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Cuando entré en el taller de La Villette,
vi, yaciente sobre la hierba del patio, enfrente de la armada
de negras y monstruosas chimeneas, el enorme globo amarillo,
casi inflado por completo, igual a una calabaza colosal posada
en medio de gasómetros en el huerto de un cíclope.
Un largo conducto de tela barnizada,
igual a ese pequeño rabo torcido por donde las calabazas
doradas beben la vida en la tierra, insuflaba al Horla el alma
de los aeróstatos. Palpitaba y se levantaba poco a poco, y una
docena de hombres lo rodeaban, desplazando de cuando en cuando
los sacos de lastre enganchados a las amarras para permitirle
moverse.
Un cielo bajo y gris, una pesada
bóveda de nubes se extendía sobre nuestras cabezas. Eran las
cuatro y media de la tarde, y la noche ya parecía próxima.
Curiosos y amigos entraban al taller.
Observaban, con sorpresa, la pequeñez de la barquilla, los
parches sobre las delgadas fisuras del globo, todos los
preparativos para este viaje por el espacio.
Aún se cree que las ascensiones
exponen a los viajeros a grandes peligros, cuando en verdad
presentan los mismos, o menos, que un simple paseo por el mar
o en coche de punto. Cuando el material es adecuado, el
aeronauta prudente y experimentado, como lo son los señores
Jovis y Mallet, se puede partir hacia una excursión al cielo
con una tranquilidad anímica más completa que si uno se
embarcara hacia América, lo que no es del todo espantoso.
Cuatro hombres vienen por la
barquilla al taller, gran cesta cuadrada muy parecida a las
nuevas valijas de viaje, de mimbre tejido. En dos de los
costados de este vehículo volador, se lee, en letras de oro
sobre una placa de madera: El Horla.
Sujetamos el globo cautivo, que eleva
su lastre, y al racimo de hombres prendidos de las amarras;
luego metemos la cesta de las provisiones, la caja con
herramientas y los instrumentos: dos barómetros ordinarios, un
barómetro registrador, dos termómetros, unos gemelos para
navegación.
Todo está listo. Los amigos forman un
círculo; y los viajeros, usando una silla como escala, suben
al borde de la barquilla, luego saltan al interior. El Sr.
Mallet trepa al fleje, por encima de nuestras cabezas, bajo el
apéndice del globo, estrecha boca de tela por donde saldrá el
exceso de gas si encontramos capas de aire más caliente.
El aeronauta Sr. Jovis calcula en
tanto la fuerza de ascensión a fin de hacer un buen despegue.
Vaciamos un saco de lastre; las manos de los hombres aferradas
a los bordes de la barquilla la aflojan un poco, y nosotros
nos sentimos suavemente elevados, luego recapturados por todos
estos dedos de nuevo uncidos, finalmente abandonados una vez
más cuando otro saco ha sido vertido.
Un teniente de la fuerza aérea,
vinculado a la escuela militar de aeronáutica de Meudon, que
vino a ver el despegue, ha querido con gusto ayudar a nuestra
partida. Retiene entre sus manos la cuerda que nos liga a
tierra hasta que se escucha el grito que lanza Jovis:
"Suelten."
De repente el gran círculo de amigos
que nos rodea y nos habla, las ropas claras, los brazos
extendidos, los sombreros negros, se hunden alrededor nuestro
y desaparecen -nada sino aire-; partimos, alzamos el vuelo.
Volamos ya sobre una inmensa ciudad,
sobre un plano de París desmesurado, semejante a los planos en
relieve de las exposiciones, con los techos azules, las calles
rectas o tortuosas, el río gris, los monumentos puntiagudos,
el domo dorado de los inválidos, y más lejos el campanario aún
inconcluso de Notre-Dame-de-la-Chaudronnerie*,
la torre Eiffel.
Inclinados sobre el borde de la
barquilla, vemos en el patio del taller a una muchedumbre de
hombres y mujeres empequeñecidos que agitan brazos, sombreros
y pañuelos blancos. Pero son tan pequeños, tan insectos, están
tan lejanos, que no comprendemos que los hayamos dejado en
unos instantes -ocho o diez segundos.
-Miren -grita Jovis con entusiasmo-,
¿no es hermoso, hijos míos?
Un rumor inmenso sube hacia nosotros,
un rumor hecho de miles de ruidos, de toda la vida de las
calles, de la circulación de los vehículos sobre los
adoquines, de los relinchos de los caballos, del chasquido de
los látigos, de las voces humanas, del estrépito de los
trenes. Dominando todo, próximos o lejanos, en extremo agudos
o graves, los pitidos de las locomotoras parecen desgarrar el
aire, tan vibrantes y claros son. He aquí ahora la llanura
alrededor de la ciudad, la planicie verde que cortan las vías
blancas, rectas, cruzadas en todos los sentidos, innumerables.
Pero de pronto los detalles de la tierra, tan nítidos, se
pierden un poco, como si los hubiesen difuminado suavemente,
luego se empañan tras vapores casi imperceptibles, después se
confunden del todo enturbiados, casi eliminados. Penetramos en
las nubes.
Es, ante todo, un velo que nos
envuelve, ligero y transparente. Se espesa y se vuelve gris,
opaco, se cierra sobre nosotros, nos aprisiona, nos contiene,
nos oprime. Luego, pronto, esta muralla de niebla húmeda y
sombría se despeja, blanquea, aclara. Por entonces nos
deslizamos a través de un algodón vaporoso, entre un humo
lácteo, a través de un rocío plateado. De segundo en segundo,
una luz misteriosa, deslumbrante, venida de lo alto, ilumina
cada vez más las olas blancas que surcamos; y de súbito,
bruscamente, emergemos hacia un cielo azul esplendoroso de
sol.
Ninguna locura puede crear un sueño
similar al que acabamos de ver. Volamos, ascendemos siempre,
por encima de un caos ilimitado de nubes que tienen la
apariencia de la nieve. Se extienden hasta donde alcanza la
mirada, fantásticas, inimaginables, sobrenaturales.
Se despliegan, estas nieves de un
brillo intolerable, en todas direcciones por debajo de
nosotros. Hay praderas, cumbres, picos, valles. Las formas de
este nuevo universo, de este país de hadas que no se puede ver
sino desde el cielo, son desconocidas en la tierra. Se
perciben provincias de pináculos, de agujas, de torres de
cristal, de océanos de olas revueltas, sublevadas, inmóviles y
furiosas, cuya espuma reluciente ciega los ojos, precipicios
violeta ahuecados por las nubes más bajas, y montañas
inverosímiles alzando en el espacio infinito sus grupos
monstruosos de claridad enloquecedora.
Pero de pronto, cerca de nosotros
-cerca o lejos, no sabríamos decirlo pues no tenemos noción de
la distancia- aparece en el aire límpido una mancha
transparente, enorme, redonda, que flota y sube, un globo,
otro globo, con su barquilla, su bandera, sus viajeros.
Levanto un brazo y veo a uno de los pasajeros de esta
aparición alzar un brazo. Distinguimos las nubes, el horizonte
desmesurado a través de esta sombra fantástica como si no
existiese; y, alrededor de ella, se dibuja un gran arco iris
que lo encierra en una corona luminosa y multicolor.
Más real que el buque fantasma de los
navegantes, este globo fantasma nos acompaña a través del
espacio, por debajo del desierto ilimitado de nubes, rodeado
de una aurora deslumbrante, parece que nos enseña, en medio
del cielo inexplorado, la apoteosis de los viajeros del aire.
Se nombra a este fenómeno bien conocido "la aureola de los
aeronautas".
La sombra del globo proyectada sobre
las nubes vecinas explica esta aparición sorprendente; pero,
para explicar el arco iris que lo rodea, hay bastantes
teorías.
He aquí la más verosímil.
La tela del aeróstato sigue siendo, a
pesar de la calidad del tejido y del barniz, permeable al gas
del interior. Ha ocurrido por tanto una pérdida constante por
toda la superficie y crea alrededor del globo una ligera capa
de humedad. El sol, al atravesar esta rociada, engendra los
colores del prisma como en la fina llovizna de las cascadas, y
los proyecta en corona, siguiendo la sombra del globo, sobre
la nube más próxima. Ahora bien, como ascendemos siempre, este
espectro vaporoso cesa pronto de seguirnos, y, más pequeño a
cada instante, a medida que nos elevamos, sigue estando por
debajo de nosotros, flotando sobre el océano de los nubarrones
blancos. El sol oblicuo lo arroja a lo lejos, abajo, donde
sigue todos nuestros movimientos, semejante a una pelota que
rueda, que vaga por el desierto tumultuoso de las nieves.
Entre más tiempo pasamos en el aire,
más intenso parece el calor y más la reverberación de la luz
que sobre esta inmensidad reluciente se vuelve prodigiosa e
insoportable. El termómetro marca veintiséis grados en tanto
que en tierra sólo teníamos trece, y el globo, demasiado
dilatado, deja escapar por el apéndice una oleada de gas que
se derrama en el aire como una vaharada.
Hemos pasado los dos mil metros,
planeamos por tanto a cerca de mil quinientos metros por
encima de las nubes, y no vemos otra cosa que estas flotas de
plata interminables, bajo el azul ilimitado del cielo.
De vez en cuando ocurren agujeros
violeta, abismos en los que no se ve el fondo. Vamos
lentamente, empujados por una brisa que no sentimos, hacia una
de estas fisuras. Diríamos, desde lo lejos, que un glaciar se
ha postrado en la inmensidad, dejando, entre dos montañas, una
grieta desmesurada.
Tomo los gemelos para examinar la
depresión azulada del precipicio y atisbo en el fondo un
pedazo de pradera, dos caminos, una gran ciudad. Pronto
estamos encima. ¡He aquí carneros en un campo, vacas,
vehículos! ¡Se ven lejanos, pequeños, insignificantes! Pero
los nubarrones que circulan por debajo de nosotros cierran
bruscamente esta mirilla abierta en esta bóveda de tormentas.
Entre tanto, el Sr. Mallet repite de
vez en cuando: "Lastre, suelten lastre." El globo, desinflado
por la dilatación del gas y enfriado de golpe por la
proximidad de la tarde, cae como una piedra. En torno a
nosotros las hojas de papel de arroz, lanzadas sin cesar para
apreciar las ascensiones y los descensos, revolotean como
mariposas blancas. Es éste el mejor medio para saber lo que
hace un aeróstato. Cuando sube, el papel de arroz parece caer
hacia tierra; cuando desciende, la hojita parece remontarse
hacia el cielo.
-Lastre. Suelten más lastre.
Vaciamos, puñado a puñado, los sacos
de arena, que se derrama por debajo de nosotros a manera de
lluvia blonda que el sol dora. El Horla se desploma sin
remedio y vemos reaparecer muy cerca de nosotros, como si
viniese a nuestro encuentro, no habiendo podido seguirnos, el
globo fantasma en su aureola.
Mientras tanto, rozamos el mar de
nubes, y la barquilla, a veces, parece remojarse en la espuma
de olas que se evaporan a su alrededor.
De nuevo aparecen los orificios por
donde atisbamos el terreno, un castillo, una vieja iglesia,
siempre rutas y campos verdes.
A fuerza de soltar lastre, hemos
terminado por frenar la caída; pero el globo, fofo y blando,
semeja un andrajo de tela amarilla, y enflaquece a simple
vista, asido por el frío de las nieblas que rápidamente
condensa el gas. De nuevo entramos en las nubes, nos ahogamos
en estas flotillas de bruma.
Los ruidos del mundo nos llegan más
distintos, ladridos de perros, gritos de niños, circulación de
vehículos, chasquidos de látigos. He aquí la tierra, el
inmenso mapa geográfico que hemos podido ver por cerca de
medio minuto al partir: estamos apenas a seiscientos metros
por encima de ella, distinguimos detalles menores.
Algunas gallinas, en un gran patio,
vuelan despavoridas, tomándonos sin duda por algún gavilán
monstruoso que planea.
¿Qué extraño animal es ése que corre
en el campo? ¿Un pavo blanco, o un borrego, o un ganso? No. Es
un niño, vestido con pantalón y una camisa, que nos ha visto y
que, boca arriba, se ha tendido, lo que me ha permitido
reconocer un cuerpo humano.
Lanzamos a tierra avisos frecuentes
con nuestra bocina. Los hombres responden con gritos y nos
acompañan corriendo a través del campo, abandonando los
vehículos en los caminos, y vemos en medio de las cosechas
verdes una multitud insensata que trota.
El aeróstato sigue bajando. La primer
ancla se arrastra entre los árboles, la segunda toca tierra
cuando estamos por alcanzar una de las vías del tren cuyos
cables telegráficos van a impedirnos el paso.
-Hay que esquivar los cables -grita
Jovis, pues el telégrafo es la guillotina de los aeronautas.
El último saco de lastre es vaciado,
casi de golpe, y el globo agonizante hace un último esfuerzo,
parece dar un último aletazo, y salva el terraplén final justo
en el momento en que llega un tren, cuyo maquinista nos saluda
con un pitido.
Estamos de nuevo a treinta metros del
suelo. Con un navajazo, Jovis corta la soga del ancla, que cae
en un campo de trigo. Aliviado de este peso, El Horla asciende
un poco; pero jalamos con todas nuestras fuerzas la cuerda de
la válvula de escape y la barquilla cae a tierra, sin sacudida
alguna, en medio de un pueblo de campesinos que la atrapan y
retienen.
Abandonamos la barquilla, afligidos
por ver terminado este corto y grandioso viaje, esta
inimaginable ascensión a través del espacio, en un hechizo de
nubes blancas que poeta alguno ha soñado.
Un amable terrateniente de Thieux,
donde habíamos caído, el Sr. Gilles, que también ha realizado
muchas ascensiones, viene a recibirnos con la promesa de una
excelente cena en su casa.
FIN |