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El bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del
sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por
detrás de la Madeleine1, una inmensa nube arrebolada arrojaba
sobre toda la larga avenida un oblicuo diluvio de fuego,
vibrante como el vapor de una fogata.
La muchedumbre, alegre, palpitante, caminaba bajo aquella
bruma encendida y parecía en una apoteosis. Los rostros
estaban dorados; los sombreros negros y los trajes tenían
reflejos de púrpura; el charol de los zapatos lanzaba llamas
sobre el asfalto de las aceras.
Ante los cafés, multitud de hombres tomaban bebidas
brillantes y coloreadas que parecían piedras preciosas
fundidas en el cristal.
Entre los parroquianos vestidos con trajes ligeros y
oscuros, dos oficiales con uniforme de gala hacían bajar todos
los ojos con el deslumbramiento de sus entorchados. Charlaban,
alegres sin motivo, entre aquella gloria de vida, entre la
radiante irradiación de la tarde; miraban a la muchedumbre,
los hombres lentos y las mujeres apresuradas que dejaban tras
sí un perfume intenso y turbador.
De repente un enorme negro, vestido de negro, ventrudo2, con
un chaleco de dril recargado de dijes, con la cara tan
reluciente como si le hubieran sacado brillo, pasó ante ellos
con aire triunfal. Sonreía a los transeúntes, sonreía a los
vendedores de periódicos, sonreía hacia el cielo
resplandeciente, sonreía a París entero. Era tan alto que
sobrepasaba todas las cabezas; y, a su paso, todos los
bobalicones se volvían para contemplarlo de espaldas.
Pero de pronto divisó a los oficiales y, atropellando a los
bebedores, se lanzó hacia ellos. En cuanto estuvo ante su
mesa, clavó en ellos sus ojos brillantes y encantados, y las
comisuras de la boca le subieron hasta las orejas,
descubriendo unos dientes blancos, claros como una luna
creciente en un cielo negro. Los dos hombres, estupefactos,
contemplaban a aquel gigante de ébano, sin entender su
alegría.
Exclamó, con una voz que hizo reír a todas las mesas:
-Bueena
tarde, mi teeniente.
Uno de los oficiales era jefe de batallón, el otro coronel.
El primero dijo:
-No lo conozco a usted, caballero;
ignoro lo que pretende de mí.
El negro prosiguió:
-Yo querer mucho a ti, teeniente Vedié, sitio Bézi, muucha
uvaa, buscaba yo.
El oficial, completamente desconcertado, miró fijamente al
hombre, buscando en el fondo de sus recuerdos; y bruscamente
exclamó:
-¿Tombuctú?
El negro, radiante, se golpeó el muslo lanzando una risa de
una violencia inverosímil y berreando:
-Sí, sí, ya, mi teeniente, reconoce Tombuctú, ya, bueena
tarde.
El comandante le tendió la mano riéndose también con toda
su alma. Entonces Tombuctú se puso serio. Cogió la mano del
oficial y, con tanta rapidez que el otro no pudo impedirlo, se
la besó, según la costumbre negra y árabe. Confuso, el militar
le dijo con voz severa:
-Vamos, Tombuctú, no estamos en África. Siéntate
ahí y dime cómo es que te encuentro aquí.
Tombuctú hinchó la barriga y,
tartamudeando de lo deprisa que hablaba:
-Ganado mucho dinero, muucho, gran estaurante, comido bien,
prusianos, yo, muucho robado, muucho, cocina francesa,
Tombuctú, coociner del Emperadó, doscientos mil francos a mí.
¡Ja, ja, ja, ja!
Y reía, retorciéndose, chillando con una alegría loca en la
mirada.
Cuando el oficial, que entendía su extraño lenguaje, lo
hubo interrogado cierto tiempo, le dijo:
-Bien, hasta la vista, Tombuctú,
hasta pronto.
El negro se levantó al punto, estrechó, esta vez, la mano
que le tendían, y, sin dejar de reír, gritó:
-Bueena tarde,
bueena tarde, mi teeniente.
Y se marchó, tan contento que gesticulaba al andar y lo
tomaban por un loco.
El coronel preguntó:
-¿Quién es ese animal?
El comandante respondió:
-Un buen chico y un valiente soldado.
Voy a contarle lo que sé de él; es bastante divertido.
"Ya sabe que al comienzo de la guerra de 1870 estuve
encerrado en Beziéres, que ese negro llama Bézi. No estábamos
sitiados, sino bloqueados. Las líneas prusianas nos rodeaban
por todas partes, fuera del alcance de nuestros cañones, y ya
no disparaban sobre nosotros, sino que pretendían rendirnos
por hambre.
"Yo era entonces teniente. Nuestra guarnición estaba
compuesta por tropas de todo tipo, restos de regimientos
destrozados, fugitivos, merodeadores separados de los cuerpos
del ejército. Teníamos de todo, incluso doce turcos3 llegados
una noche no sé cómo, no sé por dónde. Se habían presentado en las puertas de la ciudad, agotados,
andrajosos, hambrientos y borrachos. Me los encomendaron.
"Pronto comprendí que eran rebeldes a toda disciplina,
siempre estaban fuera y siempre achispados. Probé con la
prevención, e incluso con el calabozo, no conseguí nada. Mis
hombres desaparecían durante días enteros, como si se los
hubiera tragado la tierra, y después reaparecían borrachos
como cubas. No tenían dinero. ¿Dónde bebían? ¿Y cómo, y con
qué?
"La cosa empezaba a intrigarme vivamente, tanto más cuanto
que aquellos salvajes me interesaban con su risa perpetua y su
carácter de niños traviesos.
"Me di cuenta entonces de que obedecían ciegamente al más
alto de todos, ése que usted acaba de ver. Los gobernaba a su
antojo, preparaba sus misteriosas empresas como jefe
todopoderoso e indiscutido. Mandé que viniera a verme y lo
interrogué. Nuestra conversación duró unas tres horas, pues me
costaba mucho trabajo entender su sorprendente algarabía. El
pobre diablo, por su parte, hacía esfuerzos inauditos para que
lo entendiera, inventaba palabras, gesticulaba, sudaba con el
esfuerzo, se enjugaba la frente, resoplaba, se detenía y
volvía a empezar bruscamente cuando creía haber encontrado un
nuevo método para explicarse.
"Adiviné al final que era hijo de un gran jefe, de una
especie de rey negro de las cercanías de Tombuctú. Le pregunté
su nombre. Respondió algo así como
Chavajaribujalijranafotapolara. Me pareció más sencillo
ponerle el nombre de su tierra: "Tombuctú". Y, ocho días
después, nadie en la guarnición lo llamaba de otra manera.
"Pero sentíamos una curiosidad loca por saber dónde el
expríncipe africano encontraba bebida. Lo descubrí de un modo
singular.
"Estaba yo una mañana en las murallas, estudiando el
horizonte, cuando divisé en un viñedo algo que se movía. Se
aproximaba la época de la vendimia, las uvas estaban maduras,
pero no pensé en nada de eso. Creí que un espía se acercaba a
la ciudad, y organicé una expedición en regla para atrapar al
merodeador. Tomé yo mismo el mando, tras haber obtenido la
autorización del general.
"Había mandado salir, por tres puertas diferentes, tres
pequeñas tropas que debían reunirse cerca del viñedo
sospechoso y rodearlo. Para cortarle la retirada al espía, uno
de esos destacamentos tenía que marchar durante una hora, por
lo menos. Un hombre que había quedado de observación en la
muralla me indicó por señas que el ser divisado no había
salido del campo. Avanzábamos con mucho sigilo,
arrastrándonos, casi tumbados entre los surcos. Por fin,
llegamos al punto designado; despliego bruscamente a mis
soldados, que se lanzan al viñedo, y encuentran... a Tombuctú,
andando a cuatro patas entre las cepas y comiendo uvas, o
mejor dicho dando dentelladas a las uvas como un perro que
come sus sopas, con toda la boca, pegado a la planta,
arrancando el racimo con los dientes.
"Quise que se levantara; ni pensarlo, y comprendí entonces
por qué se arrastraba así sobre manos y rodillas. Cuando lo
enderezaron sobre sus piernas, osciló unos segundos, extendió
los brazos y cayó de bruces. Tenía la mayor borrachera que yo
había visto nunca.
"Nos lo llevamos sobre dos rodrigones. No cesó de reír
durante todo el camino, gesticulando con brazos y piernas.
"Ese era todo el misterio. Mis mozos bebían de la misma uva.
Después, cuando estaban borrachos a más no poder, se dormían
allí mismo.
"En cuanto a Tombuctú, su amor al viñedo sobrepasaba toda
medida, era increíble. Vivía allí dentro como los tordos, a
quienes por lo demás odiaba con un odio de rival celoso.
Repetía sin cesar:
"-Lo toordo comido tooda la uva, ¡sinvegüeenza!
"Una tarde fueron a buscarme. Se distinguía en la llanura
algo que venía hacia nosotros. Yo no había cogido mi anteojo y
veía mal. Hubiérase dicho una gran serpiente que se desenrollaba, un convoy, ¡yo qué sé!
"Envié unos hombres al encuentro de aquella extraña caravana
que pronto hizo una entrada triunfal. Tombuctú y nueve de sus
compañeros traían sobre una especie de altar, hecho con sillas
de campaña, ocho cabezas cortadas, sangrientas y expresivas.
El décimo turco tiraba de un caballo a la cola del cual habían
atado otro, y otros seis animales más los seguían, sujetos de
la misma manera.
"He aquí lo que me contaron. Al salir a los viñedos, mis
africanos habían visto de repente un destacamento prusiano que
se acercaba a un pueblo. En lugar de huir, se habían
escondido; después, cuando los oficiales echaron pie a tierra
ante una posada para tomar algo fresco, los once mozos se
lanzaron, pusieron en fuga a los ulanos que se creyeron
atacados, mataron a los dos centinelas, y además al coronel y
los cinco oficiales de su escolta.
"Ese día abracé a Tombuctú. Pero me di cuenta de que le
costaba andar. Lo creí herido; se echó a reír y me dijo:
"-Yo, poovisione pal país.
"Y es que Tombuctú no hacía la guerra por la gloria, sino
por la ganancia. Todo lo que encontraba, todo lo que le
parecía de valor, todo lo que brillaba, sobre todo, se lo
metía en el bolsillo. ¡Y qué bolsillo! Un pozo sin fondo que
empezaba en las caderas y terminaba en los tobillos. Habiendo
retenido un término de la tropa, lo llamaba "mis alforjas", ¡y
eran unas auténticas alforjas, en efecto!
"De modo que había arrancado los galones de los uniformes
prusianos, el cobre de los cascos, los botones, etc.,
arrojándolo todo en sus "alforjas", que estaban llenas hasta
rebosar.
"Todos los días precipitaba en su interior cualquier objeto
brillante que cayera en sus manos, pedazos de estaño o piezas
de plata, lo cual le daba a veces un aspecto infinitamente
gracioso.
"Contaba con llevarse todo al país de los avestruces, de los
cuales parecía hermano aquel hijo de rey torturado por la
necesidad de tragar los cuerpos brillantes. Si no hubiera
tenido sus alforjas, ¿qué habría hecho? Sin duda los hubiera
engullido.
"Todas las mañanas su bolsillo estaba vacío. Tenía, pues, un
almacén general donde se amontonaban sus riquezas. Pero,
¿dónde? No pude descubrirlo.
"El general, advertido de la gran hazaña de Tombuctú, mandó
en seguida enterrar los cuerpos que habían quedado en el
pueblo vecino, para que nadie descubriera que habían sido
decapitados. Los prusianos regresaron al día siguiente. El
alcalde y siete vecinos notables fueron fusilados en el acto,
en represalia, como denunciantes de la presencia de los
alemanes.
"Llegó el invierno. Estábamos agotados y desesperados. Ahora
nos batíamos a diario. Los hombres, hambrientos, no podían
andar. Sólo los ocho turcos (habían matado a tres) seguían
gordos y relucientes, vigorosos y siempre dispuestos a luchar.
Tombuctú incluso engordaba. Me dijo un día:
"-Tu muucha hambre, yo buena carne.
"Y en efecto, me trajo un excelente filete. Pero ¿de qué? Ya
no nos quedaban bueyes, ni carneros, ni cabras, ni asnos, ni
cerdos. Era imposible procurarse un caballo. Reflexioné sobre
todo esto tras haber devorado mi carne. Entonces me asaltó un
horrible pensamiento. ¡Aquellos negros habían nacido en una
tierra donde se come a los hombres! ¡Y caían diariamente
tantos soldados en torno a la ciudad! Interrogué a Tombuctú.
No quiso responder. No insistí, pero a partir de entonces
rechacé sus regalos.
"Me adoraba. Una noche, la nieve nos sorprendió en las
avanzadas. Estábamos sentados en el suelo. Yo miraba compasivo
a los pobres negros tiritando bajo aquel polvo blanco y
helado. Como tenía mucho frío, empecé a toser. Al punto sentí
que algo caía sobre mí, como una grande y cálida manta. Era el
capote de Tombuctú, que él me echaba sobre los hombros.
"Me levanté y le devolví su prenda:
"-Quédatelo, hijo mío; lo necesitas
más que yo.
"Él respondió:
"-«No, mi teeniente, pa ti, yo no necesitar, yo calieente,
calieente.
"Y me contemplaba con ojos suplicantes. Proseguí:
"-Vamos, obedece, quédate con el
capote, te lo mando.
"El negro entonces se levantó, desenvainó el sable, que
sabía conservar afilado como una hoz, y, sosteniendo con la
otra mano su ancho capote que yo rechazaba:
"-Si tu no queeda abrigo, yo coorto;
nadie abrigo.
"Lo hubiera hecho. Yo cedí.
"Ocho días después, habíamos capitulado. Algunos de los
nuestros habían podido escapar. Los demás iban a salir de la
ciudad y entregarse a los vencedores.
"Me dirigía a la plaza de Armas, donde debíamos
congregarnos, cuando me quedé asombrado ante un negro
gigantesco vestido de dril blanco y tocado con un sombrero de
paja. Era Tombuctú. Parecía radiante y se paseaba, con las
manos en los bolsillos, ante una tiendecilla donde se exhibían
dos platos y dos vasos.
"Le dije:
"¿Qué estás haciendo?
"Respondió:
"Yo no sufrí, yo buen coociner, yo hecho comer coronel,
Argeel; yo comido pusianos, mucho roobado, muucho.
"Helaba a diez grados. Yo tiritaba ante aquel negro vestido
de dril. Entonces me cogió del brazo y me hizo entrar. Vi una
muestra inmensa que iba a colgar ante la puerta cuando nos
hubiéramos marchado, pues tenía cierto pudor.
"Y leí, trazado por la mano de algún cómplice, este reclamo:
COCINA MILITAR DEL SEÑOR
TOMBUCTÚ
EXCOCINERO DE S.M. EL EMPERADOR
Artista de París - Precios módicos
"A pesar de la desesperación que me roía el alma, no pude
dejar de reírme, y dejé a mi negro entregado a su nuevo
negocio.
"¿No valía más eso que hacer que se lo llevaran prisionero?
"Acaba usted de ver que ha tenido éxito, el mozo.
Beziéres, hoy, pertenece a Alemania.
El restaurante Tombuctú es un comienzo de desquite."
FIN
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