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Los comensales entraban lentamente en
la gran sala del hotel y se sentaban en sus sitios. Los
criados empezaron a servir lentamente para dar tiempo a los
que llegaban con retraso y no tener que traer de nuevo los
platos; y los antiguos bañistas, los habituales, aquellos que
llegaban antes de la época, miraban con interés la puerta cada
vez que se abría con el deseo de ver aparecer nuevos rostros.
Esta es la gran distracción de las
villas termales. Se espera la hora de la cena para
inspeccionar las llegadas del día, para adivinar quiénes son,
lo que hacen, lo que piensan. Un deseo ronda nuestro espíritu,
el deseo de los reencuentros agradables, de conocer gente
amable, tal vez de amores. En esta vida de codo con codo, de
vecinos, los desconocidos adquieren una importancia extrema.
La curiosidad se pone en guardia, la simpatía en espera y la
sociabilidad a trabajar.
Hay antipatías de una semana y
amistades de un mes, se mira a la gente con ojos diferentes
bajo la óptica especial del conocimiento de la villa termal.
Se descubre a los hombres súbitamente en una conversación de
una hora, por la tarde, después de cenar, bajo los árboles del
parque donde borbotea el manantial curativo. Una inteligencia
superior y con méritos sorprendentes, pero un mes más tarde
hemos olvidado completamente estos nuevos amigos, tan
encantadores los primeros días.
Allí también se forman lazos
duraderos y serios, más rápido que en cualquier otra parte.
Uno se ve todo el día, nos conocemos muy aprisa, y entre el
afecto que empieza se mezcla algo de dulzura y del abandono de
viejas intimidades. Más tarde queda el recuerdo querido y
enternecedor de las primeras horas del amistad, el recuerdo de
las primeras conversaciones mediante las que se llega al
descubrimiento del alma, de las primeras miradas que preguntan
y responden a las cuestiones y pensamientos secretos que la
boca todavía no ha pronunciado, el recuerdo de esta primera
confianza cordial, el recuerdo de esta sensación encantadora
de abrir tu corazón a alguien que también parece abrirnos el
suyo.
Y la tristeza de la estación de los
baños, la monotonía de los días iguales, hacen más completa, a
medida que las horas pasan, esta eclosión de afecto.
Así que, aquella tarde, como todas
las tardes, esperábamos la entrada de figuras desconocidas.
Sólo vinieron dos, pero muy extraños:
un hombre y una mujer, padre e hija. Dieron la sensación,
enseguida, de personajes literarios; sin embargo, había en
ellos un algo especial, un halo de desgracia. Yo me los
imaginé como víctimas de la fatalidad. El hombre era muy
grande y delgado, un poco encorvado, con el pelo todo blanco,
demasiado blanco para su fisonomía todavía joven. Había en su
aspecto y en su persona algo grave, un porte austero que
caracteriza a los protestantes. La hija, de 24 ó 25 años, era
pequeña, muy delgada también, muy pálida, con aire cansado,
fatigado, agotado. Nos encontramos así personas que parecen
demasiado débiles para los trabajos y necesidades de la vida,
demasiado débiles para moverse, para andar, para hacer todo lo
que hacemos diariamente. Esta chiquilla era bastante hermosa,
de una belleza de apariencia diáfana; y comía con una lentitud
extrema, como si fuera incapaz de mover sus brazos.
Era ella seguramente la que venía a
tomar las aguas.
Se colocaron en frente de mí, al otro
lado de la mesa, y me di cuenta inmediatamente de que el padre
tenía un tic nervioso muy singular.
Cada vez que quería coger un objeto,
su mano describía un rápido gancho, una especie de zigzag
enloquecido, antes de llegar a tocar lo que buscaba. Al cabo
de unos instantes ese movimiento me cansó tanto que giraba la
cabeza para no verlo.
Me di cuenta también de que la joven
tenía, para comer, un guante en la mano izquierda.
Después de cenar fui a dar una vuelta
por el parque del complejo termal. Todo esto tenía lugar en
una pequeña estación de Auvergne, Chatel-Guyon, escondida en
una garganta, a los pies de la alta montaña, de esta montaña
de donde emanan tantas fuentes termales, llegadas del hogar
profundo de ancianos volcanes. Allá abajo, bajo nosotros, los
domos, cráteres extinguidos, levantaban sus cabezas truncadas
por debajo de la larga cadena montañosa;.Chatel-Guyon está al
principio del país de los domos. Más lejos se extiende el país
de las cumbres; y, más abajo todavía, el país de las
cortaduras. El monte Dome es el más alto de los domos, el pico
de Nancy el más alto de los picos y la cortadura de Chantal la
más grande de las cortaduras.
Hacía mucho calor aquella tarde. Yo
iba a lo largo y ancho de la sombría avenida, sobre el mamelón
que dominaba el parque, escuchando la emisión de las primeras
canciones del Casino. Percibí, acercándose a mí con un paso
lento, al padre y la hija. Los saludé como saludamos en las
villas termales a los compañeros de hotel; y el hombre,
parándose enseguida, me preguntó:
-No podría, señor, indicarnos un
paseo corto, fácil y bonito, si es posible; y perdone mi
indiscreción.
Yo me ofrecí a conducirlos al pequeño
valle por donde fluye el riachuelo, el valle profundo de
garganta estrecha entre dos grandes pendientes rocosas y
cubiertas de árboles. Ellos aceptaron.
Y hablamos, naturalmente, de la
virtud de las aguas.
-Oh -decía él -mi hija tiene una
extraña enfermedad, cuyo origen ignoramos. Sufre de ataques
nerviosos incomprensibles. Tan pronto la creemos afligida por
una enfermedad de corazón, tan pronto por una de hígado, tan
pronto por una enfermedad de médula espinal. Hoy día se la
atribuyen al estómago, que es la gran caldera y el gran
regulador del cuerpo, ese mal proteico con mil formas y mil
ataques. Por eso estamos aquí. Yo creo más bien que son los
nervios. En todo caso, es muy triste.
El recuerdo del violento tic de su
mano me vino enseguida y le pregunté:
-Pero, ¿eso no es hereditario? ¿No
está usted también enfermo de los nervios?
Él respondió tranquilamente:
-¿Yo?. ¡Que va! Siempre he estado
bien de los nervios...
Luego, de repente, después de un
silencio, volvió:
-¡Ah!, ¿usted se refiere al espasmo
de mi mano cada vez que quiero coger algo? Eso se debe a una
terrible emoción que he sufrido. Figúrese usted, ¡que esta
chiquilla ha sido enterrada viva!
Yo no encontré nada más que decir que
un "¡Ah!" de sorpresa y emoción.
Él siguió:
-Esta es la historia. Es sencilla.
Juliette tenía desde hacía algún tiempo graves problemas en el
corazón. Nosotros creíamos en una enfermedad de este órgano y
esperábamos de todo.
"La trajeron un día fría, inanimada,
muerta. Acababa de caer en el jardín. El médico constató el
deceso.
"Velé a su lado un día y dos noches;
la puse yo mismo en el ataúd que acompañé hasta el cementerio,
donde fue depositado en nuestro panteón familiar. Esto sucedía
en pleno campo, en Lorraine.
"Yo había querido que fuera enterrada
con sus joyas, brazaletes, collares, anillos, todos los
regalos que ella conservaba míos, y con su primer vestido de
baile.
"Imagínese usted cómo era el estado
de mi corazón y de mi alma volviendo a mi casa. Sólo la tenía
a ella, mi mujer había muerto hacía mucho tiempo. Volví solo,
medio loco, extenuado, a mi habitación y me dejé caer en mi
sillón, sin pensamientos, sin fuerza ahora para hacer un
movimiento. Ya no era más que una máquina dolorosa, vibrante,
un despellejado: mi alma parecía una herida abierta.
"Mi viejo ayuda de cámara, Prosper,
que me había ayudado a depositar a Juliette en el ataúd y a
prepararla para su último sueño, entró sin hacer ruido y
preguntó:
"-¿Señor, quiere usted tomar algo?
"Yo hice un 'no' con la cabeza, sin
responder.
"Él añadió:
"-El señor está equivocado. El señor
va a enfermar. ¿El señor quiere, pues, que yo lo meta en la
cama?
"Dije:
"-No, déjame.
"Y él se retiró.
"Cuántas horas transcurrieron, no lo
sé, ¡Oh! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Hacía frío; el fuego se
estaba apagando en la gran chimenea; y el viento, un viento de
invierno, un viento helado, un fuerte viento completamente
gélido, golpeaba las ventanas con un ruido siniestro y
regular.
"¿Cuántas horas transcurrieron? Yo
estaba allí, sin dormir, hundido, abatido, los ojos tristes,
las piernas estiradas, el cuerpo debilitado, muerto, y el
espíritu embotado de desesperación. De repente, la gran
campana de la puerta de entrada, la gran campana del
vestíbulo, sonó.
"Sufrí tal sacudida que mi asiento
crujió. El sonido grave y pesado vibraba en el castillo vacío
como en una tumba. Me giré para ver la hora en mi reloj. Eran
las dos de la mañana. ¿Quien podía venir a esta hora?
"Y bruscamente la campana sonó de
nuevo dos veces. Los sirvientes, sin duda, no osaban
levantarse. Cogí un candelabro y descendí. Estuve a punto de
preguntar:
"-¿Quien está ahí?
"Después tuve vergüenza de esta
debilidad; y saqué lentamente los gruesos cerrojos. Mi corazón
latía; tenía miedo. Abrí bruscamente la puerta y percibí en la
sombra una forma vestida de blanco, algo como un fantasma.
"Me eché hacia atrás, baldado por la
angustia, balbuciendo:
"-¿Quién... quién... quién eres tú?
"Una voz respondió:
"-Soy yo, padre.
"Era mi hija.
"Ciertamente, creí que estaba loco;
retrocedí a trompicones delante de este espectro que entraba;
yo me iba hacía atrás haciendo con la mano, como para
espantarla, este gesto que usted ha visto a todas horas; ese
gesto que ya no me ha abandonado.
"La aparición siguió:
"-No tengas miedo, papá, no estaba
muerta. Han querido robarme mis anillos y me han cortado un
dedo; la sangre empezó a fluir y eso me ha reanimado.
"Y me di cuenta, en efecto, de que
estaba cubierta de sangre.
"Caí de rodillas, sofocado,
sollozando, agonizante.
"Luego, cuando hube recobrado un poco
la razón, tan enajenado todavía que entendía mal la terrible
suerte que me venía, la hice subir a mi habitación, la hice
sentarse en mi sillón; después llamé a Prosper con golpes
precipitados para que volviera a encender el fuego, que
preparara algo para beber y fuera a buscar ayuda.
"El hombre entró, miró a mi hija,
abrió la boca con un espasmo de espanto y de horror, luego
cayó tieso de espaldas, muerto.
"Era él quien había abierto el
féretro, quien había mutilado y después abandonado a mi niña,
ya que no podía borrar las huellas del robo. Ni siquiera había
tenido cuidado en volver a colocar el ataúd en su nicho,
seguro, como estaba por otra parte, de no ser sospechoso para
mí, ya que gozaba de toda mi confianza.
"-Ve usted, señor, nosotros somos
personas muy desgraciadas".
Él hombre calló.
La noche había llegado, envolviendo
el pequeño valle solitario y triste, y una especie de
misterioso miedo me oprimía al sentirme al lado de estos seres
extraños, de esta muerta vuelta a la vida y de este padre con
gestos horribles.
Yo no encontraba nada qué decir.
Murmuré:
-¡Qué cosa más horrible!
Después, un minuto después, añadí:
-¿Y si entráramos?, me parece que
hace fresco.
Y regresamos hacia el hotel. |