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La marquesa
[Cuento. Texto completo.]

George Sand

La marquesa de R... no poseía demasiado talento, aunque se dé por sentado en literatura que todas las mujeres mayores deben chispear de ingenio. Su ignorancia era absoluta respecto a los temas que las relaciones sociales no le habían enseñado. Tampoco poseía la excesiva delicadeza de expresión, la penetración exquisita o el maravilloso tacto que distinguen, según dicen, a las mujeres que han vivido mucho. Al contrario, era atolondrada, brusca, franca e incluso a veces cínica. Invalidaba por completo todas las ideas que yo me había forjado respecto a una marquesa de los buenos tiempos. Sin embargo, era marquesa y había frecuentado la corte de Luis XV; pero como, desde entonces, había tenido un carácter excepcional, les ruego que no busquen en su historia un estudio serio de las costumbres de la época. La sociedad me parece tan difícil de conocer bien y de describir en cualquier época, que no quiero intentarlo en absoluto. Me limitaré a contarles los hechos particulares que establecen relaciones de simpatía irrefragable entre los hombres de todas las sociedades y de todos los siglos.

Nunca había encontrado gran encanto en relacionarme con esta marquesa. Sólo me parecía interesante por la prodigiosa memoria que había conservado de los tiempos de su juventud, y por la viril lucidez con la que sus recuerdos se expresaban. Por lo demás era, como todos los ancianos, olvidadiza con las cosas que habían sucedido la víspera y despreocupada respecto a los acontecimientos que no tenían una influencia directa sobre su destino. No había tenido una de esas bellezas excitantes que, al carecer de brillo y regularidad, no pueden carecer de inteligencia. Una mujer de este tipo adquiría chispa para resultar más atractiva que las que lo eran de verdad. La marquesa, por el contrario, había tenido la desgracia de ser incuestionablemente bella. Sólo vi de ella un retrato que, como todas las mujeres viejas, tenía la coquetería de exhibir ante todas las miradas en su habitación. Aparecía representada como una ninfa cazadora, con un corpiño de raso estampado imitando la piel de tigre, mangas de encaje, un arco de madera de sándalo y una diadema de perlas que lucía sobre sus cabellos rizados. Era, pese a todo, una admirable pintura y, sobre todo, una admirable mujer; alta, esbelta, morena, de ojos negros, facciones severas y nobles, una boca bermeja que no sonreía y unas manos que, según dicen, habían causado desesperación a la princesa de Lamballe. Sin el encaje, el raso y los polvos, habría sido de verdad una de esas ninfas altivas y ágiles que los mortales vislumbran al fondo de los bosques o sobre las laderas de las montañas para enloquecer de amor y pesar.

Sin embargo, la marquesa no había protagonizado muchas aventuras. Según su propia confesión, había pasado por carecer de talento. Los hombres hastiados de entonces apreciaban menos la belleza por sí misma que por sus arrumacos coquetos. Otras mujeres, infinitamente menos admiradas, le habían quitado a todos sus adoradores, y lo más extraño es que ella no había parecido preocuparse demasiado por ello. Lo que me había contado de su vida, a intervalos, me hacía pensar que aquel corazón no había tenido juventud, y que la frialdad del egoísmo había prevalecido sobre cualquier otra facultad. Sin embargo, yo veía a su alrededor amistades bastante vivas para la vejez; sus nietos la adoraban y hacía el bien sin ostentación; pero como ella no presumía de principios y confesaba no haber amado nunca a su amante, el vizconde de Larrieux, yo no podía encontrar otra explicación a su carácter.

Una noche la encontré más comunicativa que de costumbre. Había tristeza en sus pensamientos. «Mi querido joven -me dijo-, el vizconde de Larrieux acaba de morir de gota; es un gran dolor para mí, que fui su amiga durante sesenta años. ¡Además es horrible ver cómo se muere uno! No es sorprendente ¡era ya tan viejo!

-¿Qué edad tenía? -pregunté.

-Ochenta y cuatro años. Yo tengo ochenta, pero no estoy tan impedida como él estaba, y espero vivir más que él. ¡No importa!, muchos de mis amigos se han marchado este año, y de nada sirve decirse a sí misma que es más joven y más robusta, no puede impedir sentir miedo cuando una ve marcharse así a sus contemporáneos.

-¿Así que ésos son todos los sentimientos que le dedica a ese pobre Larrieux, que la adoró durante sesenta años, que no dejó de quejarse de su rigor, y que no se desalentó por él jamás? -le dije-. ¡Era un modelo de amantes! ¡Ya no existen hombres semejantes!

-No lo crea -dijo la marquesa con una fría sonrisa- ese hombre tenía la manía de lamentarse y de considerarse desgraciado. No lo era en absoluto y todo el mundo la sabía.

Al ver a la marquesa con ganas de hablar, le hice varias preguntas acerca de ese vizconde de Larrieux y de ella misma; y ésta es la singular respuesta que obtuve:

-Mi querido joven, veo bien que me considera una persona de carácter fastidioso y desigual. Es posible que así sea. Juzgue por sí mismo, voy a contarle toda mi historia y a confesarle defectos que no he desvelado jamás a nadie. Usted que pertenece a una época sin prejuicios, tal vez me encuentre menos culpable de lo que yo misma me considero; pero, sea cual fuere la opinión que se forme de mí, no moriré sin haberme dado a conocer a alguien. Tal vez me ofrezca usted alguna prueba de compasión que mitigue la tristeza de mis recuerdos.

Me eduqué en Saint-Cyr. La brillante educación que allí se recibía producía efectivamente muy poca cosa. Salí de allí a los dieciséis años para casarme con el marqués de R..., que tenía cincuenta, y no me atreví a quejarme por ello, pues todo el mundo me felicitaba por aquel hermoso matrimonio, y todas las jóvenes sin fortuna envidiaban mi suerte. Siempre he tenido poca inteligencia, pero en aquellos momentos era completamente boba. Aquella educación claustral había acabado de entumecer mis facultades ya de por sí muy lentas. Salí del colegio con una de esas simples inocencias, que se consideran erróneamente como un mérito y que, con frecuencia, perjudican la felicidad de toda nuestra vida.

Efectivamente, la experiencia que adquirí en seis meses de matrimonio encontró una mente tan limitada para recibirla que no me sirvió de nada. Aprendí, no a conocer la vida, sino a dudar de mí misma. Entré en el mundo con ideas completamente erróneas y con prevenciones cuyo efecto no he podido destruir a lo largo de toda mi vida.

A los dieciséis años y medio ya era viuda; y mi suegra, que me había tomado afecto por la nulidad de mi carácter, me animó a volver a casarme. Es verdad que estaba embarazada, y que la reducida viudedad que me concedían debería volver a la familia de mi esposo en caso de que yo le diera un padrastro a su heredero. Por lo que, tan pronto como pasó mi duelo, me reintrodujeron en sociedad y me rodearon de admiradores. Yo me encontraba entonces en todo el esplendor de la belleza y, según confesión de todas las mujeres, no había rostro ni figura que se me pudieran comparar.

Pero mi esposo, aquel libertino viejo y degenerado que no había sentido jamás por mí sino un desdén irónico, y que se había casado conmigo para obtener un puesto prometido a mi consideración, me había dejado tanta aversión por el matrimonio que jamás quise consentir en contraer nuevos vínculos. En mi ignorancia de la vida, pensaba que todos los hombres eran iguales, que todos tenían la misma sequedad de corazón, la despiadada ironía, las caricias frías e insultantes que tanto me habían humillado. Pese a lo torpe que era, había comprendido perfectamente que los escasos arrebatos amorosos de mi marido sólo iban dirigidos a una bella mujer y que no ponía en ellos nada de su alma. Pasados éstos, volvía a ser una tonta de la que se ruborizaba en público, y de la que le habría gustado deshacerse.

Esta funesta entrada en la vida me desencantó para siempre. Mi corazón, que no estaba probablemente destinado a esta frialdad, se encogió y se rodeó de desconfianza. Le tomé aversión y repugnancia a los hombres. Sus homenajes me insultaron; no vi en ellos sino a taimados que se hacían esclavos para convertirse en tiranos. Les guardé un resentimiento y un odio eternos.

Cuando no se tiene necesidad de virtud, no se tiene virtud; fue por eso por lo que, pese a las costumbres más austeras, no fui en absoluto virtuosa. ¡Oh! ¡Cuánto lamenté no poder serlo! ¡Cuánto envidié la energía moral y religiosa que combate las pasiones y da color a la vida! ¡La mía fue tan fría y tan nula! ¡Qué no habría dado por tener pasiones que reprimir, una lucha que mantener, por poder ponerme de rodillas y rezar como las jóvenes que yo veía, al salir del colegio, mantenerse honestas en sociedad durante años a fuerza de fervor y resistencia! Yo, desgraciada, ¿qué tenía que hacer en la tierra? Nada más que acicalarme, mostrarme y aburrirme. Yo no tenía corazón, ni remordimientos, ni pavor; mi ángel de la guarda en lugar de velar, dormía. La Virgen y sus castos misterios carecían para mí de consuelo y de poesía. No tenía ninguna necesidad de protecciones celestiales; los peligros no estaban hechos para mí, y me despreciaba por aquello de lo que habría debido gloriarme.

Pues tengo que decirle que yo me acusaba lo mismo que a los demás cuando encontraba en mí aquella voluntad de no amar que degeneró en impotencia. Le había confiado con frecuencia a las mujeres que me presionaban para que eligiera un marido o un amante, el rechazo que me inspiraban la ingratitud, el egoísmo y la brutalidad de los hombres. Ellas se reían en mi propia cara cuando les hablaba así, asegurándome que todos no eran como mi viejo marido y que tenían secretos para hacerse perdonar sus defectos y vicios. Esta forma de razonar me sublevaba; me sentía humillada de ser mujer al oír a otras mujeres expresar sentimientos tan rastreros, y reír como locas cuando la indignación se me subía a la cara. Imaginaba por un instante valer más que todas ellas.

Y luego volvía dolorosamente sobre mí misma; el hastío me consumía. La vida de los demás estaba llena, la mía vacía y ociosa. Entonces me acusaba de locura y de ambición desmesurada; y me ponía a creer en todo lo que me habían dicho aquellas mujeres risueñas y filósofas, que tomaban su tiempo como era. Yo me decía que la ignorancia me había perdido, que me había forjado esperanzas quiméricas, que había soñado con hombres leales y perfectos que no existían en este mundo. En una palabra, que me acusaba de todos los agravios que habían cometido conmigo.

Mientras que las mujeres esperaron verme convertida a sus máximas y a lo que ellas llamaban su cordura, me soportaron. Había incluso alguna que había puesto en mí una gran esperanza de justificación para sí misma; más de una, que había pasado de los testimonios exagerados de una virtud esquiva a una conducta disipada, presumía de verme ofrecer al mundo el ejemplo de una ligereza capaz de excusar la suya.

Pero cuando vieron que eso no sucedía, que tenía ya veinte años y era incorruptible, sintieron horror de mí; pretendieron que yo era su crítica encarnada y viviente; me pusieron en ridículo ante sus amantes y mi conquista fue objeto de los más ultrajantes proyectos y de las más inmorales empresas. Mujeres de alto rango en sociedad no se ruborizaron en absoluto de tramar entre risas infames complots contra mí y, en la libertad de costumbres del campo, fui atacada de todas las maneras con una saña similar al odio. Hubo hombres que prometieron a sus amantes doblegarme, y mujeres que permitieron a sus amantes intentarlo. Hubo amas de casa que se ofrecieron a extraviar mi razón con la ayuda de los vinos de sus cenas. Tuve amigos y parientes que, para tentarme, me presentaron hombres que yo habría convertido en mis cocheros. Como había tenido la ingenuidad de abrirles toda mi alma, sabían muy bien que lo que me preservaba no era ni la piedad, ni el honor, ni un antiguo amor, sino la desconfianza y un sentimiento involuntario de repulsa; no dejaron de divulgar mi carácter y, sin tener en cuenta las incertidumbres y angustias de mi alma, aseguraron descaradamente que yo despreciaba a todos los hombres. Y no hay nada que les hiera más que ese sentimiento; los hombres perdonan antes el libertinaje que el desdén. Por la que compartieron la aversión que las mujeres sentían por mí; no me buscaron ya sino para satisfacer su venganza y criticarme después. Hallé la ironía y la falsedad escritas sobre todas las frentes, y mi misantropía se incrementó cada día.

Una mujer inteligente habría sabido cómo actuar; habría perseverado en la resistencia aunque no fuera sino para aumentar la rabia de sus rivales; se habría arrojado abiertamente en la piedad para asociarse a la sociedad de ese reducido número de mujeres virtuosas que, incluso en aquel tiempo, eran motivo de edificación para las personas honestas. Pero yo no tenía la suficiente fuerza de carácter como para hacer frente a la tormenta que se preparaba contra mí. Me veía desamparada, odiada, ignorada; mi reputación estaba sacrificada ya a las más horribles y extrañas imputaciones. Determinadas mujeres, entregadas al más licencioso desenfreno, fingían verse en peligro junto a mí.


II

Entre tanto, llegó de provincias un hombre sin talento, sin inteligencia, sin ninguna cualidad enérgica o seductora, pero dotado de gran candor y de una rectitud de sentimientos muy escasa en el mundo en el que me desenvolvía. Empecé a decirme que tenía que elegir a alguien, como decían mis compañeras. No podía casarme por ser madre y por carecer de confianza en la bondad de ningún hombre; no creía tener ese derecho. Por lo tanto, tenía que aceptar un amante para estar al nivel de la compañía en la que me habían arrojado. Me decidí por aquel provinciano, cuyo apellido y situación en el mundo me ofrecían una hermosa protección. Era el vizconde de Larrieux.

Él me amaba con la sinceridad de su alma. Pero ¿tenía alma? Era uno de esos hombres fríos y pragmáticos que ni siquiera poseen la elegancia del vicio y el espíritu de la mentira. Habitualmente me amaba como mi marido me había amado. Sólo estaba impresionado por mi belleza y no se molestaba en descubrir mi corazón. Lo que había en él no era desdén, era ineptitud. Si hubiera hallado en mí fuerza para amar, no habría sabido cómo corresponder a ella. No creo que haya existido un hombre más materialista que aquel pobre Larrieux. Comía con voluptuosidad, se dormía en todos los sillones, y el resto del tiempo lo pasaba tomando tabaco rapé. Por lo que siempre se hallaba ocupado en satisfacer algún apetito físico. No creo que tuviera una idea por día. Antes de hacerle entrar en mi intimidad, sentía amistad por él, porque si bien es cierto que no encontraba en él nada elevado, tampoco encontraba nada perverso; y sólo en eso radicaba su superioridad sobre lo que me rodeaba. Pensé pues, escuchando sus galanterías, que él me reconciliaría con la naturaleza humana y confié en su lealtad. Pero, apenas le hube dado sobre mí esos derechos que las mujeres débiles no recuperan jamás, me persiguió con un tipo de obsesión insoportable, y redujo todo su sistema afectivo a los únicos testimonios que él fuera capaz de apreciar.

Ya ve, amigo mío, que había pasado de Caribdis a Escila. Aquel hombre, que por su gran apetito y sus costumbres de siesta yo había considerado como de sangre tranquila, no tenía en sí ni siquiera el sentimiento de una fuerte amistad que yo esperaba encontrar. Decía riendo que le resultaba imposible sentir amistad por una bella mujer. ¡Y si supiera a qué llamaba él amor...!

No tengo en absoluto la pretensión de haber sido hecha de un barro distinto al de las demás criaturas humanas. Ahora que ya no soy de ningún sexo, pienso que entonces era tan mujer como cualquier otra, pero al desarrollo de mis facultades le faltó encontrar un hombre que yo hubiera podido amar lo suficiente como para arrojar algo de poesía sobre los hechos de la vida animal. Pero no era el caso, y usted mismo que es hombre y por consiguiente menos delicado sobre esta percepción de sentimiento, debe comprender el hastío que se adueña del corazón cuando uno se somete a las exigencias del amor sin haber comprendido las necesidades. En tres días, el vizconde de Larrieux se me hizo insoportable.

¡Y bien! amigo mío, ¡Jamás tuve energía para deshacerme de él! Durante sesenta años ha sido mi tormento y mi saciedad. Por complacencia, por debilidad o por aburrimiento lo he soportado. Siempre descontento de mis repugnancias, y siempre atraído por los obstáculos que yo ponía a su pasión, sintió por mí el amor más paciente, más animoso, más prolongado y más aburrido que un hombre haya tenido jamás por una mujer.

Es cierto que desde el momento en que yo lo había erigido en mi protector mi papel en sociedad fue infinitamente menos desagradable. Los hombres ya no se atrevían a buscarme porque el vizconde era un terrible espadachín y un celoso empedernido. Las mujeres, que habían predicho que yo sería incapaz de retener a un hombre, veían con despecho cómo el vizconde permanecía uncido a mi carro; y en mi paciencia para con él, tal vez hubiera algo de esa vanidad que no permite a una mujer parecer abandonada. No había mucho de qué presumir en la persona de aquel pobre Larrieux, pero era un hombre bastante apuesto, tenía corazón, sabía callarse a tiempo, llevaba un gran tren de vida, y tampoco carecía de esa fatuidad modesta que hace resaltar el mérito de una mujer. En fin, además de que las mujeres no desdeñaban en absoluto la fastidiosa belleza que a mí me parecía el principal defecto del vizconde, estaban sorprendidas de la devoción sincera que él me manifestaba, y lo proponían como modelo a sus amantes. Me encontraba pues en una situación envidiada; pero eso, se lo aseguro, sólo me resarcía a medias de los fastidios de la intimidad. Los soportaba no obstante con resignación y le guardaba a Larrieux una inviolable fidelidad. Vea, mi querido joven, si fui tan culpable para con él como usted cree.

-La he comprendido perfectamente -le contesté-, es decir que la compadezco y la estimo. Hizo un verdadero sacrificio a las costumbres de su tiempo y fue perseguida porque valía más que esas costumbres. Con un poco más de fuerza moral, habría encontrado usted en la virtud toda la felicidad que no encontró en la intriga. Pero permítame sorprenderme por un hecho: que no haya encontrado usted a lo largo de su vida un solo hombre capaz de comprenderla y digno de convertirla al verdadero amor. ¿Hay que concluir que los hombres de hoy valen más que los de antaño?

-Sería una gran fatuidad por su parte -me contestó riendo-. Tengo muy poco por lo que sentirme satisfecha de los hombres de mi tiempo y sin embargo dudo que hayan hecho ustedes muchos progresos; pero no moralicemos. Que sean lo que son; la culpa de mi infelicidad es sólo mía; no tenía inteligencia para juzgarlo. Con mi huraña altivez, habría tenido que ser una mujer superior y haber elegido, en una ojeada de águila, entre todos aquellos hombres tan vulgares, tal falsos y tan vacíos, a uno de esos seres verdaderos y nobles que son escasos y excepcionales en todos los tiempos. Yo era demasiado ignorante, demasiado limitada para eso. A fuerza de vivir, he adquirido más juicio: me di cuenta de que algunos de ellos que yo había confundido en mi pena, merecían otros sentimientos, pero entonces yo ya era vieja. Ya no era hora de atreverme.

-¿Y mientras fue usted joven -proseguí- no estuvo tentada ni una sola vez de hacer un nuevo intento? ¿Su arisca aversión no se suavizó jamás? Es extraño.


III

La marquesa guardó silencio un instante; pero, de repente, posando ruidosamente sobre la mesa la tabaquera de oro con la que había estado jugueteando largo rato, dijo:

-Está bien; puesto que he empezado a confesarme, quiero decirlo todo. Escuche bien: una vez, sólo una vez en mi vida he estado enamorada, pero enamorada como no lo ha estado nadie, con un amor apasionado, indomable, devorador y, pese a todo, ideal y platónico si lo hubo. ¡Oh! ¡Le sorprende saber que una marquesa del siglo XVIII no haya tenido en su vida nada más que un amor, y para colmo un amor platónico! Es que, sabe, amigo mío, ustedes los jóvenes creen conocer a las mujeres, pero lo cierto es que no entienden nada. Si muchas ancianas de ochenta años se pusieran a contarles sinceramente su vida, tal vez descubrieran ustedes en el alma femenina fuentes de vicio y de virtud que ni siquiera sospechan.

Ahora adivine de qué rango era el hombre por el que yo, marquesa y marquesa altanera y altiva entre todas, perdí por completo la cabeza.

-Era el rey de Francia, o el delfín Luis XVI.

-¡Oh! si empieza así, necesitará tres horas para llegar hasta mi enamorado. Prefiero decírselo de una vez: era un actor.

-Era también un rey, imagino.

-El más noble y elegante que se subió jamás a un escenario. ¿No está usted sorprendido?

-No demasiado. He oído decir que esas uniones desiguales no eran raras incluso en una época en la que los prejuicios alcanzaban el máximo nivel en Francia. ¿Qué amiga de la señora de Epinay era la que vivía con Jéliotte?

-¡Cómo conoce usted nuestro tiempo! Da pena. ¡Eh! precisamente porque esas situaciones están consignadas en las memorias, y citadas con sorpresa, debería usted deducir su rareza y su contradicción con las costumbres de la época. Puede estar seguro de que también entonces causaban gran escándalo; y cuando usted oye hablar de las horribles depravaciones del duque de Guiche y de Manicamp, de la señora de Lionne y de su hija, puede estar seguro de que esas cosas resultaban tan escandalosas en la época en la que ocurrieron como en la que usted las lee. ¿Cree usted pues que aquéllos cuya indignada pluma se las ha transmitido eran las únicas personas decentes de Francia?

No me atrevía a contradecir a la marquesa. No sé cuál de los dos era más competente para juzgar este asunto. La conduje de nuevo a su historia, que prosiguió diciendo:

-Para probarle hasta qué punto aquello era poco tolerado le diré que la primera vez que vi al actor y que expresé mi admiración a la condesa de Ferrières, que se encontraba a mi lado, ésta me contestó: «Mi bella amiga, haría bien en no manifestar tan ardientemente su opinión ante otra persona que no fuera yo; la criticarían cruelmente si sospecharan que olvida usted que a los ojos de una mujer bien nacida, un actor no puede ser un hombre.»

Esta frase de la señora de Ferrières se me quedó grabada en la memoria sin saber por qué. En la situación en la que me encontraba, aquel tono de desprecio me parecía absurdo; y el temor de llegar a comprometerme por mi admiración, me parecía una hipócrita maldad.

Se llamaba Lélio, era italiano de nacimiento, pero hablaba admirablemente el francés. Podía tener unos treinta y cinco años, aunque en el escenario pareciera frecuentemente no tener más de veinte. Interpretaba a Corneille mejor que a Racine, pero tanto en el uno como en el otro resultaba inimitable.

-Me sorprende, -dije interrumpiendo a la marquesa- que su nombre no haya quedado en los anales del arte dramático.

-No tuvo nunca reputación -respondió-; no lo apreciaban ni en la ciudad ni en la corte. Oí decir en alguna ocasión que en sus comienzos fue silbado de forma ultrajante. Luego se le tuvo en cuenta el ímpetu de su alma y sus esfuerzos por perfeccionarse y se le toleró, incluso se le aplaudió en ocasiones; pero, en conjunto, se le consideró siempre como un actor de mal gusto.

Era un hombre que, en cuestión de arte, no era más de su siglo que yo lo era del mío en cuestión de costumbres. Ésa fue probablemente la relación, inmaterial pero todopoderosa, que desde los dos extremos de la cadena social atrajo nuestras almas una hacia la otra. El público no comprendió mejor a Lélio que el mundo me juzgó a mí. «Este hombre exagera, se esfuerza, no siente nada» decían de él. «Esta mujer es despreciativa y fría, carece de corazón» decían de mí. ¡A saber si no éramos los dos seres que sentíamos con mayor intensidad de nuestra época!

En aquel tiempo, se representaba la tragedia decentemente; había que tener buen tono, incluso al dar una bofetada; había que morir convenientemente y caerse con gracia. El arte dramático iba acorde con el decoro de la buena sociedad; la dicción y los gestos de los autores debían estar de acuerdo con los miriñaques y el pelo empolvado con los que aún se representaba a Fedra y a Clitemnestra. Yo había notado y sentido los defectos de esa escuela. No iba demasiado lejos en mis reflexiones, pero la tragedia me aburría soberanamente; y, como era de mal gusto demostrarlo, iba animosamente a aburrirme dos veces por semana; la expresión fría y contrariada con la que escuchaba aquellas pomposas tiradas hacía decir de mí que era insensible al encanto de los hermosos versos.

Había estado una larga temporada fuera de París cuando volví una noche a la Comedia Francesa para asistir a la representación de El Cid. Durante mi permanencia en el campo, Lélio había sido admitido en aquel teatro, y yo lo veía por vez primera. Representó el papel de Rodrigo. Me emocioné tan pronto como escuché su voz. Era una voz más penetrante que sonora, una voz nerviosa y acentuada. La voz era una de las cosas que se le criticaba. Pretendían que el Cid debía tener una estatura baja, lo mismo que pretendían que todos los personajes de la antigüedad debían ser altos y robustos. Un rey que no tuviera cinco pies y seis pulgadas de estatura no podía ceñirse una corona: era contrario a las normas del buen gusto.

Lélio era menudo y frágil; su belleza no radicaba en las facciones, sino en la nobleza de su frente, en la gracia irresistible de las actitudes, en el abandono de su deambular, en la expresión altiva y melancólica de la fisonomía. Yo no había visto jamás en una escultura, en un cuadro, en un hombre, una potencia de belleza más ideal y más suave. El término encanto, que se aplicaba a todas sus palabras, a todas sus miradas, a todos sus movimientos, deberían haberlo creado para él.

¡Qué puedo decirle! Fue efectivamente un encantamiento lo que cayó sobre mí. Aquel hombre que andaba, hablaba, se movía sin método ni pretensión, que sollozaba con el corazón tanto como con la voz, que se olvidaba de sí mismo para identificarse con la pasión; aquel hombre que el alma parecía utilizar y romper y que en una sola mirada encerraba todo el amor que yo había buscado inútilmente en el mundo, ejerció sobre mí un poder realmente eléctrico; aquel hombre, que no había nacido en su tiempo de gloria y simpatías, y que sólo me tenía a mí para comprenderlo y marchar a su lado, fue durante cinco años mi rey, mi dios, mi vida, mi amor.

Ya no podía vivir sin verlo: me gobernaba, me dominaba. No era un hombre para mí; pero yo interpretaba esta frase de manera distinta a como lo hacía la señora de Ferrières; era mucho más: era una fuerza moral, un maestro intelectual cuya alma moldeaba la mía a su gusto. Pronto me resultó imposible contener las impresiones que recibía de él. Abandoné mi palco en la Comedia Francesa para no delatarme. Fingí haberme hecho devota e ir por la noche a rezar a las iglesias. En lugar de hacer esto, me vestía como una modistilla e iba a mezclarme con el pueblo para escucharlo y contemplarlo a mis anchas. Finalmente, me gané a uno de los empleados del teatro y conseguí, en un rincón de la sala, un asiento estrecho y recóndito donde ninguna mirada podía alcanzarme y hasta el que accedía por un pasillo secreto. Para mayor seguridad, me vestía como un estudiante. Aquellas locuras, que hacía por un hombre con el que no había intercambiado jamás ni una palabra ni una mirada, tenían para mí todo el atractivo del misterio y toda la ilusión de la felicidad. Cuando la hora del espectáculo sonaba en el enorme reloj de mi salón, violentas palpitaciones se adueñaban de mí. Trataba de recogerme mientras preparaban mi carruaje; me movía con agitación, y si Larrieux estaba cerca de mí, lo violentaba para hacer que se fuera y, con un arte infinito, alejaba a todos los demás inoportunos. El talento que me dio esta pasión de teatro no es creíble. Sin duda actué con mucho disimulo y mucha finura para lograr ocultársela durante cinco años a Larrieux, que era el más celoso de los hombres, y a todos los malvados que me rodeaban.

Tengo que decirle que, en lugar de combatirla, me entregaba a ella con avidez, con delicia. ¡Era tan pura! ¿Por qué pues me habría avergonzado de ella? Creaba en mí una vida nueva; me iniciaba en todo lo que yo había deseado conocer y sentir; hasta cierto punto, me hacía mujer.

Me sentía feliz, estaba orgullosa de sentirme temblar, ahogarme, desfallecer. La primera vez que un violento latido vino a despertar mi corazón inerte, sentí tanto orgullo como una joven madre ante el primer movimiento del hijo contenido en su seno. Me hice enfadadiza, risueña, maligna, desigual. El bueno de Larrieux observó que la devoción me producía singulares caprichos. En sociedad se percataron de que estaba cada día más bella, de que mis ojos negros se aterciopelaban, de que mi sonrisa tenía gracia, que mis observaciones acerca de todas las cosas eran más exactas y llegaban más lejos de lo que me habrían creído capaz. Concedieron todo el mérito de mi cambio a Larrieux que, sin embargo, era totalmente inocente del mismo.

Evoco deslavazadamente mis recuerdos porque ésta fue una etapa de mi vida en la que éstos me desbordan. Al contárselos, me parece rejuvenecer y que mi corazón palpita aún al oír el nombre de Lélio. Le decía hace un momento que al oír sonar el reloj me estremecía de alegría e impaciencia. Aún ahora creo experimentar la especie de delicioso sofoco que se adueñaba de mí al oír aquellos sonidos. Después de aquella época, las vicisitudes de fortuna me condujeron a sentirme feliz en un pequeño apartamento del Marais. ¡Pues bien! no añoro nada de mi rica casa, ni de mi noble barrio, ni de mi esplendor pasado, pero sí los objetos que me habrían recordado aquellos tiempos de amor y sueños. Salvé del desastre algunos muebles que datan de aquella época y que contemplo con la misma emoción que si la hora fuera a sonar y los pies de mis caballos fueran a golpear el pavimento. ¡Oh! amigo mío, no ame nunca así ¡es una tormenta que sólo se calma con la muerte!

Entonces salía, ágil y ligera, y joven, y feliz. Empezaba a apreciar todo aquello de lo que se componía mi vida, el lujo, la juventud, la belleza. La felicidad se revelaba a mí por todos los sentidos, por todos los poros. Suavemente acurrucada al fondo de mi carroza, con los pies hundidos en una piel, veía mi cara acicalada y brillante repetirse en el espejo enmarcado en oro situado frente a mí. La vestimenta de las mujeres, de la que tanto se han burlado después, era de una riqueza y esplendor extraordinarios; llevada con gusto y cuidada en sus exageraciones, prestaba a la belleza una nobleza y una gracia suave, de las que los cuadros no sabrían darle idea. Con todo aquel boato de plumas, tejidos y flores, una mujer se veía obligada a imprimirle una especie de lentitud a todos sus movimientos. Yo vi algunas de tez muy blanca que cuando iban con los cabellos empolvados y vestidas de blanco, arrastrando su larga cola de muaré y balanceando con ligereza las plumas de su frente, sin hipérbole, podían ser comparadas a cisnes. Efectivamente, y pese a lo que haya dicho Rousseau, más que a avispas, nos parecíamos a aves con aquellos enormes pliegues de raso, aquella profusión de muselinas y de polisones que ocultaban un cuerpo frágil, lo mismo que el plumón oculta a la tórtola; con aquellas largas aletas de encaje que caían del brazo, con aquellos vivos colores que abigarraban nuestras faldas, nuestros lazos y pedrerías; y cuando teníamos los pies en equilibrio dentro de las chinelas de tacón, parecíamos temer tocar la tierra y caminábamos con la desdeñosa precaución de una aguzanieves al bordo de un arroyo.

En la época de la que le hablo, empezaba a ponerse de moda el empolvado rubio que proporcionaba a los cabellos un tono suave y cenizoso. Esta manera de atenuar la crudeza de los tonos del cabello proporcionaba al rostro mucha dulzura y a los ojos un brillo extraordinario. La frente, totalmente despejada, se perdía entre los pálidos matices de aquellos cabellos de convención; parecía más ancha, más pura, y todas las mujeres tenían un aire noble. A los postizos rizados, que en mi opinión nunca fueron graciosos, le habían sucedido los peinados bajos, los grandes bucles echados hacia atrás, cayendo sobre el cuello y los hombros. Este peinado me sentaba muy bien y era famosa por la riqueza e innovación de mis adornos. Salía a veces con un vestido de terciopelo nacarado adornado con una greca; otras con una túnica de satén blanco, ribeteada de piel de tigre; en ocasiones con un traje completo de damasco lila con lamé de plata, y con plumas blancas montadas sobre perlas. Así iba a realizar algunas visitas mientras esperaba la hora de la segunda sesión, pues Lélio no actuaba jamás en la primera.

Causaba sensación en los salones, y cuando volvía a subir a mi carroza miraba con complacencia a la mujer que amaba a Lélio, y que podía hacerse amar por él. Hasta entonces, el único placer que había encontrado en el hecho de ser bella consistía en la envidia que inspiraba. El cuidado que ponía en embellecerme era una benigna venganza contra aquellas mujeres que habían tramado tan horribles maquinaciones contra mí. Pero, desde el momento en que estuve enamorada, empecé a gozar de mi belleza por mí misma. No tenía más que eso que ofrecerle a Lélio en compensación por todos los triunfos que se le negaban en París, y me divertía pensando en el orgullo y la alegría de aquel pobre actor tan ridiculizado, tan ignorado, tan rechazado, el día que supiera que la marquesa de R... lo admiraba profundamente.

Por lo demás, aquello no era sino sueños deleitables y fugaces; eran todos los resultados, todos los beneficios que sacaba de mi posición. Tan pronto como mis pensamientos tomaban cuerpo y me percataba de la consistencia de un proyecto cualquiera de mi amor, lo ahogaba con valentía, y todo el orgullo del rango recuperaba sus derechos sobre mi alma. ¿Me mira con sorpresa? Se lo explicaré después. Ahora déjeme seguir evocando el mundo encantado de mis recuerdos.

Hacia las ocho, ordenaba que me llevaran a la capilla de las Carmelitas, cerca del Luxemburgo; despedía a mi cochero y se suponía que asistía a las conferencias religiosas que allí tenían lugar a aquella hora; pero no hacía sino atravesar la iglesia, el jardín, y salir por otra calle. Iba a encontrarme en una buhardilla con una joven obrera llamada Florence, que me era fiel. Me encerraba en su cuarto y depositaba alegremente sobre su catre todas mis ropas para ponerme el traje negro, la espada con funda de piel de zapa y la peluca simétrica de un joven ayudante de colegio, aspirante al sacerdocio. Alta como era, morena y de mirada inofensiva, tenía realmente el aspecto desmañado e hipócrita de un curilla que se esconde para asistir a un espectáculo. Florence, que me suponía una intriga verdadera, reía conmigo de mis metamorfosis, y confieso que no las habría tomado más alegremente si hubiera ido a embriagarme de placer y de amor, como todas aquellas jóvenes alocadas que tenían cenas clandestinas en casas humildes.

Me subía a un simón e iba a acurrucarme en mi asiento del teatro. ¡Ah! entonces todas mis palpitaciones, mis terrores, mis alegrías, mis impaciencias cesaban. Un profundo recogimiento se adueñaba de todas mis facultades, y permanecía como absorta hasta que se levantaba el telón, esperando una gran solemnidad.

Como el buitre atrapa una perdiz en su vuelo magnético, como la mantiene jadeante e inmóvil dentro del círculo mágico que traza a su alrededor, así el alma de Lélio, su gran alma de actor trágico y de poeta, envolvía todas mis facultades y me sumergía en el aturdimiento de la admiración. Yo escuchaba, con las manos contraídas sobre las rodillas, el mentón apoyado sobre el terciopelo de Utrecht del palco, con la frente bañada en sudor. Retenía la respiración, maldecía la molesta claridad de las luces que me dejaba los ojos secos y abrasados, aferrados a todos sus gestos, a todos sus pasos. Me habría gustado aprehender la más mínima palpitación de su pecho, el menor pliegue de su frente. Sus emociones fingidas, sus desgracias de teatro, penetraban en mí como si fueran reales. Pronto no supe diferenciar el error de la verdad. Lélio ya no existía para mí: era Rodrigo, era Bajazet, era Hipólito. Odiaba a sus enemigos y temblaba con sus peligros; sus dolores me hacían derramar con él ríos de lágrimas; su muerte me arrancaba gritos que me veía obligada a sofocar mordiendo mi pañuelo. En los entreactos, caía agotada al fondo de mi palco; allí permanecía como muerta hasta que el chillón retornelo me anunciaba la subida del telón. Entonces resucitaba, volvía a ser fuerte y ardiente para admirar, para sentir, para llorar. ¡Cuánta frescura, cuánta poesía, cuánta juventud había en el talento de aquel hombre! Toda aquella generación tenía que ser de hielo para no caer a sus pies.

Y sin embargo, aunque chocara con todas las ideas establecidas, aunque le resultara imposible amoldarse al gusto de aquel público insulso, escandalizara a las mujeres con el desorden de su atuendo, u ofendiera a los hombres por su desprecio ante sus absurdas exigencias, tenía momentos de sublime autoridad y de irresistible fascinación, en los que cogía a todo ese público reacio e ingrato en su mirada y en su palabra, como en el hueco de su mano, y le obligaba a aplaudir y a estremecerse. Aquello era infrecuente, porque no se cambia de repente todo el espíritu de un siglo, pero cuando sucedía, los aplausos eran frenéticos; parecía como si subyugados entonces por su genialidad, los parisinos quisieran expiar todas sus injusticias. Yo creía más bien que aquel hombre tenía momentos de poder sobrenatural, y que sus más amargos denigradores se sentían obligados a hacerle triunfar incluso en contra de su voluntad. Verdaderamente, en esos momentos la sala de la Comedia Francesa parecía presa de delirio, y al salir todos se miraban completamente sorprendidos de haber aplaudido a Lélio. Yo, por mi parte, me entregaba entonces a mi emoción: gritaba, lloraba, pronunciaba su nombre con pasión, lo llamaba con locura; por fortuna, mi débil voz se perdía entre la inmensa tempestad que se desencadenaba a mi alrededor.

Otras veces le silbaban en situaciones en las que a mí me parecía sublime, y abandonaba el espectáculo con rabia. Aquellos días eran los más peligrosos para mí. Me sentía vehementemente tentada de ir a su encuentro, llorar con él, maldecir el siglo y consolarlo ofreciéndole mi entusiasmo y mi amor.

Una noche en que salía por el pasaje secreto al que era admitida, vi pasar rápidamente por delante de mí a un hombre pequeño y delgado que se dirigía hacia la calle. Un tramoyista se levantó el sombrero diciéndole: «Buenas noches, señor Lélio». De inmediato, ávida de contemplar de cerca aquel hombre extraordinario, salgo tras él, cruzo la calle, y sin preocuparme del peligro al que me expongo, entro con él en un café. Afortunadamente, era un cafetucho en el que no encontraría a ninguna persona de mi rango.

Cuando, a la luz de una mala lámpara ahumada, clavé mis ojos en Lélio, creí haberme equivocado y haber seguido a otra persona. Tenía por lo menos treinta y cinco años: estaba amarillento, marchito, deteriorado; mal vestido; tenía un aspecto vulgar; hablaba con voz ronca y apagada, estrechaba la mano a personas de clase baja, bebía aguardiente y blasfemaba terriblemente. Necesité oír pronunciar su nombre muchas veces para convencerme de que era el dios del teatro, el intérprete del gran Corneille. No encontraba en él ninguno de los encantos que me habían fascinado, ni siquiera su mirada tan noble, tan ardiente y tan triste. Sus ojos eran mustios, apagados, casi taciturnos; su marcada pronunciación resultaba ridícula cuando se dirigía al camarero o cuando hablaba de juego, de cabaret o de mujeres. Su andar era descuidado, su aspecto sucio, sus mejillas tenían aún restos de maquillaje. Ya no era Hipólito, era Lélio. El templo estaba vacío y pobre; el oráculo estaba mudo; el dios se había convertido en hombre; ni siquiera en hombre, en actor.

Se marchó y yo permanecí largo rato estupefacta en mi silla, sin pensar en absoluto en tomarme el vino caliente salpimentado que había pedido para dármelas de desenvuelta. Cuando me percaté del lugar en el que me encontraba y de las miradas que se clavaban en mí me entró miedo; era la primera vez en mi vida que me encontraba en una situación tan equívoca y en contacto tan directo con personas de esta clase; posteriormente, la emigración me acostumbró de sobra a estas inconveniencias de posición.

Me levanté e intenté huir, pero olvidaba pagar. El camarero corrió detrás de mí. Sentí una horrible vergüenza; tuve que volver a entrar, dar explicaciones en el mostrador y soportar todas aquellas miradas desconfiadas y burlonas dirigidas hacia mí. Cuando salí, tuve la impresión de que alguien me seguía. Busqué en vano un simón para meterme en él, pero ya no había ninguno junto a la Comedia Francesa. Unos pasos pesados se dejaban oír tras los míos. Me di la vuelta temblando; vi a un alto perantón que había visto en un rincón del café, y que tenía aspecto de polizonte o de algo peor. Me habló; no sé lo que me dijo, porque el pánico me privaba de razón; pese a todo, tuve la suficiente presencia de ánimo como para deshacerme de él. Transformada de repente en heroína por el valor que produce el miedo, le di rápidamente un bastonazo en la cara, y, arrojando después el bastón para correr mejor, mientras él permanecía aturdido por mi audacia, eché a correr, rápida como una flecha y no me detuve hasta que llegué a casa de Florence. Cuando al día siguiente a las doce me desperté en mi lecho de cortinas acolchadas y de capiteles de plumas rosadas, creí haber tenido un mal sueño y sentí gran mortificación por mi decepción y mi aventura de la víspera. Me creí curada de mi amor, e intenté felicitarme por ello, pero fue en vano. Sentí un disgusto mortal; el hastío volvía a abatirse sobre mi vida, y todo perdía su encanto. Aquel día puse en la calle a Larrieux.

Llegó la noche y no me aportó las agradables agitaciones de otras noches. El mundo me pareció insípido. Fui a la iglesia y escuché la conferencia resuelta a convertirme en devota; me enfrié allí y regresé enferma. Estuve en cama varios días. La condesa de Ferrières vino a verme y me aseguró que no tenía fiebre, que era la cama la que me hacía enfermar y que tenía que distraerme, salir, ir a la Comedia Francesa. Creo que había puesto los ojos en Larrieux y deseaba mi muerte. Me forzó a ir con ella a la representación de Cinna. «Ya no asiste al teatro -me decía-; la devoción y el tedio la están debilitando. Hace mucho tiempo que no ha visto a Lélio; ha hecho progresos; ahora lo aplauden a veces; creo que llegará a hacerse soportable».

No sé cómo me dejé convencer. Además, desencantada de Lélio como estaba, ya no corría el riesgo de delatarme afrontando sus seducciones en público. Me acicalé en exceso y fui a un gran palco de proscenio a desafiar un peligro en el que ya no creía. Pero el peligro no fue nunca más inminente. Lélio estuvo sublime, y me di cuenta de que nunca había estado más enamorada de él. La aventura pasada no me parecía ya sino un sueño; no era posible que Lélio fuera distinto de cómo me parecía sobre el escenario. En contra de mi voluntad, volví a caer en todos los terribles estremecimientos que él sabía comunicarme. Me vi obligada a cubrir mi rostro lloroso con mi pañuelo; en mi desorden, me borré el carmín, me quité las moscas, y la condesa de Ferrières me obligó a retirarme al fondo del palco porque mi emoción estaba causando sensación en la sala. Afortunadamente, tuve la habilidad de hacer creer que todo aquel enternecimiento era producido por la interpretación de la señorita Hippolyte Clairon. En mi opinión, era una actriz trágica bastante fría y circunspecta, demasiado superior probablemente, por su educación y su carácter, a la profesión de teatro como se entendía entonces; pero la manera como decía Tout beau, en Cinna, le había dado una reputación de altos vuelos.

Es verdad que cuando actuaba junto a Lélio se crecía. Aunque manifestara un desprecio de buen tono por el método actorial de él, recibía la influencia de su genialidad sin percatarse de ello, y se inspiraba en él cuando la pasión los ponía en relación sobre el escenario.

Aquella noche Lélio me vio, no sé si por mi atuendo o por mi emoción; pues lo vi inclinarse un momento en que estaba fuera del escenario, hacia uno de los hombres que en aquella época estaban sentados en el escenario, y preguntarle mi nombre. Lo comprendí por la forma en la que sus miradas me señalaron. Tuve en ese momento una taquicardia que estuvo a punto de asfixiarme, y observé que, a lo largo de la obra, los ojos de Lélio se dirigieron en numerosas ocasiones hacia mí. ¡Qué no habría dado por saber lo que le había dicho de mí el caballero de Brétillac, al que él había preguntado y que, sin dejar de mirarme, le había hablado varias veces! El rostro de Lélio, obligado a permanecer grave para no degradar la dignidad de su papel, no había expresado nada que pudiera hacerme adivinar qué tipo de información le habían dado sobre mí. Además yo conocía muy poco a ese tal Brétillac, y no me imaginaba qué había podido decir de mí.

Sólo a partir de aquella noche comprendí qué tipo de amor era el que me encadenaba a Lélio: era una pasión completamente intelectual y novelera. No era a él al que yo amaba, sino a los personajes de épocas pasadas que él sabía interpretar; esos prototipos de franqueza, lealtad y ternura desaparecidos para siempre revivían con él y yo me encontraba, con él y por él, transportada a una época de virtudes ya olvidadas. Tenía el orgullo de pensar que en aquellos días no habría sido despreciada y difamada, que mi corazón habría podido entregarse, y que no me habría visto reducida a amar a un fantasma de comedia. Lélio no era para mí sino la sombra del Cid, el representante del amor antiguo y caballeresco del que se burlaban todos en aquel momento en Francia. A él, al hombre, al histrión, no le temía, lo había visto; sólo podía amarlo en público. Mi Lélio era un ser ficticio que no podía aprehender tan pronto como se alejaba de la araña de cristal de la Comedia. Necesitaba el espejismo del escenario, el reflejo de los quinqués, el atuendo para ser el que yo amaba. Al despojarse de todo eso entraba para mí en la nada, como una estrella que desapareciera con la luz del día. Fuera de las tablas, no sentía el menor deseo de verlo, incluso me habría desesperado de hacerlo. Habría sido para mí como contemplar a un gran hombre reducido a un poco de ceniza en una vasija de barro.

Mis frecuentes ausencias a las horas en las que acostumbraba a recibir a Larrieux, y sobre todo mi rechazo absoluto a no tener con él más relación que la amistad, le produjeron un acceso de celos, más justificado, lo reconozco, que ninguno de los que hubiera sentido antes. Una noche en que me dirigía a las Carmelitas con intención de escaparme por la otra puerta, me di cuenta de que me seguía y comprendí que a partir de entonces me resultaría casi imposible ocultarle mis salidas nocturnas. Adopté pues la decisión de asistir públicamente al teatro. Adquirí poco a poco la hipocresía necesaria para contener mis emociones, y además me puse a manifestar abiertamente una admiración por Hippolyte Clairon que podía engañar sobre mis verdaderos sentimientos. A partir de entonces me sentí más incómoda; forzada como estaba a contenerme, mi placer era menos intenso y profundo. Pero de esta situación nació otra que estableció una rápida compensación. Lélio me veía, me observaba; mi belleza le había impresionado, mi sensibilidad le halagaba. A sus ojos les costaba separarse de mí. Eso le produjo a veces distracciones que disgustaron al público. Pronto me resultó imposible equivocarme: se había enamorado perdidamente de mí.

A la princesa de Vaudemont le apeteció mi palco y yo se lo cedí para pasar a ocupar otro más pequeño, más escondido y mejor situado. Estaba exactamente por encima de las candilejas, no me perdía ni una mirada de Lélio, cuyos ojos podían buscarme sin comprometerme. Además, ni siquiera necesitaba este medio para entablar relación con todas sus sensaciones: en el sonido de su voz, en los suspiros de su pecho, en el tono que daba a determinados versos, a determinadas palabras, yo comprendía que se dirigía a mí. Me sentía la más orgullosa y feliz de las mujeres, pues en esos momentos no era por el actor sino por el héroe por quien era amada.

¡Pues bien!, tras dos años de un amor que había alimentado, desconocido y solitario, en el fondo de mi alma, tres inviernos más pasaron sobre este amor ahora compartido sin que jamás mi mirada le concediera a Lélio el derecho a esperar otra cosa que esas relaciones íntimas y misteriosas. Supe después que Lélio me había seguido frecuentemente en mis paseos; yo no me digné verlo ni distinguirlo entre el gentío, tan escaso deseo tenía de verlo fuera del teatro. Aquellos cinco años son los únicos que viví de mi vida de ochenta.

Finalmente, un día leí en el Mercure de France el nombre de un nuevo actor contratado por la Comedia Francesa para reemplazar a Lélio que se marchaba al extranjero. Aquella noticia fue un golpe mortal para mí; no podía concebir cómo viviría a partir de entonces sin aquella emoción, sin aquella existencia de pasión y tormenta. Aquello forzó a mi amor a hacer un progreso inmenso y estuvo a punto de perderme.

A partir de entonces no me esforcé en asfixiar desde su inicio cualquier pensamiento contrario a la dignidad de mi rango. Ya no me congratulé de lo que era realmente Lélio. Sufrí, murmuré en secreto por qué no era lo que parecía ser sobre el escenario, y llegué a desear que fuera bello y joven como el arte lo hacía cada noche, con el fin de poder sacrificarle todo el orgullo de mis prejuicios y todas las repugnancias de mi ser. Ahora que iba a perder a aquel ser moral que llenaba desde hacía tanto tiempo mi alma, sentía deseos de realizar todos mis sueños y pasar a la acción, aunque después tuviera que detestar la vida, a Lélio y a mí misma. Me encontraba en esa irresolución, cuando recibí una carta con una grafía desconocida para mí; es la única carta de amor que he conservado de entre las mil protestas escritas por Larrieux y de entre las mil declaraciones perfumadas de otros cien. Es que, en realidad, es la única carta de amor que recibí en mi vida.»

La marquesa se detuvo, se levantó, fue a abrir con mano diestra un cofre de marquetería y sacó de él una carta arrugada que leí con esfuerzo:

«Señora: Estoy moralmente convencido de que esta carta no le inspirará sino desprecio; no la encontrará siquiera digna de su cólera. Pero ¿qué le importa a un hombre que cae en un abismo una piedra más o menos en el fondo? Me considerará loco y no se equivocará. Pues bien, tal vez me compadezca en secreto, dado que no puede dudar de mi sinceridad. Por muy humilde que la piedad la haya hecho, tal vez comprenda la magnitud de mi desesperación; usted debe saber ya, señora, cuánto mal y cuánto bien pueden hacer sus ojos.

¡Pues bien! repito, si obtengo de usted un solo pensamiento de compasión, si esta noche, a la hora ávidamente deseada en la que cada noche vuelvo a vivir, percibo en sus facciones una ligera expresión de piedad, me marcharé menos triste; me llevaré de Francia un recuerdo que tal vez me dé fuerzas para vivir lejos y proseguir mi ingrata y dolorosa carrera.

Pero usted debe saberlo ya, señora: es imposible que mi turbación, mi ardor, mis gritos de cólera y de desesperación no me hayan traicionado veinte veces en el escenario. No ha podido usted encender todo ese fuego sin ser un poco consciente de lo que hacía. ¡Ah! tal vez haya jugado como un tigre con su presa, tal vez haya convertido en un entretenimiento todos mis tormentos y locuras.

¡Oh! no: es demasiada presunción. No, señora, no lo creo; ni siquiera se le ha ocurrido hacerlo. Usted es sensible a los versos del gran Corneille, se identifica con las nobles pasiones de la tragedia, y eso es todo. Y yo, insensato, me he atrevido a creer que mi voz despertaba en ocasiones sus simpatías, que mi corazón tenía eco en el suyo, que entre usted y yo había algo más que entre el público y yo. ¡Oh! ¡era una insigne pero muy dulce locura! Déjemela, señora ¿qué puede importarle? ¿Temería que presumiera de ella? ¿Con qué derecho podría hacerlo, y qué título tendría para ser creído bajo palabra? No haría sino entregarme al escarnio de las personas sensatas. Déjeme, le repito, este convencimiento que acojo temblando y que él solo me ha proporcionado más felicidad que pesar me ha causado la severidad del público hacia mí. Permítame bendecirla, agradecerle de rodillas la sensibilidad que he descubierto en su alma y que ninguna otra alma me ha concedido; las lágrimas que le he visto derramar ante mis desgracias de teatro y que, con frecuencia, han llevado mi inspiración hasta el delirio; las tímidas miradas que, así lo he creído al menos, intentaban consolarme de la frialdad de mi auditorio.

¡Oh! ¡Por qué nació usted en el esplendor y el fasto! ¡Por qué no soy sino un pobre actor sin gloria ni fama! ¡Por qué no tendré el favor del público y la riqueza de un banquero para cambiarlos por un apellido, por uno de esos títulos que he despreciado hasta ahora, y que me permitiría, tal vez, aspirar a usted! Antes prefería la distinción del talento a cualquier otra; me preguntaba de qué sirve ser caballero o marqués si no es para ser tonto, fatuo e impertinente; odiaba el orgullo de los nobles y me consideraba suficientemente vengado de su desdén si me elevaba por encima de ellos gracias a mi arte.

¡Quimeras y decepciones! Mis fuerzas han traicionado a mi insensata ambición. Me he quedado en la mediocridad; aún peor, he rozado el éxito y lo he dejado escapar. Yo creía sentirme grande, y me han arrojado al polvo; creía alcanzar lo sublime y me han condenado al ridículo. ¡El destino me ha cogido con mis sueños desmesurados y mi alma audaz y me ha partido como un junco! ¡Soy un hombre muy desgraciado!

Pero la mayor de mis locuras ha sido lanzar mis miradas por encima de esas candilejas que trazan la línea insuperable entre yo y el resto de la sociedad. Es para mí el círculo de Gaius Popillius y ¡he querido franquearlo! Yo actor, me he atrevido a tener ojos y a ponerlos en una bella mujer. ¡Una mujer tan joven, tan noble, tan amorosa y situada tan alto! Pues usted es todo eso, señora, yo lo sé. La sociedad la acusa de frialdad y de exagerada devoción, pero sólo yo la juzgo y la conozco. Una sola de sus sonrisas, una sola de sus lágrimas, han bastado para desmentir las estúpidas fábulas que un tal caballero de Brétillac me contó en contra de usted.

¡Pero qué destino es también el suyo! ¡Qué extraña fatalidad pesa pues sobre usted como sobre mí para que en medio de una sociedad tan brillante y que se cree tan ilustrada, no haya encontrado usted para hacerle justicia nada más que el corazón de un pobre actor? ¡Pues bien! nada podrá quitarme la idea triste y consoladora de que si hubiéramos nacido en un mismo peldaño de la sociedad, no habría podido escapárseme, fueran quienes fueran mis rivales, y fuera como fuera mi mediocridad. Tendría que haberse rendido a una evidencia, y es que hay en mí algo mucho más grande que sus fortunas y sus títulos, que es la capacidad de amarla.

LÉLIO».

Esta carta -prosiguió la marquesa- extraña para la época en la que fue escrita, me pareció, pese a algunas reminiscencias de declamación raciniana que se perciben al inicio, tan intensa y verdadera, encontré en ella un sentimiento de pasión tan nuevo y atrevido, que me sentí trastornada. El resto de orgullo que combatía en mi interior se desvaneció. Habría dado toda mi vida a cambio de una hora de semejante amor.

No le contaré mi ansiedad, mis fantasías, mi terror; yo misma no podría seguir el hilo y la lógica. Le contesté estas frases, tal como las recuerdo:

«No le acuso de nada, Lélio, acuso al destino; y no lo compadezco a usted solo, me compadezco también a mí. Por ninguna razón de orgullo, prudencia o gazmoñería, quisiera quitarle el consuelo de sentirse distinguido por mí. Consérvelo porque es el único que pueda ofrecerle. No puedo consentir en verlo.»

Al día siguiente recibí una nota que leí apresuradamente y que apenas tuve tiempo de arrojar al fuego para evitar que la viera Larrieux, que me sorprendió ocupada en leerla. Estaba redactada más o menos en estos términos:

«Señora: Es necesario que hable con usted o que me muera. Una vez, una sola vez, sólo una hora si usted quiere. ¿Qué teme pues de una entrevista, puesto que confía en mi honor y discreción? Señora, sé quién es usted; conozco la austeridad de sus costumbres, conozco su piedad, conozco incluso sus sentimientos por el vizconde de Larrieux. No tengo la insensatez de esperar de usted otra cosa que una palabra de compasión; pero es necesario que caiga de sus labios sobre mí. Es necesario que mi corazón la recoja y se la lleve, o es necesario que mi corazón se rompa.

LÉLIO.»

Diré para mi gloria, pues toda noble y valiente confianza es gloriosa en el peligro, que no tuve ni un instante el temor de ser engañada por un impúdico libertino. Creí religiosamente en la humilde sinceridad de Lélio. Además yo confiaba en mi fuerza; me decidí a verlo. Había olvidado por completo su rostro marchito, su mal gusto, su aspecto vulgar; ya no conocía de él sino el prestigio de su genialidad, su estilo y su amor. Le contesté:

«Me encontraré con usted; busque un lugar seguro; pero no espere de mí sino lo que solicita. Confío en usted como en Dios. Si intentara abusar de esa confianza, sería un miserable y yo no le temería».

Su respuesta decía:

«Su confianza la salvaría del último de los infames. Ya verá, señora, que Lélio no es indigno. El duque de *** ha tenido la amabilidad de ofrecerme a veces su casa de la calle de Valois, ¿qué habré hecho en ella? Desde hace tres años no existe para mí más que una mujer bajo el sol. Dígnese acudir a la cita al salir de la Comedia».

Seguía la dirección del lugar de la cita.

Recibí esta nota a las cuatro. Toda la negociación se había desarrollado en el espacio de un día. Yo había empleado la jornada en recorrer mis aposentos como una persona privada de razón; tenía fiebre. Esta rapidez de acontecimientos y decisiones, contrarias a cinco años de resoluciones, me exaltaba como un sueño: y cuando tomé la decisión, cuando vi que me había comprometido y que ya no era momento de dar marcha atrás, me derrumbé sobre mi otomana, sin poder respirar y viendo cómo mi habitación daba vueltas a mi alrededor.

Me sentí realmente mal; hubo que llamar a un médico que me practicó una sangría. Le prohibí a mi personal de servicio que dijera una palabra a nadie acerca de mi indisposición; temía las inoportunidades de los que dan consejos, y no quería que nadie me impidiera salir por la noche. Mientras esperaba el momento, me dejé caer sobre mi cama y no le permití entrar a mi habitación ni siquiera al señor de Larrieux.

La sangría me había aliviado físicamente pero también me había debilitado. Caí en una gran postración; todas mis ilusiones se esfumaron con la excitación de la fiebre. Recuperé la razón y la memoria; recordé la terrible decepción del café, el miserable aspecto de Lélio; me dispuse a avergonzarme de mi locura, a caer desde el pináculo de mis quimeras hasta la vil e innoble realidad. Ya no comprendía cómo había podido decidirme a cambiar la heroica y novelesca ternura por el tedio que me esperaba y la vergüenza que envenenaría todos mis recuerdos. Tuve entonces una mortal pesadumbre de lo que había hecho; lloré mis encantamientos, mi vida de amor, y el porvenir de satisfacción pura e íntima que iba destruir. Lloré sobre todo a Lélio que, al verlo, iba a perder para siempre, que había tenido la felicidad de amar durante cinco años, y que no podría amar dentro de unas horas.

En medio de mi aflicción me retorcí los brazos con fuerza; mi sangría se volvió a abrir, y la sangre brotó en abundancia; sólo tuve tiempo de llamar a mi doncella que me encontró desvanecida sobre la cama. Un profundo y pesado sueño, contra el que luché inútilmente, se adueñó de mí. No soñé, no sufrí, estuve como muerta durante unas horas. Cuando volví a abrir los ojos mi habitación estaba a oscuras, mi casa silenciosa y mi doncella dormía en una silla al pie de mi cama. Permanecí algún tiempo en un estado de sopor y debilidad que no me permitía tener ni un recuerdo, ni un pensamiento. De repente me volvió la memoria y me pregunté si la hora y el día de la cita habían pasado, si había dormido una hora o un siglo, si era de día o de noche, si mi falta de palabra había matado a Lélio, o si aún estaba a tiempo. Intenté levantarme pero me faltaron las fuerzas; me debatí durante unos instantes como en una pesadilla. Finalmente reuní toda mi voluntad y la llamé en ayuda de mis miembros abatidos. Salto de la cama, descorro mis cortinas, veo la luna brillar por entre los árboles de mi jardín; corro hacia el reloj: marca las diez. Me dirijo hacia mi doncella, la sacudo, la despierto sobresaltada: «Quinette, ¿en qué día estamos?». Abandona su silla gritando y trata de huir porque cree que estoy delirando; la retengo, la tranquilizo; me entero de que sólo he dormido tres horas. Doy gracias a Dios. Pido un simón; Quinette me mira con estupor. Por fin se convence de que estoy en mis cabales, transmite mi orden y se dispone a vestirme.

Hice que me pusiera el más sencillo y púdico de mis vestidos; no me coloqué ningún tipo de adorno en el cabello, y me negué a usar carmín. Quería ante todo inspirarle a Lélio estima y respeto, que eran para mí más valiosas que el amor. Sin embargo, tuve un sentimiento de placer cuando Quinette, sorprendida de todo lo que me pasaba por la cabeza, me dijo mirándome de pies a cabeza: «Realmente, señora, no sé cómo lo hace; sólo lleva un sencillo vestido blanco sin cola ni miriñaque; está enferma y pálida como una muerta; no ha querido ponerse ni siquiera una mosca; ¡pues bien! que me muera si la he visto alguna vez más bella que esta noche. ¡Compadezco a los hombres que la miren!

-¿Me crees pues sensata, mi pobre Quinette?

-¡Ah! señora marquesa, pido al cielo a diario ser como usted, pero hasta la presente...

-Vamos, ingenua, dame mi manteleta y mi manguito.

A medianoche me encontraba en la casa de la calle de Valois. Iba cuidadosamente embozada. Una especie de lacayo acudió a recibirme; era el único ocupante visible de aquella misteriosa vivienda. A través de los paseos de un oscuro jardín me condujo hasta un pabellón envuelto en sombras y silencio. Tras haber depositado en el vestíbulo su farol de seda verde, me abrió la puerta de un apartamento oscuro y profundo, me mostró con un gesto respetuoso y expresión impasible el rayo de luz que llegaba desde el fondo de la crujía, y me dijo en voz baja, como si hubiera temido despertar a los ecos dormidos: «La señora está sola, no ha llegado nadie aún. La señora encontrará en el salón de verano un llamador al que responderé si tiene usted necesidad de algo». Y desapareció como por encanto, cerrando la puerta detrás de mí.

Me entró un miedo horrible; temía haber caído en una trampa. Lo llamé. Apareció de inmediato y su aspecto solemnemente bobo me tranquilizó. Le pregunté qué hora era; yo lo sabía muy bien pues había hecho sonar más de diez veces mi reloj en el coche. «Son las doce de la noche», contestó sin mirarme. Vi que se trataba de un hombre perfectamente instruido en los deberes de su puesto. Me decidí a entrar hasta el salón de verano, y comprendí lo injusto de mis temores al ver que todas las puertas que daban al jardín sólo estaban cerradas por cortinas de seda pintada al estilo oriental. No había nada más delicioso que aquel gabinete que, en realidad, no era sino el salón de música más decente del mundo. Los muros eran de estuco blanco como la nieve, los marcos de los espejos en plata mate; los instrumentos de música, de una riqueza extraordinaria, estaban dispersos sobre muebles de terciopelo blanco con borlas de perlas. Toda la luz caía desde arriba, pero tamizada por hojas de alabastro que formaban como un techo en la rotonda. Podría haberse tomado aquella claridad mate y suave por la de la luna. Examiné con curiosidad, con interés, aquel aposento con el que mis recuerdos no podían comparar nada. Era y fue la única vez en mi vida que puse los pies en una sala de este tipo; pero bien porque no fuera una pieza destinada a servir de templo para los misterios galantes que allí se celebrarían, bien porque Lélio hubiera hecho desaparecer cualquier objeto que hubiera podido herir mi vista y hacerme sufrir por mi posición, lo cierto es que aquel lugar no justificaba ninguna de las repugnancias que había sentido al entrar en él. Sólo había una estatua de mármol blanco decorando aquel espacio; era antigua y representaba a Isis con un velo y un dedo en los labios. Los espejos que nos reflejaban, a ella y a mí, pálidas, vestidas de blanco y pudorosamente cubiertas las dos, me producían la sensación de que tenía que moverme para distinguir su forma de la mía.

De repente, aquel silencio profundo, amedrentador y delicioso a la vez, se interrumpió; la puerta del fondo se abrió y volvió a cerrarse; unos pasos ligeros hicieron crujir el parquet. Caí sobre mi sillón, más muerta que viva; iba a ver a Lélio de cerca, fuera del teatro. Cerré los ojos, y antes de volver a abrirlos, le dije adiós interiormente.

¡Pero cuál no fue mi sorpresa! Lélio estaba bello como los ángeles; no se había quitado sus ropas de teatro, era el traje más elegante que yo le hubiera visto. Su silueta, delgada y flexible, estaba embutida en un jubón español de raso blanco. Los lazos de los hombros y de las jarreteras eran de cinta rojo cereza; una capa corta, del mismo color, estaba posada sobre un hombro. Llevaba una enorme gola en punto de Inglaterra, el cabello corto y sin empolvar; una gorra sombreada de plumas blancas que se balanceaban sobre su frente, donde brillaba un rosetón de diamantes. Era con aquel atuendo con el que acababa de representar el papel de Don Juan en el Festin de Pierre. No lo había visto jamás tan bello, tan joven, tan poético como en aquel momento. Velásquez se habría postrado ante semejante modelo.

Se puso de rodillas ante mí. No pude reprimir tenderle una mano. ¡Tenía un aspecto tan temeroso y sumiso! ¡Un hombre enamorado hasta el punto de ser tímido ante una mujer era tan raro en aquel tiempo! ¡y más un hombre de treinta y cinco años, un actor!

No importa: me pareció, me sigue pareciendo aún, que se encontraba en toda la lozanía de la adolescencia. Con aquel traje blanco parecía un joven paje; su frente tenía toda la pureza y su corazón agitado todo el ardor de un primer amor. Tomó mis manos y las cubrió de besos devoradores. Entonces enloquecí; atraje su cabeza hacia mis rodillas; acaricié su frente ardiente, sus cabellos fuertes y negros, su cuello moreno que se perdía en la suave blancura de su gorguera, y Lélio no se enardeció en absoluto. Toda su emoción se concentró en su corazón; y se puso a llorar como una mujer. Me inundó con sus sollozos.

¡Oh! le confieso que mezclé los míos con delicia. Le obligué a levantar la cabeza y a mirarme. ¡Qué bello estaba, Dios santo! ¡Qué brillo y qué ternura había en sus ojos! ¡Cuántos encantos prestaba su alma sincera y cálida incluso a los defectos de su figura y a los ultrajes de las vigilias y de los años! ¡Oh! ¡qué fuerza tiene el alma! ¡el que no ha comprendido sus milagros no ha amado jamás! Viendo las arrugas prematuras de su hermosa frente, la languidez de su sonrisa, la palidez de sus labios, me enternecía; necesitaba llorar por la desazón, el hastío y los trabajos de toda su vida. Me identificaba con todas sus penas, incluso con las producidas por su prolongado amor sin esperanza por mí, y sólo deseaba una cosa: reparar el daño que había padecido.

«¡Mi querido Lélio, mi gran Rodrigo, mi bello Don Juan!» le decía en mi desvarío. Sus miradas me quemaban. Me habló, me contó todas las fases, todos los progresos de su amor; me dijo cómo de un histrión de costumbres laxas, yo había hecho un hombre ardiente y vivaz, cómo lo había elevado a sus propios ojos, cómo le había devuelto el valor y las ilusiones de la juventud; me habló de su respeto, de su veneración por mí, de su desprecio por las ridículas farfantonerías del amor a la moda; me dijo que daría todos los días que le quedaran por vivir por una hora pasada entre mis brazos, pero que sacrificaría esa hora y todos los días ante el temor de ofenderme. Jamás elocuencia más penetrante entusiasmó el corazón de una mujer; jamás el tierno Racine hizo hablar el amor con esta convicción, esta poesía y esta fuerza. Todo lo que la pasión puede inspirar de delicado y de grave, de suave y de impetuoso, sus palabras, su voz, sus ojos, sus caricias y su sumisión me lo enseñaron. ¡Ay! ¿se estaba burlando de mí? ¿estaba representando una comedia?»

-No lo creo -exclamé yo mirando a la marquesa.

Parecía rejuvenecer al hablar y escrutar sus casi cien años, como el hada Urgèle. No sé quién dijo que el corazón de una mujer no tiene arrugas...

«Escuche el final -me dijo-. Ardiente, perdida, perdida por todo lo que él me decía, eché mis brazos alrededor de él, me estremecí al rozar el raso de su traje, al respirar el perfume de sus cabellos. Perdí la cabeza. Todo lo que ignoraba, todo lo que yo me creía incapaz de sentir, se me reveló, pero fue de forma demasiado violenta y me desvanecí.

Me hizo volver en mí con rápidos socorros. Lo encontré a mis pies, más tímido, más conmovido que nunca. «Tenga piedad de mí -me dijo- máteme, écheme de aquí...». Se encontraba más pálido y moribundo que yo.

Pero todas aquellas mutaciones nerviosas que yo había experimentado a lo largo de tan tormentosa jornada me hacían pasar rápidamente de una disposición a otra. Aquel rápido relámpago de una nueva existencia había palidecido; mi sangre se había calmado; las delicadezas del verdadero amor recuperaron ventaja...

-Escúcheme, Lélio -le dije- no es el desprecio lo que me aleja de su pasión. Es posible que yo tenga todas las susceptibilidades que nos inculcan desde la infancia, y que llegan a ser para nosotros como una segunda naturaleza; pero no es este momento cuando podría acordarme de ellas, puesto que mi misma naturaleza acaba de transformarse en otra desconocida para mí. Si me ama, ayúdeme a resistir ante usted. Déjeme llevarme de aquí la deliciosa satisfacción de no haberle amado sino con el corazón. Tal vez si no hubiera pertenecido a nadie, me entregara a usted con alegría; pero sepa que Larrieux me ha profanado, sepa que, impulsada por la horrible necesidad de hacer como todo el mundo, he soportado las caricias de un hombre que no he amado jamás; sepa que el asco que he sentido por ellas, ha apagado en mí la imaginación hasta el punto de que en este momento le odiaría si yo hubiera sucumbido hace un instante. ¡Ah! ¡no hagamos la prueba! Permanezca puro en mi corazón y en mi memoria. Separémonos para siempre y llevémonos de aquí todo un futuro de risueños pensamientos y de adorados recuerdos. Le juro Lélio que lo amaré hasta la muerte. Presiento que el frío de la edad no logrará apagar esta llama ardiente. Le juro también que no seré jamás de ningún otro hombre después de haberle resistido. Este esfuerzo no me resultará difícil, puede usted creerme.»

Lélio se arrodilló delante de mí; no me imploró, no me hizo reproches; me dijo que no había esperado toda la felicidad que le había dado y que no tenía derecho a exigir más. Sin embargo, al escuchar su despedida, su abatimiento y la emoción de su voz me asustaron. Le pregunté si no pensaría en mí con felicidad, si el éxtasis de esta noche no derramaría su encanto sobre todos sus días, si sus penas pasadas y futuras no se verían mitigadas cada vez que él lo evocara. Se animó para jurar y prometer todo lo que quise. Cayó de nuevo a mis pies, besó mi vestido con frenesí. Yo sentí que flaqueaba; le hice un gesto y él se alejó. El coche que había solicitado llegó. El intendente autómata de aquella estancia clandestina dio tres golpes desde el exterior para avisarme. Lélio se situó ante la puerta, desesperado; tenía la expresión de un espectro. Le empujé suavemente, y cedió. Entonces crucé el umbral y, como hizo ademán de seguirme, le indiqué una silla en mitad del salón, al pie de la estatua de Isis. Se sentó en ella. Una sonrisa apasionada se dibujó en sus labios y sus ojos hicieron brotar un último destello de gratitud y de amor. Aún estaba bello, aún joven, aún grande de España. Al cabo de unos pasos, y en el momento de perderlo para siempre, me volví y le eché una última mirada. La desesperación lo había destrozado. Se había convertido de nuevo en un viejo, descompuesto y horroroso. Su cuerpo parecía paralizado. Sus labios contraídos intentaban una sonrisa perdida. Sus ojos eran vidriosos y apagados: ya no era sino Lélio, la sombra de un amante y de un príncipe.»

La marquesa hizo una pausa; luego, con una sonrisa sombría y descomponiéndose ella misma como una ruina que se derrumba, prosiguió: «A partir de aquel momento no he vuelto a oír hablar de él.» Hizo una nueva pausa más prolongada que la primera; pero con esa terrible fortaleza de alma que dan los años, el amor obstinado por la vida, o la cercana esperanza de la muerte, se puso de nuevo alegre, y me dijo sonriendo:

-¡Y bien! ¿Creerá usted a partir de ahora en la virtud del siglo XVIII?

-Señora -le contesté- no deseo dudar de ella, sin embargo, si estuviera menos emocionado, le diría tal vez que hizo muy bien en dejarse sangrar aquel día...

-¡Oh! ¡Pobres hombres! -dijo la marquesa- ustedes no comprenden nada de la historia del corazón.

FIN

La Revue de Paris
Diciembre de 1832

 

Traducción de Esperanza Cobos Castro

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El silencio de Galileo

  • Genial. Universidad de Georgetown, Estados Unidos
  • Pone patas arriba las concepciones actuales. Punto de Libro, España
  • Fascinante. El Comercio, Ecuador
  • Sobresaltante. El Nacional, República Dominicana
  • Arrincona la verdad. Prensa, Panamá
  • Fascinante. El Nuevo Día, Puerto Rico
  • Narración ágil que atrapa. Veintitrés, Argentina

 

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Luis López Nieves

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