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Mi querido amigo, el consejo que me
pides es difícil de dar.
Tienes, pues, un lío amoroso
que no eres capaz de deshacer y que me parece que se
encuentra en una situación lamentable para ti. Soy viejo; te
han dicho que yo había vivido, y haces una llamada a mi
experiencia para ayudarte. Temo no poder hacer nada por ti, me
parece que no estás en una buena situación.
Si he comprendido bien tu carta, he
aquí tu caso: Has conquistado a una mujer casada demasiado
tenaz. Y voy a hacer unas precisiones para estar seguro de no
equivocarme.
Tú eres joven, muy joven, veinticinco
años. Después de haber correteado un poco, a derecha y a
izquierda, por las calles y las mujeres de la calle, te has
sentido llamado, como lo somos todos, al deseo de amores más
refinados.
Entonces te fijaste en una amiga de
tu madre que se fijaba en ti desde hacía ya algún tiempo.
Ella se encontraba entonces en ese
momento en el que la mujer se encuentra aun bien, pero a punto
de empeorar. Cuarenta años cumplidos, la gordura, el frescor,
ese frescor de las uvas conservadas y el cariño suficiente
como para vender, el cual su marido no consumía desde hace
bastante tiempo.
Empezaron
intercambiando miradas. Luego sus
apretones de manos fueron un poco más largos, más estrechos,
con una fuerza tímida al principio, luego más significativa.
Después la besaste, una noche, detrás de una puerta y ella te
devolvió tu beso con usura.
Saliste para pasearte, encantado,
ligero, delirante. Estabas preso. Unos días más tarde la
cadena estaba bien cerrada. Una dura cadena, mi pobre amigo.
En primer lugar la edad de tu amante
constituye en sí misma un peligro terrible. Las mujeres
llegadas a ese punto, buscan su última proeza, meter el trigo
en el granero para los últimos días. Pero el granero está
reforzado. Mejor. ¿Pero qué importa? Un viejo zorro es más
retorcido que un joven. Y además piensa que la cosa a la que
una mujer está menos dispuesta a renunciar es al amor. Retarda
ese momento de abdicación lo más posible y, si puede, hasta la
parálisis senil. Yo querría que se condenase el desenfreno de
las mujeres mayores como las corrupciones de menores. ¿Es más
culpable, en efecto, de comenzar demasiado pronto que de
acabar demasiado tarde? En ambos casos, se viola la
naturaleza.
Mi pobre chico, ¡cuánto te
compadezco! He aquí que la cosa dura cinco años, ¿no? Sí, he
entendido bien, aún era apetecible. Ya no lo es. Cinco años,
en la edad de dar volteretas, cuentan
como cincuenta. La has visto deteriorarse día a día. Cuando tú
la tomaste era un plato digerible, pero
ya no son más que sobras... para tirar.
A partir de ahora no tendrás, me
temo, más consuelo que el verla envejecer. Esto es, por lo
menos, una venganza... y una buena
venganza.
No puedo imaginar,
pues, cómo
podrías deshacerte de ella, a menos que se lo cuentes a tu
madre, lo que no sería cortés. Ella cena en tu
casa dos veces a la semana; va de
visita, por la noche, cuando quiere. Su marido te adora y te
lleva al espectáculo. Es lo normal. En cuanto a ella, te
lapida con sus atenciones, cuidados, muestras de cariño y
muestras indudables de amor.
He aquí dos cosas que se debería de
enseñar a los niños con el alfabeto: Nunca se debe tener una
amante que ya no puede ser infiel y hay que mantenerse alejado
lo más posible de las relaciones a las que no se puede poner
fin con dinero.
Cuando una mujer es aún deseable,
manejándose bien, puede uno a menudo deshacerse de ella en
perjuicio de un amigo. Tú no tienes esa esperanza. Sin
embargo, quieres romper a cualquier precio, ¡romper! ¡Vaya
problema!
Aquel que hiciera un buen manual
sobre el arte de romper haría un mayor favor a la humanidad, a
los hombres sobre todo, que el inventor del ferrocarril.
Busquemos medios prácticos.
Si viviésemos en otro siglo y con
otras costumbres, te aconsejaría simplemente envenenarla, ya
que cena a menudo en tu casa. Pero lo harías mal y te
cogerían.
Sé que hay también otros medios de
envenenar a una mujer que la ley no puede prever ni castigar.
No soy yo quien debe desvelártelos, continuemos.
Solo existe en realidad, para romper
con una amante, un buen método: la zambullida. Se desaparece y
ya no se vuelve a aparecer. Que nos
escribe, uno no le responde; que viene
a vernos, uno ha cambiado de domicilio.
Que nos busca por todas partes, usted
se mantiene imposible de localizar; y
si por casualidad uno la encuentra, hace como si no la
conociera y pasa de largo. Si ella nos
para, se le pregunta con cortesía: ¿qué desea, señora? Y se
disfruta de su asombro, de su furor indignado. Con este
procedimiento, sólo hay que temer al
vitriolo. Este medio tiene la ventaja de ser radical y
grosero. Pero no es aplicable en tu caso, desgraciadamente, ya
que vives con tu familia. Es necesario que el conejo cazado
vuelva siempre a encerrarse en su agujero: por muy larga que
sea la ausencia hay que volver siempre a la casa paterna. Te
volverá a atrapar a tu vuelta, así de fácil.
Entonces, ¿qué? ¡Resignarte! Seguir
con ella. Sé bien que ahora sientes hacia ella tanto odio como
asco. Mala suerte. Creo que es necesario que apliques
solamente tu habilidad para evitar las ocasiones. Luego,
elúdela, pierde el conocimiento, simula ataques de nervios, de
rabia o de epilepsia, grita: ¡Fuego! ¡Al asesino! Desde el
momento en el que estén solos, deja tu
abrigo o incluso más, paga a un sirviente para que golpee las
puertas tan pronto como ella se encuentre encerrada contigo.
Pero resígnate a sufrir, al menos platónicamente, su pasión.
Ahora si de todas maneras necesitas
una ruptura, haz que su marido te sorprenda en flagrante
delito, te librarás de ella sólo con
dos meses de prisión. Es poco. En cuanto al procedimiento no
lo creas poco delicado, es tan lícito como legal.
Sé que el marido quizás no querrá
sorprenderte y que te expones así a una cita capital y muy
penosa. Voy a indicarte la manera de atraer hacia tu trampa al
esposo suspicaz y prudente. Escríbele una carta de amor que
firmarás con el nombre de una actriz, joven y guapa,
pidiéndole una hora para encontrarse con él en persona.
Todo hombre tiene una tendencia a
creerse irresistible. Vendrá. Y le habrás recomendado entrar
valientemente en la mansión indicada sin llamar. Tú no pasarás
el cerrojo y te resistirás el mayor tiempo posible.
Si él se enfada o si te perdona,
arreglará tu asunto. Ten sin embargo cuidado de tener testigos
en un armario por si negase todas las evidencias.
El amor, mi niño, es una cosa muy
agradable y muy desagradable al mismo tiempo. “Cuando
está cansado, hay que beberlo”, como
decía el mariscal de Saxe. Desgraciadamente
los viejos vinos del cariño no equivalen a los viejos vinos de
las bodegas.
Me doy cuenta de que te he dado un
largo sermón, y de que no te doy, en suma, ninguna fórmula
práctica. No hay. Todo depende de la habilidad personal, del
tacto y de las personas.
También puedes hacerte cura o,
¿quemarte el cerebro?
También podrías… ¡un matrimonio!
Pero, ¿eso acaso no sería ir de mal en peor? Y además... ¿te
liberaría eso?
En fin, entre nosotros, ¿sabes lo que
haría en tu lugar? Es una mezquindad lo que voy a decirte,
pero todo está permitido para defenderse. Y bien, trataría de
hacerla madre, si aún es posible. Te odiaría tanto que puede
que te dejase.
Pero yo querría que hubiera en los
colegios una enseñanza especial para prevenir a los jóvenes
alumnos de los peligros de esta índole. Se les
enseña el griego y el latín que les son
poco útiles, y no se les enseña a
defenderse de las mujeres que son en
suma el mayor peligro de nuestra vida. Debería de revelársenos
su naturaleza, sus trucos, su tenacidad,
otras mil cosas. Avisarnos sobre ellas. Es verdad que nada de
eso nos serviría quizás de nada.
Te doy la mano, como se hace en la
puerta de los cementerios, a las personas que no se puede ni
aliviar ni consolar.
FIN |