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Después de haber jurado durante mucho
tiempo que no se casaría nunca, de repente Jacques Bourdillère
había cambiado de idea. Esto había ocurrido bruscamente, un
verano, en un balneario. Una mañana, estando tumbado en la
arena, entretenido observando a las mujeres que salían del
agua, un pequeño pie le había llamado la atención por su
gracia y delicadeza.
Levantando la vista hacia arriba,
toda su figura le sedujo.
De esta persona solamente veía los
tobillos y la cabeza surgiendo de un albornoz de franela
blanco, cuidadosamente cerrado.
Se decía de él que era sensual y un
vividor.
Fue entonces, únicamente por la
gracia de la silueta, por lo que quedó cautivado al principio;
luego fue atraído por el encanto de un dulce carácter de
muchacha inocente y bondadoso, tierno como las mejillas y los
labios.
Presentado a la familia, gustó y
pronto se enamoró locamente. Cuando veía de lejos a Berthe
Sannis, en la gran playa de fina arena, se estremecía hasta la
médula. A su lado se volvía mudo, incapaz de decir algo e
incluso de pensar, con una especie de agitación en el corazón,
de zumbido en el oído, de turbación en el alma. Así pues, ¿era
esto amor? No lo sabía, no entendía nada, pero permanecía en
todo caso decidido a convertir a esa niña en su esposa.
Los padres de ella dudaron durante
mucho tiempo por culpa de su mala reputación. Se decía que
tenía una amante, una ex amante, una antigua y fuerte
relación, una de esas cadenas que se creen rotas y que todavía
se mantienen. Aparte de esto, amaba, durante periodos más o
menos largos, a todas las mujeres que estaban a su alcance.
Luego sentó la cabeza, sin consentir
siquiera el volver a ver una sola vez a aquella con la que
había vivido. Un amigo pagó la pensión de esa mujer, garantizó
sus existencia. Jacques se hizo cargo pero no quiso oír hablar
de ella, pretendiendo desde ese instante ignorar incluso su
nombre. Ella escribió cartas que él no abrió. Cada semana
reconocía la letra desmañada de la abandonada. Y cada semana
crecía hacia ella una ira más grande y rompía bruscamente el
sobre y el papel, sin abrirlo, sin leer una sola frase,
sabiendo de antemano los reproches y las quejas contenidas
dentro.
Como nadie creía en su perseverancia,
hicieron durar la prueba todo el invierno, y fue en primavera
cuando su petición fue aceptada.
La boda tuvo lugar en París a
primeros de mayo; se decidió que no harían el típico viaje de
novios.
Después de una pequeña fiesta, una
juerga de jóvenes primos que no se prolongaría más allá de las
once, para no eternizar el cansancio de esta jornada de
celebraciones, los recién casados debían pasar su primera
noche en común en la casa familiar, para partir solos, al día
siguiente por la mañana, hacia la playa, entrañable en sus
corazones, donde se habían conocido y amado.
Lo noche había llegado, se bailaba en
el gran salón.
Se habían retirado los dos a un
saloncito japonés tapizado de sedas resplandecientes, poco
iluminadas por los lánguidos rayos de un gran farol de color
colgado en el techo como un huevo enorme.
La ventana entreabierta dejaba pasar
a veces el aire del exterior, caricias de aire que les rozaba
la cara, ya que la noche era cálida y tranquila, plena de los
olores de la primavera.
No hablaban, se cogían las manos,
apretándolas a veces con todas sus fuerzas. Ella permanecía
con la mirada perdida, un poco desorientada por ese gran
cambio en su vida, pero sonriendo emocionada a punto de
llorar, a menudo también a punto de desfallecer de felicidad,
creyendo el mundo cambiado por lo que le sucedía, preocupada
sin saber por qué y sintiendo todo su cuerpo, toda su alma,
invadidos por una indefinible y deliciosa lasitud. Él la
miraba obstinadamente, sonriendo con una sonrisa fija. Quería
hablar, no encontraba nada que decir y se quedaba ahí,
poniendo todo su ardor al apretarle las manos.
De vez en cuando murmuraba un
"Berthe" y en cada ocasión ella levantaba la mirada con un
movimiento suave y tierno. Se contemplaban un segundo, luego
ella volvía la mirada al suelo, penetrada y fascinada por la
mirada de él.
No encontraban ningún pensamiento que
intercambiar. Se les dejaba a solas, pero a veces una pareja
de bailarines les echaba un vistazo furtivo al pasar, como si
fuese un testigo discreto y confidente de un misterio.
Una puerta se abrió, entró un criado
llevando en la bandeja una carta urgente que un comisionado
acababa de traer.
Jacques cogió ese papel temblando,
embargado por un temor vago y repentino. El miedo misterioso
de desdichas bruscas. Miró durante mucho tiempo el sobre del
que no reconocía en absoluto la letra, sin atreverse a
abrirlo, deseando con locura no leer, no saber, guardarla en
el bolsillo y decirse a sí mismo: "¡Hasta mañana!, mañana
estaré lejos! ¡Poco importa!" Pero en una esquina del sobre
dos palabras subrayadas: "MUY URGENTE", lo detenían y
espantaban. Preguntó:
-¿Me permite, querida?.
Rompió la hoja pegada y leyó. Leyó el
papel, palideciendo horriblemente; la recorrió de un tirón y
luego, lentamente, como si deletreara. Cuando levantó la
cabeza, todo su rostro estaba descompuesto. Balbuceó:
-Mi querida niña, es... es mi mejor
amigo, a quien le ocurre una grande, muy grande desgracia. Me
necesita ahora mismo, enseguida, para un asunto de vida o
muerte. ¿Me permite usted ausentarme veinte minutos?, ¡vuelvo
enseguida!
Ella tartamudeó, temblorosa,
estupefacta:
-Vaya, amigo mío -no siendo todavía
suficientemente su esposa para interrogarlo, para exigir
saber. Y él desapareció.
Ella se quedó sola escuchando bailar
en el salón de al lado.
Él había cogido un sombrero, el
primero que encontró, un abrigo al azar, y bajó la escalera
corriendo.
Antes de salir a la calle se detuvo
debajo de la farola del vestíbulo y volvió a leer la carta una
vez mas.
He aquí lo que decía:
"Señor: la señorita Ravet, su ex
amante al parecer, acaba de dar a luz a un niño y pretende que
es suyo. La madre se va a morir e implora su visita.
Me tomo la libertad de escribirle
para preguntarle si puede concederle una última entrevista a
esta mujer que parece ser tan desgraciada y digna de lástima.
Un servidor.
Dr. Bonnard"
Cuando entró en la habitación de la
moribunda, ella ya agonizaba.
Al principio no la reconoció.
El medico y dos enfermeras la
cuidaban, y por todas partes en el suelo estaban esparcidos
unos cubos llenos de hielo y trapos empapados en sangre. El
agua esparcida inundaba el parqué. Dos velas ardían encima del
mueble, detrás de la cama. En una pequeña cuna de mimbre, el
niño chillaba y ante cada chillido la madre, torturada,
intentaba un movimiento, temblando de frío bajo las compresas
heladas.
Ella sangraba, sangraba, herida de
muerte, extenuada por ese nacimiento. Toda su vida se
desvanecía: a pesar del hielo y las curas, la invencible
hemorragia continuaba y precipitaba su última hora de vida.
Reconoció a Jacques y quiso levantar
los brazos; no pudo, de tan débil que estaba, pero en sus
mejillas lívidas las lágrimas empezaron a resbalar.
Él se desplomó de rodillas cerca de
la cama, cogió una mano que pendía y la besó frenéticamente;
luego poco a poco se acercó, muy cerca del delgado rostro que
se estremecía a su contacto. Una de las enfermeras, de pie con
un candelabro en la mano, los iluminaba, y el médico,
habiéndose alejado, los miraba desde el fondo de la
habitación. Entonces con una voz lejana, jadeando, dijo ella:
-Cariño, me voy a morir. Prométeme
que te quedarás hasta el final. ¡Oh! Ahora no me dejes, ¡no me
dejes en el último instante!
La besó en la frente, en el pelo,
sollozando. Él murmuró:
-Estate tranquila, voy a quedarme.
Pasaron unos minutos hasta que pudo
volver a hablar, de tan atormentada y desfallecida que estaba.
Continuó:
-Es tuyo. El niño. Te lo juro ante
Dios, te lo juro por mi alma, te lo juro en mi lecho de
muerte. Sólo te he amado a ti. Prométeme que no abandonarás al
niño.
Intentaba coger otra vez en sus
brazos ese cuerpo destrozado, vacío de sangre. Al fin
balbució, enloquecido por los remordimientos y el dolor:
-Te lo juro, lo educaré y lo amaré.
No lo abandonaré.
Entonces ella intentó besar a
Jacques. Incapaz de levantar la cabeza extenuada, tendía sus
labios pálidos pidiendo un beso. Acercó su boca para recoger
esta lamentable y suplicante caricia.
Un poco más calmada, murmuró en voz
baja:
-Tráelo que yo vea si lo quieres.
Fue a buscar al niño.
Lo posó despacio en la cama, entre
ellos, y el pequeño ser dejó de llorar. Ella murmuró:
-No te muevas.
Se quedó ahí sujetando esa mano
sacudida por escalofríos de agonía, como había sostenido antes
otra mano crispada de escalofríos de amor. De vez en cuando
miraba el reloj, de un vistazo furtivo, vigilando la aguja que
pasaba de la medianoche, luego de la una, de las dos.
El médico se había retirado. Las dos
enfermeras, después de haber merodeado algún tiempo con paso
discreto por la habitación, dormitaban ahora en unas sillas.
El niño dormía, y la madre, con los
ojos cerrados, parecía descansar también.
De pronto, mientras el día macilento
se filtraba a través de las cortinas cerradas, ella tendió los
brazos con un movimiento tan brusco y tan violento que estuvo
a punto de tirar el niño al suelo. Una especie de estertor
resbaló por su garganta, luego permaneció boca arriba,
inmóvil, muerta.
Las enfermeras, que acudieron
rápidamente, declararon:
-¡Se acabó!
Miró por última vez a esa mujer que
había amado, luego al reloj que marcaba las cuatro, y
desapareció olvidando su abrigo, con el niño en sus brazos.
Después de que la hubiese dejado
sola, su joven esposa esperó, al principio bastante tranquila,
en el pequeño saloncito japonés. Luego, viendo que no
regresaba, volvió al salón, con un aspecto indiferente y
tranquilo, pero terriblemente preocupada. Su madre, al verla
sola, le había preguntado:
-¿Dónde está tu marido?
Ella había contestado:
-En su habitación. Ahora viene.
Al cabo de una hora, como todo el
mundo le preguntaba, confesó lo de la carta, lo del rostro
turbado de Jacques y su temor de una desgracia.
Siguieron esperando. Algunos
invitados se marcharon; sólo la familia más cercana
permaneció. A las doce de la noche acostaron a la novia, muy
sacudida por los sollozos. Su madre y dos de sus tías,
sentadas al lado de la cama, la escuchaban llorar, mudas y
desoladas.
El padre había ido a la comisaría a
buscar información.
A las cinco de la madrugada se
escuchó un ruido en el pasillo. Una puerta se abrió y se cerró
despacio, luego un pequeño grito, parecido a un maullido,
recorrió la casa silenciosa.
Todas las mujeres se levantaron de
golpe y Berthe, envuelta en una bata, se lanzó, la primera, a
pesar de su madre y sus tías.
Jacques, de pie en medio de la
habitación, lívido, jadeante, sostenía un bebé en los brazos.
Las cuatro mujeres lo miraron
estupefactas, pero Berthe, de repente más atrevida, el corazón
atenazado por la angustia, corrió hacia él.
-¿Qué pasa? Dígame qué pasa.
Él parecía enloquecido. Respondió con
voz entrecortada:
-Pasa... pasa que... que tengo un
hijo y que la madre acaba de morir...
Y sostenía al niño en sus brazos, al
crío que chillaba.
Berthe, sin decir una palabra, cogió
al niño, lo besó, lo apretó contra ella. Luego, mirando a su
marido con los ojos llenos de lágrimas:
-La madre ha muerto, ¿dice usted?
Él respondió:
-Sí, ahora mismo, en mis brazos.
Había roto con ella en el verano; yo no sabía nada; fue el
médico quién me hizo ir.
Entonces Berthe respondió:
-Y bien, educaremos a este pequeño.
FIN |