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Los cisnes comprenden
los signos.
Victor Hugo, Les Misérables |
A fuerza de consultar tomos de Historia Natural,
nuestro ilustre amigo, el doctor Tribulat Bonhomet había terminado por aprender
que «el cisne canta bien antes de morir». Efectivamente, -nos confesaba aún en
fechas recientes- desde que la había escuchado, sólo esa música le ayudaba a
soportar las decepciones de la vida, y cualquier otra ya no le parecía sino una
cencerrada, puro «Wagner».
¿Cómo había conseguido esa alegría de aficionado? Así: En los alrededores de la
antiquísima ciudad fortificada en la que vive, el práctico anciano había
descubierto un buen día en un parque secular abandonado, a la sombra de grandes
árboles, un viejo estanque sagrado, sobre el sombrío espejo del cual se
deslizaban doce o quince apacibles aves; había estudiado meticulosamente los
accesos, calculado las distancias, observado sobre todo al cisne negro, el
vigilante, que dormía, perdido en un rayo de sol. Éste, permanecía todas las
noches con los ojos bien abiertos con un guijarro en su largo pico rosa, y si la
más mínima alarma le revelaba peligro para aquellos a quienes guardaba, con un
movimiento del cuello, lanzaba bruscamente al agua el guijarro, en mitad del
blanco círculo de los dormidos para que los despertara: al oír aquella señal, el
grupo, guiado por su guardián, habría echado a correr en medio de la oscuridad
hacia avenidas profundas, hacia lejanos céspedes, hacia alguna fuente en la que
se reflejaban grises estatuas, o hacia cualquier otro refugio conocido por su
memoria. Y Bonhomet los había contemplado largo rato en silencio, sonriéndoles
incluso. ¿No era, pues, con su último canto con el que, como perfecto diletante,
soñaba regalarse muy pronto los oídos?
A veces, pues, cuando sonaban las doce de alguna otoñal noche sin luna,
fastidiado por el insomnio, Bonhomet se levantaba de repente y se vestía de
forma especial para asistir al concierto que necesitaba volver a escuchar. Tras
introducir sus piernas en descomunales botas de goma forradas que prolongaba,
sin sutura, una ancha levita impermeable convenientemente forrada también, el
huesudo y gigantesco doctor introducía las manos en un par de guanteletes de
acero blasonado provenientes de alguna armadura de la Edad Media (guanteletes de
los que se había convertido en feliz propietario después de abonar treinta y
ocho hermosas monedas -¡Una locura!- a un anticuario). Hecho esto, se ceñía su
amplio sombrero moderno, apagaba la vela, descendía y, con la llave de su casa
en el bolsillo, se encaminaba, a la burguesa, hacia la linde del parque
abandonado.
Enseguida, se introducía por oscuros senderos hacia el retiro de sus cantantes
favoritos, hacia el estanque cuya agua poco profunda, y bien sondeada por todas
partes, no le pasaba de la cintura. Y, bajo la bóveda de arboleda próxima a los
aterrajes, ensordecía sus pasos al pisar ramas secas. Cuando llegaba al borde
del estanque, lenta, muy lentamente -¡sin hacer ruido alguno!-, introducía una
bota, luego la otra, y avanzaba dentro del agua con precauciones inauditas, tan
inauditas que apenas se atrevía a respirar. Como el melómano ante la inminencia
de la cavatina esperada. De tal manera que, para dar los veinte pasos que le
separaban de sus queridos virtuosos, empleaba normalmente entre dos y dos horas
y media, hasta tal extremo temía alarmar la sutil vigilancia del guardián negro.
El soplo de los cielos sin estrellas agitaba lastimeramente las altas ramas en
la oscuridad que rodeaba el estanque, pero Bonhomet, sin dejarse distraer por el
misterioso susurro, seguía avanzando insensiblemente y tan bien que, hacia las
tres de la madrugada, se encontraba, invisible, a medio paso del cisne negro,
sin que éste hubiera percibido ni el más mínimo indicio de su presencia.
Entonces, el buen doctor, sonriendo en la oscuridad, arañaba suave, muy
suavemente, rozando apenas con la punta de su índice medieval, la superficie
anulada del agua, delante del vigilante... Y arañaba con tal suavidad que éste,
aunque algo sorprendido, no juzgaba esta vaga alarma como de una importancia
digna de lanzar el guijarro. El cisne escuchaba. A la larga, cuando su instinto
se percataba vagamente de la idea de peligro, su corazón, ¡oh! su pobre corazón
ingenuo se ponía a latir horriblemente, lo que llenaba de júbilo a Bonhomet. Y
los bellos cisnes, uno tras otro, perturbados por ese ruido en lo profundo de su
sueño, sacaban ondulosamente la cabeza de debajo de sus pálidas alas plateadas y
bajo el peso de la sombra de Bonhomet, entraban poco a poco en un estado de
angustia, percibiendo no se sabe qué confusa consciencia del mortal peligro que
los amenazaba. Pero, en su infinita delicadeza, sufrían en silencio como el
vigilante, al no poder huir puesto que el guijarro no había sido lanzado. Y
todos los corazones de aquellos blancos exiliados se ponían a dar latidos de
sorda agonía, inteligibles y claros para el oído maravillado del excelente
doctor que sabía muy bien lo que moralmente les producía su cercanía y se
deleitaba, en pruritos incomparables, con la terrorífica sensación que su
inmovilidad les hacía padecer.
«¡Qué dulce resulta estimular a los artistas!» se decía en voz baja. Tres
cuartos de hora, más o menos, duraba este éxtasis que no habría cambiado ni por
un reino. ¡De repente, un rayo de la Estrella de la Mañana, deslizándose entre
las ramas, iluminaba de improviso a Bonhomet, así como las aguas negras y los
cisnes con ojos repletos de sueños! El vigilante, aterrorizado por aquella
visión, arrojaba el guijarro... ¡Demasiado tarde!... Con un grito horrible en el
que parecía desenmascararse su almibarada sonrisa, Bonhomet se precipitaba, con
las garras en alto y los brazos tendidos, hacia las filas de las aves sagradas.
Y eran rápidos los apretones de los dedos de acero de aquel paladín moderno, y
los puros cuellos de nieve de dos o tres cantantes eran atravesados o rotos
antes de que se produjera el vuelo radiante de los demás pájaros-poetas.
Entonces, olvidándose del buen doctor, el alma de los cisnes moribundos se
exhalaba en un canto de inmortal esperanza, de liberación y de amor, hacia los
Cielos desconocidos.
El racional doctor sonreía de este sentimentalismo del que, como serio
conocedor, sólo se dignaba saborear una cosa: EL TIMBRE. No apreciaba
musicalmente nada más que la singular suavidad del timbre de aquellas simbólicas
voces, que vocalizaban la Muerte como una melodía. Con los ojos cerrados,
Bonhomet aspiraba en su corazón las vibraciones armoniosas, luego,
tambaleándose, como en un espasmo, iba a dejarse caer en la orilla del estanque,
se tendía sobre la hierba, se acostaba boca arriba, dentro de sus ropas cálidas
e impermeables. Y allí, aquel Mecenas de nuestra era, perdido en un torpor
voluptuoso, volvía a saborear en lo más recóndito de su ser el recuerdo del
canto delicioso -aunque viciado por una sublimidad según él pasada de moda- de
sus queridos artistas. Y, reabsorbiendo su comatoso éxtasis, rumiaba así, a la
burguesa, aquella exquisita impresión hasta el amanecer.
FIN |