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A la Señorita de la C.
Si fuerais menos razonable me guardaría mucho de contaros
esta fábula loca y poco galante que voy a relataros.
De una vara de morcilla es la materia.
-¡Una vara de morcilla! ¡Piedad, querida mía! ¡Qué horror!
-gritaría una Preciosa, que, siempre tierna y seria, no quiere oír hablar más
que de los asuntos del corazón. Pero a vos que sabéis contar más
cautivadoramente que nadie y con esa expresión tan natural que nos parece estar
viendo lo que escuchamos, que sabéis que en la manera en que está inventada una
cosa está la belleza, más aún que en la materia del cuento; a vos os gustará mi
fábula y su moralidad. Me atrevo a deciros que estoy plenamente convencido.
Érase una vez un pobre leñador que estaba harto de la vida tan penosa que
llevaba y solía decir que tenía ganas de ir a reposar a los bordes del Aqueronte;
porque veía que, en su profundo dolor, jamás el Cielo cruel no había querido
concederle ni uno de sus deseos.
Un día que se quejaba en el bosque, Júpiter, con el rayo en la mano, se le
apareció; difícilmente podría pintar el miedo que sobrecogió al buen hombre.
-No quiero nada -exclamó, arrojándose al suelo-; no deseo nada, ni truenos ni
nada. Vamos a hablar, Señor, de igual a igual.
-Deja de temblar -le dijo Júpiter-; vengo compadecido de tus quejas, para
demostrarte que eres injusto en tus quejas. Escucha. Yo te prometo, yo que soy
el dueño soberano del mundo entero, atender plenamente tus tres primeros deseos,
los primeros que quieras formular sobre cualquier cosa. Mira bien lo que pueda
satisfacerte, y como tu felicidad depende de tus votos, piénsalo bien antes de
formular tus deseos.
En diciendo estas palabras, Júpiter ascendió a los Cielos, y el leñador, muy
contento, echándose el haz de leña a la espalda, emprendió el camino de regreso.
Nunca le pareció la carga menos pesada.
-No hay que obrar a la ligera -decía trotando-. El caso es importante; hay
que pedir consejo a la parienta.
Cuando entró bajo el techo de la cabaña la carga de helechos, le dijo:
-Fanchon, hagamos un buen fuego y una buena comida; somos muy ricos. Y sólo
necesitamos formular nuestros deseos.
Y allí, punto por punto, le cuenta todo lo sucedido. Al oír su relato, la
esposa, viva y presurosa, concibe mil proyectos en su mente; pero considerando
la importancia de conducirse con prudencia, le dice a su esposo:
-Blas, amigo mío, para no cometer una tontería debido a nuestra impaciencia,
examinemos juntos lo que nos conviene hacer en una situación así. Dejemos para
mañana nuestro primer deseo y consultemos con la almohada.
-Estoy de acuerdo -dice el buen Blas-. Anda, vete y trae vino añejo.
Cuando volvió con él, bebió y, saboreando cómodamente, cerca del fuego, aquel
dulce reposo, dijo apoyándose en el respaldo de su silla:
-¡Con estas brasas tan buenas, qué bien vendría una vara de morcilla!
Apenas acabó de pronunciar estas palabras, que su mujer, muy asombrada, vio
una larga morcilla que, saliendo de una esquina de la chimenea, se aproximaba a
ella serpenteando. Al instante lanzó un grito; pero juzgando que esta aventura
tenía por causa el deseo que, por pura torpeza, había formulado el imprudente de
su marido, no hubo injuria, ni pulla, ni improperio que, hecha una furia, no
dijera a su pobre marido.
-¡Cuando se podría obtener un Imperio, oro, perlas, rubíes, diamantes,
vestidos! ¿Y no se te ocurre desear más que una morcilla?
-Bueno, me he equivocado -dijo-. Mi elección ha sido desacertada. He cometido
una gran falta; lo haré mejor la próxima vez.
-Bueno, bueno -repuso ella-. Espérame sentado. ¡Se necesita ser un animal
para formular ese deseo!
El esposo, más de una vez, llevado de la cólera, se sintió tentado de
formular un deseo mudo. Y, dicho entre nosotros, habría sido lo mejor que
hubiera podido hacer.
-Los hombres -se decía- hemos venido al mundo a padecer. ¡Maldita sea la
morcilla, plegue a Dios, maldita pécora que se te quede colgada de la nariz!
Esta súplica, al instante, fue escuchada por el Cielo y, apenas el marido
profirió sus palabras, la vara de morcilla se quedó pegada a su nariz. Este
prodigio imprevisto irritó muchísimo a Fanchon. Fanchon era bonita, muy
graciosa, y a decir verdad este adorno en su nariz no hacía buen efecto, salvo
que al colgarla sobre la boca la impedía hablar tranquilamente, lo cual era una
ventaja para su esposo, tan grande que en aquel feliz momento pensó no desear
más.
-Ya podría, -pensaba para su adentros-, después de una desgracia tan
terrible, con el deseo que me queda, convertirme de una vez en Rey. Desde luego,
nada iguala la grandeza soberana, pero hay que pensar qué tristeza tendría la
Reina cuando, al sentarse en su trono, se viera con la nariz más larga que una
vara. Voy a ver qué dice y que decida ella si prefiere convertirse en una gran
Princesa y conservar esa horrible nariz o quedarse de simple leñadora con la
nariz corriente, como las demás personas, tal como la tenía antes de la
desgracia.
Al fin, la cosa bien examinada, aun sabiendo que el poder que proporciona el
cetro y la corona y que cuando se está coronada siempre se tiene la nariz bien
hecha, como no existe nada que posea la fuerza de agradar, ella prefirió
conservar su cofia antes que hacerse Reina y ser fea.
Así, pues, el leñador no cambió de estado, no se convirtió en un potentado,
no llenó su bolsa de escudos, y fue feliz de emplear el deseo que le quedaba
para volver a su mujer a su primitivo estado, débil felicidad, pobre recurso.
Qué cierto es que los hombres miserables, ciegos, imprudentes y variables no
deben formular deseo alguno, y qué pocos hay entre ellos que sean capaces de
hacer buen uso de los dones que Dios les ha concedido
FIN
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