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¿Por qué se me ocurrió entrar aquella
noche en la cervecería? Lo ignoro. Hacía frío. Una llovizna,
remolinos de polvillo de agua envolvían los faroles de gas
como una neblina transparente y brillaban en las aceras,
cruzadas por las luces de los escaparates que iluminaban el
barro líquido del suelo y los pies sucios de los transeúntes.
No llevaba ningún rumbo. Estiraba las
piernas, después de cenar. Atravesé por delante del Crédit
Lyonnais, crucé la calle Vivienne y otras más. Vi de pronto
una gran cervecería que estaba medio llena de gente y, sin
motivo especial, entré en ella. No tenía sed.
Eché una ojeada, buscando sitio en
que no estuviese excesivamente apretado, y me fui a sentar al
lado de un hombre que me pareció de edad y que fumaba en una
pipa de barro de las de perra gorda, negra como el carbón.
Seis u ocho platillos de cristal, apilados delante de él en la
mesa, indicaban el número de bocks1
que llevaba consumidos. No me fijé en su persona. Comprendí,
al primer golpe de vista, que se trataba de un bebedor de
cerveza, de uno de esos parroquianos de cervecería que llegan
por la mañana, cuando se abre el establecimiento, y se marchan
por la noche, cuando se cierra. Era desaseado, tenía calvo el
centro del cráneo, pero una cabellera entrecana, grasienta, le
caía por detrás sobre el cuello de la levita. La ropa le venía
ancha, como si se la hubiese hecho cuando tenía el vientre
abultado. Se adivinaba que el pantalón se le caería al andar y
que no podría dar diez pasos sin levantárselo de la cintura,
porque le venía muy holgado. ¿Llevaría chaleco? Me asusté sólo
con pensar en sus botines y en lo que contendrían. Llevaba los
puños deshilachados y tan negros en los bordes como las uñas.
-¿Cómo estás? -me dijo con toda
naturalidad aquel individuo, no bien me senté a su lado.
Me volví bruscamente y lo miré con
atención a la cara. Y él siguió preguntando:
-Pero ¿no me conoces?
-¡No!
-Soy Des Barrets.
Me quedé de una pieza. Era el conde
Juan des Barrets, antiguo compañero mío de colegio. Le di un
apretón de manos; pero estaba tan sobrecogido que no supe qué
decir. Logré, al cabo, balbucear:
-Y tú, ¿cómo sigues?
Me contestó con gran sosiego:
-Voy tirando como puedo.
No dijo más. Yo quise mostrarme
afectuoso y se me ocurrió la frase:
-Y... ¿en qué te ocupas?
Me contestó con resignación:
-En lo que ves.
Sentí que se me salían los colores a
la cara, e insistí:
-Pero ¿todos los días?
Y él, lanzando espesas bocanadas de
humo, contestó con firmeza:
-La misma vida un día tras otro.
Golpeó en el mármol de la mesa con
una moneda de cobre que había quedado por allí y gritó:
-¡Mozo, dos bocks!
Una voz lejana repitió:
-¡Dos bocks al cuatro!
Y otra, todavía más lejos, lanzó en
tono sobreagudo:
-¡Como éstos!
Apareció a continuación un hombre con
delantal blanco que llevaba en la mano los dos bocks, y que en
su prisa iba regando el suelo enarenado con gotas
amarillentas.
Des Barrets vació de un trago su vaso
y volvió a colocarlo sobre la mesa, al mismo tiempo que
aspiraba con los labios la espuma que había quedado en su
bigote.
Luego me preguntó:
-Y ¿qué hay de nuevo?
A decir verdad, no se me ocurría
novedad alguna que contarle, y no hice otra cosa que decir,
por decir algo:
-¿Novedad? Ninguna, amigo mío. Yo
estoy en el comercio.
-Y... ¿te divierte eso? -me preguntó
con el mismo tono sosegado.
-No me divierte; pero en algo hay que
ocuparse, ¿no te parece?
-¿Con qué objeto?
-Por hacer algo... -digo yo.
-Y ¿qué se adelanta con ello? Ya me
ves tú, yo no hago nunca nada, absolutamente nada. Comprendo
que quien no dispone de dinero no tiene más remedio que
trabajar; pero cuando se dispone de medios de vida, me parece
inútil. ¿Qué se saca con trabajar? ¿Trabajas para ti o para
los demás? Si lo haces para ti, es que te divierte, y en tal
caso, ¡bien va! Pero si trabajas para los demás, te digo que
eres un simple.
Colocó su pipa sobre el mármol y
volvió a gritar:
-¡Mozo, un bock!
Luego reanudó el hilo del discurso:
-El hablar me da sed, porque no tengo
costumbre. Yo, como ves, no trabajo en nada; voy tirando
adelante, voy dejando correr los años. Moriré sin echar de
menos nada. No me asaltará ningún recuerdo, fuera del de esta
cervecería. Ni mujer, ni hijos, ni preocupaciones, ni pesares,
¡nada! Es lo mejor.
Vació el bock que le habían traído,
se relamió los labios y echó otra vez mano a su pipa.
Yo lo contemplaba estupefacto. Le
dije:
-En otro tiempo no eras el de ahora.
-Perdona, he sido siempre igual,
desde el colegio.
-Pero esto no es vida, querido amigo.
Es horrible. No me digas, en algo te ocuparás; tendrás algún
cariño, y, desde luego, no te faltarán amigos.
-Nada de eso. Me levanto a las doce,
vengo aquí, almuerzo, voy bebiendo bocks, dando tiempo a que
anochezca, ceno, sigo bebiendo bocks y como cierran a la una y
media de la madrugada, a esa hora me vuelvo a mi casa y me
acuesto. Es lo que más me contraría. En los últimos diez años
habré pasado seis en este banco, en mi rincón; y los otros
seis en la cama, y en ningún otro sitio. Alguna vez converso
con otros parroquianos.
-Pero, al principio, de recién
llegado a París, ¿qué hiciste?
-Pues verás: cursé leyes... en el
café Médicis.
-¿Y después?
-Después... crucé el río y me instalé
aquí.
-¿Y para qué te tomaste esa molestia?
-¡Qué quieres! No puede uno pasarse
toda la vida en el Barrio Latino. Los estudiantes son
demasiado bullangueros. Pero ya no me moveré de aquí. ¡Mozo,
un bock!
Creí que me estaba tomando el pelo.
Insistí:
-¡Ea!, sé franco. ¿Has tenido algún
pesar muy grande? Probablemente se trata de algún grave
desengaño amoroso. Se ve a las claras que eres hombre al que
ha dejado malparado una desgracia. ¿Cuántos años tienes?
-Treinta y tres, pero represento por
lo menos cuarenta y cinco.
Lo examiné con detenimiento.
Arrugada, desaliñada, su cara parecía la de un viejo. En la
bóveda del cráneo ondulaban sobre la piel, de una limpieza
discutible, algunos cabellos largos. Tenía unas cejas
desmesuradas, fuerte bigote y barba cerrada.
Inconscientemente, vi con la imaginación un barreño lleno de
líquido negruzco, como si en aquella agua hubiese lavado toda
aquella pelambre.
-Desde luego -le dije- representas
más edad de la que tienes. Estoy seguro de que has tenido
graves disgustos.
Él me contestó:
-Te aseguro que te equivocas. Estoy
envejecido, porque nunca salgo al aire libre. Nada estropea
tanto a las personas como la vida de café.
No me convencía:
-Habrás sido también un juerguista.
Por algo estás tan calvo. Esa es una prueba de que has amado
mucho a las mujeres.
Se pasó tranquilamente la mano por la
calva, y cayeron de sus últimos cabellos, esparciéndose por la
espalda, muchas partículas blancas:
-Pues no. Siempre fui casto.
Levantó la vista hacia la lámpara,
cuyo calor nos daba en la cabeza:
-El gas tiene la culpa de que esté
calvo. Es el enemigo del cabello... ¡Mozo, un bock!.. ¿No
sientes sed?
-No, gracias. Tu caso me interesa
mucho. ¿De cuándo arranca ese decaimiento? No es cosa normal,
no es cosa natural. Algún secreto se esconde en todo eso.
-Sí; esto me viene de cuando era
niño. Recibí entonces un golpe que me volvió tétrico para toda
la vida.
-¿Cómo fue eso?
-Escucha, puesto que quieres saberlo.
Te acordarás del castillo en que me crié, ya que estuviste
cinco o seis veces en él durante las vacaciones. Recordarás
que era un gran edificio gris, situado en medio de un parque
que tenía, abiertas a los cuatro puntos del horizonte, largas
avenidas de hayas. Recordarás también a mis padres, los dos
muy ceremoniosos, solemnes y severos.
"Yo sentía adoración por mi madre,
temía a mi padre, y respetaba a los dos, porque estaba
acostumbrado a ver cómo todo el mundo se doblegaba ante ellos.
En la región se los conocía como el señor conde y la señora
condesa. También los aristócratas de los alrededores, los
Tannemares, los Ravalet, los Brennevilles, trataban a mis
padres con el respeto que se debe a los que ocupan una
posición superior. Tenía yo entonces trece años. Era de genio
alegre, todo me satisfacía, y, como ocurre a esa edad,
desbordaba en mí la dicha de vivir.
"A fines de septiembre, días antes de
la vuelta al colegio, jugaba yo a los lobos por los
bosquecillos del parque, metiéndome por entre las ramas y el
follaje. Al cruzar una de las avenidas, descubrí a papá y mamá
que se paseaban. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Era un
día de mucho viento. Toda la hilera de árboles se doblaba por
la fuerza de las ráfagas, gemía, parecía lanzar gritos, esos
gritos sordos, profundos, que salen de los bosques durante las
tempestades. Las hojas caídas, amarillas ya, volaban como
pájaros, se levantaban en remolinos, caían otra vez, y luego
corrían avenida adelante, como rápidos animalitos. La noche se
venía encima. Las sombras habían envuelto el bosque. Aquel
alboroto del viento y de las ramas me excitaba, haciéndome
galopar como enloquecido y aullar imitando a los lobos.
"Al ver a mis padres, fui hacia ellos
con paso furtivo, ocultándome entre las ramas, para cogerlos
de sorpresa, como si fuese un verdadero lobo al acecho. Pero
cuando ya estaba a pocos pasos de ellos, me detuve,
sobrecogido de miedo. Mi padre, en un acceso terrible de
cólera, gritaba:
"-Tu madre es una estúpida; pero aquí
no se trata de tu madre, sino de ti misma. Necesito dinero, y
estoy resuelto a que firmes.
"Mamá le contestó con voz segura:
"-No firmaré. Esa es la herencia de
Juan. Para él la guardo, porque no estoy dispuesta a que
también te la gastes, como has hecho con tu patrimonio, con
mujeres alegres y con criadas de la casa.
"Mi padre, entonces, trémulo de ira,
se volvió, cogió a mi madre del cuello con una mano y se puso
a golpearla en plena cara con la otra, con toda su fuerza. El
sombrero de mamá cayó por el suelo, se le soltaron los
cabellos; procuraba detener los golpes, sin conseguirlo. Mi
padre, enloquecido, golpeaba y golpeaba. Ella rodó por tierra,
ocultando su rostro con los brazos. Y mi padre la puso boca
arriba y se los apartó para seguir pegándole en la cara.
"Amigo mío, me pareció que el mundo
se venía abajo, que se habían trastrocado las leyes eternas.
Estaba trastornado, como lo estamos ante las cosas
sobrenaturales, en presencia de las catástrofes monstruosas y
de los desastres irreparables. Mi cerebro infantil se
extraviaba, enloquecía. Rompí a gritar con todas mis fuerzas,
sin saber por qué, presa de un espanto, de un dolor, de un
asombro terribles. Mi padre me oyó, se dio vuelta, me vio, se
incorporó y vino hacia mí. Pensé que iba a matarme, y escapé,
como una bestia perseguida, en línea recta y me metí en el
bosque. Estuve andando una hora, dos tal vez, no sé a punto
fijo. Llegó la noche, me tumbé en la hierba, y allí quedé,
muerto de miedo, desatinado, devorado por un dolor capaz de
hacer saltar para siempre en pedazos el pobre corazón de un
niño. Sentía frío, y tal vez sentía también hambre. Amaneció.
No me atrevía a levantarme, ni a caminar, ni a volver a casa,
ni a seguir huyendo, temeroso de tropezar con mi padre, al que
no hubiera querido ver más.
"Quizá me habría muerto de pena y de
hambre al pie de aquel árbol si el guarda no me hubiese
encontrado, obligándome a regresar a viva fuerza. Hallé a mis
padres como si no hubiera pasado nada. Únicamente mi madre me
dijo:
"-¡Qué susto me has hecho pasar,
ingrato! Toda la noche la he pasado sin dormir.
"No le contesté, pero me eché a
llorar. Mi padre no dijo una sola palabra.
"A los ocho días de aquello, volví al
colegio. Pues bien, querido amigo, para mí había acabado todo.
Había visto la otra cara de las cosas, la mala; desde entonces
ya no tuve ojos para ver la cara buena. ¿Qué ocurrió en mi
alma? ¿Qué extraño fenómeno dio vuelta a todas mis ideas? No
lo sé. Ya no le encontré gusto a nada, no tuve deseos de nada,
no sentí amor por nadie, se acabaron anhelos, ambiciones y
esperanzas. Tengo siempre delante de mis ojos a mi pobre
madre, tirada en medio de la avenida, y a mi padre
pegándole... Mi madre murió algunos años después. Mi padre
vive todavía. No he vuelto a verlo... ¡Mozo, un bock!"
Le trajeron un bock y se lo echó al
cuerpo de un solo trago. Pero como sus manos temblaban, rompió
la pipa al ir a cogerla. Hizo un gesto de desesperación y
exclamó:
-Esto sí que es un verdadero dolor.
Un mes voy a tardar en poner otra a punto.
Y volvió a lanzar a través de la
amplia sala, que se había llenado de humo y de bebedores, su
grito eterno:
-¡Mozo, un bock... y una pipa nueva!
FIN |