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Los bandidos
[Cuento. Texto completo.]

Villiers de L'Isle Adam

Al señor Henri Roujon

¿Qué es el Tercer Estado? Nada.
¿Qué debe ser? Todo.
-Sully, después Sieyes

Pibrac, Nayrac, dos subprefecturas gemelas unidas por un camino vecinal construido bajo el régimen de los Orleáns, testimoniaban, bajo un cielo maravilloso, una perfecta unión de costumbres, negocios y maneras de ver.

Como en cualquier lugar, el pueblo se caracterizaba por sus pasiones; como en todas partes, la burguesía conciliaba el aprecio general con el suyo propio. Todos, pues, vivían en paz y alegría en estas afortunadas localidades, hasta que una tarde de octubre ocurrió que el viejo violinista de Nayrac, hallándose corto de fondos, abordó, en el camino real, al sacristán de Pibrac y, aprovechándose de la oscuridad, le pidió con tono perentorio algún dinero.

Asustado, el hombre de las Campanas, sin reconocer al violinista, accedió graciosamente; pero, de vuelta a Pibrac, contó su aventura de tal manera que, en las imaginaciones enfebrecidas por su relato, el viejo músico de Nayrac se convirtió en una banda de ávidos ladrones que infestaban el Midi y asolaban el camino real con sus crímenes, incendios y depredaciones.

Astutos, los burgueses de los dos pueblos habían exagerado los rumores, de la misma manera que cualquier buen propietario se ve obligado a aumentar los defectos de las personas que tienen aspecto de ansiar sus capitales. ¡No porque hubieran sido engañados! Ellos habían consultado las fuentes. Habían interrogado al sacristán tras haber bebido. Este se contradijo, y ahora ellos sabían la verdad del asunto mejor que nadie... Sin embargo, burlándose de la credulidad de las masas, nuestros dignos ciudadanos se guardaban el secreto para ellos solos, como les gusta guardar todo lo que tienen; tenacidad que, ante todo, es el signo distintivo de las gentes sensatas e instruidas.

A mediados de noviembre siguiente, mientras daban las diez en el reloj del Juzgado de Paz de Nayrac, cada cual entró en su casa con un aire más arrogante que de costumbre y con el sombrero, ¡palabra!, inclinado sobre la oreja, de tal forma que su esposa, saltándole a las patillas, lo llamó «mosquetero», lo que aduló sus respectivos corazones.

-Sabes, señora N..., mañana, al alba, partiré.

-¡Ay! ¡Dios mío!

-Es la época de cobro: es preciso que vaya, yo mismo, a casa de nuestros colonos...

-No irás.

-¿Y por qué no?

-Por los bandidos.

-¡Bah! ¡En otras peores me he visto!

-¡No irás!... -concluía cada esposa, como ocurre entre gente que se adivina.

-Vamos, pequeña, vamos... Previendo tu angustia y para que estés segura, hemos acordado partir todos juntos, con nuestras escopetas de caza, en una gran carreta alquilada para tal ocasión. Nuestras tierras son convecinas y volveremos al anochecer. Así pues, seca tus lágrimas y, con la invitación de Morfeo, permite que anude apaciblemente en mi frente los dos extremos de mi pañuelo.

-¡Ah! Si van todos juntos, ya es otra cosa: debes hacer como los demás -murmuró cada esposa, tranquilizada de repente.

La noche fue exquisita. Los burgueses soñaron con asaltos, carnicerías, abordajes, torneos y laureles. Se despertaron, pues, frescos y dispuestos, con el alegre sol.

-¡Vamos!... -murmuraba cada uno de ellos, mientras se ponía las medias, tras un gesto de gran preocupación y de forma que la frase fuese oída por su esposa-, ¡vamos!, ha llegado el momento. ¡Sólo se muere una vez!

Las señoras, admiradas, contemplaban a estos modernos paladines y les llenaban los bolsillos de cataplasmas, porque estaban en otoño.

Estos, sordos a los llantos, se apartaban de los brazos que querían, en vano, retenerlos...

-¡Un último beso!... -dijo cada uno desde el descansillo de su escalera.

Y llegaron, desembocando de sus calles respectivas, a la gran plaza, donde ya algunos (los solteros) esperaban a sus colegas, alrededor del carruaje, haciendo sonar, con los rayos matutinos, la batería de sus escopetas, cuyas cargas renovaban mientras fruncían el entrecejo.

Dieron las seis: la tartana se puso en marcha a los varoniles sones de La Parisienne, cantada por los catorce hacendados que la ocupaban. Mientras en las lejanas ventanas febriles manos agitaban locos pañuelos, se oía el heroico canto:

En avant, marchons
Contre leurs canons!
A travers le fer, le feu des bataillons!

Luego, con el brazo derecho en el aire y con una especie de mugido:

Courons a la victoire!

Todo ello acompasado, en cierta medida, por los grandes latigazos que el propietario conductor daba, con cada brazo, a los tres caballos.

Fue una buena jornada.

Los burgueses son alegres vividores, claros en los negocios. Pero en cuanto a la honestidad, ¡alto ahí!, por ejemplo: son capaces de hacer colgar a un niño por una manzana.

Cada cual cenó en casa de su deudor, pellizcó el mentón de la niña, en los postres se embolsó el dinero de la renta y, tras haber intercambiado con la familia algunos proverbios llenos de buen sentido, como: «Las cuentas claras hacen buenos amigos», o «Donde las dan las toman», o «A Dios rogando y con el mazo dando», o «No hay oficio pequeños», o «Quien paga sus deudas, se enriquece», y otros proverbios habituales, cada propietario, escapándose de las acostumbradas bendiciones, retomó su lugar, uno a uno, en el carruaje recolector que vino a recogerlos de granja en granja, y al oscurecer, se pusieron en marcha hacia Nayrac.

Sin embargo, ¡una sombra había descendido sobre sus almas! En efecto, ciertos relatos de los labradores habían indicado a los propietarios que el violinista había creado escuela. Su ejemplo había sido contagioso. El viejo bandido se había rodeado, al parecer, de una horda de verdaderos ladrones y -sobre todo en la época de cobrar la renta- el camino no era demasiado seguro. De manera que, a pesar de los vahos del clarete, disipados enseguida, nuestros héroes ponían, ahora, una sordina a La Parisienne.

Caía la noche. Los chopos alargaban sus oscuras siluetas en el camino, el viento removía los setos. Entre los mil ruidos de la naturaleza y alternando con el trote regular de los tres mecklemburgueses, se oyó, a lo lejos, el aullido de mal agüero de un perro espantado. Los murciélagos volaban alrededor de los pálidos viajeros a quienes el primer rayo de la luna iluminó tristemente... ¡Brrr!... Apretaban los fusiles entre sus rodillas con un convulsivo temblor; se aseguraban, de vez en cuando, de que aún tenían consigo el saco de dinero. No se oía una palabra. ¡Qué angustia para estas honestas gentes!

Repentinamente, en la bifurcación del camino, ¡terror!, aparecieron unas espantosas y contraídas figuras; unos fusiles relucieron; se oyó el pisoteo de caballos y un terrible «¡Quién vive!» resonó en las tinieblas pues, en ese mismo instante, la luna se ocultó entre dos negras nubes.

Un gran vehículo, repleto de hombres armados, obstruía el camino.

¿Quiénes eran esos hombres? ¡Evidentemente unos malhechores! ¡Bandidos! ¡Evidente!

¡Lástima! No. Era la tropa gemela de los buenos burgueses de Pibrac. ¡Eran los de Pibrac!, quienes habían tenido la misma idea, exactamente, que los de Nayrac.

Sencillamente, acabados sus negocios, los apacibles rentistas de ambos pueblos se cruzaban en el camino, mientras volvían a sus casas.

Pálidos, se observaron. El intenso terror que se causaron, dada la obsesión que había invadido sus cerebros, al haber hecho aparecer en cada uno de los rostros los verdaderos instintos -de la misma manera que un soplo de viento tras pasar por un lago, y formando un torbellino, hace subir las aguas del fondo a la superficie-, provocó que se tomasen por esos mismos bandidos que, recíprocamente, ambos temían.

En un solo instante, sus cuchicheos, en la oscuridad, los enloquecieron hasta tal punto que, con la temblorosa precipitación de los de Pibrac por tomar, por precaución, sus armas, la culata de una de las escopetas se enganchó en el banco, se disparó sola y la bala fue a dar a uno de los de Nayrac, rompiéndole en el pecho una terrina de excelente foie-gras que le servía, maquinalmente, como un escudo.

¡Ay, este disparo! Fue la chispa fatal que incendió la pólvora. El miedoso paroxismo que sintieron los hizo delirar. Una descarga cerrada y furiosa comenzó. El instinto de conservación de sus vidas y su dinero los cegaba. Ponían los cartuchos en sus fusiles con manos temblorosas y rápidas y disparaban al bulto. Los caballos cayeron; uno de los carros volcó, vomitando al azar heridos y sacos de dinero. Los heridos, en el pasmo de su pavor, se levantaron como leones y siguieron disparándose unos contra otros, ¡sin poder reconocerse en ningún momento, en medio de la humareda!... En tal furiosa demencia, si unos gendarmes hubieran llegado bajo las estrellas, nadie duda que hubiesen pagado con la vida su dedicación. En resumen, fue una masacre, porque la desesperación les transmitía una energía más asesina: en una palabra, ¡aquélla que caracteriza a la gente honorable, cuando se les empuja hasta el final!

Mientras tanto, los verdaderos bandidos (es decir, la media docena de pobres diablos, culpables, todo lo más, de haber robado algunos mendrugos, algunos pedazos de tocino o algún dinero, aquí y allá) temblaban espantosamente en una alejada cabaña, mientras oían, llevado por el viento del camino, el creciente y terrible fragor de las detonaciones y los espantosos gritos de los burgueses.

Imaginándose, en su pavor, que una monstruosa batida se había organizado contra ellos, habían interrumpido su inocente partida de cartas alrededor de una barrica de vino y se habían levantado, lívidos, mirando a su jefe. El viejo violinista parecía a punto de desmayarse. Sus piernas temblaban. Cogido de improviso, el valiente hombre estaba despavorido. Lo que oía sobrepasaba su entendimiento.

Sin embargo, al cabo de algunos minutos de espanto, como seguían las descargas, los buenos bandidos vieron que de repente se estremecía y se ponía un meditabundo dedo en la punta de la nariz.

Levantando la cabeza, dijo:

-¡Muchachos, es imposible! No se trata de nosotros... Hay una equivocación... Es un quidproquo... Corramos, con nuestras linternas, para socorrer a los pobres heridos... El ruido proviene del camino real.

Llegaron, con mil precauciones, apartando las malezas, al lugar del siniestro, en el que la luna, ahora, iluminaba el horror.

El último burgués viviente, en su prisa por recargar su ardiente arma, acababa de saltarse la tapa de los sesos, sin querer, por descuido.

A la vista de tan formidable espectáculo, de todos esos muertos, que cubrían la ensangrentada carretera, los bandidos, consternados, permanecieron en silencio, ebrios de estupor, sin dar crédito a sus ojos. Una oscura comprensión del acontecimiento comenzó, entonces, a entrar en sus mentes.

De pronto, el jefe silbó y, a una señal, las linternas hicieron un círculo en torno al músico.

-¡Mis buenos amigos! -masculló con voz horrorosamente baja (y sus dientes castañeteaban de un miedo que parecía aún más terrorífico que el primero)-, ¡oh amigos míos!... Recojamos, rápidamente, el dinero de estos dignos burgueses! ¡Alcancemos la frontera! ¡Huyamos a toda prisa! ¡Y no volvamos a poner nunca los pies en este país!

Y como sus acólitos los observaban boquiabiertos y sin entender nada, señaló con un dedo los cadáveres, añadiendo, con un estremecimiento, estas palabras absurdas, ¡pero eléctricas!, que provenían, seguramente, de una profunda experiencia, de un eterno conocimiento de la vitalidad, del Honor del Tercer Estado:

-ELLOS PROBARÁN... QUE FUIMOS NOSOTROS...

FIN

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El silencio de Galileo

  • Genial. Universidad de Georgetown, Estados Unidos
  • Pone patas arriba las concepciones actuales. Punto de Libro, España
  • Fascinante. El Comercio, Ecuador
  • Sobresaltante. El Nacional, República Dominicana
  • Arrincona la verdad. Prensa, Panamá
  • Fascinante. El Nuevo Día, Puerto Rico
  • Narración ágil que atrapa. Veintitrés, Argentina

 

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