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En nuestro oficio, recibimos a menudo
cartas y no hay cronista que no haya comunicado al público
alguna epístola de estos lectores desconocidos.
Veremos un ejemplo.
¡Oh! Estas cartas son de muchos
tipos. Unas nos halagan, otras nos lapidan. Tan pronto somos
el único gran hombre, el único inteligente, el único genio y
el único artista de la prensa contemporánea, como no somos más
que un vil hombre, un bribón innombrable, digno a lo menos de
presidio. Es suficiente para merecer estos elogios o estas
injurias, tener o no tener la opinión de un lector sobre la
cuestión del divorcio o del impuesto proporcional. Ocurre a
menudo que sobre el mismo asunto recibimos al mismo tiempo las
más afectuosas felicitaciones o las reprobaciones más
virulentas; así que, es muy difícil, a fin de cuentas, hacerse
uno mismo una opinión.
A veces estas cartas contienen veinte
palabras, y a veces diez páginas. Sobra con leer diez líneas
para comprender el valor y conservarla o arrojarla al cesto,
cementerio de papeles viejos.
Por momentos también, estas epístolas
dan mucho que pensar: así, ésta, transmitirla al público, me
causa un problema de conciencia.
Conciencia no es tal vez la palabra
justa, y no hay duda que mi lectora (es una mujer la que me
escribe) no me supone un grave problema. Yo mismo doy prueba,
haciendo ver que me cargan de comisiones parecidas, de una
ausencia de sentido moral que tal vez me reprocharán.
Yo me he preguntado también, con
cierta inquietud, por qué había sido seleccionado entre tantos
otros; por qué se me había juzgado más apto que todos para
hacer el servicio solicitado, ¿cómo había podido creer que yo
no me ofendería?
Después pensé que la naturaleza
ligera de mis escritos bien podía haber influido sobre el
dubitativo juicio de una mujer, y le eché la culpa de ello a
la literatura. Pero antes de transcribir aquí unos fragmentos,
todos los fragmentos esenciales de la carta que me han
dirigido, es necesario prevenir a mis lectores de que no me
burlo de ellos, que esta carta la he recibido, por correo, con
sello en el sobre, que llevaba mi nombre, y que estaba
firmada, sí, firmada, muy legiblemente.
No busco aquí divertir o abusar de
los espíritus ingenuos. Yo hago de intérprete, poco
escrupuloso, repito, de un deseo de mujer.
Este es el documento:
Señor:
Dudé durante mucho tiempo antes de
escribirle: No me arriesgaba a confiar enteramente en usted.
Sin embargo creo que usted es bueno, generoso, pero lo que
tengo que decirle es tan extraño... En fin, acabo de echar por
tierra mi último temor y debía haber sido así. Ante el
infortunio, siempre creciente, ante la negra miseria no debe
haber timidez. La desgracia, como el peligro, dan entereza a
los menos valientes.
Ante todo, no vaya a creer,
hojeando esta carta, que estoy un poco loca o simplemente
exaltada. Tengo mis muy buenas razones, se lo aseguro. En
cuanto a mi carácter, en absoluto es novelesco, sino por el
contrario serio y muy prosaico, si me permite decirlo.
Para superar la pena no veo más
que un modo, ese modo yo lo intento. ¿No es muy natural y
sensato?
He aquí primeramente de qué se
trata: a pesar de mi pobreza soy honesta y pertenezco a una
honrada familia. Todavía soy joven (acabo de cumplir veintidós
años) y bien, señor, le confesaré francamente, desearía
casarme y lo más pronto posible.
No es que la vida de soltera me
pese, lejos de ello. Pero escuche un poco mis razones y verá
cómo de hecho tengo razón en querer renunciar a mi libertad.
Nuestra familia se compone de...
A continuación, unos detalles muy
tristes sobre su vida íntima. El mismo rigor de esos detalles
me impide transcribirlos, ya que si cayeran bajo los ojos de
los padres de mi interlocutora, esto sería suficiente, tal
vez, para que ellos la reconocieran. Todo lo que ella dice es,
por otra parte, muy lamentable y muy creíble. Continúo
contando.
Si yo estuviera sola, no me
quejaría, encontraría siempre cómo ganarme la vida; necesito
muy poco para mi personalmente, pero, no estoy sola, debo de
cuidar a mi familia.
...
El año pasado conocí a una joven,
una huérfana sin ninguna fortuna, que llegó a casarse con un
viejo millonario.
No apruebo la conducta de esta
joven. Tenía diecinueve años, era muy guapa y un hombre
encantador la amaba, un periodista, que ella también amaba,
creo.
Por ello la censuro y la
compadezco al mismo tiempo; ella ha, sin estar obligada a
ello, sacrificado la felicidad por la riqueza.
Para mí, ya que no tengo felicidad
que sacrificar (nadie me ha querido nunca) también sería muy
feliz si encontrara un hombre que quisiera encargarse de mí y
de mi familia, esto es obvio...
Que este hombre sea viejo o feo no
me importa. Solo pido una cosa, que sea rico. A cambio de su
dinero yo le daría mi juventud y mi fidelidad, incluso tal vez
mi gratitud si él es bueno.
Señor, he pensado que, conociendo
tanto mundo, usted debía tratar un buen número de solteros. Si
entre estos últimos usted encuentra uno que no supiera qué uso
darle a su fortuna y que no fuera un enemigo demasiado
encarnizado del matrimonio, ¿quisiera usted hablarle de mí?
Tomándome por esposa hará además una acción tan buena como
dando dote a doncellas virtuosas o fundando hospitales para
los gatos y los perros.
Se lo ruego, señor, concédame los
servicios que le pido; es decir, recomiéndeme a todos los
solterones que usted conoce y dígale al que sea lo suficiente
loco o lo bastante generoso para querer desposarse conmigo
(¡ay!, tengo mucho miedo de quedarme solterona), dígale que se
dirija a la señorita...
El apellido aparece con todas las
letras. Después me ruega que no sea indiscreto, para que sus
padres ignoren siempre su decisión.
¡Ya está!
Ninguna fotografía acompañaba a esta
carta. Estaba escrita con papel corriente común. La letra era
muy fina, muy clara, muy derecha, admirablemente formada, una
letra de institutriz y de mujer decidida.
Después de haber recibido esta
singular proposición, como se dice entre gente de negocios,
pensé en un primer momento: “¡Verdaderamente, para ser una
broma es bastante divertida!” Hay bastantes posibilidades, en
efecto, para que se trate de una simple broma. ¿Pero de quién?
¿De un amigo, tal vez, o de un enemigo que no se enfadaría por
saber la cifra de la comisión que yo cuento deducir de la
fortuna del novio, a menos que me gustara reclamar este
derecho de porcentaje sobre el capital de la joven?
Pensaron que respondería pronto, y es
siempre bueno tener en el bolsillo documentos de esta
naturaleza. Es verdad que doy a este amigo o a este enemigo
desconocido una idea bastante limitada de mi delicadeza. Pero
es necesario estar convencido, en principio, de que los demás
nos juzgan siempre peores o mejores de lo que nosotros somos.
Este me juzga peor, eso es todo.
Sin embargo, sería necesario que
también me considerara muy tonto. ¡Ante esta reflexión me han
aparecido dudas! Él creía pues que yo iba a caer ciegamente en
una trampa tan burda. ¿Esperaba tal vez que le pidiera una
cita? Pero entonces, por qué no utilizar la vieja fórmula que
siempre es la mejor.
Señor, usted es el más grande
escritor de este siglo. ¡No sabría explicarle la enardecida
admiración que siento por su genio! ¡Cómo me gustaría verle,
tocarle las manos, mirar sus ojos! Diga, ¿usted quiere? Tengo
veinte años, ¡soy hermosa! Responda a la lista de correos al
despacho de la Madelaine.
L.N.
Por muy duro que uno sea, no se
resiste a este tipo de cosas; sin embargo, uno puede dudar
delante de una fórmula nueva, tan extraña, tan equívoca como
la empleada en este caso.
Así que, ¿la carta misteriosa viene
tal vez de una mujer? ¿Pero por qué dirigirla a mí? Yo no
tengo agencia matrimonial, no conozco más solterones que
otros, no pienso tampoco que tenga una reputación de acudir en
ayuda de las vírgenes en desamparo.
Entonces... si... entonces... Tal vez
mi interlocutora desconocida haya dado a la palabra “casarme”
un sentido mucho más amplio que el que se le atribuye
generalmente en la burguesía. Eso explicaría todo, en efecto.
Pero ¡Dios mío! ¡Este es un encargo muy poco digno! ¡Los
agentes de esta naturaleza tienen un nombre especial! ¡Es
realmente duro de creer que ésta sea la opinión de los
lectores sobre los cronistas que les interesan!
Una soltera o una mujer joven se
encuentra en una situación delicada, busca un marido o un
amante, no sabe a quién dirigirse; cuando, de repente, le
asalta una idea: “Ya sé, voy a escribir a mi cronista
favorito, él me lo encontrará, él debe de conocer a mucha
gente.” Y añade mentalmente: “Y ese tipo de gente tienen muy
pocos escrúpulos”.
Esperen, pues, ustedes, queridos
colegas, recibir cualquier día alguna carta de esta
naturaleza:
Señor, tengo necesidad de conocer
una inteligente mujer discreta que no tenga nada más esencial
en la vida que traer al mundo niños vivos. He pensado que con
sus numerosas relaciones...
¡Y bien! No, señorita, si hay que
leer entrelíneas su carta, yo no puedo encargarme de este
trabajo, y mis medios personales no me permiten tampoco venir
en ayuda de su familia.
¡Pero también es posible que esta
pobre chica haya escrito esta carta sinceramente! Que empujada
por la miseria, no sabiendo ya qué hacer, perdiendo la cabeza,
no viendo a nadie que pueda ayudarla se diga a sí misma: “¿Es
tal vez este periodista un valiente hombre que comprenderá mi
situación y me tenderá la mano?”
¡Las mujeres tienen almas tan
complicadas, reflexiones tan inauditas, posibilidades tan
inverosímiles, impulsos tan espontáneos! Las raíces de sus
combinaciones son tan profundas, y a veces también sus
maquinaciones tan simples, que ellas nos desconciertan por su
candidez. Verdaderamente, es posible, muy posible, que esta
joven, después de haber leído alguno de estos artículos en los
que nosotros parece que tenemos un gran corazón, se haya
dicho: “He aquí mi salvador”.
Es en esta hipótesis en la que me he
quedado. No es la más creíble, pero sí la más generosa.
He, pues, intentado socorrer a mi
singular interlocutora, y he hecho la misma pregunta a todos
los solteros de mi alrededor.
-¿No querría usted contraer
matrimonio? Conozco una joven que le iría bien.
Y todos han respondido:
-¿La dote es buena?
Entonces me dirigí a los más viejos,
a los más feos, a los deformes. Éstos hacían ademanes
interesantes y murmuraban con una sonrisa:
-¿Es rica?
Fue entonces cuando me vino la idea.
Esperanza suprema y supremo
pensamiento, como habría dicho Víctor Hugo, con un llamamiento
público a los solterones.
No nombro a mi soltera, nada puede
darla a conocer; permanezco absolutamente discreto y le
transmitiré, sin abrirlas, las proposiciones lacradas que me
envíen para ella.
Veamos, señores, ¿hay alguno entre
ustedes que tenga un corazón verdaderamente generoso? ¡No
importa que sea jorobado, retorcido u octogenario!
No puedo hacer nada mejor, para
terminar, que citar la propia frase de mi interlocutora...
A cambio de su dinero yo le
entregaré mi juventud y mi fidelidad, incluso tal vez mi
reconocimiento, si es bueno... Tomándome por esposa hará
además una acción tan buena como dando dote a doncellas
virtuosas o fundando hospitales para los gatos y los perros.
¡Ánimo señores!
FIN |