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El peligro más grande, en esta clase de asuntos, es llegar
a hastiarse. El "plantón", como se dice, duraba ya doce días; el inspector
Janvier y el brigadier Lucas se relevaban con una paciencia incansable, pero
Maigret había tomado a su cuenta un buen centenar de horas porque él solo, en
suma, sabía quizá a dónde quería llegar.
Aquella mañana, Lucas le había telefoneado desde el
bulevar de Batignolles:
-Los pájaros tienen aspecto de querer volar... La mujer
del cuarto acaba de decirme que están cerrando sus maletas...
A las ocho, Maigret estaba de guardia en un taxi, no
lejos del hotel Beauséjour, con una maleta a sus pies.
Llovía. Era domingo. A las ocho y cuarto la pareja
salía del hotel con tres maletas y llamaba un taxi. A las ocho y media, éste se
detenía ante una cervecería de la estación del Norte, frente al gran reloj.
Maigret bajaba también de su coche y, sin esconderse, se sentaba en la terraza,
en un velador contiguo al de sus "pájaros".
No sólo llovía, sino que hacía frío. La pareja se había
instalado cerca de un brasero. Cuando el hombre distinguió al comisario, a su
pesar, hizo un movimiento con la mano hacia su sombrero hongo y, sin embargo, su
compañera apretaba más contra ella su abrigo de pieles.
-¡Un ponche, camarero!
Los demás también tomaban ponche y los que pasaban les
rozaban. El camarero iba y venía. La vida de un domingo por la mañana alrededor
de una gran estación continuaba como si no estuviese en juego la cabeza de un
hombre.
La aguja, por su parte, avanzaba a sacudidas por el
cuadrante del reloj y, a las nueve, la pareja se levantó, se dirigió hacia una
ventanilla.
-Dos segundas "ida" Bruselas...
-Segunda simple a Bruselas -dijo Maigret como un eco.
Luego los andenes atestados, el rápido en el que había
que encontrar sitio, un compartimiento, en la cabeza, cerca de la máquina, en
donde por fin la pareja se acomodó y en donde el comisario colocó su maleta en
la red. La gente se abrazaba. El joven del sombrero hongo bajó para comprar
periódicos y volvió con un paquete de semanarios y revistas ilustradas.
Era el rápido de Berlín. Había una gran algarabía. Se
hablaban todas las lenguas. Una vez el tren en marcha, el joven, sin quitarse
los guantes, empezó a leer un periódico mientras que su compañera, que parecía
tener frío, ponía con gesto instintivo su mano sobre la de su compañero.
-¿Hay vagón restaurante? -preguntó alguien.
-¡Creo que después de la frontera! -contestó otra
persona.
-¿Se para en la aduana?
-No. La inspección tiene lugar en el tren, a partir de
Saint-Quentin...
Los arrabales, luego bosques hasta donde alcanzaba la
vista; después Compiègne, en donde no se detuvo más que el tiempo de la parada.
El joven, de tanto en tanto, levantaba los ojos de su
periódico y su mirada recorría el plácido rostro de Maigret.
Estaba cansado, era cierto. Maigret, que también echaba
las mismas ojeadas furtivas, lo encontraba más pálido que los demás días,
todavía más nervioso, más crispado, y hubiera jurado que sería incapaz de
decirle lo que leía desde hacía una hora.
-¿No tienes hambre? -preguntó la joven.
-No...
Fumaba cigarrillos y pipas. Estaba oscuro. Las aldeas
dejaban ver calles mojadas y vacías, iglesias en las que tal vez se decía la
misa mayor.
Y Maigret tampoco intentaba volver a sopesar los hechos
uno a uno, precisamente por temor al hastío, porque después de dos semanas y
media sólo pensaba en aquel asunto.
El joven, frente a él, iba vestido sobriamente, más
como un inglés que como un parisino: traje gris hierro, abrigo gris sin botones
aparentes, sombrero hongo y, para completar el conjunto, un paraguas que había
colocado en la red inferior.
Si se hubiese pronunciado su nombre en el
compartimiento, todo el mundo hubiese temblado, porque, entre los periódicos
diseminados sobre las rodillas, la mitad por lo menos hablaban todavía de él.
Un bonito nombre: Jehan d'Oulmont. Una excelente
familia belga, varias veces representada en la Historia. Jehan d'Oulmont era
rubio; tenía los rasgos bastante finos, pero la piel, demasiado sensible,
enrojecía con facilidad, y los rasgos fácilmente agitados por tics nerviosos.
Por dos veces Maigret lo había tenido frente a él, en
su despacho de la Policía Judicial y, por dos veces, durante horas, había
intentado en vano hacer doblegar al joven.
-¿Admite que desde hace dos años es la desesperación de
su familia?
-¡Eso le importa a mi familia!
-Después de haber iniciado sus estudios de Derecho, lo
han echado de la Universidad de Lovaina por notoria mala conducta.
-Vivía con una mujer...
-¡Perdón! Con una mujer a la que un negociante de
Anvers mantenía...
-¡El detalle carece de importancia!
-Maldecido por su familia, vino a París... Se le ha
visto sobre todo en las carreras y en los locales nocturnos... Se hacía llamar
Conde d'Oulmont, título al que no tiene derecho...
-Hay gentes a las que esto les gusta...
Siempre la misma sangre fría, a despecho de una palidez
enfermiza.
-Conoció a Sonia Lipchitz y no ignoraba nada de su
pasado...
-No me permito juzgar el pasado de una mujer...
-A los veintitrés años, Sonia Lipchitz ya ha tenido
numerosos protectores... El último le dejó una cierta fortuna que ella ha
dilapidado en menos de dos años...
-Lo que prueba que no soy interesado, porque, en ese
caso, habría llegado demasiado tarde...
-No ignora que su tío, el conde Adalbert d'Oulmont -se
tiene, en su familia, gusto por los nombres originales-, no ignora, digo, que
bajaba cada mes a París por algunos días, en el hotel del Louvre...
-Para vengarse de la vida austera que se cree obligado
a llevar en Bruselas...
-¡Sea!... Su tío, antiguo acostumbrado al hotel,
reservaba siempre el mismo apartamento, el 318... Cada mañana montaba a caballo,
en el Bois, almorzaba a continuación en un cabaret de moda y luego se encerraba
en su apartamento hasta las cinco...
-¡Debía necesitar reposo! -replicaba cínicamente el
joven- ¡A su edad!...
-A las cinco hacía subir al peluquero y a la manicura
y...
-Y frecuentaba a continuación, hasta las dos de la
mañana, los lugares en los que se encuentran mujeres hermosas...
-Todavía exacto...
Porque si el conde d'Oulmont, en cierta época de su
vida, había sido un diplomático distinguido, era forzoso admitir que con la edad
se había identificado poco a poco con el repertorio de viejos verdes y que no le
faltaba ni la peluca.
-Siempre se ha dicho...
-Y le ayudó varias veces con sus subsidios...
-Y con sus lecciones de moral... Una cosa compensa la
otra...
-Dos días antes del drama, en un bar de los Champs
Elysées, usted le presentó a su amante Sonia Lipchitz...
-Como usted le hubiese presentado a su mujer...
-¡Perdón! Tomaron el aperitivo los tres y luego, bajo
el pretexto de una cita de negocios, usted los dejó solos... En este momento,
usted estaba, usted y Sonia, como se dice, a dos velas. Después de haber vivido
largo tiempo en el hotel Berry, cerca de los Champs Elysées, en donde dejó a una
ardiente coqueta, cuesta verle ahora yendo a parar a un hotel más que modesto
del bulevar Batignolles...
-¿Me lo reprocha?
-Hay que creer que Sonia no le gustó a su tío, que la
dejó inmediatamente después de cenar para ir a un pequeño teatro...
-¿Otro reproche?
-Dos días después, el viernes, hacia las tres y media,
el conde d'Oulmont era asesinado en su apartamento, en donde, como de costumbre,
echaba la siesta... Según el dictamen del forense, fue abatido por un golpe
violento propinado por medio de un tubo de plomo o una barra de hierro...
-Ya he sido registrado... -contestó socarronamente el
joven.
-¡Lo sé! E incluso tenía una coartada. Me enseñó, al
día siguiente, su carné de apuestas, porque usted es un aficionado a las
carreras... La tarde de la muerte, estaba en Longchamp y apostó a dos caballos
en cada carrera... Boletos de la Mutua, encontrados en su abrigo, lo han
establecido así y camaradas suyos lo vieron una o dos veces en el transcurso de
la tarde...
-¿Usted ve?
-Lo que no impide que hubiese tenido tiempo, en el
curso de la reunión, de subir a un taxi y llegar hasta su tío...
-¿Alguien me vio?
-Conoce lo bastante el hotel del Louvre para saber que
no se presta atención a las idas y venidas de los clientes habituales... Sin
embargo, un botones cree acordarse...
-¿No le parece que es demasiado vago?
-Una suma de treinta y dos mil francos en billetes
franceses le fue robada a su tío.
-¡De tenerlos, hubiera tenido tiempo de pasar la
frontera!
-También lo sé. No se encontró nada en su hotel.
¡Mejor! Dos días más tarde, su amante empeñaba sus dos últimos anillos en el
Crédito Municipal y usted vive ahora de los cinco mil francos que ella recibió a
cambio...
-¡Por lo tanto...!
¡Ése era todo el asunto! Dicho de otra manera, casi el
crimen perfecto. La coartada era de las que no se pueden contradecir con éxito.
Gente había visto a Jehan en las carreras aquella tarde. Pero, ¿a qué hora?
Había jugado. Pero, en ciertas carreras, su amante
había podido jugar por él y no hay mucha distancia entre Longchamp y la calle
Rivoli.
¿Un tubo de plomo, una masa de hierro? Todo el mundo
puede procurarse uno y desembarazarse de él sin dificultad. Y todo el mundo, con
un poco de habilidad, puede introducirse en un gran hotel sin hacerse notar.
¿El golpe de los anillos empeñados a los dos días? ¿El
carné de apuestas de d'Oulmont?
-Usted mismo admite -decía este último- que mi buen tío
recibía a veces mujeres en su cuarto. ¿Por qué no busca por ese lado?
Y, lógicamente, no había ni una fisura en su
razonamiento. Tenía tan poco que, cuando se presentó en el Quai des Orfevres,
tras dos interrogatorios, y había manifestado el deseo de volver a Bélgica, se
había visto obligado, a falta de elementos suficientes, a darle la autorización.
He aquí el porqué, desde hacía doce días, Maigret
empleaba su vieja táctica: hacer seguir a su hombre paso a paso, minuto a
minuto, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, hacerlo seguir
ostensiblemente a fin de que el hastío, si se producía en uno de los dos campos,
se produjese a su lado.
He aquí por qué también, aquella mañana, había tomado
sitio en el compartimiento, frente al joven que, al verle, había esbozado un
saludo y estaba obligado, durante horas, a representar la comedia de la
desenvoltura.
¡Crimen vicioso! ¡Crimen sin excusa! ¡Crimen tanto más
odioso en cuanto que cometido por un pariente de la víctima, por un muchacho
instruido y sin taras aparentes! ¡Crimen a sangre fría también! ¡Crimen casi
científico!
Para los jurados, esto se traduce por una cabeza que
cae. Y aquella cabeza, un poco pálida, cierto, apenas coloreada en los pómulos,
se levantó para la inspección aduanera.
Faltó poco para que hubiese protestas en el
compartimiento. Maigret había dado órdenes por teléfono y, para la pareja, el
registro fue minucioso, tan minucioso que se hacia indiscreto.
Resultado: ¡nada! Jehan d'Oulmont sonreía con su pálida
sonrisa. Sonreía a Maigret. Sabía que era su enemigo. Se percataba también de
que era una guerra de usura, pero una guerra en la que su cabeza estaba en
juego.
Uno lo sabía todo: el asesino. Cuándo, cómo, en qué
minuto, en qué circunstancias había sido cometido el crimen.
Pero el otro, Maigret, que fumaba su pipa, a despecho
de los gemidos de su vecina, a la que molestaba el tabaco, ¿qué sabía? ¿Qué
había descubierto?
¡Guerra de agotamiento, sí! Pasada la frontera, Maigret
carecía del derecho de intervenir y se acababan de divisar los primeros caseríos
de Borinage.
Entonces, ¿por qué estaba allí? ¿Por qué se obstinaba?
¿Por qué en el vagón restaurante, a donde la pareja iba a tomar el aperitivo, se
instalaba en la misma mesa, amenazador y silencioso?
¿Por qué en Bruselas iba al Palace, en donde Jehan
d'Oulmont y su amante tomaban un apartamento?
¿Había descubierto Maigret una fisura en la coartada?
¿Había olvidado Jehan d'Oulmont algún detalle que lo había traicionado?
¡Claro que no! En ese caso, lo hubiese arrestado en
Francia, lo hubiese entregado a los tribunales franceses, lo que comportaba, sin
disputa, la pena de muerte...
Y Maigret, en el Palace, ocupaba la habitación
contigua. Maigret dejaba su puerta abierta, bajaba detrás de la pareja al
restaurante, paseaba tras ellos a lo largo de los escaparates de la calle Neuve,
entraba en la misma cervecería, siempre obstinado y tranquilo en apariencia.
Sonia estaba casi tan febril como su compañero. Al día
siguiente no se levantó hasta las dos y la pareja almorzó en su habitación. Y
oían el sonido del teléfono, porque Maigret encargaba el almuerzo.
Un día... Dos días... Los cinco mil francos debían
acabarse... Maigret seguía allí, con la pipa en la boca, las manos en los
bolsillos, sombrío y paciente.
Pero ¿qué sabía? ¿Quién hubiera podido decir lo que
sabía?
¡En verdad Maigret no sabía nada! Maigret "sentía".
Maigret estaba seguro del caso, hubiera apostado su apellido a que tenía razón.
Pero en vano había dado vueltas cien veces al problema en su cabeza, había
interrogado a los choferes de París y en particular a los especialistas en
carreras.
-¡Ya sabe! Vemos tanto... ¿Tal vez...?
Tanto más cuanto que Jehan d'Oulmont no tenía nada de
particular y que las gentes a las que enseñaba su fotografía reconocían
inmediatamente a algún otro.
El olfato no bastaba. La convicción tampoco. La
justicia exige una prueba y Maigret seguía buscando sin saber quién se cansaría
primero. Paseó tras la pareja por el Jardín Botánico. Asistió a veladas de cine.
Comió y cenó en excelentes cervecerías, como le gustaba, y se atiborró de
cerveza.
A la lluvia la había reemplazado una especie de nieve
fundida. El martes, calculaba el comisario, apenas les quedaban trescientos
francos belgas a sus víctimas y tal vez, se dijo, tendrían que echar mano del
"tesoro escondido".
Era una vida agotadora y, por la noche, tenía que
despertarse al menor ruido producido en la vecina habitación. Pero seguía como
esos perros que, tumbados en el suelo, se dejan aplastar antes que retroceder.
La gente, a su alrededor, continuaba sin darse cuenta
de nada. Se servía al pálido Jehan d'Oulmont como a un cliente cualquiera sin
percatarse de que su cabeza no estaba muy segura sobre sus hombros. En una casa
de baile alguien invitó a Sonia; luego desapareció, la volvió a invitar una hora
más tarde y jugó tercamente con su bolso. Ese alguien, que parecía un joven de
buena familia, hizo de lejos una señal de amistad a d'Oulmont.
Era poca cosa. Transcurría ya el tercer día en
Bruselas. Sin embargo, en aquel minuto, Maigret tuvo por fin la esperanza de
triunfar.
Lo que hizo entonces era tan poco corriente en él que
la señora Maigret se hubiese quedado de una pieza. Se dirigió hacia el bar de la
boîte y se tomó varias copas en compañía de mujeres que lo asaltaban; pareció
divertirse mas allá de los límites admitidos y acabó, casi vacilante, por
invitar a Sonia a bailar.
-¡Si puede tenerse en pie! -dijo secamente.
Dejó su bolso sobre la mesa, dirigió una ojeada a su
amante, pero éste a su vez salió a bailar con una de las señoras de la casa.
En aquel momento, mientras las dos parejas estaban
mezcladas entre las demás, bajo una luz anaranjada, ¿quién hubiera podido prever
lo que iba a pasar?
Maigret, acabado el baile, no estaba solo. Un
hombrecillo vestido de negro lo acompañaba hasta la mesa de la pareja y era él
quien pronunciaba:
-¿Señor Jehan d'Oulmont?... Sin ruido... Sin
escándalo... Estoy encargado por la Sûreté belga de detenerlo...
El bolso seguía allí, sobre la mesa. Maigret parecía
pensar en otra cosa.
-¿Detenerme en virtud de qué?
-De una orden de extradición...
Entonces la mano de d'Oulmont alcanzó el bolso. Luego,
de repente, el joven se incorporó, apuntó sobre Maigret un revólver y...
-He ahí uno que no irá al paraíso -farfulló.
Una detonación. Maigret seguía de pie, con las manos en
los bolsillos. Jehan, con el revólver en la mano, se asustaba. Los bailarines
huían. El habitual maremágnum...
-¿Comprende? -decía Maigret al jefe de la Sûreté de
Bruselas-. Yo carecía de pruebas. ¡Sólo tenía indicios! Y lo sabía tan
inteligente como yo... Que había matado a su tío, yo era incapaz de demostrarlo.
Y sin duda hubiese escapado al castigo si...
-¿Si...?
-Si no hubiese sido antiguo estudiante de Derecho y si
la pena de muerte hubiese existido realmente en Bélgica... Me explico... En
Francia, mató a su tío por necesidad de dinero... Sabía que allí su cabeza
estaba en juego... Refugiado en Bruselas, está seguro de la extradición si el
crimen llega a ser probado... ¡Y yo continúo detrás de él! Dicho de otra forma,
tal vez tengo indicios o pruebas... No tiene salvación...
"O más bien sí... Una cosa puede salvarlo de la
guillotina, una cosa que ya salvó al asesino Danse... El que comete una nueva
muerte, antes de efectuarse la extradición, será juzgado por la Justicia belga
que no conoce la pena de muerte, pero que lo enviará a la cárcel para el resto
de sus días...
"Este es el dilema en el que he querido arrinconarlo
siguiéndolo paso a paso. Carecía de arma. El gesto de su amante, esta noche,
mientras la pareja estaba en las últimas, me ha hecho ver que habían conseguido,
gracias a la complicidad de un antiguo camarada, procurarse una, que se
encuentra en el bolso.
"Durante el baile, un agente ha cambiado el revólver
cargado de balas por uno cargado con salvas...
"Luego el arresto...
"Jehan d'Oulmont, asustado, que se juega la cabeza,
prefiere cadena perpetua en Bélgica y dispara...
"¿Comprende?"
¡Había comprendido, sí! Había comprendido que un
segundo crimen salvaba la vida al asesino del anciano conde d'Oulmont.
Por lo demás, la sonrisa sarcástica del joven
proclamaba:
-¡Ya ve como no tendrá mi cabeza!
-¡Su cabeza, no! ¡Lo que no impide que ya no pueda
hacer daño!
¡Y que, por fin, Maigret tenía derecho a pensar en otra
cosa! |