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...Desde la víspera no habíamos comido
nada. Durante todo el día, permanecimos ocultos en un granero,
apretados unos contra otros para tener menos frío, los
oficiales mezclados con los soldados, y todos reventados de
cansancio.
Algunos centinelas, tumbados en la
nieve, vigilaban los alrededores de la granja abandonada que
nos servía de refugio con el fin de evitarnos cualquier
sorpresa. Se les relevaba de hora en hora, para que no se
adormeciesen.
Aquellos de nosotros que podían
dormir, dormían; los demás permanecían inmóviles, sentados en
el suelo, cruzando alguna frase con sus vecinos de vez en
cuando.
Desde hacía tres meses la invasión,
como un mar desbordado, entraba por todas partes. Eran grandes
oleadas de hombres que llegaban unas tras otras, sembrando en
torno a ellas una espuma de merodeadores.
En cuanto a nosotros, reducidos a
doscientos francotiradores de los ochocientos que éramos un
mes antes, nos batíamos en retirada, rodeados de enemigos,
cercados, perdidos. Necesitábamos, antes del día siguiente,
llegar a Blainville, donde esperábamos encontrar aún al
general C... Si no conseguíamos recorrer por la noche las doce
leguas que nos separaban de la ciudad, o si la división
francesa se había alejado, ¡adiós toda esperanza!
No podíamos marchar de día, pues la
campiña estaba infestada de prusianos.
A las cinco de la tarde oscurecía,
con esa oscuridad macilenta de la nieve. Los mudos copos
blancos caían, caían, sepultándolo todo bajo una gran sábana
helada, que seguía espesándose bajo la innumerable multitud y
la incesante acumulación de los vaporosos trozos de aquella
guata de cristal.
A las seis el destacamento se puso en
marcha.
Cuatro hombres avanzaban de
exploradores, solos, trescientos metros por delante. Después
venía un pelotón de diez hombres al mando de un teniente, y
después el resto de la tropa, en bloque, en desorden, según el
cansancio y la largura de los pasos. A cuatrocientos metros, a
los flancos, algunos soldados iban de dos en dos.
El blanco polvo que caía de las nubes
nos revestía por entero, no se fundía sobre los quepis ni
sobre los capotes, nos convertía en fantasmas, como espectros
de soldados muertos.
A veces descansábamos unos minutos.
Sólo se oía entonces ese deslizamiento confuso de la nieve que
cae, ese rumor casi inasible que forma el entremezclarse de
los copos. Algunos hombres se sacudían, otros no se movían.
Después circulaba una orden en voz baja. Nos echábamos los
fusiles al hombro y, con paso extenuado, reanudábamos la
marcha.
De pronto los exploradores se
replegaron. Algo les preocupaba. Circuló la palabra «¡alto!».
Había un gran bosque ante nosotros. Seis hombres salieron de
reconocimiento. Esperábamos entre un silencio lúgubre.
De repente un grito agudo, un grito
femenino, esa desgarradora y vibrante nota que ellas lanzan en
sus terrores, atravesó la noche espesada por la nieve.
Al cabo de unos minutos trajeron dos
prisioneros, un viejo y una jovencita.
El capitán los interrogó, siempre en
voz baja:
-¿Cómo se llama?
-Pierre Bernard.
-¿Profesión?
-Cantinero del conde de Roufé.
-¿Es hija suya?
-Sí.
-¿Qué hace?
-Es costurera en el castillo.
-¿Y por qué vagabundean así, de
noche, vive Dios?
-Nos ponemos a salvo.
-¿Por qué?
-Han pasado esta tarde doce fulanos.
Fusilaron a tres guardias y ahorcaron al jardinero. Yo temí
por la pequeña.
-¿A dónde van?
-A Blainville.
-¿Por qué?
-Porque dicen que allí hay un
ejército francés.
-¿Conocen el camino?
-Perfectamente.
-Basta con eso. Quédese a mi lado.
Y se reanudó la marcha campo a
través. El viejo, silencioso, seguía al capitán. Su hija se
arrastraba junto a él. De repente ella se detuvo.
-Padre -dijo-, estoy tan cansada que
no puedo seguir adelante.
Y cayó al suelo. Temblaba de frío y
parecía a punto de morir. Su padre quiso llevarla, pero ni
siquiera pudo levantarla.
El capitán pateaba, juraba, furioso y
apiadado.
-¡Maldita sea, no puedo dejarlos
reventar aquí!
Se habían alejado algunos hombres;
regresaron con ramas cortadas. En un minuto quedó preparada
una camilla.
El capitán se enterneció:
-¡Maldita sea! ¡Ha sido un detalle
amable! Vamos, muchachos, ¿quién presta ahora su capote? Es
para una mujer, ¡vive Dios!
Veinte capotes fueron desabrochados
de golpe y arrojados sobre la camilla. En unos segundos la
joven, envuelta en aquellas cálidas ropas de soldado, se
encontró alzada por seis robustos brazos que la llevaban.
Volvimos a emprender la marcha, como
si hubiéramos tomado un trago de vino, más gallardos, más
alegres. Incluso circulaban bromas, y se despertaba esa
alegría que la presencia de una mujer infunde siempre en la
sangre francesa.
Los soldados ahora marcaban el paso,
canturreaban toques de trompeta, caldeados de pronto. Y un
viejo francotirador, que seguía a la camilla, esperando su
turno para reemplazar al primer camarada que flaqueara, le
abrió su corazón a su vecino.
-Ya no soy joven, pero no hay como el
sexo, condenado tunante, para reanimarnos de los pies a la
cabeza.
Hasta las tres de la madrugada
avanzamos casi sin descansar; pero, bruscamente, como un
jadeo, se susurró de nuevo la voz de mando:
-¡Alto!
Después, casi por instinto, todo el
mundo se pegó al suelo.
Allá abajo, en medio de la llanura,
algo se movía. Parecía correr, y como la nieve ya no caía, se
distinguía vagamente, muy lejos aún, una apariencia de
monstruo que se alargaba como una serpiente, y después, de
repente, parecía empequeñecerse, hacerse una bola, extenderse
de nuevo con rápido impulso, se detenía de nuevo, y se ponía
otra vez en marcha sin cesar.
Entre los hombres tumbados corrieron
órdenes susurradas; de vez en cuando chasqueaba un ruidito
seco y metálico.
Bruscamente la forma errante se
aproximó, y vimos venir a trote largo, uno detrás de otro,
doce ulanos perdidos en la noche.
Estaban tan cerca ahora que se oía el
resoplar de los caballos, y el sonido de chatarra de las
armas, y el crujido del cuero de las sillas.
Entonces, la sonora voz del capitán
gritó:
-¡Fuego, vive Dios!
Y cincuenta disparos de fusil
rompieron el silencio helado de los campos; cuatro o cinco
detonaciones retrasadas partieron todavía, y después otra,
totalmente sola, la última; y cuando se disipó la ceguera de
la pólvora inflamada, vimos que los doce hombres, con nueve
caballos, habían caído. Tres animales huían a un galope loco,
y uno arrastraba detrás, colgado del estribo por el pie, y
dando tumbos, el cadáver de su jinete.
El capitán gritó, gozoso:
-Doce menos, ¡vive Dios!
Un soldado, del grupo, respondió:
-¡Y otras tantas viudas!
Otro añadió:
-No se necesita mucho tiempo para dar
el salto.
Entonces, del fondo de la camilla,
bajo el montón de capotes, salió una vocecita soñolienta:
-¿Qué pasa, padre? ¿Por qué disparan?
El viejo respondió:
-No es nada. Duerme, pequeña.
Y reanudamos la marcha.
Caminamos aún cerca de cuatro horas.
El cielo palidecía; la nieve se
volvía clara, luminosa, reluciente; un viento frío barría las
nubes; y un pálido rosa, como un débil lavado de acuarela, se
extendía hacia oriente.
Una voz lejana gritó de pronto:
-¿Quién vive?
Le respondió otra voz. Todo el
destacamento hizo alto. Y el propio capitán se adelantó.
Esperamos mucho tiempo. Después
reanudamos el avance. Pronto divisamos una casucha y, ante
ella, un puesto francés, arma al brazo. Un comandante a
caballo nos miraba desfilar. De repente preguntó:
-¿Qué llevan ustedes en esas
parihuelas?
Entonces los capotes se movieron; se
vieron salir primero dos pequeñas manos que los apanaban,
después una cabeza despeinada, rodeada por una nube de
cabellos, pero que sonreía y respondía:
-Soy yo, señor, he dormido muy bien.
No tengo frío.
Una carcajada estalló entre los
hombres, una risa de viva satisfacción; y como un entusiasta,
para expresar su alegría, vociferó «¡Viva la República!», toda
la tropa, como asaltada por la locura, repitió frenéticamente:
«¡Viva la República!»
***
Han transcurrido doce años.
La otra noche, en el teatro, la fina
cabeza de una joven rubia despertó en mí un confuso recuerdo,
un recuerdo obsesivo, pero indefinible. Pronto me turbó de tal
manera el deseo de saber el nombre de aquella mujer, que se lo
pregunté a todo el mundo.
Alguien me dijo:
-Es la Vizcondesa de L..., hija del
Conde de Roufé.
Y todos los detalles de aquella noche
de guerra se alzaron en mi memoria, tan claros que se los
conté inmediatamente, a fin de que los escribiera para el
público, a mi vecino de butaca y amigo, que firma
Maufrigneuse1.
FIN |