febrilmente sobre la madera de la cabecera de la
cama todas las cerillas a la vez. ¡El humeante azufre tardó en prender!
Finalmente, el destino me permitió encender mi antorcha improvisada y miré en la
habitación.
El ruido se había detenido. Nada; ¡no se veía nada! Sólo a mí mismo, reflejado
en el espejo de aquel viejo armario y detrás de mí a la chica, ahora de pie
sobre la cama, con la espalda pegada a la pared, las manos con los dedos
separados colocadas a plano sobre la mampostería blanca, con los ojos dilatados,
fijos, mirando algo... que el exceso mismo de mi pasmo me impedía ver.
De repente, eché hacia atrás la cabeza sofocado por un horror tan glacial que
creí desmayarme. ¿Qué era lo que había visto allá, en el espejo, reflejado
también? No me atrevía a dar fe al testimonio alocado de mis pupilas. ¡Ah!
¡demonios! Miré de nuevo y me sentí desfallecer: mis ojos se quedaron clavados,
por así decirlo, en el objeto evidente que aparecía en mi habitación. ¡Ah! ¡era
ése pues el tesoro de mi amigo, el piadoso teniente Gérard, el buen hijo que en
aquel momento estaría sin duda rezando en su camarote! Desesperadas lágrimas de
angustia me velaron horriblemente los ojos.
Alrededor de las cuatro patas del armario, atada por un entrecruzamiento de
meollares de marina, se encontraba enrollada una constrictor de especie gigante,
una formidable pitón de diez a doce metros como las que se encuentran, a veces,
bajo los horrendos nopales de las Guayanas. Despertado de su tibio sueño por el
dolor que le producían las cuerdas, el aterrador ofidio, por un lento
deslizamiento, había sacado unos tres metros y medio del cuerpo fuera de los
nudos que lo retenían. ¡Aquel largo trozo del animal era pues la péndola viva
que, hace un instante, durante las campanadas de medianoche, golpeaba los muros
a derecha e izquierda para librarse de sus ataduras!
Ahora el animal, sujeto en parte, se erguía de abajo arriba, hacia mí, al fondo
de la habitación; la longitud hinchada de la parte libre del cuerpo, de un
marrón verdoso manchado de placas negras con escamas brillantes, se mantenía
recta, inmóvil, frente a nosotros; y, de la enorme boca de mandíbulas paralelas
horriblemente distendidas en ángulo obtuso, salía, agitándose, una larga lengua
bífida, mientras que las brasas de sus ojos feroces me miraban fijamente
mientras yo lo iluminaba. Los rabiosos silbidos de furor que durante el apacible
bienestar de mi despertar yo había tomado por el ruido del viento del mar en las
junturas de las ventanas, brotaban, entrecortados, del agujero ardiente de su
garganta, a menos de dos pies de mi cara...
Ante esta inesperada visión, sentí angustia: me pareció que toda mi vida se
reproducía al fondo de mi alma. En el momento en que me sentía caer en un
síncope, un grito de sollozante desesperación lanzado por la mulata, -por ella
que había reconocido en la oscuridad el silbido- me despertó.
La cabeza furibunda se acercaba a nosotros dando pequeñas sacudidas...
Espontáneamente, salté por encima de la cabecera de la cama sin soltar mi
antorcha cuyas amplias llamas iluminaban aún la habitación entre el humo. Y abrí
la puerta con una mano que, realmente, el pánico hacía temblar: la chica
permitió palpitante que la cogiera en mis brazos, sin dejar de mirar al dragón
que, al vernos huir, redoblaba sus esfuerzos y sus horribles silbidos. Me lancé
con ella al pasillo, cerrando rápida y violentamente la puerta, mientras que un
siniestro ruido de armario roto que caía, mezclado con los golpes de los pesados
anillos del animal, monstruo enfurecido, golpeaban en la habitación donde caían
los muebles, nos llegaba desde el interior.
Bajamos con la rapidez de un relámpago. Abajo no había nadie; el comedor estaba
desierto y la puerta que daba al acantilado abierta. Sin perder tiempo en
ociosos comentarios nos precipitamos fuera. Una vez en la playa, la mulata,
olvidándose de mí, huyó despavorida hacia la ciudad. Al verla fuera de peligro
corrí hacia la rada cuyas farolas lucían a lo lejos, imaginando que el espantoso
animal deslizaba sus anillos a lo largo de la playa tras mis talones, e iba a
alcanzarme de un momento a otro.
En unos minutos, y tras recoger mi maleta a bordo del Véloce, corrí al
embarcadero del vapor La Vigilante, en el que sonaba la campana de salida hacia
Francia.
Tres días después, de regreso a mi querida y tranquila casa a orillas del Marne,
con los pies en mis zapatillas, sentado en mi sillón, envuelto en mi cómoda
bata, volvía a abrir mis libros de metafísica alemana, considerando que mi
espíritu estaba suficientemente descansado como para aplazar hasta fecha
indefinida todos los proyectos de nuevas incursiones recreativas a través de las
contingencias del Mundo-fenomenal.
FIN |
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«L’Épouventement», La Journée, 1855 –> L’Amour suprême, 1886 |
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