La marquesa de R... no poseía demasiado talento, aunque se dé por sentado en
literatura que todas las mujeres mayores deben chispear de ingenio. Su
ignorancia era absoluta respecto a los temas que las relaciones sociales no le
habían enseñado. Tampoco poseía la excesiva delicadeza de expresión, la
penetración exquisita o el maravilloso tacto que distinguen, según dicen, a las
mujeres que han vivido mucho. Al contrario, era atolondrada, brusca, franca e
incluso a veces cínica. Invalidaba por completo todas las ideas que yo me había
forjado respecto a una marquesa de los buenos tiempos. Sin embargo, era
marquesa y había frecuentado la corte de Luis XV; pero como, desde entonces,
había tenido un carácter excepcional, les ruego que no busquen en su historia un
estudio serio de las costumbres de la época. La sociedad me parece tan difícil
de conocer bien y de describir en cualquier época, que no quiero intentarlo en
absoluto. Me limitaré a contarles los hechos particulares que establecen
relaciones de simpatía irrefragable entre los hombres de todas las sociedades y
de todos los siglos.
Nunca había encontrado gran encanto en relacionarme con esta marquesa. Sólo me
parecía interesante por la prodigiosa memoria que había conservado de los
tiempos de su juventud, y por la viril lucidez con la que sus recuerdos se
expresaban. Por lo demás era, como todos los ancianos, olvidadiza con las cosas
que habían sucedido la víspera y despreocupada respecto a los acontecimientos
que no tenían una influencia directa sobre su destino. No había tenido una de
esas bellezas excitantes que, al carecer de brillo y regularidad, no pueden
carecer de inteligencia. Una mujer de este tipo adquiría chispa para resultar
más atractiva que las que lo eran de verdad. La marquesa, por el contrario,
había tenido la desgracia de ser incuestionablemente bella. Sólo vi de ella un
retrato que, como todas las mujeres viejas, tenía la coquetería de exhibir ante
todas las miradas en su habitación. Aparecía representada como una ninfa
cazadora, con un corpiño de raso estampado imitando la piel de tigre, mangas de
encaje, un arco de madera de sándalo y una diadema de perlas que lucía sobre sus
cabellos rizados. Era, pese a todo, una admirable pintura y, sobre todo, una
admirable mujer; alta, esbelta, morena, de ojos negros, facciones severas y
nobles, una boca bermeja que no sonreía y unas manos que, según dicen, habían
causado desesperación a la princesa de Lamballe. Sin el encaje, el raso y los
polvos, habría sido de verdad una de esas ninfas altivas y ágiles que los
mortales vislumbran al fondo de los bosques o sobre las laderas de las montañas
para enloquecer de amor y pesar.
Sin embargo, la marquesa no había protagonizado muchas aventuras. Según su
propia confesión, había pasado por carecer de talento. Los hombres hastiados de
entonces apreciaban menos la belleza por sí misma que por sus arrumacos
coquetos. Otras mujeres, infinitamente menos admiradas, le habían quitado a
todos sus adoradores, y lo más extraño es que ella no había parecido preocuparse
demasiado por ello. Lo que me había contado de su vida, a intervalos, me hacía
pensar que aquel corazón no había tenido juventud, y que la frialdad del egoísmo
había prevalecido sobre cualquier otra facultad. Sin embargo, yo veía a su
alrededor amistades bastante vivas para la vejez; sus nietos la adoraban y hacía
el bien sin ostentación; pero como ella no presumía de principios y confesaba no
haber amado nunca a su amante, el vizconde de Larrieux, yo no podía encontrar
otra explicación a su carácter.
Una noche la encontré más comunicativa que de costumbre. Había tristeza en sus
pensamientos. «Mi querido joven -me dijo-, el vizconde de Larrieux acaba de
morir de gota; es un gran dolor para mí, que fui su amiga durante sesenta años.
¡Además es horrible ver cómo se muere uno! No es sorprendente ¡era ya tan viejo!
-¿Qué edad tenía? -pregunté.
-Ochenta y cuatro años. Yo tengo ochenta, pero no estoy tan impedida como él
estaba, y espero vivir más que él. ¡No importa!, muchos de mis amigos se han
marchado este año, y de nada sirve decirse a sí misma que es más joven y más
robusta, no puede impedir sentir miedo cuando una ve marcharse así a sus
contemporáneos.
-¿Así que ésos son todos los sentimientos que le dedica a ese pobre Larrieux,
que la adoró durante sesenta años, que no dejó de quejarse de su rigor, y que no
se desalentó por él jamás? -le dije-. ¡Era un modelo de amantes! ¡Ya no existen
hombres semejantes!
-No lo crea -dijo la marquesa con una fría sonrisa- ese hombre tenía la manía de
lamentarse y de considerarse desgraciado. No lo era en absoluto y todo el mundo
la sabía.
Al ver a la marquesa con ganas de hablar, le hice varias preguntas acerca de ese
vizconde de Larrieux y de ella misma; y ésta es la singular respuesta que
obtuve:
-Mi querido joven, veo bien que me considera una persona de carácter fastidioso
y desigual. Es posible que así sea. Juzgue por sí mismo, voy a contarle toda mi
historia y a confesarle defectos que no he desvelado jamás a nadie. Usted que
pertenece a una época sin prejuicios, tal vez me encuentre menos culpable de lo
que yo misma me considero; pero, sea cual fuere la opinión que se forme de mí,
no moriré sin haberme dado a conocer a alguien. Tal vez me ofrezca usted alguna
prueba de compasión que mitigue la tristeza de mis recuerdos.
Me eduqué en Saint-Cyr. La brillante educación que allí se recibía producía
efectivamente muy poca cosa. Salí de allí a los dieciséis años para casarme con
el marqués de R..., que tenía cincuenta, y no me atreví a quejarme por ello,
pues todo el mundo me felicitaba por aquel hermoso matrimonio, y todas las
jóvenes sin fortuna envidiaban mi suerte. Siempre he tenido poca inteligencia,
pero en aquellos momentos era completamente boba. Aquella educación claustral
había acabado de entumecer mis facultades ya de por sí muy lentas. Salí del
colegio con una de esas simples inocencias, que se consideran erróneamente como
un mérito y que, con frecuencia, perjudican la felicidad de toda nuestra vida.
Efectivamente, la experiencia que adquirí en seis meses de matrimonio encontró
una mente tan limitada para recibirla que no me sirvió de nada. Aprendí, no a
conocer la vida, sino a dudar de mí misma. Entré en el mundo con ideas
completamente erróneas y con prevenciones cuyo efecto no he podido destruir a lo
largo de toda mi vida.
A los dieciséis años y medio ya era viuda; y mi suegra, que me había tomado
afecto por la nulidad de mi carácter, me animó a volver a casarme. Es verdad que
estaba embarazada, y que la reducida viudedad que me concedían debería volver a
la familia de mi esposo en caso de que yo le diera un padrastro a su heredero.
Por lo que, tan pronto como pasó mi duelo, me reintrodujeron en sociedad y me
rodearon de admiradores. Yo me encontraba entonces en todo el esplendor de la
belleza y, según confesión de todas las mujeres, no había rostro ni figura que
se me pudieran comparar.
Pero mi esposo, aquel libertino viejo y degenerado que no había sentido jamás
por mí sino un desdén irónico, y que se había casado conmigo para obtener un
puesto prometido a mi consideración, me había dejado tanta aversión por el
matrimonio que jamás quise consentir en contraer nuevos vínculos. En mi
ignorancia de la vida, pensaba que todos los hombres eran iguales, que todos
tenían la misma sequedad de corazón, la despiadada ironía, las caricias frías e
insultantes que tanto me habían humillado. Pese a lo torpe que era, había
comprendido perfectamente que los escasos arrebatos amorosos de mi marido sólo
iban dirigidos a una bella mujer y que no ponía en ellos nada de su alma.
Pasados éstos, volvía a ser una tonta de la que se ruborizaba en público, y de
la que le habría gustado deshacerse.
Esta funesta entrada en la vida me desencantó para siempre. Mi corazón, que no
estaba probablemente destinado a esta frialdad, se encogió y se rodeó de
desconfianza. Le tomé aversión y repugnancia a los hombres. Sus homenajes me
insultaron; no vi en ellos sino a taimados que se hacían esclavos para
convertirse en tiranos. Les guardé un resentimiento y un odio eternos.
Cuando no se tiene necesidad de virtud, no se tiene virtud; fue por eso por lo
que, pese a las costumbres más austeras, no fui en absoluto virtuosa. ¡Oh!
¡Cuánto lamenté no poder serlo! ¡Cuánto envidié la energía moral y religiosa que
combate las pasiones y da color a la vida! ¡La mía fue tan fría y tan nula! ¡Qué
no habría dado por tener pasiones que reprimir, una lucha que mantener, por
poder ponerme de rodillas y rezar como las jóvenes que yo veía, al salir del
colegio, mantenerse honestas en sociedad durante años a fuerza de fervor y
resistencia! Yo, desgraciada, ¿qué tenía que hacer en la tierra? Nada más que
acicalarme, mostrarme y aburrirme. Yo no tenía corazón, ni remordimientos, ni
pavor; mi ángel de la guarda en lugar de velar, dormía. La Virgen y sus castos
misterios carecían para mí de consuelo y de poesía. No tenía ninguna necesidad
de protecciones celestiales; los peligros no estaban hechos para mí, y me
despreciaba por aquello de lo que habría debido gloriarme.
Pues tengo que decirle que yo me acusaba lo mismo que a los demás cuando
encontraba en mí aquella voluntad de no amar que degeneró en impotencia. Le
había confiado con frecuencia a las mujeres que me presionaban para que eligiera
un marido o un amante, el rechazo que me inspiraban la ingratitud, el egoísmo y
la brutalidad de los hombres. Ellas se reían en mi propia cara cuando les
hablaba así, asegurándome que todos no eran como mi viejo marido y que tenían
secretos para hacerse perdonar sus defectos y vicios. Esta forma de razonar me
sublevaba; me sentía humillada de ser mujer al oír a otras mujeres expresar
sentimientos tan rastreros, y reír como locas cuando la indignación se me subía
a la cara. Imaginaba por un instante valer más que todas ellas.
Y luego volvía dolorosamente sobre mí misma; el hastío me consumía. La vida de
los demás estaba llena, la mía vacía y ociosa. Entonces me acusaba de locura y
de ambición desmesurada; y me ponía a creer en todo lo que me habían dicho
aquellas mujeres risueñas y filósofas, que tomaban su tiempo como era. Yo me
decía que la ignorancia me había perdido, que me había forjado esperanzas
quiméricas, que había soñado con hombres leales y perfectos que no existían en
este mundo. En una palabra, que me acusaba de todos los agravios que habían
cometido conmigo.
Mientras que las mujeres esperaron verme convertida a sus máximas y a lo que
ellas llamaban su cordura, me soportaron. Había incluso alguna que había puesto
en mí una gran esperanza de justificación para sí misma; más de una, que había
pasado de los testimonios exagerados de una virtud esquiva a una conducta
disipada, presumía de verme ofrecer al mundo el ejemplo de una ligereza capaz de
excusar la suya.Pero cuando vieron que eso no sucedía, que tenía ya veinte años y era
incorruptible, sintieron horror de mí; pretendieron que yo era su crítica
encarnada y viviente; me pusieron en ridículo ante sus amantes y mi conquista
fue objeto de los más ultrajantes proyectos y de las más inmorales empresas.
Mujeres de alto rango en sociedad no se ruborizaron en absoluto de tramar entre
risas infames complots contra mí y, en la libertad de costumbres del campo, fui
atacada de todas las maneras con una saña similar al odio. Hubo hombres que
prometieron a sus amantes doblegarme, y mujeres que permitieron a sus amantes
intentarlo. Hubo amas de casa que se ofrecieron a extraviar mi razón con la
ayuda de los vinos de sus cenas. Tuve amigos y parientes que, para tentarme, me
presentaron hombres que yo habría convertido en mis cocheros. Como había tenido
la ingenuidad de abrirles toda mi alma, sabían muy bien que lo que me preservaba
no era ni la piedad, ni el honor, ni un antiguo amor, sino la desconfianza y un
sentimiento involuntario de repulsa; no dejaron de divulgar mi carácter y, sin
tener en cuenta las incertidumbres y angustias de mi alma, aseguraron
descaradamente que yo despreciaba a todos los hombres. Y no hay nada que les
hiera más que ese sentimiento; los hombres perdonan antes el libertinaje que el
desdén. Por la que compartieron la aversión que las mujeres sentían por mí; no
me buscaron ya sino para satisfacer su venganza y criticarme después. Hallé la
ironía y la falsedad escritas sobre todas las frentes, y mi misantropía se
incrementó cada día.
Una mujer inteligente habría sabido cómo actuar; habría perseverado en la
resistencia aunque no fuera sino para aumentar la rabia de sus rivales; se
habría arrojado abiertamente en la piedad para asociarse a la sociedad de ese
reducido número de mujeres virtuosas que, incluso en aquel tiempo, eran motivo
de edificación para las personas honestas. Pero yo no tenía la suficiente fuerza
de carácter como para hacer frente a la tormenta que se preparaba contra mí. Me
veía desamparada, odiada, ignorada; mi reputación estaba sacrificada ya a las
más horribles y extrañas imputaciones. Determinadas mujeres, entregadas al más
licencioso desenfreno, fingían verse en peligro junto a mí.
II
Entre tanto, llegó de provincias un hombre sin talento, sin inteligencia, sin
ninguna cualidad enérgica o seductora, pero dotado de gran candor y de una
rectitud de sentimientos muy escasa en el mundo en el que me desenvolvía. Empecé
a decirme que tenía que elegir a alguien, como decían mis compañeras. No podía
casarme por ser madre y por carecer de confianza en la bondad de ningún hombre;
no creía tener ese derecho. Por lo tanto, tenía que aceptar un amante para estar
al nivel de la compañía en la que me habían arrojado. Me decidí por aquel
provinciano, cuyo apellido y situación en el mundo me ofrecían una hermosa
protección. Era el vizconde de Larrieux.
Él me amaba con la sinceridad de su alma. Pero ¿tenía alma? Era uno de esos
hombres fríos y pragmáticos que ni siquiera poseen la elegancia del vicio y el
espíritu de la mentira. Habitualmente me amaba como mi marido me había amado.
Sólo estaba impresionado por mi belleza y no se molestaba en descubrir mi
corazón. Lo que había en él no era desdén, era ineptitud. Si hubiera hallado en
mí fuerza para amar, no habría sabido cómo corresponder a ella. No creo que haya
existido un hombre más materialista que aquel pobre Larrieux. Comía con
voluptuosidad, se dormía en todos los sillones, y el resto del tiempo lo pasaba
tomando tabaco rapé. Por lo que siempre se hallaba ocupado en satisfacer algún
apetito físico. No creo que tuviera una idea por día. Antes de hacerle entrar en
mi intimidad, sentía amistad por él, porque si bien es cierto que no encontraba
en él nada elevado, tampoco encontraba nada perverso; y sólo en eso radicaba su
superioridad sobre lo que me rodeaba. Pensé pues, escuchando sus galanterías,
que él me reconciliaría con la naturaleza humana y confié en su lealtad. Pero,
apenas le hube dado sobre mí esos derechos que las mujeres débiles no recuperan
jamás, me persiguió con un tipo de obsesión insoportable, y redujo todo su
sistema afectivo a los únicos testimonios que él fuera capaz de apreciar.
Ya ve, amigo mío, que había pasado de Caribdis a Escila. Aquel hombre, que por su
gran apetito y sus costumbres de siesta yo había considerado como de sangre
tranquila, no tenía en sí ni siquiera el sentimiento de una fuerte amistad que
yo esperaba encontrar. Decía riendo que le resultaba imposible sentir amistad
por una bella mujer. ¡Y si supiera a qué llamaba él amor...!
No tengo en absoluto la pretensión de haber sido hecha de un barro distinto al
de las demás criaturas humanas. Ahora que ya no soy de ningún sexo, pienso que
entonces era tan mujer como cualquier otra, pero al desarrollo de mis facultades
le faltó encontrar un hombre que yo hubiera podido amar lo suficiente como para
arrojar algo de poesía sobre los hechos de la vida animal. Pero no era el caso,
y usted mismo que es hombre y por consiguiente menos delicado sobre esta
percepción de sentimiento, debe comprender el hastío que se adueña del corazón
cuando uno se somete a las exigencias del amor sin haber comprendido las
necesidades. En tres días, el vizconde de Larrieux se me hizo insoportable.
¡Y bien! amigo mío, ¡Jamás tuve energía para deshacerme de él! Durante sesenta
años ha sido mi tormento y mi saciedad. Por complacencia, por debilidad o por
aburrimiento lo he soportado. Siempre descontento de mis repugnancias, y siempre
atraído por los obstáculos que yo ponía a su pasión, sintió por mí el amor más
paciente, más animoso, más prolongado y más aburrido que un hombre haya tenido
jamás por una mujer.
Es cierto que desde el momento en que yo lo había erigido en mi protector mi
papel en sociedad fue infinitamente menos desagradable. Los hombres ya no se
atrevían a buscarme porque el vizconde era un terrible espadachín y un celoso
empedernido. Las mujeres, que habían predicho que yo sería incapaz de retener a
un hombre, veían con despecho cómo el vizconde permanecía uncido a mi carro; y
en mi paciencia para con él, tal vez hubiera algo de esa vanidad que no permite
a una mujer parecer abandonada. No había mucho de qué presumir en la persona de
aquel pobre Larrieux, pero era un hombre bastante apuesto, tenía corazón, sabía
callarse a tiempo, llevaba un gran tren de vida, y tampoco carecía de esa
fatuidad modesta que hace resaltar el mérito de una mujer. En fin, además de que
las mujeres no desdeñaban en absoluto la fastidiosa belleza que a mí me parecía
el principal defecto del vizconde, estaban sorprendidas de la devoción sincera
que él me manifestaba, y lo proponían como modelo a sus amantes. Me encontraba
pues en una situación envidiada; pero eso, se lo aseguro, sólo me resarcía a
medias de los fastidios de la intimidad. Los soportaba no obstante con
resignación y le guardaba a Larrieux una inviolable fidelidad. Vea, mi querido
joven, si fui tan culpable para con él como usted cree.
-La he comprendido perfectamente -le contesté-, es decir que la compadezco y la
estimo. Hizo un verdadero sacrificio a las costumbres de su tiempo y fue
perseguida porque valía más que esas costumbres. Con un poco más de fuerza
moral, habría encontrado usted en la virtud toda la felicidad que no encontró en
la intriga. Pero permítame sorprenderme por un hecho: que no haya encontrado
usted a lo largo de su vida un solo hombre capaz de comprenderla y digno de
convertirla al verdadero amor. ¿Hay que concluir que los hombres de hoy valen
más que los de antaño?
-Sería una gran fatuidad por su parte -me contestó riendo-. Tengo muy poco por
lo que sentirme satisfecha de los hombres de mi tiempo y sin embargo dudo que
hayan hecho ustedes muchos progresos; pero no moralicemos. Que sean lo que son;
la culpa de mi infelicidad es sólo mía; no tenía inteligencia para juzgarlo. Con
mi huraña altivez, habría tenido que ser una mujer superior y haber elegido, en
una ojeada de águila, entre todos aquellos hombres tan vulgares, tal falsos y
tan vacíos, a uno de esos seres verdaderos y nobles que son escasos y
excepcionales en todos los tiempos. Yo era demasiado ignorante, demasiado
limitada para eso. A fuerza de vivir, he adquirido más juicio: me di cuenta de
que algunos de ellos que yo había confundido en mi pena, merecían otros
sentimientos, pero entonces yo ya era vieja. Ya no era hora de atreverme.
-¿Y mientras fue usted joven -proseguí- no estuvo tentada ni una sola vez de
hacer un nuevo intento? ¿Su arisca aversión no se suavizó jamás? Es extraño.
III
La marquesa guardó silencio un instante; pero, de repente, posando ruidosamente
sobre la mesa la tabaquera de oro con la que había estado jugueteando largo
rato, dijo:
-Está bien; puesto que he empezado a confesarme, quiero decirlo todo. Escuche
bien: una vez, sólo una vez en mi vida he estado enamorada, pero enamorada como
no lo ha estado nadie, con un amor apasionado, indomable, devorador y, pese a
todo, ideal y platónico si lo hubo. ¡Oh! ¡Le sorprende saber que una marquesa
del siglo XVIII no haya tenido en su vida nada más que un amor, y para colmo un
amor platónico! Es que, sabe, amigo mío, ustedes los jóvenes creen conocer a las
mujeres, pero lo cierto es que no entienden nada. Si muchas ancianas de ochenta
años se pusieran a contarles sinceramente su vida, tal vez descubrieran ustedes
en el alma femenina fuentes de vicio y de virtud que ni siquiera sospechan.
Ahora adivine de qué rango era el hombre por el que yo, marquesa y marquesa
altanera y altiva entre todas, perdí por completo la cabeza.
-Era el rey de Francia, o el delfín Luis XVI.
-¡Oh! si empieza así, necesitará tres horas para llegar hasta mi enamorado.
Prefiero decírselo de una vez: era un actor.
-Era también un rey, imagino.
-El más noble y elegante que se subió jamás a un escenario. ¿No está usted
sorprendido?
-No demasiado. He oído decir que esas uniones desiguales no eran raras incluso
en una época en la que los prejuicios alcanzaban el máximo nivel en Francia.
¿Qué amiga de la señora de Epinay era la que vivía con Jéliotte?
-¡Cómo conoce usted nuestro tiempo! Da pena. ¡Eh! precisamente porque esas
situaciones están consignadas en las memorias, y citadas con sorpresa, debería
usted deducir su rareza y su contradicción con las costumbres de la época. Puede
estar seguro de que también entonces causaban gran escándalo; y cuando usted oye
hablar de las horribles depravaciones del duque de Guiche y de Manicamp, de la
señora de Lionne y de su hija, puede estar seguro de que esas cosas resultaban
tan escandalosas en la época en la que ocurrieron como en la que usted las lee.
¿Cree usted pues que aquéllos cuya indignada pluma se las ha transmitido eran
las únicas personas decentes de Francia?
No me atrevía a contradecir a la marquesa. No sé cuál de los dos era más
competente para juzgar este asunto. La conduje de nuevo a su historia, que
prosiguió diciendo:
-Para probarle hasta qué punto aquello era poco tolerado le diré que la primera
vez que vi al actor y que expresé mi admiración a la condesa de Ferrières, que
se encontraba a mi lado, ésta me contestó: «Mi bella amiga, haría bien en no
manifestar tan ardientemente su opinión ante otra persona que no fuera yo; la
criticarían cruelmente si sospecharan que olvida usted que a los ojos de una
mujer bien nacida, un actor no puede ser un hombre.»
Esta frase de la señora de Ferrières se me quedó grabada en la memoria sin saber
por qué. En la situación en la que me encontraba, aquel tono de desprecio me
parecía absurdo; y el temor de llegar a comprometerme por mi admiración, me
parecía una hipócrita maldad.
Se llamaba Lélio, era italiano de nacimiento, pero hablaba admirablemente el
francés. Podía tener unos treinta y cinco años, aunque en el escenario pareciera
frecuentemente no tener más de veinte. Interpretaba a Corneille mejor que a
Racine, pero tanto en el uno como en el otro resultaba inimitable.
-Me sorprende, -dije interrumpiendo a la marquesa- que su nombre no haya quedado
en los anales del arte dramático.
-No tuvo nunca reputación -respondió-; no lo apreciaban ni en la ciudad ni en la
corte. Oí decir en alguna ocasión que en sus comienzos fue silbado de forma
ultrajante. Luego se le tuvo en cuenta el ímpetu de su alma y sus esfuerzos por
perfeccionarse y se le toleró, incluso se le aplaudió en ocasiones; pero, en
conjunto, se le consideró siempre como un actor de mal gusto.
Era un hombre que, en cuestión de arte, no era más de su siglo que yo lo era del
mío en cuestión de costumbres. Ésa fue probablemente la relación, inmaterial
pero todopoderosa, que desde los dos extremos de la cadena social atrajo
nuestras almas una hacia la otra. El público no comprendió mejor a Lélio que el
mundo me juzgó a mí. «Este hombre exagera, se esfuerza, no siente nada» decían
de él. «Esta mujer es despreciativa y fría, carece de corazón» decían de mí. ¡A
saber si no éramos los dos seres que sentíamos con mayor intensidad de nuestra
época!
En aquel tiempo, se representaba la tragedia decentemente; había que tener buen
tono, incluso al dar una bofetada; había que morir convenientemente y caerse con
gracia. El arte dramático iba acorde con el decoro de la buena sociedad; la
dicción y los gestos de los autores debían estar de acuerdo con los miriñaques y
el pelo empolvado con los que aún se representaba a Fedra y a Clitemnestra. Yo
había notado y sentido los defectos de esa escuela. No iba demasiado lejos en
mis reflexiones, pero la tragedia me aburría soberanamente; y, como era de mal
gusto demostrarlo, iba animosamente a aburrirme dos veces por semana; la
expresión fría y contrariada con la que escuchaba aquellas pomposas tiradas
hacía decir de mí que era insensible al encanto de los hermosos versos.
Había estado una larga temporada fuera de París cuando volví una noche a la
Comedia Francesa para asistir a la representación de El Cid. Durante mi
permanencia en el campo, Lélio había sido admitido en aquel teatro, y yo lo veía
por vez primera. Representó el papel de Rodrigo. Me emocioné tan pronto como
escuché su voz. Era una voz más penetrante que sonora, una voz nerviosa y
acentuada. La voz era una de las cosas que se le criticaba. Pretendían que el
Cid debía tener una estatura baja, lo mismo que pretendían que todos los
personajes de la antigüedad debían ser altos y robustos. Un rey que no tuviera
cinco pies y seis pulgadas de estatura no podía ceñirse una corona: era
contrario a las normas del buen gusto.
Lélio era menudo y frágil; su belleza no radicaba en las facciones, sino en la
nobleza de su frente, en la gracia irresistible de las actitudes, en el abandono
de su deambular, en la expresión altiva y melancólica de la fisonomía. Yo no
había visto jamás en una escultura, en un cuadro, en un hombre, una potencia de
belleza más ideal y más suave. El término encanto, que se aplicaba a todas sus
palabras, a todas sus miradas, a todos sus movimientos, deberían haberlo creado
para él.
¡Qué puedo decirle! Fue efectivamente un encantamiento lo que cayó sobre mí.
Aquel hombre que andaba, hablaba, se movía sin método ni pretensión, que
sollozaba con el corazón tanto como con la voz, que se olvidaba de sí mismo para
identificarse con la pasión; aquel hombre que el alma parecía utilizar y romper
y que en una sola mirada encerraba todo el amor que yo había buscado inútilmente
en el mundo, ejerció sobre mí un poder realmente eléctrico; aquel hombre, que no
había nacido en su tiempo de gloria y simpatías, y que sólo me tenía a mí para
comprenderlo y marchar a su lado, fue durante cinco años mi rey, mi dios, mi
vida, mi amor.
Ya no podía vivir sin verlo: me gobernaba, me dominaba. No era un hombre para
mí; pero yo interpretaba esta frase de manera distinta a como lo hacía la señora
de Ferrières; era mucho más: era una fuerza moral, un maestro intelectual cuya
alma moldeaba la mía a su gusto. Pronto me resultó imposible contener las
impresiones que recibía de él. Abandoné mi palco en la Comedia Francesa para no
delatarme. Fingí haberme hecho devota e ir por la noche a rezar a las iglesias.
En lugar de hacer esto, me vestía como una modistilla e iba a mezclarme con el
pueblo para escucharlo y contemplarlo a mis anchas. Finalmente, me gané a uno de
los empleados del teatro y conseguí, en un rincón de la sala, un asiento
estrecho y recóndito donde ninguna mirada podía alcanzarme y hasta el que
accedía por un pasillo secreto. Para mayor seguridad, me vestía como un
estudiante. Aquellas locuras, que hacía por un hombre con el que no había
intercambiado jamás ni una palabra ni una mirada, tenían para mí todo el
atractivo del misterio y toda la ilusión de la felicidad. Cuando la hora del
espectáculo sonaba en el enorme reloj de mi salón, violentas palpitaciones se
adueñaban de mí. Trataba de recogerme mientras preparaban mi carruaje; me movía
con agitación, y si Larrieux estaba cerca de mí, lo violentaba para hacer que se
fuera y, con un arte infinito, alejaba a todos los demás inoportunos. El talento
que me dio esta pasión de teatro no es creíble. Sin duda actué con mucho
disimulo y mucha finura para lograr ocultársela durante cinco años a Larrieux,
que era el más celoso de los hombres, y a todos los malvados que me rodeaban.
Tengo que decirle que, en lugar de combatirla, me entregaba a ella con avidez,
con delicia. ¡Era tan pura! ¿Por qué pues me habría avergonzado de ella? Creaba
en mí una vida nueva; me iniciaba en todo lo que yo había deseado conocer y
sentir; hasta cierto punto, me hacía mujer.
Me sentía feliz, estaba orgullosa de sentirme temblar, ahogarme, desfallecer. La
primera vez que un violento latido vino a despertar mi corazón inerte, sentí
tanto orgullo como una joven madre ante el primer movimiento del hijo contenido
en su seno. Me hice enfadadiza, risueña, maligna, desigual. El bueno de Larrieux
observó que la devoción me producía singulares caprichos. En sociedad se
percataron de que estaba cada día más bella, de que mis ojos negros se
aterciopelaban, de que mi sonrisa tenía gracia, que mis observaciones acerca de
todas las cosas eran más exactas y llegaban más lejos de lo que me habrían
creído capaz. Concedieron todo el mérito de mi cambio a Larrieux que, sin
embargo, era totalmente inocente del mismo.
Evoco deslavazadamente mis recuerdos porque ésta fue una etapa de mi vida en la
que éstos me desbordan. Al contárselos, me parece rejuvenecer y que mi corazón
palpita aún al oír el nombre de Lélio. Le decía hace un momento que al oír sonar
el reloj me estremecía de alegría e impaciencia. Aún ahora creo experimentar la
especie de delicioso sofoco que se adueñaba de mí al oír aquellos sonidos.
Después de aquella época, las vicisitudes de fortuna me condujeron a sentirme
feliz en un pequeño apartamento del Marais. ¡Pues bien! no añoro nada de mi rica
casa, ni de mi noble barrio, ni de mi esplendor pasado, pero sí los objetos que
me habrían recordado aquellos tiempos de amor y sueños. Salvé del desastre
algunos muebles que datan de aquella época y que contemplo con la misma emoción
que si la hora fuera a sonar y los pies de mis caballos fueran a golpear el
pavimento. ¡Oh! amigo mío, no ame nunca así ¡es una tormenta que sólo se calma
con la muerte!
Entonces salía, ágil y ligera, y joven, y feliz. Empezaba a apreciar todo
aquello de lo que se componía mi vida, el lujo, la juventud, la belleza. La
felicidad se revelaba a mí por todos los sentidos, por todos los poros.
Suavemente acurrucada al fondo de mi carroza, con los pies hundidos en una piel,
veía mi cara acicalada y brillante repetirse en el espejo enmarcado en oro
situado frente a mí. La vestimenta de las mujeres, de la que tanto se han
burlado después, era de una riqueza y esplendor extraordinarios; llevada con
gusto y cuidada en sus exageraciones, prestaba a la belleza una nobleza y una
gracia suave, de las que los cuadros no sabrían darle idea. Con todo aquel boato
de plumas, tejidos y flores, una mujer se veía obligada a imprimirle una especie
de lentitud a todos sus movimientos. Yo vi algunas de tez muy blanca que cuando
iban con los cabellos empolvados y vestidas de blanco, arrastrando su larga cola
de muaré y balanceando con ligereza las plumas de su frente, sin hipérbole,
podían ser comparadas a cisnes. Efectivamente, y pese a lo que haya dicho
Rousseau, más que a avispas, nos parecíamos a aves con aquellos enormes pliegues
de raso, aquella profusión de muselinas y de polisones que ocultaban un cuerpo
frágil, lo mismo que el plumón oculta a la tórtola; con aquellas largas aletas
de encaje que caían del brazo, con aquellos vivos colores que abigarraban
nuestras faldas, nuestros lazos y pedrerías; y cuando teníamos los pies en
equilibrio dentro de las chinelas de tacón, parecíamos temer tocar la tierra y
caminábamos con la desdeñosa precaución de una aguzanieves al bordo de un
arroyo.
En la época de la que le hablo, empezaba a ponerse de moda el empolvado rubio
que proporcionaba a los cabellos un tono suave y cenizoso. Esta manera de
atenuar la crudeza de los tonos del cabello proporcionaba al rostro mucha
dulzura y a los ojos un brillo extraordinario. La frente, totalmente despejada,
se perdía entre los pálidos matices de aquellos cabellos de convención; parecía
más ancha, más pura, y todas las mujeres tenían un aire noble. A los postizos
rizados, que en mi opinión nunca fueron graciosos, le habían sucedido los
peinados bajos, los grandes bucles echados hacia atrás, cayendo sobre el cuello
y los hombros. Este peinado me sentaba muy bien y era famosa por la riqueza e
innovación de mis adornos. Salía a veces con un vestido de terciopelo nacarado
adornado con una greca; otras con una túnica de satén blanco, ribeteada de piel
de tigre; en ocasiones con un traje completo de damasco lila con lamé de plata,
y con plumas blancas montadas sobre perlas. Así iba a realizar algunas visitas
mientras esperaba la hora de la segunda sesión, pues Lélio no actuaba jamás en
la primera.
Causaba sensación en los salones, y cuando volvía a subir a mi carroza miraba
con complacencia a la mujer que amaba a Lélio, y que podía hacerse amar por él.
Hasta entonces, el único placer que había encontrado en el hecho de ser bella
consistía en la envidia que inspiraba. El cuidado que ponía en embellecerme era
una benigna venganza contra aquellas mujeres que habían tramado tan horribles
maquinaciones contra mí. Pero, desde el momento en que estuve enamorada, empecé
a gozar de mi belleza por mí misma. No tenía más que eso que ofrecerle a Lélio
en compensación por todos los triunfos que se le negaban en París, y me divertía
pensando en el orgullo y la alegría de aquel pobre actor tan ridiculizado, tan
ignorado, tan rechazado, el día que supiera que la marquesa de R... lo admiraba
profundamente.
Por lo demás, aquello no era sino sueños deleitables y fugaces; eran todos los
resultados, todos los beneficios que sacaba de mi posición. Tan pronto como mis
pensamientos tomaban cuerpo y me percataba de la consistencia de un proyecto
cualquiera de mi amor, lo ahogaba con valentía, y todo el orgullo del rango
recuperaba sus derechos sobre mi alma. ¿Me mira con sorpresa? Se lo explicaré
después. Ahora déjeme seguir evocando el mundo encantado de mis recuerdos.
Hacia las ocho, ordenaba que me llevaran a la capilla de las Carmelitas, cerca
del Luxemburgo; despedía a mi cochero y se suponía que asistía a las
conferencias religiosas que allí tenían lugar a aquella hora; pero no hacía sino
atravesar la iglesia, el jardín, y salir por otra calle. Iba a encontrarme en
una buhardilla con una joven obrera llamada Florence, que me era fiel. Me
encerraba en su cuarto y depositaba alegremente sobre su catre todas mis ropas
para ponerme el traje negro, la espada con funda de piel de zapa y la peluca
simétrica de un joven ayudante de colegio, aspirante al sacerdocio. Alta como
era, morena y de mirada inofensiva, tenía realmente el aspecto desmañado e
hipócrita de un curilla que se esconde para asistir a un espectáculo. Florence,
que me suponía una intriga verdadera, reía conmigo de mis metamorfosis, y
confieso que no las habría tomado más alegremente si hubiera ido a embriagarme
de placer y de amor, como todas aquellas jóvenes alocadas que tenían cenas
clandestinas en casas humildes.
Me subía a un simón e iba a acurrucarme en mi asiento del teatro. ¡Ah! entonces
todas mis palpitaciones, mis terrores, mis alegrías, mis impaciencias cesaban.
Un profundo recogimiento se adueñaba de todas mis facultades, y permanecía como
absorta hasta que se levantaba el telón, esperando una gran solemnidad.
Como el buitre atrapa una perdiz en su vuelo magnético, como la mantiene
jadeante e inmóvil dentro del círculo mágico que traza a su alrededor, así el
alma de Lélio, su gran alma de actor trágico y de poeta, envolvía todas mis
facultades y me sumergía en el aturdimiento de la admiración. Yo escuchaba, con
las manos contraídas sobre las rodillas, el mentón apoyado sobre el terciopelo
de Utrecht del palco, con la frente bañada en sudor. Retenía la respiración,
maldecía la molesta claridad de las luces que me dejaba los ojos secos y
abrasados, aferrados a todos sus gestos, a todos sus pasos. Me habría gustado
aprehender la más mínima palpitación de su pecho, el menor pliegue de su frente.
Sus emociones fingidas, sus desgracias de teatro, penetraban en mí como si
fueran reales. Pronto no supe diferenciar el error de la verdad. Lélio ya no
existía para mí: era Rodrigo, era Bajazet, era Hipólito. Odiaba a sus enemigos y
temblaba con sus peligros; sus dolores me hacían derramar con él ríos de
lágrimas; su muerte me arrancaba gritos que me veía obligada a sofocar mordiendo
mi pañuelo. En los entreactos, caía agotada al fondo de mi palco; allí
permanecía como muerta hasta que el chillón retornelo me anunciaba la subida del
telón. Entonces resucitaba, volvía a ser fuerte y ardiente para admirar, para
sentir, para llorar. ¡Cuánta frescura, cuánta poesía, cuánta juventud había en
el talento de aquel hombre! Toda aquella generación tenía que ser de hielo para
no caer a sus pies.
Y sin embargo, aunque chocara con todas las ideas establecidas, aunque le
resultara imposible amoldarse al gusto de aquel público insulso, escandalizara a
las mujeres con el desorden de su atuendo, u ofendiera a los hombres por su
desprecio ante sus absurdas exigencias, tenía momentos de sublime autoridad y de
irresistible fascinación, en los que cogía a todo ese público reacio e ingrato
en su mirada y en su palabra, como en el hueco de su mano, y le obligaba a
aplaudir y a estremecerse. Aquello era infrecuente, porque no se cambia de
repente todo el espíritu de un siglo, pero cuando sucedía, los aplausos eran
frenéticos; parecía como si subyugados entonces por su genialidad, los parisinos
quisieran expiar todas sus injusticias. Yo creía más bien que aquel hombre tenía
momentos de poder sobrenatural, y que sus más amargos denigradores se sentían
obligados a hacerle triunfar incluso en contra de su voluntad. Verdaderamente,
en esos momentos la sala de la Comedia Francesa parecía presa de delirio, y al
salir todos se miraban completamente sorprendidos de haber aplaudido a Lélio. Yo,
por mi parte, me entregaba entonces a mi emoción: gritaba, lloraba, pronunciaba
su nombre con pasión, lo llamaba con locura; por fortuna, mi débil voz se perdía
entre la inmensa tempestad que se desencadenaba a mi alrededor.
Otras veces le silbaban en situaciones en las que a mí me parecía sublime, y
abandonaba el espectáculo con rabia. Aquellos días eran los más peligrosos para
mí. Me sentía vehementemente tentada de ir a su encuentro, llorar con él,
maldecir el siglo y consolarlo ofreciéndole mi entusiasmo y mi amor.
Una noche en que salía por el pasaje secreto al que era admitida, vi pasar
rápidamente por delante de mí a un hombre pequeño y delgado que se dirigía hacia
la calle. Un tramoyista se levantó el sombrero diciéndole: «Buenas noches, señor
Lélio». De inmediato, ávida de contemplar de cerca aquel hombre extraordinario,
salgo tras él, cruzo la calle, y sin preocuparme del peligro al que me expongo,
entro con él en un café. Afortunadamente, era un cafetucho en el que no
encontraría a ninguna persona de mi rango.
Cuando, a la luz de una mala lámpara ahumada, clavé mis ojos en Lélio, creí
haberme equivocado y haber seguido a otra persona. Tenía por lo menos treinta y
cinco años: estaba amarillento, marchito, deteriorado; mal vestido; tenía un
aspecto vulgar; hablaba con voz ronca y apagada, estrechaba la mano a personas
de clase baja, bebía aguardiente y blasfemaba terriblemente. Necesité oír
pronunciar su nombre muchas veces para convencerme de que era el dios del
teatro, el intérprete del gran Corneille. No encontraba en él ninguno de los
encantos que me habían fascinado, ni siquiera su mirada tan noble, tan ardiente
y tan triste. Sus ojos eran mustios, apagados, casi taciturnos; su marcada
pronunciación resultaba ridícula cuando se dirigía al camarero o cuando hablaba
de juego, de cabaret o de mujeres. Su andar era descuidado, su aspecto sucio,
sus mejillas tenían aún restos de maquillaje. Ya no era Hipólito, era Lélio. El
templo estaba vacío y pobre; el oráculo estaba mudo; el dios se había convertido
en hombre; ni siquiera en hombre, en actor.
Se marchó y yo permanecí largo rato estupefacta en mi silla, sin pensar en
absoluto en tomarme el vino caliente salpimentado que había pedido para dármelas
de desenvuelta. Cuando me percaté del lugar en el que me encontraba y de las
miradas que se clavaban en mí me entró miedo; era la primera vez en mi vida que me
encontraba en una situación tan equívoca y en contacto tan directo con personas
de esta clase; posteriormente, la emigración me acostumbró de sobra a estas
inconveniencias de posición.
Me levanté e intenté huir, pero olvidaba pagar. El camarero corrió detrás de mí.
Sentí una horrible vergüenza; tuve que volver a entrar, dar explicaciones en el
mostrador y soportar todas aquellas miradas desconfiadas y burlonas dirigidas
hacia mí. Cuando salí, tuve la impresión de que alguien me seguía. Busqué en
vano un simón para meterme en él, pero ya no había ninguno junto a la Comedia
Francesa. Unos pasos pesados se dejaban oír tras los míos. Me di la vuelta
temblando; vi a un alto perantón que había visto en un rincón del café, y que
tenía aspecto de polizonte o de algo peor. Me habló; no sé lo que me dijo,
porque el pánico me privaba de razón; pese a todo, tuve la suficiente presencia
de ánimo como para deshacerme de él. Transformada de repente en heroína por el
valor que produce el miedo, le di rápidamente un bastonazo en la cara, y,
arrojando después el bastón para correr mejor, mientras él permanecía aturdido
por mi audacia, eché a correr, rápida como una flecha y no me detuve hasta que
llegué a casa de Florence. Cuando al día siguiente a las doce me desperté en mi
lecho de cortinas acolchadas y de capiteles de plumas rosadas, creí haber tenido
un mal sueño y sentí gran mortificación por mi decepción y mi aventura de la
víspera. Me creí curada de mi amor, e intenté felicitarme por ello, pero fue en
vano. Sentí un disgusto mortal; el hastío volvía a abatirse sobre mi vida, y
todo perdía su encanto. Aquel día puse en la calle a Larrieux.
Llegó la noche y no me aportó las agradables agitaciones de otras noches. El
mundo me pareció insípido. Fui a la iglesia y escuché la conferencia resuelta a
convertirme en devota; me enfrié allí y regresé enferma. Estuve en cama varios
días. La condesa de Ferrières vino a verme y me aseguró que no tenía fiebre, que
era la cama la que me hacía enfermar y que tenía que distraerme, salir, ir a la
Comedia Francesa. Creo que había puesto los ojos en Larrieux y deseaba mi
muerte. Me forzó a ir con ella a la representación de Cinna. «Ya no asiste al
teatro -me decía-; la devoción y el tedio la están debilitando. Hace mucho
tiempo que no ha visto a Lélio; ha hecho progresos; ahora lo aplauden a veces;
creo que llegará a hacerse soportable».
No sé cómo me dejé convencer. Además, desencantada de Lélio como estaba, ya no
corría el riesgo de delatarme afrontando sus seducciones en público. Me acicalé
en exceso y fui a un gran palco de proscenio a desafiar un peligro en el que ya
no creía. Pero el peligro no fue nunca más inminente. Lélio estuvo sublime, y me
di cuenta de que nunca había estado más enamorada de él. La aventura pasada no
me parecía ya sino un sueño; no era posible que Lélio fuera distinto de cómo me
parecía sobre el escenario. En contra de mi voluntad, volví a caer en todos los
terribles estremecimientos que él sabía comunicarme. Me vi obligada a cubrir mi
rostro lloroso con mi pañuelo; en mi desorden, me borré el carmín, me quité las
moscas, y la condesa de Ferrières me obligó a retirarme al fondo del palco
porque mi emoción estaba causando sensación en la sala. Afortunadamente, tuve la
habilidad de hacer creer que todo aquel enternecimiento era producido por la
interpretación de la señorita Hippolyte Clairon. En mi opinión, era una actriz
trágica bastante fría y circunspecta, demasiado superior probablemente, por su
educación y su carácter, a la profesión de teatro como se entendía entonces;
pero la manera como decía Tout beau, en Cinna, le había dado una reputación de
altos vuelos.
Es verdad que cuando actuaba junto a Lélio se crecía. Aunque manifestara un
desprecio de buen tono por el método actorial de él, recibía la influencia de su
genialidad sin percatarse de ello, y se inspiraba en él cuando la pasión los
ponía en relación sobre el escenario.
Aquella noche Lélio me vio, no sé si por mi atuendo o por mi emoción; pues lo vi
inclinarse un momento en que estaba fuera del escenario, hacia uno de los
hombres que en aquella época estaban sentados en el escenario, y preguntarle mi
nombre. Lo comprendí por la forma en la que sus miradas me señalaron. Tuve en
ese momento una taquicardia que estuvo a punto de asfixiarme, y observé que, a
lo largo de la obra, los ojos de Lélio se dirigieron en numerosas ocasiones
hacia mí. ¡Qué no habría dado por saber lo que le había dicho de mí el caballero
de Brétillac, al que él había preguntado y que, sin dejar de mirarme, le había
hablado varias veces! El rostro de Lélio, obligado a permanecer grave para no
degradar la dignidad de su papel, no había expresado nada que pudiera hacerme
adivinar qué tipo de información le habían dado sobre mí. Además yo conocía muy
poco a ese tal Brétillac, y no me imaginaba qué había podido decir de mí.
Sólo a partir de aquella noche comprendí qué tipo de amor era el que me
encadenaba a Lélio: era una pasión completamente intelectual y novelera. No era
a él al que yo amaba, sino a los personajes de épocas pasadas que él sabía
interpretar; esos prototipos de franqueza, lealtad y ternura desaparecidos para
siempre revivían con él y yo me encontraba, con él y por él, transportada a una
época de virtudes ya olvidadas. Tenía el orgullo de pensar que en aquellos días
no habría sido despreciada y difamada, que mi corazón habría podido entregarse,
y que no me habría visto reducida a amar a un fantasma de comedia. Lélio no era
para mí sino la sombra del Cid, el representante del amor antiguo y caballeresco
del que se burlaban todos en aquel momento en Francia. A él, al hombre, al
histrión, no le temía, lo había visto; sólo podía amarlo en público. Mi Lélio
era un ser ficticio que no podía aprehender tan pronto como se alejaba de la
araña de cristal de la Comedia. Necesitaba el espejismo del escenario, el
reflejo de los quinqués, el atuendo para ser el que yo amaba. Al despojarse de
todo eso entraba para mí en la nada, como una estrella que desapareciera con la
luz del día. Fuera de las tablas, no sentía el menor deseo de verlo, incluso me
habría desesperado de hacerlo. Habría sido para mí como contemplar a un gran
hombre reducido a un poco de ceniza en una vasija de barro.
Mis frecuentes ausencias a las horas en las que acostumbraba a recibir a
Larrieux, y sobre todo mi rechazo absoluto a no tener con él más relación que la
amistad, le produjeron un acceso de celos, más justificado, lo reconozco, que
ninguno de los que hubiera sentido antes. Una noche en que me dirigía a las
Carmelitas con intención de escaparme por la otra puerta, me di cuenta de que me
seguía y comprendí que a partir de entonces me resultaría casi imposible
ocultarle mis salidas nocturnas. Adopté pues la decisión de asistir públicamente
al teatro. Adquirí poco a poco la hipocresía necesaria para contener mis
emociones, y además me puse a manifestar abiertamente una admiración por
Hippolyte Clairon que podía engañar sobre mis verdaderos sentimientos. A partir
de entonces me sentí más incómoda; forzada como estaba a contenerme, mi placer
era menos intenso y profundo. Pero de esta situación nació otra que estableció
una rápida compensación. Lélio me veía, me observaba; mi belleza le había
impresionado, mi sensibilidad le halagaba. A sus ojos les costaba separarse de
mí. Eso le produjo a veces distracciones que disgustaron al público. Pronto me
resultó imposible equivocarme: se había enamorado perdidamente de mí.
A la princesa de Vaudemont le apeteció mi palco y yo se lo cedí para pasar a
ocupar otro más pequeño, más escondido y mejor situado. Estaba exactamente por
encima de las candilejas, no me perdía ni una mirada de Lélio, cuyos ojos podían
buscarme sin comprometerme. Además, ni siquiera necesitaba este medio para
entablar relación con todas sus sensaciones: en el sonido de su voz, en los
suspiros de su pecho, en el tono que daba a determinados versos, a determinadas
palabras, yo comprendía que se dirigía a mí. Me sentía la más orgullosa y feliz
de las mujeres, pues en esos momentos no era por el actor sino por el héroe por
quien era amada.
¡Pues bien!, tras dos años de un amor que había alimentado, desconocido y
solitario, en el fondo de mi alma, tres inviernos más pasaron sobre este amor
ahora compartido sin que jamás mi mirada le concediera a Lélio el derecho a
esperar otra cosa que esas relaciones íntimas y misteriosas. Supe después que
Lélio me había seguido frecuentemente en mis paseos; yo no me digné verlo ni
distinguirlo entre el gentío, tan escaso deseo tenía de verlo fuera del teatro.
Aquellos cinco años son los únicos que viví de mi vida de ochenta.
Finalmente, un día leí en el Mercure de France el nombre de un nuevo actor
contratado por la Comedia Francesa para reemplazar a Lélio que se marchaba al
extranjero. Aquella noticia fue un golpe mortal para mí; no podía concebir cómo
viviría a partir de entonces sin aquella emoción, sin aquella existencia de
pasión y tormenta. Aquello forzó a mi amor a hacer un progreso inmenso y estuvo
a punto de perderme.
A partir de entonces no me esforcé en asfixiar desde su inicio cualquier
pensamiento contrario a la dignidad de mi rango. Ya no me congratulé de lo que
era realmente Lélio. Sufrí, murmuré en secreto por qué no era lo que parecía ser
sobre el escenario, y llegué a desear que fuera bello y joven como el arte lo
hacía cada noche, con el fin de poder sacrificarle todo el orgullo de mis
prejuicios y todas las repugnancias de mi ser. Ahora que iba a perder a aquel
ser moral que llenaba desde hacía tanto tiempo mi alma, sentía deseos de
realizar todos mis sueños y pasar a la acción, aunque después tuviera que
detestar la vida, a Lélio y a mí misma. Me encontraba en esa irresolución,
cuando recibí una carta con una grafía desconocida para mí; es la única carta de
amor que he conservado de entre las mil protestas escritas por Larrieux y de
entre las mil declaraciones perfumadas de otros cien. Es que, en realidad, es la
única carta de amor que recibí en mi vida.»
La marquesa se detuvo, se levantó, fue a abrir con mano diestra un cofre de
marquetería y sacó de él una carta arrugada que leí con esfuerzo:
«Señora: Estoy moralmente convencido de que esta carta no le inspirará sino
desprecio; no la encontrará siquiera digna de su cólera. Pero ¿qué le importa a
un hombre que cae en un abismo una piedra más o menos en el fondo? Me
considerará loco y no se equivocará. Pues bien, tal vez me compadezca en
secreto, dado que no puede dudar de mi sinceridad. Por muy humilde que la piedad
la haya hecho, tal vez comprenda la magnitud de mi desesperación; usted debe
saber ya, señora, cuánto mal y cuánto bien pueden hacer sus ojos.
¡Pues bien! repito, si obtengo de usted un solo pensamiento de compasión, si
esta noche, a la hora ávidamente deseada en la que cada noche vuelvo a vivir,
percibo en sus facciones una ligera expresión de piedad, me marcharé menos
triste; me llevaré de Francia un recuerdo que tal vez me dé fuerzas para vivir
lejos y proseguir mi ingrata y dolorosa carrera.
Pero usted debe saberlo ya, señora: es imposible que mi turbación, mi ardor, mis
gritos de cólera y de desesperación no me hayan traicionado veinte veces en el
escenario. No ha podido usted encender todo ese fuego sin ser un poco consciente
de lo que hacía. ¡Ah! tal vez haya jugado como un tigre con su presa, tal vez
haya convertido en un entretenimiento todos mis tormentos y locuras.
¡Oh! no: es demasiada presunción. No, señora, no lo creo; ni siquiera se le ha
ocurrido hacerlo. Usted es sensible a los versos del gran Corneille, se
identifica con las nobles pasiones de la tragedia, y eso es todo. Y yo,
insensato, me he atrevido a creer que mi voz despertaba en ocasiones sus
simpatías, que mi corazón tenía eco en el suyo, que entre usted y yo había algo
más que entre el público y yo. ¡Oh! ¡era una insigne pero muy dulce locura!
Déjemela, señora ¿qué puede importarle? ¿Temería que presumiera de ella? ¿Con
qué derecho podría hacerlo, y qué título tendría para ser creído bajo palabra?
No haría sino entregarme al escarnio de las personas sensatas. Déjeme, le
repito, este convencimiento que acojo temblando y que él solo me ha
proporcionado más felicidad que pesar me ha causado la severidad del público
hacia mí. Permítame bendecirla, agradecerle de rodillas la sensibilidad que he
descubierto en su alma y que ninguna otra alma me ha concedido; las lágrimas que
le he visto derramar ante mis desgracias de teatro y que, con frecuencia, han
llevado mi inspiración hasta el delirio; las tímidas miradas que, así lo he
creído al menos, intentaban consolarme de la frialdad de mi auditorio.
¡Oh! ¡Por qué nació usted en el esplendor y el fasto! ¡Por qué no soy sino un
pobre actor sin gloria ni fama! ¡Por qué no tendré el favor del público y la
riqueza de un banquero para cambiarlos por un apellido, por uno de esos títulos
que he despreciado hasta ahora, y que me permitiría, tal vez, aspirar a usted!
Antes prefería la distinción del talento a cualquier otra; me preguntaba de qué
sirve ser caballero o marqués si no es para ser tonto, fatuo e impertinente;
odiaba el orgullo de los nobles y me consideraba suficientemente vengado de su
desdén si me elevaba por encima de ellos gracias a mi arte.
¡Quimeras y decepciones! Mis fuerzas han traicionado a mi insensata ambición. Me
he quedado en la mediocridad; aún peor, he rozado el éxito y lo he dejado
escapar. Yo creía sentirme grande, y me han arrojado al polvo; creía alcanzar lo
sublime y me han condenado al ridículo. ¡El destino me ha cogido con mis sueños
desmesurados y mi alma audaz y me ha partido como un junco! ¡Soy un hombre muy
desgraciado!
Pero la mayor de mis locuras ha sido lanzar mis miradas por encima de esas
candilejas que trazan la línea insuperable entre yo y el resto de la sociedad.
Es para mí el círculo de Gaius Popillius y ¡he querido franquearlo! Yo actor, me
he atrevido a tener ojos y a ponerlos en una bella mujer. ¡Una mujer tan joven,
tan noble, tan amorosa y situada tan alto! Pues usted es todo eso, señora, yo lo
sé. La sociedad la acusa de frialdad y de exagerada devoción, pero sólo yo la
juzgo y la conozco. Una sola de sus sonrisas, una sola de sus lágrimas, han
bastado para desmentir las estúpidas fábulas que un tal caballero de Brétillac
me contó en contra de usted.
¡Pero qué destino es también el suyo! ¡Qué extraña fatalidad pesa pues sobre
usted como sobre mí para que en medio de una sociedad tan brillante y que se
cree tan ilustrada, no haya encontrado usted para hacerle justicia nada más que
el corazón de un pobre actor? ¡Pues bien! nada podrá quitarme la idea triste y
consoladora de que si hubiéramos nacido en un mismo peldaño de la sociedad, no
habría podido escapárseme, fueran quienes fueran mis rivales, y fuera como fuera
mi mediocridad. Tendría que haberse rendido a una evidencia, y es que hay en mí
algo mucho más grande que sus fortunas y sus títulos, que es la capacidad de
amarla.
LÉLIO».
Esta carta -prosiguió la marquesa- extraña para la época en la que fue escrita,
me pareció, pese a algunas reminiscencias de declamación raciniana que se
perciben al inicio, tan intensa y verdadera, encontré en ella un sentimiento de
pasión tan nuevo y atrevido, que me sentí trastornada. El resto de orgullo que
combatía en mi interior se desvaneció. Habría dado toda mi vida a cambio de una
hora de semejante amor.
No le contaré mi ansiedad, mis fantasías, mi terror; yo misma no podría seguir
el hilo y la lógica. Le contesté estas frases, tal como las recuerdo:
«No le acuso de nada, Lélio, acuso al destino; y no lo compadezco a usted solo,
me compadezco también a mí. Por ninguna razón de orgullo, prudencia o
gazmoñería, quisiera quitarle el consuelo de sentirse distinguido por mí.
Consérvelo porque es el único que pueda ofrecerle. No puedo consentir en verlo.»
Al día siguiente recibí una nota que leí apresuradamente y que apenas tuve
tiempo de arrojar al fuego para evitar que la viera Larrieux, que me sorprendió
ocupada en leerla. Estaba redactada más o menos en estos términos:
«Señora: Es necesario que hable con usted o que me muera. Una vez, una sola vez,
sólo una hora si usted quiere. ¿Qué teme pues de una entrevista, puesto que
confía en mi honor y discreción? Señora, sé quién es usted; conozco la
austeridad de sus costumbres, conozco su piedad, conozco incluso sus
sentimientos por el vizconde de Larrieux. No tengo la insensatez de esperar de
usted otra cosa que una palabra de compasión; pero es necesario que caiga de sus
labios sobre mí. Es necesario que mi corazón la recoja y se la lleve, o es
necesario que mi corazón se rompa.
LÉLIO.»
Diré para mi gloria, pues toda noble y valiente confianza es gloriosa en el
peligro, que no tuve ni un instante el temor de ser engañada por un impúdico
libertino. Creí religiosamente en la humilde sinceridad de Lélio. Además yo
confiaba en mi fuerza; me decidí a verlo. Había olvidado por completo su rostro
marchito, su mal gusto, su aspecto vulgar; ya no conocía de él sino el prestigio
de su genialidad, su estilo y su amor. Le contesté:
«Me encontraré con usted; busque un lugar seguro; pero no espere de mí sino lo
que solicita. Confío en usted como en Dios. Si intentara abusar de esa
confianza, sería un miserable y yo no le temería».
Su respuesta decía:
«Su confianza la salvaría del último de los infames. Ya
verá, señora, que Lélio no es indigno. El duque de *** ha tenido la amabilidad
de ofrecerme a veces su casa de la calle de Valois, ¿qué habré hecho en ella?
Desde hace tres años no existe para mí más que una mujer bajo el sol. Dígnese
acudir a la cita al salir de la Comedia».
Seguía la dirección del lugar de la cita.
Recibí esta nota a las cuatro. Toda la negociación se había desarrollado en el
espacio de un día. Yo había empleado la jornada en recorrer mis aposentos como
una persona privada de razón; tenía fiebre. Esta rapidez de acontecimientos y
decisiones, contrarias a cinco años de resoluciones, me exaltaba como un sueño:
y cuando tomé la decisión, cuando vi que me había comprometido y que ya no era
momento de dar marcha atrás, me derrumbé sobre mi otomana, sin poder respirar y
viendo cómo mi habitación daba vueltas a mi alrededor.
Me sentí realmente mal; hubo que llamar a un médico que me practicó una sangría.
Le prohibí a mi personal de servicio que dijera una palabra a nadie acerca de mi
indisposición; temía las inoportunidades de los que dan consejos, y no quería
que nadie me impidiera salir por la noche. Mientras esperaba el momento, me dejé
caer sobre mi cama y no le permití entrar a mi habitación ni siquiera al señor
de Larrieux.
La sangría me había aliviado físicamente pero también me había debilitado. Caí
en una gran postración; todas mis ilusiones se esfumaron con la excitación de la
fiebre. Recuperé la razón y la memoria; recordé la terrible decepción del café,
el miserable aspecto de Lélio; me dispuse a avergonzarme de mi locura, a caer
desde el pináculo de mis quimeras hasta la vil e innoble realidad. Ya no
comprendía cómo había podido decidirme a cambiar la heroica y novelesca ternura
por el tedio que me esperaba y la vergüenza que envenenaría todos mis recuerdos.
Tuve entonces una mortal pesadumbre de lo que había hecho; lloré mis
encantamientos, mi vida de amor, y el porvenir de satisfacción pura e íntima que
iba destruir. Lloré sobre todo a Lélio que, al verlo, iba a perder para siempre,
que había tenido la felicidad de amar durante cinco años, y que no podría amar
dentro de unas horas.
En medio de mi aflicción me retorcí los brazos con fuerza; mi sangría se volvió
a abrir, y la sangre brotó en abundancia; sólo tuve tiempo de llamar a mi
doncella que me encontró desvanecida sobre la cama. Un profundo y pesado sueño,
contra el que luché inútilmente, se adueñó de mí. No soñé, no sufrí, estuve como
muerta durante unas horas. Cuando volví a abrir los ojos mi habitación estaba a
oscuras, mi casa silenciosa y mi doncella dormía en una silla al pie de mi cama.
Permanecí algún tiempo en un estado de sopor y debilidad que no me permitía
tener ni un recuerdo, ni un pensamiento. De repente me volvió la memoria y me
pregunté si la hora y el día de la cita habían pasado, si había dormido una hora
o un siglo, si era de día o de noche, si mi falta de palabra había matado a
Lélio, o si aún estaba a tiempo. Intenté levantarme pero me faltaron las
fuerzas; me debatí durante unos instantes como en una pesadilla. Finalmente
reuní toda mi voluntad y la llamé en ayuda de mis miembros abatidos. Salto de la
cama, descorro mis cortinas, veo la luna brillar por entre los árboles de mi
jardín; corro hacia el reloj: marca las diez. Me dirijo hacia mi doncella, la
sacudo, la despierto sobresaltada: «Quinette, ¿en qué día estamos?». Abandona su
silla gritando y trata de huir porque cree que estoy delirando; la retengo, la
tranquilizo; me entero de que sólo he dormido tres horas. Doy gracias a Dios.
Pido un simón; Quinette me mira con estupor. Por fin se convence de que estoy en
mis cabales, transmite mi orden y se dispone a vestirme.
Hice que me pusiera el más sencillo y púdico de mis vestidos; no me coloqué
ningún tipo de adorno en el cabello, y me negué a usar carmín. Quería ante todo
inspirarle a Lélio estima y respeto, que eran para mí más valiosas que el amor.
Sin embargo, tuve un sentimiento de placer cuando Quinette, sorprendida de todo
lo que me pasaba por la cabeza, me dijo mirándome de pies a cabeza: «Realmente,
señora, no sé cómo lo hace; sólo lleva un sencillo vestido blanco sin cola ni
miriñaque; está enferma y pálida como una muerta; no ha querido ponerse ni
siquiera una mosca; ¡pues bien! que me muera si la he visto alguna vez más bella
que esta noche. ¡Compadezco a los hombres que la miren!
-¿Me crees pues sensata, mi pobre Quinette?
-¡Ah! señora marquesa, pido al cielo a diario ser como usted, pero hasta la
presente...
-Vamos, ingenua, dame mi manteleta y mi manguito.
A medianoche me encontraba en la casa de la calle de Valois. Iba cuidadosamente
embozada. Una especie de lacayo acudió a recibirme; era el único ocupante
visible de aquella misteriosa vivienda. A través de los paseos de un oscuro
jardín me condujo hasta un pabellón envuelto en sombras y silencio. Tras haber
depositado en el vestíbulo su farol de seda verde, me abrió la puerta de un
apartamento oscuro y profundo, me mostró con un gesto respetuoso y expresión
impasible el rayo de luz que llegaba desde el fondo de la crujía, y me dijo en
voz baja, como si hubiera temido despertar a los ecos dormidos: «La señora está
sola, no ha llegado nadie aún. La señora encontrará en el salón de verano un
llamador al que responderé si tiene usted necesidad de algo». Y desapareció como
por encanto, cerrando la puerta detrás de mí.
Me entró un miedo horrible; temía haber caído en una trampa. Lo llamé. Apareció
de inmediato y su aspecto solemnemente bobo me tranquilizó. Le pregunté qué hora
era; yo lo sabía muy bien pues había hecho sonar más de diez veces mi reloj en
el coche. «Son las doce de la noche», contestó sin mirarme. Vi que se trataba de
un hombre perfectamente instruido en los deberes de su puesto. Me decidí a
entrar hasta el salón de verano, y comprendí lo injusto de mis temores al ver
que todas las puertas que daban al jardín sólo estaban cerradas por cortinas de
seda pintada al estilo oriental. No había nada más delicioso que aquel gabinete
que, en realidad, no era sino el salón de música más decente del mundo. Los
muros eran de estuco blanco como la nieve, los marcos de los espejos en plata
mate; los instrumentos de música, de una riqueza extraordinaria, estaban
dispersos sobre muebles de terciopelo blanco con borlas de perlas. Toda la luz
caía desde arriba, pero tamizada por hojas de alabastro que formaban como un
techo en la rotonda. Podría haberse tomado aquella claridad mate y suave por la
de la luna. Examiné con curiosidad, con interés, aquel aposento con el que mis
recuerdos no podían comparar nada. Era y fue la única vez en mi vida que puse
los pies en una sala de este tipo; pero bien porque no fuera una pieza destinada
a servir de templo para los misterios galantes que allí se celebrarían, bien
porque Lélio hubiera hecho desaparecer cualquier objeto que hubiera podido herir
mi vista y hacerme sufrir por mi posición, lo cierto es que aquel lugar no
justificaba ninguna de las repugnancias que había sentido al entrar en él. Sólo
había una estatua de mármol blanco decorando aquel espacio; era antigua y
representaba a Isis con un velo y un dedo en los labios. Los espejos que nos
reflejaban, a ella y a mí, pálidas, vestidas de blanco y pudorosamente cubiertas
las dos, me producían la sensación de que tenía que moverme para distinguir su
forma de la mía.
De repente, aquel silencio profundo, amedrentador y delicioso a la vez, se
interrumpió; la puerta del fondo se abrió y volvió a cerrarse; unos pasos
ligeros hicieron crujir el parquet. Caí sobre mi sillón, más muerta que viva;
iba a ver a Lélio de cerca, fuera del teatro. Cerré los ojos, y antes de volver
a abrirlos, le dije adiós interiormente.
¡Pero cuál no fue mi sorpresa! Lélio estaba bello como los ángeles; no se había
quitado sus ropas de teatro, era el traje más elegante que yo le hubiera visto.
Su silueta, delgada y flexible, estaba embutida en un jubón español de raso
blanco. Los lazos de los hombros y de las jarreteras eran de cinta rojo cereza;
una capa corta, del mismo color, estaba posada sobre un hombro. Llevaba una
enorme gola en punto de Inglaterra, el cabello corto y sin empolvar; una gorra
sombreada de plumas blancas que se balanceaban sobre su frente, donde brillaba
un rosetón de diamantes. Era con aquel atuendo con el que acababa de representar
el papel de Don Juan en el Festin de Pierre. No lo había visto jamás tan bello,
tan joven, tan poético como en aquel momento. Velásquez se habría postrado ante
semejante modelo.
Se puso de rodillas ante mí. No pude reprimir tenderle una mano. ¡Tenía un
aspecto tan temeroso y sumiso! ¡Un hombre enamorado hasta el punto de ser tímido
ante una mujer era tan raro en aquel tiempo! ¡y más un hombre de treinta y cinco
años, un actor!
No importa: me pareció, me sigue pareciendo aún, que se encontraba en toda la
lozanía de la adolescencia. Con aquel traje blanco parecía un joven paje; su
frente tenía toda la pureza y su corazón agitado todo el ardor de un primer
amor. Tomó mis manos y las cubrió de besos devoradores. Entonces enloquecí;
atraje su cabeza hacia mis rodillas; acaricié su frente ardiente, sus cabellos
fuertes y negros, su cuello moreno que se perdía en la suave blancura de su
gorguera, y Lélio no se enardeció en absoluto. Toda su emoción se concentró en
su corazón; y se puso a llorar como una mujer. Me inundó con sus sollozos.
¡Oh! le confieso que mezclé los míos con delicia. Le obligué a levantar la
cabeza y a mirarme. ¡Qué bello estaba, Dios santo! ¡Qué brillo y qué ternura
había en sus ojos! ¡Cuántos encantos prestaba su alma sincera y cálida incluso a
los defectos de su figura y a los ultrajes de las vigilias y de los años! ¡Oh!
¡qué fuerza tiene el alma! ¡el que no ha comprendido sus milagros no ha amado
jamás! Viendo las arrugas prematuras de su hermosa frente, la languidez de su
sonrisa, la palidez de sus labios, me enternecía; necesitaba llorar por la
desazón, el hastío y los trabajos de toda su vida. Me identificaba con todas sus
penas, incluso con las producidas por su prolongado amor sin esperanza por mí, y
sólo deseaba una cosa: reparar el daño que había padecido.
«¡Mi querido Lélio, mi gran Rodrigo, mi bello Don Juan!» le decía en mi
desvarío. Sus miradas me quemaban. Me habló, me contó todas las fases, todos los
progresos de su amor; me dijo cómo de un histrión de costumbres laxas, yo había
hecho un hombre ardiente y vivaz, cómo lo había elevado a sus propios ojos, cómo
le había devuelto el valor y las ilusiones de la juventud; me habló de su
respeto, de su veneración por mí, de su desprecio por las ridículas
farfantonerías del amor a la moda; me dijo que daría todos los días que le
quedaran por vivir por una hora pasada entre mis brazos, pero que sacrificaría
esa hora y todos los días ante el temor de ofenderme. Jamás elocuencia más
penetrante entusiasmó el corazón de una mujer; jamás el tierno Racine hizo
hablar el amor con esta convicción, esta poesía y esta fuerza. Todo lo que la
pasión puede inspirar de delicado y de grave, de suave y de impetuoso, sus
palabras, su voz, sus ojos, sus caricias y su sumisión me lo enseñaron. ¡Ay! ¿se
estaba burlando de mí? ¿estaba representando una comedia?»
-No lo creo -exclamé yo mirando a la marquesa.
Parecía rejuvenecer al hablar y
escrutar sus casi cien años, como el hada Urgèle. No sé quién dijo que el
corazón de una mujer no tiene arrugas...
«Escuche el final -me dijo-. Ardiente, perdida, perdida por todo lo que él me
decía, eché mis brazos alrededor de él, me estremecí al rozar el raso de su
traje, al respirar el perfume de sus cabellos. Perdí la cabeza. Todo lo que
ignoraba, todo lo que yo me creía incapaz de sentir, se me reveló, pero fue de
forma demasiado violenta y me desvanecí.
Me hizo volver en mí con rápidos socorros. Lo encontré a mis pies, más tímido,
más conmovido que nunca. «Tenga piedad de mí -me dijo- máteme, écheme de
aquí...». Se encontraba más pálido y moribundo que yo.
Pero todas aquellas mutaciones nerviosas que yo había experimentado a lo largo
de tan tormentosa jornada me hacían pasar rápidamente de una disposición a otra.
Aquel rápido relámpago de una nueva existencia había palidecido; mi sangre se
había calmado; las delicadezas del verdadero amor recuperaron ventaja...
-Escúcheme, Lélio -le dije- no es el desprecio lo que me aleja de su pasión. Es
posible que yo tenga todas las susceptibilidades que nos inculcan desde la
infancia, y que llegan a ser para nosotros como una segunda naturaleza; pero no
es este momento cuando podría acordarme de ellas, puesto que mi misma naturaleza
acaba de transformarse en otra desconocida para mí. Si me ama, ayúdeme a
resistir ante usted. Déjeme llevarme de aquí la deliciosa satisfacción de no
haberle amado sino con el corazón. Tal vez si no hubiera pertenecido a nadie, me
entregara a usted con alegría; pero sepa que Larrieux me ha profanado, sepa que,
impulsada por la horrible necesidad de hacer como todo el mundo, he soportado
las caricias de un hombre que no he amado jamás; sepa que el asco que he sentido
por ellas, ha apagado en mí la imaginación hasta el punto de que en este momento
le odiaría si yo hubiera sucumbido hace un instante. ¡Ah! ¡no hagamos la prueba!
Permanezca puro en mi corazón y en mi memoria. Separémonos para siempre y
llevémonos de aquí todo un futuro de risueños pensamientos y de adorados
recuerdos. Le juro Lélio que lo amaré hasta la muerte. Presiento que el frío de
la edad no logrará apagar esta llama ardiente. Le juro también que no seré jamás
de ningún otro hombre después de haberle resistido. Este esfuerzo no me
resultará difícil, puede usted creerme.»
Lélio se arrodilló delante de mí; no me imploró, no me hizo reproches; me dijo
que no había esperado toda la felicidad que le había dado y que no tenía derecho
a exigir más. Sin embargo, al escuchar su despedida, su abatimiento y la emoción
de su voz me asustaron. Le pregunté si no pensaría en mí con felicidad, si el
éxtasis de esta noche no derramaría su encanto sobre todos sus días, si sus
penas pasadas y futuras no se verían mitigadas cada vez que él lo evocara. Se
animó para jurar y prometer todo lo que quise. Cayó de nuevo a mis pies, besó mi
vestido con frenesí. Yo sentí que flaqueaba; le hice un gesto y él se alejó. El
coche que había solicitado llegó. El intendente autómata de aquella estancia
clandestina dio tres golpes desde el exterior para avisarme. Lélio se situó ante
la puerta, desesperado; tenía la expresión de un espectro. Le empujé suavemente,
y cedió. Entonces crucé el umbral y, como hizo ademán de seguirme, le indiqué
una silla en mitad del salón, al pie de la estatua de Isis. Se sentó en ella.
Una sonrisa apasionada se dibujó en sus labios y sus ojos hicieron brotar un
último destello de gratitud y de amor. Aún estaba bello, aún joven, aún grande
de España. Al cabo de unos pasos, y en el momento de perderlo para siempre, me
volví y le eché una última mirada. La desesperación lo había destrozado. Se
había convertido de nuevo en un viejo, descompuesto y horroroso. Su cuerpo
parecía paralizado. Sus labios contraídos intentaban una sonrisa perdida. Sus
ojos eran vidriosos y apagados: ya no era sino Lélio, la sombra de un amante y
de un príncipe.»
La marquesa hizo una pausa; luego, con una sonrisa sombría y descomponiéndose
ella misma como una ruina que se derrumba, prosiguió: «A partir de aquel momento
no he vuelto a oír hablar de él.» Hizo una nueva pausa más prolongada que la
primera; pero con esa terrible fortaleza de alma que dan los años, el amor
obstinado por la vida, o la cercana esperanza de la muerte, se puso de nuevo
alegre, y me dijo sonriendo:
-¡Y bien! ¿Creerá usted a partir de ahora en la virtud del siglo XVIII?
-Señora -le contesté- no deseo dudar de ella, sin embargo, si estuviera menos
emocionado, le diría tal vez que hizo muy bien en dejarse sangrar aquel día...
-¡Oh! ¡Pobres hombres! -dijo la marquesa- ustedes no comprenden nada de la
historia del corazón.
FIN |