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En una de las mejores villas del reino de Francia, había un señor de rancio
abolengo que asistía a las enseñanzas de los maestros del saber, deseando llegar
a averiguar cómo adquieren virtud y honor los hombres honestos: Y llegó a ser
tan sabio que a la edad de diecisiete o dieciocho años era ejemplo y doctrina
para los demás. Mas, después de sus lecciones, el amor no dejó de cantarle la
suya, y para ser mejor oído y recibido se ocultó tras los ojos y el rostro de la
dama más bella del país, que no se sabe por qué razón había llegado a la villa.
Pero antes que el amor intentara vencer al hidalgo por la belleza de esta dama,
ya ganara el corazón de ella, al ver las perfecciones que se daban en el
caballero; porque en galanura, gracia, buen sentido y donoso hablar, no había
nadie, de cualquier condición, que le aventajara. Vuesas mercedes, que saben el
pronto camino que hace ese fuego cuando prende uno de los cabos del corazón y de
la fantasía, comprenderéis que el amor no encontró obstáculo en dos tan
perfectas personas, y los sujetó a su yugo y los inundó plenamente de tan clara
luz que su pensamiento, voluntad y lenguaje no eran otra cosa que reflejo de
este amor, lo que dado su juventud, aunque él engendraba temor, le hacía
insistir en su asunto lo más dulcemente posible. Pero quien ya estaba vencida
por el amor no tenía necesidad de fuerza; sin embargo, dado el pudor propio de
las damas, ella se guardaba de mostrarlo todo lo que podía.
Bien es cierto que,
al fin, la fortaleza de su corazón, donde el amor reside, fue arruinada de tal
suerte que la pobre dama accedió a lo que ya estaba ella de acuerdo. Mas, para
comprobar la paciencia, firmeza y amor de su galán, le concedió lo que pedía
imponiéndole una difícil condición, encareciéndole que, si cumplía, ella lo
amaría a la perfección, mas que si le fallaba, no volvería a verla en su vida:
consistía en que ella se sentiría muy gustosa de hablar con él en la misma cama,
acostados los dos con sus camisas de dormir, pero que no le pidiera nada más,
como no fuera hablar y, todo lo más, besarla. Él, que pensaba que no había
alegría semejante a aquella que se le prometía, accedió; y, llegada la noche, la
promesa fue cumplida, de suerte que, a pesar de las caricias que ella le hizo y
de lo que él hubo de contenerse, no quiso faltar a su juramento. Y aunque
estimaba que esta condición no era inferior a las penas del purgatorio, tan
grande fue su amor y tan fuerte su esperanza, que sintiéndose seguro de la
eterna continuidad del amor que con tantas fatigas había alcanzado, conservó su
paciencia y se levantó de su lado sin haber querido en ningún momento causarle
ningún disgusto.
A lo que yo creo, la dama, más maravillada que contenta de
tanta bondad, sospechó incontinente que su amor no era tan grande como ella
pensaba, o que él no había encontrado en ella tantos dones como pensó, y ya no
guardó consideración a su gran honestidad, paciencia y respeto a un juramento.
Así que decidió hacer todavía otra prueba para comprobar el amor que él le
profesaba, antes de mantener su promesa. Y, para conseguirlo, le rogó que
entablara amistad con una muchachita que tenía a su cargo, más joven que ella y
más bella, a fin de que los que lo vieran en su casa con tanta frecuencia
pensasen que iba tras la joven y no en pos de ella.
El joven caballero, que
pensaba ser amado tanto como él amaba, obedeció enteramente lo que se le mandó y
se obligó, por amor a ella, a hacer el amor a la muchacha; la cual, viéndole tan
bello y bien decidor creyó sus mentiras como no hubiera creído sus verdades y lo
amó tanto como si hubiera sido bienamada por él. Y cuando la señora vio que las
cosas iban adelante y que el caballero no cesaba a cada momento de instarla a
cumplir su promesa, le concedió que viniera a verla una hora después de
medianoche, diciéndole que había comprobado el amor y la obediencia que él le
profesaba y que era razón de que fuera recompensado por su gran paciencia.
Ni
que decir tiene la alegría que recibió este fiel servidor, que no dejó de acudir
a la hora señalada. Pero la dama, para medir la fuerza de su amor, dijo a su
hermosa doncella:
-Bien sé el amor que cierto caballero os tiene, y creo que
vuestra pasión no es menor que la de él; me inspiráis tal piedad los dos que he
decidido daros lugar y momento de hablar cómodamente juntos y a vuestras
anchas.
La doncella se sintió tan transportada de alegría que no supo
enmascarar su afecto, diciéndole que por su parte no fallaría y, obediente a su
consejo, se desnudó y se acostó sola en un gran lecho que había en una
habitación, cuya puerta dejó la dama abierta, encendiendo luces para que su
claridad dejara ver más fácilmente la belleza de la joven. Y, fingiendo irse, se
ocultó cerca del lecho donde no se la podía ver. Su infeliz enamorado, creyendo
encontrarla tal como ella prometiera, no faltó a la hora prometida, entrando en
la habitación lo más suavemente que pudo; y después que cerrara la puerta y se
hubo desnudado y quitado sus borceguíes forrados, fue a meterse en el lecho,
donde pensaba encontrar a la que deseaba, y apenas alargó los brazos para
abrazar a la que imaginaba su dama, cuando la infeliz muchacha, que creía que el
caballero le pertenecía por entero, le echó los suyos al cuello al tiempo que le
decía palabras tan cariñosas y con rostro tan amantísimo, que cualquiera que no
fuera un eremita hubiera perdido el "paternos ter".
Mas cuando la reconoció, tanto por la vista como por el
oído, el amor que con tanta diligencia lo llevara a acostarse, aún más aprisa lo
hizo levantar, al ver que no se trataba de aquella por la que tanto había
sufrido; y mostrando tanto despecho hacia la señora como hacia la doncella, dijo
a la muchacha:
-Ni vuestra locura, ni la de quien con malicia aquí os
colocó, podrían hacerme otro del que soy; poned empeño en ser mujer de bien que
por mi culpa no perderéis vuestro buen nombre.
Y, al decir esto, furioso como no era posible más,
salió de la habitación y estuvo largo tiempo sin volver a ver a su dama. Sin
embargo, Amor, que jamás pierde la esperanza, le aseguraba que tanto más grande
era la solidez de su amor, avalada por la experiencia, tanto más largo y feliz
sería su goce. La dama, que oyera los términos en que se expresó, se sintió tan
contenta y envanecida de ver la magnitud de su amor, que se le hizo largo el
tiempo hasta el momento de volverle a ver para pedirle perdón por todos los
sinsabores que le había hecho pasar. Y en cuanto pudo encontrarlo, se apresuró a
alabarlo tanto por su honestidad y buenos propósitos que no solamente olvidó él
todas sus penas, sino que incluso las dio por bien pasadas, dado que se habían
tornado en gloria y en la seguridad perfecta de su amor, del que desde aquella
fecha en adelante, sin impedimentos ni enfados, tuvo la entera posesión que
podía desear.
FIN |