|
Las higueras han dejado caer sus higos y los olivos sus
aceitunas, porque algo extraño ha ocurrido en la isla de Scira. Una muchacha
huía, perseguida por un muchacho. Se había levantado el bajo de la túnica y se
veía el borde de sus pantalones de gasa. Mientras corría dejó caer un espejito
de plata. El muchacho recogió el espejo y se miró en él. Contempló sus ojos
llenos de sabiduría, amó el juicio de éstos, cesó su persecución y se sentó en
la arena. Y la muchacha comenzó de nuevo a huir, perseguida por un hombre en la
fuerza de su edad. Había levantado el bajo de su túnica y sus muslos eran
semejantes a la carne de un fruto. En su carrera, una manzana de oro rodó de su
regazo. Y el que la perseguía cogió la manzana de oro, la escondió bajo su
túnica, la adoró, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha
siguió huyendo, pero sus pasos eran menos rápidos. Porque era perseguida por un
vacilante anciano. Se había bajado la túnica, y sus tobillos estaban envueltos
en un tejido de muchos colores. Pero mientras corría, ocurrió algo extraño,
porque uno después de otro se desprendieron sus senos, y cayeron al suelo como
nísperos maduros. El anciano olió los dos, y la muchacha, antes de lanzarse al
río que atraviesa la isla de Scira, lanzó dos gritos de horror y de pesar.
FIN |
|