Nunca la había visto yo sin sus agujas de tejer. Tejer era su pasión, su única
inquietud. Incluso si un rayo caía al pie de su ventana, ella no apartaba los
ojos del tejido. Pero yo conocía sus ojos. Eran verdes, admirables. Porque Ylge
era hermosa, extrañamente hermosa. Y aún más extraño era el contraste entre la
belleza de Ylge y la banalidad de esa labor que ella cumplía con tanta
perseverancia.
Me hicieron falta seis meses para convencer a Ylge de que abandonara por un rato
el tejido y las agujas. La conduje a la cama y la desvestí. En su cabeza, entre
dos mechones de pelo, vi un pequeño hilo de lana. Tiré de él. Durante una hora
tiré de él. Finalmente comprendí que había destejido a Ylge y que ahora tenía
entre manos una enorme bola de lana.
La dejé sobre una mesa. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?