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Un militar amigo mío, muerto de fiebre en Grecia hace
unos años, me narró un día la primera acción de guerra en que tomó parte. Su
relato me interesó en grado tal que lo reproduje de memoria, en cuanto tuve
oportunidad para ello. Helo aquí:
-Me incorporé a mi regimiento el 4 de septiembre por la
tarde. Di con el coronel en el cuerpo de guardia: en el primer momento me
recibió con cierta hosquedad; pero después de leer la carta de presentación que
me había dado el general B., cambió de modales y me dirigió algunas palabras
corteses.
Fui presentado por él a mi capitán en el mismo instante
en que este último volvía de un reconocimiento. El capitán, a quien no tuve en
verdad tiempo de conocer, era un hombre alto, moreno, de fisonomía dura y
repulsiva. De soldado raso había ido ganando galones y la cruz en los diversos
campos de batalla. La voz, ronca y débil, contrastaba singularmente con su
estatura casi gigantesca. Me dijeron que le había quedado esa voz rara después
de que un balazo lo atravesara de parte a parte en la batalla de Jena.
Al enterarse de que yo venía de la escuela de
Fontainebleau, torció el gesto y dijo:
-Mi teniente murió ayer.
Comprendí que quería decir: «Usted es quien ha de
reemplazarlo y no tiene capacidad para ello». Un comentario burlón asomó a mis
labios; pero me contuve.
La luna se alzó por detrás del reducto de Cheverino,
situado a dos tiros de cañón de nuestro vivac. Era una luna grande y roja, como
se presenta siempre al levantarse. Pero esa tarde me pareció de dimensiones
extraordinarias. Por un momento, el reducto se destacó, negro, en el disco
brillante de la luna. Parecía el cono de un volcán en el instante en que se
produce la erupción.
Un viejo soldado junto al que me encontraba advirtió el
color de la luna.
-¡Está muy roja -dijo-, eso es señal que ha de costar
mucho el famoso reducto!
Siempre he sido supersticioso, y semejante augurio, en
un momento tal, sobre todo, me impresionó. Me acosté, pero no pude dormir. Me
levanté y caminé algún tiempo, observando la inmensa línea de fuego que cubría
las alturas más allá de la aldea de Cheverino.
Cuando supuse que el aire fresco y vivo de la noche me
hubiera calmado el ardor de la sangre, me volví junto a la lumbre, me arrebujé
cuidadosamente en la capa y entorné los párpados pensando no tener que abrirlos
hasta el amanecer. Pero el sueño me fue esquivo. Insensiblemente mis
imaginaciones iban tomando un tinte lúgubre. Me decía que no contaba con un solo
amigo entre los cien mil hombres que cubrían esa estepa. Si cayera herido,
habría de ir a un hospital donde sería tratado sin mimos por ignorantes
cirujanos. Lo que había oído referir de las operaciones de emergencia me volvía
vivamente a la memoria. El corazón me latía con violencia, y, como movido por
instintiva precaución, corría el pañuelo y la cartera, a modo de coraza, sobre
el pecho. La fatiga me agobiaba; me adormecía a ratos, pero al instante alguna
idea siniestra rebullía en mi mente y me despertaba sobresaltado.
No obstante, el cansancio venció y cuando tocaron diana
dormía yo profundamente. Nos colocamos en línea de batalla; se pasó lista; luego
volvimos a poner las armas en pabellón, y todo parecía anunciar que la jornada
habría de transcurrir tranquila.
Hacia las tres llegó un edecán trayendo una orden. Nos
mandaron que recogiéramos las armas; nuestros tiradores se desparramaron por el
llano; nosotros los seguimos lentamente, y, veinte minutos después, vimos que
todos los puestos avanzados de los rusos se replegaban al amparo del reducto.
Se estableció una batería de campaña a nuestra derecha,
otra a la izquierda, pero ambas mucho más adelante que nosotros. Abrieron fuego
vivo contra el enemigo, el cual respondió con energía, de manera que pronto el
reducto de Cheverino desapareció cubierto por una espesa nube de humo.
Nuestro regimiento se veía casi abrigado del fuego ruso
por una ondulación del terreno. Las balas, que rara vez llegaban hasta nuestras
líneas (pues tiraban de preferencia a los artilleros), pasaban por sobre
nuestras cabezas y, cuando más, nos salpicaban con la tierra que arrancaban o
con trocitos de piedras.
En cuanto recibimos orden de avanzar, mi capitán me
miró con tal atención que me forzó a pasarme dos o tres veces la mano por el
naciente bigote con todo el despejo que pude. Por lo demás, yo no sentía miedo,
y el único temor que me asaltaba era el de que creyeran que estaba acobardado.
Aquellas balas de cañón inofensivas contribuían no poco a conservar incólume la
heroica tranquilidad de mi ánimo. Mi amor propio me aseguraba que estaba en
verdadero peligro, puesto que, en fin, me veía bajo el fuego de una batería
enemiga. Me encantaba sentirme con espíritu tan libre de toda aprensión y
saboreaba de antemano el placer de contar algún día cómo habíamos tomado el
reducto de Cheverino, en el salón de la señora de B., en la calle de Provenza.
El coronel pasó por delante de nuestra compañía; me
dirigió algunas palabras: «¡Y bien, parece que las va a ver usted duras en su
iniciación!». Sonreí con aire enteramente marcial, mientras me sacudía la manga,
sobre la que una bala de cañón, al caer a unos treinta pasos de donde yo me
hallaba, había salpicado un poco de polvo.
Al parecer, los rusos se dieron cuenta del escaso
resultado de su cañoneo, pues comenzaron a arrojarnos obuses, con los que más
fácilmente podían alcanzarnos en el hueco en que nos habíamos abrigado. Un trozo
bastante grande de casco me quitó el morrión1
y dio muerte a un hombre que estaba a mi lado.
-Lo felicito -me dijo el capitán mientras yo recogía el
morrión caído-; ya está usted libre para toda la jornada.
No me era desconocida esta superstición militar según
la cual el axioma non bis in ídem puede aplicarse lo mismo en el campo de
batalla que ante una corte de justicia. Me cubrí lleno de altivez con mi
morrión.
-Esto es obligar a la gente a que salude a pesar suyo
-dije lo más alegremente que pude. Y aquel chiste de mala ley, en tales
circunstancias, pareció excelente.
-Lo felicito -repitió el capitán- no ha de ocurrirle
nada más y esta noche mandará usted una compañía, porque presiento que la cosa
arde para mí. Cada vez que he sido herido, lo he sido después que el oficial que
me acompañaba fuera alcanzado por alguna bala fría, y -agregó en tono más bajo,
como avergonzado-, en todos los casos los nombres de los oficiales empezaban con
P.
Yo simulé entera despreocupación; mucha gente lo
hubiera hecho como yo; mucha gente, también, habría quedado como yo impresionada
por aquellas proféticas palabras. Novicio como era, comprendía que no cabía
decir a nadie lo que estaba sintiendo y que debía en todo momento manifestar la
más serena intrepidez.
Al cabo de media hora disminuyó sensiblemente el fuego
de las baterías rusas y entonces salimos fuera del abrigo para avanzar hacia el
reducto.
Tres batallones integraban nuestro regimiento. Al
segundo se le encomendó que tomara de franqueo el reducto, por la parte de la
gola; los otros dos lo asaltarían de frente. El mío era el tercer batallón.
En cuanto surgimos de aquella suerte de espaldón que
nos había protegido, nos recibieron los enemigos con varias descargas de
mosquetería que causaron poco daño en nuestras filas. El silbido de las balas me
sorprendió; volví a veces la cabeza instintivamente, provocando con ello algunas
bromas de mis camaradas familiarizados ya con ese ruido.
-En resumidas cuentas -me dije- no es cosa tan terrible
una batalla.
Avanzábamos a la carrera, precedidos por los tiradores;
de pronto, los rusos arrojaron tres hurras, tres hurras bien claros,
permaneciendo luego silenciosos, sin tirar.
-No me gusta este silencio -dijo mi capitán- no anuncia
nada bueno.
A mí me pareció que nuestra gente era en exceso
chillona; no pude menos de comparar, en mi fuero interno, el clamor tumultuoso
que producía con el imponente silencio del enemigo.
Llegamos con rapidez hasta el pie del reducto; la
empalizada aparecía destruida y la tierra abierta por efectos del cañoneo. Los
soldados se abalanzaron con ímpetu sobre aquellas recientes ruinas, gritando
¡Viva el Emperador! tan fuertemente como no hubiera sido de esperarse de gente
que había ya gritado tanto.
Alcé la mirada: nunca podré olvidar el espectáculo que
se me ofreció. Gran parte del humo se había elevado y quedaba suspendido como un
dosel a veinte pies por sobre el reducto. A través de la nube azulada, se veía,
detrás del parapeto semiderruido, a los granaderos rusos con el arma alzada,
inmóviles como estatuas. Me parece ver todavía a cada uno de aquellos soldados,
puesta la mirada del ojo izquierdo en nosotros, oculto el ojo derecho tras el
fusil levantado. En una tronera, a pocos pies de distancia de nosotros, un
hombre con un cohete de guerra en la mano, se erguía junto a un cañón.
Me estremecí, pensando que era llegada mi última hora.
-El baile va a empezar -exclamó mi capitán- ¡buenas
noches!
Fueron las últimas palabras que oí de sus labios.
Un redoble de tambores resonó en el reducto. Vi cómo
bajaban hacia nosotros los caños de los fusiles. Cerré los ojos y oí un
espantoso estruendo, seguido de gritos y gemidos. Abrí los ojos, sorprendido de
estar vivo todavía. El reducto se me apareció envuelto en humo nuevamente. Yo
estaba rodeado de heridos y de muertos. A mis pies yacía el capitán: una bala de
cañón le había destrozado la cabeza y sobre mí habían llovido partículas de sus
sesos y gotas de sangre. De toda la compañía no quedábamos en pie más que seis
hombres y yo.
Un momento de estupor sucedió a aquella horrenda
carnicería. El coronel, alzando el sombrero en la punta de la espada, trepó
antes que nadie por el parapeto, al grito de ¡Viva el Emperador! Detrás de él
siguieron de inmediato los sobrevivientes.
No tengo casi recuerdos netos de lo que ocurrió
después. Entramos en el reducto, no sé cómo. Nos batimos cuerpo a cuerpo entre
el humo tan espeso que no podíamos vernos unos a otros. Creo que herí con mi
sable, puesto que lo tenía lleno de sangre. En fin, oí gritos de «¡Victoria!» y
al disiparse el humo noté que los muertos y la sangre ocultaban la tierra del
reducto. Los cañones, sobre todo, desaparecían bajo montones de cadáveres.
Alrededor de doscientos hombres, de pie, con uniforme francés, formaban grupos
desordenados, unos cargando sus fusiles, enjugando otros las bayonetas. Once
prisioneros rusos estaban con ellos.
El coronel yacía ensangrentado sobre un arcón de
municiones roto, cerca de la gola del reducto. Algunos soldados lo rodeaban
solícitos. Yo me aproximé.
-¿Dónde está el capitán más antiguo? -le preguntó a un
sargento.
El sargento se encogió de hombros con gesto muy
expresivo.
-¿Y el teniente más antiguo?
-Aquí está el señor, que llegó ayer -dijo el sargento
con tono perfectamente tranquilo.
El coronel sonrió amargamente.
-Bien, señor -me dijo-. Tomará usted el mando. Haga
fortificar rápidamente la gola del reducto con estos furgones, pues el enemigo
tiene muchas tropas; pero el general C... le prestará apoyo.
-Coronel -le dije-, ¿está usted herido de gravedad?
-Yo estoy jo... robado, querido; ¡pero hemos tomado el
reducto!
FIN |