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El conde Carlos de Angulema, padre del rey Francisco, primero de este nombre,
príncipe fiel y temeroso de Dios, estaba en Cognac cuando alguien le contó que
en una aldea cercana, llamada Chevres, vivía una muchacha virgen de conducta tan
austera que era algo admirable, a pesar de lo cual había aparecido embarazada,
sin intentar disimularlo, asegurando a todo el mundo que nunca había conocido
varón y que no sabía cómo le había ocurrido, a no ser que fuera obra del
Espíritu Santo; lo que el pueblo creyó fácilmente, y la tenía y reputaba por una
segunda Virgen María, ya que todos sabían que, desde su infancia, siempre fuera
muy juiciosa y nunca hubo en ella un solo signo de mundanería. Practicaba no
solamente los ayunos mandados por la Iglesia sino también, por devoción, varias
veces a la semana, y siempre que había algún servicio en la iglesia no se movía
de allí. De modo que su vida era tan estimada por el pueblo que todos la iban a
ver como si se tratara de un milagro, y se sentían muy felices pudiendo tocarle
la ropa.
El cura de la parroquia era su hermano, hombre ya de edad y de vida muy
austera, apreciado de sus feligreses y tenido por hombre santo, con opiniones
tan rigurosas que hizo encerrar a su hermana en una casa, con lo que el pueblo
estaba descontento; y tanto creció el rumor que las noticias (como os dije)
llegaron a oídos del Conde, el cual, al ver el engaño en que estaba todo el
mundo, quiso deshacerlo. Así que envió a un oidor y un limosnero (ambas personas
muy de bien) para saber la verdad. Estos llegaron al lugar y se informaron del
caso lo más galanamente que pudieron, dirigiéndose al cura, que estaba tan
aburrido del asunto que les rogó asistieran a la verificación que esperaba hacer
al día siguiente. El dicho cura, por la mañana, cantó misa, a la cual asistió su
hermana, siempre de rodillas y muy abultada; y al final de la misa, el cura tomó
el Corpus Domini, y, en presencia de todos los asistentes, le dijo a su
hermana:
-¡Malhadada de ti! He aquí a Aquel que sufrió muerte y pasión por ti, y ante
Él te demando, ¿es cierto que eres virgen, como siempre me has asegurado?
Ella, audazmente y sin temor, le respondió que sí.
-¿Y cómo es posible que estés preñada si sigues siendo virgen?
Replicóle ella:
-No puedo dar otra razón, a no ser por obra y gracia del Espíritu Santo, que
ha hecho en mí lo que le plugo; pero no puedo negar el bien que Dios me ha
concedido al conservarme virgen, porque nunca tuve deseos de estar casada.
Entonces su hermano le dijo:
-Aquí te entrego el cuerpo precioso de Jesucristo, del cual recibirás tu
condenación si no es tal como has dicho, de lo cual serán testigos estos señores
aquí presentes, enviados por el señor Conde.
La muchacha, de casi trece años de edad, hizo este juramento:
-Acepto el cuerpo de Nuestro Señor, aquí presente, y que Él me condene, ante
vuesas mercedes y ante vos mi hermano, si nunca me tocara hombre alguno que no
fuerais vos.
El oidor y el limosnero se fueron muy confusos, creyendo que con tales
juramentos no podía haber lugar a engaño, y dieron cuenta al Conde, queriendo
persuadirlo para que creyera lo mismo que ellos. Pero éste, que era muy sabio,
tras pensarlo bien, les hizo repetir de nuevo las palabras del juramento, y
habiéndolas sopesado bien, les respondió:
-Os ha dicho que nunca la tocó otro hombre que no fuera su hermano, y yo
pienso que en verdad ha sido su hermano quien le ha hecho el hijo y quiere
encubrir su maldad con este gran fraude; y nosotros, que creemos que Jesucristo
ya ha venido, no debemos esperar otro. Así que id allá y poned al cura en
prisión; estoy seguro de que confesará la verdad.
Lo que fue hecho según su mandato, no sin grandes reproches por el escándalo
que hacían a este hombre honrado; y así que el cura fue encarcelado, confesó su
maldad y cómo había aconsejado a su hermana lo que tenía que decir para encubrir
la vida que habían llevado juntos, no sólo con una excusa ligera, sino con un
falso dar que pensar con el cual vivieran honrados por todo el mundo; y cuando
se le reprochó cómo había podido ser tan malvado para hacerla jurar en falso
sobre el Cuerpo de Nuestro Señor, respondió que no era tan atrevido y que había
presentado un pan ni consagrado ni bendito. Se dio cuenta de todo al conde de
Angulema, quien pidió a la justicia que hiciera lo pertinente. Se esperó a que
la hermana pariera, y después que naciera un hermoso niño, fueron quemados
juntos hermano y hermana; y el pueblo sintió un gran asombro al ver, so capa de
santidad, monstruo tan horrible, y bajo vida tan sana y digna de encomio, reinar
tan detestable vicio.
FIN
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