Pernocté una vez en una casa encantada. No me atrevo demasiado a contar la
historia porque estoy persuadido de que nadie la creerá. Sin duda alguna aquella
casa estaba encantada, pero en ella nada sucedía como en otras casas encantadas.
No se trataba de un castillo semiderruido encaramado sobre una colina boscosa,
al borde de un precipicio lóbrego. No había sido abandonada desde hacía muchos
siglos. Su último propietario no había fallecido de muerte misteriosa. Los
campesinos no se santiguaban con pavor al pasar por delante de ella. Ninguna luz
blanquecina aparecía en sus ventanas cuando la torre del pueblo daba las doce de
la noche. Los árboles del parque no eran tejos y los niños asustadizos no iban a
acechar a través de los setos formas blancas al anochecer. No llegué a una
hospedería donde todas las habitaciones estaban ocupadas. El hospedero no se
rascó prolongadamente la cabeza, con una vela en la mano, ni terminó por
proponerme, algo dubitativo, preparar para mí una cama en la sala inferior del
torreón. Ni añadió con rostro horrorizado que de todos los viajeros que habían
dormido allí, ninguno había vuelto para contar su espeluznante fin. No me habló
de los ruidos diabólicos que se escuchaban por la noche en la vieja casa
solariega. No experimenté ningún sentimiento íntimo de valor que me impulsara a
intentar la aventura. No tuve la ingeniosa idea de proveerme de un par de teas y
de un arma de chispa; tampoco adopté la firme resolución de velar hasta
medianoche leyendo un volumen suelto de Swedenborg, ni sentí a las doce menos
tres minutos que un sueño profundo se abatía sobre mis párpados.
No, no sucedió nada de lo que sucede siempre en las terroríficas historias de
casas encantadas. Llegué directamente desde el ferrocarril hasta el hotel de Les
Trois Pigeons; tenía mucho apetito y devoré tres rodajas de carne asada y pollo
frito con una excelente ensalada; me bebí una botella de vino de Burdeos. Luego
cogí mi lámpara y subí a mi habitación. Mi vela no se apagó y encontré mi ponche
sobre la chimenea sin que ningún fantasma hubiera humedecido en él sus labios
espectrales.
Pero, cuando estaba a punto de acostarme e iba a coger mi vaso de ponche para
ponerlo sobre la mesilla de noche, me quedé algo sorprendido al encontrar a Tom
Bobbins junto a la chimenea. Me pareció muy delgado; había conservado su
sombrero de copa y llevaba una levita muy aceptable; pero las perneras de su
pantalón flotaban de una manera extremadamente desgarbada. No lo había visto
desde hacía más de un año, por lo que fui a tenderle la mano diciéndole: «¿Cómo
estás, Tom?», con verdadero interés. Él alargó su manga y me ofreció para que se
lo apretara algo que, en un primer momento, me pareció un cascanueces; y cuando
iba a expresarle mi malestar por aquella estúpida broma, volvió la cara hacia mí
y vi que su sombrero estaba plantado sobre un cráneo pelado. Me quedé tanto más
sorprendido de verle una cabeza de muerto cuanto que lo había reconocido
positivamente por su forma de guiñar el ojo izquierdo. Me preguntaba qué
terrible enfermedad había podido desfigurarlo hasta aquel extremo; no tenía ni
un solo cabello; sus órbitas estaban excesivamente hundidas, y lo que le quedaba
de nariz no merecía la pena ni mencionarlo. Realmente, sentí algo de incomodidad
al preguntarle. Pero él se puso a charlar normalmente y me preguntó acerca de
los últimos movimientos de la Bolsa. Tras lo cual me expresó su sorpresa por no
haber recibido mi tarjeta como respuesta a la carta comunicando su muerte. Le
dije que no había recibido ninguna carta pero él me aseguró que había incluido
mi nombre en la lista que había sido enviada urgentemente al servicio de Pompas
Fúnebres.
Entonces me percaté de que estaba hablando con el esqueleto de Tom Bobbins. No
me precipité a sus rodillas, ni exclamé: «¡Atrás, fantasma, seas quien seas,
alma perturbada en tu descanso, que expías sin duda algún crimen cometido en
vida, no vengas a visitarme!». No, pero examiné a mi pobre amigo Bobbins más de
cerca y comprobé que estaba muy desmejorado; tenía sobre todo una expresión de
melancolía que me llegó al corazón; y su voz se parecía, hasta el punto de
equivocarme, al silbido triste de una pipa cascada. Pensé que lo reconfortaría
ofreciéndole un cigarro; pero él lo rechazó argumentando el mal estado de sus
dientes que sufrían mucho por la humedad de su fosa. Naturalmente, le pregunté
solícito acerca de su ataúd; me contestó que era de buena madera de abeto pero
que entraba por las rendijas un airecillo colado que le estaba produciendo
reumatismo en el cuello. Le aconsejé que usara franela y le prometí que mi mujer
le enviaría un jersey tejido por ella misma.
Un minuto después, el esqueleto y yo habíamos colocado los pies sobre el
antepecho de la chimenea y charlábamos lo más confortablemente posible. Lo único
que me ofuscaba era que Tom Bobbins seguía guiñando el ojo izquierdo pese a que
no tuviera ya ningún tipo de ojo. Me tranquilicé pensando que otro amigo mío,
Colliwobles, el banquero, acostumbraba a dar su palabra de honor aunque no
tuviera más de ello que Bobbins de ojo izquierdo. Tras unos cuantos minutos, Tom
Bobbins inició una especie de soliloquio mientras miraba el fuego. Dijo:
-No conozco raza más despreciada que nosotros los pobres esqueletos. Los fabricantes
de ataúdes nos alojan abominablemente mal. Nos visten justo con lo más ligero
que tenemos, un traje de boda o de fiesta; yo me vi obligado a ir a pedirle
prestado este traje que llevo a mi ujier. Y además hay un montón de poetas y de
otros bromistas que hablan de nuestro poder sobrenatural y de nuestra fantástica
forma de planear por los aires y de los aquelarres a los que nos entregamos las
noches de tormenta. Me dan ganas de agarrar mi fémur y de golpear con él la
cabeza de alguno de ellos para darles una idea de su aquelarre. Sin contar con
que nos hacen arrastrar cadenas que producen un ruido infernal. Me gustaría
mucho saber cómo el guardián del cementerio nos dejaría salir con semejantes
pertrechos. Entonces, vienen a buscarnos a los viejos cuchitriles, a las
guaridas para búhos, a los agujeros tapados por ortigas y jaramagos y van a
contar por todas partes las historias de fantasmas que asustan al pobre mundo y
lanzan gritos de condenados. Yo no veo realmente qué es lo que tenemos de
terrorífico. Sólo estamos muy desguarnecidos y ya no podemos dar órdenes en la
Bolsa. Si nos vistieran convenientemente aún podríamos presentarnos en sociedad.
Yo he visto a hombres más calvos que yo hacer bonitas conquistas. Mientras que
con nuestros alojamientos y nuestros sastres nosotros no podemos triunfar
fácilmente.
Y Tom Bobbins miró una de sus tibias con expresión de desánimo. Entonces me puse
a llorar por la suerte de aquellos pobres y viejos esqueletos. Me imaginé todos
los sufrimientos cuando criaban moho en cajas clavadas y cuando sus piernas
languidecían tras un scottish o cualquier otro baile. Y le regalé un par de
viejos guantes forrados y un chaleco de flores que me estaba demasiado estrecho.
Me dio las gracias fríamente y observé que se iba haciendo más vicioso a medida
que se calentaba. En un momento reconocí por completo a Tom Bobbins. Y rompimos
a reír con la risa de esqueleto más bonita del mundo. Los huesos de Bobbins
resonaban como cascabeles de una manera sumamente divertida. En medio de aquella
hilaridad observé que él volvía a ser humano y empecé a tener miedo. Tom Bobbins
no tenía rival para colocarte un paquete de acciones de una explotación de Minas
de Guano Coloreado de Rostocostolados cuando vivía. Y media docena de acciones
de este tipo bastaban para devorar sin dificultad tus rentas. También tenía una
forma particular de hacerte participar en una honorable partida de cientos y de
desplumarte en el rubicón. Te libraba de tus luises al póquer con una gracia
fácil y elegante. Si no te sentías contento, te tiraba gustoso de la nariz y
procedía a continuación a tu recorte progresivo por medio de su bowie-knife.
Observé pues aquel fenómeno extraño y contrario a todas las pálidas historias de
fantasmas, con miedo de ver que Tom Bobbins, el esqueleto, volvía a la vida.
Porque recordaba haber sido su víctima en un par de ocasiones y porque mi amigo
Tom Bobbins era singularmente hábil con el cuchillo. En una ocasión, en un
momento de distracción me sacó una tira de carne del reverso del muslo derecho.
Y cuando vi que Tom Bobbins era Tom Bobbins y había dejado de tener aspecto de
esqueleto, mi pulso se aceleró tanto que fue un único latido; un repeluzno
general se adueñó de mí y no tuve valor para pronunciar ni una sola palabra más.
Tom Bobbins plantó su bowie-knife sobre la mesa, según acostumbraba, y me
propuso una partida de ecarté. Accedí humildemente a sus deseos. Se puso a jugar
con la suerte del ahorcado, aunque no creo que Tom hubiera pataleado en la horca
porque era demasiado listo para eso. Y, al contrario de lo que sucede en los
horripilantes relatos de espectros, el oro que le gané a Tom Bobbins no se
convirtió en hojas de encina ni en carbones apagados por la sencilla razón de
que no le gané absolutamente nada, en cambio él sí me arrebató todo lo que
llevaba en la cartera. Después empezó a blasfemar como un condenado; me contó
historias horrorosas y corrompió todo cuanto me quedaba de inocencia. Alargó la
mano, cogió mi ponche y se bebió hasta la última gota; yo no me atreví a hacer
el menor gesto para impedírselo. Porque sabía que de hacerlo, un instante
después habría tenido su cuchillo clavado en el vientre; y yo no podía hacer
otro tanto porque, justamente, él no tenía vientre. Luego me preguntó por mi
mujer con expresión terriblemente libidinosa y, por un momento, me dieron ganas
de hundirle lo poco que le quedaba de nariz. Refrené este deplorable instinto,
pero decidí interiormente que mi mujer no le enviaría ningún jersey. Luego cogió
mi correspondencia de los bolsillos de mi gabán y se puso a leer las cartas de
mis amigos haciendo varias observaciones irónicas y descorteses. En realidad,
Tom Bobbins esqueleto era medianamente soportable; pero, ¡bondad divina!,
Bobbins en carne y hueso era absolutamente terrorífico.
Cuando hubo concluido su lectura, le hice observar delicadamente que eran las
cuatro de la madrugada y le pregunté si no temía llegar demasiado tarde. Me
respondió de manera absolutamente humana que si el guardián del cementerio se
atrevía a decirle lo más mínimo, «le daría una buena tunda». Luego miró mi reloj
de forma lúbrica, guiñó el ojo izquierdo, me lo pidió y lo introdujo
tranquilamente en su bolsillo. Inmediatamente después dijo que tenía algo que
hacer en la ciudad y se despidió. Pero antes de marcharse se metió un par de
candeleros en los bolsillos, desenroscó fríamente el puño de mi bastón y me
preguntó -sin sombra de remordimiento- si no podría prestarle un luis o dos. Le
respondí que, desafortunadamente, ya no llevaba nada encima pero que sería un
placer enviárselos. Me dio su dirección, pero era tal galimatías de rejas,
tumbas, cruces y sepulturas que la he olvidado por completo. Luego lo intentó
con el reloj de pared pero era demasiado pesado para él. Cuando me manifestó su
deseo de irse por la chimenea, me sentí tan feliz de verlo regresar a las
auténticas formas de esqueleto que no hice gesto alguno para retenerlo. Lo oí
mover las piernas y trepar por el conducto de la chimenea con feliz tranquilidad;
sólo que luego incluyeron en mi factura la cantidad de sebo que Tom Bobbins
había consumido durante su visita.
Detesto relacionarme con esqueletos. Tienen algo de humano que me repugna
profundamente. La próxima vez que venga Tom Robbins, me habré bebido ya el
ponche; no llevaré encima ni un centavo; apagaré la vela y la chimenea. Tal vez
así vuelva a las verdaderas costumbres de los fantasmas, sacudiendo sus cadenas
y soltando imprecaciones satánicas. Entonces ya veremos.
FIN |
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Coeur double, 1891 |
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