El bosque del Gâvre está cruzado por doce grandes
senderos. La víspera de Todos los Santos, el sol rayaba aún las hojas verdes con
una barra sangre y oro, cuando una niña vagabunda apareció por la ruta principal
del este. Llevaba un pañuelo rojo a la cabeza atado bajo el mentón, una camisa
de paño gris con botones de cobre, una falda deshilachada, un par de pequeñas
pantorrillas doradas, redondas como bolillos, que se introducían en zuecos
guarnecidos de hierro. Cuando llegó a la gran encrucijada, al no saber hacia
dónde ir, se sentó cerca de la señal kilométrica y se puso a llorar. Y lloró
durante tanto rato que la noche cayó mientras las lágrimas corrían entre sus
dedos. Las ortigas dejaban inclinarse sus racimos de granos verdes. Los grandes
cardos cerraban sus flores violetas, la carretera gris a lo lejos reforzaba su
color grisáceo bajo la niebla. De repente, dos garras y un fino hocico se
subieron a un hombro de la pequeña; y después un cuerpo aterciopelado por
completo, seguido de una cola en penacho, anidó entre sus brazos e introdujo su
nariz en la manga corta de paño. Entonces la niña se levantó, y se introdujo
bajo los árboles, bajo los arcos que formaban las ramas entrelazadas con breñas
picadas de endrinas de donde surgían de improviso avellanos y ablanedos
dirigidos hacia el cielo. Y, al fondo de una de aquellas bóvedas negras, vio dos
llamas muy rojas. El pelo de la ardilla se erizó; algo rechinó los dientes, y la
ardilla saltó al suelo. Pero la niña había corrido tanto por los caminos que ya
no tenía miedo, y avanzó hacia la luz.
Un ser extraordinario, con los ojos encendidos y la boca de un violeta oscuro,
se hallaba agazapado bajo un matorral; sobre su cabeza se erguían dos cuernos
puntiagudos y allí mordisqueaba las avellanas que cogía constantemente con su
larga cola. Abría las avellanas con los cuernos, les quitaba las cáscaras con
sus manos secas y peludas, cuyas palmas eran rosas y rechinaba los dientes
cuando se las comía. Al ver a la niña, dejó de roer y se quedó mirándola,
guiñando constantemente los ojos.
-¿Quién eres? -dijo ella
-¿No ves que soy el diablo? -contestó el animal levantándose.
-No, señor diablo, -gritó la niña-. ¡Oh... oh... no me haga daño! No me hagas
daño, señor diablo. Yo no te conozco ¿sabes? ¡nunca he oído hablar de ti. ¿Eres
malo?
El diablo se echó a reír. Acercó su garra puntiaguda hacia la niña y le lanzó a
la ardilla sus avellanas. Cuando se reía, los manojos de pelos que crecían en
sus fosas nasales y en sus orejas bailaban sobre su cara.
-Sé bienvenida, niña -dijo el diablo-. Me gustan las personas sencillas. Creo
que eres una buena chica, pero no te sabes aún el catecismo. Cuando seas mayor
tal vez te enseñen que yo me llevo a los hombres, pero verás claramente que eso
no es cierto. Sólo vendrás conmigo si quieres.
-Pero, yo no quiero -dijo la niña-. Eres malo; en tu casa todo debe estar negro.
Yo, como puedes ver, deambulo a la luz del sol por la carretera; recojo flores
y, a veces, cuando pasan damas o caballeros, me las compran por diez céntimos. Y
por la noche, a veces, hay buenas mujeres que me permiten dormir sobre su heno.
Esta noche no he podido comer porque estamos en el bosque.
Y el diablo dijo:
-Escucha, pequeña, no tengas miedo. Voy a ayudarte. Ponte de nuevo el zueco que
se te ha caído.
Y mientras decía esto, el diablo cogía una avellana con su cola, y la ardilla
cascaba otra. La pequeña introdujo su pie mojado dentro del zueco y, de repente,
se encontró en la carretera principal bajo un sol naciente que formaba bandas
rojas y violetas por oriente, en el aire fresco de la mañana, con la bruma
flotando aún por encima de los prados. Ya no había ni bosque, ni ardilla, ni
diablo. Un carretero borracho que pasaba en aquel instante al galope conduciendo
un grupo de becerros que mugían bajo una lona mojada, le azotó las piernas con
el látigo a modo de saludo. Las abejarucos de cabeza azul piaban en los setos de
majuelo cuajados de flores blancas. La pequeña, bastante sorprendida, se puso de
nuevo a andar. Durmió bajo una coscoja en un rincón del campo y al día siguiente
prosiguió su camino. Andando, andando, llegó hasta las landas pedregosas bañadas
por un aire salado. Y más lejos encontró cuadrados de tierra, cubiertos de agua
salina, con montones de sal que amarilleaban ante el cruce de las calzadas.
Andarríos y nevatillas picoteaban el estiércol en la carretera. Grandes bandadas
de cuervos se abatían sobre los campos, con roncos graznidos.
Una tarde halló sentado al margen del camino a un mendigo harapiento, con la
frente vendada por un trapo viejo, el cuello surcado por cuerdas rígidas y
retorcidas y los párpados vueltos. Cuando la vio llegar, se levantó y le impidió
el paso con sus brazos extendidos. Ella dio un grito; sus gruesos zuecos
resbalaron por la pasarela del arroyo que cortaba la ruta: la caída y el pánico
hicieron que se desmayara. El agua, susurrando, le bañaba el cabello; las arañas
rojas se deslizaban entre las hojas de los nenúfares para mirarla; las ranas
verdes agachadas la contemplaban tragando aire. Sin embargo, el mendigo se rascó
con lentitud el pecho bajo su ennegrecida camisa y continuó su camino
arrastrando una pierna. Poco a poco el sonido de la escudilla golpeando en su
bastón se desvaneció por completo.
La pequeña se despertó bajo el intenso sol. Estaba dolorida y no podía mover el
brazo derecho. Sentada sobre la pasarela, trataba de sobreponerse al
aturdimiento. Luego, a lo lejos, se oyeron los cascabeles de un caballo; y poco
después el rodar de un vehículo. Protegiéndose los ojos del sol con la mano
logró divisar una toca blanca que destacaba entre dos blusas azules. El charabán
avanzaba con rapidez; delante trotaba un pequeño caballo bretón con cabestro
adornado de cascabeles y dos plumeros colocados sobre los anteojeras. Cuando
llegó a la altura de la chica, ésta tendió el brazo izquierdo suplicante. Una
mujer gritó:
-¡Vaya! parece un chica que necesita ayuda. Detén el caballo, Jean, voy a ver
qué le pasa. Sujétalo bien para que no se mueva y pueda bajarme. ¡So! ¡so!
¡vamos pues! Vamos a ver qué le ocurre.
Pero cuando se acercó, la chiquilla había vuelto al país de los sueños. El sol
le había dañado demasiado los ojos, el blanco resplandor de la carretera y el
dolor sordo que le producía el brazo dañado le habían estrangulado el corazón
dentro del pecho.
-Parece que está a punto de morir, -susurró la campesina- ¡Pobre chiquilla! O es
algo retrasada o ha sido mordida por un cocodrilo o por un sourd; esos animales,
que recorren los caminos de noche, son bien dañinos. Sujeta bien el carro, Jean,
que no se mueva. Ven a echarme una mano, Mathurin, para subirla.
El charabán la fue traqueteando; el pequeño caballo siguió trotando con sus dos
plumeros que se sacudían cada vez que una mosca le hacía cosquillas en la
testera; la mujer de la cofia blanca, situada entre las dos blusas azules, se
volvía de vez en cuando hacia la chiquilla, que seguía muy pálida. Llegaron por
fin a una casa de pescador, cubierta de bálago; su propietario era uno de los
pescadores más acomodados de la comarca, pues tenía con qué vivir y podía enviar
su pescado al mercado en el fondo de la carreta.
Allí concluyó el viaje de la pequeña, pues a partir de entonces permaneció en la
casa de aquellos pescadores. Las dos blusas azules eran las de Jean y Mathurin;
la mujer de la cofia blanca, la señora Mathô; el marido el marinero que pescaba
en una chalupa. Retuvieron a la chica pensando que podía ser útil para llevar la
casa. Como los chicos y chicas de los marineros, fue educada a base de golpes.
Los maltratos y los pescozones cayeron sobre ella con asiduidad. Y cuando se
hizo mayor, a fuerza de arreglar las redes, manipular los cubos de agua sucia,
conducir el vertedor, limpiar las algas, lavar los chubasqueros, introducir los
brazos en el agua grasienta y en el agua salada, sus manos se le pusieron rojas
y agrietadas, las muñecas arrugadas como el cuello de un lagarto, los pies
endurecidos y llenos de callos por haber pasado mil veces sobre las pústulas del
varec y las ristras de mejillones violetas que arañan la piel con el filo
cortante de sus conchas. De la chiquilla de antaño sólo quedaban dos ojos como
brasas y una tez morena; con las mejillas marchitas, las pantorrillas torcidas,
la espalda encorvada por las pesadas cestas de sardinas, llegó a convertirse en
una bracera destinada al matrimonio. Fue prometida a Jean, y antes de que los
comentarios del pueblo publicaran los esponsales, Jean tomó un vale a cuenta
sobre el matrimonio. Se casaron: el hombre se fue a pescar a la traína y a beber
al regreso jarras de sidra y vasos de ron.
No era agraciado pues tenía una cara huesuda y un tupé de cabellos amarillos
entre dos orejas puntiagudas. Pero tenía los puños fuertes: tras cada día de
borrachera, Jeanne aparecía cubierta de moratones. Parió una ristra de
chiquillos que aparecían agarrados a sus faldas cuando, en el dintel de la casa,
raspaba la marmita de las papillas. También éstos fueron educados como los
chicos y chicas de los marineros: a golpes. Los días transcurrían monótonos,
lavando a los niños, arreglando redes, acostando al padre cuando volvía borracho
y, a veces, en algunas buenas tardes, jugando al tres-siete con las vecinas
mientras la lluvia golpeaba los cristales y el viento abatía las ramillas de la
chimenea.
Luego el hombre desapareció en el mar; Jeanne lo lloró en la iglesia. Pasó mucho
tiempo con la cara triste y los ojos rojos. Los hijos crecieron y se fueron uno
por aquí, otro por allá. Finalmente, se quedó sola, vieja, cojitranca, encogida,
temblorosa y viviendo del poco dinero que le enviaba uno de los hijos que era
gaviero. Y un día, al llegar la aurora, los rayos grises que entraron a través
de los cristales ahumados iluminaron una apagada chimenea y una vieja moribunda.
Las rodillas puntiagudas levantaban sus harapos, mientras daba las últimas
bocanadas.
Al tiempo que una de esas bocanadas cantaba en su garganta, se oyó tocar a
maitines y sus ojos se oscurecieron de repente: sintió que se hacía de noche;
vio que se hallaba en el bosque del Gâvre; que acababa de ponerse su zueco; que
el diablo cogía una avellana con su cola y la ardilla roía otra. Gritó
sorprendida al verse de pequeña, con su pañuelo rojo, su camisa gris y su falda
desgarrada, y con angustia exclamó:
-¡Oh! ¡Eres el diablo y vienes a llevarme! -gimió santiguándose.
-Has hecho bastantes progresos y eres libre de venir conmigo o no -dijo el
diablo.
-¿Cómo?! -dijo- ¿No soy una pecadora y vas a quemarme?
-No -dijo el diablo-, puedes vivir o venirte conmigo.
-Pero, Satanás ¡si estoy muerta!
-No -repitió el diablo-. Es cierto que te he hecho vivir toda tu vida, pero sólo
durante el instante que empleaste en volver a poner tu zueco. Ahora puedes
elegir entre esa vida o el nuevo viaje que te ofrezco.
Entonces la chiquilla se tapó los ojos con una mano y se puso a reflexionar.
Recordó sus penas y fatigas, su vida triste y gris; se sintió sin fuerzas para
volver a empezar.
-¡Esta bien! -le dijo al diablo- te acompaño.
El diablo lanzó un surtidor de vapor blanco con su boca violeta, hundió sus
garras en la falda de la pequeña y, abriendo unas grandes alas negras de
murciélago, subió con rapidez por encima de los árboles del bosque. Haces de
fuego rojo como cohetes surgieron de sus cuernos, del extremo de sus alas y de
las puntas de sus pies; la pequeña iba colgando inerte, como un pájaro herido.
Pero, de repente, sonaron las doce campanadas de la iglesia de Blain, y de todos
los campos oscuros subieron formas blancas, mujeres y hombres, de alas
transparentes, que volaban con suavidad por los aires. Eran los santos y santas
cuya fiesta acababa de empezar; el cielo pálido estaba repleto de ellos, que
resplandecían de forma extraña. Los santos tenían en torno a la cabeza un
aureola de oro; las lágrimas de los santos y las gotas de sangre que habían
vertido se habían convertido en diamantes y rubíes que salpicaban sus ropajes
diáfanos. Y santa Magdalena deshizo sobre la pequeña sus cabellos rubios; el
diablo se encogió y cayó hacia la tierra como una araña al extremo de su hilo;
la santa cogió a la niña en sus blancos brazos y dijo:
-Para Dios, tu vida de un segundo tiene el mismo valor que la de decenas de
años; no tiene en cuenta el tiempo, pero valora el sufrimiento: ven a festejar
con nosotros la fiesta de Todos los Santos.
Y los harapos de la niña cayeron; uno tras otro también cayeron los zuecos al
vacío de la noche, y dos alas deslumbrantes surgieron de sus hombros. Y voló,
entre santa María y santa Magdalena, hacia un astro bermejo y desconocido donde
se encuentran las islas de los Bienaventurados. Allí es donde un segador
misterioso acude cada noche, con la luna por guadaña, y entre las praderas de
gamonitas siega estrellas rutilantes que luego siembra en la noche.
FIN |
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Coeur double |
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