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¡Ah!, dijo el capitán, Conde de Garens.
¡Claro que me acuerdo de aquella cena de Reyes durante la
guerra! Yo era entonces sargento de húsares, y hacía quince
días que rondaba de explorador ante una vanguardia alemana. La
víspera habíamos acuchillado a unos ulanos y perdido tres
hombres, uno de ellos el pobrecito Raudeville. Ya saben
ustedes, Joseph de Raudeville.
Ahora bien, ese día mi capitán me
ordenó que cogiera diez jinetes y fuera a ocupar y custodiar
durante toda la noche el pueblo de Porterin, donde nos
habíamos batido cinco veces en tres semanas. En aquel avispero
no quedaban en pie veinte casas ni doce habitantes.
Cogí, pues, diez jinetes y partí
hacia las cuatro. A las cinco, en plena noche, llegamos a las
primeras tapias de Porterin. Hice alto y ordené a Marchas, ya
saben, Pierre de Marchas, que se ha casado luego con la
pequeña Martel-Auvelin, la hija del Marqués de Martel-Auvelin,
que entrara solo en el pueblo y me trajera noticias.
Yo había escogido sólo voluntarios,
todos de buenas familias. Da gusto, en el servicio, no tener
que tratar con patanes. Este Marchas era espabilado como
nadie, fino como un zorro y ágil como una serpiente. Sabía
husmear prusianos igual que un perro husmea la liebre,
encontrar víveres allá donde sin él hubiéramos muerto de
hambre, y conseguía informaciones de todo el mundo,
informaciones siempre seguras, con una habilidad inimaginable.
Regresó al cabo de diez minutos:
-Todo va bien -dijo-; ningún prusiano
ha pasado por aquí desde hace tres días. ¡Qué pueblo más
siniestro! He charlado con una monja que cuida cuatro o cinco
enfermos en un convento abandonado.
Ordené avanzar y penetramos en la
calle principal. Se distinguían vagamente, a derecha e
izquierda, paredes sin tejados, apenas visibles en la profunda
noche. De trecho en trecho, una luz brillaba tras un cristal:
una familia se había quedado para guardar su casa, más o menos
en pie, una familia de valientes o de pobres. La lluvia
empezaba a caer, una lluvia menuda, helada, que nos congelaba
antes de habernos mojado, con sólo tocar los capotes. Los
caballos tropezaban con piedras, con vigas, con muebles.
Marchas nos guiaba, a pie, ante nosotros, arrastrando a su
animal por la brida.
-¿A dónde nos llevas? -le pregunté.
Respondió:
-He encontrado un refugio, y bueno.
Y se detuvo pronto ante una casita
burguesa que seguía intacta, bien cerrada, dando a la calle y
con un jardín atrás.
Por medio de un grueso guijarro
recogido cerca de la verja, Marchas hizo saltar la cerradura,
después subió la escalinata, forzó la puerta de entrada a
patadas y empujones, encendió un cabo de vela que siempre
llevaba en el bolsillo, y nos precedió por una buena y cómoda
morada de particular rico, guiándonos con seguridad, con
admirable seguridad, como si hubiera vivido en aquella casa
que veía por primera vez.
Dos hombres se habían quedado fuera
guardando nuestros caballos.
Marchas le dijo al gordo Ponderel,
que le seguía:
-La cuadra debe estar a la izquierda;
lo he visto al entrar; vete a acomodar los animales, no los
necesitamos.
Después, volviéndose hacia mí:
-¡Da órdenes, rediez!
Siempre me asombraba aquel buen mozo.
Respondí riendo:
-Voy a poner centinelas en las
inmediaciones del pueblo. Volveré aquí.
Preguntó:
-¿Cuántos hombres te llevas?
-Cinco. Los otros los relevarán a las
diez de la noche.
-Está bien. Me dejas cuatro para
buscar provisiones, cocinar y poner la mesa. Ya encontraré yo
el escondite del vino.
Y me fui a reconocer las calles
desiertas hasta la salida a la llanura, para colocar a mis
guardias.
Media hora más tarde estaba de
regreso. Encontré a Marchas tumbado en un gran sillón
Voltaire, al que le había quitado la funda, por amor al lujo,
decía. Se calentaba los pies al fuego, fumando un excelente
cigarro cuyo aroma llenaba la estancia. Estaba solo, con los
codos en los brazos del asiento, la cabeza hundida entre los
hombros, las mejillas rosadas, los ojos brillantes y aspecto
satisfecho.
En la pieza contigua oí un ruido de
vajilla. Marchas me dijo, sonriendo beatífico:
-La cosa marcha, he encontrado el
burdeos en el gallinero, el champán bajo los peldaños de la
escalinata, el aguardiente -cincuenta botellas del fino- en el
huerto, debajo de un peral que, al examinarlo con la linterna,
no me pareció muy derecho. Y, de sólido, tenemos dos gallinas,
una oca, un pato, tres pichones y un mirlo cogido en una
jaula; nada más que carne de pluma, como ves. Todo se está
guisando en este momento. Este pueblo es una maravilla.
Yo me había sentado frente a él. La
llama de la chimenea me abrasaba la nariz y las mejillas:
-¿De dónde has sacado esa madera?
-pregunté. Murmuró:
-Magnífica madera, el coche del
dueño, cortado. Es la pintura la que hace esa llama, un ponche
de bencina y de barniz. ¡Buena casa!
Yo me reía, pues encontraba muy
gracioso a aquel animal. Prosiguió:
-¡Y pensar que hoy es la noche de
Reyes! Mandé meter una sorpresa en la oca; pero no tenemos
reina, ¡es un fastidio!
Repetí, como un eco:
-Es un fastidio; pero ¿qué quieres
que le haga?
-Pues que la encuentres, ¡diantre!
-Que encuentre ¿qué?
-Mujeres.
-¿Mujeres?... ¡Estás loco!
-Pues yo encontré el aguardiente bajo
un peral, y el champán bajo los peldaños de la escalinata; y
eso que nada podía guiarme. Mientras que, en tu caso, unas
faldas son un indicio seguro. Busca, joven.
Tenía un aire tan serio, tan
convencido, que no sabía si estaba bromeando.
Respondí:
-Veamos, Marchas, ¿estás de broma?
-Jamás bromeo durante el servicio.
-Pero ¿dónde diablos quieres que
encuentre mujeres?
-Donde quieras. Deben quedar tres o
cuatro en el pueblo. Da con ellas y tráelas.
Me levanté. Hacía demasiado calor
ante aquel fuego. Marchas prosiguió:
-¿Quieres una idea?
-Sí.
-Vete a ver al cura.
-¿Al cura? ¿Para qué?
-Invítalo a cenar y ruégale que
traiga una mujer.
-¿El cura? ¿Una mujer? ¡Ja, ja, ja!
Marchas prosiguió con extraordinaria
gravedad:
-A mí no me hace gracia. Vete a ver
al cura, cuéntale nuestra situación. Debe de aburrirse
espantosamente, vendrá. Pero dile que necesitamos una mujer
como mínimo, una mujer como Dios manda, claro, puesto que
todos somos hombres de mundo. Debe conocer a sus feligreses al
dedillo. Si hay alguna posible para nosotros, y si te das
maña, te la indicará.
-¡Vamos, Marchas! ¡Qué cosas se te
ocurren!
-Querido Garens, puedes hacerlo muy
bien. E incluso sería muy divertido. Somos educados, ¡pardiez!,
y nos mostraremos de una distinción perfecta, de una elegancia
suma. Dile nuestros nombres al padre, hazlo reír, enternécelo,
sedúcelo ¡y decídelo!
-No, es imposible.
Acercó su sillón y, como conocía mi
punto flaco, el pícaro prosiguió:
-Imagínate lo estupendo que será
hacerlo ¡y qué divertido contarlo! Se hablará de eso en todo
el ejército. Y te dará una reputación envidiable.
Yo vacilaba, tentado por la aventura.
Insistió:
-Vamos, Garens. Eres el jefe del
destacamento, sólo tú puedes ir a ver al jefe de la Iglesia en
este pueblo. Por favor, ve. Contaré la cosa en versos en la
Revue des Deux Mondes, después de la guerra, te lo prometo. Se
lo debes a tus hombres. Los obligas a marchar desde hace un
mes.
Me levanté preguntando:
-¿Dónde está la rectoral?
-Coge la segunda calle a la derecha.
Al final encontrarás una avenida; y, al final de la avenida,
la iglesia. La rectoral está al lado.
Salí; me gritó:
-¡Cuéntale el menú para que le entre
hambre!
Descubrí sin dificultad la casita del
eclesiástico, al lado de una fea y gran iglesia de ladrillo.
Di unos puñetazos en la puerta, que no tenía ni timbre ni
aldaba, y una voz potente preguntó desde dentro:
-¿Quién es?
Respondí:
-Un sargento de húsares.
Oí un ruido de cerrojos y de una
llave que giraba, y me encontré ante un sacerdote alto de
vientre prominente, con un pecho de luchador, formidables
manos que salían de las mangas remangadas, tez roja y aspecto
de buena persona.
Hice el saludo militar.
-Buenas noches, señor cura.
Había temido una sorpresa, una
asechanza de merodeadores, y sonrió al responder:
-Buenas noches, amigo mío; pase.
Lo seguí a una pequeña habitación de
suelo rojo, donde ardía un fuego pobre, muy diferente de la
hoguera de Marchas.
Me indicó una silla, y después me
dijo:
-¿En qué puedo servirle?
-Señor cura, permítame ante todo
presentarme.
Y le tendí mi tarjeta. La leyó a
media voz:
-El Conde de Garens.
Proseguí.
-Somos once aquí, señor cura, cinco
de guardia y seis instalados en casa de un vecino desconocido.
Esos seis se llaman Garens, aquí presente, Pierre de Marchas,
Ludovic de Ponderel, el Barón de Etreillis, Karl Massouligny,
hijo del pintor, y Joseph Herbon, un joven músico. Vengo, en
su nombre y el mío, a rogarle que nos haga el honor de cenar
con nosotros. Es una cena de Reyes, señor cura, y quisiéramos
que resultara un poco alegre.
El sacerdote sonrió. Murmuró:
-No me parece que sea el momento de
divertirse.
Respondí:
-Nos batimos todos los días, padre.
Catorce de nuestros camaradas han muerto desde hace un mes, y
tres han caído ayer mismo. Es la guerra. Nos jugamos la vida a
cada instante, ¿no tenemos derecho a jugárnosla alegremente?
Somos franceses, nos gusta reír, sabemos reír en cualquier
parte. ¡Nuestros padres se reían en el cadalso! Esta noche,
quisiéramos desentumecernos un poco, como personas bien
educadas y no como soldadotes, ya me entiende. ¿Es un error?
Respondió vivamente:
-Tiene usted razón, amigo mío, y
acepto su invitación con gran placer.
Gritó:
-¡Hermance!
Una vieja campesina, encorvada,
arrugada, horrible, apareció y preguntó:
-¿Qué pasa?
-No ceno aquí, hija mía.
-¿Dónde cena, entonces?
-Con los señores húsares.
Me dieron ganas de decir «Tráigase a
su criada», para ver la cara de Marchas, pero no me atreví.
Proseguí:
-Entre sus feligreses que se han
quedado en el pueblo, ¿se le ocurre alguno o alguna a quien
pudiera invitar también?
Vaciló, reflexionó y declaró:
-¡No, nadie!
Insistí:
-¿Nadie?... Vamos, señor cura, piense
un poco. Sería muy grato contar con señoras. Quiero decir con
matrimonios. ¡Yo qué sé! El panadero y su mujer, el tendero de
ultramarinos, el... el... el relojero... el... el zapatero, él
farmacéutico con la farmacéutica... Tenemos una buena comida,
vino, estaríamos encantados de dejar un buen recuerdo entre la
gente de aquí.
El cura meditó un buen rato, después
pronunció con resolución:
-No, nadie.
Me eché a reír:
-¡Caramba!, señor cura, es fastidioso
no tener una reina, ya que tenemos una sorpresa. Vamos,
piénselo. ¿No hay un alcalde casado, un teniente de alcalde
casado, un concejal casado, un maestro casado?...
-No, todas las señoras se han
marchado.
-¿Cómo? ¿No hay en todo el pueblo una
valiente burguesa con su correspondiente marido, a quienes
podríamos darles ese gusto, pues será un gusto para ellos, y
grande, en las presentes circunstancias?
De repente el cura se echó a reír,
con una risa violenta que lo agitaba por entero, y gritaba:
-¡Ja, ja, ja! Ya di con lo que
necesitan. ¡Jesús, María y José! ¡Ya di con ello! ¡Ja, ja, ja!,
vamos a divertirnos, hijos míos, vamos a divertirnos. Y ellas
estarán encantadas, sí, encantadísimas. ¡Ja, ja!... ¿Dónde se
albergan ustedes?
Le describí la casa para
explicárselo. Comprendió:
-Muy bien. Es la finca del señor
Bertin-Lavaille. Estaré allí dentro de media hora con cuatro
señoras... ¡Ja, ja, ja! ¡¡Cuatro señoras!!...
Salió conmigo, sin dejar de reír, y
me dejó, repitiendo:
-Ya está; dentro de media hora, en
casa de Bertin-Lavaille.
Regresé en seguida, muy extrañado,
muy intrigado.
-¿Cuántos cubiertos? -preguntó
Marchas al verme.
-Once. Somos seis húsares, más el
señor cura y cuatro señoras.
Se quedó estupefacto. Yo exultaba.
-¿Cuatro señoras? ¿Has dicho cuatro
señoras?
-Eso dije: cuatro señoras.
-¿Mujeres de verdad?
-Mujeres de verdad.
-¡Caray! ¡Enhorabuena!
-La acepto. Me la merezco.
Abandonó su sillón, abrió la puerta y
vi un hermoso mantel blanco puesto sobre una larga mesa en
torno a la cual tres húsares con delantales azules disponían
platos y copas.
-¡Habrá mujeres! -gritó Marchas.
Y los tres hombres se pusieron a
bailar, aplaudiendo con todas sus fuerzas.
Todo estaba preparado. Esperábamos.
Esperamos casi una hora. Un delicioso olor de aves asadas
flotaba en toda la casa.
Un golpe dado en el postigo nos
levantó a todos al mismo tiempo. El gordo Ponderel corrió a
abrir y, al cabo de apenas un minuto, una monja bajita
apareció en el marco de la puerta. Era flaca, arrugada,
tímida, y saludó sucesivamente a los cuatro pasmados húsares
que la miraban entrar. Detrás de ella, un ruido de bastones
martilleaba el pavimento del vestíbulo, y en cuanto ella hubo
entrado en el salón vi, una detrás de otra, tres viejas
cabezas con gorros blancos, que avanzaban balanceándose con
diferentes movimientos, una tambaleándose hacia la derecha
cuando otra se tambaleaba hacia la izquierda. Y se presentaron
tres buenas mujeres, cojeando, arrastrando una pierna,
lisiadas por las enfermedades y deformadas por la vejez, tres
inválidas inservibles, las tres únicas pensionistas capaces de
andar aún del centro hospitalario que dirigía la hermana San
Benito.
Esta se había vuelto hacia sus
impedidas, llena de solicitud con ellas; después, viendo mis
galones de sargento, me dijo:
-Le agradezco mucho, señor oficial,
que haya pensado en estas pobres mujeres. Tienen pocos
placeres en la vida, y para ellas es al mismo tiempo una gran
felicidad y un gran honor lo que ustedes hacen.
Distinguí al cura, que se había
quedado en la penumbra del pasillo y se reía con toda su alma.
A mi vez me eché a reír, mirando sobre todo la cara de
Marchas. Después, indicando a la religiosa las sillas:
-Siéntese, hermana; estamos muy
orgullosos y muy felices de que hayan aceptado ustedes nuestra
modesta invitación.
Ella cogió tres sillas de junto a la
pared, las alineó ante el fuego, condujo a ellas a sus tres
buenas mujeres, las sentó, les quitó los bastones y las
toquillas, que fue a dejar en un rincón; después, señalando a
la primera, una flaca de vientre enorme, seguramente
hidrópica:
-Esta es la señora Paumelle, cuyo
marido se mató al caer de un tejado y cuyo hijo murió en
África. Tiene sesenta y dos años.
Después señaló a la segunda, una muy
alta cuya cabeza temblaba sin cesar:
-Esa es la señora Jean-Jean, de
sesenta y siete años. Casi no ve, porque en un incendio se
abrasó la cara y la pierna izquierda se le quemó hasta la
mitad.
Nos mostró, por fin, a la tercera,
una especie de enana con ojos saltones que giraban hacia todos
los lados, redondos y estúpidos.
-Es la Putois, una simple. Tiene sólo
cuarenta y cuatro años.
Yo había saludado a las tres mujeres
como si me hubieran presentado a altezas reales y, volviéndome
hacia el cura:
-Es usted, señor cura, un hombre
admirable, a quien todos debemos gratitud.
Todos reían, en efecto, salvo
Marchas, que parecía furioso.
-¡La hermana San Benito está servida!
-gritó de pronto Karl Massouligny.
La hice pasar delante con el cura,
después levanté a la Paumelle, a la que cogí del brazo y
arrastré hasta la estancia contigua, no sin trabajo, pues su
vientre inflado parecía más pesado que el hierro.
El gordo Ponderel se llevó a la
Jean-Jean, que gemía para que le dieran su muleta; y el joven
Joseph Herbon condujo a la idiota, a la Putois, hacia el
comedor, lleno de aromas de viandas.
En cuanto estuvimos ante nuestros
platos, la hermana dio tres palmadas y las mujeres hicieron,
con la precisión de soldados que presentan armas, una gran
señal de la cruz, rápidamente. Después el sacerdote pronunció,
lentamente, las palabras latinas del Benedicite.
Nos sentamos, y aparecieron las dos
gallinas, traídas por Marchas, que quería servir para no tener
que asistir como comensal a aquella ridícula comida.
Pero yo grité:
-¡El champán, pronto!
Saltó un tapón con un ruido de
pistola que se descarga y, pese a la resistencia del cura y de
la hermana, los tres húsares sentados al lado de las tres
inválidas les metieron a la fuerza en la boca tres copas
llenas.
Massouligny, que tenía la virtud de
estar como en su casa en cualquier parte y a sus anchas con
todo el mundo, le hacía la corte a la Paumelle de la forma más
graciosa. La hidrópica, que seguía siendo de humor alegre, a
pesar de sus desdichas, le respondía bromeando con una voz de
falsete que parecía fingida, y se reía tanto con las gracias
de su vecino que su grueso vientre parecía a punto de
encaramarse a la mesa y rodar sobre ella. El joven Herbon
había emprendido seriamente la tarea de emborrachar a la
idiota y el Barón de Etreillis, que no era muy despierto,
interrogaba a la Jean-Jean sobre la vida, costumbres y
reglamentos del asilo.
La religiosa, espantada, le gritaba a
Massouligny:
-¡Oh! ¡Oh! La va usted a poner
enferma; no la haga reír así, por favor, caballero. ¡Oh!,
caballero...
Después se levantaba y se arrojaba
sobre Herbon para arrancarle de las manos una copa llena que
él vaciaba prestamente entre los labios de la Putois.
Y el cura se desternillaba de risa y
repetía a la hermana:
-Déjelas por una vez, no les hace
daño. Déjelas.
Después de las dos gallinas, habíamos
comido el pato, acompañado de los tres pichones y del mirlo; y
apareció la oca, humeante, dorada, difundiendo un cálido olor
de carne dorada y grasa.
La Paumelle, que se animaba,
aplaudió; la Jean-Jean dejó de responder a las numerosas
preguntas del Barón, y la Putois lanzó gruñidos de gozo, mitad
gritos, y mitad suspiros, como hacen los niños cuando les
enseñan caramelos.
-¿Me permiten -dijo el cura-
encargarme de ese animal? Soy un experto en ese tipo de
operaciones.
-Desde luego, señor cura.
Y la hermana dijo:
-¿Por qué no abrimos un poco la
ventana? Tienen demasiado calor. Estoy segura de que se
pondrán enfermas.
Me volví hacia Marchas:
-Abre la ventana un minuto.
Abrió, y el aire frío de fuera entró,
hizo vacilar las llamas de las velas y revolotear el humo de
la oca, cuyas alas el sacerdote, con una servilleta al cuello,
levantaba con mucha ciencia.
Lo mirábamos trinchar, sin hablar ya,
interesados por el tentador trabajo de sus manos, asaltados
por un renovado apetito a la vista de aquel grueso animal
dorado, cuyos miembros caían uno tras otro en la salsa oscura,
en el fondo de la bandeja.
Y de repente, en medio de aquel
silencio glotón que nos mantenía atentos, entró, por la
ventana abierta, el ruido remoto de un disparo.
Me puse en pie tan rápidamente que la
silla rodó a mis espaldas; y grité:
-¡Todos a caballo! Tú, Marchas, ve a
buscar dos hombres y tráeme noticias. Te espero aquí dentro de
cinco minutos.
Y mientras los tres jinetes se
alejaban al galope en la noche, monté a caballo con mis otros
dos húsares, ante la escalinata de la casa, mientras el cura,
la hermana y las tres buenas mujeres asomaban por las ventanas
sus cabezas asustadas.
No se oía nada, sólo un ladrido de
perro en la campiña. La lluvia había cesado; hacía frío, mucho
frío. Y pronto distinguí de nuevo el galope de un caballo, de
un solo caballo que regresaba.
Era Marchas. Le grité:
-¿Qué ocurre?
Respondió:
-Nada, François ha herido a un viejo
campesino, que se negaba a responder al "¿Quién vive?" y
seguía avanzando, a pesar de la orden de alejarse. Ahora lo
traen. Ya veremos de qué se trata.
Ordené que devolviesen los caballos a
la cuadra y envié a mis dos soldados al encuentro de los
otros; después entré en la casa.
Entonces el cura, Marchas y yo
bajamos un colchón a la sala para poner al herido; la hermana,
rasgando una servilleta, preparó hilas, mientras las tres
mujeres, asustadas, permanecían sentadas en un rincón.
Pronto distinguí un ruido de sables
arrastrados por el camino; cogí una vela para alumbrar a los
hombres que regresaban; y aparecieron, llevando esa cosa
inerte, blanca, larga y siniestra en lo que se convierte un
cuerpo humano cuando la vida ya no lo sostiene.
Depositaron al herido en el colchón
preparado para él, y vi a la primera ojeada que estaba
moribundo. Respiraba con estertores y escupía sangre que
corría de las comisuras de los labios, expulsada de la boca
por cada uno de los hipos. ¡El hombre estaba cubierto de
sangre! Sus mejillas, su barba, sus cabellos, su cuello, sus
ropas, parecían haber sido frotados, bañados en una cuba roja.
Y la sangre se había pegado a él, se había vuelto apagada,
mezclada con barro, con un aspecto espantoso.
El viejo, envuelto en una gran capa
de pastor, entreabría a veces los ojos tristes, apagados, sin
ideas, que parecían estupefactos, como los de esos animales a
los que el cazador mata y que lo miran, caídos a sus pies,
casi muertos, ya embrutecidos por la sorpresa y el espanto. El
cura exclamó:
-¡Ah! Es el Plácido, el viejo pastor
de los Molinos. Es sordo. El pobre no habrá oído nada. ¡Ay,
Dios mío! ¡Han matado ustedes a ese infeliz!
La hermana había apartado la blusa y
la camisa, y miraba en el centro del pecho un agujerito
violeta que ya no sangraba.
-No hay nada que hacer -dijo.
El pastor, jadeando espantosamente,
seguía escupiendo sangre con cada uno de sus últimos alientos,
y en su garganta se oía, hasta el fondo de los pulmones, un
gorgoteo siniestro y continuo.
El cura, en pie sobre él, alzó la
mano derecha, trazó la señal de la cruz y pronunció, con voz
lenta y solemne, las palabras latinas que lavan las almas.
Cuando las hubo terminado, el viejo
fue agitado por una breve sacudida, como si algo acabara de
romperse en su interior. Ya no respiraba. Estaba muerto.
Al volverme, vi un espectáculo más
espantoso que la agonía de aquel miserable: las tres viejas,
de pie, apretadas una contra otra, horrorosas, haciendo muecas
de angustia y de terror.
Me acerqué a ellas y empezaron a
lanzar gritos agudos, tratando de escapar, como si fuera a
matarlas también a ellas.
La Jean-Jean, a la que su pierna
quemada ya no sostenía, cayó al suelo cuan larga era.
La hermana San Benito, abandonando al
muerto, corrió hacia sus invalidas y, sin decirme una palabra,
sin mirarme, las cubrió con sus toquillas, les dio sus
muletas, las empujó hacia la puerta, las hizo salir y
desapareció con ellas en la noche profunda, tan negra.
Comprendí que ni siquiera podía
mandar que las acompañase un húsar, pues el mero ruido del
sable las habría asustado.
El cura seguía mirando al muerto. Por
fin, volviéndose hacía mí:
-¡Ah! ¡Qué escándalo! -dijo.
FIN |