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En el ducado de Milán, por los años en que era gobernador el gran señor
Chaumont, vivía un caballero llamado el señor de Bonnivet, que por sus
merecimientos llegó más tarde a almirante de Francia; siendo muy apreciado en
Milán, tanto por el gobernador como por todo el mundo, dadas las virtudes que se
reunían en él, asistía gustoso a las fiestas en que se reunían las damas, de las
que era el más apreciado, después del rey Francisco, tanto por su apostura,
gracia y palabras como por la fama que todos le daban de ser uno de los más
diestros guerreros de su tiempo.
Un día que vestido de máscara fue a un carnaval, se puso a bailar con una de
las más distinguidas y hermosas damas de la ciudad y, cuando los oboes hacían
una pausa, le dirigía endechas amorosas, cosa que sabía decir mejor que nadie.
Pero ella, que no estaba obligada con él, en lugar de seguirle el juego quiso
desviar la conversación, asegurándole que nunca amó ni amaría a otro hombre que
no fuera su marido y que no debía esperar nada de ella. No se sintió desalentado
el caballero con esta respuesta y la persiguió insistentemente todo el carnaval.
A pesar de todo, la encontró firme en su propósito de no amar ni a él ni a otro,
cosa que no pudo creer, vistas las pocas prendas de su marido y la gran belleza
de ella. Y puesto que ella practicaba el disimulo, se decidió a usar él también
el engaño, y desde aquel momento cesó en la persecución que le hacía y se
informó tan bien de su vida que supo que amaba a un caballero muy prudente y
honesto. El dicho señor de Bonnivet frecuentó poco a poco la amistad de este
caballero, con tal suavidad y astucia que aquél no se percató del motivo y le
profesó tal estima que, después de su dama, era la persona que más apreciaba del
mundo. El señor de Bonnivet, para arrancarle su secreto del corazón, fingió
confiarle el suyo, diciéndole que amaba a una dama que no podía imaginarse quién
era, y rogándole le guardara el secreto y que ellos dos no fuesen más que un
solo corazón y un solo pensamiento. El infeliz caballero, en prueba de estima
recíproca, va y le confiesa de cabo a cabo sus relaciones con la dama de la que
Bonnivet se quería vengar; y una vez al día, se reunían en cualquier lugar para
darse cuenta juntamente de las aventuras que les habían ocurrido durante la
jornada, cosa que uno decía con mentira y el otro con verdad. Y confesó el
caballero haber amado durante tres años a esta dama sin haber conseguido nada de
ella, a no ser buenas palabras y certeza de ser amado. El llamado Bonnivet le
aconsejó por todos los medios a su alcance para que consiguiera su intento, con
lo que al cabo de pocos días el caballero se encontró con que ella le concedió
lo que le pedía, y no quedaba más que encontrar el medio, lo que en seguida fue
hallado por consejo del señor Bonnivet. Y un día, antes de comer, le dijo el
caballero:
-Señor, estoy más obligado con vos que con ningún hombre del mundo, ya que, a
causa de vuestros buenos consejos, confío en tener esta noche lo que durante
tantos años he deseado.
-Yo te ruego -le dijo Bonnivet- que me digas cómo piensas que se realice tu
propósito, para que yo vea si hay engaño o riesgo y poder socorrerte y servirte
como amigo.
El caballero le contó cómo ella tenía medio de hacer dejar abierta la gran
puerta de la casa, bajo pretexto de cualquier enfermedad de alguno de sus
hermanos, la cual requería en todo momento ir a la ciudad a preguntar por su
estado, y así podría él entrar en el patio, pero guardándose bien de subir por
la escalera y debiendo subir unos pocos escalones que había a mano derecha y
entrar en la primera habitación que encontrara, donde se reunían todas las
puertas de las habitaciones de su suegro y cuñado, y que eligiera con cuidado la
tercera más cercana a los dichos escalones; y, si al empujarla la encontraba
cerrada, que se fuera, pues era señal de que su marido había vuelto, lo que sin
embargo, no debía hacer antes de dos horas; y, si la encontraba abierta, que
entrara suavemente y la cerrara rápido con cerrojo, constándole que en la
habitación estaría ella sola, y, sobre todo, que no olvidara mandar hacer unos
zapatos de fieltro, por temor al ruido, y que se guardara mucho de llegar antes
de pasadas dos horas de la medianoche, porque sus cuñados a quienes gustaba
mucho el juego, no se iban nunca a acostar antes de la una de la madrugada. El
citado Bonnivet le dijo:
-Ve, amigo, Dios te guía; te ruego que evites los inconvenientes y si mi
amistad te sirve para algo, no ahorraré esfuerzos por cuanto esté en mi roano.
El caballero se lo agradeció mucho y le dijo que en este asunto no podía
estar demasiado seguro, y se marchó para disponer las cosas. El señor Bonnivet,
por su parte, no quedó inactivo; y viendo que era llegado el momento de vengarse
de dama tan cruel, se retiró a su morada y se hizo cortar la barba de igual
longitud y anchura que la del caballero; también se hizo cortar el pelo, a fin
de que al tocarlo no se pudiera advertir la diferencia. No olvidó los zapatos de
fieltro y el vestir ropas semejantes a las del caballero. Y, como era muy
estimado por el suegro de esta dama, no tuvo temor de ir más temprano, pensando
que si era apercibido iría en derechura a la habitación del buen hombre con el
cual tenía algunos asuntos. Y, sobre la medianoche, entró en la casa de la dama,
donde encontró bastantes gentes que iban y venían, mas pasó entre ellos sin ser
reconocido y llegó a la galería y tocando las dos primeras puertas las encontró
cerradas, que no así la tercera, a la que empujó suavemente. Y una vez estuvo
dentro, la cerró con llave y tendiendo la vista en derredor vio la habitación
vestida toda de lienzo blanco, incluido el techo y el suelo, y un lecho con
telas muy finas, tan blanco como no era posible más; y la dama estaba sola en
él, con su cofia y su camisa toda cubierta de perlas y pedrería, como pudo
advertir mirando por una esquina de la cortina sin que ella lo viera, ya que
había un gran cirio de cera blanca que volvía la habitación clara como en pleno
día; y, por miedo a ser reconocido, extinguió primeramente el velón que ardía en
la habitación y después se despojó de la camisa y fue a acostarse junto a ella.
Esta, que esperaba que fuera aquel que durante tanto tiempo la había amado, lo
recibió con las mejores caricias que pudo. Pero él, que sabía bien que estaban
dedicadas a otro, se guardó mucho de decir una sola palabra y no pensó más que
en llevar a cabo su venganza, que no era otra que arrebatarle su honor y su
pudor sin poner de su parte agrado ni gracia. Pero contra su propósito y mal de
su agrado, la dama se tenía por tan contenta con tal venganza, que pensó haberlo
recompensado de sus afanes, hasta que una hora después de que sonara la
medianoche llegó el momento de decir adiós. Y en aquel instante, y en el tono de
voz más bajo que pudo, le preguntó si ella estaba tan contenta de él como él lo
estaba de ella. Ésta, creyendo que se trataba de su amigo, le dijo que no sólo
estaba contenta, sino incluso maravillada de la profundidad de su amor, que lo
había mantenido una hora sin hablar con ella. En aquel momento, él se puso a
reír muy fuerte, diciendo:
-Ahora bien, señora, ¿me rechazáis otra vez, como habías acostumbrado hasta
ahora?
La dama, que lo conoció por la voz y la risa, se sintió desesperada de
vergüenza, llamándole mil y mil veces traidor, malvado y falso, queriendo
arrojarse del lecho para buscar un cuchillo con el que matarse, vista su
desgracia de que había perdido el honor por un hombre al que no amaba nada y
que, para vengarse de ella, podía divulgar el asunto a todo el mundo. Pero él la
retuvo entre sus brazos y, con buenas y dulces palabras, le aseguró amarla más
que aquél a quien ella amaba y celar cuanto se refiriera a su honor de tal modo
que ella no tendría tacha alguna nunca. Lo que la pobre tonta creyó, escuchando
de sus labios la trama que había ingeniado y los trabajos que se había dado por
conseguirla, asegurándole que la amaría mejor que el otro, que no había ocultado
su secreto, y diciéndole que ya conocía franceses, que eran más prudentes,
perseverantes y discretos que los italianos. Así fue, como en lo sucesivo, ella
no compartió la opinión de sus compatriotas, para coincidir con la de él. Pero
le rogó encarecidamente que durante algún tiempo no acudiera a las fiestas o
lugares donde ella se encontrara, a no ser disfrazado, porque sentiría tal
vergüenza que su aspecto lo diría a todo el mundo. Él se lo prometió y le rogó
también que, cuando su amigo viniera a las dos de la madrugada, se mostrara
cariñosa y luego, poco a poco, podría deshacerse de él; cosa que hizo con tanta
dificultad que, a no ser por el amor que le profesaba, por nada se lo hubiera
concedido. Sin embargo, al decirle adiós, la dejó tan satisfecha que bien
hubiera deseado ella que permaneciera a su lado durante más tiempo.
Después que
él se levantó, volvió a ponerse sus vestidos, salió de la habitación y dejó la
puerta entreabierta, tal como la encontrara. Y, como había estado casi dos horas
a partir de la medianoche y temía encontrarse al caballero en su camino, se
retiró a lo alto de los escalones, desde donde en seguida lo vio pasar y entrar
en la habitación de la dama. y se fue a su morada a descansar de sus trabajos,
como así hizo, de modo que las nueve de la mañana le dieron en la cama, y cuando
se levantaba llegó el hidalgo, que no tardó en contarle su buena suerte, aunque
no tan buena como había esperado; ya que, según dijo, al entrar en la cámara de
la dama, la encontró levantada y envuelta en su bata de noche, con una gran
fiebre, el pulso muy alterado, el rostro ardiendo y un sudor que comenzaba a
brotarle por todo el cuerpo, de forma que ella le rogó se volviera en seguida,
ya que, por miedo a los inconvenientes, no se había atrevido a llamar a sus
doncellas; porque se encontraba tan mal que tenía mayor necesidad de pensar en
la muerte que en el amor, y de oír hablar de Dios que de Cupido, y que se sentía
muy pesarosa del riesgo en que él se colocara por su culpa, visto que ella no
tenía poder para devolverle en este mundo lo que esperaba se lo concediera en
seguida en el otro. Así que se sintió tan triste y asombrado que su ardor y
alegría se convirtieron en hielo y tristeza, marchándose acto seguido.
Y a la
mañana, al despuntar el día, envió por noticias y supo que ella se encontraba
verdaderamente muy mal. Y, al contar sus desventuras, lloraba tan intensamente
que parecía que el alma se le iría por las lágrimas. Bonnivet, que tenía tantas
ganas de reír como el otro de llorar, lo consoló lo mejor que supo, diciéndole
que las cosas de larga duración tienen siempre un comienzo difícil y que el
retraso de la satisfacción de su amor le haría encontrar más tarde un mejor
goce; y en tales términos se separaron. La dama guardó cama algunos días; y, al
recobrar la salud, dio permiso a su primer pretendiente, fundándolo en el temor
que había temido de morir y en remordimientos de conciencia, y se decidió por el
señor de Bonnivet, cuya amistad duró según costumbre, lo mismo que la belleza de
las flores del campo.
FIN
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