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Jean d´Espars se animaba:
-Déjenme en paz con esa tonta
felicidad, esa dicha de imbéciles que satisface una simpleza
cada vez más vulgar, un vaso de viejo vino o el roce de una
hembra. Yo les digo, yo, que la miseria humana me destroza,
que la veo por todas partes, con ojos agudos, que la encuentro
donde ustedes no perciben nada, ustedes, que van por la calle
con el pensamiento en la fiesta de esta tarde o en la fiesta
de mañana.
Miren, el otro día, avenida de la
Ópera, en el medio de un público bullicioso y jovial que el
sol de mayo embriagaba, vi pasar de repente a un ser, un ser
innombrable, una vieja curvada en dos, vestida de andrajos que
fueron vestidos, cubierta con un sombrero de paja negro,
completamente despojada de sus viejos ornamentos, cintas y
flores desaparecidas desde tiempos indefinidos. Y ella iba
arrastrando sus pies tan penosamente, que yo sentía en el
corazón, tanto como ella misma, más que ella misma, el dolor
de todos sus pasos. Dos bastones la sostenían. ¡Ella pasaba
sin ver a nadie, indiferente a todo, al ruido, a la gente, a
los coches, al sol! ¿A dónde iba? ¿Hacia qué cuchitril?
Llevaba algo envuelto en un papel, que colgaba del extremo de
una cuerda. ¿Qué? ¿Pan? Sí, sin duda. Nadie, ningún vecino
hubiera querido hacer por ella este recorrido que ella había
emprendido, ella, este viaje horrible, de su buhardilla al
panadero. Dos horas de camino, al menos, para ir y venir. ¡Y
qué camino doloroso! ¡Un calvario más terrible que el de
Cristo!
Levanté los ojos hacia los techos de
las casas inmensas. ¡Ella iba allá arriba! ¿Cuándo llegaría
allí? ¿Cuántos descansos jadeantes sobre los peldaños, a lo
largo de la pequeña escalera negra y tortuosa?
¡Todo el mundo se volvía para
mirarla! Murmuraban: “Pobre mujer”, ¡después seguían! Su
falda, su harapo de falda, la arrastraba sobre la acera,
apenas unida a su vestigio de cuerpo. ¡Y había un pensamiento
allá dentro! ¿Un pensamiento? No, ¡pero sí un sufrimiento
espantoso, incesante, agobiante! ¡Oh! La miseria de los viejos
sin pan, de los viejos sin esperanza, sin niños, sin dinero,
sin ninguna otra cosa que la muerte delante de ellos, ¿piensan
ustedes en eso? ¿Piensan en los ancianos ansiosos de las
buhardillas? ¡piensan en las lágrimas de esos ojos apagados,
que fueron brillantes, emotivos y joviales, en otro tiempo?
Se había callado algunos segundos;
después continuó:
-Toda mi “alegría de vivir”, para
servirme de la palabra de uno de los más poderosos y más
profundos novelistas de nuestro país, Emile Zola, que ha
visto, comprendido y contado como nada la miseria de los
ínfimos, toda mi alegría de vivir ha desaparecido, se ha
desvanecido de repente, hace tres años en otoño, un día de
caza, en Normandía.
Llovía, iba solo, por la llanura, por
los grandes labrados de barro fértil que se deshacían y
resbalaban bajo mi pie. De vez en cuando una perdiz
sorprendida, acurrucada contra un montículo de tierra,
levantaba vuelo pesadamente bajo el diluvio. Mi disparo,
apagado por la cortina de agua que caía del cielo, restallaba
apenas como un latigazo, y la bestia gris se desplomaba con
sangre sobre sus plumas.
Yo me sentía triste hasta el punto de
llorar, de llorar como las nubes que lloraban sobre el mundo y
sobre mí, empapado de tristeza hasta el corazón, abrumado de
cansancio hasta ya ni levantar mis piernas embadurnadas de
arcilla.; e iba a volver cuando observé en el medio de los
campos el cabriolet del médico que seguía un atajo.
El coche negro y bajo, cubierto de su
capota redonda y tirado por un caballo pardo, pasaba como un
presagio de muerte errante en la campiña en ese día siniestro.
De repente, se paró; la cabeza del médico se asomó y gritó:
-¡Eh! ¿Señor d´Espars?
Fui hacia él. Me dijo:
-¿Le tiene usted miedo a las
enfermedades?
-No.
-¿Quiere usted ayudarme a asistir a
una diftérica? Estoy solo, y sería necesario sujetarla
mientras le arranco las infectas membranas de su garganta.
-Voy con usted -le dije. Y subí a su
coche.
Él me contó esto:
La angina, la horrible angina que
ahoga a los hombres desdichados, había penetrado en la granja
de los Martinet, ¡unas pobres gentes!
El padre y el hijo habían muerto a
comienzos de semana. La madre y la hija se morían ahora
también.
Una vecina que las cuidaba,
sintiéndose también indispuesta de repente, había huido la
misma víspera, dejando la puerta abierta y las dos enfermas
abandonadas sobres sus camastros de paja, sin nada que beber,
solas, solas, jadeando, extenuadas, agonizantes, ¡solas desde
hace veinticuatro horas!
El médico acababa de limpiar la
garganta de la madre, y la había hecho beber; pero la niña,
enloquecida por el dolor y por la angustia de los sofocos,
había hundido y escondido su cabeza en su colchón sin
consentir dejarse tocar.
El médico, acostumbrado a estas
miserias, repetía con voz triste y resignada:
-No puedo, a pesar de todo, pasar mis
jornadas en casa de mis enfermos. ¡Cristo! Esas oprimen el
corazón. Cuando pienso que han quedado veinticuatro horas sin
beber.
El viento soplaba la lluvia hacia sus
lechos. Todas las gallinas se habían puesto al abrigo en la
chimenea. Llegamos a la granja. Ató su caballo a la rama de un
manzano delante de la puerta; y entramos.
Un fuerte olor a enfermedad y
humedad, fiebre y moho, hospital y cueva, nos impregnó la
garganta. Hacía frío, un frío de ciénaga en esta casa sin
fuego, sin vida, gris y siniestra. El reloj estaba parado; la
lluvia caía por la gran chimenea cuyas cenizas habían sido
esparcidas por las gallinas y se oía en una esquina sombría un
ruido de fuelle ronco y rápido. Era la niña que respiraba.
La madre, tendida en una especie de
caja grande de madera, la cama de los campesinos, y escondida
por viejos cobertores y viejos trapos, parecía tranquila. Giró
un poco la cabeza hacia nosotros.
El médico le preguntó:
-¿Tiene usted una vela?
Ella respondió con una voz baja,
fatigada:
-En el aparador.
Él cogió la luz y la llevó al fondo
de la habitación, hacia la litera de la niña.
Jadeaba, las mejillas hundidas, los
ojos brillantes, los cabellos enredados. ¡Horroroso!. En su
cuello delgado y tirante, profundos huecos se formaban con
cada respiración. Estirada sobre su espalda, agarraba con las
dos manos los andrajos que la cubrían; y, tan pronto como nos
vio, giró su cara para esconderse en el colchón.
La agarré por los hombros y el
doctor, forzándola a mostrar la garganta, arrancó de ella una
enorme piel blanquecina, que me pareció seca como el cuero.
Respiró mejor al momento, y bebió un
poco de agua. La madre, apoyada en un codo, nos miraba.
Balbuceó:
-¿Ya está?
-Sí, está.
-¿Vamos a quedar solas?
Un miedo, un miedo horrible hacía
temblar su voz, miedo de este aislamiento, de este abandono,
de las tinieblas y de la muerte que ella sentía tan próxima.
Yo respondí:
-No, mi valiente señora. Yo esperaré
a que el señor Pavillon les haya enviado al guardia.
Y girándome hacia el doctor:
-Envíele a la madre Maudit. Yo la
pagaré.
-Perfecto. La envío en seguida.
Me apretó la mano, salió y yo oí su
cabriolet que se iba por la carretera húmeda.
Me quedé solo con las dos moribundas.
Mi perro Paf se había acostado
delante de la chimenea negra, y me hizo pensar que un poco de
fuego sería beneficioso para todos nosotros. Volví a salir,
pues, para buscar madera y paja; y pronto un gran fuego
iluminó hasta el fondo de la habitación la cama de la pequeña
que comenzaba a jadear.
Y me senté, extendiendo mis piernas
hacia el hogar.
La lluvia batía contra los cristales;
el viento sacudía el techo; yo escuchaba el aliento corto,
áspero, silbante de las dos mujeres, y el aliento de mi perro
que suspiraba de placer, circulando delante del fuego vivo.
¡La vida! ¡La vida! ¿Qué era más que
esto? ¡Estas dos miserables que habían siempre dormido sobre
paja, comido pan negro, trabajado como dos animales, sufrido
todas las miserias de la tierra, iban a morir! ¿Qué habían
hecho? El padre estaba muerto, el hijo estaba muerto. Estos
pordioseros, sin embargo, pasaban por buena gente que eran
queridos y estimados, ¡gentes sencillas y honestas!
¡Yo observaba cómo se ahumaban mis
botas y dormía mi perro, y en mí entró una alegría
desconocida, profunda y orgullosa, al comparar mi suerte con
la de estos esclavos!
La niña volvió a agonizar y de
repente su respiración ronca se me hizo intolerable; me
desgarraba como una sierra mordiendo mi corazón con cada
jadeo.
Fui hacia ella:
-¿Quieres beber? -le dije.
Ella movió la cabeza para decir que
sí, y le vertí en la boca un poco de agua que no tragó.
La madre, más calmada, se había
girado para mirar a su niña; y he aquí que de repente un miedo
me rozó, un miedo siniestro que me resbaló sobre la piel como
el contacto de un monstruo invisible. ¿Dónde estaba yo? ¡Ya no
lo sabía! ¿Soñaba? ¿Qué pesadilla me había embargado?
¿Era verdad que ocurrían cosas
semejantes? ¿Qué se moría así? Y miraba en las esquinas
sombrías de la choza como si hubiera esperado ver, acurrucado
en un ángulo oscuro, una forma horrible, innombrable,
espantosa. La que acecha la vida de los hombres y los mata,
los carcome, los destruye, los ahoga; la que ama la sangre
roja, los ojos encendidos por la fiebre, las arrugas y las
marchiteces, los cabellos blancos y las descomposiciones.
El fuego se extinguía. Eché de nuevo
leña y me calenté la espalda, dado que tenía frío en los
riñones.
¡Al menos yo esperaba morir en una
buena habitación, yo, con médicos alrededor de mi cama, y
medicamentos sobre las mesas!
¡Y estas mujeres habían quedado solas
veinticuatro horas en esta cabaña sin fuego, con sólo agua
para beber, y agonizando sobre la paja...!
De repente escuché el trote de un
caballo y el circular de un coche; la guardia entró,
tranquila, contenta de haber encontrado trabajo, sin
asombrarse delante de aquella miseria.
Le dejé algún dinero y me largué con
mi perro; me escapé como un malhechor, corriendo bajo la
lluvia, creyendo oír siempre los silbidos de las dos
gargantas, corriendo hacia mi casa caliente donde me esperaban
mis criadas preparándome una buena cena.
FIN |