| Al doctor Albert Robin |
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Et continuo, cantavit
gallus.
-[Evangelios] |
El castillo fortificado del prefecto romano Poncio Pilatos estaba situado en
la ladera del Mona; el del tetrarca Herodes se elevaba, resplandeciente, en
medio de los surtidores vivos y de los pórticos, en el monte Sión, no lejos de
los jardines del antiguo Sumo Sacerdote Anás, suegro de aquel “José”, llamado
Caifás, sexagésimo octavo sucesor de Aarón, cuyo pesado palacio sacerdotal se
levantaba igualmente en la cumbre de la ciudad de David.
El 13 del mes de Nisán (14 de abril) del año 782 de Roma (año 33 de
Jesucristo, después), un destacamento de la cohorte de ocupación -quinientos
cincuenta y cinco hombres prestados por el prefecto al Sumo Sacerdote, para el
caso de una sedición popular- rodeó silenciosamente, hacia las diez y media de
la noche, los accesos abruptos del Monte de los Olivos.
A la entrada de aquel sendero que cortaba más arriba el desigual riachuelo
del Cedrón, el jefe de los piqueros del Templo, Hannalos, hablaba sin duda con
los centuriones, mientras esperaba a los agentes de Israel que debía dejar
pasar, a fin de que se procediera al arresto de un conocido faccioso, un mago de
Nazaret, el famoso Jesús, que se había "refugiado" allí aquella noche.
Pronto, bajo el claro de luna pascual, apareció, descendiendo del suburbio de
Ofel, un grupo provisto de bastones, espadas y cuerdas, mandado por los dos
emisarios del Gran Consejo, Achazías y Ananías, a los que acompañaba un
portalinterna, Malcos, hombre de confianza de Caifás. La tropa era guiada por el
más reciente discípulo de Jesús, un hombre originario de la aldea de Karioth,
perteneciente a la tribu de Judá, a orillas del Mar Muerto, en el límite
occidental de la sepultada Gomorra, aun cuando hubiese también, en las
fronteras, cierto burgo moabita llamado Kerioth que encendía sus hogares no
lejos del estanque del Dragón.
El hombre a que nos hemos referido era el único discípulo judío; los otros
once eran galileos.
El Maestro le había lavado los pies antes de consagrar la Pascua con sus
discípulos.
Hannalos era el sar, o jefe, de los guardias encargados de la vigilancia
nocturna de las dependencias del Templo. Cuarenta y dos años después, durante el
saqueo de Jerusalén, fue llevado a Roma cargado de cadenas, a pesar de sus
setenta y cinco años, y arrojado a los pies asesinos del emperador Claudio. Para
Achazías y Ananías -falsos testigos una hora más tarde-, el Talmud los declaró, sin rodeos,
“delatores a sueldo del sanedrín, cuya misión consistía en espiar los pasos,
actos y palabras de Jesús”. Por lo que respecta a su guía, su profético apodo
significa, en arameo, en siriaco y en samaritano, no solamente su lugar de
nacimiento, sino también, según como es pronunciado, el Usurero, el Mentiroso,
el Traidor, la Mala Recompensa, el Cinturón de Cuero y, sobre todo, el Ahorcado.
El apodo es un resumen del destino.
El grupo, pues, volvió a bajar poco después llevando a un hombre muy alto,
cuyas manos estaban atadas. Jesús, en efecto, era de una estatura muy elevada
entre las de los hombres. Cuando a raíz del Descubrimiento de la Verdadera Cruz
por la emperatriz Santa Elena se midió la distancia entre los agujeros hechos
por los clavos de las manos, así como la distancia entre los de los pies y el
punto de intersección central de los dos travesaños, resultó patente que el
crucificado era de un tamaño corporal que seguramente excedía los seis pies.
Los legionarios de Poncio Pilatos escoltaron a la escuadra y al Divino
Prisionero hasta la opulenta morada de Anás, y luego regresaron al fuerte
Antonia. El anciano Sumo Sacerdote, que carecía de facultades para fallar, tuvo
que someter la causa ante el Senado de los setenta que presidía su yerno; ese
colegio, despreciando a la Ley, acababa de reunirse bajo las lámparas de
medianoche en casa de Caifás, en la sala del Consejo.
¡La Ley! ¿No prescribía también que el pontificado mayor no podía ser
conferido más que a título vitalicio? ¿Qué importaba? Hoy, los doctores se
olvidaban a sabiendas del texto eterno, deponían y reemplazaban, a veces en un
mismo semestre, al soplo de influencias de toda índole, a los Grandes Sacerdotes
de Dios. De ahí la adusta ironía de San Juan el Evangelista: “Caifás era Sumo
Sacerdote aquel año.”
Así pues, Simón Pedro y San Juan habían seguido desde el Monte de los Olivos,
en los ilícitos rodeos de aquella marcha, a los que se habían apoderado del Hijo
del Hombre. Al llegar al tribunal de Sión, el evangelista, que era conocido en
casa del Sumo Sacerdote, rogó, conturbado, a la guardiana del portal que dejara
pasar a Simón Pedro al patio cuadrado o atrio, donde dejó al apóstol, para
correr a prevenir a María, la Virgen viuda, a cuya casa debía haberse dirigido Jacobo, hijo de Cleofás y hermano de San José. Jacobo era
uno de esos huérfanos recogidos, según la Ley, bajo el techo de su difunto tío,
y que criados con Jesús, casi de su misma edad, fueron llamados después sus
hermanos, de acuerdo con la costumbre judía. A partir de aquella hora, San Juan
no se apartó de la Santa Madre, la cual, once horas más tarde, debía convertirse
en la suya.
En el centro de los pórticos, delante de los escalones de mármol amarillento
que conducían al porche de cedro de la sala del primer piso donde fue “juzgado”
el Salvador, la gente de Caifás, rodeada de guardias y de soldados judíos, se
encontraba sentada o agrupada alrededor de un gran brasero de carbón, porque en
oriente las noches de abril destilan malsanas lloviznas y glaciales rocíos.
Pedro fue también a calentarse entre ellos, casi sin advertir lo que hacía,
aturrullado, lleno el cerebro de ideas confusas y turbia la mirada. La llama
iluminaba su rostro... Contemplaba aquella puerta cerrada.
Y de más allá de aquella puerta le llegaban -se escuchaba en el atrio- los
rumores, las sonoras vociferaciones de la asamblea. Los sacerdotes de la Cámara
Baja, declarados únicamente aptos para los sacrificios, excitaban a los adictos
al Umbral a aniquilar a Aquel... a quien acusaban; los escribas o doctores de la
Ley sólo hablaban, clamando y rechinando los dientes, de aplicar dicha Ley, que
infringían en aquel mismo instante, ya que el Nasi, máximo juez, el único que
podía decretar la muerte, no había sido convocado, por desconfianza; los
ancianos, finalmente, los arciprestes de la Cámara Alta, criaturas de Anás
(quien, ¡oh escarnio!, había hecho nombrar, sucesivamente, Sumos Sacerdotes a
sus cinco hijos, sin contar a su yerno), imponían silencio a José de Haramathaim
y al fariseo Nicodemas (en hebreo, Bonai ben Gorión), aunque el Gamaliel de
entonces, enfrentándose al sagan Anás, exigía la libre defensa.
De repente, tras la pregunta precisa de Caifás, se oyó la respuesta eterna: “¡Tú lo has dicho!”, que cayó, tranquila, en medio del gran
silencio. Luego, los gritos: “¡ A muerte!” y el ruido de las vestiduras al ser
desgarradas.
Mientras tanto, en aquel patio del palacio predestinado, alrededor del
brasero cuyos carbones palidecían con el alba, a algunos pasos de distancia,
bajo aquella puerta terrible que aún contemplaba, Simón Pedro, para librarse de
las preguntas con que lo estrechaban criadas y soldados, desde hacía unos
instantes, buscando finalmente verse libre y, así, poder -¡oh candor del
hombre!- ser útil, había llegado de la negativa al principio venial, seguida por
una negación más grave, a esta desatinada frase: “¡Juro que no conozco a ese
hombre!”
Y en aquel instante, según la profecía del Salvador, el Gallo cantó.
Mucho
tiempo después de la destrucción de Jerusalén, en el transcurso de uno de los
primeros siglos de la Iglesia, se suscitó, parece, en torno a estas tres palabras
-si hay que dar crédito a una tradición latina proveniente de los viejos
claustros- una controversia de las más extrañas entre judíos de Roma y algunos
cristianos que trataban de catequizarlos.
-¿Un gallo cantó, dicen? -exclamaron los judíos, sonriendo-. Los que han
escrito esto, ¿ignoraban, pues, nuestra Ley? ¿La conocen ustedes mismos?
Sepan que no se hubiera encontrado un gallo vivo en todo Jerusalén. Quien
hubiese introducido en la ciudad de Sión uno de estos animales, vivo, -sobre
todo en la víspera de ese día de Pascua en que se inmolaban en los arrios del
Templo millares de holocaustos-, hubiera sufrido, por sacrílego, la lapidación.
Porque la Ley basaba su rigor en el hecho de que el gallo, alimentándose en los
muladares donde escarba y hunde el pico, hace salir mil bichos impuros que el
viento de las alturas disemina y que pueden, esparciéndose -y pululando- por los
aires, ir a corromper las carnes consagradas a Dios. Así pues, como ninguna
mosca, según los israelitas, voló nunca alrededor de la carne de las víctimas
expiatorias, ¿cómo dar fe a un Evangelio dictado, según ustedes, por el
Espíritu Santo, a un Evangelio donde se registra tan burda imposibilidad?
Habiendo esta objeción, tan inesperada, turbado algo el ánimo de los
cristianos, quienes por toda respuesta reafirmaron la infalible verdad de las
Santas Escrituras, fue llamado, para confundirlos definitivamente sobre este
punto, un rabino muy viejo y cautivo desde hacía mucho tiempo, a quien todos
veneraban por su profunda sabiduría e integridad.
-¡Ah! -contestó tristemente el anciano desterrado-. Después de la ruina de la casa de sus padres, los hijos de Israel han olvidado los
ritos del servicio de la Casa del Señor. ¡Vamos! ¿Dicen que no se hubiera
encontrado un gallo vivo en Jerusalén? ¡Se equivocan! ¡Había uno! Y es de tal gallo que ese Jesús de Nazaret debe haber querido
hablar, puesto que el texto precisa EL GALLO, no un gallo. Se olvidan del gran
Gallo solitario del Templo, el velador sagrado que se alimentaba de los granos
que le arrojaban las vírgenes y cuya voz se oía más allá del Jordán. Su grito
matutino, mezclado con el estrépito de las puertas del edificio que se volvían a
abrir al llegar la aurora, resonaba hasta Jericó. Más sonoro que los relojes de
arena, anunciaba las horas de la noche con la puntualidad de las estrellas. Y la
función de ese pájaro, exacto pregonero de los instantes del cielo, consistía en
avisar al prefecto del Templo y a los levitas armados -cuya soñolencia disipó a
menudo con sus cantos- del cuádruple momento de las rondas nocturnas.
Era el AVISADOR.
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