Iba a volver a ver a mi amigo Simón
Radevin, que no había visto desde hacía quince años. En otros
tiempos fue mi mejor amigo, el amigo de mis pensamientos,
aquél con el que se pasan las largas veladas tranquilas y
alegres, aquél a quien se le cuentan las cosas íntimas del
corazón, por el que se encuentran, charlando dulcemente, las
ideas raras, finas, ingeniosas, delicadas, nacidas de la
simpatía misma que excita el ingenio y le hace desarrollarse a
gusto. Durante muchos años no nos habíamos separado nunca.
Habíamos vivido, viajado, soñado, imaginado juntos, habíamos
amado las mismas cosas y con un mismo amor, admirado los
mismos libros, comprendido las mismas obras, vibrado con las
mismas sensaciones, y tan frecuentemente nos habíamos reído de
los mismos seres, que nos comprendíamos sólo con intercambiar
una mirada.
Luego él se había casado. Se había casado de repente con una
chiquilla de provincia que había llegado a París para
encontrar novio. ¿Cómo pudo aquella pequeña rubita, delgada,
de manos fofas, de ojos claros y vacíos, de voz fresca y necia
parecida a cien mil muñecas casaderas, atrapar a aquel chico
inteligente y fino? ¿Quién puede comprender esas cosas? Él
había esperado sin duda la felicidad, una felicidad sencilla,
dulce y continuada entre los brazos de una mujer buena, tierna
y fiel; y había entrevisto todo eso en la mirada transparente
de aquella chiquilla de cabellos pálidos. No pensó que el
hombre activo, vivo y vibrante, se cansa de todo tan pronto
como constata la estúpida realidad, a menos que se embrutezca
hasta el punto de no comprender nada más. ¿Cómo iba a
encontrarlo? ¿Aún vivo, espiritual, risueño y entusiasta, o
bien adormecido por la vida provinciana? ¡Un hombre puede
cambiar tanto en quince años!
* * *
El tren se detuvo en una pequeña
estación. Cuando descendí del vagón, un grueso, un muy grueso
hombre de mejillas coloradotas y vientre redondeado, se
dirigió hacia mí con los brazos abiertos gritando: «¡Georges!».
Lo abracé, pero no lo había reconocido. Luego murmuré
estupefacto: «¡Caramba, no has adelgazado!». Él respondió
riendo: «¿Qué quieres? ¡La buena vida! ¡la buena mesa! ¡las
buenas noches! ¡Comer y dormir, ésa es mi existencia!». Yo lo
contemplaba, buscando en aquella cara ancha los rasgos
queridos. Sólo los ojos no habían cambiado; pero ya no
encontraba en ellos la mirada conocida y me decía: «Si es
cierto que la mirada es el fiel reflejo del pensamiento, el
pensamiento de esta cabeza ya no es el de antaño, aquel que yo
conocía tan bien». Sus ojos brillaban sin embargo, llenos de
alegría y de amistad; pero ya no tenían la claridad
inteligente que expresa, tanto como las palabras, el valor de
un espíritu.
De repente, Simón me dijo: «¡Mira, ahí están mis dos
mayores!». Una chiquilla de catorce años, casi una mujer, y un
chico de trece, vestido de colegial, avanzaban con expresión
tímida y torpe. Yo murmuré: «¿Son tuyos?». Él contestó riendo:
«Sí».
-¿Cuántos tienes, pues?
-¡Cinco! Hay otros tres que se han quedado en casa.
Había contestado con tono orgulloso, satisfecho, casi
triunfal; y yo me sentía presa de una piedad profunda mezclada
con un vago desprecio, por este reproductor orgulloso e
ingenuo que pasaba las noches engendrando hijos entre dos
sueños, en su casa provinciana, como un conejo en una jaula.
Me subí en un coche que él mismo conducía y ahí nos tienen
recorriendo la ciudad; ciudad triste, somnolienta y donde nada
se movía en las calles, salvo algunos perros y dos o tres
criadas. De vez en cuando un tendero ante su puerta se
levantaba el sombrero; Simón le devolvía el saludo y nombraba
a la persona para demostrarme que conocía a todos los
habitantes por su nombre. Se me ocurrió pensar que tal vez
pensara en la diputación, el sueño de todos los enterrados en
provincias.
Cruzamos rápidamente la ciudad y el coche entró en un jardín
con pretensiones de parque y se detuvo ante una casa con
torrecillas que pretendía pasar por castillo. «Aquí está mi
agujero» decía Simón para obtener un cumplido. Yo contesté:
«Es delicioso». Sobre la escalinata apareció una dama,
adornada para la visita, peinada para la visita, con frases
preparadas para la visita. Ya no era la chiquilla rubia y sosa
que yo había visto en la iglesia quince años antes, sino una
señora gruesa con volantes y rizos, una de esas damas sin
edad, sin carácter, sin elegancia, sin espíritu, sin nada de
lo que constituye una mujer. Era madre, en definitiva, una
madre banal, la ponedora, la yegua reproductora humana, la
máquina de carne que procrea sin más preocupación en el alma
que sus niños y su libro de cocina.
Me dio la bienvenida y entré en el vestíbulo donde tres
chiquillos, alineados por estatura, parecían estar colocados
allí para pasar revista como los bomberos ante un alcalde.
Dije: «¡Ah! ¡ah! ¿éstos son los otros?». Simón, radiante, los
nombró: «Jean, Sophie y Gontran».
La puerta del salón estaba abierta. Entré en él y vi al fondo
de un sillón algo que temblaba, un hombre, un hombre viejo
paralítico. La señora Radevin se adelantó: «Es mi abuelo,
señor. Tiene ochenta y siete años». Luego gritó al oído del
viejecillo agitado por sacudidas: «Es un amigo de Simón,
papá». El anciano hizo un esfuerzo para decirme buenos días y
lloriqueó: «Oua, oua, oua», agitando la mano. Yo le contesté:
«Es usted muy amable, señor», y me dejé caer en un asiento.
Simón acababa de entrar; se reía: «¡Ah! ¡ah! ya has conocido
al abuelo. Es impagable este viejo; es la distracción de los
chicos. Es glotón, amigo mío, hasta morir en cada comida. No
te puedes imaginar lo que comería si lo dejáramos. Pero ya
verás, ya verás. Echa miraditas a los platos dulces como si
fueran señoritas. No has visto nunca nada más divertido, ya
verás dentro de un rato.»
Luego me condujeron a mi habitación, para que me arreglara,
pues se acercaba la hora de la cena. Oí un gran ruido de pasos
en la escalera y me volví. Todos los chicos me seguían como en
una procesión, detrás de su padre, sin duda para honrarme. Mi
habitación daba a una planicie, una llanura sin fin, un océano
de hierbas, trigos y avena, sin un puñado de árboles ni una
colina, imagen estremecedora y triste de la vida que debían
llevan en aquella casa. Sonó una campana. Era para la cena.
Bajé.
La señora Radevin tomó mi brazo ceremoniosamente y pasamos al
comedor. Un criado empujaba el sillón del viejo que, apenas
colocado delante de su plato, paseaba sobre el postre una
mirada ávida y curiosa volviendo con esfuerzo, de un plato a
otro, su cabeza oscilante. Entonces Simón se frotó las manos:
«Te vas a divertir», me dijo. Y los niños, comprendiendo que
me iban a ofrecer el espectáculo del bisabuelo glotón, se
echaron a reír al mismo tiempo, mientras que la madre sólo
sonreía encogiéndose de hombros.
Radevin gritó dirigiéndose al anciano, formando una bocina con
las manos: «¡Esta noche tenemos crema de arroz azucarada!». El
rostro arrugado del anciano se iluminó y tembló con mayor
intensidad de arriba abajo, para indicarme que había
comprendido y que estaba contento. Comenzamos a cenar. «Mira»,
murmuró Simón. Al abuelo no le gustaba la sopa y se negaba a
tragarla. Le obligaban a tomarla, por su salud; y el criado le
introducía a la fuerza la cuchara llena en la boca, mientras
él soplaba violentamente para no tragarse el caldo que
lanzaba, como un surtidor, sobre la mesa y sus vecinos. Los
niños se desternillaban de risa, mientras su padre, contento,
repetía: «¡Qué gracioso es este viejo!».
Y durante toda la cena no se ocuparon de otra cosa sino de él.
Devoraba con la mirada los platos colocados sobre la mesa; y
con su mano agitada intentaba cogerlos y acercarlos a él. Se
los colocaban casi al alcance para ver sus tremendos
esfuerzos, su impulso tembloroso hacia ellos, la llamada
desolada de todo su ser, de sus ojos, de su boca, de su nariz
que los olfateaba. Y babeaba de deseo sobre la servilleta
lanzando gruñidos inarticulados. Y toda la familia se divertía
con ese suplicio odioso y grotesco.
Luego le servían en su plato un trocito pequeño que se comía
con glotonería febril, para que le dieran rápidamente otra
cosa. Cuando llegó el arroz dulce, tuvo casi una convulsión.
Gemía de deseo. Gontran le gritó: «¡Ya ha comido mucho, no le
daremos de esto!». E hizo como que no le iba a dar. Entonces
el anciano rompió a llorar. Lloraba temblando con mayor
intensidad mientras los niños reían. Le trajeron por fin su
ración, un trozo pequeñito; y al tomar el primer bocado, hizo
un ruido de garganta cómico y glotón, y un movimiento con el
cuello semejante al que hacen los patos cuando se tragan un
trozo demasiado grande. Cuando terminó, se puso a patalear
para que le dieran más. Apiadado ante la tortura de este
Tántalo enternecedor y ridículo, imploré en su favor: «¡Vamos,
denle un poco más de arroz!». Pero Simón contestó: «¡Oh! no,
amigo mío, a su edad, si comiera más podría hacerle daño».
Me callé, reflexionando acerca de estas palabras. ¡Oh moral,
oh lógica, oh sabiduría! ¡A su edad! Es decir, que se le
privaba del único placer que aún podía disfrutar para cuidar
su salud. ¡Su salud! ¿Qué podía hacer con su salud este
despojo inerte y tembloroso? Se cuidaban sus días, como suele
decirse. Sus días. ¿Cuántos días? ¿Diez, veinte, cincuenta o
cien? ¿Por qué? ¿Por él? ¿O para conservarle más tiempo a la
familia el espectáculo de su glotonería impotente? No tenía
nada más que hacer es esta vida, nada más. Sólo le quedaba un
deseo, una única alegría; ¿por qué no darle por completo esta
última alegría, y dársela hasta que se muriera?
Luego, tras una interminable partida de cartas, subí a mi
habitación para acostarme: ¡estaba triste, triste, triste! Y
me asomé a la ventana. No se oía en el exterior nada más que
un ligero gorjeo de un pájaro en un árbol, en algún lugar muy
dulce, muy bonito. Aquel pájaro debía cantar así, en voz baja
y por la noche, para acunar a su hembra dormida sobre los
huevos. Y pensaba en los cinco hijos de mi pobre amigo, que
debía roncar ahora junto a su mezquina esposa.
FIN |