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La Esfinge «Adivina o te devoro».
Al Norte de Tonkín existe, internándose tres leguas, la provincia de Kouang-Si,
de ríos auríferos, y cuya grandeza se extiende hasta las fronteras de los
principados centrales del Imperio de Enmedio, desparramando sus ciudades en la
vasta extensión de la selva.
En esta región, la serena doctrina de Laotsé no ha extinguido aún la violenta
credulidad hacia los Poussah, especie de genios populares de la China. Gracias
al fanatismo de los bonzos1 de la comarca, la superstición china, aun en las
clases elevadas, fermenta con más vigor que en los estados más próximos a Pekín,
y difiere de las creencias de los manchúes en cuanto admite las intervenciones
directas de los dioses en los asuntos del país
El penúltimo virrey de esta inmensa dependencia imperial fue el gobernador
Tche-Tang, que dejó la memoria de un déspota sagaz, avaro y feroz. Véase a qué
ingenioso secreto aquel príncipe, escapando a mil venganzas, debió vivir y morir
en paz en medio del odio de su pueblo, al que desafió hasta el fin, sin pena ni
peligro, ahogando en sangre el más ligero descontento.
Una vez -quizá ocurriese esto unos diez años antes de su muerte- un mediodía
estival, cuyo ardor hacia arder los estanques y rajaba las hojas de los árboles,
arrojando destellos de fuego sobre los altos tejados de los quioscos, Tche-Tang,
sentado en una de las salas más frescas de su palacio, sobre un trono negro
incrustado de flores de nácar y embutido de oro puro, y reclinado con languidez,
se acariciaba la barba con su mano derecha, mientras que la izquierda se posaba
sobre el cetro tendido en sus rodillas.
Detrás la estatua colosal de Fo, el dios inescrutable dominaba su trono.
Sobre las gradas de la escalinata vigilaban sus guardias cubiertos con armaduras
de cuero negro, con la lanza, el arco o la larga hacha en el puño. A su derecha,
de pie, su verdugo favorito lo abanicaba.
Las miradas de Tche-Tang erraban sobre la multitud de mandarines, de
príncipes de su familia y sobre los grandes oficiales de su corte.
Todas aquellas frentes eran impenetrables. El rey se sentía odiado, rodeado
de asesinos, y consideraba, lleno de mil sospechas indecisas, cada uno de los
grupos donde se hablaba en voz baja. No sabiendo a quién exterminar, se
extrañaba a cada momento de vivir aún y reflexionaba taciturno y amenazador.
Se abrió una puerta, dando paso a un oficial que conducía, de la mano, a un
joven desconocido, de grandes ojos azules y de bella fisonomía. El adolescente
vestía túnica de seda escarlata, recogida con un cinturón de oro.
Se prosternó delante de Tche-Tang, bajo la mirada del virrey.
-Hijo del Cielo -dijo el oficial-, este joven ha declarado no ser más que un
oscuro ciudadano de esta población y llamarse Tse-i-la. Sin embargo,
despreciando los tormentos y la muerte, él ofrece probar que trae para ti una
misión de los Poussah inmortales.
-Habla -dijo Tche-Tang.
Tse-i-la se levantó.
-Señor -dijo con reposada voz-, sé lo que me espera si no estoy acertado en
mis palabras. Anoche durante un terrible sueño, los Poussah me favorecieron con
su visita, haciéndome dueño de un secreto que espantaría a los mortales
entendimientos. Si te dignas a escucharme, reconocerás que no es de humano origen,
porque sólo con oírlo despertará en tu ser un nuevo sentido. Su virtud te
comunicará al momento el don misterioso de leer, con los ojos cerrados y en el espacio que
media entre la pupila y los párpados, los nombres, en caracteres de sangre, de
todos aquellos que pueden conspirar contra tu trono o tu vida, en el momento
preciso en que sus espíritus conciban tal designio. Estarás, pues, al abrigo,
para siempre, de toda funesta sorpresa y envejecerás apaciblemente en el uso de
tu autoridad. Yo, Tse-i-la, juro aquí por Fo, cuya imagen proyecta su sombra
sobre nosotros, que el mágico poder de este secreto es tal como te digo.
Ante un discurso tan extraño hubo en la asamblea un estremecimiento seguido
de un silencio sepulcral. Una vaga angustia conmovió la cotidiana impasibilidad
de los rostros.
Todos examinaron al desconocido, que, sin temblar, testimoniaba así que era
el depositario del mensaje divino de que se decía portador. Muchos se esforzaron
en vano por sonreír, pero no osaban mirarse, palideciendo de la seguridad dada
por Tse-i-la. Tche-Tang observó aquel malestar denunciador.
En fin, uno de los príncipes, sin duda para disimular su inquietud, exclamó:
-¿A qué escuchar los disparates de un insensato borracho de opio?
Los mandarines añadieron algo animados:
-¡Los Poussah sólo inspiran a los viejos bonzos del desierto!
Y uno de los ministros:
-Debe someterse previamente a nuestro examen el secreto de que ese joven se
cree depositario, antes de ser sometido a la alta sabiduría del rey.
Replicando irritadísimo uno de los oficiales:
-Además de que es posible que no sea más que uno de esos cuyo puñal espera el
momento en que el rey esté distraído para clavarse en su corazón.
-Que se le encierre -gritaron todos.
Tche-Tang extendió sobre Tse-i-la su cetro de oro, donde brillaban caracteres
sagrados:
-Continúa -dijo impasible.
Tse-i-la repuso entonces, agitando un pequeño abanico de varillaje de ébano y
refrescando con él sus mejillas:
-Si algún tormento fuese suficiente a persuadir a Tse-i-la de traicionar su
secreto, revelándolo a otro que no fuese el rey, los Poussah, que escuchan
invisibles, no me hubiesen escogido por intérprete. ¡Oh príncipes, no! Yo no he
fumado opio, no tengo nada de loco, no llevo armas. Únicamente escuchen lo que añado.
Si afronto la muerte lenta, es porque un secreto como el mío vale, si es cierto,
una recompensa digna de él. Tú solo, ¡oh rey!, juzgarás, pues, en tu equidad, si
merece el premio que te pido. Si, repentinamente, al oír las palabras que lo
anuncien, sientes dentro de ti, bajo tus ojos cerrados, el don de esa virtud
viviente y su prodigio, habiéndome hecho noble los dioses y habiéndome inspirado con su soplo de luz, me concederás la mano de Li-tien-Se, tu
radiante hija, la insignia principal de los mandarines y cincuenta mil liangs de
oro.
Al principiar aquellas palabras «liangs de oro», un imperceptible tinte rosa
subió a las mejillas de Tse-i-la, que procuró ocultar aproximándose el abanico
al rostro.
La exorbitante recompensa reclamada provocó la sonrisa de los cortesanos y
apretó el corazón sombrío del rey, donde se agitaban el orgullo y la avaricia.
Una cruel sonrisa pasó por sus labios mirando al joven, que añadió con
intrepidez:
-Espero de ti, Señor, el real juramento, por Fo, el dios implacable que se
venga de los perjuros, que tú aceptas, según mi secreto te parezca positivo o
quimérico, concederme la recompensa pedida o la muerte que te plazca.
Tche-Tang se levantó y dijo:
-¡Lo juro! ¡Sígueme!
Algunos momentos después, bajo bóvedas que una lámpara suspendida sobre su
hermosa cabeza alumbraba, Tse-i-la, amarrado con finos cordeles a un poste,
miraba en silencio al rey Tche-Tang, cuya alta estatura aparecía en la sombra a
tres pasos de él. El rey estaba de pie, arrimado a la puerta de hierro de la
caverna; su mano derecha se apoyaba sobre la frente de un dragón de metal cuyo
ojo único parecía observar a Tse-i-la. El traje verde de Tche-Tang resplandecía; su collar de piedras preciosas relampagueaba; sólo su cabeza,
rebasando el disco de la lámpara, permanecía en las sombras.
Bajo el espesor de la tierra nadie podía oírlos.
-Te escucho -dijo Tche-Tang.
-Señor -dijo Tse-i-la-, yo soy un discípulo del maravilloso poeta Li-tai-pe.
Los dioses me han concedido en inteligencia tanto como a ti te han concedido en
poder, y me han regalado la pobreza para que ella engrandezca mis pensamientos.
Yo les agradecía diariamente tantos favores y vivía apaciblemente, sin
ambiciones, sin deseos, cuando una tarde, sobre la terraza elevada de tu
palacio, en la parte alta de los jardines, el ambiente plateado por los rayos de
la luna, vi a tu hija Li-tien-Se, cuyos pies besaban las flores de los árboles
copudos, perdiéndose con las brisas de la noche. Después de aquella noche, mi
pincel no ha vuelto a trazar una sola línea, ¡y siento que ella también piensa
en este rayo de amor en que me abraso!... Harto de languidecer, prefiriendo la
muerte más espantosa al suplicio de vivir sin ella, he querido por un rasgo
heroico, de una sutilidad casi divina, elevarme, ¡oh rey!, hasta tu hija.
Tche-Tang,
por un movimiento de impaciencia, sin duda, apoyó su pulgar sobre el ojo del
dragón. Las dos hojas de una puerta se abrieron sin ruido, dejando ver el
interior de una caverna próxima.
Tres hombres con traje de cuero estaban al lado de un brasero donde enrojecían hierros de tortura. De la bóveda pendía
una fuerte cuerda de seda, bajo la cual brillaba una caja de acero, redonda, con
una abertura circular en medio.
Aquello era el aparato de la muerte terrible. Después de atroces quemaduras,
la víctima era suspendida en el aire, atado un brazo a aquel cordel de seda, en
tanto que el pulgar de la otra mano era amarrado por detrás al pulgar del pie
opuesto. Se ajustaba entonces la caja de acero en la cabeza de la víctima, y,
cuando descansaba sobre los hombros, se metían dentro dos ratas hambrientas. El
verdugo imprimía un movimiento de balance a todo aquel horrible conjunto y luego
se retiraba dejando al reo entre las tinieblas para volver al siguiente día.
Ante tal espectáculo, cuyo horror de ordinario impresionaba aun a los más
resueltos:
-¡Olvidas -dijo fríamente Tse-i-la- que nadie, excepto tú, debes escucharme!
Las puertas se cerraron.
-¿Tu secreto? -gruñó Tche-Tang.
-Mi secreto, ¡tirano!, es que mi muerte precederá a la tuya esta noche -dijo
Tse-i-la con el rayo del genio en los ojos-. ¿Mi muerte? ¿Pero no comprendes que
es lo único que esperan allá arriba los que aguardan temblando tu regreso? ¿No
significará ella que mis promesas han sido falsas? ¡Qué alegría no sentirán,
riendo silenciosamente en el fondo de sus corazones de tu credulidad burlada!...
¡Y ésa será la señal de tu perdición!... Seguros de la impunidad, furiosos por la angustia
pasada, ¿cómo delante de ti, que te habrás empequeñecido por la esperanza
abortada, vacilará aún su odio? Llama a tus verdugos: seré vengado. Pero conozco
que estás ya casi convencido de que al hacerme morir tu vida será sólo cuestión
de horas; y que tus hijos, degollados, según la costumbre, te seguirán, y que Li-tien-Se,
tu hija, flor de delicias, será también víctima de tus asesinos. ¡Ah! ¡Si fueses
un príncipe profundo! Supongamos que de pronto, al contrario, regresas, con la
frente como agravada por la misteriosa clarividencia predicha, rodeado de tus
guardias, la mano sobre mi espalda, a la sala de tu trono, y que allí,
habiéndome tú mismo revestido de la túnica de los príncipes, y enviado a llamar
a Li-tien-Se, tu hija y mi alma, luego de habernos prometido, ordenas a tu
tesorero que me cuente, de una manera oficial, los cincuenta mil liangs de oro.
¡Ah! Entonces yo te juro, que, a semejante vista, todos esos cortesanos cuyos
puñales en la sombra han salido a medias de la vaina contra ti, caerán
desfallecidos y prosternados, y que en el porvenir nadie osará admitir en su
espíritu un mal pensamiento contra ti. ¡Así, pues, medita! Todo el mundo sabe
que eres razonable y clarividente en los consejos de estado; no será, pues,
creíble que una vana quimera haya sido suficiente para transfigurar, en algunos
instantes, la desagradable expresión de tu cara, que debe aparecer victoriosa y
tranquila!... ¡Cómo! ¡Tú, tan cruel, me dejas vivir! ¡Se conoce tu soberbia, y
me dejas vivir! ¡Se conoce tu avaricia, y me prodigas tu oro! ¡Se conoce tu
orgullo paternal, y me das tu hija por una palabra, a mí, desconocido
transeúnte! ¿Qué duda podría subsistir ante todo esto? ¿Y en qué quieres tú que consista
el valor de mi secreto, inspirado por nuestros seculares genios, sino en la
absoluta creencia de que lo posees?... Únicamente se trataba de crear ese
secreto, y eso lo he hecho yo. El resto depende de ti. Yo he cumplido mi
palabra. Además, haberte exigido la dignidad principal y el oro, que yo
desprecio, no ha sido más que para aumentar el precio, y por consiguiente, dejar
imaginar por esa munificencia arrancada a tu famosa sordidez la espantosa
importancia de mi imaginario secreto.
"Rey Tche-Tang: yo, Tse-i-la, atado por tu orden a este poste, exalto, ante la
muerte terrible, la gloria del augusto Li-tai-pe, mi maestro de los pensamientos
de luz, y te declaro que la sabiduría habla por mí. ¡Volvamos, te repito, con la
frente alta y radiante! ¡Prodiga hoy los indultos en acción de gracias al cielo!
¡Luego promete ser inexorable en lo por venir! Ordena que se celebren fiestas
luminosas en honor del divino Fo, que me ha inspirado esta sublime astucia. Yo,
mañana, habré desaparecido. Iré a vivir con la elegida de mi corazón a cualquier
provincia lejana y feliz, gracias a los liangs de oro. El botón diamantino de los
mandarines, que habré recibido de tu munificencia, con tantos transportes de
orgullo, no será jamás usado por mí, porque tengo otras ambiciones; yo creo
solamente en los pensamientos armoniosos y profundos que sobreviven a los
príncipes y a los reinos; siendo rey en el imperio inmortal, no ambiciono ser
príncipe en los de ustedes. ¿Has comprendido que los dioses me han dado la firmeza
de corazón y una inteligencia tan grande, por lo menos, como la de cualquiera de
tus cortesanos? Puedo, pues, mejor que uno de ellos, llevar la alegría a los
ojos de una joven. Pregunta a Li-tien-Se, ¡mi sueño! Estoy seguro de que, al
mirarse en mis ojos, ella te lo dirá. En cuanto a ti, cubierto por una
protectora superstición, reinarás, y, si abres tu corazón a la justicia,
conseguirás que el temor se convierta en aprecio hacia tu trono afirmado. ¡Ese
es el secreto de los reyes dignos de serlo! No tengo otro que facilitarte.
¡Pesa, escoge y falla! He dicho.
Tse-i-la calló.
Tche-Tang, inmóvil, pareció meditar algunos momentos. Su enorme sombra se
prolongaba, truncándose sobre la puerta de hierro. De repente, fue hacia el
joven y, poniéndole ambas manos sobre los hombros, lo miró fijamente, en el
fondo de los ojos, como presa de mil sentimientos indefinibles.
Después, tirando del sable, cortó las cuerdas que sujetaban a Tse-i-la y echándole el regio collar sobre las espaldas:
-¡Sígueme! -le dijo.
Subió los escalones de la cueva y apoyó su mano sobre la puerta de la luz y
la libertad. Tse-i-la, a quien el triunfo de su amor y de su repentina fortuna
habían desvanecido bastante, contempló el regio presente.
-¡Cómo! ¡Este collar también! -murmuró-. ¿Por qué, pues, te calumnian? ¡Esto
es mucho más de lo prometido! ¿Qué quiere pagar el rey con este collar?
-¡Tus injurias! -contestó desdeñosamente Tche-Tang, abriendo la puerta frente
a los rayos del sol.
FIN |